Publicado en A partir de 10 años, Cuento

Ni un escarabajo pelotero (Los viajes de Lotay) 2° Parte y final.

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—Y lo mismo pasa con las mariposas —continuó el maestro jardinero —. Ellas hacen la misma función.

—En eso sí tienen la culpa los de la ciudad —protestó uno de los padres —, con toda su contaminación están destruyendo nuestros campos.

Los demás padres y madres le dieron la razón y se pusieron a discutir entre ellos por el daño que les estaban haciendo los de fuera.

—¡Alto ahí! —cortó el maestro agricultor—. Vamos a empezar por nosotros y seguro que encontraremos la razón.

—Sí —continuó el maestro explorador—. Vamos a aclarar ya esta situación y a aprender qué estamos haciendo mal.

—¡Imposible! —se quejó otro de los padres—. Nosotros llevamos una vida sana respetando el medio ambiente. Amamos la naturaleza, y los niños también.

—Siempre hay algo que mejorar. Nadie es perfecto —Quiso apaciguar el maestro explorador—. Que desaparezcan los insectos no solo es culpa de la contaminación de otras ciudades…

—Es cierto —interrumpió el maestro agricultor —. También puede pasar que nos hayamos dedicado más a plantas que no son del gusto de las abejas. —Miró al maestro jardinero—. ¿Qué flores estás cuidando?

—Ah. Mis flores —el jardinero sonreía al pensar en ellas—. Llevo un par de años creando un inmenso jardín de las flores más hermosas: dalias, tulipanes, geranios y rosas, magníficas rosas majestuosas de muchos colores, y todas rodeadas por un enorme seto de un verde espléndido.

—¿Y sabes qué pasa con esas flores? —le preguntó el maestro agricultor entrecerrando los ojos como si estuviera en medio de una investigación.

Todos los demás, niños y adultos, rodeaban a los maestros como si estuvieran presenciando el descubrimiento del autor de un terrible crimen.

—¿Qué les va a pasar? —Se defendió el maestro jardinero—. Que son hermosas y la envidia de cualquiera que quisiera tener un jardín como el mío.

—También son las que menos gustan a los insectos —contestó el maestro explorador—. Parece mentira que no lo sepas.

También puede pasar que nos hayamos dedicado más a plantas que no son del gusto de las abejas.

Eso dolió mucho al maestro jardinero.

—Mi trabajo es tener flores y plantas sanas y si además son preciosas, no veo el problema.

—Pues sí que lo hay —atajó el maestro agricultor — cuantos más pétalos tienen las flores, más difícil es para las abejas conseguir néctar para sus colmenas y si ese jardín está rodeado por un inmenso bosque, los insectos se irán a otros lugares.

—Puedes tener un precioso jardín, pero sin olvidarte de nuestras flores de siempre, las silvestres. Son las que siempre han gustado a los insectos que buscan néctar —dijo el explorador al jardinero al verlo tan desilusionado.

—Esta es la razón por la que no debemos culpar a los de afuera de nuestros problemas —Se volvió el maestro explorador a todos los que estaban allí—. La culpa puede ser nuestra. El río arrastraba restos porque echamos a los castores de su hogar, los hongos que acababan con la podredumbre estaban casi extinguidos porque son lo que más nos gusta comer…

—Y, ahora las plantas del huerto dejarán de producir sus frutos porque las abejas que llevan y traen el polen de unas plantas a otras se están yendo, y todo porque he descuidado las flores que a ellas les gustan —continuó el maestro jardinero cabizbajo.

—Así es —siguió el explorador—. Yo también tengo mucha culpa. He descubierto que en mis viajes dejo mucha basura tirada en la montaña sin darme cuenta. Como veremos ahora cuando regresemos a nuestro campamento antes de volver a casa.

—Y nosotros empeñados en ir a quejarnos a los de la ciudad… — dijo la madre de Lotay.

—Pero nos hemos dado cuenta a tiempo para rectificar, ¿verdad? —preguntó otro de los padres—. ¿Ahora podremos curar la morera?

—Bueno…eso es algo que tenemos que aclarar los tres —respondió el maestro agricultor mirando al explorador y al jardinero—. Lo de la morera fue una excusa que utilizamos para hacer este viaje y aprender de nuestros errores.

—Lo que le pasa a nuestra morera —continuó el maestro jardinero— es que tiene muchos años y, poco a poco, nos irá dejando.

—Pero ¿no podemos hacer nada para evitarlo? —suplicó Lotay.

Todos los niños y algunos padres también se mostraron preocupados. No querían perder al imponente árbol que estaba con ellos desde hacía generaciones.

—Sí, Lotay —respondió el maestro explorador dirigiéndose a todos—. Sí podemos hacer algo, cuidarla como la abuelita que es y mantenerla en el entorno sano y hermoso en el que siempre ha estado hasta que nos deje. Estoy seguro de que con vuestros juegos y compañía será muy feliz. ¡Venga! —animó para quitar hierro a ese triste asunto. Se puso la mochila a la espalda y se dispuso a andar—. Volvamos a casa. Dentro de nada, tendremos una nueva excursión.

Olga Lafuente.