Publicado en A partir de 15 años

El espantapájaros. Capítulo 1 (Laskiaf D.R.A. Autora invitada)

Que sentimientos tan indescriptibles siento al caminar por este campo verde, que hizo parte de mi pasado. En mi memoria de niño aún prevalecen ciertos recuerdos del ayer. Aunque hace varios años que ya no están los maizales, ni su antiguo guardián. Un viejo muñeco de paja, que tenía cara de anciano con sonrisa pícara, curiosamente vestía las ropas viejas del abuelo. Suena algo inocente, pero aún me intriga saber: ¿para dónde se fue con su encanto y aquella magia que todavía me hace suspirar?

De chiquillo me crié junto a mis abuelos, en esta hacienda, después del divorcio de mis padres. Cuando llegué lo primero que hice fue observar con asombro lo feo que era aquel espantapájaros que cuidaba los cultivos de maíz. Me genera risa recordar a ciertos pájaros que llegaban a comerse las mazorcas, entonces algo sobrenatural sucedía y los pobres pajarracos salían despavoridos volando. Ahora intuyo porqué salían aterrados. Aquel espantajo siempre había estado en el plantío desde que mi abuelo tenía uso de razón. Dicen que aquellos muñecos de paja son terroríficos, sobre todo cuando cae la noche; yo pienso que sí, y no.

A mi desgastada memoria llega la noche del incendio en el establo. Por un descuido involuntario un obrero dejó una lámpara dentro de las pesebreras. Los gatos saltando sobre el heno, tratando de cazar a un asustado ratón, la tumbaron, originando la conflagración. El olor a humo se esparció con rapidez. Todos en la hacienda afanados con mangueras y baldes en mano, echábamos agua. Esa noche después de mucho tiempo observé por fin reaccionar a mi madre, al ver las caras de los abuelos a punto de llorar, cuando escuchaban el relinchar de los pobres caballos sin poder salir. Las llamas obstaculizaban la única entrada y salida. El viento zumbaba más de lo normal. Si no salían los corceles de las pesebreras, corrían peligro de morir calcinados. Los vecinos vinieron con rapidez a socorrernos. De un momento a otro se escuchó el tropel de las bestias. Sin darnos cuenta atravesaron la puerta y salieron a todo galope hacia los cultivos.

Recuerdo que me quede ahí paralizado, y de manera extraña observaba las flamas que parecían tener vida. Quedé frío al ver aparecer al espantapájaros; se le iluminaron más los ojos y sonrió; yo quedé atónito. Luego, con una mueca picarona me guiñó un ojote, abriendo su bocota inmensa de paja. Con su mano algo quemada hizo el gesto de que todo estaba bien. No salía de mi asombro, cuando de un momento a otro el fuego lo devoró y se apagó. Sin poder cerrar mi pequeña boca empecé a sentir las gotas de lluvia sobre mi rostro. Llevaban meses sin caer sobre mí; desde que papá se marchó. Reaccioné al inhalar el olor a tierra mojada que se mezcló con el humo. Una mano palmoteó sobre mi hombro, y con voz fuerte reafirmó:

—Créeme, ya todo está bien; descansa—Quise girarme, pero no pude; perdí el sentido.

Al día siguiente desperté con mi pijama puesto, azaroso me asomé por la ventana; el establo tenía uno cuantos quemones en la entrada, pero no se notaban daños graves. Escuché a mi abuelo hablar con los caballos:

—¡Se salvaron de milagro, amigos!; ¡cuenten qué pasó!—. Los equinos escasamente relincharon después de aquel susto.

Yo bañé mi cuerpo, medio cepillé mis dientes, di gracias, y salí de mi habitación. No deseaba desayunar pero mi madre y abuela me obligaron; me quemé la lengua por el afán de terminar. Ansioso salí directo al establo, entré buscando algo que no sabía. Curiosamente observé que no había nada calcinado adentro, solo un heno levemente chamuscado. Eso fue raro, me causó sospecha, ya que la candela se había originado ahí.

Pensando en los hechos ocurridos, me dirigí rumbo al maizal. Allí estaba él, con su mirada perdida, con las vestiduras desgastadas de mi abuelito, y ese gesto en su cara que emulaba una sonrisa; no puedo decir que me causó terror o miedo, porque ya no fue así. Me senté bajo su leve sombra y le pregunté:

— ¿Tú salvaste a los caballos anoche?— esperé escuchar una respuesta, pero nada; simplemente nada.

Salí decepcionado, como otras veces. Primero mis padres, ahora él, suspiré refugiándome en mi soledad contando mariposas de colores.

