Publicado en A partir de 6 años

Un desfile de modas muy especial (Escritora invitada María Añasco)

Unas amigas de cuatro patas se reunieron.

—¡Vamos a crear un desfile de moda! —decidieron.

Y se pusieron a pensar y a pensar, cómo organizarían el desfile con fines benéficos para el refugio de mascotas extraviadas.

Todos en reunión, tomaron la decisión de hacer un pase de modas para recaudar fondos

¡Qué ajetreo!

Unas tijeras por aquí, mucho hilo por allí. La máquina de coser también cosía sin fin.

Los modelos llegaron:

Un gatito bien peinado, dos perritos muy simpáticos, un loro cantante y hasta un pequeño hamster ha participado.

Lucieron distintas prendas, de colores sorprendentes y de telas estupendas.

Cuando terminó el desfile, el aplauso se escuchó desde el Caribe hasta en Chile.

Los invitados se fueron gratamente sorprendidos y en todos los rincones se habló de lo bonito que eran los trajes y los vestidos.

El desfile fue un éxito total y se consiguieron muchísimos regalos para el refugio de animales

¡Qué éxito tuvieron estas amigas de cuatro patas!

Las prendas se agotaron, ¡todas se vendieron!

Y el hogar refugio de juguetes y golosinas quedó repleto.

También para pintarlo hubo dinero y tan famoso se hizo el refugio, que en la televisión, los animales aparecieron y sus familias humanas por fin los recogieron.

Autora: María Añasco

¿Sabías que…?

Cuando decidas adoptar un animal ya formará parte de tu familia, para ello puedes acudir a los diferentes refugios de tu ciudad y hacerles una visita, seguro que allí encontrarás amigos como los de nuestra autora, María Añasco.

Mira que graciosos están sus mascotas, aquí tienes un desfile de moda particular:

Publicado en A partir de 12 años, Poesía

Vuela, vuela mariposa

Vuela, vuela mariposa,

no te poses en cualquier lugar,

extiende tus alas, ave graciosa,

no ves que es tu belleza

la que alegra mi andar.

Vuela, vuela mariposa,

no seas quisquillosa,

que a tu lado me siento dichosa

aunque la mañana se torne lluviosa.

Vuela, vuela mariposa,

no importa que se encele la rosa,

cuando juntas nos vea bailar,

que yo a tu lado

no quiero dejar de soñar.

Publicado en A partir de 10 años

El pintalabios de Pedro. Capítulo 12

UNA MONA MUY BAJITA

Andrés fue a la entrada para recoger a Ana y se dirigieron a la parte trasera del escenario. Ruth estaba allí sentada con cara de pocos amigos y Pedro lanzaba caramelos para encestarlos, sin mucho éxito, en en un bol vacío.

—Vaya, ¡qué ambiente! —dijo Ana con un silbido, al ver las caras de desánimo en todos— ¿Qué hace Ruth aquí?

—Nos va a ayudar —le contestó Marta guiñándole un ojo.

Rápidamente entendió la complicidad del guiño de su amiga y le siguió la corriente.

—¡Qué bien Marta! ¡Menos mal que has conseguido ayuda! ¡Gracias Ruth, por echarnos una mano! —dijo Ana mirando a la malhumorada Ruth.

—Que sepáis que me importa muy poco lo que traméis y que en diez convincentes minutos me marcho de nuevo a la fiesta diciendo que ya os he ayudado —respondió Ruth, dejando a todos perplejos.

—Pues que sepas tú —dijo Bea—, que no vamos a permitir que sigas fastidiando y que le debes a Pedro una disculpa.

—Que ya me he disculpado por acusarlo en el colegio y todo ese asunto del pintalabios, ¿o es que estás sorda? —contestó Ruth haciendo muecas.

—Por la boca chica y falsamente —respondió Bea enfadada.

—¡Chicas! —intervino Marta— no os peleéis, mi prima Ruth ya se ha disculpado y estoy segura de que se quedará para ayudarnos, ¿no es así Ruth?

