Publicado en A partir de 10 años, Cuento

La suerte de la fea… (Por Ale Ledezma Lara)

Cartoon Illustration of Cute Little Girl in Fairy Costume for Fancy Ball

─Una chapita por aquí, una chapita por acá, un color rojo en los labios y ¡lista! ya puedo subir a mi escoba y surcar el cielo en busca de mi alma gemela, decía Bellota, una brujita muy despistada que hacía muchos siglos atrás estaba sola y buscaba en pantanos, cementerios, funerales y hasta en fiestas a aquél ser, brujo, fantasma o vampiro que pudiera disfrutar de las ricas pócimas que Bellota preparaba cada día a la hora de comer…

A decir verdad, nuestra brujita no era muy bonita que digamos, su cabello nunca se acomodaba de una forma en particular, por más que ella lo peinaba, le ponía agua, limón, baba de rana, todo lo que encontraba, pero su pelo, siempre se veía crispado y desarreglado. Su rostro estaba enmarcado por dos pequeños ojos que nunca miraban para el mismo lugar, uno se alejaba del otro de tal manera que parecía que veía en dos direcciones opuestas al mismo tiempo. Su larga nariz aguileña terminaba con un gran lunar negro por el que se asomaban tres enormes pelos que crecían sin cesar a pesar de las depilaciones laser que Bellota soportaba regularmente.

Sus coquetos labios en forma de rayita guardaban unos enormes dientes que sobresalían cuando ella hablaba o sonreía ¡y qué decir de su cuerpo! era muy pequeño e irregular, pues sus brazos y sus piernas siempre parecían más grandes de lo que debían ser… sin embargo, la actitud de Bellota era positiva cada día, se vestía con sus mejores garras y se maquillaba, limpiaba y enceraba su escoba y recorría el cielo  por entre las nubes en busca de su media naranja.

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Del otro lado del pueblo vivía Wendolyn, una bruja sumamente bonita, pero muy muy floja e irresponsable, a ella no le hacía falta el maquillaje, era bella desde que sus padres la recibieron de manos de Winston, el brujo jefe a cargo de todas las actividades de hechiceros y hechiceras de la región. Wendy, como todos la llamaban, había crecido llena de halagos y atenciones, así que no se esforzaba en nada, todo lo que necesitaba o deseaba lo conseguía con miradas y sonrisas, pero había algo que anhelaba y no había conseguido: el amor. Más de tres galanes la habían pretendido, un ogro, un elfo y un hombre lobo, pero todos se cansaron de cumplir los caprichos de Wendy y realizar las labores que a ella le correspondían como bruja, ellos debían hacer pócimas o encantamientos, ¡incluso tejer con hilos de arañas! esas no eran labores para ellos. Cazar, combatir y defender su región de posibles invasores eran labores masculinas exactamente diseñadas para ellos…   

El caso de Bellota era diferente, sus padres la rechazaron desde que llegó a sus vidas, así que decidieron dejarla en lo profundo del bosque… y ahí en medio de la oscuridad y el frío pudo sobrevivir gracias a una familia de cuervos que le enseñaron el valor de la unidad y la ayuda mutua… aprendió a trabajar y compartir con todos…esa rutina lejos de desanimarla la llevó a ser una bruja dadivosa y agradecida; compartía lo que tenía y no hacía distinción alguna, lo mismo obsequiaba su ración de cena a un lobo que su desayuno a un búho. Las numerosas historias de su buen corazón traspasaron las fronteras de su aldea y llegaron a oídos de un solterón muy codiciado llamado Lucas, él era un centauro muy afortunado en el poder y en el dinero, pero muy desdichado en el amor.

Al oír sobre la noble Bellota, decidió emprender el viaje y conocer a la brujita. Preparó todo lo necesario no sólo para la travesía, sino para organizar una fastuosa boda si Bellota le correspondía para ser su esposa; por increíble que parezca, Lucas se había enamorado de Bellota por la bondad y la belleza de su corazón, poco le importaba lo hermosa o fea que fuera en el exterior… Lucas había aprendido que lo más valioso de los seres y de las personas siempre está en el alma.

Wendy se quedó solterona y caprichosa para siempre, su belleza externa se marchitó y quedó en el olvido de todos, Bellota aceptó la propuesta de Lucas y reinaron sus aldeas con justicia y bondad, no cabe duda, la suerte de la fea… la bonita la desea.

Publicado en A partir de 10 años, Poesía

Me pierdo en la ternura de tu mirada (Poema Jazzz)

Me pierdo en la ternura de tu mirada,

mi alma se alegra al contemplar tu sonrisa,

la ligera caricia de tus manitas me acompaña,

escuchar tu voz es la dulce melodía

de la mar en calma.

Me pierdo en la ternura de tu mirada,

no hay tormenta que en tus bracitos

no encuentre la calma,

ni cansancio que valga cuando con un beso

me despiertas al llegar el alba.

Publicado en A partir de 10 años

Dieguito la lombriz Parte 1 (Cuento Jazzz)

Esta es la historia de Dieguito la lombriz.

Todo comenzó el día que la maestra le dijo a Dieguito que a un concurso de baile tenía que asistir, al oír la noticia, su pancita le empezó a crujir y al saber eso mucho miedo le hizo sentir pues a París tenían que ir.

