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De pesca, con Peter el pirata.

El día estaba fresco y soleado. Peter el pirata, tenía parado a un lado a, su contramaestre Sebastián, y al otro, sobre su hombro posado, su perico verde y mal hablado, John.

Navegaban en el precioso mar azulado.

—Qué bonito día para pescar —Dijo el capitán pata de palo.

—Si el capitán lo desea, las redes y unos anzuelos preparo. ¿le ordeno a los marineros, que suelten el ancla?

—Eso es lo que deseo. ¡Tomemos un descanso, ahora que el océano está manso! Llama también, al marinero que le dicen “patas de ganso” —Concluyó Peter el pirata.

Luego se quitó la bota, para andar descalzo. Colocó la carnada en el anzuelo y, lanzó el cáñamo, hasta donde le alcanzó, la fuerza de su brazo.

—¿Me ha llamado, capitán? —Preguntó el marinero.

—Sí, “pies de ganso” Te llaman así, porque eres el mejor nadando. Eso lo sé. Y debajo de nuestro barco, hay moluscos deliciosos. Ve al fondo y trae las mas grandes almejas, pues haremos una sopa en las vasijas viejas.

Peter atrapó tres peces espada, en una batalla muy tardada. En la isla del pirata, hicieron una fiesta donde, le agradecieron al dios del mar que los alimenta.

En medio de los días nublados y las tormentas. Entre las jornadas largas en busca de tesoros en los mapas. Esta bien que los piratas, se tomen un día para descansar. Yendo por la mañana de pesca, para que en la tarde se merezcan una bonita fiesta.

Publicado en A partir de 15 años, Cuento

El espantapájaros.Capítulo 2. Final(Laskiaf D.R.A. Autora invitada)

Asomó la noche; la luna alumbraba toda mi habitación, y me entretuve dibujándola. Me encantaba pintar, y era algo que amaba hacer de pequeño. A través del vidrio de la ventana divisé una figura que se acercaba. Escuché unas suaves pisadas; de pronto una voz gruesa dijo:

— ¡Sí, fui yo!— ¡Dios!; reconozco que mi cuerpo se estremeció al verlo de cerca; aquellos ojos infernales y su risa maléfica, me hicieron dudar. Mi corazón infante por poco se paraliza; él, al analizar mi cara de pánico exclamó:

— ¡No te asustes! ¡Caramba, hasta los pájaros huyen de mí, y me temen, cuando los saludo! ¿Tú también? ¡Ay, no me decepciones!— sonrió (la verdad, yo también).

Amé aquella noche. Hubo un momento profundo de silencio entre los dos. Salté hacia afuera por la ventana, y me senté junto a él a mirar hacia la luna. Después de muchas lunas sentí que le importaba a alguien. Ahora entiendo que el rechazo de mi padre generó que me acercara al guardián. Por primera vez en mucho tiempo, no me sentí abandonado.

Después de un rato, palmoteo mi brazo y vociferó:

— ¿Sabes; a veces sí nos aman esos que pensamos que no, solo que en nuestra inocencia no entendemos a nuestros padres; ellos tienen sus cargas bien pesadas. Tú eres muy pequeño para que las lleves; tienes cinco añitos. Olvida; solo olvida y da amor. Al final descansará tu frágil corazón. No lleves más esa rabia que calcina tu amor; no lo quemes más; sálvalo; ¿entiendes?

— ¿Así como tú salvaste a los caballos evitando que murieran en la pesebrera?

— ¡Sí, así; ¡que inteligente eres; choca esa mano!— Sonreí y suspiré.

No hablamos nada más. No fue necesario; él llevaba su pena, y yo la mía. Me recosté sobre su tibia paja y dormí. Al día siguiente amanecí en mi cama. Estaba tan feliz que bajé las escaleras presuroso, abracé a mamá y le chanté un fuerte beso (durante mucho tiempo no lo había hecho; incluso la culpé por el abandono de mi padre).

Mis siguientes noches fueron mágicas; en ocasiones él era un espantapájaros grande como mi abuelo, otras veces, niño como yo. Recorrí toda la hacienda en compañía de mi amigo. A veces dibujábamos (y tengo que admitirlo; mi cuidador era pésimo con el lápiz). Además, nos encantaba escuchar el concierto de ranas, sapos, grillos, y demás animalejos que nos acompañaban en nuestras correrías nocturnas. De una manera extraña aquel ser sanó mi corazón.

Cuando cumplí once años, al llegar una tarde de la clausura del colegio, mamá les comunicó a mis abuelos que viajaríamos a la capital para continuar con mis estudios. En una mezcla de felicidad y tristeza me retiré a mi cuarto; mi cara se inundó, y no fue de rocío. Algo dentro de mí me avisaba que muy pronto no volvería a ver a mi amigo. Esa noche él apareció, como siempre; casi no me dejó hablar, y exclamó:

— Voy a estar bien; lo más importante es que me llevarás en tu corazón; al menos estaré seguro ahí, eso lo sé.

