Publicado en A partir de 8 años

Una vida fascinante

Pitiusa era una joven excepcional; parecía haber nacido para ser diferente. Su vida no era normal y siempre destacó sobre los demás, pero tenía un terrible inconveniente: era una gran mentirosa.

Para empezar, su nombre no era habitual. En los documentos y en el colegio, se llamaba Aurora, nombre que eligió el abuelo para tal fin porque, cuando nació, Pitiusa era un bebé sonrosado y luminoso como la luz que acompaña a la salida del sol, pero, según contaba ella, para su familia, siempre fue Pitiusa como las islas del Mediterráneo.

Y es que, decía ella, su abuelo era un hombre extraordinario y el más raro de todos los miembros de la familia. Él falleció cuando Pitiusa solo tenía siete años y, según contaba, fue un explorador que ya había recorrido el mundo antes de cumplir veinte años.

Cuando Pitiusa empezó el colegio y hablaba sus primeras frases, ya se pasaba el día fantaseando sobre las aventuras de sus abuelos. Contaba que cuando ellos se casaron se fueron de viaje por todo el mundo porque tenían una misión especial que cumplir: sus abuelos custodiaban a un dragón bebé y tenían que encontrar a los otros de su misma especie que estaban repartidos en todos los continentes.

Los demás niños y niñas escuchaban extasiados las aventuras de los abuelos de Pitiusa y la profesora decía a los padres que la niña tenía una creatividad enorme y que estaría bien fomentar su pasión por la escritura para que plasmase todas las fantasías que se le ocurrían.

A los siete años narraba la misma historia a todo el que quisiera escucharla. Ahora, sus padres y ella eran los encargados de cuidar del dragón esmeralda para que cuando este cumpliera los cincuenta años se reuniera con su «novia», con la que tendría una familia. Los demás niños de su clase le preguntaban por qué tenía que ser tan mayor y Pitiusa les explicaba que los dragones vivían, por lo menos, quinientos años y que, con cincuenta, eran aún muy jovencitos. Los compañeros de clase pedían permiso a sus padres para ir a casa de Pitiusa a conocer el dragón de esmeralda, pero aquellos, conscientes de que no existía ningún animal fantástico, ponían a sus hijos excusas de todas clases para evitar que se llevaran una decepción.

Así que, con el paso del tiempo, Pitiusa se fue quedando cada vez más sola. Nadie iba a su casa ni tampoco la invitaban a las de sus compañeros, y los profesores se quejaban a los padres de la joven ante la propensión que esta sufría a mentir tanto. Sin embargo, poco podían hacer estos ante la fascinante vida que Pitiusa se había ido creando, y no hacían otra cosa más que resignarse.

En el último año de primaria, antes de las vacaciones, la clase dedicó un día a contar sus planes para el verano y, entre los viajes de unos, las escapadas al pueblo de los abuelos de otros o los campamentos deportivos a los que iban a asistir unos pocos, Pitiusa contó que, en unos días, sus padres y ella viajarían a lo más profundo de África, donde su dragón esmeralda se uniría a la dragona rubí. Eso fue la gota que colmó el vaso. Todos los alumnos se rieron de la ocurrencia de aquella joven fantasiosa y el profesor, harto de tantas historias estrambóticas, le ordenó que dejase de una vez a ese dragón imaginario; ya tenía doce años, el curso siguiente, empezaría secundaria y nadie se creía ya esas fantasías. Pitiusa, con los ojos vidriosos por las burlas de sus compañeros, se reafirmó en su historia y prosiguió contando que en el planeta había seis dragones repartidos, cada uno de una piedra preciosa; el suyo era europeo y la de rubí, la novia, era asiática. Ambos se reunirían en África cerca del Kilimanjaro para formar una pequeña familia con dos dragoncitos de piedras preciosas como había pasado durante miles de años.

