Publicado en A partir de 14 años, Cuento

Todos somos iguales (Ángela Losada Romero, escritora infantil invitada de la semana)


Existió una vez, un niño que se llamaba Santiago, tenía el cabello castaño y los
ojos lo más llamativo de su rostro, ya que eran increíblemente despiertos y de
un azul tan profundo que jamás encontraría en ninguna parte del mundo, por
muchos océanos y cielos que viese.
Un día, Santiago se encontró con que había llegado a su clase un nuevo
compañero, de color negro. Su nombre era Mamadou y era sudafricano.
Cuando jugaron a la pelota, vieron que Mamadou jugaba muy bien.
Santiago se sintió mal, porque él era el mejor del cole. Al terminar el juego,
Santiago reunió a sus amigos y les dijo que Mamadou no era igual que ellos
porque era negro; que había leído sobre un país que se llamaba Sudáfrica en
donde los negros estaban separados de los blancos; que era muy peligroso
juntarse con los negros porque cometían actos violentos. Así que nadie quiso
jugar con Mamadou desde entonces. Todos jugaban y gritaban muy contentos
menos Mamadou, que estaba triste. Se fue a una esquina y lloraba sin cesar,
hasta los árboles y los pájaros parecían melancólicos y afligidos al verlo.
Por la noche, Santiago les contó a sus padres que había llegado un niño
negro a la escuela. El padre le respondió que se alegraba que tuviera un nuevo
amigo, y no entendía por qué les decía que el niño era negro si todos éramos
iguales. Él se sintió mal. Cuando se fue a la cama, se seguía sintiendo afectado
por haber dicho que los niños negros no eran iguales, que era una raza diferente
de la que había que alejarse y no mantener ningún tipo de relación. Sin embargo,
se decía a sí mismo que no había mentido. Él, había leído sobre Sudáfrica, pero
no había profundizado en la cultura tan enriquecedora del mismo. Esto hizo que
cuestionara las palabras que había dicho ante sus compañeros.
Santiago se quedó dormido y soñó que vivía en otra ciudad, él se llamaba
Dakari. Cuando se miró en el espejo, vio que era negro. Se asustó y preguntó
dónde vivían, le dijeron que estaba en Sudáfrica. Su madre se le acercó. Se
quedó mirándola y se dio cuenta de que el rostro y la piel de su madre, era de
color negro. Estaba confuso, no podía creer lo que estaba sucediendo.
—Madre, ¿dónde está mi padre? —le preguntó con voz temblorosa.
—Hijo, tú sabes que está en la cárcel por luchar para que seamos todos
iguales, para que blancos y negros estemos unidos y tengamos los mismos
derechos y oportunidades —le respondió la madre con lágrimas en los ojos.
Estaba preocupada por él y se preguntaba si algún día, su hijo, se sentiría
orgulloso por la causa por la que luchaba su padre.
Dakari se fue a la escuela y vio que había escuelas para niños blancos y
escuelas para niños negros. Nada tenía sentido. Se acordó de como Mamadou
lloraba al verse excluido. Aquí era todo un pueblo el que lloraba. La situación y
las condiciones de vida en las que se veían inmersos, no parecía que cambiara.
Al salir de la escuela, Dakari pidió a su madre que lo llevara a la ciudad. La madre
lo miraba y lo acariciaba con todo el amor del mundo que una madre podía tener
hacia sus hijos. Le dijo de ir a visitar a su padre.
Era el único hombre negro que había tras las mugrientas rejas de una
cárcel, a las afueras de la ciudad. Se acordó que la noche anterior le había dicho
su padre que todos éramos iguales; en ese instante, como un soplo de aire
renovado, pudo comprobar lo que su padre afirmaba. Allí estaba su padre y su
madre, sólo que su piel era de otro color. También se dio cuenta que el color de
la lucha por la igualdad era el más bello de los colores.
Corrió y abrazó a su padre, lo besaba con toda la ternura de las estrellas:
—Padre, te amo con toda el alma, —le dijo Dakari mientras el padre lo
acariciaba y le empezaba a recitar unos poemas muy bellos. A su padre le
encantaba la poesía y se deleitaba con ella. Le decía: «La noche es muy bella,
tiene blancas y brillantes estrellas en la oscuridad, no podemos separar las
estrellas de la noche, por eso es muy bella, blanco y negro, viven en paz».
Cuando regresaban a casa por el camino de los negros, pensaba en la
injusticia que se cometía en ese país y en las inmerecidas palabras que él había
dicho sobre Mamadou. Al llegar, su madre lo besó en la frente y le imploró:
—Dakari, prométeme que nunca causarás sufrimiento a otra persona por
ser de otro color. Prométeme que lucharás para que todos seamos iguales.
