Publicado en A partir de 8 años, Cuento

ELÍAS Y SU HERMANA DE BAMBOLEÓ

Cuando hay una emoción que te acompaña desde pequeño, eso es porque en algún lugar del universo, hay algo que te espera.


Elías siempre dijo que tenía una hermana. Su primera palabra no fue mamá o papá, sino Pami y a sus padres les hizo gracia que su bebé empezase a hablar nombrándolos a los dos, uniendo «papi y mami». Pero cuando se le empezó a entender lo que decía, Elías contó que no eran ellos los destinatarios de esa expresión, sino su hermana, que era la que se llamaba Pami.

Sus padres, confundidos, le decían que no tenía ninguna hermana ni, tampoco, un familiar o amiga con ese nombre.

Pero Elías siempre insistía en que era su hermana Pami con la que jugaba por las noches, se contaban cuentos e, incluso, hacían los deberes juntos.

—Eso es imposible, Elías —decía, tajante, papi—, no tienes hermanos.

—Que sí, papi. Que está por el medio del Universo Que Rebota, en la constelación de Bamboleó.

Los padres se miraron con los ojos tan abiertos, que en ellos se podrían haber visto reflejadas todas las constelaciones juntas.

—Pero ¿qué estás diciendo, hijo? —preguntó preocupada mami.

«… está por el medio del Universo Que Rebota, en la constelación de Bamboleó».

—Pues que mi hermana vive en el otro universo y viene todas las noches. ¡Ah! Y me está enseñando a trasladarme a su hogar, como ella hace, para que yo conozca a los padres del Universo Que Rebota.

—Pues si esa amiga tuya tiene padres no puede ser tu hermana —observó papi orgulloso de su razonamiento.

—Que es mi hermaaana… —respondió Elías con los ojos en blanco—. Sus padres sois vosotros, pero distintos y más listos…

—Bueno, mira, se acabó la tontería —zanjó papi moviendo los brazos como si estuviera batiendo el aire—. ¡A la cama!

Elías se fue a su habitación mientras mami lo miraba con una mirada angustiada. Ella no sabía si pensar que Elías tenía una amiga invisible o que su imaginación le hacía creer cosas raras.Pero cuando Elías se estaba poniendo el pijama, la luz de la habitación parpadeó y el aire se llenó de diminutas lucecitas de muchos colores que se fueron uniendo hasta formar el cuerpo de una niña un par de años mayor que él.

—Ya podrías pedir permiso para entrar, que me estoy cambiando… —protestó Elías.

—Bueno, es que hoy el túnel inter-universal me ha absorbido de una forma bestial —contestó la muchacha—. Hay huelga de ciber agentes de tráfico y vamos todos a toda pastilla —Pami se sacudió los pantalones de estrellitas—. ¿Y qué? ¿Les has dicho a nuestros padres que mañana vienes a vernos?

—Lo he intentado, pero no quieren creerme.

—Jo. Mira que son cabezones —soltó Pami— Nuestros padres de mi Universo dicen que es normal que no te crean, que aquí todos sois un poco raritos.

—Pues yo estoy nervioso —pensó Elías en voz alta—. No sé si haré bien el viaje.

—Venga. No pasa nada —Pami le palmeó el hombro para animar a Elías—. Vendremos los tres para acompañarte en tu primer viaje.

—Pues anda que si en ese momento nos ven nuestros padres de aquí… —se rio Elías.

—Pues entonces —siguió Pami—, nos vamos todos de visita a la constelación Bamboleó. Jajajaja.

«… yo estoy nervioso… No sé si haré bien el primer viaje».

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Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

JUANJO TOMA UNA DECISIÓN

El mundo está lleno de misterios que aún no hemos descubierto. Solo los valientes llegan a conocerlos y a convertirse en personas extraordinarias.

Juanjo era un chico de catorce años y, desde que tenía cinco, se había lamentado de no destacar en nada.

No era bueno en deporte, tampoco tenía buenas notas. Sus dibujos eran un horror, no tenía imaginación para escribir cuentos ni jamás había ganado un certamen de nada.

Su hermano mayor sacaba unas notas fantásticas y decía que iba a ser científico. Su hermana pequeña hacía de todo: pintaba, escribía, hacía figuras de barro y hasta diseñaba mapas de mundos fantásticos. Ella quería ser artista.

Pero Juanjo no sabía lo que quería. Se aburría en clase, no le gustaba estudiar y no pensaba en lo que quería ser de mayor.

No era bueno en deporte, tampoco tenía buenas notas. Sus dibujos eran un horror, no tenía imaginación para escribir cuentos ni jamás había ganado un certamen de nada.

Una tarde, estaba tumbado en su cama pensando en las musarañas mientras se miraba al espejo del armario que tenía delante y, de repente, su reflejo se levantó y, sin salir del espejo, se puso frente a él mirándolo con los brazos cruzados. A Juanjo casi se le salió el corazón por la boca.

—¿Qué haces ahí «parao»? —le preguntó su imagen con un tono chulesco.

Juanjo se abrazó, aterrorizado, a sus rodillas y escondió la cabeza entre ellas diciéndose que debía de estar soñando.

—¡Eh, psshh! —Oía Juanjo que lo llamaba su reflejo—. Que ¿qué haces ahí «tirao»? te estoy preguntando.

—Esto no puede estar pasando —murmuraba Juanjo sin levantar la cabeza.

—¡Anda que no está pasando…! —respondió de forma burlona la aparición—. Está pasando, como que tú y yo nos llamamos Juanjo.

Juanjo seguía sin mirar al espejo cubriéndose la cabeza con las manos.

—¡Pero muévete! —alzó la voz el reflejo— ¡Haz algo! ¡Siempre te quedas parado!

—Pero ¿qué estás diciendo? —reaccionó Juanjo— ¿Tú qué sabes?

—Pues lo sé todo —respondió más tranquilo el reflejo—. Yo estoy detrás de todos los espejos a los que tú te asomas desde que nacimos. Y te conozco mejor que nadie. No haces más que compadecerte de ti, pero no haces nada.

—¡Déjame en paz! Yo no soy bueno en nada y ya está.

—Sí lo eres —insistió el del espejo—. Te doy cinco minutos para qué pienses que es lo que más te gusta hacer. No me refiero a asignaturas de clase, sino a eso en lo que te pasarías el día entero haciendo por gusto.

—No necesito cinco minutos para pensarlo —respondió Juanjo más sereno—. Siempre he disfrutado viendo cómo hacen pasteles y tartas. Esas que llegan a tener un montón de pisos o las que están cubiertas de cremas de todos los colores y…¡ah, sí, espera! las que tienen formas increíbles como animales, castillos, juguetes… —Juanjo estaba súper entusiasmado hablando de lo que podía hacer un pastelero.