El fin del curso fue un desastre para Pitiusa, el profesor estaba enfadado con ella y sus compañeros no se despidieron como hicieron con los demás. Llegó a su casa. Era muy grande, de techos altos y había objetos y adornos de todo el mundo. Atravesó la parte principal y se dirigió al jardín trasero, una inmensa explanada junto a un riachuelo y muchos árboles. Entre ellos, vio a su padre, que estaba limpiando, una a una, las piedras preciosas de color verde que formaban la coraza de su querido dragón. Este se mostraba nervioso por el viaje que iban a hacer en unos días y Pitiusa se volvió hacia su madre que llegaba por detrás.

—Me da pena que nadie haya querido venir a conocer a nuestro dragón.

—Lo sé, preciosa —se compadeció la madre—, pero tú has hecho lo que has podido todos estos años.

—Nunca sabrán que existen de verdad —siguió lamentándose Pitiusa.

—No puedes obligarles a creer en algo para lo que ellos no están preparados —le explicó la madre—. Todos nacemos con la curiosidad intacta, pero en la mayoría, desaparece muy pronto. Gracias a ese afán por descubrir cosas, tu abuelo se fue muy joven a las montañas de los Pirineos para ver qué había de cierto en lo que contaba aquel vagabundo que pasó por su pueblo, y gracias a él, hoy somos los custodios de un dragón. Pero tenemos que pagar el precio de sufrir la incomprensión de los demás.

—Pues ¿sabes lo que te digo, mamá?

—¿Qué, preciosa?

—¡Que les den!

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 7 años

Berry, la princesa del reino de las frambuesas.

Photo by Daisa TJ on Pexels.com

En la isla que se llama Monte Dormilón. Viven 3 amigos que son, uno pirata, una bruja y uno dragón. El primero tenía una pierna de palo, la otra un vestido enmugrentado y el ultimo no vestía pantalón.

Un día llegó al Monte Dormilón, un mensajero montado en un muflón. Traía una invitación para el pirata, la bruja y el dragón.  Esa misma tarde sería la celebración, por el cumpleaños del rey, de quien se murmura que es muy gordinflón.

El barco del pirata, las aguas surcaban, y por los cielos, los otros dos volaban. Una en su escoba y otro con sus alas se impulsaba. Iban a la fiesta del rey, a pasar una buena tardeada.

El rey Elefante, vestía un traje muy elegante. Igual que los príncipes antílopes y los caballerosos caballos. Había osos con sus pelajes hermosos, y papagayos con sus primorosos plumajes.

Tan bonito vestían todos, que sintieron tristeza en el corazón, el pirata, la bruja y el dragón, pues sus ropajes no eran de sastre, mas bien, era un desastre.

Al festejo arribó un carruaje demorado, donde viajaba, la princesa Berry, desde el reino de las frambuesas, vistiendo su vestido morado.

—¿Qué razón aflige el corazón, de un pirata, una bruja y un dragón? —la princesa preguntó. Y el pirata le contestó:

—Argg! Mira nuestras ropas y nuestras pieles. Están sucias y andrajosas. Y de entre todos los invitados, nos sentimos incomodados, preferimos irnos a otro lado, y despedirnos de esta fiesta maravillosa.

—No digas cosas insensatas, amigo pirata. No existe un vestido de etiqueta, pues todos los presentes, se distinguen por ser diferentes. Unos tienen colmillos y otros dientes, unos tienen plumas y otros, pelajes encima de sus pieles. El único sombrero pirata de la fiesta, tu lo tienes. Yo soy quien soy, y tu eres quien eres. Aunque, si lo prefieres, préstame tu sombrero y así seremos dos piratas y amigos fieles. Y podemos también, entre los dos, hornear pasteles.

Berry la princesa del reino de las frambuesas, organizó a toda la audiencia, para hacer pasteles y galletas. Con el sombrero del pirata en la cabeza, les sacó a los tres amigos, una enorme sonrisa.

