Publicado en A partir de 10 años

Una chica guay como la que más

Faltaba una semana para la fiesta de fin de curso en el cole de Lupe y los compañeros de clase estaban de los nervios; como era el último año antes de pasar al instituto, dos de ellos serían los elegidos para rey y reina de la noche.

Pero a Lupe le sentaba fatal este tipo de cosas; siempre pensó que la reina de la fiesta era la chica más simpática y guapa, y el rey, el típico guapetón que gustaba a todas.

Por eso no le gustaban las fiestas. Desde pequeña decía que ella no era ni guapa ni popular, y tampoco le quedaban bien los vestidos de princesa.

Sin embargo, Lana era la más guapa de la clase; la conocía desde los tres años y siempre destacó por todo: su cara risueña, su simpatía, su ropa, su pelo liso y brillante… Era perfecta menos en los estudios, pero eso no le importaba a nadie porque todos querían ser como ella y, hasta los profes estaban encantados con Lana.

Lupe, en cambio, pasaba desapercibida. Ella siempre había sido estudiosa y era la que mejores notas sacaba, pero no conseguía tener amigos. Parecía invisible y Lana ni le hablaba ni le dirigía la mirada, a pesar de que se conocían desde pequeñas.

Estaba segura de que Lana sería la reina de la fiesta.

Mientras las otras chicas de la clase hablaban de vestidos y peinados, a Lupe le preocupaban otras cosas: su pelo era áspero, al igual que su piel y estaba a disgusto con su cuerpo. Este había empezado a mostrar signos de una transformación terrible: los pelillos que tenía en las piernas se habían multiplicado y se estaban poniendo duros y su cara se iba llenando de granitos.

Unos días antes de la fiesta, cogió a escondidas la máquina de afeitar de su padre y se la pasó por las piernas, pero al día siguiente, los pelos volvieron a despuntar y por la tarde tuvo que afeitarlos otra vez. Sin embargo, el día señalado tuvo que repetir la operación y, además, la fiesta fue un desastre. Nadie se dirigió a ella, no bailó ni disfrutó de los juegos y concursos, y, por supuesto, Lana salió elegida reina de la fiesta.

Lupe volvió a su casa antes que los demás y nadie se despidió de ella.

Imagen de StockSnap en Pixabay

Al día siguiente, no había cole y Lupe descubrió con estupor que esos odiosos pelos habían salido de nuevo y aún más duros. Además, su cabello estaba áspero y tieso, y en la cara tenía unos granos que parecían a punto de explotar.

Lupe no aguantó más y se puso a llorar sin consuelo.

Su madre, preocupada, creyó que su hija se alegraría si supiera lo que tenían preparado para ella y le contó que su padre y ella llevaban meses organizando una fiesta. Habría un montón de invitados e iba a conocer a mucha gente interesante; además, le esperaba una gran sorpresa.

Lupe se enfadó aún más porque no soportaba las fiestas; no quería salir de casa, menos esos días en los que se sentía tan fea, y le contó a su madre lo de los pelos en las piernas que no paraban de crecer, los granos de la cara y lo rara que se sentía esos días.

La madre suspiró y mostró una gran sonrisa que tanto gustaba a Lupe en los momentos en que ella estaba triste.

—Cariño, eres mucho más que una niña —comenzó su madre—, desciendes de una gran estirpe, de una raza ancestral, muy superior a la de una persona normal…

—Pero, ¡¿qué me estás contando, mamá?!

—Ay, hija, perdona, me he venido arriba.

La madre de Lupe pensó un momento lo que iba a contar.

—Quiero decir que tú no eres como las demás niñas.

—Sí, ya me di cuenta —interrumpió Lupe, sarcástica.

—Lupe, tu padre y yo, y tus abuelos, y tus bisabuelos, guardamos un secreto extraordinario: somos licántropos.

—¿Y eso qué es, mamá?

—Somos hombres y mujeres–lobo.

Esta vez, Lupe se quedó con la boca abierta, estupefacta.

—Por eso, lo de los vellos en las piernas, tu piel áspera y esa sensación de no poder dominar tu cuerpo; estás creciendo y es luna llena, ya estás experimentando las primeras señales, y por eso, te hemos preparado una fiesta de iniciación.

—Lo dices como si fuera muy bonito, pero no lo es. Ahora, soy más rara aún.

—Eres distinta como todos lo son a su manera y, cuando lo aceptes, podrás sacar lo mejor de ti. Vamos esta noche a la fiesta, te sorprenderás de lo que encontrarás allí.

Lupe fue de mala gana a la fiesta que sus padres le habían organizado y allí se encontró con una gran reunión de hombres y mujeres–lobo que la esperaban para celebrar su ingreso en tan selecta comunidad. Pero lo que Lupe jamás imaginó es que se iba a encontrar con Lana, la reina de todas las fiestas, y… ¡qué pelos llevaba! No tenía nada que ver con la chica delicada y elegante del día anterior, pero mantenía intacta su sonrisa. Su hermano, que tanto le gustaba a Lupe, también estaba con unas patillas que le llegaban al mentón y ambos fueron a saludarla.

—¿Puedo darte un abrazo? —preguntó Lana.

—Cla…claro —acertó a contestar Lupe extrañada.

—¡Qué bien que también seas licántropa! Ya no me sentiré rara nunca más —dijo Lana.

—¿Es que te alegras? —preguntó Lupe— Creía que no querías saber nada de mí.

—¡Qué va! —contestó Lana— Es que no sabía si tú querías ser mi amiga; te veía tan seria y tan segura de ti misma que yo pensaba que, a lo mejor, me rechazabas. En cambio, yo solo buscaba ser como los demás querían para que me aceptasen.

—No tenía ni idea…

—¡Atención, todos! —interrumpió el padre de Lupe, que estaba en el escenario con un micrófono—. Quiero presentaros a un nuevo miembro del grupo: mi maravillosa hija Lupe. ¡Un aullido de bienvenida para ella!

Todos los licántropos reunidos se volvieron hacia Lupe y alzaron sus copas.

—¡Viva la reina de la manada de esta noche! ¡Auuuuuhhhh!

Imagen de kennethburridge en Pixabay.

Olga Lafuente.