Publicado en A partir de 10 años

Lotay descubre el mundo

En la parte más alta de la Tierra hay un lugar hermoso donde casi se toca el cielo. El sol ilumina los campos nevados y calienta a sus habitantes, por eso, allí, aunque esté cubierto de nieve, nunca hace frío.

Los niños no van a la escuela porque aprenden jugando entre ellos, y los mayores trabajan en lo que les gusta y el tiempo que ellos quieran; así todos están felices.

Pero hubo un niño, llamado Lotay, que tenía una curiosidad que superaba a la de los demás. Aprendía mucho y con facilidad: le gustaba cuidar a los animales, le apasionaban las flores y las montañas, y preguntaba a los médicos y científicos sobre las hierbas y productos que podían curar a los enfermos.

Sin embargo, eso no era suficiente para Lotay, sabía que si bajaba de la montaña en la que vivía, encontraría un lugar desconocido y diferente, con edificios, animales y gentes que no había visto jamás, y deseó con todas sus ganas descubrir esos mundos lejanos y extraños.

Habló con sus padres y se pusieron algo tristes, pero como en el país en el que vivían, no existían las prohibiciones, apoyaron a Lotay para que este cumpliera su sueño.

Su hijo, les prometió que regresaría tan pronto como conociera todo ese mundo que se encontraba a los pies de su montaña y, como él sospechaba que sería muy pequeño, seguramente estaría de vuelta al día siguiente.

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Se levantó muy temprano cuando aún era de noche, se puso su mochila con la comida que había preparado el día anterior y se puso en marcha. El sol aún no había salido, pero la luna llena iluminaba el camino y, en menos de una hora, llegó a la base de la montaña donde vivía.

Una vez abajo, notó un escalofrío. Estaba amaneciendo y todo estaba igual de nevado que en su pueblo, pero una sensación desagradable atravesaba su piel y pensó que debía de ser lo que llamaban frío. Se extrañó porque en su montaña nunca había sentido algo así ni tampoco el calor, pero había sido salir del lugar donde nació y descubrir lo que eran aquellas sensaciones.

Buscó matojos por el camino y se los fue colocando por debajo de la camisa para entrar en calor, pero eso fue todavía peor porque la hierba estaba húmeda y eso hizo que le entrase aún más frío. Siguió caminando hasta llegar a una población con edificios altos, carreteras y vio a mucha gente que salía de coches que estaban apretujados unos junto a otros, parados a los dos lados de la calle, otros enmedio y, algunos, incluso encima de las aceras. De esos vehículos, salían niños con sus padres, y llevaban unas mochilas que pesaban tanto, que llevaban ruedas y los chicos que las llevaban a su espalda daban la impresión de que casi no podían con ellas.

Entraban en un edificio que ponía en sus puertas la palabra colegio, y llevaban cara de tener sueño; a algunos se les notaba que no les gustaba ese sitio, también había niños que entraban contentos y bromeando con amigos que encontraban en la entrada, pero otros, los más pequeños, iban llorando y gritando mientras sus padres o madres intentaban, con cara de disgusto, hacerlos entrar.

Después, los padres se montaban en sus coches y se iban a toda velocidad a sus trabajos, dando frenazos, arrancones, bocinazos, mucho más enfadados que antes.

Cuando pasó todo y el lugar se quedó vacío, Lotay siguió la calle cuesta abajo hasta encontrarse con lo que él pensó que era un lago gigante, inmenso; era bellísimo, los rayos de sol se reflejaban en las ondulaciones del agua dando la impresión de que había miles de estrellitas flotando en aquella inmensidad.

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Lotay estaba entusiasmado por lo que veía y rápidamente se quitó la ropa y se metió en el agua. Al entrar casi se le para la respiración porque porque volvió a sentir esa sensación de frío intenso que parecía que le cortaba la piel. Se extrañó mucho porque en los lagos de su montaña, la temperatura siempre era agradable y podían nadar en cualquier época del año, además, este agua estaba salada y no podía beber de ella. Lotay se preguntó si el agua de aquel mundo era salada, ¿qué beberían los que vivían allí?