Entre hoyas, harina y ceniza, los invitados se ensuciaron de rabo a cabeza.

Todos ayudaron a hornear los postres, y compartieron juntos, su felicidad en la mesa. Nació una fuerte amistad, entre el pirata, la bruja, el dragón y Berry, la princesa…y pastelera del reino de las frambuesas.

Publicado en A partir de 9 años

Mi gato Gatón

Mi gato Gatón

Mi gato Gatón vive en una estrella.

Mi gato Gatón todo lo ve

desde el día en que se fue.

Sus ojitos de amor azulado son la luz,

en el cielo para siempre dorado.

Mi gato Gatón era todo corazón,

muchos nombres le han llamado

y él a todos respondía delicado.

Que si Gaticán, que si Perrigato, que si Snoppy

y de Gatón a Ratón ha pasado.

Y él nunca preocupado.

Mi gato Gatón nunca vivió enfadado,

feliz jugaba, feliz cazaba

y con su ron ron a todos lados.

La camita de Gatón está vacía.

Ahora duerme y brilla

en todos los ángulos de mi vida

¡Mi Gatón bonito, mi Gatón amado!

Un día fue gato amable,

hoy energía palpable.

Mi lindo amigo,

rey de los gatos, gato Gatón,

siempre permanecerás en mi corazón.

Autora: María José G. Alvite

Publicado en A partir de 7 años

Aprendiz de bruja

“Requisito indispensable: noche de luna llena”. En el libro no se especificaba la época del año, así que allí me encontraba leyendo en voz alta delante de mi caldero viejo y muy usado que había pertenecido a mi abuela. Ya tenía preparados todos los ingredientes y estaba dispuesta a elaborar mi hechizo.

            “Conjuro de letras, conjuro de palabras, unas briznas de sueño de la maldad y el cuento saldrá”. Las briznas de sueño fueron difíciles de extraer de mi mente y más aún evitar que se volatilizaran. Después  terminé de incluir el resto de ingredientes.

            “Verter la mezcla cuidadosamente sobre un papiro”. Utilicé papiros blancos y lo fui esparciendo poco a poco.

            “Dejar reposar una hora bajo la luz de la luna y el cuento maligno aparecerá, si quieres verlo en otras ocasiones lo tendrás que copiar, o si eres capaz, un contra hechizo realizar, pues una vez los rayos lunares desaparezcan las palabras se ocultarán; bajo la misma mirada de la luna se activarán”.

            Cuando la luz de la luna llegó a las páginas empezaron a brillar y aparecieron palabras, frases… Con muy buena letra, porque la bruja Lola Literaria del taller de escritura, era muy quisquillosa y antes que despareciera el escrito, me apresuré a copiar:

  Era una tarde muy oscura y húmeda de Halloween,  había estado lloviendo todo el día pero el tiempo estaba dando una tregua al acercarse la noche.

  Ben, junto con su pandilla, chicos y chicas de trece años con las caras irreconocibles entre el acné y los maquillajes diabólicos,  habían salido de Truco o Trato por un barrio donde nunca antes habían estado. Cada uno iba como quería; él iba disfrazado de Elliot y E.T. el extraterrestre en el cesto de la bici de su hermana. Después de unas horas de inflarse de chuches le entró ganas de ir al baño y cuando terminó no encontró a sus amigos, no se habían dado cuenta de que él se había ausentado.

  Se encontraba perdido en unas calles extrañas de Vantown montado en la bicicleta tuneada de su hermana y dando tumbos de un lugar  a otro hasta que llegó a un sendero.

  Una niebla densa lo cubrió todo, no veía más allá de su nariz y estaba cagadito de miedo, tropezó con algo.

  —¡Ahh! ¡Cuidado, mira por donde pisas! —le contestó aquello con lo que había chocado.

  —Perdone, no veo nada de nada —se disculpó Ben.

