Publicado en A partir de 6 años

Jared, el caracol

Cierto día, Jared, un hermoso y pícaro caracol de tierra salió a jugar.
Antes de salir, su mamá le dijo que no se alejara, porque se acercaba la hora de almorzar y además podría encontrarse con muchos peligros como:
Erizos, ardillas, comadrejas y aves y sería un delicioso platillo para ellos.
Jared escuchó muy atento, movió sus antenitas de arriba hacia abajo y sonriendo contestó:
-¡Descuida mamá, yo soy un caracol muy veloz!

Imagen: Canva


Estaba jugando y se acercó una babosa, era su mejor amiga. Juntos decidieron jugar a las escondidas, pero el caracolito era tan lento que no alcanzaba a esconderse.
La babosa un poco molesta le dijo:
-¡Ya no deseo jugar contigo! Porque si te toca esconderte, nunca lo haces y te quedas a medio camino y si te toca contar para luego buscarme, nunca me encuentras porque te cuesta avanzar.

Imagen: Canva

Así que me iré a casa.
El caracol muy apenado le dijo:
-¿Y si jugamos a los encantados? Tú correrás y yo te atraparé.
La babosa frunciendo el ceño, movió la cabeza y le dijo que no.
El caracol angustiado de que su amiga se fuera y ya no quiera jugar con él, le propuso otro juego:
-¿Y si jugamos a las carreras? veremos quién llega primero a la meta.
La babosa nuevamente movió la cabeza y le dijo que no.
Jared, muy triste, comenzó a llorar al ver que su amiga la babosa no quería jugar.
De repente, la babosa, al ver a su amigo llorando lo quiso consolar y le sugirió algo donde era veloz:
-¿Qué tal si mordemos las hojitas del jardín?
El caracol, muy contento, no sabía por cuál plantita decidir. Juntos y felices, se sentaron con las antenitas hacia el cielo y mordieron muchas
hojitas.

Imagen: Canva

Autora: Libélula Azul

Ilustración: Canva

Publicado en A partir de 6 años

Deseos de navidad

Deseos de navidad

Pastor es un pequeño niño, muy curioso y quiere siempre aprender cosas nuevas.

Una tarde entró al salón en donde su abuelito fumaba su pipa de madera. El abuelo se llama Nicolás y es un señor de barba y cabellos blancos.

Pastor se acercó a su abuelo y éste al mirarlo, sonrió feliz.

—Abuelito, ¿qué haces? —preguntó el niño.

—Pienso en como hacer felices a los niños —le contestó Nicolás.

—¿A mí? —consultó intrigado Pastor.

—A todos los niños. Hay muchos niños como tú en el mundo. —Fue la respuesta del abuelo.

En una mesa cerca del sillón en donde estaba sentado Nicolás, había una libreta. Era una lista con nombres y direcciones. El señor de barba blanca era el encargado, desde hacía muchos años, de llevar un regalo a cada pequeño en cualquier lugar del mundo. Pastor, que aun era muy chico, no conocía esa tarea que su abuelo hacía cada año durante los días de navidad. Y como siempre, quería saber todo, le preguntó:

—Abuelito, y ¿cómo sabes qué regalo llevarle a cada niño?

—Es muy sencillo, Pastor. Ellos me envían cartas en la que me cuentan cual es su regalo soñado.

Pastor miró que a un lado, su abuelo tenía una caja muy grande llena de sobres con estampillas. Eran seguramente las cartas que recibía. Le hizo otra pregunta a su abuelito:

—¿Y todos los niños reciben su regalo? ¿Hay para todos? —dijo con cierta preocupación.

Nicolás, al ver la carita intrigada de su nieto, lo tranquilizó diciendo:

—Lo hay. Siempre hay un regalo para cada chiquillo que haya sido un buen hijo y tenga los mejores pensamientos. No siempre es un juguete lo que reciben. A algunos les toca otras cosas, como el poder soñar, el poder cuidar a algún animalito; o tener un árbol cerca de casa, del que puedan tomar alguna fruta para la merienda.

Pastor, pensó unos segundos y su rostro se iluminó con una sonrisa. Con su alegre vocecita y los ojitos iluminados de emoción, le dijo al abuelo:

—Ya entiendo, abuelito. Es solo desear lo que se quiere. Y también desear el poder regalar. Mi deseo es que en esta navidad puedas entregar muchos obsequios, uno al menos para cada chico. Deseo también, para mí, tenerte siempre conmigo, abuelito.

Y dicho esto, Pastor abrazó con fuerza al anciano, que muy emocionado mostró en su cara la más luminosa de las sonrisas que se podía tener.