Sus días se vistieron de gris, hasta había perdido las ganas de reír, los demás niños no entendían que pasaba, si Dieguito siempre era el niño más feliz.

Al día siguiente, preocupado por él, se acercó su amiguito Luis y le preguntó qué era lo que lo tenía así, fue entonces cuando Dieguito le contó que ser elegido para el concurso parecía un desliz…

—Vamos, no puedes estar así, de todos tú eres el mejor bailarín. — sonriendo le dijo Luis

—Debo confesarte que nunca aprendí a bailar “Twist”. — temeroso dijo Dieguito

Luis le sonrió y le dijo:

–Ya no te preocupes más iremos con mi tía Beatriz, ella es la mejor bailarina de Twist. —

Un ligero suspiro lanzó Dieguito y presuroso acompaño a Luis.

Al llegar con un gran beso los recibió la tía Beatriz. Luis le contó la historia de Dieguito.

—Ni se diga más y bailemos Twist. —chasqueando los dedos dijo la tía Beatriz.

Continuará…

Imagen y texto de mi autoria

Publicado en A partir de 10 años

A Lotay no le gusta leer (Los viajes de Lotay)

Cuando amaneció, Lotay ya llevaba tiempo despierto por los nervios que sentía con la excursión de ese día.

Su primer viaje a la ciudad lo hizo solo. Pero, ahora, iba con un grupo de chicos y chicas junto con los maestros y algunos padres y madres que colaborarían para descubrir el misterio de la extraña enfermedad que sufría la morera del pueblo.

—¿Cuánto tiempo vamos a estar de viaje? —Preguntó el chico a su madre.

—No lo sé, Lotay —dijo ella–, puede durar varios días o más de una semana.

—Pero cuando yo bajé a la ciudad, fui y volví en un solo día…

—Ya lo sé —cortó la madre—, pero esta vez vamos a averiguar qué está pasando con nuestras plantas, no a hacer una visita a nuestros vecinos.

A Lotay le entusiasmaba que, no solo iba de viaje con sus amigos, sino que también investigarían un misterioso suceso que jamás se había producido en su país: la desconocida enfermedad que estaba matando a sus plantas y que había empezado con la morera de la plaza.

El grupo inició el viaje por uno de los senderos más largos y difíciles que iban desde la cima de la montaña hasta la base. El Maestro explorador dirigía la excursión y avisó que esa misma tarde empezarían la investigación.

Al mediodía llegaron a un rellano rodeado de enormes abetos que daban una agradable sombra. Prepararon el almuerzo y, después de haber comido, los maestros dieron las instrucciones para investigar la causa de la enfermedad de sus plantas.

Los padres montarían las tiendas de campaña donde dormirían todos esa noche, y los niños serían los encargados de recorrer los alrededores en busca de pistas.

A los ocho niños que iban en la excursión, el Maestro explorador los dividió por parejas: un mayor iría con un niño pequeño, y formó cuatro grupos, de los que cada uno exploraría la senda de un punto cardinal.

A Lotay le tocó el camino del norte e iba con Lalo, el hermano pequeño de Karam. El Maestro explorador entregó a cada pareja un cuaderno para que tomaran notas de lo que encontraran e insistió que leyesen muy bien los consejos de la primera página para orientarse durante la exploración.

Lotay era el encargado de tomar notas y leer las instrucciones del maestro.

Como Lalo acababa de cumplir cuatro años, aún no había aprendido a leer y escribir, por lo que Lotay era el encargado de tomar notas y leer las instrucciones.

Al iniciar la senda, Lalo le  pidió a Lotay que leyera lo que había escrito el maestro. El mayor, con un gesto de aburrimiento, abrió la libreta.

En la primera página solo había cinco renglones numerados con las instrucciones que debían seguir:

«1. Vigilar siempre lo que se pisa para evitar accidentes».

Lotay sonrió y movió la cabeza por el consejo tan simple del maestro.

«2. No salirse nunca del camino para no perderse».

Lotay cerró de golpe la libreta.

—Venga, vámonos ya —ordenó.

—¿No vas a terminar de leer? —preguntó Lalo.

—No hace falta —contestó Lotay con superioridad—. Eso lo sabe cualquiera y yo ya he hecho este viaje antes.

El pequeño no replicó y decidió seguir a Lotay que continuó la exploración buscando un camino que llevara a la ciudad. Pero no había forma de bajar la montaña por ahí. La senda por la que iban los niños se adentraba en el bosque, y cuando ya llevaban un par de horas andando, Lotay decidió volver al campamento.

—Pero no hemos tomado notas de las plantas y árboles como dijo el Maestro —protestó Lalo.

—No hay nada raro por aquí —contestó Lotay con prisas—. Vamos rápido que se está haciendo de noche.

No había terminado la frase cuando, a unos metros delante de ellos y escondido tras las ramas de dos árboles, descubrieron la sombra de un gigante que estaba de espaldas.

Los dos niños se escondieron detrás de un arbusto con el corazón a punto de explotar por el susto.

Los niños descubrieron la sombra de un gigante.

Lalo se agarraba a la camisa de Lotay para no separarse de él, pero cuando se dieron la vuelta, se encontraron con otro gigante que miraba hacia su derecha.

