Publicado en A partir de 10 años

El pintalabios de Pedro. Capítulo 5

HAY ALGO MÁS

Cuando Marta bajó para tirar la basura, se encontró con Lola, la hermana mayor de Pedro, justo al salir del ascensor, en el portal. Esta era su oportunidad. No sabía por donde empezar y se limitó a carraspear un poco.

—Hola, Marta, quería hablar contigo un momento. —las palabras de Lola pillaron a Marta desprevenida.

Marta dejó caer la bolsa de basura al suelo. No se esperaba que la hermana de Pedro fuera la que quisiera hablar con ella.

—Hola, Lola, yo también quería… —Marta se agachó a recoger la bolsa sin terminar la frase.

Pero Lola comenzó a hablar sin escucharla:

—Verás, estoy preocupada por mi hermano, lleva hoy toda la tarde enfadado y no es normal en él. ¿Sabes si ha pasado algo en la escuela?

Marta no quería precipitarse y meter la pata.

—Ummm… por lo visto… ha ocurrido algo… pero no tengo mucha información y tu hermano ahora no quiere hablar con nadie.

—Entiendo, ante todo eres su amiga —dijo Lola mientras sonreía con cariño.

Marta miró sus zapatos.

—¿Y qué puedes contarme sin traicionar vuestra amistad? —preguntó la hermana de Pedro con delicadeza.

Marta alzó la vista y vio que Lola la miraba fijamente.

—Pues que… ocurre algo con un pintalabios, pero él no quiere contar nada.

—¿Un pintalabios? —Lola parecía estar muy interesada en ese detalle.

—Sí, un pintalabios que yo misma le di, porque era muy parecido al que él estaba buscando, pero no tengo ni idea de para qué lo quiere —explicó Marta.

—Lo sé, él me contó que ese pintalabios se lo habías dado tú —afirmó Lola.

—¿Tú lo sabías entonces? —preguntó Marta con una expresión de incredulidad.

—¡Claro!, ese pintalabios lo buscábamos los dos y yo iba a comprarlo, pero él me dijo que el tuyo era del color que buscábamos. El problema es que hoy no me habla y me preocupa que algo le ocurra —aclaró Lola.

—¿Y puedo preguntarte para qué queréis el pintalabios? —Marta había preguntado casi de forma automática.

—¿Y yo puedo preguntarte qué le ha ocurrido a mi hermano en el colegio?

Marta guardó silencio unos segundos.

Marta se encontró con Lola cuando iba a tirar la basura. Pensaba en su amigo
Pedro que estaba triste y quería ayudarlo.

—Verás, Lola, si tu hermano no te lo ha contado, debe ser porque quiere resolverlo solo y quiere evitar que vayáis a hablar con la profesora y yo lo comprendo. Solo puedo decirte que se ha malinterpretado que llevara un pintalabios en el bolsillo. —Marta cuidó cada palabra para que no se le escapara nada sobre Ruth o el director del colegio.

—Lo sospechaba desde que me nombraste el pintalabios —aseguró Lola—, además, he quedado hoy con él en las escaleras del colegio porque queríamos hacer unas pruebas con el pintalabios para una cosa que no puedo contarte, y Pedro no ha aparecido. No es normal que me deje plantada.

—Siento no poder contarte más yo tampoco—se disculpó Marta.

—No te preocupes, sé que mi hermano tiene buenos amigos y que lo estáis ayudando de alguna manera.—Lola le guiñó un ojo.

Marta no dijo nada, solo sonrió.

—Si esperas un momento, te traigo algo que te ayudará a averiguar el motivo por el que necesitamos el pintalabios, así te ayudaré a descifrar este enigma sin faltar a nuestra promesa de no contárselo a nadie —dijo Lola, mientras se alejaba y dejaba a Marta intrigada en el portal.

Continuará…

Publicado en A partir de 11 años, Cuento

Coraje, un Conejillo de Indias. Capítulo 3

¿Pero cómo era posible? Cada vez que comenzábamos a chillar se volvía a producir el mismo fenómeno, y nada podíamos hacer para controlarlo. Es que no podíamos controlar nuestras acciones. He olvidado decir que estos chillidos son solo una reacción al miedo; una respuesta de nuestro organismo ante un peligro inminente. Si no podíamos controlarlos en otras situaciones, esta (que sin dudas era la más estresante de todas las que habíamos vivido) no iba a ser la que sacara a relucir nuestro coraje.

Todos pusieron su cabeza entre las patas, tratando de acallar los incontrolables sonidos que salían de sus bocas. Los que tenían las patitas cortas hacían lo imposible para agarrarse los hocicos, usando hasta los últimos extremos de sus uñitas. Y los grandotes gritaban tan alto, que hacían estremecer el piso del globo.

Todos eran presas del pánico, menos yo. Increíblemente me percaté de que ya no sentía miedo. Mis latidos cardíacos se calmaron, fueron enlenteciéndose cada vez más hasta llegar al ritmo normal, y entonces sentí una maravillosa tranquilidad.

Ahí lo supe, supe que debía hacer, y lo hice. Tomé una gran manta que colgaba de uno de los extremos del globo y, con mucho trabajo la extendí por encima de todos mis compañeros, que estaban a punto del colapso nervioso. Me di cuenta de que era más que una manta de lana, era una capa anti ruido.

No entendía muy bien de donde había salido este impulso mío, este conocimiento; pero en mi interior había algo que me hacía obrar de esa manera, paso a paso, como una operación aprendida.

Me pareció extraño en cada momento, pero no podía perder tiempo. Sabía que yo era el único que podía enfrentarme a aquella monstruosidad.

Si existía el arcoiris, había agua; y teníamos que hallarla, tomarla, guardarla en el gran globo, y regresar con ella, al precio que fuese necesario. Era la única oportunidad para la tierra, nuestra hermosa tierra que estaba a punto de morir.

Dejé a mis compañeros bajo aquella protección acolchada y me dirigí hacia el gigante que nos atormentaba. Mientras caminaba hacia afuera comencé a recordar lo que dejé atrás antes de empezar el viaje. Me vinieron a la mente todas las imágenes de cosas, animales, figuras varias; y de entre todas las cosas, recordé a las personas, esas que solo me habían tomado de mascota, y aún poniéndonos como destino: la salvación de nuestro hogar, no tenían idea de cuánto podríamos hacer para cumplir esa meta.

A medida que recordaba aquello me henchía de gozo y orgullo. Yo, un simple conejillo de Indias, salvaría al mundo. ¿Quién lo hubiese pensado; que en unas pequeñas y peludas patas rojas, estaría el futuro del mundo?

Continuará…