—Pues lo sé todo —respondió más tranquilo el reflejo—. Yo estoy detrás de todos los espejos a los que tú te asomas desde que nacimos. Y te conozco mejor que nadie.

—Diles a tus padres que es eso lo que te gusta y para lo que quieres prepararte.

—Nooo, ¿qué dices? —respondió Juanjo divertido—. Eso no lo dan en el colegio.

—Pues di que te apunten en alguna academia de pastelería —insistía el reflejo.

—No —seguía Juanjo muy poco convencido—. Tiene que ser muy complicado.

—¿Por qué? —preguntó el reflejo.

—Hum, no sé. A lo mejor no admiten a niños o… costará mucho dinero… o… seguro que mis padres no quieren.

—Pero ¿quieres dejar de poner excusas? —El reflejo ya estaba enfadado—. Queremos ser pasteleros. Es lo que siempre hemos querido desde que empezamos a comer pasteles. Bueno, desde que empezaste tú y yo te copiaba en algún espejo. Pero quiero verme con el traje de pastelero y embadurnado de dulce. ¡Lo estamos deseando y tú solo pones pegas! ¡Empieza ya!

Juanjo se dio cuenta de que no se atrevía y no sabía por qué. Le aterrorizaba ponerse manos a la obra y su reflejo del espejo tenía mucha razón. ¡Qué suerte haber tenido esa extraña conversación!

Se fue al salón donde estaban sus padres viendo la televisión.

—Papá, mamá, quiero ser un gran pastelero y me gustaría empezar a prepararme para eso.

Los padres lo miraron sorprendidos por esa confesión tan repentina, pero su madre sonrió y dijo:

—Ya lo sabía, Juanjo. Siempre te ha encantado. No sé por qué has tardado tanto en decirlo.

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

Ni un escarabajo pelotero (Los viajes de Lotay) 2° Parte y final.

Continuación de https://revistacometasdepapel.com/2022/09/17/ni-un-escarabajo-pelotero-los-viajes-de-lotay-1-parte/

—Y lo mismo pasa con las mariposas —continuó el maestro jardinero —. Ellas hacen la misma función.

—En eso sí tienen la culpa los de la ciudad —protestó uno de los padres —, con toda su contaminación están destruyendo nuestros campos.

Los demás padres y madres le dieron la razón y se pusieron a discutir entre ellos por el daño que les estaban haciendo los de fuera.

—¡Alto ahí! —cortó el maestro agricultor—. Vamos a empezar por nosotros y seguro que encontraremos la razón.

—Sí —continuó el maestro explorador—. Vamos a aclarar ya esta situación y a aprender qué estamos haciendo mal.

—¡Imposible! —se quejó otro de los padres—. Nosotros llevamos una vida sana respetando el medio ambiente. Amamos la naturaleza, y los niños también.

—Siempre hay algo que mejorar. Nadie es perfecto —Quiso apaciguar el maestro explorador—. Que desaparezcan los insectos no solo es culpa de la contaminación de otras ciudades…

—Es cierto —interrumpió el maestro agricultor —. También puede pasar que nos hayamos dedicado más a plantas que no son del gusto de las abejas. —Miró al maestro jardinero—. ¿Qué flores estás cuidando?

—Ah. Mis flores —el jardinero sonreía al pensar en ellas—. Llevo un par de años creando un inmenso jardín de las flores más hermosas: dalias, tulipanes, geranios y rosas, magníficas rosas majestuosas de muchos colores, y todas rodeadas por un enorme seto de un verde espléndido.

—¿Y sabes qué pasa con esas flores? —le preguntó el maestro agricultor entrecerrando los ojos como si estuviera en medio de una investigación.

Todos los demás, niños y adultos, rodeaban a los maestros como si estuvieran presenciando el descubrimiento del autor de un terrible crimen.

—¿Qué les va a pasar? —Se defendió el maestro jardinero—. Que son hermosas y la envidia de cualquiera que quisiera tener un jardín como el mío.

—También son las que menos gustan a los insectos —contestó el maestro explorador—. Parece mentira que no lo sepas.

También puede pasar que nos hayamos dedicado más a plantas que no son del gusto de las abejas.

Eso dolió mucho al maestro jardinero.

—Mi trabajo es tener flores y plantas sanas y si además son preciosas, no veo el problema.

—Pues sí que lo hay —atajó el maestro agricultor — cuantos más pétalos tienen las flores, más difícil es para las abejas conseguir néctar para sus colmenas y si ese jardín está rodeado por un inmenso bosque, los insectos se irán a otros lugares.

—Puedes tener un precioso jardín, pero sin olvidarte de nuestras flores de siempre, las silvestres. Son las que siempre han gustado a los insectos que buscan néctar —dijo el explorador al jardinero al verlo tan desilusionado.

—Esta es la razón por la que no debemos culpar a los de afuera de nuestros problemas —Se volvió el maestro explorador a todos los que estaban allí—. La culpa puede ser nuestra. El río arrastraba restos porque echamos a los castores de su hogar, los hongos que acababan con la podredumbre estaban casi extinguidos porque son lo que más nos gusta comer…

—Y, ahora las plantas del huerto dejarán de producir sus frutos porque las abejas que llevan y traen el polen de unas plantas a otras se están yendo, y todo porque he descuidado las flores que a ellas les gustan —continuó el maestro jardinero cabizbajo.

—Así es —siguió el explorador—. Yo también tengo mucha culpa. He descubierto que en mis viajes dejo mucha basura tirada en la montaña sin darme cuenta. Como veremos ahora cuando regresemos a nuestro campamento antes de volver a casa.

—Y nosotros empeñados en ir a quejarnos a los de la ciudad… — dijo la madre de Lotay.

—Pero nos hemos dado cuenta a tiempo para rectificar, ¿verdad? —preguntó otro de los padres—. ¿Ahora podremos curar la morera?

—Bueno…eso es algo que tenemos que aclarar los tres —respondió el maestro agricultor mirando al explorador y al jardinero—. Lo de la morera fue una excusa que utilizamos para hacer este viaje y aprender de nuestros errores.

—Lo que le pasa a nuestra morera —continuó el maestro jardinero— es que tiene muchos años y, poco a poco, nos irá dejando.

—Pero ¿no podemos hacer nada para evitarlo? —suplicó Lotay.

Todos los niños y algunos padres también se mostraron preocupados. No querían perder al imponente árbol que estaba con ellos desde hacía generaciones.

