Publicado en A partir de 7 años

De regreso a clases

Se acaban el verano y las vacaciones.
La vuelta a clases empieza en pocos días.
Nuevas aventuras te esperan
detrás de las puertas del colegio,
miles de cosas por descubrir,
y más de un millón de emociones.
Este curso escolar será perfecto,
será lo mejor.
Tu corazón alegre lo sabe,
y mientras preparas los libros
late con mucha emoción.
¿Qué tal si te dejo una adivinanza
en forma de poesía
para celebrar la ocasión?
Y si te gusta la música,
con palmadas, y un coro de amigos,
puedes convertirla en canción.
Si no das con la solución
no hay ningún problema.
Encuentra las mayúsculas
dentro de los versos del poema,
y la respuesta se te abrirá como
una hermosa flor.

Hay un amigo pEqueño y fieL,
que siempre espera ansioso el finaL del verano,
pAra jugar a crear mundos de Papel
con la magia de tu mano.
Te doy una pIsta sencilla:
le gustan las jugarretas,
y como un pequeño Zorrillo,
se esconde junto a tu libreta “.

Respuesta: el lápiz

Fotografía:Pinterest

Publicado en A partir de 7 años, Cuento

Un hechizo para Fausto el fauno.

Agatha era una bruja que siempre traía sus ropas desgarradas, porque se la pasaba escalando montañas, volando en su escoba a través del bosque, o explorando en las cuevas, aprendiendo cosas nuevas.

Conocía muchos hechizos, pócimas y recetas para casi cualquier cosa. Todo lo apuntaba en diferentes libros. Tenia muchos. Ella misma los había escrito con sus descubrimientos.

Un día Fausto el Fauno fue a visitarla, pues necesitaba un remedio para espantar a un feroz grupo de eleonques que comenzaban a llegar al noreste del bosque. Los eleonques eran unas sombras gigantescas de humo con forma de leones con alas de murciélago. Y se aparecían para hacerle daño a los animales, plantas y seres que viven felices en la naturaleza.

La bruja sabía exactamente el hechizo que necesitaba Fausto el Fauno. Buscó y rebuscó entre los libros, pero tenia un desorden por toda la casa y no encontraba por ningún lado, la receta exacta. Y es conocido, que la magia funciona solo si se sigue al pie de la letra el hechizo.

Fausto empezaba a perder la paciencia, pues era de extrema urgencia ir a defender el bosque de los eleonques.

—¡Lo tengo! —Gritó la joven bruja, desde atrás de una pila de libros. —Necesitamos algunas plantas secas, unos minerales, sal de mar, pelos de un gato blanco, espinas verdes de un rosazul, un pétalo de girasol y una esmeralda marítima. Tengo todo, menos la esmeralda.

El fauno se preocupó:

—¿Es muy difícil de conseguir, Agatha? —preguntó con su voz que siempre sonaba apaciguante.  A pesar de estar intranquilo.

—No mucho. Solo hay que tomar una de las esmeraldas que están en el túnel que va desde la selva hasta el mar. Puedes pedirle de favor a las tortugas que vayan al fondo y te den una.

—No me tardo —dijo Fausto el fauno, cerró los ojos, caminó y luego se desapareció, atravesando los maderos de la puerta.

Agatha, se quedó a releer el hechizo y a hacer un polvo mágico con todos los ingredientes que, vació en una pequeña caldera, en medio de un desastre de casa con libros regados por todos lados.

A los diez minutos, regresó Fausto el fauno, traía con él, en su peluda mano, una esmeralda marítima que aun estaba mojada.

—Aquí tienes Agatha.

—Gracias. —Le contestó la bruja. Tomó la piedra y la coloco en un pequeño costalito, donde tenía el resto de los ingredientes.

—Disculpa Fausto, ¿Qué luna habrá esta noche? ¿Es gibosa menguante, cierto?

—Así es.

