Publicado en A partir de 11 años, Cuento

El organillero

En una esquina de la tranquila calle Independencia, el hombre del organillo toca melodías alegres, para disfrute de los que por allí caminan.

Los mayores recuerdan que siempre estuvo allí, en el mismo lugar y les parece increíble que ese personaje se vea siempre igual y no envejezca. Muchos dicen que es el fantasma del organillero que a mediados del siglo pasado tocaba el instrumento y era el modo como se ganaba la vida.

Hubo un tiempo en el que ese hombre había dejado de verse por el lugar y se temía que algo le hubiera pasado, pero un tiempo después reapareció ocupando su puesto. De eso hacía mucho tiempo, cuando los  mayores de hoy eran en esa época los niños que se acercaban para ver al hombre con el curioso instrumento y se divertían bailando contentos con la alegre música.

Todos pasaban por el lugar y lo miraban con simpatía. Tenía un rostro amable y parecía muy complacido de distraer a la gente. Tocaba su música desde que llegaba temprano en la mañana, hasta mitad de la tarde cuando se marchaba.

Los chiquillos, curiosos ante tan raro aparato, se detenían a observarlo y hacían bromas sobre su aspecto, el cajón de madera sobre ruedas y la manilla con la que el hombre activaba el mecanismo, pero también disfrutaban de las melodías.

La tarde del domingo, cuando pocas personas transitaban por esa avenida, ya que por ser día no laborable no abrían los locales comerciales, se oyó la música sonar.

Los vecinos más cercanos escuchaban asombrados, extrañados de que el organillero estuviera allí ese día y a esa hora. Alguien bajó de uno de los pisos superiores del edificio de la farmacia, con la intención de tomar un video con su móvil. La sorpresa fue tal que esta persona casi se desmayó al ver que no estaba el hombre ejecutante. El instrumento estaba apoyado sobre unas cajas de desecho y tocaba por sí sólo una conocida pieza musical.

Así continuó, tocando y tocando, una canción detrás de otra, sin descanso. Cuando atardecía, la música cesó.

No se escuchaba nada en la calle que a esa hora seguía vacía, todos descansaban en sus casas.

Cuando parecía que todo estaba normal, comenzó a sonar el organillo de nuevo, esta vez con más fuerza y una música muy alegre y movida.

La gente se asomaba por los balcones y veían que la calle estaba llena de gente: hombres, mujeres y niños que parecían sacados de una película antigua, con ropas y sombreros extraños.

Todos bailaban alegres, hacían rondas y aplaudía acompañando las melodías. Eran los fantasmas del pasado, gente que había vivido hacía muchos años en las antiguas casas que ya no existían, las que estuvieron en donde hoy se levantan los grandes edificios. Habían vuelto esa noche para celebrar todos juntos, un reencuentro de quienes fueron vecinos y amigos.

Así estuvieron bailando y cantando hasta justo la media noche. Cuando el reloj de la catedral dio las doce campanadas, dejó de escucharse la música. Los fantasmas fueron desapareciendo hasta que la calle quedó de nuevo vacía y en silencio.

Desde ese día no se volvió a escuchar el organillo. Desapareció para siempre. Solo quedó el recuerdo entre los actuales habitantes del sector.

Entre todos, reunieron fondos para encargar a un artista una escultura, réplica del hombre tocando el organillo, la cual fue colocada en un alto pedestal en la esquina en la que solía aparecer para tocar su música. De esta forma se recordaría por siempre al simpático personaje y su maravilloso organillo.

Autor: Adalberto Nieves

Autor:

Escritor en progreso, aprendiendo cada día. Escribir es un placer que trato de disfrutar siempre.

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