Publicado en A partir de 8 años

Una vida fascinante

Pitiusa era una joven excepcional; parecía haber nacido para ser diferente. Su vida no era normal y siempre destacó sobre los demás, pero tenía un terrible inconveniente: era una gran mentirosa.

Para empezar, su nombre no era habitual. En los documentos y en el colegio, se llamaba Aurora, nombre que eligió el abuelo para tal fin porque, cuando nació, Pitiusa era un bebé sonrosado y luminoso como la luz que acompaña a la salida del sol, pero, según contaba ella, para su familia, siempre fue Pitiusa como las islas del Mediterráneo.

Y es que, decía ella, su abuelo era un hombre extraordinario y el más raro de todos los miembros de la familia. Él falleció cuando Pitiusa solo tenía siete años y, según contaba, fue un explorador que ya había recorrido el mundo antes de cumplir veinte años.

Cuando Pitiusa empezó el colegio y hablaba sus primeras frases, ya se pasaba el día fantaseando sobre las aventuras de sus abuelos. Contaba que cuando ellos se casaron se fueron de viaje por todo el mundo porque tenían una misión especial que cumplir: sus abuelos custodiaban a un dragón bebé y tenían que encontrar a los otros de su misma especie que estaban repartidos en todos los continentes.

Los demás niños y niñas escuchaban extasiados las aventuras de los abuelos de Pitiusa y la profesora decía a los padres que la niña tenía una creatividad enorme y que estaría bien fomentar su pasión por la escritura para que plasmase todas las fantasías que se le ocurrían.

A los siete años narraba la misma historia a todo el que quisiera escucharla. Ahora, sus padres y ella eran los encargados de cuidar del dragón esmeralda para que cuando este cumpliera los cincuenta años se reuniera con su «novia», con la que tendría una familia. Los demás niños de su clase le preguntaban por qué tenía que ser tan mayor y Pitiusa les explicaba que los dragones vivían, por lo menos, quinientos años y que, con cincuenta, eran aún muy jovencitos. Los compañeros de clase pedían permiso a sus padres para ir a casa de Pitiusa a conocer el dragón de esmeralda, pero aquellos, conscientes de que no existía ningún animal fantástico, ponían a sus hijos excusas de todas clases para evitar que se llevaran una decepción.

Así que, con el paso del tiempo, Pitiusa se fue quedando cada vez más sola. Nadie iba a su casa ni tampoco la invitaban a las de sus compañeros, y los profesores se quejaban a los padres de la joven ante la propensión que esta sufría a mentir tanto. Sin embargo, poco podían hacer estos ante la fascinante vida que Pitiusa se había ido creando, y no hacían otra cosa más que resignarse.

En el último año de primaria, antes de las vacaciones, la clase dedicó un día a contar sus planes para el verano y, entre los viajes de unos, las escapadas al pueblo de los abuelos de otros o los campamentos deportivos a los que iban a asistir unos pocos, Pitiusa contó que, en unos días, sus padres y ella viajarían a lo más profundo de África, donde su dragón esmeralda se uniría a la dragona rubí. Eso fue la gota que colmó el vaso. Todos los alumnos se rieron de la ocurrencia de aquella joven fantasiosa y el profesor, harto de tantas historias estrambóticas, le ordenó que dejase de una vez a ese dragón imaginario; ya tenía doce años, el curso siguiente, empezaría secundaria y nadie se creía ya esas fantasías. Pitiusa, con los ojos vidriosos por las burlas de sus compañeros, se reafirmó en su historia y prosiguió contando que en el planeta había seis dragones repartidos, cada uno de una piedra preciosa; el suyo era europeo y la de rubí, la novia, era asiática. Ambos se reunirían en África cerca del Kilimanjaro para formar una pequeña familia con dos dragoncitos de piedras preciosas como había pasado durante miles de años.

El fin del curso fue un desastre para Pitiusa, el profesor estaba enfadado con ella y sus compañeros no se despidieron como hicieron con los demás. Llegó a su casa. Era muy grande, de techos altos y había objetos y adornos de todo el mundo. Atravesó la parte principal y se dirigió al jardín trasero, una inmensa explanada junto a un riachuelo y muchos árboles. Entre ellos, vio a su padre, que estaba limpiando, una a una, las piedras preciosas de color verde que formaban la coraza de su querido dragón. Este se mostraba nervioso por el viaje que iban a hacer en unos días y Pitiusa se volvió hacia su madre que llegaba por detrás.

—Me da pena que nadie haya querido venir a conocer a nuestro dragón.

—Lo sé, preciosa —se compadeció la madre—, pero tú has hecho lo que has podido todos estos años.

—Nunca sabrán que existen de verdad —siguió lamentándose Pitiusa.

—No puedes obligarles a creer en algo para lo que ellos no están preparados —le explicó la madre—. Todos nacemos con la curiosidad intacta, pero en la mayoría, desaparece muy pronto. Gracias a ese afán por descubrir cosas, tu abuelo se fue muy joven a las montañas de los Pirineos para ver qué había de cierto en lo que contaba aquel vagabundo que pasó por su pueblo, y gracias a él, hoy somos los custodios de un dragón. Pero tenemos que pagar el precio de sufrir la incomprensión de los demás.

—Pues ¿sabes lo que te digo, mamá?

—¿Qué, preciosa?

—¡Que les den!

Olga Lafuente.