  —No es habitual ver gente por aquí ¿qué haces?

  —Salí con mis amigos de Truco o Trato  y he llegado aquí porque me he perdido.

    —Ya me extrañaba a mí. Te conduciré a la casa y a ver qué dicen los señores de estas tierras.

  —Pero no te veo. —Ben extendió los brazos por delante y hacia los lados por donde le llegaba la voz intentando tocar a la persona.

  —Espera, me encenderé.

  Ben no cabía en su asombro, en ese momento apareció delante de él una gigantesca calabaza como las que se ven en  Halloween con los ojos y la boca siniestros y totalmente encendida. Pero mayor fue su fascinación cuando del suelo salieron dos raíces que hacían las veces de piernas y otras dos que eran sus brazos. Del susto que se llevó se cayó de culo al suelo, la calabaza se moría de la risa y le tendió una mano para ayudarle a levantarse. Su tacto era como si cogiera una zanahoria muy nudosa, fría, húmeda y terrosa.

  —¡Vamos chico! No te asustes. Mi nombre es Cob, soy el guardián de esta finca, vamos a ir hacia la casa, hay un largo camino que recorrer.

  Ben se presentó y por el camino Cob le explicó lo difícil que era llegar allí y que quizás algunos de los últimos visitantes habían dejado el portal abierto.

  Conforme iban avanzando la niebla desaparecía al igual que la oscuridad de la tarde. Aún quedaba una hora y media para el anochecer y el chaval se maravilló   ante lo que tenía delante de sus ojos, se los frotó porque no podía creer lo que veía: todo era luminoso;  los colores de plantas, árboles, animales… eran brillantes, llenos de alegría y desprendían unas sensaciones fantásticas que hicieron que sus miedos desaparecieran y despertaron una gran sonrisa.

  Mientras Ben arrastraba su bici siguiendo a Cob, de repente este paró en seco y le preguntó:

    —¿Puedo  espolvorear tu bici con la tierra del camino? Será más cómodo para ti porque nos seguirá y no tendrás que empujarla más. —El niño con los ojos como platos y la boca tan abierta que le llegaba al pecho, movió la cabeza asintiendo.

  Cob cogió un puñado de tierra del suelo, la frotó en sus manos nudosas y la sopló por toda la bici, dio un paso atrás cuando el manillar comenzó a bostezar, se apoyó en la rueda trasera, se desperezó con los pedales y saludó amablemente con una leve reverencia y sonrió. Los siguió sin decir una palabra. Ben alucinaba.

  Un poco más adelante llegaron a una explanada junto a un bosque.

  —¡Anda, ya ha empezado el torneo! —dijo Cob señalando hacia allí. Se veía un gigante y hermoso árbol florecido que desprendía un estupendo olor. Sobre su tronco estaban apoyadas cientos de escobas, otras volaban  sobre el llano y vitoreaban a las que realizaban una lucha muy marcial y organizada.

  Del otro lado de la pradera, del bosque, les llegó una música. Se acercaron y permanecieron detrás de unos matorrales.

  —No podemos acercarnos más —le explicó Cob— este es el reservado para el aquelarre de magos y brujas que se congregan todos los años y vienen de todo el mundo. En cuanto caiga la noche comenzarán con sus rituales, Halloween es muy importante para ellos. Las escobas que has visto son suyas.

  —Cob, ¿porqué unas están quietas en el árbol y otras no?

  —Algunas están descansado y reponiendo fuerzas porque vienen desde muy lejos y otras no tienen vida. —Ben hizo un gesto preguntándole con las manos. —Los magos y brujas eligen la madera para su elaboración y de ahí que puedan tener vida o no; normalmente las maderas de estas tierras dan vida, salvo casos excepcionales y esto mismo ocurre en determinados lugares  del mundo dotados de magia. No son muy frecuentes. Bueno pongámonos de nuevo en marcha porque sino se hará demasiado tarde para ti.