Los niños se quedaron paralizados mirando a uno y otro monstruo. Era como si los estuvieran buscando.

—¡Allí hay otro! —dijo Lalo en voz baja tirando de la camisa de Lotay con fuerza.

Era verdad. Al lado de un árbol enorme, otro monstruo estaba de frente a ellos, pero, al parecer, no los había visto porque no se movió.

—Estamos atrapados —dijo Lotay a punto de echarse a llorar.

—Tenías que haber leído lo que había escrito el Maestro —gimió el pequeño.

—Ahora ya no sirve de nada.

Los niños no podían hacer otra cosa más que esperar allí a que los rescataran.

Cuando ya era de noche, el grupo llegó a donde estaban ellos escondidos. Hubo un gran alboroto porque al fin, los habían encontrado, pero los monstruos seguían allí.

El grupo encontró a los niños cuando ya era de noche.

Lotay avisó de la presencia de los gigantes y todos miraron con curiosidad. Entonces, el Maestro explorador preguntó:

—¿Habéis leído mis instrucciones?

—Yo no sé leer aún —se apresuró a decir Lalo.

El Maestro miró al mayor.

—Bueno… —contestó Lotay un poco avergonzado—, no me hacía falta, ya sabía como ir a la ciudad.

El Maestro explorador le pidió que leyera en voz alta lo que había escrito en el cuaderno.

— Uno —empezó a leer el muchacho—. Vigilar siempre lo que se pisa para evitar accidentes.

Dos. No salirse nunca del camino para no perderse.

Tres. No separarse en ningún momento.

Cuatro. Tomar nota de todas las plantas desconocidas.

Cinco. Dirigirse a las figuras de gigantes construidas. Ellas indican los caminos para volver a los campamento.

—¿Y bien? —preguntó el Maestro fingiendo estar enfadado.

—Lo siento —contestó Lotay en tono muy bajo—. Ya sé que si hubiera leído todo, esto no habría pasado.

(Continuará)

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años

El pintalabios de Pedro. Capítulo 12

UNA MONA MUY BAJITA

Andrés fue a la entrada para recoger a Ana y se dirigieron a la parte trasera del escenario. Ruth estaba allí sentada con cara de pocos amigos y Pedro lanzaba caramelos para encestarlos, sin mucho éxito, en en un bol vacío.

—Vaya, ¡qué ambiente! —dijo Ana con un silbido, al ver las caras de desánimo en todos— ¿Qué hace Ruth aquí?

—Nos va a ayudar —le contestó Marta guiñándole un ojo.

Rápidamente entendió la complicidad del guiño de su amiga y le siguió la corriente.

—¡Qué bien Marta! ¡Menos mal que has conseguido ayuda! ¡Gracias Ruth, por echarnos una mano! —dijo Ana mirando a la malhumorada Ruth.

—Que sepáis que me importa muy poco lo que traméis y que en diez convincentes minutos me marcho de nuevo a la fiesta diciendo que ya os he ayudado —respondió Ruth, dejando a todos perplejos.

—Pues que sepas tú —dijo Bea—, que no vamos a permitir que sigas fastidiando y que le debes a Pedro una disculpa.

—Que ya me he disculpado por acusarlo en el colegio y todo ese asunto del pintalabios, ¿o es que estás sorda? —contestó Ruth haciendo muecas.

—Por la boca chica y falsamente —respondió Bea enfadada.

—¡Chicas! —intervino Marta— no os peleéis, mi prima Ruth ya se ha disculpado y estoy segura de que se quedará para ayudarnos, ¿no es así Ruth?

—¡No! Y además creo que me largo ya, vaya a acabar disfrazada de payasa —Ruth se levantó y se marchaba cuando añadió: —Por cierto, vosotros no necesitáis disfraz, ja, ja, ja —la risa de Ruth se perdió entre la música infantil y los gritos de los niños jugando.

—Perdóname Marta, pero tu prima es odiosa —dijo Bea.

—Vaya, pues se nos ha escapado, es muy lista y se ha dado cuenta de mi intención. Pensaba que era buena idea que subiera al escenario con Pedro —explicó Marta suspirando y dejando caer un disfraz de payaso en la mesa.

—¿En serio ese era tu plan? —Pedro estaba enfadado—, Marta, esta sorpresa para mi prima es muy importante y Ruth la podía haber fastidiado.

—Lo siento Pedro, pero es que me saca de mis casillas y quería darle una lección —se disculpó Marta casi a punto de llorar.

Pedro se dio cuenta y la calmó tocándole el hombro.

El disfraz de Pedro fue un éxito. Repartió pequeños muñecos de peluche a todos los niños, después salió al escenario haciendo que tropezaba con los enormes zapatos y caía al suelo, donde había una bolsa que sonaba con gran estruendo cada vez que la pisaba, entonces hacía que se asustaba y volvía a tirarse al suelo. Los niños reían y reían y la prima de Pedro era la que más gritaba:

“Pisa la bolsa de nuevooo”.

La fiesta estaba siendo un éxito y los niños más pequeños se lo pasaban genial. Los adultos desaparecieron y tampoco había rastro de Ruth por ninguna parte, así que pensaron que lo más probable era que ella y sus padres se hubieran marchado.

