Publicado en A partir de 6 años

Fantita

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Mamá elefanta nunca olvidaría el día en que nació Fantita, fue un lluvioso 12 de enero, después de veintidós meses de larga espera. La alegría inicial pronto se tornó en preocupación, la pequeña tenía las dos patas delanteras torcidas, con la imposibilidad de apoyarlas en el suelo. Inmediatamente la llevaron al veterinario especialista en paquidermos, pero a pesar de los tratamientos y de la rehabilitación, el bebé no mostró ninguna mejoría por lo que las esperanzas de que un día pudiera caminar eran muy remotas.

A ella parecía darle igual, siempre miraba a su alrededor con ojos sonrientes, y se arrastraba velozmente detrás de los demás animales participando como uno más en los juegos. Así transcurrió casi un año, hasta que un día la tatarabuela Mina, que era una gran experta en arreglarlo todo, la aupó con su trompa en el aire, y sin saber como, Fantita equilibró sus cuatro patas en el suelo y pudo andar. A los pocos días corría tanto que ya nadie se acordaba de su discapacidad.

Los primeros años de su vida pasaron pronto, entre baños en la ciénaga y en el río. Y muchas regañinas para que no corriera, porque los elefantes aunque sean niños pesan mucho y su cuerpo se resiente, y muy a pesar suyo comenzó a comportarse como los demás esperaban que lo hiciera.

Cuando cumplió los cinco años se dispuso todo para que iniciara su aprendizaje en el colegio. Pronto destacó sobre los demás animales pues tenía una memoria prodigiosa. Era capaz de recitar de carrerilla toda la lista de los primeros habitantes de la selva, que ocupaba ni más ni menos que cuatro tomos.

Su maestra la chimpancé Rita, mandó llamar a sus padres para proponerles que apuntaran a Fantita a clases extraescolares de “Turbo-Memoria”. 

¡Qué contenta estaba mamá elefanta! Su hija  iba a continuar la tradición familiar de sabelotodo. Estaba tan feliz que se llegó a la sombrerería y le compró un birrete de empollona. 

Por el contrario que decepción se llevó Fantita. Ella esperaba que la hubiesen dejado escoger, por ejemplo ballet.

—¡Ballet!  —dijo la tía Gertru —, pero querida sobrina si pesas casi mil kilos, te romperás los colmillos.

La pequeña elefanta no estaba dispuesta a entrar en razón. Si no podía bailar pues se apuntaría a gimnasia rítmica.

—¡Imposible! — gritaron todos a la vez — . Los elefantes no podemos hacer nada que suponga un gran esfuerzo físico, pesamos demasiado, ¡acéptalo! 

Esa noche Fantita lloró por primera vez en su vida. Ella en realidad no quería bailar, ni ser gimnasta; su sueño era ser corredora, todas las noches soñaba con que se calzaba unas zapatillas de deporte  y corría junto al guepardo y la liebre. 

Los siguientes días hizo lo que le pedían, aprendió todas las listas de las flores, y las de los insectos; y miles y miles de datos que solo un cerebro privilegiado como el suyo era capaz de retener. Y mientras lo hacía miraba de reojillo a los animales que corrían en las pistas de atletismo.

Ocurrió que la tristeza que llevaba por dentro apagó su alegría, y poco a poco se convirtió en una elefanta callada y melancólica. Su mamá la llevó al médico. En la consulta le hicieron infinidad de preguntas y de pruebas. Dos semanas después el doctor Búho reunió a la familia para comunicarles el diagnóstico. Todos estaban preocupados, la pequeña había perdido mucho peso y se esperaban lo peor. 

El doctor les dijo que la paciente estaba sana. Inmediatamente se escuchó un murmullo de alivio. 

—Pero… — continuó— ,su alma  está enferma.

El silencio fue sepulcral. Nunca jamás a ningún elefante le había ocurrido algo así. El médico les aconsejó que la escucharan para conocer que le hacía tan desdichada. 

Así que esa noche hubo reunión familiar. Las tías, los primos, las abuelas, los padres y la tata formaron un corro alrededor de la elefantita. Y le pidieron que hablara. Ella miró uno a uno a los ojos de sus seres queridos, había tanto cariño en ellos que poco a poco se sintió confiada y les contó su deseo de correr. Esta vez nadie la interrumpió, y la escucharon con absoluta entrega. 