Pero, de pronto, oyó que alguien estaba llamándolo desde la orilla; en realidad, le estaban gritando y de muy malos modos. Miró para ver quién era y se trataba de dos hombres vestidos igual, con un traje azul y una chapa que ponía policía. Lotay salió a la orilla y uno de los hombres lo tapó corriendo con una chaqueta recriminándole que estuviera desnudo. El no entendía nada porque en la montaña se bañaban sin ropa, si no, ¿de qué otra forma lo iban a hacer?

Los hombres de azul le preguntaron quiénes eran sus padres y por qué no estaba en el colegio. Él les contó la verdad, pero no le creyeron y dijeron que lo iban a llevar a un lugar llamado comisaría y que, desde allí, buscarían a sus padres. Cuando Lotay vio que lo llevaban a un coche, él salió huyendo de aquellos hombres y no paró hasta que se aseguró de que lo habían perdido.

Aquello lo asustó mucho y pensó que sería mejor volver a su casa. Ya había visto bastante y, tal vez, volvería cuando fuese un poco mayor, así que retomó el camino por el que llegó a la ciudad.

Cuando pasó por el colegio, se encontró otra vez con el montón de coches desordenados, pitando y con los ocupantes llamando a los niños para que se dieran prisa en subirse porque era hora de comer.

Lotay subió la montaña, pero estaba tan empinada que cada vez iba más lento y lo sorprendió la noche. Estaba muy cansado y, sin darse cuenta, se durmió hecho un ovillo a los pies de un enorme árbol.

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Se despertó cuando un rayo de sol le acarició la cara, y se encontró que estaba en su habitación, en su cama, como todos los días y se dio cuenta de que todo aquello había sido un sueño, muy real, pero solo un sueño.

Fue a desayunar y su madre le preguntó si había dormido bien.

—He tenido un sueño muy extraño, mamá.

—¿Y eso por qué? —preguntó sonriendo, pero sin levantar la vista del desayuno que estaba preparando.

—Soñé que visitaba un lugar fuera de esta montaña —contestó Lotay.

—¿Y te gustó? —indagó la madre.

—Pues no sé —dijo Lotay dudando—. Era un lugar donde hacía mucho frío, mi ropa no era suficiente para calentarme, y había un edificio a donde iban los niños a aprender, pero algunos estaban disgustados y los padres, muy nerviosos. Después —continuó—, había un lago inmenso y precioso, pero el agua estaba helada y no sabía para qué lo querían; allí no te podías bañar sin ropa porque, si no, unos hombres vestidos de azul y muy enfadados te llevaban al colegio por obligación.

—Ja, ja, ja —rio la madre—. Qué ocurrencias. ¿Entonces, ya no quieres bajar la montaña?

—Hum, no, mamá —contestó Lotay sonriendo—, mejor voy a esperar a ser un poco más mayor.

—Como tú quieras, Lotay —dijo su madre satisfecha—. Pues ¡anda!, sal a jugar y disfruta del día tan bueno que está haciendo hoy.

—¡Sí, mamá! —Lotay salió corriendo de la casa a buscar a sus amigos.

En cuanto Lotay había salido, su padre entró en el salón donde la madre y el niño habían estado desayunando.

—¿Qué tal está Lotay? —preguntó el padre.

—Perfectamente —contestó la madre—. Piensa que todo fue un sueño, no notó nada cuando te lo llevaste en brazos desde el árbol donde se durmió, y ni siquiera, se dio cuenta de que nosotros estuvimos detrás todo el tiempo mientras vivía su gran aventura.

—Mucho mejor —dijo el padre mientras se sentaba a la mesa—. Volverá más veces a medida que se haga mayor e irá aprendiendo muchas más cosas, pero ya estará preparado para ir solo.

—Sí —dijo la madre melancólica—, ya le llegará el momento de conocer el mundo.