Pedro ya había bajado del escenario y tomaba un refresco con sus amigos. La Pandilla de los saltamontes había hecho un gran trabajo, todos los niños, sobre todo su primita pequeña, lo estaban pasando genial.

Pero entonces la música cambió con un redoble de tambores y las luces se apagaron, quedando iluminados solo el escenario y los farolillos del jardín. Justo después sonó una canción de cumpleaños, mientras al escenario subían muñecos gigantes: un oso panda, un pequeño mono, un tigre y hasta una enorme rana que traía una tarta con velas encendidas. La prima de Pedro subió al escenario, pidió un deseo y sopló las velas.

Subieron al escenario unos muñecos con forma de animales, Marta y sus amigos pensaron que podían ser sus padres y que esta era la gran sorpresa.
Todos los animales eran muy grandes, salvo un pequeño mono que parecía enfadado.

—¡Qué bonito! No me lo esperaba para nada —dijo Marta.

—¿Son nuestros padres? —preguntó Andrés.

—Seguro que esta era la sorpresa, pero ¿quién es el mono? Es demasiado bajito —observó Ana.

—Es verdad, bueno, sea quien sea, ha hecho un buen trabajo —dijo Bea.

La música cesó, se encendieron las luces nuevamente y los muñecos gigantes bajaron del escenario para jugar con los niños que los abrazaban.

Observando bien la escena, el pequeño mono intentaba huir, pero el tigre lo agarraba de la mano con firmeza y lo volvía a llevar hasta los niños.

Cuando la fiesta terminó, el mono se dirigió a un banco para descansar y se descubrió la cabeza para beber agua.

—¡Era Ruth! ¡¡¡Mirad!!! ¡El mono enano era ella! —gritó Jaime divertido.

El misterioso pequeño mono que estaba tan enfadado resultó ser Ruth.

Ruth estaba sudando y enfadada, se quitó el disfraz, lo dejó en el suelo y antes de marcharse le dio una patada a la cabeza de mono de peluche que le había hecho sudar tanto.

—Ja, ja, ja —rió Bea.

—¡Qué mona! —gritó Ana, para que Ruth la oyera.

«Me las pagarán », se dijo Ruth, mientras se alejaba hacia el coche de sus padres. Estaba furiosa. Había perdido esta batalla, pero no la guerra y esto no iba a quedar así.

FIN

Publicado en A partir de 10 años

Besos de la alegría (2º parte)

Güaina observaba tras la ventana al brujo que estaba embelesado observando las alas de la ondina Sharagor.

 El brujo estaba en su casa, embelesado y observando con detenimiento mis alas, las acariciaba sintiendo su suave tacto, eran tersas, pero tan finas como la seda; el olor de cada hada era inconfundible, el azahar y el aroma a la flor del cerezo eran mi distintivo; su color blanco y rosado con destellos plateados comenzaban a apagarse, pero aun así seguían teniendo un gran poder de seducción para el brujo. Las alas, en las manos del brujo, eran su mayor tesoro y así las trataba, como una auténtica joya. Las envolvía de nuevo en el paño húmedo y las volvía a abrir, el fulgor que desprendían, aun no estando acopladas eran pura atracción.

Sin más premura Güaina, aprovechó el momento para lanzarle un hechizo de paralización a través de una ventana que estaba abierta.

Entró a través de la ventana, recogió mis alas con delicadeza, lanzó un conjuro de pérdida de memoria al brujo y guardó mis alas junto a su cuerpo para que no perdieran calor. Con un giro del brazo por encima de su cabeza pronunció las palabras adecuadas para transportarse a nuestras aguas.

Güaina le ofreció las alas a la ondina con gran cariño

Todas mis hermanas y yo nos quedamos estupefactas cuando vimos a  Güaina entre nosotras. Abrazaba con gran amor mis alas, las separó de su cuerpo y me las ofreció como el mayor presente que me puedan regalar.

—Querida niña, ya tienes tus alas.  El brujo no recordará nada de lo ocurrido, solo me queda algo por hacer y es conseguir que vuelvan a su lugar. Necesito un lugar puro, que nunca haya sido mancillado por ningún humano.

Las alas de Sharagor estaban en perfecto estado, listas para unirse a la ondina

—En el centro del río hay un altar donde rendimos culto a la luz y al agua, pero no podrás estar allí— le dije con tristeza.

—Necesito que te poses sobre la piedra, si tus hermanas me pueden alzar, te haré el hechizo.

Así fue como mis hermanas me elevaron y posaron sobre el altar, mi cuerpo flotaba en las aguas sintiendo la pérdida de toda mi esencia. Las lágrimas afloraron de nuevo, por las sensaciones de pérdida pero también de alegría de saber que de nuevo volvería a tener mis alas.

Güaina fue transportada con la delicadeza de mis hermanas y cuando estaba sobre mí, ella me pidió que me diera la vuelta.

—Niña, debes volver tu cuerpo y cubrirlo entero con agua, pues solo su pureza logrará lo que deseamos.

