Publicado en A partir de 11 años

«Coraje»; un Conejillo de Indias. Capítulo 2

No estaba muy seguro de que la anciana estuviese en sus cabales cuando dijo aquella frase. Y aún luego de ver lo sucedido, y estar en ese globo, flotando sobre el mundo desolado, viajando hacia lo desconocido, no podía pensar que existiera algo como lo que ella mencionó.

Hasta que lo vi. Ahí estaba el arcoiris, al final del camino. Después de tantos días entre las nubes que cubrían la tierra seca bajo nuestros pies, vimos la amalgama de colores de luz, inigualable y maravillosa. Pero no había nada más; después del arcoiris, de ese mágico arcoiris, solo un negro vacío daba término al camino.

Así que llegamos a la meta, y en la meta no había nada, ninguna respuesta, ninguna salvación. No sabíamos bien qué hacer. Entre toda esa desorientación solo nos dio por empezar a brincar y hacer ruidos chillones (algunos gritaban más que otros).

Yo no podía gritar. Nadie lo había descubierto hasta entonces (ni yo mismo me había percatado de eso), pero además del extraño color rojo, tenía algo que me diferenciaba mucho de mi especie: había nacido sin cuerdas vocales.

Todos me miraron sorprendidos. Es bien sabido que los roedores se caracterizan por ese chillido agudo que nos delata siempre ante los humanos, así que no entendían cómo se me había privado de algo que, supuestamente, es destacable dentro de nuestras características genéticas. Pero el asombro de sus miradas no evitaba la algarabía. Seguían gritando como locos, como si no pudiesen hacer nada para evitarlo. Y ciertamente no podían parar de chillar. Ahí supe que era cierto lo que todos decían sobre nuestro sonido: nace de nosotros, de manera automática, y no hay forma de controlarlo (quizás por eso somos tan irritantes para las personas).

Entonces sentimos un ruido estrepitoso, explosivo, que hizo a todos enmudecer. El arcoiris comenzó a partirse en dos. Algo que surgía de lo profundo de su interior, lo dividía; algo inmenso y oscuro, como una mole. Poco a poco la oscuridad fue transformándose en otra mezcla de colores opacos, y al fin logró verse la imagen; la mole era una gran montaña, color gris claro, como el cielo gris de las tormentas, que dividió finalmente al arcoiris en dos mitades perfectas.

Se expandió a los lados y hacia delante, hacia nosotros; estábamos seguros de que destrozaría la pared del globo. Si eso sucedía caeríamos hacia abajo precipitadamente. Nos quedamos mudos de pavor ante lo que parecía ser nuestro final.

Justo a tres metros de nuestras narices, se detuvo. Vimos desaparecer por completo el arcoiris y comenzamos a chillar nuevamente. Yo no, ya lo he dicho, no puedo emitir sonido alguno. Tampoco hacía falta, mi corazón gritaba más que cualquier garganta; latía tan fuerte y rápido, que estoy seguro de que se oía más alto que el galope de un caballo a todo trote.

La gigante roca volvió a moverse, retomando su dirección, directo hacia nosotros. Ese sí era el fin, la distancia que quedaba entre ella y nosotros era demasiado corta. Volvimos a quedarnos mudos; se detuvo nuevamente, comenzamos a chillar de nuevo, y volvió a acelerarse en nuestra dirección. Ahí entendimos que eran nuestros chillidos los que la hacían moverse. Aquel gran pedrusco era más que una montaña; parecía tener vida.

Continuará…

Todas las imágenes son tomadas de Canva.

Publicado en A partir de 6 años

            Una noche de Halloween, Álvaro Mantecón Sánchez

Era una noche de “truco o trato” e iban dos grupos de niños, uno de ellos con un perrito. Hasta ahí, todo iba bién, de hecho habían cogido muchas golosinas, pero de momento se apagaron las luces de las farolas. Los niños y niñas se asustaron mucho.

Siguieron, pero más aterrorizados. Al cabo de un rato un niño llamado Álvaro se dio cuenta de que faltaba otro niño, Pablo. Se lo dijo a los demás, pero no le creyeron.

            Uno de ellos, llevaba una bala de plata, ¿para qué?…

Entonces se encontraron al otro grupo gritando, corrieron y corrieron, pero ya era tarde. Diego se dio de cuenta de que algún sonido extraño se escuchaba y avisó a todos de que estar allí no era seguro.

            Encontraron una linterna, le quedaban pocas pilas, pero lo suficiente.

Encontraron a una niña dormida debajo de un coche y Álvaro fue a verla, le dijo:

—¿Estás bien?

Y resultó que era una vampiresa.

—Me llamo Elia. ¡¡¡¿Porqué me has despertado?!!!— se enteró toda la calle.

Álvaro tenía la bala de plata, ahora era el momento de utilizarla. Ambos lucharon pero Álvaro finalmente ganó, pero quedó en coma.

            Al día siguiente despertó en enfermería con todos sus amigos y cuando se levantó…

!!!!TRUCO O TRATO!!!!

Autor: Álvaro Mantecón Sánchez. 9 años. CEIP Beatriz Galindo. Bollullos de la Mitación . Sevilla

Envíanos tu cuento, poesía o dibujo y no olvides adjuntar una foto de una autorización de tus padres o tutores para que nos den permiso para publicarte.

¡Anímate! ¡Lee, escribe y dibuja!