Publicado en A partir de 7 años

Las alas del príncipe Addlery.

Berry disfrutaba de un paseo por el cielo. Era la princesa del reino de las frambuesas, pero de vez en cuando montaba su Pegaso y volaban por los otros reinos, dejando detrás de ellos, una estela con los colores del arcoíris.

Llegaban a saludar a Dago, el dragón en el castillo de las hadas; después iban a las faldas del monte Dormilón, donde visitaban a Agatha la bruja, y comían galletas de chocolate, acompañadas con un té hecho con flores silvestres, patitas de araña y ojos de rana. De ahí, viajaban a la orilla de la isla, al barco de Peter el pirata, donde escuchaban alguna de sus aventuras de altamar.

Ese día, ya iban volando de regreso al reino de las frambuesas, y en medio del bosque, al lado de la meseta, escucharon un grito lejano que, cada vez, se acercaba más y más. La princesa volteó su mirada hacia arriba y vio que venía cayendo un joven grifo.

La criatura mitad águila y mitad león, pasó al lado de Berry.  La princesa no se lo pensó dos veces, rápido se hechó en picada tras él para rescatarlo. Tomó unas cuerdas mágicas y las lanzó a las garras del grifo. Él se sujetó muy fuerte. Poco a poco descendieron al pie de la meseta, hasta que tocaron el suelo.

—Gracias por ayudarme —dijo el grifo cuando recuperó el aliento.

—No es nada. Para eso estoy, para ayudar a todos cuando pueda —le contestó. — Tú, me pareces conocido. ¿Quién eres, joven grifo?

—Soy Addlery, el príncipe de los grifos.

—¡Ah! Pues claro, eres idéntico al rey Lowaddler, él es mi amigo. Yo soy Berry, la princesa del reino de las frambuesas.

—Mucho gusto Berry. Me encanta conocer gente nueva —dijo mientras se arreglaba el plumaje del pecho.

—El gusto es mío. Ahora tengo otra duda…

—Y ya se cual es: te preguntas cómo es posible que el hijo de Lowaddler no pueda volar. Pues te muestro… —Levantó sus alas para enseñárselas a la princesa. Ella vio que estaban muy pequeñas, con muy poco plumaje e incluso un tanto retorcidas. —Nací así, mis alas no son normales, no se desarrollaron bien. Mi padre pensó que con el tiempo tal vez se iban a enderezar, pero cada vez crecen más retorcidas y carecen de plumaje. Los demás grifos de mi edad, en lo alto de la meseta, se burlan de mi cuando mi padre no está.

—No te debiste lanzar desde esa altura hasta que no estuvieras seguro de poder volar.

—No salté. La verdad es que vi a los principiantes salir volando y los perseguí corriendo y dando brincos. Mi intención era llegar hasta la orilla de la meseta de los grifos, pero resbalé y nadie me vio caer… bueno, aparte de ti.

—Tienes muy buena suerte hoy.

—¿Con estas alas inútiles? ¿Crees que tengo suerte? —Agachó el pico, triste. Casi a punto de llorar.

—Pues sí. Por suerte pasaste a mi lado y te evité una caída mortal. Además, yo tengo la solución para eso que te molesta. Como ves, mi pony puede correr y volar, así como lo hacen los grifos. —Le dijo ella sonriendo.

—Todos menos yo —dijo, aun triste, pero esperanzado con lo que había dicho Berry.

—Por ahora. Vamos, trotemos hasta la casa de Agatha, mi amiga bruja. Ella tiene una escoba que vuela, y de seguro tiene un remedio para tus alas. Vamos Addlery, no es el fin del mundo.

Los dos emprendieron una carrera hasta que llegaron al monte Dormilón, a la casita de Agatha. Donde le explicaron la condición del príncipe.