—Sí, Lotay —respondió el maestro explorador dirigiéndose a todos—. Sí podemos hacer algo, cuidarla como la abuelita que es y mantenerla en el entorno sano y hermoso en el que siempre ha estado hasta que nos deje. Estoy seguro de que con vuestros juegos y compañía será muy feliz. ¡Venga! —animó para quitar hierro a ese triste asunto. Se puso la mochila a la espalda y se dispuso a andar—. Volvamos a casa. Dentro de nada, tendremos una nueva excursión.

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

Ni un escarabajo pelotero (Los viajes de Lotay) 1° Parte

Continuación de https://revistacometasdepapel.com/2022/05/26/el-rio-esta-hecho-un-desastre-los-viajes-de-lotay/

El grupo de chicos y chicas junto con los padres y maestros se levantaron muy pronto para la excursión montaña abajo y seguir investigando qué daños se habían producido en el medio ambiente.

Era el último día de excursión y volverían a la aldea por la tarde, de manera que todos se iban a tener que aplicar en encontrar qué era lo que provocaba la enfermedad de su morera centenaria.

Bajaron junto al río a paso lento fijándose en cualquier detalle que les diera alguna pista, y Reyna aprovechó para hacer lo que más le gustaba, buscar insectos. Pidió a Lalo que la acompañara porque él era el más pequeño y no pondría ninguna pega, y se fueron a un prado cercano donde Reyna estaba segura que encontraría toda clase de mariposas.

Lotay, Santi y Karam dijeron que su investigación se iba a centrar en comprobar los peces que había en el río, pero la realidad es que lo que buscaban era chapotear y revolcarse en el agua.

Cada cual hizo lo que más le gustaba: se bañaron, corrieron, los padres pasearon e, incluso, el padre de Karam se tumbó al sol.

Reyna y Lalo volvieron del prado con una noticia.

—¡Atención todos! —A Reyna le gustaba mucho que la escucharan cuando ella hablaba—. Lalo y yo hemos estado en el prado para buscar insectos, que ya sabéis que entiendo algo de eso porque me estoy preparando para entomóloga… —A Reyna también le gustaba mucho hablar de sí misma—, y ¿sabéis qué ha pasado? —Miró a su alrededor para asegurarse de que todos la escuchaban. Lalo puso los ojos en blanco.

—¡No hemos encontrado nada! —exclamó la niña cruzando los brazos ante su cara y abriéndolos de golpe.

—¡Buah! Ya estamos otra vez —refunfuñó el maestro explorador.

—Pero…na-da na-da —decía Reyna cruzando y descruzando los brazos ante la cara cada vez que pronunciaba la palabra nada.

Reyna aprovechó para hacer lo que más le gustaba, buscar insectos.

—Es verdad —dijo Lalo muy serio — . Yo he buscado escarabajos peloteros para tener uno como mascota, pero no he encontrado ninguno.

—Estoy harta de decirte que no metas porquerías en casa —le regañó su madre.

—Bueno… —interrumpió el maestro explorador dando dos palmadas —. Vamos a ver qué pasa porque esta noche quiero dormir en mi cama.

E inmediatamente, subió la cuesta que llevaba al prado sin bichos seguido por todos los demás que resoplaban casi sin aliento. Allí, el maestro explorador junto con el jardinero comprobaron que Reyna y Lalo decían la verdad.

El maestro agricultor se había apartado a otro lugar y volvió diciendo que con las abejas de sus colmenas había pasado algo parecido y casi habían desaparecido.

—No es nada bueno, no señor —repetía el maestro agricultor negando cabizbajo—. Si desaparecen mis abejas, mis plantas no tendrán frutos y perderemos todas las flores.

(Continuará)

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 11 años, Cuento

El río está hecho un desastre (Los viajes de Lotay)

Continuación de https://revistacometasdepapel.com/2022/04/29/quien-se-ha-comido-las-setas-los-viajes-de-lotay/

La tarde que el grupo de Lotay descubrió que habían desaparecido las setas, Santa y su hermana pequeña, Indra, volvieron de dar un paseo con otra terrible noticia: el río que nacía en la cumbre de la montaña de su país y que se dirigía al mar, donde estaba la ciudad de las carreteras y altos edificios, iba lleno de forraje, restos de hierbas y ramas secas.

—No me gusta beber agua del río —dijo Indra con cara de disgusto.

—Está lleno de basura —explicó Santa.

—¿Cómo es posible? —se preguntó muy sorprendido el maestro agricultor— Yo planto muchas cosas en los alrededores del río porque su agua es cristalina, mis hortalizas crecen sanas y riquísimas gracias a él.

Fueron a ver lo que decían las niñas y comprobaron que, por la corriente del agua, bajaban plantas secas, frutas y verduras que se habían echado a perder, ramas, hierbas muertas… Eso iba a ser un problema muy grave porque el río era la única fuente de agua para ellos y, si seguía ensuciándose, todos caerían enfermos.

—¡Como la morera del pueblo! Por eso están enfermando nuestras plantas, porque el agua está contaminada —exclamaba muy enfadado el maestro jardinero—. Esto es culpa de los habitantes de la ciudad de abajo. Nos han traído la contaminación del humo de sus coches.

—En realidad… —replicó la madre de Lotay en un tono muy bajo—, no quiero llevar la contraria, pero la corriente del agua baja, no sube. Eso significa que la suciedad la estamos enviando nosotros a la ciudad.

El maestro jardinero, que echaba la culpa de todo lo malo a los habitantes de abajo, no podía creer lo que estaba oyendo.

por la corriente del agua, bajaban plantas secas, frutas y verduras que se habían echado a perder, ramas, hierbas muertas…

—Nosotros llevamos una vida saludable y respetuosa con la naturaleza. No hemos hecho nada para dañarla. Seguro que los de la ciudad nos han traído algo.

—Vamos a ver de dónde viene toda esta suciedad —propuso el maestro explorador muy decidido.

Todos siguieron al explorador subiendo la montaña por la ribera del río observando los restos que llevaba la corriente.

—Gran parte de este forraje es tuya, ¿verdad? —preguntó el explorador al maestro agricultor.

—Hum… Sí…, pero no entiendo… —respondió el maestro un poco avergonzado—. Llevo muchos años cuidando de mis huertos y nunca ha pasado esto.

—Subamos un poco más —dispuso el explorador.

Todo el grupo de niños y padres iba detrás en silencio, como si un secreto muy importante estuviera a punto de desvelarse hasta que llegaron a un pequeño lago hecho en el cauce del río.