—Bien, bien, quería estar segura. —Contestó sonriente, como siempre, y continuó trabajando en el costalito mágico. —Estas son las instrucciones: Cuando la luna este en cuarto menguante, entierra la esmeralda debajo del árbol mas grande que veas en el bosque y recita el hechizo.

.

Una esmeralda desde el mar,

Para combatir el mal,

Los eleonques se tienen que marchar.

.

La luna está a la mitad,

Pero tienes la fuerza del sol,

para contraatacar.

.

Árbol gigante,

Que solo conoces bondad,

Elimina la amenaza de todo este lugar.

.

—¿Es todo? —Preguntó Fausto el fauno

—Sí, ya sabes cómo funciona la magia. —Le contestó y le guiñó un ojo.

El fauno hizo una reverencia, se giró y desapareció de nuevo. Se fue al bosque a esperar que la luna menguara un poquito más. En las alturas del cielo se escuchaban unos aullidos espantosos. Eran los eleonques volando por las copas de los árboles, intentando comerse a los búhos, las ardillas y los venados que andaban cerca. Los animalitos corrían en todas direcciones y se escondían.

Al fin se llegó el momento, el fauno enterró la esmeralda marítima y recitó el hechizo. Los eleonques dieron un chillido que provocaba miedo.

Luego, se escucharon truenos de relámpagos en el cielo. Era como si cayera una tormenta, pero sin una gota de agua. Después, el sonido se fue yendo de a poco hasta desaparecer en las lejanías del bosque.

Cinco días después de que el Fauno espantara a los eleonques, se apareció en la puerta de Agatha.

—Hola Fausto. ¿Cómo te fue en la batalla?

—Fue sencillo, esas sombras de terror no se volverán a acercar pronto. Y, por cierto, vengo a agradecerte. —El ser del bosque, abrió espacio sobre la mesa y dejó caer sobre ella, un libro pequeño y una vara de madera adornada con piedras preciosas.

—¿Qué es eso? —Preguntó Agatha, sospechándose la respuesta.

—Es un regalo que te hice con ayuda de las hadas

—¡No lo puedo creer! ¡Es un libro hecho por hadas! —Gritó emocionada, tomando el libro en las manos.

—Sí. Y la varita la hice yo, con ayuda de algunos animales que me trajeron piedras, tiene una esmeralda marítima también. —La bruja tomó la varita y comenzó a hacer magia con ella. —¿Entonces ya sabes para que es el libro y la varita?

—Claro, siempre desee tener un libro mágico hecho por las hadas. Ahora puedo, con la varita de piedras, organizar todas mis recetas, todos los hechizos, las pócimas, los cuentos y todo, dentro de un solo libro infinito, que jamás se va a llenar.

—Así es. En sus páginas aparecerán solo las recetas que necesites.

—Pues lo que necesitamos por ahora, es beber un té de pétalos de solilaris y galletas de nuez, para celebrar —dijo Agatha, y por fin, le sacó una sonrisa, después de mucho tiempo, a Fausto el fauno.

Publicado en Revista Cometas de papel

Número 3

La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo.

PLATÓN

Descarga de forma gratuita el número 2 de nuestra revista infantil y juvenil Cometas de papel

¡Vuela con nosotros en esta aventura literaria!

Encontrarás en ella: poesías, cuentos, libros recomendados, sagas literarias, manualidades, pasatiempos, experimento, marcapágina…

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

EL HADA CLARA, MARÍA JOSÉ VICENTE RODRÍGUEZ

EL HADA CLARA

El hada Clara murió y debía comenzar el ritual de enterramiento. Su casa árbol tendría que ser cerrada y sus pertenencias repartidas. Sería enterrada junto a su casa para que su espíritu impregnara cada gota de savia del árbol. La magia fluiría por el tronco, por cada rama, por cada hoja y cada semilla. Resurgirían nuevos retoños que ayudarían a seguir creciendo al Bosque Mágico. Un aura mágica fluía por toda la arboleda ya que las sangres de las hadas centenarias corrían por sus entrañas. Cada vez que un hada moría, y la enterraban junto a su árbol, la magia del bosque se renovaba.