—Claro, eso es fácil de hacer —dijo la bruja en cuanto les echó un vistazo a las alas del grifo. —Mi búho Xavi, nació con esa condición. Lo que hice, fue ir con los enanos de la montaña. Ellos son expertos en construir cosas de metal. Vayan con ellos, y pídanles unas alas de oro mágico. Van a querer un pago a cambio. Denles esta canasta con bizcochos de frutos rojos con pelos de gato blanco. Les van a encantar, los hice yo misma.

—Muchas gracias, Agatha. Eres la bruja mas buena que conozco.

—No es nada, tú has sido siempre tan amable, princesa Berry. —Le contestó sonriendo, y después mordió una manzana roja y jugosa de la que salió un gusanito. Después tomó el bicho y lo puso encima de una flor que estaba en el suelo.

Berry y Addlery se despidieron de la bruja, luego se pusieron en marcha hacia la montaña.

Los enanos siempre listos para trabajar, a cambio de bizcochos de Agatha, se pusieron manos a la obra muy rápido. Eran expertos en metales y piedras mágicas. Le entregaron de inmediato al joven grifo, unas alas doradas muy grandes, se ataban a su pecho con unos cinchos de vaquetas, muy resistentes. Las pequeñas plumas de metal eran tan livianas como las plumas reales, y en conjunto, el artilugio se veía espectacular, y sobre todo funcionaba increíble.

—Las alas irán creciendo, conforme el joven grifo las fuera necesitando.  Le incrustamos cinco piedras preciosas en línea, en la parte del centro. Una roja, una azul, una verde, una amarilla y un diamante. Son las que les dan el poder y la magia a las alas  —dijo Herman, el jefe de los enanos.

La princesa y el grifo le agradecieron. Luego empezaron a aletear con entusiasmo. Levantaron la polvareda y se elevaron en el cielo. El sol del atardecer hacía que las alas doradas brillaran esplendidas.

La meseta de los grifos era tan alta que, sobrepasaba las nubes. Hasta allá subieron los dos. Lowaddler, el rey de los grifos no podía creer lo majestuoso que se veía el príncipe Addlery, dando piruetas por los cielos. Contento aleteaba, haciendo un sonido metálico tan sutil, que lo hacía único y especial.

Los demás grifos jóvenes, invitaron a Addlery a pasear y a jugar carreras de velocidad. Admiraban las nuevas y hermosas alas de oro.

—Gracias Berry. Hiciste sonreír a mi hijo de nuevo. No hay manera de que te pueda recompensar lo que has hecho por él. —Le dijo el rey a su amiga de la infancia.

—Lowaddler, no tienes nada que agradecer. Lo importante es que el príncipe se sienta feliz, a pesar de que sus alas no sean de esas maravillosas plumas de grifo, como las tuyas —dijo Berry.

—Son mejores que las mías. Y por supuesto. Ahora Addlery es muy feliz —. Los dos amigos sonrieron.

Publicado en A partir de 7 años, Cuento

Un hechizo para Fausto el fauno.

Agatha era una bruja que siempre traía sus ropas desgarradas, porque se la pasaba escalando montañas, volando en su escoba a través del bosque, o explorando en las cuevas, aprendiendo cosas nuevas.

Conocía muchos hechizos, pócimas y recetas para casi cualquier cosa. Todo lo apuntaba en diferentes libros. Tenia muchos. Ella misma los había escrito con sus descubrimientos.

Un día Fausto el Fauno fue a visitarla, pues necesitaba un remedio para espantar a un feroz grupo de eleonques que comenzaban a llegar al noreste del bosque. Los eleonques eran unas sombras gigantescas de humo con forma de leones con alas de murciélago. Y se aparecían para hacerle daño a los animales, plantas y seres que viven felices en la naturaleza.

La bruja sabía exactamente el hechizo que necesitaba Fausto el Fauno. Buscó y rebuscó entre los libros, pero tenia un desorden por toda la casa y no encontraba por ningún lado, la receta exacta. Y es conocido, que la magia funciona solo si se sigue al pie de la letra el hechizo.

Fausto empezaba a perder la paciencia, pues era de extrema urgencia ir a defender el bosque de los eleonques.

