Publicado en A partir de 6 años

Jugando con las nubes

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Jugando con las nubes

Los fantasmas ya no se dedicaban a asustar a los humanos, aunque aún quedaba algún que otro que lo hacía con esos sonidos —¡Uuuuh!—  y que tanta risa daba al resto de ellos. Arrastraban cadenas con bolas pesadas y ruidosas y modificaban los sustos, pero no servían de mucho.

Clara era una fantasma joven, cansada de dormir durante el día y hacer vida al anochecer. Quería ver la luz del sol ya que jamás la había visto.

Una noche, decidió que, al día siguiente, se despertaría unas horas antes. Todos dormían cuando salió de casa, estaba desierto, pero hermoso. Salió de la ciudad y llegó a un campo cercano.

A lo lejos, alguien se acercaba. En la escuela había visto imágenes de humanos y aquel se le parecía salvo que su color era verdi-morado y caminaba un poco patizambo.

—¡Hola, soy Clara! ¿Tú quién eres? —Preguntó la fantasma deseando hacer nuevos amigos.

—¡Hola, voz! Digo voz porque no te veo —le respondió el chico mirando para todos los lados.

—¡Ah! Espera, a ver si en un lugar más sombrío puedes verme, soy fantasma. Voy a hacerme más espesa y seguro que me verás. —Clara cogió aire, se tapó la nariz y para hacerse espesa apretó tanto, tanto, tanto que un pedete se escapó.

—¡Ja,ja,ja,ja, ahora te veo! Eres clara, como tu nombre. No te preocupes por el pedo, ha sido divertido. Yo soy Hugo, un zombi divertido, ya lo verás.

Hugo le explico que Zombiland era su ciudad y estaba muy cerca, al igual que la de los fantasmas. Los zombis también descansaban por la mañana y estaban despiertos por la noche. Él llevaba algún tiempo disfrutando del día, al menos parte de él pues también tenía que estar con su familia y dormir.

—Clara, ¿nunca has visto la naturaleza? —Le preguntó el joven zombi dirigiéndose hacia un montón de flores.

—Nunca de día. Todo lo que he visto es oscuro.

Era primavera así que pudo enseñarle las amapolas rojas que estaban por todas partes y se acercaron a las margaritas.

—¿Quieres que juguemos con las margaritas? Tienes que hacer una pregunta y la flor te contestará: si o no.—Hugo cortó por el tallo una de ellas.

 —¿Flor, voy a salir todos los días por la tarde a jugar? —Clara estaba emocionada preguntando a la margarita.

Hugo fue quitando pétalo por pétalo a la flor y cuando le quedaban tres:

—Si, no, ¡Siiiii!, entonces podremos estar juntos al atardecer. Yo te enseñare juegos y tú a mí.

Clara parecía que estaba en otro mundo.

—Hugo ¿esos pájaros que vuelan tan raro que hay allí, de qué clase son? —preguntó muy extrañada.

—¡Ja,ja,ja!¡No son pájaros, son mariposas! —se acercaron a ellas, y con la risa, Hugo tropezó con una piedra.

Clara fue muy rápido a ayudar a su amigo para cogerlo y …—¡Cataplum! —El pobre cayó de bruces al suelo; al ser una fantasma no podía coger nada.

—Tienes que mirar las formas de las nubes y decir qué dibujo puede ser, luego intentamos hacer una historia con lo que vemos —señaló Hugo hacia el cielo.

—Yo veo allí una oveja blanca, muy suave y mullidita.

A pesar del golpe los dos se reían en el suelo. Allí tumbados, el zombi le explicó un nuevo juego: “El Juego de la Nubes”. El cielo estaba despejado pero habían unas pocas nubes, así que podían jugar súper bien.

—¡Es verdad! Y ves, una bufanda un poco más lejos, es muy larga y también muy blandita —dijo con esa voz profunda de los zombis.

—¡Mira, más allá hay un sombrero de copa!

—Pues ya tenemos el inicio de la historia: érase una vez una oveja con una bufanda en su cuello y un sombrero de copa de alpargata. —Hugo estaba muy orgulloso de su inicio.

 —Pero el sombrero de copa va en la cabeza, no en los pies. Podría ser: érase una vez un sombrero de copa pegado por una bufanda a una oveja blanca.

Los dos principios de la historia eran muy chulos, pero un sonido de campana los interrumpió.

—Bueno Clara, tengo que volver a Zombiland, esa campana nos da el primer aviso para levantarnos, si llego tarde me castigarán. ¿Qué te parece si nos vemos mañana a la misma hora y seguimos jugando?

—Me ha encantado conocerte Hugo, aquí te veré mañana —dijo Clara contenta.

Los dos marcharon a sus casas felices por haber encontrado cada uno a alguien diferente con quien compartir sus nuevas vidas.          

Autora: María José Vicente Rodríguez

Dibujos realizados por Sara Marín Pérez. (IES Turóbriga. Aroche. Huelva.)