Publicado en Cuento

Sonrisas pintadas

El inicio del curso siempre suponía un torbellino de emociones para los niños, la gran mayoría se alborotaban ilusionados; otros como los pequeños que empezaban Educación Infantil, con angustia. Violeta pertenecía a este último grupo, aunque ella entraba a Cuarto de Primaria. Su zozobra era tal, que justo un día antes de incorporarse a las clases se puso enferma con febrícula y vómitos. Sus padres no quisieron forzarla, la dejaron en casa intentando animarla pues sabían muy bien que la causa de su enfermedad era la ansiedad.

Violeta era una niña encantadora, allí donde miraba encontraba la alegría. En su ya hermoso rostro, siempre lucía una sonrisa; y eso que la vida no se lo había puesto fácil, con solo dos años le detectaron pérdida auditiva. Empezó poquito a poco como un ladrón sigiloso de sonidos que le iba robando las voces de su seres queridos; los ladridos de Tobi, su cachorrito; el rugir del viento…

Desde ese día las audiometrías, las pruebas y tratamientos fueron algo habitual. Por más que buscaron no encontraron ninguna anomalía, ninguna causa contra la que luchar. Su familia no dedicó ningún segundo en lamentaciones. Pronto todos se dedicaron a aprender el lenguaje de signos. Unas veces los gestos no eran lo que tenían que ser; pero siempre, bien o mal, intentaban que fuera una tarea divertida.

Con el tiempo Violeta presumía de ser bilingüe: por un lado sabía hablar con las manos y por el otro con la boca. Eran idiomas diferentes pero ambos ricos en el milagro de la comunicación. Y cuando todo se hacía muy cuesta arriba contaba con el lenguaje universal del amor: las sonrisas, los abrazos, las miradas que derriten el corazón, el sentirse querida y capaz de todo.

Los ojos de Violeta eran negros y brillantes, su madre decía que tenían estrellas y que por eso brillaban tanto. Así debía de ser porque eran realmente mágicos. Con ellos escuchaba todo lo que pasaba alrededor, ayudando a desentrañar lo que muchas veces los sonidos le velaban. Si se fijaba bien, Violeta leía el alma de los que la rodeaban: sus mentiras, sus sueños, sus penas, sus intentos de aparentar lo que no eran. ¿Por qué los humanos solían decir una cosa y sentir otra distinta? Eso era un misterio que no conseguía resolver.

Con sus primeros audífonos el mundo sonoro fue un regalo que no se cansaba de explorar. Aunque les costaba entender el lenguaje oral, sus ojos mágicos le ayudaban en esta tarea. Era una niña feliz, agradecida a pesar de que el mundo estaba hecho para los oyentes, y de que en cada momento encontraba barreras que le dificultaban su aprendizaje y su vida diaria.

La pandemia hizo que este mundo construido con tanto esfuerzo se derrumbara como un castillo de naipes. De nada servían los ojos para ver el alma, de nada los gestos, ni las palabras que dibujaban los labios y que Violeta era tan capaz de entender. Las mascarillas lo tapaban todo y además las voces que tanto le costaba escuchar, le llegaban muy distorsionadas. Tampoco podía acercarse para oír mejor. Violeta se sentía aislada, iba a clase y no se enteraba de nada, no entendía ni a los profesores, ni a sus amigos. Comenzó a sentir una tristeza tremenda, tan grande y honda, que sus hermosos ojos de color negro dejaron de brillar.

Desde el colegio hicieron todo lo posible para que le asignaran un intérprete de signos, pero fue un intento vano. Los profesores se afanaban para ayudarla, pero ellos mismos se encontraban desbordados intentando que nadie tocara, abrazara o se acercara a otro… Con niños más distraídos que de costumbre, asustados, estresados…

Así el comienzo de un nuevo curso, no venía cargado de ilusiones para Violeta. Nadie sabe la impotencia que se siente cuando estando con tanta gente alrededor, las barreras te aíslan de todos, como si estuvieras solo en el mundo. Pasadas esas dos semanas iniciales en las que enfermó, llegó la hora para ella de incorporarse a las clases. Sus padres habían intentado animarla diciéndole que todo iba a estar mejor, pero ella había perdido toda esperanza.

Al llegar al colegio, le esperaba una gran sorpresa: todos, niños y profesores habían pintado en sus mascarillas una sonrisa; unas mejores que otras, pero todas dibujadas con la intención de que Violeta pudiera leer de nuevo el alma de la gente. Y conforme iba pasando entre ellos, sus manos la saludaban con el lenguaje de los signos, unas decían «¡hola!», otras «¡bienvenida». Además en su clase sus compañeros se habían esforzado mucho en mantenerse en silencio para que sus voces no silenciaran la de los maestros; y cuando alguien quería hablar levantaba la mano y se colocaba delante de Violeta para que ella pudiera escucharlo. La «Seño» escribía lo más importante en la pizarra…

Fueron muchas las pequeñas atenciones a lo largo de la jornada lectiva. Al volver a casa su desazón había desaparecido. El curso no sería sencillo pero con la ayuda de los demás sería mucho más fácil superarlo. Esa noche, como de costumbre, las estrellas volvieron a brillar en sus ojos.