               Cada posesión que Clara tenía, debía ser repartida, salvo sus tesoros prodigiosos. Estos objetos serían los que elegirían a su siguiente portadora.

               A la tercera noche, después de ser enterrada Clara y para comenzar el ritual de desprendimiento se situaron alrededor de su árbol, sus cuatro objetos mágicos: una vasija transparente con la base de plata que, aun siendo traslúcida, reflejaban todos los colores del arcoíris; una tela de seda azul celeste, que brillaba entre un gran lazo rojo que lo sostenía; también había un espejo de mano, tallado con filigranas en una madera de roble.  Y aún quedaba el que era el más valioso de todos para Clara: una hermosa pluma de pavo real púrpura, que se balanceaba con la suave brisa sobre un jarrón, su gran ojo central violeta observaba desde todos los ángulos.

 Muchas luciérnagas ambientaban el lugar y danzaban sobre cada maravillosa pieza, con un baile como si de un cortejo se tratara. Mientras, las hadas revoloteaban en torno al árbol de la anciana, marcando con cánticos el ritual establecido, luego se posaban con delicadeza, tomando asiento, sobre mullidas hojas.

Cuando las últimas notas musicales dejaron de sonar, el espejo iluminó toda la arboleda deslumbrándolos a todos, luego, reflejó en su cristal el rostro del nuevo amigo elegido, Dimas. El carácter de este muchacho era muy parecido a la anciana Clara, muy sociable, alegre y entregado a su pasión por las plantas y a la curación, como la anciana.

El lazo rojo que envolvía la seda se abrió dejando en libertad la tela, su vaporosidad hizo que una corriente de aire la elevara haciendo divertidas cabriolas, fue pasando por cada miembro del lugar hasta que, con mucha sutileza formó un vestido para Alba, un hada anciana, encantadora y muy vivaracha, gran amiga de Clara.

Nadie se dio cuenta que cuando la seda bailaba para todos, para hacer su elección, el jarrón había perdido su pluma de pavo real púrpura. Ésta, observaba muy por encima de la casa árbol de Clara, ¿a quién elegiría? No estaba muy segura, pero mientras se decidía, la vasija comenzó a girar sobre sí misma, giraba y giraba. Ascendió y giraba y giraba. Paró y vertió sobre Coral, un chirimiri de purpurina. Ya había escogido a su nueva guardiana, un hada de edad mediana, tímida, sentimental y, sobre todo, como su anterior protectora, soñadora. En ese instante, la pluma se fijó en alguien que sobresalía de todos los demás, se posó en la cabeza del hada más pequeña del lugar, Ian, se situó luego frente a sus ojos penetrando en la mirada del niño y comprobó que en un futuro aquella persona tendría los rasgos que necesitaba para que la cuidara, pero no estaba segura del todo. Se posaba en diferentes partes del niño, se alejaba para ver desde la distancia….

Finalmente, se volvió a elevar y a observar por encima de la casa del árbol. Tomó su decisión, aún no había nadie que hubiera nacido para portarlo. Cayó en picado y se hundió en la tierra donde yacía Clara.

Autora: María José Vicente Rodríguez

Publicado en A partir de 10 años

LUCES, JORGE MUÑOZ BANDERA

Aquellas luces que vuelan en el atardecer

casi las recuerdo desde lejos,

están en mi corazón cuando lo veo

son como destellos de verano,

casi como fuegos que iluminan el cielo,

desde la noche de mis recuerdos.

Fuegos artificiales que brotan del mar

y disparan flores, palmeras de sueños,

en el cielo de mi fantasía,

en la bahía de mis sueños,

camino junto a mi padre

para volver a ser niño

y escuchar verdiales y panderos

entre la brisa del mar

y en las manos pequeñas de mis deseos.