El lugar estaba cubierto de basura que flotaba girando en el agua esperando a que la corriente la arrastrara río abajo.

—De aquí sale todo —dijo el maestro jardinero satisfecho—. Son los restos que dejaron los castores que estaban aquí.

—Y ahora, ¿dónde están los castores? —preguntó el explorador.

—Me los llevé de aquí hace un par de meses —respondió el jardinero.

—¿Qué te los llevaste? ¿A dónde? —preguntó el agricultor indignado— Esa familia de castores llevaba años aquí. Este era su hogar.

—No les ha pasado nada —se defendió el jardinero—. Solo los he trasladado cerca de la desembocadura.

—¡Eso ya está en la ciudad! ¿Qué van a hacer allí? —exclamó el agricultor.

—Pues por lo pronto, no harán ningún daño —contestó el jardinero—. Mira cómo lo tenían todo. Destrozaron mi jardín de cerezos y almendros para hacer una presa con los troncos.

—Pues por lo pronto, no harán ningún daño —contestó el jardinero—. Mira cómo lo tenían todo. Destrozaron mi jardín de cerezos y almendros para hacer una presa con los troncos.

—¿Tu jardín de cerezos y almendros? —se extrañó uno de los padres.

—Sí —Se dirigió el maestro a todos—. Estaba construyendo un jardín precioso con árboles de todos los colores junto al río y estos bichos los talaron con sus dientes para construir una presa.

—Pues claro que sí. Esa es su función —respondió el agricultor—. Gracias a las construcciones que hacen con los troncos, los desechos quedan retenidos, el río circula limpio y las tierras de alrededor son más fértiles. Ahora tendremos que ser nosotros los encargados de limpiar esto hasta que vuelvan los castores.

—¿Que vuelvan los castores…?

—Sí —atajó el explorador—. Te traerás de vuelta a la familia de castores, si es que no los han metido ya en un zoológico. ¡A ver si vamos poniendo un poco de orden en todo lo que tenemos aquí montado!

Ahora tendremos que ser nosotros los encargados de limpiar esto hasta que vuelvan los castores.

—Entonces… —se dispuso a preguntar Lotay levantando con timidez el brazo—, ¿Ya está resuelto todo? ¿Solo hay que traer a los castores para que se cure la morera?

—¡No! —respondió el maestro explorador mientras volvía enfadado al campamento—. Mañana bajaremos la montaña a ver qué otros destrozos hemos hecho.

Lotay miró a Santi con cara de preocupación y ambos cruzaron los dedos para que al día siguiente el maestro explorador no descubriera nada nuevo que lo pusiera de peor humor.

Continuará…

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 11 años, Cuento

¿Quién se ha comido las setas? (Los viajes de Lotay)

El segundo día de excursión, todos se levantaron tarde, así que decidieron ponerse en marcha después de comer al mediodía.

Los adultos se encargaron de preparar el almuerzo y mandaron a los niños ir a buscar setas para cocinar un estofado.

Estos fueron en parejas, con cestas que pensaban llenar hasta arriba, porque las setas eran un plato que les encantaba a todos. De manera que los cuatro grupos de chicos se repartieron la zona y quedaron en volver en un par de horas.

Pero cuando regresaron, todos se quedaron anonadados al ver que, entre los ocho niños, solo habían encontrado cuatro setas.

—¿Qué ha pasado? ¿Os cansasteis de buscar?—preguntó el maestro explorador.

—No —respondió Santa—. Es que no hay más.

—No me lo creo, Santa —habló el padre de la niña—. Tú eres muy buena buscadora de setas. Siempre traes tu capazo lleno.

—Te prometo que es verdad —replicó Santa—. No hay más setas, se han acabado. Dijo abriendo los brazos.

—Bueno, no pasa nada —la tranquilizó su padre—. Ya saldrán más.

—¡No! Estáis equivocados —interrumpió el maestro explorador— Sí que pasa, y lo que está pasando es muy grave.

—No te preocupes, maestro —dijo la madre de Lotay—. Buscaremos por otros sitios.

—¡¡No!! —El maestro explorador estaba fuera de sí—. No lo entendéis. ¿Coméis muchas setas?

Todos se miraron extrañados por la pregunta que les hacía el maestro.

—Eh… pues todos los días —contestó el padre de Santa— Es nuestra comida principal, el plato tradicional. A mí me gusta comer como se ha hecho siempre —dijo orgulloso.

—¡¡No quedan setas!! —repetía el explorador girando a su alrededor con las manos en la cabeza.

Nadie entendía nada. Las setas estaban muy buenas, pero tampoco era para ponerse así.

—Eso es señal de algo terrible —continuó—. Las setas nacen de los hongos; si no hay setas, significa que los hongos están desapareciendo.

—¿No son lo mismo? -preguntó sorprendido otro de los padres.

—No. Eh… sí… bueno sí, pero no…

—¡¡No quedan setas!! —repetía el explorador girando a su alrededor con las manos en la cabeza.

—A ver… —se dirigió la madre de Lotay del resto del grupo—. Tendríamos que haber traído con nosotros al maestro médico. ¿Alguno de nosotros podría volver al pueblo para buscarlo?

El explorador se dio cuenta de que los demás estaban pensando que se había vuelto loco y quiso explicarse.

—Perdonad. Me refiero a las raíces de estas setas, lo que va por debajo de la tierra. Esos pequeños hilillos son los que mantienen sano al bosque.

El maestro explorador vio que todos, padres, niños e incluso los otros maestros estaban atentos a sus palabras.

—Los hongos crean una maraña de minúsculas raíces que se extienden por todo el bosque, y es como si fuera un red telefónica o de fibra óptica con internet para comunicarse con todo lo que lo habita.

El padre de Lalo se había quedado paralizado ante la explicación del maestro, con la boca tan abierta que una pareja de gorriones podría haber construido ahí su nido. Pero la mayoría seguía pensando que había que ir a buscar a un médico con urgencia.

—¡¡Sí!! —Se animó a continuar el maestro explorador—. Bajo el suelo de todo el bosque hay un mundo mágico en el que todas las plantas, flores y árboles se comunican. Y todo, gracias a los hongos. Por eso no pueden desaparecer.

—Qué cosa más increíble —Esta vez habló el maestro agricultor—. ¿Quieres decir que las hortalizas y árboles que crío hablan entre ellos?

Bajo el suelo de todo el bosque hay un mundo mágico en el que todas las plantas, flores y árboles se comunican.

—Yo había oído algo —contestó el maestro jardinero—. Pero que gracias a los hongos, todo el terreno se regeneraba.