—¡Lo tengo! —Gritó la joven bruja, desde atrás de una pila de libros. —Necesitamos algunas plantas secas, unos minerales, sal de mar, pelos de un gato blanco, espinas verdes de un rosazul, un pétalo de girasol y una esmeralda marítima. Tengo todo, menos la esmeralda.

El fauno se preocupó:

—¿Es muy difícil de conseguir, Agatha? —preguntó con su voz que siempre sonaba apaciguante.  A pesar de estar intranquilo.

—No mucho. Solo hay que tomar una de las esmeraldas que están en el túnel que va desde la selva hasta el mar. Puedes pedirle de favor a las tortugas que vayan al fondo y te den una.

—No me tardo —dijo Fausto el fauno, cerró los ojos, caminó y luego se desapareció, atravesando los maderos de la puerta.

Agatha, se quedó a releer el hechizo y a hacer un polvo mágico con todos los ingredientes que, vació en una pequeña caldera, en medio de un desastre de casa con libros regados por todos lados.

A los diez minutos, regresó Fausto el fauno, traía con él, en su peluda mano, una esmeralda marítima que aun estaba mojada.

—Aquí tienes Agatha.

—Gracias. —Le contestó la bruja. Tomó la piedra y la coloco en un pequeño costalito, donde tenía el resto de los ingredientes.

—Disculpa Fausto, ¿Qué luna habrá esta noche? ¿Es gibosa menguante, cierto?

—Así es.

—Bien, bien, quería estar segura. —Contestó sonriente, como siempre, y continuó trabajando en el costalito mágico. —Estas son las instrucciones: Cuando la luna este en cuarto menguante, entierra la esmeralda debajo del árbol mas grande que veas en el bosque y recita el hechizo.

.

Una esmeralda desde el mar,

Para combatir el mal,

Los eleonques se tienen que marchar.

.

La luna está a la mitad,

Pero tienes la fuerza del sol,

para contraatacar.

.

Árbol gigante,

Que solo conoces bondad,

Elimina la amenaza de todo este lugar.

.

—¿Es todo? —Preguntó Fausto el fauno

—Sí, ya sabes cómo funciona la magia. —Le contestó y le guiñó un ojo.

El fauno hizo una reverencia, se giró y desapareció de nuevo. Se fue al bosque a esperar que la luna menguara un poquito más. En las alturas del cielo se escuchaban unos aullidos espantosos. Eran los eleonques volando por las copas de los árboles, intentando comerse a los búhos, las ardillas y los venados que andaban cerca. Los animalitos corrían en todas direcciones y se escondían.

Al fin se llegó el momento, el fauno enterró la esmeralda marítima y recitó el hechizo. Los eleonques dieron un chillido que provocaba miedo.

Luego, se escucharon truenos de relámpagos en el cielo. Era como si cayera una tormenta, pero sin una gota de agua. Después, el sonido se fue yendo de a poco hasta desaparecer en las lejanías del bosque.

Cinco días después de que el Fauno espantara a los eleonques, se apareció en la puerta de Agatha.

—Hola Fausto. ¿Cómo te fue en la batalla?

—Fue sencillo, esas sombras de terror no se volverán a acercar pronto. Y, por cierto, vengo a agradecerte. —El ser del bosque, abrió espacio sobre la mesa y dejó caer sobre ella, un libro pequeño y una vara de madera adornada con piedras preciosas.

—¿Qué es eso? —Preguntó Agatha, sospechándose la respuesta.

—Es un regalo que te hice con ayuda de las hadas

—¡No lo puedo creer! ¡Es un libro hecho por hadas! —Gritó emocionada, tomando el libro en las manos.

—Sí. Y la varita la hice yo, con ayuda de algunos animales que me trajeron piedras, tiene una esmeralda marítima también. —La bruja tomó la varita y comenzó a hacer magia con ella. —¿Entonces ya sabes para que es el libro y la varita?