Bajé mi mirada y le regalé un dibujo de la luna que decía <<gracias>>; él subió sus cejas y me invito a jugar. La noche antes de partir, por última vez recorrimos el maizal, y hubo fiesta de despedida. Al final me abrazó fuerte. Al amanecer viajé con mi madre.

Siempre lo recuerdo con una grata devoción infantil. Hoy duele no verlo al recorrer estos prados donde fui tan feliz.

Fin

Publicado en A partir de 15 años

El espantapájaros. Capítulo 1 (Laskiaf D.R.A. Autora invitada)

Que sentimientos tan indescriptibles siento al caminar por este campo verde, que hizo parte de mi pasado. En mi memoria de niño aún prevalecen ciertos recuerdos del ayer. Aunque hace varios años que ya no están los maizales, ni su antiguo guardián. Un viejo muñeco de paja, que tenía cara de anciano con sonrisa pícara, curiosamente vestía las ropas viejas del abuelo. Suena algo inocente, pero aún me intriga saber: ¿para dónde se fue con su encanto y aquella magia que todavía me hace suspirar?

De chiquillo me crié junto a mis abuelos, en esta hacienda, después del divorcio de mis padres. Cuando llegué lo primero que hice fue observar con asombro lo feo que era aquel espantapájaros que cuidaba los cultivos de maíz. Me genera risa recordar a ciertos pájaros que llegaban a comerse las mazorcas, entonces algo sobrenatural sucedía y los pobres pajarracos salían despavoridos volando. Ahora intuyo porqué salían aterrados. Aquel espantajo siempre había estado en el plantío desde que mi abuelo tenía uso de razón. Dicen que aquellos muñecos de paja son terroríficos, sobre todo cuando cae la noche; yo pienso que sí, y no.

A mi desgastada memoria llega la noche del incendio en el establo. Por un descuido involuntario un obrero dejó una lámpara dentro de las pesebreras. Los gatos saltando sobre el heno, tratando de cazar a un asustado ratón, la tumbaron, originando la conflagración. El olor a humo se esparció con rapidez. Todos en la hacienda afanados con mangueras y baldes en mano, echábamos agua. Esa noche después de mucho tiempo observé por fin reaccionar a mi madre, al ver las caras de los abuelos a punto de llorar, cuando escuchaban el relinchar de los pobres caballos sin poder salir. Las llamas obstaculizaban la única entrada y salida. El viento zumbaba más de lo normal. Si no salían los corceles de las pesebreras, corrían peligro de morir calcinados. Los vecinos vinieron con rapidez a socorrernos. De un momento a otro se escuchó el tropel de las bestias. Sin darnos cuenta atravesaron la puerta y salieron a todo galope hacia los cultivos.

Recuerdo que me quede ahí paralizado, y de manera extraña observaba las flamas que parecían tener vida. Quedé frío al ver aparecer al espantapájaros; se le iluminaron más los ojos y sonrió; yo quedé atónito. Luego, con una mueca picarona me guiñó un ojote, abriendo su bocota inmensa de paja. Con su mano algo quemada hizo el gesto de que todo estaba bien. No salía de mi asombro, cuando de un momento a otro el fuego lo devoró y se apagó. Sin poder cerrar mi pequeña boca empecé a sentir las gotas de lluvia sobre mi rostro. Llevaban meses sin caer sobre mí; desde que papá se marchó. Reaccioné al inhalar el olor a tierra mojada que se mezcló con el humo. Una mano palmoteó sobre mi hombro, y con voz fuerte reafirmó:

—Créeme, ya todo está bien; descansa—Quise girarme, pero no pude; perdí el sentido.

Al día siguiente desperté con mi pijama puesto, azaroso me asomé por la ventana; el establo tenía uno cuantos quemones en la entrada, pero no se notaban daños graves. Escuché a mi abuelo hablar con los caballos:

—¡Se salvaron de milagro, amigos!; ¡cuenten qué pasó!—. Los equinos escasamente relincharon después de aquel susto.

Yo bañé mi cuerpo, medio cepillé mis dientes, di gracias, y salí de mi habitación. No deseaba desayunar pero mi madre y abuela me obligaron; me quemé la lengua por el afán de terminar. Ansioso salí directo al establo, entré buscando algo que no sabía. Curiosamente observé que no había nada calcinado adentro, solo un heno levemente chamuscado. Eso fue raro, me causó sospecha, ya que la candela se había originado ahí.

Pensando en los hechos ocurridos, me dirigí rumbo al maizal. Allí estaba él, con su mirada perdida, con las vestiduras desgastadas de mi abuelito, y ese gesto en su cara que emulaba una sonrisa; no puedo decir que me causó terror o miedo, porque ya no fue así. Me senté bajo su leve sombra y le pregunté:

— ¿Tú salvaste a los caballos anoche?— esperé escuchar una respuesta, pero nada; simplemente nada.

Salí decepcionado, como otras veces. Primero mis padres, ahora él, suspiré refugiándome en mi soledad contando mariposas de colores.

Laskiaf D.R.A

Continuará…