Laskiaf D.R.A

Continuará…

Publicado en A partir de 12 años

La navidad en Monte Alto

La navidad en Monte Alto

(por Adalberto Nieves)

La noche del 24 de diciembre, como todas las noches en Monte Alto, estaba fría y oscura. Este es un pequeño pueblo entre colinas, en donde no existe el alumbrado público y su población, gente muy pobre, no supera los mil habitantes.

Los más viejos cuentan a los niños lo que hacía mucho tiempo habían conocido. Hablaban de una fiesta que se celebraba  en un día como aquel, la nochebuena de navidad, pero que había dejado de ser fiesta para convertirse en recuerdos llenos de nostalgia.

Daniel, un pequeño de seis años, preguntó a su abuelo:

—Abuelo ¿ de qué fiesta hablas?

El abuelo, tratando de disimular su tristeza, le contó de la navidad.

Daniel insistía preguntando:

—¿Por qué ya no se celebra la navidad?.

El abuelo le respondió que la navidad no es para los pobres.

Esa noche, Daniel soñó que el pueblo se llenaba de luces de colores, que el aire se impregnaba de ricos olores a pasteles y dulces, que todos en el pueblo cantaban y bailaban alegres, intercambiando regalos.

Daniel despertó a la mañana siguiente y por una pequeña ventana del cuarto que compartía con sus cinco hermanos, vio que todo estaba igual. No había luces ni gente festejando.

El niño recordó lo que le había contado su abuelito. No conocería la navidad, pero se sintió feliz por haberla vivido en sueños. Salió al patio y entre la hierba vio una linda flor de pétalos rojos, la cortó con cuidado y fue a buscar al anciano. Le dio la flor y enseguida un fuerte abrazo, diciendo:

—Feliz navidad, abuelito.

Con ese pequeño gesto, ambos entendieron que la navidad no es solo fiestas, luces y regalos, que es también dar y recibir, por sencillo que sea lo que se obsequia, y que sobre todo, la navidad es compartir amor.

Autor: Adalberto Nieves

Ilustraciones: Pixabay

Publicado en A partir de 10 años

El pintalabios de Pedro. Capítulo 7

PINCHO, EL NUEVO COMPONENTE DE LA PANDILLA

El sábado por la mañana iban todos al parque, menos Ana, que recientemente se había mudado a la ciudad por motivos de trabajo de su padre. Después le contarían todo por teléfono o mensaje.

—¿No podíamos quedar en el parque de abajo? ¡Subir la cuesta en bici desde mi casa y con este calor, ha sido toda una proeza! —protestó Bea.

—¡Venga Bea, que no es para tanto! —le provocó Simón.

Bea respondió solo con un suspiro teatral, mientras dejaba caer la bicicleta en el césped y Simón soltó una carcajada.

El perro de Jaime saltó sobre Bea en cuanto se sentó en el suelo.

—Parece que le gustas, Bea —dijo Jaime divertido.

El cachorro, saltaba sobre ella dándole lametones.

Pincho se hizo amigo de Bea nada más verla y saltaba sobre ella muy contento para jugar.

—Es el único que ha reconocido mi esfuerzo y me felicita —dijo en tono melodramático.

Todos rieron —¿Cómo se llama? —quiso saber Bea.

—Pincho —contestó Jaime

La pandilla coincidió que era el nombre ideal y volvieron a reír entre chistes, porque Pincho tenía unas orejas enormes.

El cachorro era un cruce, quizás entre bodeguero andaluz y pincher, pero Jaime no estaba seguro. Lo adoptaron en la protectora y tenía poca información.

—Es precioso Jaime —dijo con mimo Bea, mientras lo acariciaba, y luego cuchicheó al cachorro—. No te preocupes pequeño, siempre se ríen de todo, tienes las orejitas grandes como tu dueño.

Todos se rieron de nuevo, hasta Jaime.

—Qué suerte tienes, ojalá mi madre nos dejara tener un perro, pero dice que es mucha responsabilidad y que estamos todo el día fuera —lamentó Marta.

—Y tiene razón, Marta. No veas qué trabajo da —se quejó Jaime—. Todavía lo estamos educando y lo muerde todo. Menos mal que siempre hay alguien en casa y lo sacamos mucho. Cuando aprenda, espero que nos deje descansar un poco. Esto es peor que tu odisea con la bici, Bea. ¡Y si hace caca tengo que recogerla con una bolsa!

A Pincho lo están educando, por eso tienen que pasearlo mucho para que aprenda a hacer pipí y caca en la calle.

—No digas eso Jaime, si es un angelito —contestó Bea.