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años

El pintalabios de Pedro. Capítulo 6

EL MISTERIO SE VA RESOLVIENDO

Marta esperaba impaciente en el portal, ya había tirado la basura y aguardaba junto al ascensor.

Lola apareció con una gran bolsa que colocó a los pies de Marta.

—Esta es la clave —y agachándose sacó una peluca de pelo rizado y de color azul, junto con unos pantalones enormes, tirantes… Iba sacando los objetos de la bolsa y dándoselas a Marta que sin comprender nada, las sujetaba perpleja y en silencio—. ¿Bueno Marta, no te da esto ninguna pista? —preguntó Lola.

—Pues la verdad es que no… ¿Me dejas que haga una foto con el móvil? —pidió Marta mientras sacaba el móvil del bolsillo.

Marta no se esperaba que Lola volviera con una bolsa repleta de cosas. Ahora sí que estaba confusa.

—Vale, pero que no se entere mi hermano, ¡¡o podemos prepararnos, Marta!! —dijo entre risas Lola.

Ambas rieron imaginando a Pedro aún más enfadado.

En cuanto Marta subió a casa envió a todos, menos a Pedro, un mensaje:

“REUNIÓN URGENTE. HE HABLADO CON LOLA Y AHORA SÍ QUE NO ENTIENDO NADA”

En cuestión de minutos estaban casi todos conectados a Zoom, Marta les explicó la extraña conversación Lola y todos quedaron pensativos.

—¿Querían el pintalabios para un disfraz? —preguntó Bea pensativa.

—Eso pienso yo también —Contestó Simón.

—Pero ese disfraz, parece de payaso, ¿no? —observó Jaime.

—Sí, eso parece y seguramente sea para pintar el rostro —intervino Ana.

—¿Y por qué no pueden contar que se van a disfrazar? No entiendo nada. —A Jaime le molestaba tanto misterio, lo veía innecesario.

—Está claro Jaime que han hecho una promesa y no pueden romperla. Yo los comprendo —contestó Marta defendiendo la decisión de Pedro y Lola.

—¡Jo! ¡Pues tenemos más información pero en realidad estamos como al principio! —se quejó Ana.

Todos coincidieron.

—Quizás debamos preguntarnos qué nos llevaría a cada uno de nosotros a disfrazarnos en secreto —dijo Bea, de nuevo pensativa.

—Ummm… yo odio disfrazarme —confesó Andrés.

—Tampoco creo que a Pedro le guste mucho disfrazarse. ¿Os acordáis de aquella fiesta que hicimos en el colegio y que él y tú os disfrazásteis con una pequeña cartulina sujeta en la camisa con un imperdible que ponía “Nosotros mismos”?

—Ja, ja, ja —todos rieron.

—¡Es verdad! —Exclamó Marta— Y cómo se enfadó la maestra Carmina.

—Por eso lo entiendo menos —dijo Andrés encogiéndose de hombros.

—Piensa, Andrés. ¿Qué te llevaría a disfrazarte en secreto? —Quiso saber Marta.

—Pues no sé… quizás… déjame pensar…

Todos guardaron silencio mientras Andrés pensaba.

—¿Para dar una sorpresa a alguien muy especial? —dijo Andrés de pronto.

—¡¡Eso es!! —Simón casi saltó de su silla emocionado —. Creo que tengo la respuesta: ¡Su prima pequeña, ¿no os acordáis?

—Simón, háblanos claro, estoy ahora más liada que antes —dijo Bea agobiada.

—Veréis, Pedro tiene una prima pequeña que está enferma en un hospital. ¿No os acordáis que no pudo venir a la fiesta de fin de curso porque iban a pasar el día con su prima que por fin volvía a casa? —dijo Simón con emoción.

—Es verdad, Simón —dijo Marta—, y además hace un mes me dijo que se acercaba el cumpleaños de su prima pequeña y que querían hacerle un regalo especial.