  Tras una larga caminata y sin parar de ver cosas asombrosas, llegaron a una gran mansión. Nada más llegar  la puerta se abrió y aparecieron  ante ellos una pareja, ambos  muy hermosos y con ropas muy coloridas y extravagantes. Eran los dueños del lugar. Tanto el hombre como la mujer tenían una larga cabellera que le arrastraba por el suelo; él era pelirrojo y la señora tenía el pelo multicolor: mechones verdes, rosas, rojos, naranjas y blancos. Sin embargo la cara de ambos era muy pálida y tenían unas ojeras que envolvían los ojos en un aura muy oscura.

  Menudo brinco dio Ben ocultándose tras  Cob cuando  al hablar y darle la mano para saludarle se dio cuenta que el tamaño de los colmillos no eran los habituales.

  —No tengas miedo no te harán daño —le tranquilizó Cob y le cogió de la mano. —Señores este chico es Ben, se perdió y ha llegado hasta aquí.

  —Ben nuestros gustos son diferentes al resto de vampiros, lo creas o no somos vegetarianos y nuestros amigos mágicos se encargan de hacer con sus conjuros que los alimentos que tomamos sean nutritivos para nosotros. —La hermosa dama le habló con mucha dulzura mientras su compañero le sonreía y asentía.

  —¿Pero se comen a vegetales como Cob? —Todos se carcajearon  ante la ocurrencia de Ben.

  —Por supuesto que no, hijo —respondió el hombre.

  —Ya has visto en el gran árbol como había escobas que tenían vida y otras que no, pues entre los vegetales pasa lo mismo, depende de donde sean cultivadas se humanizan o no. Los señores tienen un vivero en lo alto de la casa donde se abastecen de lo que necesitan —aclaró Cob con tranquilidad.

  —Hablando de comida me ha entrado mucha hambre, pasemos al salón y cenemos, imagino que estarás hambriento Ben. En cuanto comas te llevaremos a  tu casa, no te preocupes. Cob acompáñanos nos han traído agua de la Rivera Lux —les dijo la dama, mientras la calabaza se relamía.

  Entraron en un salón donde todo estaba dispuesto, la mesa era un festín de tonalidades y los aromas que desprendían eran de lo más apetitoso, había jugos de gran variedad de frutas que Ben pudo disfrutar. Cob se deleitó una barbaridad con las variedades de aguas.

  Tras acabar la cena tenían dispuesto un coche grande con los cristales tintados esperando en la puerta, metieron en el maletero la bicicleta y el señor condujo hasta cerca de la casa de Ben.

  —Querido Ben, ha sido un placer conocerte, esperamos que tengas una vida llena de salud y felicidad, confiamos en que así sea. —La señora se despidió del pequeño.

  — Ya no volveremos a verte, hubo un fallo de seguridad en el portal de entrada que ya ha sido subsanado y ningún humano podrá entrar de nuevo Ben. Me ha encantado pasar la tarde contigo, eres un chico fantástico. —Cob le dio un gran abrazo a Ben dentro del amplio coche.

  El señor sacó la bici, se despidió del niño con amabilidad, subió al coche y despacio emprendió el camino. Antes de desaparecer de la vista dio marcha atrás y se paró cerca de Ben, Cob sacó una de sus raíces por la ventana, cogió un puñado de tierra del suelo arenoso, lo frotó en sus manos y lo sopló por la bici. A ésta se le borró la sonrisa y volvió a ser la mountain bike de su hermana con el E.T. dentro de la cesta.

            Carla llegó a la escuela muy decepcionada, el cuento que había escrito no era como esperaba y suponía que le caería una buena reprimenda de su seño Lola Literaria del taller de escritura.