—Pues el angelito se está comiendo la correa de tu mochila —señaló Simón divertido.

Bea le quitó la correa con cuidado y le acercó uno de sus juguetes para luego lanzarlo.

—Bueno, vamos a centrarnos —dijo Marta—, he pensado que podemos recaudar algo de dinero y comprarle un pintalabios nuevo a Pedro, o bien una barra de pintura facial roja, ya sabéis de esas para disfraces.

—¿Pero cómo lo compramos?, aquí no venden ni pintalabios, ni cosas para disfraces —observó Bea.

—Si os parece bien, puedo pedirle a mi madre que me lleve a comprar uno esta tarde. Le daremos una sorpresa a Pedro cuando llegue del campo —propuso Marta.

—Me parece bien, pero tu madre te preguntará para qué lo quieres —apuntó Andrés.

—Bueno… ahora que ya sabemos que es para una noble causa… yo creo que puedo contárselo a mi madre sin problemas. Ella lo comprenderá y seguro que nos animará, ya la conocéis —explicó Marta—. Propongo que lo votemos.

Estuvieron todos de acuerdo en la votación, mientras el cachorro seguía entusiasmado jugando con Bea.

—Bea, ¿quieres ser la niñera de Pincho? Se te da genial —dijo entre risas Jaime.

—Cuando quieras te lo paseo, me encanta Pincho —se ofreció Bea, le encantaba Pincho.

Continuará…

Publicado en A partir de 6 años

Jared, el caracol

Cierto día, Jared, un hermoso y pícaro caracol de tierra salió a jugar.
Antes de salir, su mamá le dijo que no se alejara, porque se acercaba la hora de almorzar y además podría encontrarse con muchos peligros como:
Erizos, ardillas, comadrejas y aves y sería un delicioso platillo para ellos.
Jared escuchó muy atento, movió sus antenitas de arriba hacia abajo y sonriendo contestó:
-¡Descuida mamá, yo soy un caracol muy veloz!

Imagen: Canva


Estaba jugando y se acercó una babosa, era su mejor amiga. Juntos decidieron jugar a las escondidas, pero el caracolito era tan lento que no alcanzaba a esconderse.
La babosa un poco molesta le dijo:
-¡Ya no deseo jugar contigo! Porque si te toca esconderte, nunca lo haces y te quedas a medio camino y si te toca contar para luego buscarme, nunca me encuentras porque te cuesta avanzar.

Imagen: Canva

Así que me iré a casa.
El caracol muy apenado le dijo:
-¿Y si jugamos a los encantados? Tú correrás y yo te atraparé.
La babosa frunciendo el ceño, movió la cabeza y le dijo que no.
El caracol angustiado de que su amiga se fuera y ya no quiera jugar con él, le propuso otro juego:
-¿Y si jugamos a las carreras? veremos quién llega primero a la meta.
La babosa nuevamente movió la cabeza y le dijo que no.
Jared, muy triste, comenzó a llorar al ver que su amiga la babosa no quería jugar.
De repente, la babosa, al ver a su amigo llorando lo quiso consolar y le sugirió algo donde era veloz:
-¿Qué tal si mordemos las hojitas del jardín?
El caracol, muy contento, no sabía por cuál plantita decidir. Juntos y felices, se sentaron con las antenitas hacia el cielo y mordieron muchas
hojitas.

Imagen: Canva

Autora: Libélula Azul

Ilustración: Canva

Publicado en A partir de 10 años

Lotay descubre el mundo

En la parte más alta de la Tierra hay un lugar hermoso donde casi se toca el cielo. El sol ilumina los campos nevados y calienta a sus habitantes, por eso, allí, aunque esté cubierto de nieve, nunca hace frío.

Los niños no van a la escuela porque aprenden jugando entre ellos, y los mayores trabajan en lo que les gusta y el tiempo que ellos quieran; así todos están felices.

Pero hubo un niño, llamado Lotay, que tenía una curiosidad que superaba a la de los demás. Aprendía mucho y con facilidad: le gustaba cuidar a los animales, le apasionaban las flores y las montañas, y preguntaba a los médicos y científicos sobre las hierbas y productos que podían curar a los enfermos.

Sin embargo, eso no era suficiente para Lotay, sabía que si bajaba de la montaña en la que vivía, encontraría un lugar desconocido y diferente, con edificios, animales y gentes que no había visto jamás, y deseó con todas sus ganas descubrir esos mundos lejanos y extraños.

Habló con sus padres y se pusieron algo tristes, pero como en el país en el que vivían, no existían las prohibiciones, apoyaron a Lotay para que este cumpliera su sueño.