—¡No! Y además creo que me largo ya, vaya a acabar disfrazada de payasa —Ruth se levantó y se marchaba cuando añadió: —Por cierto, vosotros no necesitáis disfraz, ja, ja, ja —la risa de Ruth se perdió entre la música infantil y los gritos de los niños jugando.

—Perdóname Marta, pero tu prima es odiosa —dijo Bea.

—Vaya, pues se nos ha escapado, es muy lista y se ha dado cuenta de mi intención. Pensaba que era buena idea que subiera al escenario con Pedro —explicó Marta suspirando y dejando caer un disfraz de payaso en la mesa.

—¿En serio ese era tu plan? —Pedro estaba enfadado—, Marta, esta sorpresa para mi prima es muy importante y Ruth la podía haber fastidiado.

—Lo siento Pedro, pero es que me saca de mis casillas y quería darle una lección —se disculpó Marta casi a punto de llorar.

Pedro se dio cuenta y la calmó tocándole el hombro.

El disfraz de Pedro fue un éxito. Repartió pequeños muñecos de peluche a todos los niños, después salió al escenario haciendo que tropezaba con los enormes zapatos y caía al suelo, donde había una bolsa que sonaba con gran estruendo cada vez que la pisaba, entonces hacía que se asustaba y volvía a tirarse al suelo. Los niños reían y reían y la prima de Pedro era la que más gritaba:

“Pisa la bolsa de nuevooo”.

La fiesta estaba siendo un éxito y los niños más pequeños se lo pasaban genial. Los adultos desaparecieron y tampoco había rastro de Ruth por ninguna parte, así que pensaron que lo más probable era que ella y sus padres se hubieran marchado.

Pedro ya había bajado del escenario y tomaba un refresco con sus amigos. La Pandilla de los saltamontes había hecho un gran trabajo, todos los niños, sobre todo su primita pequeña, lo estaban pasando genial.

Pero entonces la música cambió con un redoble de tambores y las luces se apagaron, quedando iluminados solo el escenario y los farolillos del jardín. Justo después sonó una canción de cumpleaños, mientras al escenario subían muñecos gigantes: un oso panda, un pequeño mono, un tigre y hasta una enorme rana que traía una tarta con velas encendidas. La prima de Pedro subió al escenario, pidió un deseo y sopló las velas.

Subieron al escenario unos muñecos con forma de animales, Marta y sus amigos pensaron que podían ser sus padres y que esta era la gran sorpresa.
Todos los animales eran muy grandes, salvo un pequeño mono que parecía enfadado.

—¡Qué bonito! No me lo esperaba para nada —dijo Marta.

—¿Son nuestros padres? —preguntó Andrés.

—Seguro que esta era la sorpresa, pero ¿quién es el mono? Es demasiado bajito —observó Ana.

—Es verdad, bueno, sea quien sea, ha hecho un buen trabajo —dijo Bea.

La música cesó, se encendieron las luces nuevamente y los muñecos gigantes bajaron del escenario para jugar con los niños que los abrazaban.

Observando bien la escena, el pequeño mono intentaba huir, pero el tigre lo agarraba de la mano con firmeza y lo volvía a llevar hasta los niños.

Cuando la fiesta terminó, el mono se dirigió a un banco para descansar y se descubrió la cabeza para beber agua.

—¡Era Ruth! ¡¡¡Mirad!!! ¡El mono enano era ella! —gritó Jaime divertido.

El misterioso pequeño mono que estaba tan enfadado resultó ser Ruth.

Ruth estaba sudando y enfadada, se quitó el disfraz, lo dejó en el suelo y antes de marcharse le dio una patada a la cabeza de mono de peluche que le había hecho sudar tanto.

—Ja, ja, ja —rió Bea.

—¡Qué mona! —gritó Ana, para que Ruth la oyera.

«Me las pagarán », se dijo Ruth, mientras se alejaba hacia el coche de sus padres. Estaba furiosa. Había perdido esta batalla, pero no la guerra y esto no iba a quedar así.

