RÍO (2. El pacto)

2. EL PACTO

Año XXX del reinado de Ismael II, el Impasible

 

Río llevaba casi dieciocho años en el orfanato de Ciudad Perdida; como la mayoría de niños, desconocía sus orígenes y la fecha exacta de nacimiento y, como la mayoría de niños, celebraba su cumpleaños el día que había sido entregada a esa nueva vida. Mientras podaba el seto del jardín pensó qué haría cuando cumpliese la mayoría de edad; en su caso el día uno del año entrante. Quedaban dos semanas para que el año diera fin y ya llevaba otras tantas sin poder conciliar el sueño ante la aventura de lo desconocido.

Siempre que trabajaba en el jardín llevaba el cabello en un semirrecogido en bucle; aunque la mayor parte del tiempo escondía sus ojos de forma parcial detrás de los mechones de su flequillo. Esa mirada que eran dos gotas de mar trascendía al interior de las personas que la contemplaban y extraían la pureza de su interior o la maldad que albergaban. En contraposición, cuanto más observaban las distintas tonalidades de su iris con la intención de profundizar en su ser, ella más información sacaba del pasado de quien tenía en frente. Muchos de los datos habría deseado no conocerlos jamás, otros le sirvieron de gran ayuda y luego estaba eso que ella denominaba la semilla de oscuridad que todos llevaban dentro y que se alimentaba de forma tan dispar como el carácter del individuo anfitrión.

Además, de poder leer en los ojos de las personas quienes fueron, leía sus mentes; de ese modo aprendió pronto que el discurso de los adultos tenía un porcentaje de mentiras, secretos y una dosis de manipulación dirigida a la consecución de sus metas. Le agotaba el doble diálogo que escuchaba con total nitidez: lo que se dice y lo que se piensa.

Entró en el invernadero, uno de sus lugares preferidos del recinto; se aseguró de que estaba sola y no sería vista por nadie antes de vaporizar las flores y plantas con un vaho que procedía de su propias manos. Entonaba una melodía que le sonaba familiar, en un idioma desconocido que jamás había escuchado; a pesar de eso, estaba segura del mensaje que transmitía:

Hay sueños de los que nunca se despierta

porque son nuestra propia vida.

Los recuerdos de agua y sal no nos pertenecen

porque estuvieron antes que nosotras

y llegará el momento en el que regresarán

al lugar donde nacieron.

El ciclo de la vida

es el ciclo del agua;

sin un origen,

sin un final,

en un fluir constante.

 

       Erin Mayer pertenecía a esa clase de mujeres dotadas de porte y elegancia de forma innata. Disfrutaba realizando peinados imposibles de repetir dos veces en su hermosa melena color azabache. Sus ojos de miel no siempre mostraban todo cuanto era ni lo que era capaz de hacer. Creía con firmeza que siempre había que guardarse no solo un as, sino todo un mazo de barajas en la manga. Estaba más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, pero se sentía mucho más joven. Desde que Río llegó a las puetas del orfanato, los días que antes le habían resultado tan pesados se transformaron en un aprendizaje y aventuras constantes. Sabía que no estaba bien tener a una de las niñas como protegida; aunque ya había aprendido que era algo que se escapaba de su voluntad. Estaba convencida que de algún modo había sido elegida para cuidar de Río e intentar que controlara y dominara los poderes que tenía: telepatía, leía el pasado en los ojos de las personas como si se trataran de libros abiertos, y era capaz de transformarse en agua y desplazarse como parte de una corriente. También, manifestaba la posibilidad de comprender y comunicarse en una gran cantidad de idiomas, incluso en lenguas muertas que solo los escribas y amantes del pasado utilizaban. Se preguntaba si contaría con más dones que aún no habían descubierto o no se habían manifestado y la repercusión y el alcance de los que ya poseía.

Pasó por distintas fases antes de asumir que Río no era humana, o al menos, no una humana cualquiera. Físicamente, se parecía a una muchacha de su edad dotada de una gran belleza, pero su composición no. Nunca se ponía enferma y sus heridas se curaban con el contacto del agua, cicatrizaban casi de forma inmediata sin dejar marcas ni señales. Intentó encontrar respuestas en los libros, en leyendas arcanas que dejaron de parecerle leyendas y se transformaron en posibilidades. No obstante, de seres como ella no se había escrito nada o se trataban de esos libros prohibidos que no existen y que, como mandaba la tradición, cualquier biblioteca respetable tenía al menos uno custodiado en cajas de seguridad.