Su hijo, les prometió que regresaría tan pronto como conociera todo ese mundo que se encontraba a los pies de su montaña y, como él sospechaba que sería muy pequeño, seguramente estaría de vuelta al día siguiente.

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Se levantó muy temprano cuando aún era de noche, se puso su mochila con la comida que había preparado el día anterior y se puso en marcha. El sol aún no había salido, pero la luna llena iluminaba el camino y, en menos de una hora, llegó a la base de la montaña donde vivía.

Una vez abajo, notó un escalofrío. Estaba amaneciendo y todo estaba igual de nevado que en su pueblo, pero una sensación desagradable atravesaba su piel y pensó que debía de ser lo que llamaban frío. Se extrañó porque en su montaña nunca había sentido algo así ni tampoco el calor, pero había sido salir del lugar donde nació y descubrir lo que eran aquellas sensaciones.

Buscó matojos por el camino y se los fue colocando por debajo de la camisa para entrar en calor, pero eso fue todavía peor porque la hierba estaba húmeda y eso hizo que le entrase aún más frío. Siguió caminando hasta llegar a una población con edificios altos, carreteras y vio a mucha gente que salía de coches que estaban apretujados unos junto a otros, parados a los dos lados de la calle, otros enmedio y, algunos, incluso encima de las aceras. De esos vehículos, salían niños con sus padres, y llevaban unas mochilas que pesaban tanto, que llevaban ruedas y los chicos que las llevaban a su espalda daban la impresión de que casi no podían con ellas.

Entraban en un edificio que ponía en sus puertas la palabra colegio, y llevaban cara de tener sueño; a algunos se les notaba que no les gustaba ese sitio, también había niños que entraban contentos y bromeando con amigos que encontraban en la entrada, pero otros, los más pequeños, iban llorando y gritando mientras sus padres o madres intentaban, con cara de disgusto, hacerlos entrar.

Después, los padres se montaban en sus coches y se iban a toda velocidad a sus trabajos, dando frenazos, arrancones, bocinazos, mucho más enfadados que antes.

Cuando pasó todo y el lugar se quedó vacío, Lotay siguió la calle cuesta abajo hasta encontrarse con lo que él pensó que era un lago gigante, inmenso; era bellísimo, los rayos de sol se reflejaban en las ondulaciones del agua dando la impresión de que había miles de estrellitas flotando en aquella inmensidad.

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Lotay estaba entusiasmado por lo que veía y rápidamente se quitó la ropa y se metió en el agua. Al entrar casi se le para la respiración porque porque volvió a sentir esa sensación de frío intenso que parecía que le cortaba la piel. Se extrañó mucho porque en los lagos de su montaña, la temperatura siempre era agradable y podían nadar en cualquier época del año, además, este agua estaba salada y no podía beber de ella. Lotay se preguntó si el agua de aquel mundo era salada, ¿qué beberían los que vivían allí?

Pero, de pronto, oyó que alguien estaba llamándolo desde la orilla; en realidad, le estaban gritando y de muy malos modos. Miró para ver quién era y se trataba de dos hombres vestidos igual, con un traje azul y una chapa que ponía policía. Lotay salió a la orilla y uno de los hombres lo tapó corriendo con una chaqueta recriminándole que estuviera desnudo. El no entendía nada porque en la montaña se bañaban sin ropa, si no, ¿de qué otra forma lo iban a hacer?

Los hombres de azul le preguntaron quiénes eran sus padres y por qué no estaba en el colegio. Él les contó la verdad, pero no le creyeron y dijeron que lo iban a llevar a un lugar llamado comisaría y que, desde allí, buscarían a sus padres. Cuando Lotay vio que lo llevaban a un coche, él salió huyendo de aquellos hombres y no paró hasta que se aseguró de que lo habían perdido.

Aquello lo asustó mucho y pensó que sería mejor volver a su casa. Ya había visto bastante y, tal vez, volvería cuando fuese un poco mayor, así que retomó el camino por el que llegó a la ciudad.

Cuando pasó por el colegio, se encontró otra vez con el montón de coches desordenados, pitando y con los ocupantes llamando a los niños para que se dieran prisa en subirse porque era hora de comer.

Lotay subió la montaña, pero estaba tan empinada que cada vez iba más lento y lo sorprendió la noche. Estaba muy cansado y, sin darse cuenta, se durmió hecho un ovillo a los pies de un enorme árbol.

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Se despertó cuando un rayo de sol le acarició la cara, y se encontró que estaba en su habitación, en su cama, como todos los días y se dio cuenta de que todo aquello había sido un sueño, muy real, pero solo un sueño.

Fue a desayunar y su madre le preguntó si había dormido bien.

