Publicado en A partir de 8 años, Cuento

TONY, DROGO Y TANGO, MARÍA JOSÉ VICENTE RODRÍGUEZ

TONY, DROGO Y TANGO

Soy Tony, un ratón de campo que vive en una ciudad y tengo dos mejores amigos: Drogo y Tango. Somos inseparables desde casi, ¡toda la vida! Drogo es un pastor alemán, un perro muy fuerte y siempre nos defiende. Tango es un gato bengalí muy listo, rápido y muy cariñoso conmigo, con Drogo no se lleva muy bien. Pero lo importante es que, procuramos estar todo el día juntos, al menos de eso se encarga Drogo, que, muchas veces, me sube a su lomo como si yo fuera Don Quijote y él mi caballo Rocinante.

Pasamos horas y horas jugando: las aventuras de persecuciones son las que más le gustan a Tango, le encanta que yo corra y él trata de cazarme. A veces es tan cariñoso y me estruja tanto que cualquiera diría que quiere comerme, pero es mi amigo. A Drago, le gusta correr grandes distancias y prefiere el escondite, donde trata de que el gato no nos encuentre. A veces, este juego dura varios días, pero Tango es tan listo que siempre nos encuentra.

Una noche, decidimos ir a cenar a un italiano, es la comida que más nos gusta, menos a Tango. Drogo estaba cansado de comer esa semana tanto pescado, así que propuso ir a comer a la Casa Toscana. Allí el chef nos trata como a señores y nos guarda los mejores restos de sus clientes. Cuando vamos puedo degustar diferentes quesos, el que más me gusta es el gorgonzola, pero el que más ponen en las pizzas es la mozzarella. A Drogo lo que más le agrada son los canelones o la lasaña. Tango, tenía las esperanzas puestas en unas buenas raspas, poco limpias, de besugo.

—Hacía algunas semanas que no veníamos aquí, ya echaba de menos un buen trozo de pollo a la milanesa —comentó Drogo relamiéndose el hocico y bajando la comida con un poco de agua.

—¿Por qué los niños dejarán un olor especial en la comida? Mirad —separé dos trozos de pizzas— este trozo, que no tiene el borde, tiene olor a fresa. ¿Por qué los niños comen el borde y los adultos no?

               Tango se acercó sin hacer ruido y olisqueó el trozo que le señalé.

—Tiene trozos de gelatina de fresa, atontao. Los mayores no se piden eso —Tango me puso una pata encima hundiendo mi cabeza en la comida, era muy bromista. Sin embargo, Drogo se puso en alerta y le gruñó. —¿A ti que te pasa, perro?

—¡Suéltalo! ¡Ya! —Drogo tensó su cuerpo preparado para abalanzarse sobre el gato.

—¡Estás celoso, Drogo! —me reía con mi risa chillona ratonil— Tony, dale mimitos también a Drogo, por favor. —Allí seguía yo, con la cabeza aplastada sobre la mozzarella mientras el gato me lamía y se relamía, sin darme cuenta.

—Parece que tienes ganas de jugar conmigo esta noche, Tango. No me provoques. —El perro empujó al gato. Este cayó sobre sus patas con suavidad y su cuerpo se erizó.

—¡Venga vamos a jugar! Hoy solo hemos dormido y hace mucho tiempo que no jugamos al pillar. Venga Tony, te doy ventaja, te cuento hasta cinco esta vez. —El gato me daba con la pata animándome a correr, su cara estaba muy extraña, me miraba con hambre, pero era mi amigo y solo quería jugar. Mientras se relamía, miraba de forma provocativa a Drogo.

—No le hagas caso y súbete a mi lomo Tony, ya hemos comido hoy bastante, mañana será otro día. —Drogo me extendió la pata para que me subiera.

—Pero quiero jugar al pilla- pilla con Tony —le dije.

—¡No! Vamos a jugar al escondite. Primero escóndete tú y yo me la quedo con el gato. —Drogo no quitaba ojo al felino.

Cuando corrí para esconderme, no pude ver todo lo que sucedió: el gato dio un brinco dispuesto a cazarme. Drogo lo alcanzó abalanzándose sobre él. Le dio tal golpe, que impactó sobre la pared. Yo, con mis patitas cortas de ratoncillo, corría y corría, buscando un lugar donde ocultarme, sin enterarme de la lucha entre mis amigos, y me agazapé en una alcantarilla a la espera.