Mis hermanas aletearon con fuerza para mover el agua y que me cubriera, Güaina posó sobre mi espalda las alas que danzaban sobre el agua, unas palabras sonaron a lo lejos y sentí un dolor punzante en mi espalda. La sensación de libertad se expandía por cada espacio de mi ser.

Volé hasta tierra firme, donde ahora se encontraba Güaina, y la obsequié con varias escamas de mis alas y un nuevo beso de la alegría. Las lágrimas de alegría regaron la piel, ahora joven, de la bruja.

Mis alas me llevaron a las profundidades de mi hogar y de nuevo pude respirar libertad.

Autora: María José Vicente Rodríguez

Publicado en A partir de 10 años

Besos de la alegría

—Niña, ¿por qué lloras? —La anciana me limpió las lágrimas con un pico de su chal y rehízo mi melena, ordenando cada cabello perdido entre mis lamentos.

—He perdido mis alas—dije entre hipidos.

La pequeña ondina, Sharagor, lloraba porque le habían arrebatado sus alas

—Cuéntame cómo te llamas y qué ha ocurrido, quizás te pueda ayudar—. La mujer se quitó su pañuelo y con cuidado lo posó sobre mis hombros calentando el hueco que había dejado mi pérdida. Se sentó junto a mí cogiendo mis manos entre las suyas y, acariciándolas, la calma vino en mi ayuda.

«Soy Sharagor, ondina de agua dulce y me han arrebatado lo más preciado, mis alas. No puedo vivir en el agua si no las poseo, es lo que me hace poder respirar y nadar bajo las aguas. Son toda mi esencia.

» Jugaba con mis hermanas sobre la superficie, como tantos días, con las hermosas mariposas que vienen a beber a nuestras aguas.

Las ondinas son hadas de las aguas. Viven dentro de los ríos o lagos y necesitan sus alas para poder nadar y respirar dentro del agua. Además, en la superficie sin ellas no pueden volar.

»Nos dijeron que ningún humano podía vernos ni oírnos. No entiendo qué ha podido pasar. No vimos al hombre acercarse a nosotras. Las demás pudieron escapar, pero a mí me atrapó con una red. Dijo unas palabras y me adormeció; luego me untó algo por el cuerpo y con otras palabras mis alas se desunieron. No sabía que esto podía pasar, jamás se han contado cuentos ni leyendas en nuestras aguas que contaran historias parecidas. Envolvió con delicadeza mis alas entre telas de seda que las mojó en el río, luego desapareció, sin más rastro que esas redes con las que me cazó».

            —¿Cómo era ese brujo? Descríbemelo.

            —¿Cómo sabes que era un brujo? —Le pregunté sobrecogida. —¿Quién eres?

            —Querida, ¿cómo crees que puedo verte?, ¿crees que he venido a ti solo por tu canto de amargura?

            —¿Qué quieres decir? —le pregunté sin entender.

Güaina, la bruja, intanta calmar a la pequeña hada y le explica
para que necesitan las alas los brujos

            —Tu inocencia es la belleza de la luz, querida niña. Soy Güania, y soy bruja, igual que quien se llevó tu preciado tesoro. Tenemos sensibilidad, unos hacia la luz y otros hacia la oscuridad. Tus alas son muy valiosas para un brujo, porque, sus pequeñas escamas, tienen poderes mágicos que se utilizan en la preparación de brebajes y pócimas y son muy bien pagadas entre los humanos. Con ellas, el brujo se garantiza toda una vida de lujos pero ha perdido, al arrebatarlas, el poder que nos ofrece la luz de ser sensibles a vosotras y de impregnar esas pócimas de la magia blanca necesaria para que sean eficaces. Ha arriesgado mucho. Diría, que la codicia, al sentiros, le nubló el juicio y no pensó en las consecuencias.

            La anciana Güania mantenía mis manos calientes entre las suyas, y proyectaba sobre mí gran ternura y cariño.

            —Cada semana vengo por este río. Me alegran vuestros cantos, y vuestra alegría me renueva toda la semana de esperanza y nuevas energías. Nunca dejo que me veáis para no interrumpiros. También, de vez en cuando, la prosperidad me sonríe, y encuentro alguna que otra escamita que perdéis en vuestros juegos, permitiéndome seguir sobreviviendo. Esta vez me retrasé un poco, suelo llegar antes del amanecer, si no, te aseguro que no hubiera sucedido nada de lo ocurrido. Jamás lo hubiera permitido.

            Mi desconsuelo aumentó y nada podía mitigar el dolor que sentía. Ni siquiera con el abrazo que Güania me daba para templar mi ánimo.

            Cuando mis lágrimas comenzaron a secarse, la anciana se separó de mi pecho, me agarró con suavidad la cara y me dio un beso con mayor ternura en la frente. En aquel instante sentí que otra nueva energía recorría mi cuerpo. Y me hizo sentir que había esperanzas. La mujer se levantó, me cedió su mano y abrió ante mí, la posibilidad de que mi vida pudiera cambiar.

            —¿Qué siento ahora en mi cuerpo? Tu beso ha hecho renacer algo en mi interior. —dije con fortaleza.

            —Durante años me renové de esperanzas con vuestros juegos, solo te he traspasado una pequeña parte de lo que me ofrecisteis. Niña, podemos encontrar tus alas y si no están dañadas las podemos devolver a su lugar. —Me dijo Güania rozando con suavidad mi espalda.