            —Querida, seguirás por mucho tiempo de aprendiz de bruja si sigues empeñada en ser una bruja mala. No eres una maga mediocre, sobresales de todas las demás, pero te empeñas en seguir el camino de la brujería maligna y ninguno de tus hechizos sale bien. A pesar de que toda tu esencia impregna tu magia y es bondadosa  eliges ejercicios malignos,  ¿por qué? —La bruja Lola Literaria abrió su corazón a Carla, la veía tan perdida como el niño de su cuento.

            —Las magas malvadas son hermosas, tienen mucha fama en el colegio, son elogiadas   y  me gustaría ser como ellas. — Unas lágrimas se retenían en los ojos de Carla.

            —Observa este anuario ¿qué puedes ver? —Le mostró un libro gigantesco donde aparecían los magos y brujas más importantes de las últimas décadas.

            —Que son todos viejos —le respondió Carla.

            —Exacto, sean magos malignos o bondadosos todos envejecemos. La fama nos la dan las obras que realicemos y tú tienes un gran poder, el de elegir tu propio camino.

Publicado en A partir de 11 años

Comparto mi tiempo

—Abuelo, ¿cómo celebrabais la Navidad cuando eras pequeño? —preguntó Sergio.

—Era diferente. No había tantos platos en la mesa ni tantos regalos. Mi madre decía que los verdaderos regalos, los hacíamos nosotros con nuestras manos. Y nos enseñó un juego.

—¿Qué clase de juego?

—Hacíamos unas tarjetas de Navidad donde escribíamos agradecimientos, disculpas y deseos personalizados para el siguiente año, para cada uno de los miembros de la familia. —El abuelo, Enrique, pensó que sería buena idea hacerlo con su nieto, pero que seguramente lo vería como una tontería y avergonzado cambió de conversación.

El día de entrega de los regalos, Sergio se levantó de un salto. Había estado trabajando mucho en la idea que su abuelo le había dado y quería ver la cara de su familia. Era la primera vez, que se emocionaba más con dar que con recibir un regalo. Uno a uno abrieron el sobre y tras su lectura esbozaban una sonrisa o lloraban emocionados.

A su madre le agradeció las horas que había invertido en ayudarle con los deberes. Le pidió disculpas por no tener siempre su cuarto ordenado y prometió que cuidaría más de sus cosas y no las dejaría por medio. Como sabía que detestaba bajar la basura, una tarea que le correspondía a ella, le ofreció un bono de: «15 veces tiraré la basura por ti».

A su padre, le agradeció el tiempo que había invertido en llevarlo y recogerlo del colegio y de los entrenamientos; y que le dejara escoger siempre la música, aunque sabía de sobra que no le gustaba nada. Le pidió disculpas por imponer siempre la suya y acordó que, en compensación, él la elegiría durante tres meses. Y pasado ese plazo, un día cada uno. Le hizo una pegatina para el coche para que quedara constancia del acuerdo.

A su abuelo, le dio las gracias por contarle historias que siempre le hacían reír o soñar. Le pidió perdón por protestar cada vez que le preguntaba por cuestiones relacionadas con el ordenador y el móvil. Le hizo un vale de 30 horas de clases y este cuento que se lo dedicó con mucho cariño.

Alicia Adam

A petición de María José Vicente (para el alumnado del colegio al que acude su hija).

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

La ladrona de contraseñas. Capítulo 2

CAPÍTULO 2

Pedro estaba con sus padres en la playa, estaba siendo una primavera calurosa y estaba deseando meterse en el mar para poder quitarse la mascarilla y respitar aire puro.

—¡Pedro espera!, ¿Te has puesto crema protectora? Mira que luego te achicharras.

Odiaba ponerse ese potingue hasta en la cara porque luego le escocían los ojos.

—Después del baño mamá.

—De eso ni hablar, te la pones ahora y esperas un rato antes de bañarte. Mira tu móvil ha sonado —y le acercó el móvil.

Pedro vio rápidamente que era un mensaje de Andrés. Algo debía ocurrir porque era extraño que le contactara por mensaje cuando en la tarde habían quedado por Zoom.