La lucha entre Drogo y Tango se alargó más de la cuenta y me quedé dormido de tanto esperar.

Llegando el alba, Drogo me encontró dormido, me cogió entre sus patas con delicadeza y me situó en su lomo. El perro, cojeando y maltrecho y yo, fuimos en busca de otra biblioteca.

—Estás herido, Drogo, ¿qué ha pasado? ¿Y Tango?

—Unos vagabundos nos quisieron arrebatar nuestra comida, ya sabes que no me gusta que eso pase, me pongo hecho una furia, y nos pegaron a los dos. Cuando ya se fueron, Tango me dijo que te buscara y nos escondiéramos. Nos dará de ventaja hasta esta noche. Ya era necesario buscar además otra biblioteca. Quizás en un pueblo lejano.—No sabía que me estaba mintiendo.

—Pero entonces Tango no nos encontrará.

—Quizás no lo veamos más, quien sabe.

Autora: María José Vicente Rodríguez

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

EL HADA CLARA, MARÍA JOSÉ VICENTE RODRÍGUEZ

EL HADA CLARA

El hada Clara murió y debía comenzar el ritual de enterramiento. Su casa árbol tendría que ser cerrada y sus pertenencias repartidas. Sería enterrada junto a su casa para que su espíritu impregnara cada gota de savia del árbol. La magia fluiría por el tronco, por cada rama, por cada hoja y cada semilla. Resurgirían nuevos retoños que ayudarían a seguir creciendo al Bosque Mágico. Un aura mágica fluía por toda la arboleda ya que las sangres de las hadas centenarias corrían por sus entrañas. Cada vez que un hada moría, y la enterraban junto a su árbol, la magia del bosque se renovaba.

               Cada posesión que Clara tenía, debía ser repartida, salvo sus tesoros prodigiosos. Estos objetos serían los que elegirían a su siguiente portadora.

               A la tercera noche, después de ser enterrada Clara y para comenzar el ritual de desprendimiento se situaron alrededor de su árbol, sus cuatro objetos mágicos: una vasija transparente con la base de plata que, aun siendo traslúcida, reflejaban todos los colores del arcoíris; una tela de seda azul celeste, que brillaba entre un gran lazo rojo que lo sostenía; también había un espejo de mano, tallado con filigranas en una madera de roble.  Y aún quedaba el que era el más valioso de todos para Clara: una hermosa pluma de pavo real púrpura, que se balanceaba con la suave brisa sobre un jarrón, su gran ojo central violeta observaba desde todos los ángulos.

 Muchas luciérnagas ambientaban el lugar y danzaban sobre cada maravillosa pieza, con un baile como si de un cortejo se tratara. Mientras, las hadas revoloteaban en torno al árbol de la anciana, marcando con cánticos el ritual establecido, luego se posaban con delicadeza, tomando asiento, sobre mullidas hojas.

Cuando las últimas notas musicales dejaron de sonar, el espejo iluminó toda la arboleda deslumbrándolos a todos, luego, reflejó en su cristal el rostro del nuevo amigo elegido, Dimas. El carácter de este muchacho era muy parecido a la anciana Clara, muy sociable, alegre y entregado a su pasión por las plantas y a la curación, como la anciana.

El lazo rojo que envolvía la seda se abrió dejando en libertad la tela, su vaporosidad hizo que una corriente de aire la elevara haciendo divertidas cabriolas, fue pasando por cada miembro del lugar hasta que, con mucha sutileza formó un vestido para Alba, un hada anciana, encantadora y muy vivaracha, gran amiga de Clara.

Nadie se dio cuenta que cuando la seda bailaba para todos, para hacer su elección, el jarrón había perdido su pluma de pavo real púrpura. Ésta, observaba muy por encima de la casa árbol de Clara, ¿a quién elegiría? No estaba muy segura, pero mientras se decidía, la vasija comenzó a girar sobre sí misma, giraba y giraba. Ascendió y giraba y giraba. Paró y vertió sobre Coral, un chirimiri de purpurina. Ya había escogido a su nueva guardiana, un hada de edad mediana, tímida, sentimental y, sobre todo, como su anterior protectora, soñadora. En ese instante, la pluma se fijó en alguien que sobresalía de todos los demás, se posó en la cabeza del hada más pequeña del lugar, Ian, se situó luego frente a sus ojos penetrando en la mirada del niño y comprobó que en un futuro aquella persona tendría los rasgos que necesitaba para que la cuidara, pero no estaba segura del todo. Se posaba en diferentes partes del niño, se alejaba para ver desde la distancia….