—Eso es —continuó el maestro explorador—. Los hongos eliminan lo que va muriendo, evitando que se acumule la basura y, por debajo de la tierra, hace que los árboles y plantas se comuniquen para avisar de cualquier cosa que les afecte, como las enfermedades.

—Entonces… —siguió el maestro agricultor pensativo— si al inicio del bosque empezó una enfermedad o una plaga, las plantas de allí no han podido avisar a las de aquí…

El padre de Santa estaba paralizado con las manos en la cabeza diciendo que todo era culpa suya por haber comido tantas setas durante toda su vida.

El resto del grupo también se sentía culpable porque no pasaba ni un solo día en que no comieran setas.

—No os preocupéis —tranquilizó el explorador—. Lo que hay que hacer es no abusar con un solo alimento y asegurarnos de que este no se vaya agotando. Si paramos un poco, las setas volverán a salir.

—Entonces —habló otra de las madres—, ¿ya hemos resuelto el misterio de la morera enferma?

—No —respondió el maestro explorador—. Sabemos por qué la enfermedad ha llegado hasta aquí, pero no su origen.

—¡Pues tendremos que seguir con el viaje!, ¿no? —preguntó Lotay sin poder evitar una sonrisa.

—Sí, Lotay. Tenemos que continuar con nuestro viaje.

(continuará).

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 9 años, Cuento

Aitana y el gusano de la manzana (Autora invitada: Paloma Cobollo)


En el colegio de Aitana había un huerto, un huerto que era cuidado por todos los niños porque representaba el crecimiento, al igual que las plantas, frutos y hortalizas, con dedicación y esmero, los niños crecen al estudiar.

Aquella mañana Aitana decidió quedarse junto al manzano que estaba un poco alicaído por las escasas lluvias de primavera, en lugar de ir al recreo con sus compañeros. Su amiga Clara, un poco decepcionada al no poder compartir con ella los juegos diarios le dijo.

-¡Bah!, ¡Mira que quedarte ahí con esas manzanas medio pochas antes que jugar al escondite conmigo!

Aitana dudó un momento pero en ese instante una manzana roja y un poquito arrugada cayó al suelo desde su rama y le dio tanta pena que enseguida fue a por la regadera, la llenó de agua y roció generosamente el pie del árbol deseando devolverle un poco de vigor.

Se quedó sentada al lado y tomó la manzana del suelo, al mirarla pudo observar un agujerito en la fruta por el que asomaba tímidamente un gusano pequeño pero muy vivaz de color blanco, en aquel momento Clara intentó de nuevo convencer a su amiga.

-Ultima oportunidad, ¿Te vienes o qué?, ¡Aggg!, ¡Qué asco, un gusano!, ¡Tira esa porquería y ven conmigo!- gritó Clara que era un poco exagerada con su miedo a los bichos.

Aitana no hizo caso, vio cómo su amiga cansada de esperarla se alejaba por el camino.

¡Aggg!, ¡Qué asco, un gusano!, ¡Tira esa porquería y ven conmigo!- gritó Clara .

Con delicadeza tomó al gusanito entre sus dedos, lo puso en la palma de su mano y lo llevó hasta una hoja verde y fresca donde el pequeñín pronto encontró acomodo. Al momento, del agujerito por donde había salido el gusano brotó una luz verde que se transformó en un oso color violeta.

-¿Quién eres tú?-preguntó Aitana muy sorprendida.

-Soy el genio de la fruta y vengo a recompensar una buena acción, la tuya-contestó muy satisfecho de su aparición.

-Pero… ¡Eres un oso!, ¡Yo creía que los genios eran todos como los de Aladino!- exclamó Aitana

-Ves demasiadas películas niña, además… Soy un genio en prácticas y todavía no tengo muy claro esto de manifestarme así que… este aspecto es lo mejor que he encontrado.

-Bueno, no importa, además el violeta es mi color preferido- pensó Aitana en voz alta- ¿Y… a qué has venido oso o genio o lo que seas?

-Has cuidado de este pobre árbol, te has compadecido de su fruto caído y has liberado y puesto a salvo a ese frágil gusano en lugar de tirar la manzana y pisotearlo como hubieran hecho otros niños, tu bonita acción tiene recompensa. Pídeme un deseo pero… No puede ser un deseo solo para ti, tiene que ser un deseo tan generoso como lo ha sido tu gesto.

-El genio de la lámpara concedía tres deseos… creo- reclamó Aitana con timidez.

-¡Soy un genio humilde niña!, ¡Ya te he dicho que estoy empezando, solo puedo conceder uno!, ¡Ah y no vayas a pedirme cosas demasiado complicadas que aún no tengo mucha potencia!

Del agujerito por donde había salido el gusano brotó una luz verde que se transformó en un oso color violeta.

Aitana se quedó pensando, era mucha responsabilidad elegir algo importante para todos y solo tenía una oportunidad. El genio oso violeta, cruzó los brazos pasado un rato como señal de que se estaba impacientando.

-¡Ya lo sé!, ¡Ya lo tengo!- exclamó Aitana muy satisfecha de su decisión.

-Pues bien, dime lo que deseas y si está a mi alcance te será concedido.

-Quiero que todas las personas del mundo sean felices por lo menos un día entero- dijo Aitana muy convencida.

-Me parece un estupendo deseo, será cumplido y después de decir esto movió sus manos en círculo y desapareció.

Aitana escuchó el timbre que avisaba de que era la hora de volver y se marchó caminando muy pensativa.

Lo que ella no sabía es que gracias a su deseo, muchas personas descubrieron por primera vez una sensación tan inusual y placentera que cambió para siempre sus corazones, y les hizo entender la importancia de una sonrisa.

Paloma Cobollo.

Biografía de la autora.

Paloma Cobollo Castillo (Madrid 1966)

Desde niña muestra inquietudes artísticas y una fructífera imaginación. En la edad adulta y después de escribir muchos relatos cortos, monólogos de humor, letras de canciones y poesía, decide probar suerte con la novela, escribiendo varias y publicando hasta la fecha dos de ellas.

En 2010 gana el premio de relato corto de la Asociación Cultural Barrio La Fuentecilla con un relato titulado Haciendo el payaso por La Gran Vía.

En 2011 autopublica la novela Un Caballero, Dios o El diablo.

En 2014 es tercera finalista en la antología 152 Rosas blancas con el relato La Cita.

Así mismo es participante en diversas antologías de relato corto y con algunas publicaciones en prensa escrita.

El Regreso de Leonardo, editorial Maluma, en 2018, es su último trabajo en novela.