—Claro, siempre desee tener un libro mágico hecho por las hadas. Ahora puedo, con la varita de piedras, organizar todas mis recetas, todos los hechizos, las pócimas, los cuentos y todo, dentro de un solo libro infinito, que jamás se va a llenar.

—Así es. En sus páginas aparecerán solo las recetas que necesites.

—Pues lo que necesitamos por ahora, es beber un té de pétalos de solilaris y galletas de nuez, para celebrar —dijo Agatha, y por fin, le sacó una sonrisa, después de mucho tiempo, a Fausto el fauno.

Publicado en A partir de 8 años, Cuento

¿Qué le pasa a Dago el dragón?

La bruja Agatha y Peter, el pirata, apagaron la fogata y tomaron su equipaje, pues emprenderían un viaje. Iban al reino de las Frambuesas, para visitar a Berry la princesa.

Al encontrarse con su amiga se dieron un abrazo. Ella puso té y galletas de fresa en la mesa. Berry notó, en el rostro de sus amigos, algo que parecía tristeza.

—Amigos míos, pienso y pienso, y se me quiebra la cabeza. Quiero entender cual sentimiento es el que los apresa. —les dijo Berry

Y Peter le contestó:

—Perdónanos querida princesa. Eso que ves en nosotros, se llama preocupación. Y sentimos eso por nuestro amigo Dago, el dragón.

—Si, es verdad. Se está portando un tanto extraño. Y tenemos miedo de que se haya hecho daño. Tal vez se ha comido una planta con la que hago mis brebajes mágicos para la garganta; pues se pasa el día canta que canta —añadió la bruja Agatha.

—Yo lo he visto en solitario, recitar poemas que escribe en un diario. En las noches sonríe, y suspira tan fuerte, que en la aldea tiembla hasta el hombre más temerario. —dijo Peter.

La princesa Berry caminaba de un lado a otro escuchando a sus amigos y tratando de pensar en lo que podía pasarle al dragón Dago. ¡De pronto, una idea vino a su cabeza!

—Ahora que me lo dicen, ¡ya me ha quedado claro! Y creo saber lo que a Dago le ha pasado. Eso no es una intoxicación por haber tomado un brebaje. ¡Solo le ha picado el mosquito del amor! —Explicó Berry con sabiduría.

—Pues eso no lo habíamos pensado —dijo Peter muy sorprendido— . Ahora que lo mencionas, ni Agatha ni yo, hemos visto en el bosque, ni en los mares, ni en los cielos, o en algún otro lado, a una dragona de la que Dago pudiera estar ilusionado.

—Ya no estén preocupados. Voy a volar en mi Pegaso morado, para buscar a nuestro amigo enamorado. Ya verán que se encuentra bien. Esperen aquí, comiendo galletas y jalea. Los animalitos del reino de las frambuesas, los tendrán bien acompañados, solo cuídense del búho gris, que por las tardes es muy malhumorado.

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El corcel alado, con la brida y la silla plateada, elevó a la princesa por los cielos, la llevó hasta el otro lado, de la montaña olvidada.

Llegó la noche y tres lunas enormes brillaban. En la torre del Castillo de las Hadas, Dago las admiraba.

—Hola amigo dragón —anunció Berry cuando a su lado llegó —¿Cómo se encuentra tu alma y tu corazón?

—Hola hermosa princesa, has de saber que me encuentro de lo mejor. ¿Qué te trae por estos parajes? ¿Buscas magia de las hadas?; ¿o perfumes de las flores raras, que hay en este bosque de la Montaña Olvidada? —preguntaba, contento de tener una amiga a su lado.

—Ni los perfumes, ni la magia; eres tu quien me trae por acá. Pues Peter y Agatha, quieren saber que estas bien, y quieren también conocer, a la dragona que tiene tu pensamiento ocupado. ¿O me vas a decir, que acaso no estas enamorado?

Dago el dragón se echó a reír a carcajadas, pues se alegraba oír de sus amigos  sus ideas alocadas.