—He tenido un sueño muy extraño, mamá.

—¿Y eso por qué? —preguntó sonriendo, pero sin levantar la vista del desayuno que estaba preparando.

—Soñé que visitaba un lugar fuera de esta montaña —contestó Lotay.

—¿Y te gustó? —indagó la madre.

—Pues no sé —dijo Lotay dudando—. Era un lugar donde hacía mucho frío, mi ropa no era suficiente para calentarme, y había un edificio a donde iban los niños a aprender, pero algunos estaban disgustados y los padres, muy nerviosos. Después —continuó—, había un lago inmenso y precioso, pero el agua estaba helada y no sabía para qué lo querían; allí no te podías bañar sin ropa porque, si no, unos hombres vestidos de azul y muy enfadados te llevaban al colegio por obligación.

—Ja, ja, ja —rio la madre—. Qué ocurrencias. ¿Entonces, ya no quieres bajar la montaña?

—Hum, no, mamá —contestó Lotay sonriendo—, mejor voy a esperar a ser un poco más mayor.

—Como tú quieras, Lotay —dijo su madre satisfecha—. Pues ¡anda!, sal a jugar y disfruta del día tan bueno que está haciendo hoy.

—¡Sí, mamá! —Lotay salió corriendo de la casa a buscar a sus amigos.

En cuanto Lotay había salido, su padre entró en el salón donde la madre y el niño habían estado desayunando.

—¿Qué tal está Lotay? —preguntó el padre.

—Perfectamente —contestó la madre—. Piensa que todo fue un sueño, no notó nada cuando te lo llevaste en brazos desde el árbol donde se durmió, y ni siquiera, se dio cuenta de que nosotros estuvimos detrás todo el tiempo mientras vivía su gran aventura.

—Mucho mejor —dijo el padre mientras se sentaba a la mesa—. Volverá más veces a medida que se haga mayor e irá aprendiendo muchas más cosas, pero ya estará preparado para ir solo.

—Sí —dijo la madre melancólica—, ya le llegará el momento de conocer el mundo.

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años

El pintalabios de Pedro. Capítulo 6

EL MISTERIO SE VA RESOLVIENDO

Marta esperaba impaciente en el portal, ya había tirado la basura y aguardaba junto al ascensor.

Lola apareció con una gran bolsa que colocó a los pies de Marta.

—Esta es la clave —y agachándose sacó una peluca de pelo rizado y de color azul, junto con unos pantalones enormes, tirantes… Iba sacando los objetos de la bolsa y dándoselas a Marta que sin comprender nada, las sujetaba perpleja y en silencio—. ¿Bueno Marta, no te da esto ninguna pista? —preguntó Lola.

—Pues la verdad es que no… ¿Me dejas que haga una foto con el móvil? —pidió Marta mientras sacaba el móvil del bolsillo.

Marta no se esperaba que Lola volviera con una bolsa repleta de cosas. Ahora sí que estaba confusa.

—Vale, pero que no se entere mi hermano, ¡¡o podemos prepararnos, Marta!! —dijo entre risas Lola.

Ambas rieron imaginando a Pedro aún más enfadado.

En cuanto Marta subió a casa envió a todos, menos a Pedro, un mensaje:

“REUNIÓN URGENTE. HE HABLADO CON LOLA Y AHORA SÍ QUE NO ENTIENDO NADA”

En cuestión de minutos estaban casi todos conectados a Zoom, Marta les explicó la extraña conversación Lola y todos quedaron pensativos.

—¿Querían el pintalabios para un disfraz? —preguntó Bea pensativa.

—Eso pienso yo también —Contestó Simón.

—Pero ese disfraz, parece de payaso, ¿no? —observó Jaime.

—Sí, eso parece y seguramente sea para pintar el rostro —intervino Ana.

—¿Y por qué no pueden contar que se van a disfrazar? No entiendo nada. —A Jaime le molestaba tanto misterio, lo veía innecesario.

—Está claro Jaime que han hecho una promesa y no pueden romperla. Yo los comprendo —contestó Marta defendiendo la decisión de Pedro y Lola.

—¡Jo! ¡Pues tenemos más información pero en realidad estamos como al principio! —se quejó Ana.

Todos coincidieron.

—Quizás debamos preguntarnos qué nos llevaría a cada uno de nosotros a disfrazarnos en secreto —dijo Bea, de nuevo pensativa.

—Ummm… yo odio disfrazarme —confesó Andrés.

—Tampoco creo que a Pedro le guste mucho disfrazarse. ¿Os acordáis de aquella fiesta que hicimos en el colegio y que él y tú os disfrazásteis con una pequeña cartulina sujeta en la camisa con un imperdible que ponía “Nosotros mismos”?