Cuando leyó el mensaje, miró la hora. Tendría que salir ya si quería llegar a timpo a la reunión.

—Mamá, tengo que ir a casa, por lo visto hay cambios en un trabajo del cole y los compañeros se van a reunir en Minecraft.

—Vaya modas. No sé cómo os reunís y os entendéis por ahí.

—Me voy que no llego.

—Pues llévate tu mochila con la toalla y tus gafas de buceo que yo no puedo con todo.

Algo fastidiado, porque no se había dado el ansiado baño, pero aliviado de no embadurnarse de crema protectora que lo dejaba más blanco que la pared y pringoso, salió corriendo mientras su madre le gritaba:

—¡Y come fruta cuando llegues, que son vitaminas y estás creciendo! ¡Y dile a tu padre que comemos a las tres!

—¡Sí mamá!

El ordenador tardó algo en arrancar, tenía que actualizarlo con su tío, ampliarle la memoria y cambiarle el disco duro por uno más rápido.

—Hola, soy Pedro. Mi código es P13.

Varias voces devolvieron el saludo a la vez.

Student video chat online screen on laptop on white background illustration

—De verdad que tenías que haberte puesto el código de P2 —bromeó Andrés como siempre, en esta ocasión compartía pantalla con Marta.

Todos rieron.

—¡Ja! Estás gracioso esta mañana.

Se escucharon más risas.

—Bien, ¿estamos todos? —era la voz de Ana

—Parece que sí —respondió otra voz de chico. Era Jaime, el cerebrito del grupo.

—A ver, paso lista: Andrés, Ana, Pedro, Jaime, Bea, Marta, Tina, Katy, Juanjo, Simón… —Ana siguió diciendo nombres hasta que terminó el listado.

—Es una suerte que hayáis podido estar todos en casa hoy sábado —Comenzó diciendo Andrés.

—A mí me ha venido genial, hoy íbamos a casa de mi tía y soy el único joven —dijo Juanjo, convencido de que todos se compadecieron aunque fuera un poco.

—Bien, como os pusimos en el mensaje, la clave de uno de nosotros ha sido descubierta. Os lo explica todo Marta —dijo Andrés.

—¡Uf qué mal rato me llevé! —la aguda y chillona voz de Marta hizo que más de uno bajara el volumen de sus cascos—. Me quedé a dormir en casa de mis tíos maternos porque mis padres iban a una boda a no sé donde y no me querían dejar sola en casa un fin de semana entero. Algunos conocéis a mi prima Ruth y lo cotilla que es.

—Sí —dijo Bea—, yo la he conocido y os aseguro que es así. Me dejé el móvil en la mesa para ir al baño y cuando volví la pillé intentando descifrar el patrón de desbloqueo de mi móvil.

—Exactamente, así es mi prima. Bueno pues resulta que en la penúltima reunión de zoom que tuvimos, la tuve que hacer en la habitación de mi prima y como comprenderéis estoy casi segura de que me vio meter la clave, porque no se despegaba de la mesa.

Se escucharon algunos murmullos de indignación.

—No me preocupé porque me dije, que total, es muy difícil cotillear en Zoom porque todos sabríais que no era yo si la véis a ella por la videocámara. Pero resulta que en la última vídeoconferencia no pude entrar y salía <<CONTRASEÑA ERRÓNEA>>, pero es que a mi correo tampoco puedo entrar.

—Es verdad, nos extrañó a todos no verte —dijo Leo, con un acento argentino. Era el más nuevo del grupo y tenía predilección por Marta,

—No puedo creerme que haya alguien tan ruin —saltó Simón—. Algo debemos hacer para recuperar tu cuenta.