Publicado en A partir de 10 años

A Lotay no le gusta leer (Los viajes de Lotay)

Cuando amaneció, Lotay ya llevaba tiempo despierto por los nervios que sentía con la excursión de ese día.

Su primer viaje a la ciudad lo hizo solo. Pero, ahora, iba con un grupo de chicos y chicas junto con los maestros y algunos padres y madres que colaborarían para descubrir el misterio de la extraña enfermedad que sufría la morera del pueblo.

—¿Cuánto tiempo vamos a estar de viaje? —Preguntó el chico a su madre.

—No lo sé, Lotay —dijo ella–, puede durar varios días o más de una semana.

—Pero cuando yo bajé a la ciudad, fui y volví en un solo día…

—Ya lo sé —cortó la madre—, pero esta vez vamos a averiguar qué está pasando con nuestras plantas, no a hacer una visita a nuestros vecinos.

A Lotay le entusiasmaba que, no solo iba de viaje con sus amigos, sino que también investigarían un misterioso suceso que jamás se había producido en su país: la desconocida enfermedad que estaba matando a sus plantas y que había empezado con la morera de la plaza.

El grupo inició el viaje por uno de los senderos más largos y difíciles que iban desde la cima de la montaña hasta la base. El Maestro explorador dirigía la excursión y avisó que esa misma tarde empezarían la investigación.

Al mediodía llegaron a un rellano rodeado de enormes abetos que daban una agradable sombra. Prepararon el almuerzo y, después de haber comido, los maestros dieron las instrucciones para investigar la causa de la enfermedad de sus plantas.

Los padres montarían las tiendas de campaña donde dormirían todos esa noche, y los niños serían los encargados de recorrer los alrededores en busca de pistas.

A los ocho niños que iban en la excursión, el Maestro explorador los dividió por parejas: un mayor iría con un niño pequeño, y formó cuatro grupos, de los que cada uno exploraría la senda de un punto cardinal.

A Lotay le tocó el camino del norte e iba con Lalo, el hermano pequeño de Karam. El Maestro explorador entregó a cada pareja un cuaderno para que tomaran notas de lo que encontraran e insistió que leyesen muy bien los consejos de la primera página para orientarse durante la exploración.

Lotay era el encargado de tomar notas y leer las instrucciones del maestro.

Como Lalo acababa de cumplir cuatro años, aún no había aprendido a leer y escribir, por lo que Lotay era el encargado de tomar notas y leer las instrucciones.

Al iniciar la senda, Lalo le  pidió a Lotay que leyera lo que había escrito el maestro. El mayor, con un gesto de aburrimiento, abrió la libreta.

En la primera página solo había cinco renglones numerados con las instrucciones que debían seguir:

«1. Vigilar siempre lo que se pisa para evitar accidentes».

Lotay sonrió y movió la cabeza por el consejo tan simple del maestro.

«2. No salirse nunca del camino para no perderse».

Lotay cerró de golpe la libreta.

—Venga, vámonos ya —ordenó.

—¿No vas a terminar de leer? —preguntó Lalo.

—No hace falta —contestó Lotay con superioridad—. Eso lo sabe cualquiera y yo ya he hecho este viaje antes.

El pequeño no replicó y decidió seguir a Lotay que continuó la exploración buscando un camino que llevara a la ciudad. Pero no había forma de bajar la montaña por ahí. La senda por la que iban los niños se adentraba en el bosque, y cuando ya llevaban un par de horas andando, Lotay decidió volver al campamento.

—Pero no hemos tomado notas de las plantas y árboles como dijo el Maestro —protestó Lalo.

—No hay nada raro por aquí —contestó Lotay con prisas—. Vamos rápido que se está haciendo de noche.

No había terminado la frase cuando, a unos metros delante de ellos y escondido tras las ramas de dos árboles, descubrieron la sombra de un gigante que estaba de espaldas.

Los dos niños se escondieron detrás de un arbusto con el corazón a punto de explotar por el susto.

Los niños descubrieron la sombra de un gigante.

Lalo se agarraba a la camisa de Lotay para no separarse de él, pero cuando se dieron la vuelta, se encontraron con otro gigante que miraba hacia su derecha.

Los niños se quedaron paralizados mirando a uno y otro monstruo. Era como si los estuvieran buscando.

—¡Allí hay otro! —dijo Lalo en voz baja tirando de la camisa de Lotay con fuerza.

Era verdad. Al lado de un árbol enorme, otro monstruo estaba de frente a ellos, pero, al parecer, no los había visto porque no se movió.

—Estamos atrapados —dijo Lotay a punto de echarse a llorar.

—Tenías que haber leído lo que había escrito el Maestro —gimió el pequeño.

—Ahora ya no sirve de nada.

Los niños no podían hacer otra cosa más que esperar allí a que los rescataran.

Cuando ya era de noche, el grupo llegó a donde estaban ellos escondidos. Hubo un gran alboroto porque al fin, los habían encontrado, pero los monstruos seguían allí.

El grupo encontró a los niños cuando ya era de noche.

Lotay avisó de la presencia de los gigantes y todos miraron con curiosidad. Entonces, el Maestro explorador preguntó:

—¿Habéis leído mis instrucciones?

—Yo no sé leer aún —se apresuró a decir Lalo.

El Maestro miró al mayor.

—Bueno… —contestó Lotay un poco avergonzado—, no me hacía falta, ya sabía como ir a la ciudad.

El Maestro explorador le pidió que leyera en voz alta lo que había escrito en el cuaderno.

— Uno —empezó a leer el muchacho—. Vigilar siempre lo que se pisa para evitar accidentes.

Dos. No salirse nunca del camino para no perderse.

Tres. No separarse en ningún momento.

Cuatro. Tomar nota de todas las plantas desconocidas.

Cinco. Dirigirse a las figuras de gigantes construidas. Ellas indican los caminos para volver a los campamento.

—¿Y bien? —preguntó el Maestro fingiendo estar enfadado.

—Lo siento —contestó Lotay en tono muy bajo—. Ya sé que si hubiera leído todo, esto no habría pasado.

(Continuará)

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años

El misterio de la morera enferma (Los viajes de Lotay)

—Qué bonito es el amanecer.

Esto lo acababa de decir Karam, un niño de ocho años mientras miraba al horizonte desde la cima de la montaña donde vivía.

Sus amigos, que estaban sentados en la nieve se miraron extrañados porque, en realidad, ya hacía más de cuatro horas que se había hecho de día, pero no dijeron nada porque conocían a Karam y sabían que a este le gustaba levantarse muy tarde, cuando ellos ya casi estaban terminando de jugar a aprender.