Publicado en A partir de 16 años

Río. Capítulo 3. La diversión de unos es el tormento de otros

3. LA DIVERSIÓN DE UNOS ES EL TORMENTO DE OTROS

Año XXX del reinado de Ismael II, El impasible

Un par de horas antes del alba, Río tenía por costumbre adentrarse en el bosque. Conocía cada recoveco como la palma de su mano. Cada zona y sus nombres en función de los atributos de la misma, del tipo de vida que crecía dentro o había dejado de crecer.

            Iniciaba un paseo a ritmo pausado desde el orfanato a Árbol Rojo. Cada vez le costaba más dominar el impulso de salir corriendo en cuanto veía el primer árbol dibujando el horizonte o percibía el inconfundible olor del río Naydés a más de diez kilómetros de distancia en el corazón del bosque y oculto a los ojos humanos tras una de las siete caídas de las Cataratas de la Muerte. Nadie en su sano juicio se adentraría en aquellas aguas frías, profundas y con corrientes que te arrastraban hasta la profundidad. Quien osaba atreverse a nadar en sus aguas no vivía para contarlo. Quizás porque amparada en la clandestinidad podía ser quién realmente era, porque jugaba convertida en corriente de agua deslizándose por cada una de las cataratas o porque hizo de aquella cueva su segunda casa, o porque el oxígeno que extraía del agua del río Naydés le parecía el alimento más puro que había probado jamás, aquel era su lugar preferido.

            Pero debía controlarse, había normas humanas y de la naturaleza que debía respetar. Nini y ella acordaron una serie de pautas de conducta con objeto de que pasara lo más inadvertida posible para no acabar siendo la atracción estrella de una feria ambulante junto al Comefuegos o la Mujer giganta o una rata de laboratorio, diseccionada en mil partes para investigar, en pro de la ciencia, el origen de sus poderes.

            Sin más el resumen de todas las reglas acordadas con Nini se basaba en una premisa que a Nini le costaba tan poco pronunciar como a ella difícil de cumplir: «las apariencias lo son todo. Si quieres mantenerte a salvo debes parecer una muchacha normal».

            Siguió su paseo hasta el umbral del bosque y a unos pocos centímetros de la falda de Árbol Rojo, el guardián del bosque, se paró y cumplió con el cortejo que le correspondía a la naturaleza. La vida que cohabita entre los hombres detestaba el término normas y prefería el uso del término cortejo. Dos caras de una misma moneda que permanecían juntas, pero que nunca se veían, tan solo intuían su presencia. Solo a algunos seres, como a Río, se le permitía contemplar las dos al mismo tiempo. Le entristecía pensar por qué. La respuesta no le gustaba. Nunca pertenecería por completo a ninguno de aquellos mundos y nunca podría dejar a uno de ellos fuera de su vida.

            Observó a Árbol Rojo con respeto y cariño. Tenía el tronco robusto veteado con distintas tonalidades rojizas, sus siete ramas como siete brazos competían en altura y frondosidad de forma constante, hasta que sucedía lo inevitable y se completaba el círculo. De la rama más alta y frondosa se desprendían las hojas y caían en forma de lluvia sobre Río; acto seguido escuchó el crujido de esa rama y el grito de dolor interior del árbol cuando el ciclo llegaba a su fin y el brazo caía al suelo amputado. El sonido de la rama al chocar con el suelo quedaba amortiguado con el llanto que al unísono emitía el Bosque. Un llanto mudo y seco que solo ella escuchaba. Del tronco del árbol emanaron gotas rojizas y transparentes: sangre y lágrimas. El bosque al completo, todo ser con vida, guardó un minuto de pausa en sus quehaceres y de silencio en memoria de la tala de los Árboles de leña. En la naturaleza a cada ser o familia se le daban dos nombres, el de nacimiento y el de su muerte. De ese modo, los Árboles de fuego pasaron a denominarse Árboles de leña, como recordatorio de cuál fue el motivo de su extinción: ofrecer calor a los fogones y chimeneas del palacio del rey Ismael II.