FIN

Publicado en A partir de 10 años

Besos de la alegría (2º parte)

Güaina observaba tras la ventana al brujo que estaba embelesado observando las alas de la ondina Sharagor.

 El brujo estaba en su casa, embelesado y observando con detenimiento mis alas, las acariciaba sintiendo su suave tacto, eran tersas, pero tan finas como la seda; el olor de cada hada era inconfundible, el azahar y el aroma a la flor del cerezo eran mi distintivo; su color blanco y rosado con destellos plateados comenzaban a apagarse, pero aun así seguían teniendo un gran poder de seducción para el brujo. Las alas, en las manos del brujo, eran su mayor tesoro y así las trataba, como una auténtica joya. Las envolvía de nuevo en el paño húmedo y las volvía a abrir, el fulgor que desprendían, aun no estando acopladas eran pura atracción.

Sin más premura Güaina, aprovechó el momento para lanzarle un hechizo de paralización a través de una ventana que estaba abierta.

Entró a través de la ventana, recogió mis alas con delicadeza, lanzó un conjuro de pérdida de memoria al brujo y guardó mis alas junto a su cuerpo para que no perdieran calor. Con un giro del brazo por encima de su cabeza pronunció las palabras adecuadas para transportarse a nuestras aguas.

Güaina le ofreció las alas a la ondina con gran cariño

Todas mis hermanas y yo nos quedamos estupefactas cuando vimos a  Güaina entre nosotras. Abrazaba con gran amor mis alas, las separó de su cuerpo y me las ofreció como el mayor presente que me puedan regalar.

—Querida niña, ya tienes tus alas.  El brujo no recordará nada de lo ocurrido, solo me queda algo por hacer y es conseguir que vuelvan a su lugar. Necesito un lugar puro, que nunca haya sido mancillado por ningún humano.

Las alas de Sharagor estaban en perfecto estado, listas para unirse a la ondina

—En el centro del río hay un altar donde rendimos culto a la luz y al agua, pero no podrás estar allí— le dije con tristeza.

—Necesito que te poses sobre la piedra, si tus hermanas me pueden alzar, te haré el hechizo.

Así fue como mis hermanas me elevaron y posaron sobre el altar, mi cuerpo flotaba en las aguas sintiendo la pérdida de toda mi esencia. Las lágrimas afloraron de nuevo, por las sensaciones de pérdida pero también de alegría de saber que de nuevo volvería a tener mis alas.

Güaina fue transportada con la delicadeza de mis hermanas y cuando estaba sobre mí, ella me pidió que me diera la vuelta.

—Niña, debes volver tu cuerpo y cubrirlo entero con agua, pues solo su pureza logrará lo que deseamos.

Mis hermanas aletearon con fuerza para mover el agua y que me cubriera, Güaina posó sobre mi espalda las alas que danzaban sobre el agua, unas palabras sonaron a lo lejos y sentí un dolor punzante en mi espalda. La sensación de libertad se expandía por cada espacio de mi ser.

Volé hasta tierra firme, donde ahora se encontraba Güaina, y la obsequié con varias escamas de mis alas y un nuevo beso de la alegría. Las lágrimas de alegría regaron la piel, ahora joven, de la bruja.

Mis alas me llevaron a las profundidades de mi hogar y de nuevo pude respirar libertad.

Autora: María José Vicente Rodríguez

Publicado en A partir de 10 años

Besos de la alegría

—Niña, ¿por qué lloras? —La anciana me limpió las lágrimas con un pico de su chal y rehízo mi melena, ordenando cada cabello perdido entre mis lamentos.

—He perdido mis alas—dije entre hipidos.

La pequeña ondina, Sharagor, lloraba porque le habían arrebatado sus alas

—Cuéntame cómo te llamas y qué ha ocurrido, quizás te pueda ayudar—. La mujer se quitó su pañuelo y con cuidado lo posó sobre mis hombros calentando el hueco que había dejado mi pérdida. Se sentó junto a mí cogiendo mis manos entre las suyas y, acariciándolas, la calma vino en mi ayuda.