En el país de Karam, el más alto del mundo, los niños no iban a clase ni estudiaban, ellos aprendían solos mientras jugaban a lo que más les gustaba. Si tenían alguna duda sobre un tema, hablaban con un adulto experto, pero como los niños estaban jugando todo el día, aprendían muchísimo y llegaban a ser muy buenos en el oficio que elegían.

Ese día estaban en el campo de las moreras, unos árboles que daban moras de todos los colores. Los niños recogían estos frutos y se encargaban de hacer mermeladas, pero los árboles también servían para criar gusanos de seda, que se alimentaban de sus hojas, y como eran grandes, los chicos y chicas se subían a ellos para jugar al escondite.

Se habían reunido en aquel lugar porque los gusanos ya habían formado sus capullos de seda y estaban a punto de salir transformados en mariposas. Karam había llegado cuando el sol ya estaba arriba porque le gustaba dormir, aunque para él acabase de amanecer, pero no quería perderse ver cómo salía la primera mariposa de seda.

Se subió a una de las moreras y se tumbó en la rama más grande abrazándose a ella para estar más cómodo mientras esperaba la eclosión del capullo de seda.

—Vamos, Karam. ¿ Vas a seguir durmiendo en el árbol? —dijo Lotay para meterse con él.

–Ten cuidado no te vayas a resbalar mientras haces la siesta —continuó Santa entre las risas de todos que sabían la afición de Karam a dormir.

—Si vamos a esperar a que salga la primera mariposa de seda, ¿qué más da si me pongo cómodo? Seguro que todavía nos quedan unas cuantas horas; os aconsejo que hagáis lo mismo que yo —contestó tranquilo mientras se movía buscando una postura que le gustara.

No le dio tiempo a mucho más, la rama crujió haciendo un horrible ruido y cayó de repente al suelo con Karam agarrado a ella.

Los chicos corrieron a ver cómo estaba su amigo. Reina, a la que le gustaba la medicina, era la que más sabía sobre heridas y huesos rotos, así que dejaron que fuera ella la que diera su diagnóstico.

—No parece que te hayas roto nada, pero te va a salir un buen chichón en la frente, Karam —rio aliviada—. Vamos a la casa del médico para que te vea.

—¿Y qué le digo que ha pasado? —preguntó Karam un poco asustado.

—¿Qué le vas a decir? —respondió Lotay—, que con tu peso has roto la rama más grande de la morera, ja,ja,ja,ja.

–No es verdad —protestó Karam—. Cuando me caí, noté como si la rama estuviera hueca.

—Eso no es posible —dijo Santi, que era quien más sabía de plantas—. Esa rama es muy gruesa para romperse tan fácilmente.

Santi se dirigió a donde estaba tirada la rama del árbol para demostrar que su corteza era dura y fuerte, pero al acercarse, hizo una exclamación y se puso en cuclillas junto al trozo de madera.

Sus amigos, extrañados por la reacción del chico, preguntaron que ocurría y este dijo que había que hablar con el agricultor que se encargaba de criar los árboles frutales. Al parecer, la morera estaba enferma.

No tardó en llegar el hombre encargado de aquella plantación a donde iban los niños de la localidad para aprender sobre plantas y árboles, y se mostró triste cuando vio lo que le había pasado a una de las moreras más grandes.

—Tienes razón en lo que me has dicho, Santi —dijo el adulto—. Este árbol está enfermo, pero es muy raro porque ni tiene muchos años ni tampoco veo ninguna plaga que le pueda hacer daño.

El agricultor miró alrededor del árbol y se fijó en el suelo.

—¡La hierba también está enferma! —exclamó el hombre—, ¿cómo no me he dado cuenta?

Los niños lo seguían y observaban también todo lo que estaba a sus pies. La hierba estaba seca, formando un camino amarillento que venía de las afueras del pueblo. Además, otros árboles estaban empezando a enfermar y algunas flores y arbustos también se estaban secando.

—Parece algo que viene de fuera —pensó en voz alta el agricultor—. De las ciudades que hay a los pies de nuestra montaña.

Lotay recordó que hacía unos días había tenido un sueño muy extraño en el que visitó el mundo que existía abajo de donde vivían. También pensó que el sueño era muy real y que era posible de que algo de lo que soñó fuese posible.

—Hace poco soñé que el mundo que hay ahí abajo es muy extraño, casi no había plantas, la gente iba en trastos que echaban humos y las casas eran muy altas.

—No es un sueño —respondió el hombre—, todos los adultos hemos ido a los pueblos que hay a los pies de la montaña. Los conocemos y eso que cuentas es verdad.

Lotay se quedó impresionado por lo que estaba oyendo y empezó a creer que tal vez su viaje había sido real y no un extraño sueño.

—Es posible que este misterio que está acabando con nuestros árboles provenga de allí, Lotay —siguió diciendo el agricultor.

—Entonces, habrá que bajar la montaña para descubrir qué pasa —contestó rápido el niño con ganas de hacer una excursión.

—Sí —dijo el agricultor—, pero tendremos que ir varios. Así que habrá que preparar el viaje.

—¡Y nosotros también! —exclamó Karam.

—Bueno… —dudó el hombre—, os vendría bien como aprendizaje. Habladlo con vuestros padres. En un par de días, salimos de excursión.

—¡¡Bien!! —festejaron los niños. Y corrieron a sus casas para contárselo a sus familias.

(Continuará)

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años

Lotay descubre el mundo

En la parte más alta de la Tierra hay un lugar hermoso donde casi se toca el cielo. El sol ilumina los campos nevados y calienta a sus habitantes, por eso, allí, aunque esté cubierto de nieve, nunca hace frío.

Los niños no van a la escuela porque aprenden jugando entre ellos, y los mayores trabajan en lo que les gusta y el tiempo que ellos quieran; así todos están felices.

Pero hubo un niño, llamado Lotay, que tenía una curiosidad que superaba a la de los demás. Aprendía mucho y con facilidad: le gustaba cuidar a los animales, le apasionaban las flores y las montañas, y preguntaba a los médicos y científicos sobre las hierbas y productos que podían curar a los enfermos.

Sin embargo, eso no era suficiente para Lotay, sabía que si bajaba de la montaña en la que vivía, encontraría un lugar desconocido y diferente, con edificios, animales y gentes que no había visto jamás, y deseó con todas sus ganas descubrir esos mundos lejanos y extraños.

Habló con sus padres y se pusieron algo tristes, pero como en el país en el que vivían, no existían las prohibiciones, apoyaron a Lotay para que este cumpliera su sueño.