Todo lo que envolvía a Río, su pequeña, le resultaba misterioso y excitante al mismo tiempo. Las monedas de oro que Espectral le ofreció como tributo las guardó en una caja que, había heredado de su familia transmitida de generación tras generación y, se remontaba a más de trescientos años de antigüedad. Cuando la abría no estaban y cuando la cerraba escuchaba el sonido de las monedas si la zarandeaba. Por supuesto, recordaba el peso de la caja y había variado considerablemente. Valoró la posibilidad de colocarlas en otro lugar, aunque con nulo resultado. «No se puede coger lo que no se ve», imaginó que debía ser así porque pertenecían a Río y se protegían de manos ajenas. Si la memoria no le fallaba eran desconocidos. Cada rey acuñaba las monedas con la imagen de alguna divinidad que consideraba mejor representaba su personalidad; sin embargo, de entre los elegidos (vacos, hermes, martes, musas, surias…) ninguno había optado por el dios Desconocido. Se dijo, «ese reinado está por llegar y a Río se le encomendará un papel». El actual rey acuñó surias en homenaje al dios sol hindú que se representaba conduciendo un carro tirado por siete caballos. Y las brujas que decían de ellas mismas que no existían, habían profetizado siete penalidades antes de que el reinado tocara a su fin. Todas esas penurias estaban presentes e iban creciendo, alimentándose como sanguijuelas que iban engordando mientras sangraban a los poblados.

Acarició la caja de madera habitada por la reproducción en oro del dios Desconocido antes de guardarla en la caja fuerte. Se sentó en la mesa de su despacho para apuntar en el libro de cuentas las facturas que acababan de llegar. Dejó escapar el aire por la boca en un suspiro profundo que guardaba tantos secretos y recuerdos que tendría que contar a Río antes de que se marchara y no sabía por dónde empezar.

Muchas de las personas contra las que tendría que lidiar se presentarían como amigos, con el único objetivo de ganar su confianza para aprovecharse de sus dones o para verla caer de forma estrepitosa, entretanto se relamerían los labios de gusto. Sin ir más lejos, remembró un fragmento de la conversación que mantuvo con el director del orfanato, el señor Benton Brown hacía algunos años:

—Necesitamos un nuevo jardinero. Río es demasiado pequeña para llevar tanto trabajo.

—Hasta ahora ha sabido apañárselas —contestó con aspereza el director.

—Solo tiene once años, apenas tendrá tiempo para estudiar y hacer las cosas típicas de las niñas de su edad.

Benton se acercó a Erin y la miró con crudeza; recordó su apodo, El hueso. No obtendría nada de él sino jugaba bien las cartas.

—Verá, Erin, —se tomó la licencia de tutearla como muestra de superioridad— ambos sabemos que no es una niña normal, a pesar de tu gran empeño para que lo parezca. Algunos niños la tachan de bruja y le tienen miedo. Hasta tal punto de que, si ella entra en una habitación común, muchos salen o se mantienen alejados.

Benton se acercó a la chimenea y removió las ascuas, de espaldas continuó hablando.

—No olvides que aquí las paredes oyen y los pasillos tienen ojos. —Se refería a las cámaras de seguridad instaladas en las zonas comunes y de tránsito. —Nadie ha olvidado el incidente que tuvo con James Byrne.

—Tenía cinco años cuando eso ocurrió y él llevaba meses molestándola. Era un niño que le doblaba la edad, la estatura y el peso. Él la empujó, fue un acto reflejo —replicó Erin controlando su lengua tanto como pudo. El director pareció leerle el pensamiento.

—Sí, no lo negaré, ese niño era un auténtico incordio para todos; pero fue ella quién le lanzó cuchillos de hielo.

—No fueron cuchillos de hielo.

—Entonces, ¿cómo llamarías a los fragmentos de hielo que salieron de sus manos? —Benton se giró y la contempló sin compasión. —No lo sabe, ¿verdad? Ni yo tampoco. Todo lo que gira en torno a esa niña resulta un auténtico misterio y da escalofríos.

Erin notó la presencia de Río y las disculpas por el viejo suceso se proyectó dentro de su cerebro. Chasqueó la lengua, habría preferido que no escuchara aquella conversación.

—Desde ese accidente no ha vuelto a suceder nada similar, lo sabe tan bien como yo.