            Tras unos minutos, Árbol Rojo sonrió, sentía las cosquillas que le producía el nacimiento de una nueva rama y liberó todo su peso para que el viento completara una caricia de bienvenida entre sus hojas.

            Río conocía a la perfección el ciclo, Árbol Rojo entraba en la fase de crecimiento y buen humor, por tanto, era el mejor momento para iniciar una charla con El guardián del bosque.

            —¿Puedo pasar?

            —Puedes.

            Río sacó un pañuelo del bolsillo y limpió las gotas de sangre y lágrimas que se abrían paso por e tronco. Árbol Rojo era fuerte como un roble, pero todo ser, camine o no, cuenta con una pesadilla que le atormenta por las noches. En el caso du su amigo eran las moscas y las arañas. Las primeras acudían a la sangre fresca y las segundas formaban intrincadas telarañas entre las ramas para atrapar a las moscas. El guardián del bosque era tan presumido como árbol y detestaba las telarañas porque aparentaban dejadez y falta de cuidados.

            «Las apariencias lo son todo», recordó Río.

            —¿Tienes sed?

            —Tengo.

            Río se aseguró que nadie merodeaba alrededor antes de vaporizar con sus manos agua que esparció por toda la silueta del árbol, desde la hoja más cercana al cielo hasta las raíces. De nuevo escuchó con nitidez la sonrisa del árbol junto con otros sonidos de bienestar.

            —¿Han traído noticias los pájaros?

            —Traen.

            —¿Saben cuándo será la caída de tu siguiente rama según la profecía de las brujas?

            —Saben.

            Río sintió escalofríos. Llevaba muchas lunas haciendo la misma pregunta y era la primera vez que obtenía un sí como respuesta. Debía elegir bien la pregunta que hacer a continuación porque a los árboles solo les gustaba responder con verbos.

            —¿Será pronto?

            —Será.

            Las hojas de la rama más alta empezaron a desprenderse a razón de una por minuto. Del tronco aún no emanaba sangre ni lágrimas, pero sabía qué significaba aquello: el inicio de una cuenta atrás. No contaba con demasiado margen de tiempo para frenar aquello, fuera lo que fuese.

            —Está ocurriendo ahora, ¿verdad?

            —Está.

            Río agudizó sus sentidos y olió y escuchó a la perfección las repercusiones en la naturaleza del inicio del siguiente mal que las brujas habían vaticinado, aún así, siguiendo el cortejo de la naturaleza preguntó al guardián.

            —¿Es en Lago Alto?

            —Es.

            —¿Puedo ayudar?

            —Puedes.

Imagen de portada: Andrea Obregón Mantecón en Twitter: @AndreaObre_Art

Publicado en A partir de 14 años

La Maga

Magia, Edén, Lilith, solimán, Baphomet… eran algunas de mis palabras preferidas. Con ellas María, mujer invidente, me entretenía con sus relatos mitad fantasía, mitad realidad.

Eran aquellos años del siglo XX en los que ser ciega estaba todavía considerado una maldición divina.

María era una de las últimas brujas que habitaron Iberia, pese a toda la labor de limpieza sin sentido que había ejercido la Inquisición y, últimamente, la dictadura.

Y yo era una de las últimas lazarillo. Adoraba aquella profesión, me hacía sentir importante.

María acudía a casa de mis padres a buscarme porque necesitaba ir a la feria, al médico, a comprar un vestido o unos zapatos. No importaba la razón. Y siempre me escogía a mí entre todos los hermanos:

—Me llevo a Azul, ella es la más pura. Ella está pendiente, no me engaña, es honesta…

A mí aquello me hacía crecer leguas. Eran los piropos más embelesadores que escuchaba siendo la séptima de ocho hermanos.

En la casa hacía falta el dinero y, por supuesto, que me dejaban ir encantados. Yo me sentía con ello útil para la familia.