—Te lo prometo —respondió mientras la madre lloraba sin consuelo.
—Hijo, tienes que ser muy fuerte, mañana tu padre morirá por luchar por
la igualdad de los seres humanos, el gobierno de Sudáfrica lo ha condenado a
morir —le dijo entre lágrimas.
Dakari se fue en silencio a su cama, las lágrimas caían de sus ojos como
cuando llueve. En medio del llanto se quedó dormido, su último pensamiento fue
para su padre. A la mañana siguiente, se despertó con mucha tristeza.
—¡Madre!, ¡madre!, —gritaba—. ¡Vamos a ver a mi padre, hoy es el último
día que lo puedo ver!
De pronto se encontró con su padre, el cual, extrañado, le dijo:
—Santiago, ¿qué es eso de que hoy es el último día que me puedes ver?
Entonces, se dio cuenta de que estaba frente a su padre, que todo había
sido un sueño y lo abrazó como nunca.
—Padre mío, somos todos iguales —le decía muy contento.
Luego, llegó su madre a la que también abrazó. No entendían qué pasaba,
pero Santiago les contó el sueño y también lo que había pasado con Mamadou.
—Bueno hijo, tú ya sabes qué debes de hacer con respecto a Mamadou
—le dijo el padre.
Cuando llegaron a la escuela, Mamadou estaba en una esquina con la
mirada cabizbaja, en eso llegaron todos los niños de la escuela. Santiago ya les
había contado la verdad y el sueño de la noche anterior. Entre todos le pidieron
perdón por su comportamiento y lo nombraron capitán del equipo de pelota.
Todos los niños y los profesores de la escuela, firmaron una carta en
donde le pedían al gobierno de Sudáfrica que terminara con la discriminación, y
que el gobierno debería ser de la gran mayoría de los habitantes, también
enviaron copia de la carta a la ONU.
A mitad de la mañana, entró la directora en clase y Santiago le propuso
organizar un festival en el patio del colegio con el fin de recaudar fondos para
enviarlo a los países más necesitados del planeta, promover y difundir los
Derechos Humanos, sobre todo, los Derechos de los Niños.
Reunió a sus amigos y junto a Mamadou pensaron qué hacer para el
festival. Repartieron una circular para que los alumnos participaran con frases
acerca de la vivencia de los niños. Estas se escribieron en carteles y folletos que
colocaron por el colegio. Algunas respuestas del alumnado fueron:
Si un niño vive en un ambiente de hostilidad… aprende a pelear/ Si un
niño vive con tolerancia… aprende a ser paciente.
Si un niño vive atemorizado y ridiculizado… aprende a ser tímido/ Si un
niño vive con aprobación… aprende a quererse y a estimarse.
Si un niño vive avergonzado… aprende a sentirse culpable/ Si un niño vive
estimulado… aprende a confiar en sí mismo.
Si un niño vive criticado… aprende a condenar/ Si un niño vive
apreciado… aprende a apreciar.
Santiago, junto con sus compañeros montaron también un video con
fragmentos de documentales que mostraban las distintas formas de violación de
los derechos de los niños y adolescentes. Utilizaron una pantalla del Salón de
Informática que la colocaron el día del Festival encima del escenario, y reunieron
un número importante de personas.
La respuesta fue muy buena, quedaron sorprendidos por el trabajo de los
chicos, esas cosas generalmente no se hacen.
Aquel día, de regreso a casa, Santiago recordaba con alegría la reacción
de la gente y pensaba en lo importante que era ver las cosas para entenderlas y
ponerse en el lugar del otro. Estaba satisfecho de dar un paso para concienciar
de los Derechos Humanos, y sentía que, cada ser humano, no solo debía
quedarse con aquellas imágenes sino cambiarlas por gestos de solidaridad,
demostrando que ésta es una cuestión sin fronteras y nos engloba a todos.

Autora: Ángela Losada Romero. (2º de la ESO)

IES Sierra Bermeja. Málaga

Autor:

Revista infantil y juvenil: poemas, cuentos, pasatiempos, recetas de cocina, horóscopo literario, taller de escritura...

Un comentario sobre “Todos somos iguales (Ángela Losada Romero, escritora infantil invitada de la semana)

  1. «Santiago recordaba con alegría la reacción
    de la gente y pensaba en lo importante que era ver las cosas para entenderlas y
    ponerse en el lugar del otro».
    Impresionante este relato de una muchacha tan joven, por todo, como está escrito, la trama en la que nos sumerge y el mensaje que transmite.
    Es cierto que a veces hasta que no nos ponemos en la piel de otra persona (y nos pasa lo mismo), no comprendemos cómo se siente.

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