Ella a pesar de haber nacido con una discapacidad que le impedía andar, nunca se sintió limitada, pero las continuas advertencias sobre su tamaño, y la imposición de tener que comportarse según las costumbres de su especie, la habían enjaulado. Correr la hacia feliz, no deseaba ser la mejor en nada, solo disfrutar de su libertad.

Al día siguiente le regalaron unas deportivas rosas del número cien, y la apuntaron a carreras de medio fondo. Nunca ganó ninguna, ni falta que le hacía, ella era dichosa.

Si lees esta historia, recuerda que los límites solo existen en tu cabeza y en la de los demás. Vive siempre como si fueras a volar.

(Dedicado a Uma)

Publicado en A partir de 10 años

La ladrona de contraseñas. Capítulo 6

CAPÍTULO 6

—¿Puedes bajar?

—¿Andrés? —el portero automático se oía regular.

—El mismo Ruth. Necesito hablar contigo.

Tal y como esperaba tardó casi veinte minutos en bajar.

En realidad Ruth no sabía que ponerse: vaqueros, falda, vestido, mono… <<maldito entretiempo>> protestaba, <<No sé qué ponerme>>.

—¿Qué hacías? ¡Ya me iba!

Andrés estaba molesto, y para más irritación Ruth ni se disculpó.

—¿Qué quieres? —dijo Ruth aparentando indiferencia.

—Tenemos que hablar de las cuentas que has robado.

—¿Me estás acusando? Yo no he robado nada —Aunque aparentaba seguridad, la voz de Ruth temblabala un poco.

—¿No? Pues díselo a Ricardo que te quiere denunciar y lo hemos evitado por los pelos.

Ruth se había quedado blanca y ya no disimulaba.

—¿Y cómo se ha enterado ese?

—Porque se lo he dicho yo.

Ruth agachó la cabeza, iba a llorar de rabia. Era lamentable, justo el chico que le gustaba la delataba con el chico que odiaba.

Andrés se dio cuenta.

De pronto Ruth levantó la cabeza echando chispas:

—¿Y cómo te has enterado tú?

cute kid boy and girl fight and argue

—¿Eso importa? ¡Tú has robado cuentas! —la paciencia de Andrés se estaba agotando.

—¡Ah! Ya entiendo, ha sido la odiosa de mi prima. Pues dile que se olvide se su zoom, también se lo he robado.

—Eres tan… tan… —Andrés no encontraba la palabra. Se estaba poniendo rojo por el enfado que sentía —Da igual, Marta ya ha recuperado su cuenta y su correo.

—¡Eso es imposible!

—Compruébalo tú y cuando lo hagas, me llamas. Tienes una semana para pedir perdón a todos y prometer no hacerlo nunca más, o Ricardo irá a la policía.

—¡Cuéntame otra, anda!

Andrés apretó los puños y decidió irse dejándola con la palabra en la boca.

—¡Oye tú! ¡Que no he terminado! ¡OYEEEE!

Pero Andrés continuó dándole la espalda y se alejó.

Entonces Ruth tragó saliva y subió a su casa a toda velocidad sin esperar el ascensor.

En cuanto llegó, se dio cuenta de que Marta ya había cambiado sus contraseñas. No podía ser, comprobó las demás cuentas y también habían sido recuperadas por sus dueños.

—¡ES IMPOSIBLEEE! Mi prima no sabe donde escondo mi libreta y jamás metería su mano en el territorio de Cleopatra.

Pero sí debía haberlo hecho, pensó después. Porque todas las cuentas habían sido devueltas a sus dueños. Estaba en un serio problema.

Esa noche y la siguiente no pudo dormir.

Era menor de edad, pero el peso de la Ley caería sobre ella y su madre embarazada… Tenía que haberlo pensado mejor antes de robar aquellas cuentas.

—Cleopatra, ¿qué hago ahora? —la tarántula caminaba lentamente por su mano hacia el antebrazo.

Dejó a su mascota en el terrario con mucho cuidado, respiró profundamente y llamó a Andrés.

Continuará…