Con María aprendí a interpretar los sueños, a conocer el significado de los números, a ver el aura de las personas, a mover las cosas con el pensamiento, a elevar a una persona sin tocarla. En fin, con ella me convertí en la maga que soy.

Autora del texto: María José Alvite

Imagen: Lucía Pérez Alonso

Publicado en A partir de 6 años

Fantita

pixabay.com

Mamá elefanta nunca olvidaría el día en que nació Fantita, fue un lluvioso 12 de enero, después de veintidós meses de larga espera. La alegría inicial pronto se tornó en preocupación, la pequeña tenía las dos patas delanteras torcidas, con la imposibilidad de apoyarlas en el suelo. Inmediatamente la llevaron al veterinario especialista en paquidermos, pero a pesar de los tratamientos y de la rehabilitación, el bebé no mostró ninguna mejoría por lo que las esperanzas de que un día pudiera caminar eran muy remotas.

A ella parecía darle igual, siempre miraba a su alrededor con ojos sonrientes, y se arrastraba velozmente detrás de los demás animales participando como uno más en los juegos. Así transcurrió casi un año, hasta que un día la tatarabuela Mina, que era una gran experta en arreglarlo todo, la aupó con su trompa en el aire, y sin saber como, Fantita equilibró sus cuatro patas en el suelo y pudo andar. A los pocos días corría tanto que ya nadie se acordaba de su discapacidad.

Los primeros años de su vida pasaron pronto, entre baños en la ciénaga y en el río. Y muchas regañinas para que no corriera, porque los elefantes aunque sean niños pesan mucho y su cuerpo se resiente, y muy a pesar suyo comenzó a comportarse como los demás esperaban que lo hiciera.

Cuando cumplió los cinco años se dispuso todo para que iniciara su aprendizaje en el colegio. Pronto destacó sobre los demás animales pues tenía una memoria prodigiosa. Era capaz de recitar de carrerilla toda la lista de los primeros habitantes de la selva, que ocupaba ni más ni menos que cuatro tomos.

Su maestra la chimpancé Rita, mandó llamar a sus padres para proponerles que apuntaran a Fantita a clases extraescolares de “Turbo-Memoria”. 

¡Qué contenta estaba mamá elefanta! Su hija  iba a continuar la tradición familiar de sabelotodo. Estaba tan feliz que se llegó a la sombrerería y le compró un birrete de empollona. 

Por el contrario que decepción se llevó Fantita. Ella esperaba que la hubiesen dejado escoger, por ejemplo ballet.

—¡Ballet!  —dijo la tía Gertru —, pero querida sobrina si pesas casi mil kilos, te romperás los colmillos.

La pequeña elefanta no estaba dispuesta a entrar en razón. Si no podía bailar pues se apuntaría a gimnasia rítmica.

—¡Imposible! — gritaron todos a la vez — . Los elefantes no podemos hacer nada que suponga un gran esfuerzo físico, pesamos demasiado, ¡acéptalo! 

Esa noche Fantita lloró por primera vez en su vida. Ella en realidad no quería bailar, ni ser gimnasta; su sueño era ser corredora, todas las noches soñaba con que se calzaba unas zapatillas de deporte  y corría junto al guepardo y la liebre. 

Los siguientes días hizo lo que le pedían, aprendió todas las listas de las flores, y las de los insectos; y miles y miles de datos que solo un cerebro privilegiado como el suyo era capaz de retener. Y mientras lo hacía miraba de reojillo a los animales que corrían en las pistas de atletismo.

Ocurrió que la tristeza que llevaba por dentro apagó su alegría, y poco a poco se convirtió en una elefanta callada y melancólica. Su mamá la llevó al médico. En la consulta le hicieron infinidad de preguntas y de pruebas. Dos semanas después el doctor Búho reunió a la familia para comunicarles el diagnóstico. Todos estaban preocupados, la pequeña había perdido mucho peso y se esperaban lo peor. 

El doctor les dijo que la paciente estaba sana. Inmediatamente se escuchó un murmullo de alivio. 