Desde el comedor se escuchó la voz de la madre de Pastor, que llamaba a la mesa. Hoy habría una deliciosa cena para toda la familia, sus padres y sus hermanos, acompañados de los abuelos y su tía madrina. Sería una feliz cena de navidad.

Autor: Adalberto Nieves

Ilustraciones: Pixabay

Publicado en A partir de 6 años

Ánimos de bruja 


La bruja Baratuja
agarró pronto su escoba,
apagando la estufa
acomodó su joroba.


Brujita despistada
anda bien desaliñada,
le llegó invitación
para gran celebración.


Su gato negro le habla
desde una gran ventana,
que vaya alistando vestido
y practicando algo de magia.


¡Chimeneas y calderos,
conjuros y mejunjes!
La brujita se ha esforzado
para el día esperado.


Llega tarde al aquelarre
y es el centro de atención,
no midió el aterrizaje
y se estrelló en “Bruja mayor”.


Se olvidó de los hechizos
su varita no funciona,
oye brujas criticonas
tiene el ánimo en el piso.


En la reunión de cada año
siente que no encaja,
ha causado mucho lío
y eso siempre le pasa.


Baratuja en su interior
dice: Yo soy la mejor,
deja los nervios de lado
asombrando así al jurado.


¡Vamos, vamos brujita!
¡Saca todo tu poder!
Oye así una vocecita
y brilla al amanecer.


Escrito por: Libélula Azul (Karin Paola Pacheco Gómez).

Publicado en A partir de 6 años

            Una noche de Halloween, Álvaro Mantecón Sánchez

Era una noche de “truco o trato” e iban dos grupos de niños, uno de ellos con un perrito. Hasta ahí, todo iba bién, de hecho habían cogido muchas golosinas, pero de momento se apagaron las luces de las farolas. Los niños y niñas se asustaron mucho.

Siguieron, pero más aterrorizados. Al cabo de un rato un niño llamado Álvaro se dio cuenta de que faltaba otro niño, Pablo. Se lo dijo a los demás, pero no le creyeron.

            Uno de ellos, llevaba una bala de plata, ¿para qué?…

Entonces se encontraron al otro grupo gritando, corrieron y corrieron, pero ya era tarde. Diego se dio de cuenta de que algún sonido extraño se escuchaba y avisó a todos de que estar allí no era seguro.

            Encontraron una linterna, le quedaban pocas pilas, pero lo suficiente.

Encontraron a una niña dormida debajo de un coche y Álvaro fue a verla, le dijo:

—¿Estás bien?

Y resultó que era una vampiresa.

—Me llamo Elia. ¡¡¡¿Porqué me has despertado?!!!— se enteró toda la calle.

Álvaro tenía la bala de plata, ahora era el momento de utilizarla. Ambos lucharon pero Álvaro finalmente ganó, pero quedó en coma.

            Al día siguiente despertó en enfermería con todos sus amigos y cuando se levantó…

!!!!TRUCO O TRATO!!!!

Autor: Álvaro Mantecón Sánchez. 9 años. CEIP Beatriz Galindo. Bollullos de la Mitación . Sevilla

Envíanos tu cuento, poesía o dibujo y no olvides adjuntar una foto de una autorización de tus padres o tutores para que nos den permiso para publicarte.

¡Anímate! ¡Lee, escribe y dibuja!

Publicado en A partir de 6 años

Fantita

pixabay.com

Mamá elefanta nunca olvidaría el día en que nació Fantita, fue un lluvioso 12 de enero, después de veintidós meses de larga espera. La alegría inicial pronto se tornó en preocupación, la pequeña tenía las dos patas delanteras torcidas, con la imposibilidad de apoyarlas en el suelo. Inmediatamente la llevaron al veterinario especialista en paquidermos, pero a pesar de los tratamientos y de la rehabilitación, el bebé no mostró ninguna mejoría por lo que las esperanzas de que un día pudiera caminar eran muy remotas.

A ella parecía darle igual, siempre miraba a su alrededor con ojos sonrientes, y se arrastraba velozmente detrás de los demás animales participando como uno más en los juegos. Así transcurrió casi un año, hasta que un día la tatarabuela Mina, que era una gran experta en arreglarlo todo, la aupó con su trompa en el aire, y sin saber como, Fantita equilibró sus cuatro patas en el suelo y pudo andar. A los pocos días corría tanto que ya nadie se acordaba de su discapacidad.

Los primeros años de su vida pasaron pronto, entre baños en la ciénaga y en el río. Y muchas regañinas para que no corriera, porque los elefantes aunque sean niños pesan mucho y su cuerpo se resiente, y muy a pesar suyo comenzó a comportarse como los demás esperaban que lo hiciera.