—¡Ya lo tenemos! —La voz de Simón sonó triunfante.

—Qué mejor regalo que hacer reír —dijo Marta suspirando algo emocionada, no podía disimular que para ella Pedro era muy especial. Todos se dieron cuenta y Jaime puso música de boda.

Todos, menos Andrés que estaba pensativo, rieron con ganas.

Marta se había puesto como un tomate.

—¡Ja! Qué gracioso, ¿no? —la cara de Marta era de pocos amigos.

Pero Andrés habló de pronto, sin percatarse de la tensión por la broma de Jaime hizo a Marta.

—Así es. ¡Y qué injusto que le hayan acusado de vándalo! Ruth ha sido muy cruel esta vez —Andrés apretaba los puños mientras hablaba, y aunque ninguno veía sus puños por la pantalla, todos se lo imaginaron, porque cuando se enfadaba, solía apretarlos con fuerza, al igual que solía hacer Pedro. Quizás por eso eran tan buenos amigos, tenían muchas cosas en común.

Continuará…

Publicado en A partir de 6 años

Deseos de navidad

Deseos de navidad

Pastor es un pequeño niño, muy curioso y quiere siempre aprender cosas nuevas.

Una tarde entró al salón en donde su abuelito fumaba su pipa de madera. El abuelo se llama Nicolás y es un señor de barba y cabellos blancos.

Pastor se acercó a su abuelo y éste al mirarlo, sonrió feliz.

—Abuelito, ¿qué haces? —preguntó el niño.

—Pienso en como hacer felices a los niños —le contestó Nicolás.

—¿A mí? —consultó intrigado Pastor.

—A todos los niños. Hay muchos niños como tú en el mundo. —Fue la respuesta del abuelo.

En una mesa cerca del sillón en donde estaba sentado Nicolás, había una libreta. Era una lista con nombres y direcciones. El señor de barba blanca era el encargado, desde hacía muchos años, de llevar un regalo a cada pequeño en cualquier lugar del mundo. Pastor, que aun era muy chico, no conocía esa tarea que su abuelo hacía cada año durante los días de navidad. Y como siempre, quería saber todo, le preguntó:

—Abuelito, y ¿cómo sabes qué regalo llevarle a cada niño?

—Es muy sencillo, Pastor. Ellos me envían cartas en la que me cuentan cual es su regalo soñado.

Pastor miró que a un lado, su abuelo tenía una caja muy grande llena de sobres con estampillas. Eran seguramente las cartas que recibía. Le hizo otra pregunta a su abuelito:

—¿Y todos los niños reciben su regalo? ¿Hay para todos? —dijo con cierta preocupación.

Nicolás, al ver la carita intrigada de su nieto, lo tranquilizó diciendo:

—Lo hay. Siempre hay un regalo para cada chiquillo que haya sido un buen hijo y tenga los mejores pensamientos. No siempre es un juguete lo que reciben. A algunos les toca otras cosas, como el poder soñar, el poder cuidar a algún animalito; o tener un árbol cerca de casa, del que puedan tomar alguna fruta para la merienda.

Pastor, pensó unos segundos y su rostro se iluminó con una sonrisa. Con su alegre vocecita y los ojitos iluminados de emoción, le dijo al abuelo:

—Ya entiendo, abuelito. Es solo desear lo que se quiere. Y también desear el poder regalar. Mi deseo es que en esta navidad puedas entregar muchos obsequios, uno al menos para cada chico. Deseo también, para mí, tenerte siempre conmigo, abuelito.

Y dicho esto, Pastor abrazó con fuerza al anciano, que muy emocionado mostró en su cara la más luminosa de las sonrisas que se podía tener.

Desde el comedor se escuchó la voz de la madre de Pastor, que llamaba a la mesa. Hoy habría una deliciosa cena para toda la familia, sus padres y sus hermanos, acompañados de los abuelos y su tía madrina. Sería una feliz cena de navidad.

Autor: Adalberto Nieves

Ilustraciones: Pixabay