—Pero… — continuó— ,su alma  está enferma.

El silencio fue sepulcral. Nunca jamás a ningún elefante le había ocurrido algo así. El médico les aconsejó que la escucharan para conocer que le hacía tan desdichada. 

Así que esa noche hubo reunión familiar. Las tías, los primos, las abuelas, los padres y la tata formaron un corro alrededor de la elefantita. Y le pidieron que hablara. Ella miró uno a uno a los ojos de sus seres queridos, había tanto cariño en ellos que poco a poco se sintió confiada y les contó su deseo de correr. Esta vez nadie la interrumpió, y la escucharon con absoluta entrega. 

Ella a pesar de haber nacido con una discapacidad que le impedía andar, nunca se sintió limitada, pero las continuas advertencias sobre su tamaño, y la imposición de tener que comportarse según las costumbres de su especie, la habían enjaulado. Correr la hacia feliz, no deseaba ser la mejor en nada, solo disfrutar de su libertad.

Al día siguiente le regalaron unas deportivas rosas del número cien, y la apuntaron a carreras de medio fondo. Nunca ganó ninguna, ni falta que le hacía, ella era dichosa.

Si lees esta historia, recuerda que los límites solo existen en tu cabeza y en la de los demás. Vive siempre como si fueras a volar.

(Dedicado a Uma)

Publicado en A partir de 10 años

La ladrona de contraseñas. Capítulo 6

CAPÍTULO 6

—¿Puedes bajar?

—¿Andrés? —el portero automático se oía regular.

—El mismo Ruth. Necesito hablar contigo.

Tal y como esperaba tardó casi veinte minutos en bajar.

En realidad Ruth no sabía que ponerse: vaqueros, falda, vestido, mono… <<maldito entretiempo>> protestaba, <<No sé qué ponerme>>.

—¿Qué hacías? ¡Ya me iba!

Andrés estaba molesto, y para más irritación Ruth ni se disculpó.

—¿Qué quieres? —dijo Ruth aparentando indiferencia.

—Tenemos que hablar de las cuentas que has robado.

—¿Me estás acusando? Yo no he robado nada —Aunque aparentaba seguridad, la voz de Ruth temblabala un poco.

—¿No? Pues díselo a Ricardo que te quiere denunciar y lo hemos evitado por los pelos.

Ruth se había quedado blanca y ya no disimulaba.

—¿Y cómo se ha enterado ese?

—Porque se lo he dicho yo.

Ruth agachó la cabeza, iba a llorar de rabia. Era lamentable, justo el chico que le gustaba la delataba con el chico que odiaba.

Andrés se dio cuenta.

De pronto Ruth levantó la cabeza echando chispas:

—¿Y cómo te has enterado tú?

cute kid boy and girl fight and argue

—¿Eso importa? ¡Tú has robado cuentas! —la paciencia de Andrés se estaba agotando.

—¡Ah! Ya entiendo, ha sido la odiosa de mi prima. Pues dile que se olvide se su zoom, también se lo he robado.

—Eres tan… tan… —Andrés no encontraba la palabra. Se estaba poniendo rojo por el enfado que sentía —Da igual, Marta ya ha recuperado su cuenta y su correo.

—¡Eso es imposible!

—Compruébalo tú y cuando lo hagas, me llamas. Tienes una semana para pedir perdón a todos y prometer no hacerlo nunca más, o Ricardo irá a la policía.

—¡Cuéntame otra, anda!

Andrés apretó los puños y decidió irse dejándola con la palabra en la boca.

—¡Oye tú! ¡Que no he terminado! ¡OYEEEE!

Pero Andrés continuó dándole la espalda y se alejó.

Entonces Ruth tragó saliva y subió a su casa a toda velocidad sin esperar el ascensor.

En cuanto llegó, se dio cuenta de que Marta ya había cambiado sus contraseñas. No podía ser, comprobó las demás cuentas y también habían sido recuperadas por sus dueños.