Ahora la risa me brotó de forma natural envuelta en nuevas ilusiones.

Antes de ponernos en marcha, la mujer buscó entre las redes restos del brujo que me atacó. Algunos vellos estaban adheridos a las cuerdas, ella los introdujo en un pequeño charco que dejaban dos piedras cercanas, espolvoreó unos polvos que extrajo de un saquito y de repente apareció la cara del ladrón.  

La anciana lo conocía y sabía dónde localizarlo.

—Necesitaremos la ayuda de tus hermanas. Soy demasiado vieja para enfrentarme a él sin vuestra energía, pero tendré que hechizarlas para evitar ser vistas por otros sensibles. Tendrán que acompañarnos para que con su tacto yo pueda cargarme de la energía que necesito para hacerle frente.

Mis hermanas salieron de sus escondites y se acercaron a la anciana repartiendo sus besos de la alegría con la anciana.

Cuenta la leyenda, que cuando un hada da un beso de la alegría, transmite tanta energía renovadora que todos los males de la persona que los recibe desaparecen al instante. La anciana rejuveneció muchos años con el regalo que le hizo cada una de mis hermanas.

—¿Qué me habéis hecho, niñas? Vuestra luz me ha transformado en una nueva mujer, la juventud circula por mi sangre ahora. —Güaina se palpaba con asombro la cara, las manos…

La bruja Güaina rejuveneció con los besos de la alegría que le dieron las hermanas de Sharagor.

—Te han dado besos de la alegría. No podemos dejar nuestro hogar o moriríamos, por ello te han regalado los besos. Para que puedas ayudarme.

—Nunca podré devolveros el don tan maravilloso que acabáis de ofrecerme.

La anciana se marchó a la búsqueda del brujo hacia la ciudad. No fue difícil encontrarlo, solo debía seguir el rastro que dejaba.

(Continuará)

Autora: María José Vicente Rodríguez

Publicado en A partir de 10 años, Cuento, Poesía

La pirata Triquiñuelas y su tesoro

La pirata Triquiñuelas
se ha vuelto a enfadar
va con los puños cerrados
de aquí para allá.

Alguien ha comprado
su isla del Paraná.
Un hotel le han colocado
y de quince plantas además.

La pirata Triquiñuelas ha ido a por su cofre del Tesoro, pero alguien ha comprado su isla y ha construido un hotel de quince plantas.

A su cueva del Tesoro
es imposible llegar,
hay turistas nadando
donde tiene que bucear.

Cuatro brazadas al norte
y al este otro par.
Después de los corales
su cofre está.

El tesoro de la pirata Triquiñuelas se encuentra justo donde nadan los turistas. Eso le está enfadando mucho y los quiere asustar con sus cañones y piratas.

A los turistas asustará
con sus cañones oxidados
y sus piratas de mar.

<<¡Es pan comido!>>, se dice,
y pone al barco a navegar.
pero han visto niños
nada más llegar.

A la pirata Triquiñuelas le dan miedo los niños, por eso esperará a que llegue el invierno para volver a por su tesoro.

La pirata Triquiñuelas
Con niños no se meterá.
Ellos le dan miedo
cuando comienzan a gritar.

—Los niños son valientes—
dice su loro al pasar
por los toboganes retorcidos
ha visto a los niños escalar.

Para el loro de la pirata Triquiñuelas, los niños son muy valientes porque escalan para subirse a los toboganes.

Cuando llegue enero
Triquiñuelas volverá.
Sin turistas ni niños,
su botín podrá rescatar.

Escrito por Clara Belén Gómez

Publicado en A partir de 10 años

El pintalabios de Pedro. Capítulo 11

¿QUÉ HACE AQUÍ RUTH?

El domingo por la mañana, Marta miraba a su madre mientras desayunaba. Estaba muy contenta yendo y viniendo, mientras hablaba y escribía en el móvil.

Definitivamente algo tramaban los adultos. Tenía que ser más rápida que ellos porque temía acabar disfrazada en la fiesta de la prima de Pedro.

—Mamá hoy me duele mucho la barriga, pasaré el día en mi habitación a ver si se me pasa, no podré ir con vosotros a la fiesta —dijo Marta, dejando el bol de cereales a un lado dramáticamente.

—Qué casualidad, Marta, has tenido la misma idea que Jaime, Andrés, Bea… Ya me ha advertido la madre de Pedro que estáis intentando sabotear nuestra sorpresa. ¡Pues a vestirse! Porque te va a encantar. Confía en mí —dijo la madre de Marta.

—Pero de payaso no me disfrazo, ¡que lo sepas! —Marta dijo esa frase enfadada mientras se dirigía a su cuarto.

—¿Con que es eso lo que os preocupa? —dijo la madre entre risas.

La carcajada de su madre sonó con mucha fuerza. Definitivamente los mayores podían ser muy injustos hasta cuando decían querer ayudar.

Marta no quería disfrazarse en la fiesta, por eso fingió que le dolía la barriga y dijo a su madre que no podría ir a la fiesta del cumpleaños de la prima de Pedro, pero era tarde, porque todos sus amigos habían puesto la misma excusa y los padres se dieron cuenta.