Su hijo, les prometió que regresaría tan pronto como conociera todo ese mundo que se encontraba a los pies de su montaña y, como él sospechaba que sería muy pequeño, seguramente estaría de vuelta al día siguiente.

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Se levantó muy temprano cuando aún era de noche, se puso su mochila con la comida que había preparado el día anterior y se puso en marcha. El sol aún no había salido, pero la luna llena iluminaba el camino y, en menos de una hora, llegó a la base de la montaña donde vivía.

Una vez abajo, notó un escalofrío. Estaba amaneciendo y todo estaba igual de nevado que en su pueblo, pero una sensación desagradable atravesaba su piel y pensó que debía de ser lo que llamaban frío. Se extrañó porque en su montaña nunca había sentido algo así ni tampoco el calor, pero había sido salir del lugar donde nació y descubrir lo que eran aquellas sensaciones.

Buscó matojos por el camino y se los fue colocando por debajo de la camisa para entrar en calor, pero eso fue todavía peor porque la hierba estaba húmeda y eso hizo que le entrase aún más frío. Siguió caminando hasta llegar a una población con edificios altos, carreteras y vio a mucha gente que salía de coches que estaban apretujados unos junto a otros, parados a los dos lados de la calle, otros enmedio y, algunos, incluso encima de las aceras. De esos vehículos, salían niños con sus padres, y llevaban unas mochilas que pesaban tanto, que llevaban ruedas y los chicos que las llevaban a su espalda daban la impresión de que casi no podían con ellas.

Entraban en un edificio que ponía en sus puertas la palabra colegio, y llevaban cara de tener sueño; a algunos se les notaba que no les gustaba ese sitio, también había niños que entraban contentos y bromeando con amigos que encontraban en la entrada, pero otros, los más pequeños, iban llorando y gritando mientras sus padres o madres intentaban, con cara de disgusto, hacerlos entrar.

Después, los padres se montaban en sus coches y se iban a toda velocidad a sus trabajos, dando frenazos, arrancones, bocinazos, mucho más enfadados que antes.

Cuando pasó todo y el lugar se quedó vacío, Lotay siguió la calle cuesta abajo hasta encontrarse con lo que él pensó que era un lago gigante, inmenso; era bellísimo, los rayos de sol se reflejaban en las ondulaciones del agua dando la impresión de que había miles de estrellitas flotando en aquella inmensidad.

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Lotay estaba entusiasmado por lo que veía y rápidamente se quitó la ropa y se metió en el agua. Al entrar casi se le para la respiración porque porque volvió a sentir esa sensación de frío intenso que parecía que le cortaba la piel. Se extrañó mucho porque en los lagos de su montaña, la temperatura siempre era agradable y podían nadar en cualquier época del año, además, este agua estaba salada y no podía beber de ella. Lotay se preguntó si el agua de aquel mundo era salada, ¿qué beberían los que vivían allí?

Pero, de pronto, oyó que alguien estaba llamándolo desde la orilla; en realidad, le estaban gritando y de muy malos modos. Miró para ver quién era y se trataba de dos hombres vestidos igual, con un traje azul y una chapa que ponía policía. Lotay salió a la orilla y uno de los hombres lo tapó corriendo con una chaqueta recriminándole que estuviera desnudo. El no entendía nada porque en la montaña se bañaban sin ropa, si no, ¿de qué otra forma lo iban a hacer?

Los hombres de azul le preguntaron quiénes eran sus padres y por qué no estaba en el colegio. Él les contó la verdad, pero no le creyeron y dijeron que lo iban a llevar a un lugar llamado comisaría y que, desde allí, buscarían a sus padres. Cuando Lotay vio que lo llevaban a un coche, él salió huyendo de aquellos hombres y no paró hasta que se aseguró de que lo habían perdido.

Aquello lo asustó mucho y pensó que sería mejor volver a su casa. Ya había visto bastante y, tal vez, volvería cuando fuese un poco mayor, así que retomó el camino por el que llegó a la ciudad.

Cuando pasó por el colegio, se encontró otra vez con el montón de coches desordenados, pitando y con los ocupantes llamando a los niños para que se dieran prisa en subirse porque era hora de comer.

Lotay subió la montaña, pero estaba tan empinada que cada vez iba más lento y lo sorprendió la noche. Estaba muy cansado y, sin darse cuenta, se durmió hecho un ovillo a los pies de un enorme árbol.

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Se despertó cuando un rayo de sol le acarició la cara, y se encontró que estaba en su habitación, en su cama, como todos los días y se dio cuenta de que todo aquello había sido un sueño, muy real, pero solo un sueño.

Fue a desayunar y su madre le preguntó si había dormido bien.

—He tenido un sueño muy extraño, mamá.

—¿Y eso por qué? —preguntó sonriendo, pero sin levantar la vista del desayuno que estaba preparando.

—Soñé que visitaba un lugar fuera de esta montaña —contestó Lotay.

—¿Y te gustó? —indagó la madre.

—Pues no sé —dijo Lotay dudando—. Era un lugar donde hacía mucho frío, mi ropa no era suficiente para calentarme, y había un edificio a donde iban los niños a aprender, pero algunos estaban disgustados y los padres, muy nerviosos. Después —continuó—, había un lago inmenso y precioso, pero el agua estaba helada y no sabía para qué lo querían; allí no te podías bañar sin ropa porque, si no, unos hombres vestidos de azul y muy enfadados te llevaban al colegio por obligación.

—Ja, ja, ja —rio la madre—. Qué ocurrencias. ¿Entonces, ya no quieres bajar la montaña?

—Hum, no, mamá —contestó Lotay sonriendo—, mejor voy a esperar a ser un poco más mayor.

—Como tú quieras, Lotay —dijo su madre satisfecha—. Pues ¡anda!, sal a jugar y disfruta del día tan bueno que está haciendo hoy.

—¡Sí, mamá! —Lotay salió corriendo de la casa a buscar a sus amigos.

En cuanto Lotay había salido, su padre entró en el salón donde la madre y el niño habían estado desayunando.

—¿Qué tal está Lotay? —preguntó el padre.

—Perfectamente —contestó la madre—. Piensa que todo fue un sueño, no notó nada cuando te lo llevaste en brazos desde el árbol donde se durmió, y ni siquiera, se dio cuenta de que nosotros estuvimos detrás todo el tiempo mientras vivía su gran aventura.

—Mucho mejor —dijo el padre mientras se sentaba a la mesa—. Volverá más veces a medida que se haga mayor e irá aprendiendo muchas más cosas, pero ya estará preparado para ir solo.

—Sí —dijo la madre melancólica—, ya le llegará el momento de conocer el mundo.

Olga Lafuente.