Si estás leyendo esta historia, piensa que tú puedes ser la sonrisa pintada en la vida de quien pueda necesitarla.

(Fotografía de portada: Pixabay).

Publicado en A partir de 6 años

Fantita

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Mamá elefanta nunca olvidaría el día en que nació Fantita, fue un lluvioso 12 de enero, después de veintidós meses de larga espera. La alegría inicial pronto se tornó en preocupación, la pequeña tenía las dos patas delanteras torcidas, con la imposibilidad de apoyarlas en el suelo. Inmediatamente la llevaron al veterinario especialista en paquidermos, pero a pesar de los tratamientos y de la rehabilitación, el bebé no mostró ninguna mejoría por lo que las esperanzas de que un día pudiera caminar eran muy remotas.

A ella parecía darle igual, siempre miraba a su alrededor con ojos sonrientes, y se arrastraba velozmente detrás de los demás animales participando como uno más en los juegos. Así transcurrió casi un año, hasta que un día la tatarabuela Mina, que era una gran experta en arreglarlo todo, la aupó con su trompa en el aire, y sin saber como, Fantita equilibró sus cuatro patas en el suelo y pudo andar. A los pocos días corría tanto que ya nadie se acordaba de su discapacidad.

Los primeros años de su vida pasaron pronto, entre baños en la ciénaga y en el río. Y muchas regañinas para que no corriera, porque los elefantes aunque sean niños pesan mucho y su cuerpo se resiente, y muy a pesar suyo comenzó a comportarse como los demás esperaban que lo hiciera.

Cuando cumplió los cinco años se dispuso todo para que iniciara su aprendizaje en el colegio. Pronto destacó sobre los demás animales pues tenía una memoria prodigiosa. Era capaz de recitar de carrerilla toda la lista de los primeros habitantes de la selva, que ocupaba ni más ni menos que cuatro tomos.

Su maestra la chimpancé Rita, mandó llamar a sus padres para proponerles que apuntaran a Fantita a clases extraescolares de “Turbo-Memoria”. 

¡Qué contenta estaba mamá elefanta! Su hija  iba a continuar la tradición familiar de sabelotodo. Estaba tan feliz que se llegó a la sombrerería y le compró un birrete de empollona. 

Por el contrario que decepción se llevó Fantita. Ella esperaba que la hubiesen dejado escoger, por ejemplo ballet.

—¡Ballet!  —dijo la tía Gertru —, pero querida sobrina si pesas casi mil kilos, te romperás los colmillos.

La pequeña elefanta no estaba dispuesta a entrar en razón. Si no podía bailar pues se apuntaría a gimnasia rítmica.

—¡Imposible! — gritaron todos a la vez — . Los elefantes no podemos hacer nada que suponga un gran esfuerzo físico, pesamos demasiado, ¡acéptalo! 

Esa noche Fantita lloró por primera vez en su vida. Ella en realidad no quería bailar, ni ser gimnasta; su sueño era ser corredora, todas las noches soñaba con que se calzaba unas zapatillas de deporte  y corría junto al guepardo y la liebre. 

Los siguientes días hizo lo que le pedían, aprendió todas las listas de las flores, y las de los insectos; y miles y miles de datos que solo un cerebro privilegiado como el suyo era capaz de retener. Y mientras lo hacía miraba de reojillo a los animales que corrían en las pistas de atletismo.

Ocurrió que la tristeza que llevaba por dentro apagó su alegría, y poco a poco se convirtió en una elefanta callada y melancólica. Su mamá la llevó al médico. En la consulta le hicieron infinidad de preguntas y de pruebas. Dos semanas después el doctor Búho reunió a la familia para comunicarles el diagnóstico. Todos estaban preocupados, la pequeña había perdido mucho peso y se esperaban lo peor. 

El doctor les dijo que la paciente estaba sana. Inmediatamente se escuchó un murmullo de alivio. 

—Pero… — continuó— ,su alma  está enferma.

El silencio fue sepulcral. Nunca jamás a ningún elefante le había ocurrido algo así. El médico les aconsejó que la escucharan para conocer que le hacía tan desdichada. 

Así que esa noche hubo reunión familiar. Las tías, los primos, las abuelas, los padres y la tata formaron un corro alrededor de la elefantita. Y le pidieron que hablara. Ella miró uno a uno a los ojos de sus seres queridos, había tanto cariño en ellos que poco a poco se sintió confiada y les contó su deseo de correr. Esta vez nadie la interrumpió, y la escucharon con absoluta entrega. 

Ella a pesar de haber nacido con una discapacidad que le impedía andar, nunca se sintió limitada, pero las continuas advertencias sobre su tamaño, y la imposición de tener que comportarse según las costumbres de su especie, la habían enjaulado. Correr la hacia feliz, no deseaba ser la mejor en nada, solo disfrutar de su libertad.

Al día siguiente le regalaron unas deportivas rosas del número cien, y la apuntaron a carreras de medio fondo. Nunca ganó ninguna, ni falta que le hacía, ella era dichosa.

Si lees esta historia, recuerda que los límites solo existen en tu cabeza y en la de los demás. Vive siempre como si fueras a volar.

(Dedicado a Uma)