En una hora Marta estaba abajo en el portal con Pedro y Lola.

—Lo siento mucho, todo esto ha sido culpa mía por habérselo contado a mi madre para comprar las pinturas del disfraz—se disculpó Marta.

—Qué va Marta —se apresuró a decir Lola—. Todo esto fue idea mía, fui yo la que convenció a Pedro para dar una sorpresa a mi prima y le hice prometer no contar nada… Necesitábamos un pintalabios rojo, o algo para poder pintarle la cara cuando se disfrazara… lo demás ya lo sabemos. No es culpa tuya, cómo ibas a saber que se liaría la que se ha liado.

Pedro le apretó un hombro para confirmar las palabras de su hermana y tranquilizarla. A Marta se le disparó el corazón y Lola sonrió como si se diera cuenta.

En una hora estaba toda la pandilla, menos Ana que la llevaría su tío, en la furgoneta conducida por el padre de Pedro y Lola como copiloto. En voz muy baja, Andrés les informaba de un plan para pasar desapercibidos en el cumpleaños en cuanto llegaran. Según él, el único que debía estar allí era Pedro y su hermana Lola.

Al fondo de un césped enorme, decorado con globos y banderines, se levantaba un pequeño escenario.

La pandilla buscaba en silencio donde escabullirse, tal y como había dicho Andrés, cuando Pedro asió del brazo a Marta y exclamó en voz alta:

—¡Esa es tu prima!

En un rincón del jardín se encontraba Ruth con sus padres y su semblante era serio. Hacia ellos se acercaba la madre de Marta con una bandeja de bocadillos

Ruth estaba sentada y escuchaba con atención lo que uno de los adultos le decía.

—Lo que nos faltaba —se lamentó Jaime—. Pero que alguien me explique qué hace tu madre llevándole bocadillos, con lo mal que se ha vuelto a portar.

Marta no contestó, estaba tan sorprendida como sus amigos.

—Creo que saldremos de dudas muy pronto —dijo Jaime en voz baja y todos observaron que Ruth, sus padres y la madre de Marta, se dirigían a donde se encontraban reunidos. Instintivamente cada uno miró hacia algún lado, como queriendo escapar, pero ya era tarde.

La fastidiosa de Ruth habló de manera amigable, como si no hubiera ocurrido nada:

—Hola chicos —dijo con una sonrisa torcida. Sus padres quedaban justo detrás de ella y no podían ver su expresión. Después se dirigió a Pedro con el mismo tono amigable, que para nada acompañaba a su ceño fruncido—. Me ha explicado la madre de Marta que la razón por la que querías el pintalabios era para dar una sorpresa a tu prima pequeña. Malinterpreté todo y quiero pedirte perdón. Por supuesto, le explicaré a doña Carmina mi error y que no eres un vándalo.

Las caras de satisfacción de los adultos enojó a Marta, para ellos, Ruth solo se había equivocado y estaba rectificando, pero ella y sus amigos sabían que no era así. Solo había sido descubierta y tenía que volver a esconder sus verdaderas intenciones.

Andrés, con sus puños apretados, fue el primero en responderle:

—Vaya Ruth, qué buena chica eres. Ojalá una disculpa fuera suficiente, creo más bien que deberías demostrar tus palabras.

Los adultos lo miraron algo sorprendidos.

—Andrés, mi hija ya se está disculpando —la voz del padre de Ruth sonó muy seria.

—¡Oh Ruth! Rectificar es de sabios, no seas tan duro con ella Andrés, todos nos equivocamos… —dijo rápidamente Marta para salvar el pellejo a Andrés y calmar a Pedro, se le notaba por la expresión que iba a explotar de un momento a otro—. Ana se está retrasando y necesito a una chica para que nos ayude con la sorpresa, ¡qué alegría que hayas venido y te hayas disculpado con Pedro! ¡Esa es mi prima Ruth!

Los amigos de Marta no entendían nada, pero le siguieron el juego. Por experiencia sabían que Marta nunca hacía algo sin un motivo de peso.

Los padres de Ruth se tranquilizaron, no veían la cara de su hija, ahora perpleja y sin saber qué decir. Marta la agarraba fuerte del hombro y se la llevaba, seguida del grupo.

—Bueno chicos, ¡divertiros! No sabéis cómo nos alegra que seáis buenos amigos y os llevéis bien —dijo la madre de Marta muy orgullosa por el comportamiento de su hija Marta.

Continuará…

Publicado en A partir de 10 años

El misterio de la morera enferma (Los viajes de Lotay)

—Qué bonito es el amanecer.

Esto lo acababa de decir Karam, un niño de ocho años mientras miraba al horizonte desde la cima de la montaña donde vivía.

Sus amigos, que estaban sentados en la nieve se miraron extrañados porque, en realidad, ya hacía más de cuatro horas que se había hecho de día, pero no dijeron nada porque conocían a Karam y sabían que a este le gustaba levantarse muy tarde, cuando ellos ya casi estaban terminando de jugar a aprender.

En el país de Karam, el más alto del mundo, los niños no iban a clase ni estudiaban, ellos aprendían solos mientras jugaban a lo que más les gustaba. Si tenían alguna duda sobre un tema, hablaban con un adulto experto, pero como los niños estaban jugando todo el día, aprendían muchísimo y llegaban a ser muy buenos en el oficio que elegían.