«Soy Sharagor, ondina de agua dulce y me han arrebatado lo más preciado, mis alas. No puedo vivir en el agua si no las poseo, es lo que me hace poder respirar y nadar bajo las aguas. Son toda mi esencia.

» Jugaba con mis hermanas sobre la superficie, como tantos días, con las hermosas mariposas que vienen a beber a nuestras aguas.

Las ondinas son hadas de las aguas. Viven dentro de los ríos o lagos y necesitan sus alas para poder nadar y respirar dentro del agua. Además, en la superficie sin ellas no pueden volar.

»Nos dijeron que ningún humano podía vernos ni oírnos. No entiendo qué ha podido pasar. No vimos al hombre acercarse a nosotras. Las demás pudieron escapar, pero a mí me atrapó con una red. Dijo unas palabras y me adormeció; luego me untó algo por el cuerpo y con otras palabras mis alas se desunieron. No sabía que esto podía pasar, jamás se han contado cuentos ni leyendas en nuestras aguas que contaran historias parecidas. Envolvió con delicadeza mis alas entre telas de seda que las mojó en el río, luego desapareció, sin más rastro que esas redes con las que me cazó».

            —¿Cómo era ese brujo? Descríbemelo.

            —¿Cómo sabes que era un brujo? —Le pregunté sobrecogida. —¿Quién eres?

            —Querida, ¿cómo crees que puedo verte?, ¿crees que he venido a ti solo por tu canto de amargura?

            —¿Qué quieres decir? —le pregunté sin entender.

Güaina, la bruja, intanta calmar a la pequeña hada y le explica
para que necesitan las alas los brujos

            —Tu inocencia es la belleza de la luz, querida niña. Soy Güania, y soy bruja, igual que quien se llevó tu preciado tesoro. Tenemos sensibilidad, unos hacia la luz y otros hacia la oscuridad. Tus alas son muy valiosas para un brujo, porque, sus pequeñas escamas, tienen poderes mágicos que se utilizan en la preparación de brebajes y pócimas y son muy bien pagadas entre los humanos. Con ellas, el brujo se garantiza toda una vida de lujos pero ha perdido, al arrebatarlas, el poder que nos ofrece la luz de ser sensibles a vosotras y de impregnar esas pócimas de la magia blanca necesaria para que sean eficaces. Ha arriesgado mucho. Diría, que la codicia, al sentiros, le nubló el juicio y no pensó en las consecuencias.

            La anciana Güania mantenía mis manos calientes entre las suyas, y proyectaba sobre mí gran ternura y cariño.

            —Cada semana vengo por este río. Me alegran vuestros cantos, y vuestra alegría me renueva toda la semana de esperanza y nuevas energías. Nunca dejo que me veáis para no interrumpiros. También, de vez en cuando, la prosperidad me sonríe, y encuentro alguna que otra escamita que perdéis en vuestros juegos, permitiéndome seguir sobreviviendo. Esta vez me retrasé un poco, suelo llegar antes del amanecer, si no, te aseguro que no hubiera sucedido nada de lo ocurrido. Jamás lo hubiera permitido.

            Mi desconsuelo aumentó y nada podía mitigar el dolor que sentía. Ni siquiera con el abrazo que Güania me daba para templar mi ánimo.

            Cuando mis lágrimas comenzaron a secarse, la anciana se separó de mi pecho, me agarró con suavidad la cara y me dio un beso con mayor ternura en la frente. En aquel instante sentí que otra nueva energía recorría mi cuerpo. Y me hizo sentir que había esperanzas. La mujer se levantó, me cedió su mano y abrió ante mí, la posibilidad de que mi vida pudiera cambiar.

            —¿Qué siento ahora en mi cuerpo? Tu beso ha hecho renacer algo en mi interior. —dije con fortaleza.

            —Durante años me renové de esperanzas con vuestros juegos, solo te he traspasado una pequeña parte de lo que me ofrecisteis. Niña, podemos encontrar tus alas y si no están dañadas las podemos devolver a su lugar. —Me dijo Güania rozando con suavidad mi espalda.