—Pues no te voy a mentir, sí, estoy enamorado. Ahora que estas a mi lado, te lo voy a decir. —Dago tomó a Berry del hombro y le señaló el cielo estrellado, a donde estaban las tres lunas para que las observara. —Son esos tres astros gigantes las que mantienen mi corazón palpitante. Y es ese bosque encantado, el que me tiene fascinado. Las voces de los gnomos se juntan en un canto, y los acompaña la flauta del fauno, y en conjunto alegran a los animales y las plantas. Una vez cada año, alumbran las tres lunas con esa luz blanca, y las luciérnagas bailan, en honor a las estrellas que faltan.   

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Vivo enamorado de esta noche, con el sonido del fuego de mi garganta, me uno a la canción que todo el bosque encantado canta. Cualquier hombre de la aldea se espanta, por eso me alegra un montón, que mi amiga Berry se una a esta celebración.

Berry y Dago, volaron rápido hasta el reino de las Frambuesas, donde a la mesa,  Peter y Agatha tomaban té y comían galletas. Los levantaron por sorpresa, y los llevaron de regreso, a donde estaba la enorme fiesta. Allá los cuatro amigos, encendieron una fogata al lado de los seres del bosque; disfrutaron de la música y la danza. Y lo mejor de todo, es que Peter y Agatha entendieron, que su amigo se podía enamorar, de las lunas y de una noche especial, que se celebraba en ese lugar.

Publicado en A partir de 7 años

Berry, la princesa del reino de las frambuesas.

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En la isla que se llama Monte Dormilón. Viven 3 amigos que son, uno pirata, una bruja y uno dragón. El primero tenía una pierna de palo, la otra un vestido enmugrentado y el ultimo no vestía pantalón.

Un día llegó al Monte Dormilón, un mensajero montado en un muflón. Traía una invitación para el pirata, la bruja y el dragón.  Esa misma tarde sería la celebración, por el cumpleaños del rey, de quien se murmura que es muy gordinflón.

El barco del pirata, las aguas surcaban, y por los cielos, los otros dos volaban. Una en su escoba y otro con sus alas se impulsaba. Iban a la fiesta del rey, a pasar una buena tardeada.

El rey Elefante, vestía un traje muy elegante. Igual que los príncipes antílopes y los caballerosos caballos. Había osos con sus pelajes hermosos, y papagayos con sus primorosos plumajes.

Tan bonito vestían todos, que sintieron tristeza en el corazón, el pirata, la bruja y el dragón, pues sus ropajes no eran de sastre, mas bien, era un desastre.

Al festejo arribó un carruaje demorado, donde viajaba, la princesa Berry, desde el reino de las frambuesas, vistiendo su vestido morado.

—¿Qué razón aflige el corazón, de un pirata, una bruja y un dragón? —la princesa preguntó. Y el pirata le contestó:

—Argg! Mira nuestras ropas y nuestras pieles. Están sucias y andrajosas. Y de entre todos los invitados, nos sentimos incomodados, preferimos irnos a otro lado, y despedirnos de esta fiesta maravillosa.

—No digas cosas insensatas, amigo pirata. No existe un vestido de etiqueta, pues todos los presentes, se distinguen por ser diferentes. Unos tienen colmillos y otros dientes, unos tienen plumas y otros, pelajes encima de sus pieles. El único sombrero pirata de la fiesta, tu lo tienes. Yo soy quien soy, y tu eres quien eres. Aunque, si lo prefieres, préstame tu sombrero y así seremos dos piratas y amigos fieles. Y podemos también, entre los dos, hornear pasteles.

Berry la princesa del reino de las frambuesas, organizó a toda la audiencia, para hacer pasteles y galletas. Con el sombrero del pirata en la cabeza, les sacó a los tres amigos, una enorme sonrisa.

Entre hoyas, harina y ceniza, los invitados se ensuciaron de rabo a cabeza.

Todos ayudaron a hornear los postres, y compartieron juntos, su felicidad en la mesa. Nació una fuerte amistad, entre el pirata, la bruja, el dragón y Berry, la princesa…y pastelera del reino de las frambuesas.