—¡ES IMPOSIBLEEE! Mi prima no sabe donde escondo mi libreta y jamás metería su mano en el territorio de Cleopatra.

Pero sí debía haberlo hecho, pensó después. Porque todas las cuentas habían sido devueltas a sus dueños. Estaba en un serio problema.

Esa noche y la siguiente no pudo dormir.

Era menor de edad, pero el peso de la Ley caería sobre ella y su madre embarazada… Tenía que haberlo pensado mejor antes de robar aquellas cuentas.

—Cleopatra, ¿qué hago ahora? —la tarántula caminaba lentamente por su mano hacia el antebrazo.

Dejó a su mascota en el terrario con mucho cuidado, respiró profundamente y llamó a Andrés.

Continuará…

Publicado en A partir de 10 años

La ladrona de contraseñas. Capítulo 5

CAPÍTULO 5

La siguiente quedada por videoconferencia fue por la tarde.

Ana, Jaime y Andrés, habían contactado a los dueños de todas las cuentas y explicado lo ocurrido. Les habían dado las nuevas contraseñas y pedido que no denunciaran, pero sí que les ayudaran a dar una lección a la ladrona de cuentas. Ahora Ruth estaba en serios problemas.

Ese proceso fue muy complicado, no todos contestaban y les creían. Afortunadamente, la mayoría eran del barrio y pudieron hablar con ellos en persona, enseñándoles las fotos de la libreta, como prueba de que decían la verdad.

—Esto es un delito grave —dijo uno de los afectados—. Mi padre es policía y no os cuento lo que podría caerle.

Ana jugaba con los cordones de sus tenis. Estaban sentados en el césped del parque. Se los ató con lazo pensativa y preocupada por lo que acababa de oír.

—Pero la situación es complicada —explicó Ana— Su madre está embarazada y ya avanzada y es prima de una amiga… Solo queremos darle una lección.

—Entiendo, pero el delito sigue siendo el mismo.

Ana se quedó sin argumentos. Ahora jugaba con un trébol.

—Hagamos una cosa —intervino Andrés—. Si la prima de mi amiga no rectifica y pide perdón a todos, se lo diremos a sus padres y tú al tuyo. Vamos a darle una oportunidad.

—Ummm… está bien. Os doy una semana.

—¡¡Es muy poco tiempo!! —protestó Ana.

Aunque sintieron alivio porque habían conseguido tiempo, organizar todo en una semana, era demasiado ajustado.

—Una semana. Lo siento.

Andrés quedó muy pensativo antes de hablar:

—Hay una manera de hacerlo en ese tiempo, Ana. ¡Vamos!

Y corrieron a casa de Marta, despidiéndose del hijo del policía con la mano:

—¡En una semana te vemos! —gritaron Ana y Andrés mientras se alejaban.

Cuando bajó Marta, fueron a casa de Jaime y desde allí se conectaron a la reunión de la tarde, para planificar la “estrategia de ataque”, como lo definió Simón.

A girl communicate video conference with friends at home scene illustration

—Hola a todos, ya hemos terminado de reunirnos con todos los propietarios de las cuentas que ha robado Ruth. Pero estamos muy preocupados, Marta —dijo Ana—. Una de las víctimas es hijo de un policía y…

—¡Ohhh! Debe ser Ricardo, lo conozco —le interrumpió Marta— y es archienemigo de Ruth. Creo se odian mutuamente. ¿Va a denunciar? ¿Y cómo mi prima se ha metido con él precisamente? La creía más inteligente, la verdad.

—Eso quería explicarte. Nos ha dado una semana para conseguir que tu prima pida perdón a todos.

—Es raro que haya aceptado. Ricardo es muy cabezota.

—Yo hablaré con Ruth —dijo Andrés de pronto.

Todos sabían que a Ruth le gustaba Andrés. Era muy buena idea, si alguien podía asustarla y hacerle entrar en razón era él.

—No me entusiasma la idea, pero no quiero que sea denunciada.

Continuará…