—Ja, ja, ja —todos rieron.

—¡Es verdad! —Exclamó Marta— Y cómo se enfadó la maestra Carmina.

—Por eso lo entiendo menos —dijo Andrés encogiéndose de hombros.

—Piensa, Andrés. ¿Qué te llevaría a disfrazarte en secreto? —Quiso saber Marta.

—Pues no sé… quizás… déjame pensar…

Todos guardaron silencio mientras Andrés pensaba.

—¿Para dar una sorpresa a alguien muy especial? —dijo Andrés de pronto.

—¡¡Eso es!! —Simón casi saltó de su silla emocionado —. Creo que tengo la respuesta: ¡Su prima pequeña, ¿no os acordáis?

—Simón, háblanos claro, estoy ahora más liada que antes —dijo Bea agobiada.

—Veréis, Pedro tiene una prima pequeña que está enferma en un hospital. ¿No os acordáis que no pudo venir a la fiesta de fin de curso porque iban a pasar el día con su prima que por fin volvía a casa? —dijo Simón con emoción.

—Es verdad, Simón —dijo Marta—, y además hace un mes me dijo que se acercaba el cumpleaños de su prima pequeña y que querían hacerle un regalo especial.

—¡Ya lo tenemos! —La voz de Simón sonó triunfante.

—Qué mejor regalo que hacer reír —dijo Marta suspirando algo emocionada, no podía disimular que para ella Pedro era muy especial. Todos se dieron cuenta y Jaime puso música de boda.

Todos, menos Andrés que estaba pensativo, rieron con ganas.

Marta se había puesto como un tomate.

—¡Ja! Qué gracioso, ¿no? —la cara de Marta era de pocos amigos.

Pero Andrés habló de pronto, sin percatarse de la tensión por la broma de Jaime hizo a Marta.

—Así es. ¡Y qué injusto que le hayan acusado de vándalo! Ruth ha sido muy cruel esta vez —Andrés apretaba los puños mientras hablaba, y aunque ninguno veía sus puños por la pantalla, todos se lo imaginaron, porque cuando se enfadaba, solía apretarlos con fuerza, al igual que solía hacer Pedro. Quizás por eso eran tan buenos amigos, tenían muchas cosas en común.

Continuará…

Publicado en A partir de 6 años

Deseos de navidad

Deseos de navidad

Pastor es un pequeño niño, muy curioso y quiere siempre aprender cosas nuevas.

Una tarde entró al salón en donde su abuelito fumaba su pipa de madera. El abuelo se llama Nicolás y es un señor de barba y cabellos blancos.

Pastor se acercó a su abuelo y éste al mirarlo, sonrió feliz.

—Abuelito, ¿qué haces? —preguntó el niño.

—Pienso en como hacer felices a los niños —le contestó Nicolás.

—¿A mí? —consultó intrigado Pastor.

—A todos los niños. Hay muchos niños como tú en el mundo. —Fue la respuesta del abuelo.

En una mesa cerca del sillón en donde estaba sentado Nicolás, había una libreta. Era una lista con nombres y direcciones. El señor de barba blanca era el encargado, desde hacía muchos años, de llevar un regalo a cada pequeño en cualquier lugar del mundo. Pastor, que aun era muy chico, no conocía esa tarea que su abuelo hacía cada año durante los días de navidad. Y como siempre, quería saber todo, le preguntó:

—Abuelito, y ¿cómo sabes qué regalo llevarle a cada niño?

—Es muy sencillo, Pastor. Ellos me envían cartas en la que me cuentan cual es su regalo soñado.

Pastor miró que a un lado, su abuelo tenía una caja muy grande llena de sobres con estampillas. Eran seguramente las cartas que recibía. Le hizo otra pregunta a su abuelito:

—¿Y todos los niños reciben su regalo? ¿Hay para todos? —dijo con cierta preocupación.

Nicolás, al ver la carita intrigada de su nieto, lo tranquilizó diciendo:

—Lo hay. Siempre hay un regalo para cada chiquillo que haya sido un buen hijo y tenga los mejores pensamientos. No siempre es un juguete lo que reciben. A algunos les toca otras cosas, como el poder soñar, el poder cuidar a algún animalito; o tener un árbol cerca de casa, del que puedan tomar alguna fruta para la merienda.

