Publicado en A partir de 7 años, Cuento

Un hechizo para Fausto el fauno.

Agatha era una bruja que siempre traía sus ropas desgarradas, porque se la pasaba escalando montañas, volando en su escoba a través del bosque, o explorando en las cuevas, aprendiendo cosas nuevas.

Conocía muchos hechizos, pócimas y recetas para casi cualquier cosa. Todo lo apuntaba en diferentes libros. Tenia muchos. Ella misma los había escrito con sus descubrimientos.

Un día Fausto el Fauno fue a visitarla, pues necesitaba un remedio para espantar a un feroz grupo de eleonques que comenzaban a llegar al noreste del bosque. Los eleonques eran unas sombras gigantescas de humo con forma de leones con alas de murciélago. Y se aparecían para hacerle daño a los animales, plantas y seres que viven felices en la naturaleza.

La bruja sabía exactamente el hechizo que necesitaba Fausto el Fauno. Buscó y rebuscó entre los libros, pero tenia un desorden por toda la casa y no encontraba por ningún lado, la receta exacta. Y es conocido, que la magia funciona solo si se sigue al pie de la letra el hechizo.

Fausto empezaba a perder la paciencia, pues era de extrema urgencia ir a defender el bosque de los eleonques.

—¡Lo tengo! —Gritó la joven bruja, desde atrás de una pila de libros. —Necesitamos algunas plantas secas, unos minerales, sal de mar, pelos de un gato blanco, espinas verdes de un rosazul, un pétalo de girasol y una esmeralda marítima. Tengo todo, menos la esmeralda.

El fauno se preocupó:

—¿Es muy difícil de conseguir, Agatha? —preguntó con su voz que siempre sonaba apaciguante.  A pesar de estar intranquilo.

—No mucho. Solo hay que tomar una de las esmeraldas que están en el túnel que va desde la selva hasta el mar. Puedes pedirle de favor a las tortugas que vayan al fondo y te den una.

—No me tardo —dijo Fausto el fauno, cerró los ojos, caminó y luego se desapareció, atravesando los maderos de la puerta.

Agatha, se quedó a releer el hechizo y a hacer un polvo mágico con todos los ingredientes que, vació en una pequeña caldera, en medio de un desastre de casa con libros regados por todos lados.

A los diez minutos, regresó Fausto el fauno, traía con él, en su peluda mano, una esmeralda marítima que aun estaba mojada.

—Aquí tienes Agatha.

—Gracias. —Le contestó la bruja. Tomó la piedra y la coloco en un pequeño costalito, donde tenía el resto de los ingredientes.

—Disculpa Fausto, ¿Qué luna habrá esta noche? ¿Es gibosa menguante, cierto?

—Así es.

—Bien, bien, quería estar segura. —Contestó sonriente, como siempre, y continuó trabajando en el costalito mágico. —Estas son las instrucciones: Cuando la luna este en cuarto menguante, entierra la esmeralda debajo del árbol mas grande que veas en el bosque y recita el hechizo.

.

Una esmeralda desde el mar,

Para combatir el mal,

Los eleonques se tienen que marchar.

.

La luna está a la mitad,

Pero tienes la fuerza del sol,

para contraatacar.

.

Árbol gigante,

Que solo conoces bondad,

Elimina la amenaza de todo este lugar.

.

—¿Es todo? —Preguntó Fausto el fauno

—Sí, ya sabes cómo funciona la magia. —Le contestó y le guiñó un ojo.

El fauno hizo una reverencia, se giró y desapareció de nuevo. Se fue al bosque a esperar que la luna menguara un poquito más. En las alturas del cielo se escuchaban unos aullidos espantosos. Eran los eleonques volando por las copas de los árboles, intentando comerse a los búhos, las ardillas y los venados que andaban cerca. Los animalitos corrían en todas direcciones y se escondían.

Al fin se llegó el momento, el fauno enterró la esmeralda marítima y recitó el hechizo. Los eleonques dieron un chillido que provocaba miedo.

Luego, se escucharon truenos de relámpagos en el cielo. Era como si cayera una tormenta, pero sin una gota de agua. Después, el sonido se fue yendo de a poco hasta desaparecer en las lejanías del bosque.

Cinco días después de que el Fauno espantara a los eleonques, se apareció en la puerta de Agatha.

—Hola Fausto. ¿Cómo te fue en la batalla?

—Fue sencillo, esas sombras de terror no se volverán a acercar pronto. Y, por cierto, vengo a agradecerte. —El ser del bosque, abrió espacio sobre la mesa y dejó caer sobre ella, un libro pequeño y una vara de madera adornada con piedras preciosas.

—¿Qué es eso? —Preguntó Agatha, sospechándose la respuesta.

—Es un regalo que te hice con ayuda de las hadas

—¡No lo puedo creer! ¡Es un libro hecho por hadas! —Gritó emocionada, tomando el libro en las manos.

—Sí. Y la varita la hice yo, con ayuda de algunos animales que me trajeron piedras, tiene una esmeralda marítima también. —La bruja tomó la varita y comenzó a hacer magia con ella. —¿Entonces ya sabes para que es el libro y la varita?

—Claro, siempre desee tener un libro mágico hecho por las hadas. Ahora puedo, con la varita de piedras, organizar todas mis recetas, todos los hechizos, las pócimas, los cuentos y todo, dentro de un solo libro infinito, que jamás se va a llenar.

—Así es. En sus páginas aparecerán solo las recetas que necesites.

—Pues lo que necesitamos por ahora, es beber un té de pétalos de solilaris y galletas de nuez, para celebrar —dijo Agatha, y por fin, le sacó una sonrisa, después de mucho tiempo, a Fausto el fauno.