—Sé que tiene una libreta donde apunta todas las direcciones, contraseñas y claves que va robando. No sé porqué lo hace, además que es delito y si alguno llamara a la policía le caería una buena. Pero mi tía está embarazada de siete meses y no quiero darle un disgusto. Sería mejor darle una lección a mi prima Ruth y que no vuelva a robar ninguna cuenta más, porque además lo hace por fastidiar y diversión. Por eso hoy estoy con Andrés en su ordenador.

—¡Sí! Merece un escarmiento —aplaudió Ana—. Y yo tengo un plan.

Todos callaron esperando las indicaciones de Ana.

—Marta y Bea, necesitáis una excusa para volver a casa de tu prima y os explico qué haremos, escuchad con atención.

Continuará…

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

La ladrona de contraseñas. Capítulo 1

CAPÍTULO 1

—Tenemos poco tiempo —dijo Andrés.

—¿Por qué? ¿Qué ocurre? —preguntó Ana, y se puso bien las gafas, empujándolas con el dedo índice.

—Ahora no te lo puedo explicar bien, viene la profe. Espérame en el recreo en nuestro punto de encuentro.

—De acuerdo —dijo Ana, mientras sacaba el cuaderno con los deberes hechos y el libro de lengua.

En cuanto terminaron las clases Ana corrió hacia el recreo y Andrés fue a comprar algunas chuches y gusanitos para los dos.

Student at school playground illustration

El punto de encuentro era el banco cerca de la valla, casi nadie jugaba por allí debido a que los pinares estaban infectados de procesionarias, unas orugas muy fastidiosas y peligrosas, sobre todo para los alérgicos, bueno y para los no alérgicos, y además para los animales que se las comían podía ser mortal. Ellos lo sabían, pero en las reuniones de alto secreto no tenían más remedio que quedar allí, lejos de los oídos indiscretos. De todas formas, el banco estaba justo debajo del voladizo de un tejado, y el pino más cercano quedaba a varios metros y en realidad no era para tanto.

Ana esperaba intrigada e impaciente.

—¡Hombre, por fin llegas!

—Toma, tus gusanitos. ¡Qué de cola había hoy y eso que he salido de clase de los primeros!

Ana ya había abierto la bolsa de gusanitos y al contrario que Andrés que se los comía de uno en uno, ella prefería hacerlo a pequeños puñados.

—Bueno, ¿y por qué tenemos poco tiempo? —preguntó sin dejar de comer y con la boca llena.

—Mi padre ha conseguido trabajo en la ciudad y habla de mudarnos para no tener que estar una hora de coche todos los días. Mi hermano y yo nos quedaremos en casa de mi abuela hasta que termine el curso, pero ya no podremos reunir a la pandilla en mi casa como antes y mucho menos en casa de mi abuela.

—Entonces tenemos que reunir a la pandilla con urgencia por Zoom.

—Hay otra cosa.

—Dime —dijo Ana intrigada.

—Ha habido una fuga de información y la prima de Marta se ha enterado de su contraseña de Zoom. Tendremos que reunirnos en persona para que nos explique como ha ocurrido y ayudarla a recuperarla.

—Umm, eso de reunirnos puede ser complicado ahora con las restricciones del Covid 19 y puede ser peligroso —. Ambos quedaron en silencio y muy pensativos.

—¡¡Ya lo tengo!! —gritó Ana, y a Andrés casi se le cae la bolsa de gusanitos del susto. Aún la tenía casi llena, mientras que su amiga hacía tiempo que se los había comido.

—Mañana es sábado, podemos dejar mensajes a todos con el móvil:

“EMERGENCIA. UNA CLAVE DESCUBIERTA. REUNIÓN URGENTE EN MINECRAFT A LAS 11,30 h. DEL SÁBADO. ALTO SECRETO.

Andrés dejó la bolsa de gusanitos en el banco, aplaudió, se levantó de un salto e hizo una reverencia.

—¡Eres una genia!

—¡Pues claro!

Sonó el timbre y corrieron juntos hacia la clase.

Continuará…