—Yo lo único que sé, que de haber sucedido algo por el estilo, lo habría tapado. Protege demasiado a esa niña y algún día se dará cuenta de lo equivocada que estaba. Quizás entonces sea demasiado tarde. —Volvió a esgrimir el argumento con el que cerraba cualquier discusión con la gobernanta. —No debí atender a sus súplicas, deberíamos haberla trasladado a otro tipo de centro después de aquel accidente.

«¿A qué tipo de centro? ¡A uno que la habría diseccionado como un bicho raro y sometido a pruebas hasta matarla?», pensó la señora Mayer. Se lamentó de tales pensamientos, puesto que sabía que Río los escuchaba con total nitidez. La respuesta tardó unos segundos: «no te preocupes, Nini, me gusta ese trabajo; así aprenderé un oficio con el que ganarme la vida».

—Está bien, puede que mantenerla ocupada con el jardín sea lo mejor para todos —admitió conciliadora. Obvió añadir nada sobre la amenaza que había tendido sobre el traslado de la niña. —Para prevenir posibles repercusiones legales le haré un contrato de trabajo con una paga por sus servicios.

—Come y duerme en el orfanato, ¿le parece poco? El resto de los niños también asumen tareas y no cobran por ellas.

—Exacto. Pequeñas tareas que no les llevan más de una hora al día. Ella asumirá el puesto de trabajo del jardinero, que aquí vivía y comía, y su sueldo era uno de los más altos del orfanato.

—¿Se ha vuelto loca? —preguntó airado.

—Me he vuelto justa. Con el trato todos ganamos. Tendrá un oficio cuando salga de aquí y contará con ahorros para empezar por su cuenta. —Obvió mencionar las monedas que le entregó Espectral. Era un secreto que se llevaría a la tumba y que, llegado el momento, se las daría a Río como lo que eran: su herencia. —Evidentemente, no cobrará. Al tratarse de una niña tan pequeña buscaré la forma más idónea de guardar lo que vaya ganando.

—No. No tiene ningún sentido. En ese caso, prefiero contratar a un jardinero —advirtió Benton.

—Tendrán que ser dos.

—¿Qué quiere decir?

—El rey ya ha solicitado sus servicios en palacio en más de una ocasión. Le recuerdo que le prepara los centros de mesa florarles para sus festines. Seguro que estará encantado y se mostrará agradecido con el orfanato si la envío a la corte a tiempo completo.

Erin escuchó de nuevo la voz de Río: «no quiero irme, Nini, por favor. Todo el mundo sabe que ese hombre es malo. Provoca incendios, envenena las aguas potables, infecta poblados de plagas y se sienta en su gran trono de la Atalaya para ver cómo padecen sus súbditos». Erin le contestó: «no te preocupes, mi niña, es un farol. ¿Recuerdas lo que significaba?». La mujer escuchó su risa, «deberían llamarte El hueso a ti y no a él».

Benton no estaba dispuesto a ceder sin regatear las condiciones. Sabía que, si se marchaba con el rey, necesitaría dos jardineros. No se explicaba cómo aquella niñita insignificante era capaz de llevar a cabo el trabajo de dos hombres. Perdería una gran suma de ingresos de los señores que querían el mismo centro de flores que el rey. Ya contaba con varios encargos que por el momento guardaba en secreto y que se embolsaría en su propio bolsillo. Por descontado, no contaría con los favores del rey si era Erin quien le proporcionaba en bandeja lo que más deseaba.

Río comunicó los pensamientos del director a Erin.

—Es demasiado sueldo para una niña tan pequeña. Quizás, lo mejor sea contratar a un jardinero a jornada completa y otro por horas. Y que Río vaya a la corte.

La señora Mayer esperaba aquella jugada así que sonrió complacida.

—Así lo haré. Voy a preparar los trámites —dio la conversación por concluida y se dirigió a su despacho.

A los pocos minutos el director apareció. Tocó en la puerta, aunque esta permanecía abierta de par en par.

—De acuerdo, contrataremos a Río como jardinera.

—Perfecto. Además, realizaré publicidad para que los ricachones puedan encargar el mismo centro floral que el rey. Los beneficios nos permitirán realizar reformas en el orfanato.

Benton esgrimió una sonrisa helada mientras apretaba la mano de la gobernanta en señal de pacto. No sabía cómo, pero aquella endiablada niña estaba detrás de todo aquello. Juró venganza.

Alicia Adam

Río portada definitiva

Ilustración: Andrea Obregón Mantecón

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