Finalmente, se volvió a elevar y a observar por encima de la casa del árbol. Tomó su decisión, aún no había nadie que hubiera nacido para portarlo. Cayó en picado y se hundió en la tierra donde yacía Clara.

Autora: María José Vicente Rodríguez

Publicado en A partir de 6 años

Jugando con las nubes

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Jugando con las nubes

Los fantasmas ya no se dedicaban a asustar a los humanos, aunque aún quedaba algún que otro que lo hacía con esos sonidos —¡Uuuuh!—  y que tanta risa daba al resto de ellos. Arrastraban cadenas con bolas pesadas y ruidosas y modificaban los sustos, pero no servían de mucho.

Clara era una fantasma joven, cansada de dormir durante el día y hacer vida al anochecer. Quería ver la luz del sol ya que jamás la había visto.

Una noche, decidió que, al día siguiente, se despertaría unas horas antes. Todos dormían cuando salió de casa, estaba desierto, pero hermoso. Salió de la ciudad y llegó a un campo cercano.

A lo lejos, alguien se acercaba. En la escuela había visto imágenes de humanos y aquel se le parecía salvo que su color era verdi-morado y caminaba un poco patizambo.

—¡Hola, soy Clara! ¿Tú quién eres? —Preguntó la fantasma deseando hacer nuevos amigos.

—¡Hola, voz! Digo voz porque no te veo —le respondió el chico mirando para todos los lados.

—¡Ah! Espera, a ver si en un lugar más sombrío puedes verme, soy fantasma. Voy a hacerme más espesa y seguro que me verás. —Clara cogió aire, se tapó la nariz y para hacerse espesa apretó tanto, tanto, tanto que un pedete se escapó.

—¡Ja,ja,ja,ja, ahora te veo! Eres clara, como tu nombre. No te preocupes por el pedo, ha sido divertido. Yo soy Hugo, un zombi divertido, ya lo verás.

Hugo le explico que Zombiland era su ciudad y estaba muy cerca, al igual que la de los fantasmas. Los zombis también descansaban por la mañana y estaban despiertos por la noche. Él llevaba algún tiempo disfrutando del día, al menos parte de él pues también tenía que estar con su familia y dormir.

—Clara, ¿nunca has visto la naturaleza? —Le preguntó el joven zombi dirigiéndose hacia un montón de flores.

—Nunca de día. Todo lo que he visto es oscuro.

Era primavera así que pudo enseñarle las amapolas rojas que estaban por todas partes y se acercaron a las margaritas.

—¿Quieres que juguemos con las margaritas? Tienes que hacer una pregunta y la flor te contestará: si o no.—Hugo cortó por el tallo una de ellas.

 —¿Flor, voy a salir todos los días por la tarde a jugar? —Clara estaba emocionada preguntando a la margarita.

Hugo fue quitando pétalo por pétalo a la flor y cuando le quedaban tres:

—Si, no, ¡Siiiii!, entonces podremos estar juntos al atardecer. Yo te enseñare juegos y tú a mí.

Clara parecía que estaba en otro mundo.

—Hugo ¿esos pájaros que vuelan tan raro que hay allí, de qué clase son? —preguntó muy extrañada.

—¡Ja,ja,ja!¡No son pájaros, son mariposas! —se acercaron a ellas, y con la risa, Hugo tropezó con una piedra.

Clara fue muy rápido a ayudar a su amigo para cogerlo y …—¡Cataplum! —El pobre cayó de bruces al suelo; al ser una fantasma no podía coger nada.

—Tienes que mirar las formas de las nubes y decir qué dibujo puede ser, luego intentamos hacer una historia con lo que vemos —señaló Hugo hacia el cielo.

—Yo veo allí una oveja blanca, muy suave y mullidita.

A pesar del golpe los dos se reían en el suelo. Allí tumbados, el zombi le explicó un nuevo juego: “El Juego de la Nubes”. El cielo estaba despejado pero habían unas pocas nubes, así que podían jugar súper bien.