Ahora la risa me brotó de forma natural envuelta en nuevas ilusiones.

Antes de ponernos en marcha, la mujer buscó entre las redes restos del brujo que me atacó. Algunos vellos estaban adheridos a las cuerdas, ella los introdujo en un pequeño charco que dejaban dos piedras cercanas, espolvoreó unos polvos que extrajo de un saquito y de repente apareció la cara del ladrón.  

La anciana lo conocía y sabía dónde localizarlo.

—Necesitaremos la ayuda de tus hermanas. Soy demasiado vieja para enfrentarme a él sin vuestra energía, pero tendré que hechizarlas para evitar ser vistas por otros sensibles. Tendrán que acompañarnos para que con su tacto yo pueda cargarme de la energía que necesito para hacerle frente.

Mis hermanas salieron de sus escondites y se acercaron a la anciana repartiendo sus besos de la alegría con la anciana.

Cuenta la leyenda, que cuando un hada da un beso de la alegría, transmite tanta energía renovadora que todos los males de la persona que los recibe desaparecen al instante. La anciana rejuveneció muchos años con el regalo que le hizo cada una de mis hermanas.

—¿Qué me habéis hecho, niñas? Vuestra luz me ha transformado en una nueva mujer, la juventud circula por mi sangre ahora. —Güaina se palpaba con asombro la cara, las manos…

La bruja Güaina rejuveneció con los besos de la alegría que le dieron las hermanas de Sharagor.

—Te han dado besos de la alegría. No podemos dejar nuestro hogar o moriríamos, por ello te han regalado los besos. Para que puedas ayudarme.

—Nunca podré devolveros el don tan maravilloso que acabáis de ofrecerme.

La anciana se marchó a la búsqueda del brujo hacia la ciudad. No fue difícil encontrarlo, solo debía seguir el rastro que dejaba.

(Continuará)

Autora: María José Vicente Rodríguez

Publicado en A partir de 10 años, Cuento, Poesía

La pirata Triquiñuelas y su tesoro

La pirata Triquiñuelas
se ha vuelto a enfadar
va con los puños cerrados
de aquí para allá.

Alguien ha comprado
su isla del Paraná.
Un hotel le han colocado
y de quince plantas además.

La pirata Triquiñuelas ha ido a por su cofre del Tesoro, pero alguien ha comprado su isla y ha construido un hotel de quince plantas.

A su cueva del Tesoro
es imposible llegar,
hay turistas nadando
donde tiene que bucear.

Cuatro brazadas al norte
y al este otro par.
Después de los corales
su cofre está.

El tesoro de la pirata Triquiñuelas se encuentra justo donde nadan los turistas. Eso le está enfadando mucho y los quiere asustar con sus cañones y piratas.

A los turistas asustará
con sus cañones oxidados
y sus piratas de mar.

<<¡Es pan comido!>>, se dice,
y pone al barco a navegar.
pero han visto niños
nada más llegar.

A la pirata Triquiñuelas le dan miedo los niños, por eso esperará a que llegue el invierno para volver a por su tesoro.

La pirata Triquiñuelas
Con niños no se meterá.
Ellos le dan miedo
cuando comienzan a gritar.

—Los niños son valientes—
dice su loro al pasar
por los toboganes retorcidos
ha visto a los niños escalar.

Para el loro de la pirata Triquiñuelas, los niños son muy valientes porque escalan para subirse a los toboganes.

Cuando llegue enero
Triquiñuelas volverá.
Sin turistas ni niños,
su botín podrá rescatar.

Escrito por Clara Belén Gómez

Publicado en A partir de 15 años

Tú, qué llenas mi todo cuando me miras

o cuando posas tus tiernas manitas en mis mejillas.

Tú, qué invades mi nada

con el más puro amor

para mostrar la belleza que la vida me dió.

Tú, mi más hermosa poesía,

la luz de mis días

y quien adorna mi sonrisa

cuando escucho tu voz,

mi tierna melodía.