Ese día estaban en el campo de las moreras, unos árboles que daban moras de todos los colores. Los niños recogían estos frutos y se encargaban de hacer mermeladas, pero los árboles también servían para criar gusanos de seda, que se alimentaban de sus hojas, y como eran grandes, los chicos y chicas se subían a ellos para jugar al escondite.

Se habían reunido en aquel lugar porque los gusanos ya habían formado sus capullos de seda y estaban a punto de salir transformados en mariposas. Karam había llegado cuando el sol ya estaba arriba porque le gustaba dormir, aunque para él acabase de amanecer, pero no quería perderse ver cómo salía la primera mariposa de seda.

Se subió a una de las moreras y se tumbó en la rama más grande abrazándose a ella para estar más cómodo mientras esperaba la eclosión del capullo de seda.

—Vamos, Karam. ¿ Vas a seguir durmiendo en el árbol? —dijo Lotay para meterse con él.

–Ten cuidado no te vayas a resbalar mientras haces la siesta —continuó Santa entre las risas de todos que sabían la afición de Karam a dormir.

—Si vamos a esperar a que salga la primera mariposa de seda, ¿qué más da si me pongo cómodo? Seguro que todavía nos quedan unas cuantas horas; os aconsejo que hagáis lo mismo que yo —contestó tranquilo mientras se movía buscando una postura que le gustara.

No le dio tiempo a mucho más, la rama crujió haciendo un horrible ruido y cayó de repente al suelo con Karam agarrado a ella.

Los chicos corrieron a ver cómo estaba su amigo. Reina, a la que le gustaba la medicina, era la que más sabía sobre heridas y huesos rotos, así que dejaron que fuera ella la que diera su diagnóstico.

—No parece que te hayas roto nada, pero te va a salir un buen chichón en la frente, Karam —rio aliviada—. Vamos a la casa del médico para que te vea.

—¿Y qué le digo que ha pasado? —preguntó Karam un poco asustado.

—¿Qué le vas a decir? —respondió Lotay—, que con tu peso has roto la rama más grande de la morera, ja,ja,ja,ja.

–No es verdad —protestó Karam—. Cuando me caí, noté como si la rama estuviera hueca.

—Eso no es posible —dijo Santi, que era quien más sabía de plantas—. Esa rama es muy gruesa para romperse tan fácilmente.

Santi se dirigió a donde estaba tirada la rama del árbol para demostrar que su corteza era dura y fuerte, pero al acercarse, hizo una exclamación y se puso en cuclillas junto al trozo de madera.

Sus amigos, extrañados por la reacción del chico, preguntaron que ocurría y este dijo que había que hablar con el agricultor que se encargaba de criar los árboles frutales. Al parecer, la morera estaba enferma.

No tardó en llegar el hombre encargado de aquella plantación a donde iban los niños de la localidad para aprender sobre plantas y árboles, y se mostró triste cuando vio lo que le había pasado a una de las moreras más grandes.

—Tienes razón en lo que me has dicho, Santi —dijo el adulto—. Este árbol está enfermo, pero es muy raro porque ni tiene muchos años ni tampoco veo ninguna plaga que le pueda hacer daño.

El agricultor miró alrededor del árbol y se fijó en el suelo.

—¡La hierba también está enferma! —exclamó el hombre—, ¿cómo no me he dado cuenta?

Los niños lo seguían y observaban también todo lo que estaba a sus pies. La hierba estaba seca, formando un camino amarillento que venía de las afueras del pueblo. Además, otros árboles estaban empezando a enfermar y algunas flores y arbustos también se estaban secando.

—Parece algo que viene de fuera —pensó en voz alta el agricultor—. De las ciudades que hay a los pies de nuestra montaña.

Lotay recordó que hacía unos días había tenido un sueño muy extraño en el que visitó el mundo que existía abajo de donde vivían. También pensó que el sueño era muy real y que era posible de que algo de lo que soñó fuese posible.

—Hace poco soñé que el mundo que hay ahí abajo es muy extraño, casi no había plantas, la gente iba en trastos que echaban humos y las casas eran muy altas.

—No es un sueño —respondió el hombre—, todos los adultos hemos ido a los pueblos que hay a los pies de la montaña. Los conocemos y eso que cuentas es verdad.

Lotay se quedó impresionado por lo que estaba oyendo y empezó a creer que tal vez su viaje había sido real y no un extraño sueño.

—Es posible que este misterio que está acabando con nuestros árboles provenga de allí, Lotay —siguió diciendo el agricultor.

—Entonces, habrá que bajar la montaña para descubrir qué pasa —contestó rápido el niño con ganas de hacer una excursión.

—Sí —dijo el agricultor—, pero tendremos que ir varios. Así que habrá que preparar el viaje.

—¡Y nosotros también! —exclamó Karam.

—Bueno… —dudó el hombre—, os vendría bien como aprendizaje. Habladlo con vuestros padres. En un par de días, salimos de excursión.

—¡¡Bien!! —festejaron los niños. Y corrieron a sus casas para contárselo a sus familias.

(Continuará)

Olga Lafuente.