—¡Es verdad! Y ves, una bufanda un poco más lejos, es muy larga y también muy blandita —dijo con esa voz profunda de los zombis.

—¡Mira, más allá hay un sombrero de copa!

—Pues ya tenemos el inicio de la historia: érase una vez una oveja con una bufanda en su cuello y un sombrero de copa de alpargata. —Hugo estaba muy orgulloso de su inicio.

 —Pero el sombrero de copa va en la cabeza, no en los pies. Podría ser: érase una vez un sombrero de copa pegado por una bufanda a una oveja blanca.

Los dos principios de la historia eran muy chulos, pero un sonido de campana los interrumpió.

—Bueno Clara, tengo que volver a Zombiland, esa campana nos da el primer aviso para levantarnos, si llego tarde me castigarán. ¿Qué te parece si nos vemos mañana a la misma hora y seguimos jugando?

—Me ha encantado conocerte Hugo, aquí te veré mañana —dijo Clara contenta.

Los dos marcharon a sus casas felices por haber encontrado cada uno a alguien diferente con quien compartir sus nuevas vidas.          

Autora: María José Vicente Rodríguez

Dibujos realizados por Sara Marín Pérez. (IES Turóbriga. Aroche. Huelva.)   

                           

Publicado en A partir de 7 años

La mosca dulzona

¡Cómo me gusta el dulce! No lo puedo evitar

Otras preferirían la mierda, les atrae más su olor,

pero yo, si puedo las trato de esquivar.

Soy una mosca de costumbres,

y , como a mi familia,

el dulce nos hacer apasionar,

a las pastelerías, amar.

Porque en ella nacimos

y también crecimos.

¡Donde se ponga el aroma

de un buen bizcocho de naranjas!

que se dejen las mierdas aplastadas

por muy calentitas y aromatizadas.

Publicado en A partir de 7 años

Aprendiz de bruja

“Requisito indispensable: noche de luna llena”. En el libro no se especificaba la época del año, así que allí me encontraba leyendo en voz alta delante de mi caldero viejo y muy usado que había pertenecido a mi abuela. Ya tenía preparados todos los ingredientes y estaba dispuesta a elaborar mi hechizo.

            “Conjuro de letras, conjuro de palabras, unas briznas de sueño de la maldad y el cuento saldrá”. Las briznas de sueño fueron difíciles de extraer de mi mente y más aún evitar que se volatilizaran. Después  terminé de incluir el resto de ingredientes.

            “Verter la mezcla cuidadosamente sobre un papiro”. Utilicé papiros blancos y lo fui esparciendo poco a poco.

            “Dejar reposar una hora bajo la luz de la luna y el cuento maligno aparecerá, si quieres verlo en otras ocasiones lo tendrás que copiar, o si eres capaz, un contra hechizo realizar, pues una vez los rayos lunares desaparezcan las palabras se ocultarán; bajo la misma mirada de la luna se activarán”.

            Cuando la luz de la luna llegó a las páginas empezaron a brillar y aparecieron palabras, frases… Con muy buena letra, porque la bruja Lola Literaria del taller de escritura, era muy quisquillosa y antes que despareciera el escrito, me apresuré a copiar:

  Era una tarde muy oscura y húmeda de Halloween,  había estado lloviendo todo el día pero el tiempo estaba dando una tregua al acercarse la noche.

  Ben, junto con su pandilla, chicos y chicas de trece años con las caras irreconocibles entre el acné y los maquillajes diabólicos,  habían salido de Truco o Trato por un barrio donde nunca antes habían estado. Cada uno iba como quería; él iba disfrazado de Elliot y E.T. el extraterrestre en el cesto de la bici de su hermana. Después de unas horas de inflarse de chuches le entró ganas de ir al baño y cuando terminó no encontró a sus amigos, no se habían dado cuenta de que él se había ausentado.

  Se encontraba perdido en unas calles extrañas de Vantown montado en la bicicleta tuneada de su hermana y dando tumbos de un lugar  a otro hasta que llegó a un sendero.

  Una niebla densa lo cubrió todo, no veía más allá de su nariz y estaba cagadito de miedo, tropezó con algo.

  —¡Ahh! ¡Cuidado, mira por donde pisas! —le contestó aquello con lo que había chocado.

  —Perdone, no veo nada de nada —se disculpó Ben.