Pastor, pensó unos segundos y su rostro se iluminó con una sonrisa. Con su alegre vocecita y los ojitos iluminados de emoción, le dijo al abuelo:

—Ya entiendo, abuelito. Es solo desear lo que se quiere. Y también desear el poder regalar. Mi deseo es que en esta navidad puedas entregar muchos obsequios, uno al menos para cada chico. Deseo también, para mí, tenerte siempre conmigo, abuelito.

Y dicho esto, Pastor abrazó con fuerza al anciano, que muy emocionado mostró en su cara la más luminosa de las sonrisas que se podía tener.

Desde el comedor se escuchó la voz de la madre de Pastor, que llamaba a la mesa. Hoy habría una deliciosa cena para toda la familia, sus padres y sus hermanos, acompañados de los abuelos y su tía madrina. Sería una feliz cena de navidad.

Autor: Adalberto Nieves

Ilustraciones: Pixabay

Publicado en A partir de 8 años

Peter, Kro y Kritón

Aquí a mi alrededor, cerca de la playa, habitan miles de pequeños monstruos. Pero allá en altamar, un día me encontré frente a frente con un gigantesco calamar.

En cubierta, trastabillé hasta caer al agua y tuve que nadar para aferrarme a un bote de remos que el contramaestre Sebastián llevó hasta mí. Pudimos ver desde ahí, debajo de mi barco, una sombra que claramente eran tentáculos de un tamaño casi irreal.

Mi perico John gritó:

—¡Arrg hombre al agua, hombre al agua! —Y voló asustado a mi camarote.

Un titán en la profundidad. En el cielo una nube comenzó a cubrir la luz solar. Era inminente la tempestad.

Sin embargo, soy pirata de valor y de corazón aventurero. Recordé el coral silbador que Agatha una vez me dio. Era un instrumento musical, parecido a una flauta muy irregular. Lo tomé y lo resoplé.

Una dulce melodía hizo brillar algo en el horizonte. Era el resplandor de un ser majestuoso. Un caballo de mar con cuatro colas en su parte inferior, pero con torso, brazos y cabeza de un hombre hermoso, se presentó frente a mí.

—¿Quién es ese, que resopla el coral silbador en busca de mi protección? —dijo cuando detuvo su galope, por encima del mar.

—He sido yo. —Le dije sin miedo a su grandeza. —Mi nombre es Peter el pirata.

—Soy Kritón, aprendiz de Tritón y quien sea poseedor del coral silbador, se merece mi ayuda, mi amistad y mi atención. Sea cual sea la razón. —Me contestó cabalmente.

—Me serviría mucho que veas detrás de nosotros dos. Allá esta mi barco y el resto de mi tripulación. Debajo de ellos una enorme bestia los sacude con sus tentáculos y me temo que nuestras espadas son inservibles en contra del monstruo temible. Danos un consejo, Kritón. Para vencerlo o para apartarlo.

—Sube a bordo de nuevo y toma el timón de tu navío. Gira a estribor y apunta tu nave al este. Desde ahí, toca el coral silbador cuatro veces al sol que se esconde detrás de las nubes. —Me dijo.

Seguí al pie de la letra la instrucción. Al instante el coral silbador continuó por si solo una canción. La bestia se apaciguó y con suma obediencia, la criatura ante mí se alzó.

—Soy Kro el calamar, y tu estas tocando esa canción que tocaba mi diosa cuando creó a todas las criaturas del mar. —La enorme criatura comenzó a cantar despacito, acompañando la melodía del coral silbador, con una voz grave y profunda pero muy agradable al oído de Peter y del contramaestre Sebastián.

“…hermosas aletas de colores,

agítense de allá para acá,

fuertes como las olas,

surquen la profundidad del mar.

Hermosas aletas grises,

tentáculos y colmillos,

protejan lo que esté en el agua,

y mi amor eterno,

su recompensa será…”

Kro guardó silencio, me volteó al verme la flauta en las manos.

—Solo existen muy pocos corales silbadores. ¿Quién eres tú? ¿Y por qué tienes uno? —Me preguntó.

—Soy Peter el pirata y este instrumento fue un regalo de mi amiga Agatha.

El calamar gigante comprendió al instante.

—¡Ah! ¡Vaya, vaya! Tienes de amiga, a la mejor bruja de todos los océanos, ¡que digo de los océanos, de todo el mundo!

—En eso estamos de acuerdo, Kro. —Le grité.

—Sin duda eres valiente, y más que eso, eres inteligente, Peter. Pero sobre todo, sé que tienes buen corazón. Dime pirata ¿A que te dedicas en tus expediciones?

—Como muchos piratas, buscamos tesoros en el fondo del mar y en islas escondidas. Pero además de eso, limpiamos la basura y rescatamos animales marinos, como ballenas y tortugas que se pierden o que se encuentran en peligro.