  —No es habitual ver gente por aquí ¿qué haces?

  —Salí con mis amigos de Truco o Trato  y he llegado aquí porque me he perdido.

    —Ya me extrañaba a mí. Te conduciré a la casa y a ver qué dicen los señores de estas tierras.

  —Pero no te veo. —Ben extendió los brazos por delante y hacia los lados por donde le llegaba la voz intentando tocar a la persona.

  —Espera, me encenderé.

  Ben no cabía en su asombro, en ese momento apareció delante de él una gigantesca calabaza como las que se ven en  Halloween con los ojos y la boca siniestros y totalmente encendida. Pero mayor fue su fascinación cuando del suelo salieron dos raíces que hacían las veces de piernas y otras dos que eran sus brazos. Del susto que se llevó se cayó de culo al suelo, la calabaza se moría de la risa y le tendió una mano para ayudarle a levantarse. Su tacto era como si cogiera una zanahoria muy nudosa, fría, húmeda y terrosa.

  —¡Vamos chico! No te asustes. Mi nombre es Cob, soy el guardián de esta finca, vamos a ir hacia la casa, hay un largo camino que recorrer.

  Ben se presentó y por el camino Cob le explicó lo difícil que era llegar allí y que quizás algunos de los últimos visitantes habían dejado el portal abierto.

  Conforme iban avanzando la niebla desaparecía al igual que la oscuridad de la tarde. Aún quedaba una hora y media para el anochecer y el chaval se maravilló   ante lo que tenía delante de sus ojos, se los frotó porque no podía creer lo que veía: todo era luminoso;  los colores de plantas, árboles, animales… eran brillantes, llenos de alegría y desprendían unas sensaciones fantásticas que hicieron que sus miedos desaparecieran y despertaron una gran sonrisa.

  Mientras Ben arrastraba su bici siguiendo a Cob, de repente este paró en seco y le preguntó:

    —¿Puedo  espolvorear tu bici con la tierra del camino? Será más cómodo para ti porque nos seguirá y no tendrás que empujarla más. —El niño con los ojos como platos y la boca tan abierta que le llegaba al pecho, movió la cabeza asintiendo.

  Cob cogió un puñado de tierra del suelo, la frotó en sus manos nudosas y la sopló por toda la bici, dio un paso atrás cuando el manillar comenzó a bostezar, se apoyó en la rueda trasera, se desperezó con los pedales y saludó amablemente con una leve reverencia y sonrió. Los siguió sin decir una palabra. Ben alucinaba.

  Un poco más adelante llegaron a una explanada junto a un bosque.

  —¡Anda, ya ha empezado el torneo! —dijo Cob señalando hacia allí. Se veía un gigante y hermoso árbol florecido que desprendía un estupendo olor. Sobre su tronco estaban apoyadas cientos de escobas, otras volaban  sobre el llano y vitoreaban a las que realizaban una lucha muy marcial y organizada.

  Del otro lado de la pradera, del bosque, les llegó una música. Se acercaron y permanecieron detrás de unos matorrales.

  —No podemos acercarnos más —le explicó Cob— este es el reservado para el aquelarre de magos y brujas que se congregan todos los años y vienen de todo el mundo. En cuanto caiga la noche comenzarán con sus rituales, Halloween es muy importante para ellos. Las escobas que has visto son suyas.

  —Cob, ¿porqué unas están quietas en el árbol y otras no?

  —Algunas están descansado y reponiendo fuerzas porque vienen desde muy lejos y otras no tienen vida. —Ben hizo un gesto preguntándole con las manos. —Los magos y brujas eligen la madera para su elaboración y de ahí que puedan tener vida o no; normalmente las maderas de estas tierras dan vida, salvo casos excepcionales y esto mismo ocurre en determinados lugares  del mundo dotados de magia. No son muy frecuentes. Bueno pongámonos de nuevo en marcha porque sino se hará demasiado tarde para ti.

  Tras una larga caminata y sin parar de ver cosas asombrosas, llegaron a una gran mansión. Nada más llegar  la puerta se abrió y aparecieron  ante ellos una pareja, ambos  muy hermosos y con ropas muy coloridas y extravagantes. Eran los dueños del lugar. Tanto el hombre como la mujer tenían una larga cabellera que le arrastraba por el suelo; él era pelirrojo y la señora tenía el pelo multicolor: mechones verdes, rosas, rojos, naranjas y blancos. Sin embargo la cara de ambos era muy pálida y tenían unas ojeras que envolvían los ojos en un aura muy oscura.

  Menudo brinco dio Ben ocultándose tras  Cob cuando  al hablar y darle la mano para saludarle se dio cuenta que el tamaño de los colmillos no eran los habituales.

  —No tengas miedo no te harán daño —le tranquilizó Cob y le cogió de la mano. —Señores este chico es Ben, se perdió y ha llegado hasta aquí.

  —Ben nuestros gustos son diferentes al resto de vampiros, lo creas o no somos vegetarianos y nuestros amigos mágicos se encargan de hacer con sus conjuros que los alimentos que tomamos sean nutritivos para nosotros. —La hermosa dama le habló con mucha dulzura mientras su compañero le sonreía y asentía.

  —¿Pero se comen a vegetales como Cob? —Todos se carcajearon  ante la ocurrencia de Ben.

  —Por supuesto que no, hijo —respondió el hombre.

  —Ya has visto en el gran árbol como había escobas que tenían vida y otras que no, pues entre los vegetales pasa lo mismo, depende de donde sean cultivadas se humanizan o no. Los señores tienen un vivero en lo alto de la casa donde se abastecen de lo que necesitan —aclaró Cob con tranquilidad.

  —Hablando de comida me ha entrado mucha hambre, pasemos al salón y cenemos, imagino que estarás hambriento Ben. En cuanto comas te llevaremos a  tu casa, no te preocupes. Cob acompáñanos nos han traído agua de la Rivera Lux —les dijo la dama, mientras la calabaza se relamía.

  Entraron en un salón donde todo estaba dispuesto, la mesa era un festín de tonalidades y los aromas que desprendían eran de lo más apetitoso, había jugos de gran variedad de frutas que Ben pudo disfrutar. Cob se deleitó una barbaridad con las variedades de aguas.

  Tras acabar la cena tenían dispuesto un coche grande con los cristales tintados esperando en la puerta, metieron en el maletero la bicicleta y el señor condujo hasta cerca de la casa de Ben.

  —Querido Ben, ha sido un placer conocerte, esperamos que tengas una vida llena de salud y felicidad, confiamos en que así sea. —La señora se despidió del pequeño.

  — Ya no volveremos a verte, hubo un fallo de seguridad en el portal de entrada que ya ha sido subsanado y ningún humano podrá entrar de nuevo Ben. Me ha encantado pasar la tarde contigo, eres un chico fantástico. —Cob le dio un gran abrazo a Ben dentro del amplio coche.

  El señor sacó la bici, se despidió del niño con amabilidad, subió al coche y despacio emprendió el camino. Antes de desaparecer de la vista dio marcha atrás y se paró cerca de Ben, Cob sacó una de sus raíces por la ventana, cogió un puñado de tierra del suelo arenoso, lo frotó en sus manos y lo sopló por la bici. A ésta se le borró la sonrisa y volvió a ser la mountain bike de su hermana con el E.T. dentro de la cesta.

            Carla llegó a la escuela muy decepcionada, el cuento que había escrito no era como esperaba y suponía que le caería una buena reprimenda de su seño Lola Literaria del taller de escritura.

            —Querida, seguirás por mucho tiempo de aprendiz de bruja si sigues empeñada en ser una bruja mala. No eres una maga mediocre, sobresales de todas las demás, pero te empeñas en seguir el camino de la brujería maligna y ninguno de tus hechizos sale bien. A pesar de que toda tu esencia impregna tu magia y es bondadosa  eliges ejercicios malignos,  ¿por qué? —La bruja Lola Literaria abrió su corazón a Carla, la veía tan perdida como el niño de su cuento.

            —Las magas malvadas son hermosas, tienen mucha fama en el colegio, son elogiadas   y  me gustaría ser como ellas. — Unas lágrimas se retenían en los ojos de Carla.

            —Observa este anuario ¿qué puedes ver? —Le mostró un libro gigantesco donde aparecían los magos y brujas más importantes de las últimas décadas.

            —Que son todos viejos —le respondió Carla.

            —Exacto, sean magos malignos o bondadosos todos envejecemos. La fama nos la dan las obras que realicemos y tú tienes un gran poder, el de elegir tu propio camino.