—Eso es lo que te ha salvado a ti y a tu tripulación. —Dijo sonriendo.

—Pensé que había sido la canción. —Le dije.

—Agatha solo le daría el coral silbador a una persona noble y de buen corazón. Confío en ella. Y ahora, confío en ti. Cada vez que necesites de mi ayuda, toca la canción de mi diosa, toca mi viejo coral silbador, toca cuatro veces al este desde estribor, y acudiré a ti.

Kro se hundió en las profundidades del mar, se vio así como se ve la luna roja y gigante, escondiéndose detrás de unas nubes negras que anuncian una gran lluvia fresca de otoño.

—¡Arrg!, ¿a dónde vas calamar, a dónde vas? —gritó mi perico, John. Que salía volando de mi camarote y se paraba en mi hombro.

Publicado en A partir de 10 años

El pintalabios de Pedro. Capítulo 5

HAY ALGO MÁS

Cuando Marta bajó para tirar la basura, se encontró con Lola, la hermana mayor de Pedro, justo al salir del ascensor, en el portal. Esta era su oportunidad. No sabía por donde empezar y se limitó a carraspear un poco.

—Hola, Marta, quería hablar contigo un momento. —las palabras de Lola pillaron a Marta desprevenida.

Marta dejó caer la bolsa de basura al suelo. No se esperaba que la hermana de Pedro fuera la que quisiera hablar con ella.

—Hola, Lola, yo también quería… —Marta se agachó a recoger la bolsa sin terminar la frase.

Pero Lola comenzó a hablar sin escucharla:

—Verás, estoy preocupada por mi hermano, lleva hoy toda la tarde enfadado y no es normal en él. ¿Sabes si ha pasado algo en la escuela?

Marta no quería precipitarse y meter la pata.

—Ummm… por lo visto… ha ocurrido algo… pero no tengo mucha información y tu hermano ahora no quiere hablar con nadie.

—Entiendo, ante todo eres su amiga —dijo Lola mientras sonreía con cariño.

Marta miró sus zapatos.

—¿Y qué puedes contarme sin traicionar vuestra amistad? —preguntó la hermana de Pedro con delicadeza.

Marta alzó la vista y vio que Lola la miraba fijamente.

—Pues que… ocurre algo con un pintalabios, pero él no quiere contar nada.

—¿Un pintalabios? —Lola parecía estar muy interesada en ese detalle.

—Sí, un pintalabios que yo misma le di, porque era muy parecido al que él estaba buscando, pero no tengo ni idea de para qué lo quiere —explicó Marta.

—Lo sé, él me contó que ese pintalabios se lo habías dado tú —afirmó Lola.

—¿Tú lo sabías entonces? —preguntó Marta con una expresión de incredulidad.

—¡Claro!, ese pintalabios lo buscábamos los dos y yo iba a comprarlo, pero él me dijo que el tuyo era del color que buscábamos. El problema es que hoy no me habla y me preocupa que algo le ocurra —aclaró Lola.

—¿Y puedo preguntarte para qué queréis el pintalabios? —Marta había preguntado casi de forma automática.

—¿Y yo puedo preguntarte qué le ha ocurrido a mi hermano en el colegio?

Marta guardó silencio unos segundos.

Marta se encontró con Lola cuando iba a tirar la basura. Pensaba en su amigo
Pedro que estaba triste y quería ayudarlo.

—Verás, Lola, si tu hermano no te lo ha contado, debe ser porque quiere resolverlo solo y quiere evitar que vayáis a hablar con la profesora y yo lo comprendo. Solo puedo decirte que se ha malinterpretado que llevara un pintalabios en el bolsillo. —Marta cuidó cada palabra para que no se le escapara nada sobre Ruth o el director del colegio.

—Lo sospechaba desde que me nombraste el pintalabios —aseguró Lola—, además, he quedado hoy con él en las escaleras del colegio porque queríamos hacer unas pruebas con el pintalabios para una cosa que no puedo contarte, y Pedro no ha aparecido. No es normal que me deje plantada.

—Siento no poder contarte más yo tampoco—se disculpó Marta.

—No te preocupes, sé que mi hermano tiene buenos amigos y que lo estáis ayudando de alguna manera.—Lola le guiñó un ojo.

Marta no dijo nada, solo sonrió.

—Si esperas un momento, te traigo algo que te ayudará a averiguar el motivo por el que necesitamos el pintalabios, así te ayudaré a descifrar este enigma sin faltar a nuestra promesa de no contárselo a nadie —dijo Lola, mientras se alejaba y dejaba a Marta intrigada en el portal.

Continuará…