Cuando cumplió los cinco años se dispuso todo para que iniciara su aprendizaje en el colegio. Pronto destacó sobre los demás animales pues tenía una memoria prodigiosa. Era capaz de recitar de carrerilla toda la lista de los primeros habitantes de la selva, que ocupaba ni más ni menos que cuatro tomos.

Su maestra la chimpancé Rita, mandó llamar a sus padres para proponerles que apuntaran a Fantita a clases extraescolares de «Turbo-Memoria». 

¡Qué contenta estaba mamá elefanta! Su hija  iba a continuar la tradición familiar de sabelotodo. Estaba tan feliz que se llegó a la sombrerería y le compró un birrete de empollona. 

Por el contrario que decepción se llevó Fantita. Ella esperaba que la hubiesen dejado escoger, por ejemplo ballet.

—¡Ballet!  —dijo la tía Gertru —, pero querida sobrina si pesas casi mil kilos, te romperás los colmillos.

La pequeña elefanta no estaba dispuesta a entrar en razón. Si no podía bailar pues se apuntaría a gimnasia rítmica.

—¡Imposible! — gritaron todos a la vez — . Los elefantes no podemos hacer nada que suponga un gran esfuerzo físico, pesamos demasiado, ¡acéptalo! 

Esa noche Fantita lloró por primera vez en su vida. Ella en realidad no quería bailar, ni ser gimnasta; su sueño era ser corredora, todas las noches soñaba con que se calzaba unas zapatillas de deporte  y corría junto al guepardo y la liebre. 

Los siguientes días hizo lo que le pedían, aprendió todas las listas de las flores, y las de los insectos; y miles y miles de datos que solo un cerebro privilegiado como el suyo era capaz de retener. Y mientras lo hacía miraba de reojillo a los animales que corrían en las pistas de atletismo.

Ocurrió que la tristeza que llevaba por dentro apagó su alegría, y poco a poco se convirtió en una elefanta callada y melancólica. Su mamá la llevó al médico. En la consulta le hicieron infinidad de preguntas y de pruebas. Dos semanas después el doctor Búho reunió a la familia para comunicarles el diagnóstico. Todos estaban preocupados, la pequeña había perdido mucho peso y se esperaban lo peor. 

El doctor les dijo que la paciente estaba sana. Inmediatamente se escuchó un murmullo de alivio. 

—Pero… — continuó— ,su alma  está enferma.

El silencio fue sepulcral. Nunca jamás a ningún elefante le había ocurrido algo así. El médico les aconsejó que la escucharan para conocer que le hacía tan desdichada. 

Así que esa noche hubo reunión familiar. Las tías, los primos, las abuelas, los padres y la tata formaron un corro alrededor de la elefantita. Y le pidieron que hablara. Ella miró uno a uno a los ojos de sus seres queridos, había tanto cariño en ellos que poco a poco se sintió confiada y les contó su deseo de correr. Esta vez nadie la interrumpió, y la escucharon con absoluta entrega. 

Ella a pesar de haber nacido con una discapacidad que le impedía andar, nunca se sintió limitada, pero las continuas advertencias sobre su tamaño, y la imposición de tener que comportarse según las costumbres de su especie, la habían enjaulado. Correr la hacia feliz, no deseaba ser la mejor en nada, solo disfrutar de su libertad.

Al día siguiente le regalaron unas deportivas rosas del número cien, y la apuntaron a carreras de medio fondo. Nunca ganó ninguna, ni falta que le hacía, ella era dichosa.

Si lees esta historia, recuerda que los límites solo existen en tu cabeza y en la de los demás. Vive siempre como si fueras a volar.

(Dedicado a Uma)

Publicado en A partir de 6 años

Jugando con las nubes

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Jugando con las nubes

Los fantasmas ya no se dedicaban a asustar a los humanos, aunque aún quedaba algún que otro que lo hacía con esos sonidos —¡Uuuuh!—  y que tanta risa daba al resto de ellos. Arrastraban cadenas con bolas pesadas y ruidosas y modificaban los sustos, pero no servían de mucho.

Clara era una fantasma joven, cansada de dormir durante el día y hacer vida al anochecer. Quería ver la luz del sol ya que jamás la había visto.

Una noche, decidió que, al día siguiente, se despertaría unas horas antes. Todos dormían cuando salió de casa, estaba desierto, pero hermoso. Salió de la ciudad y llegó a un campo cercano.

A lo lejos, alguien se acercaba. En la escuela había visto imágenes de humanos y aquel se le parecía salvo que su color era verdi-morado y caminaba un poco patizambo.

—¡Hola, soy Clara! ¿Tú quién eres? —Preguntó la fantasma deseando hacer nuevos amigos.

—¡Hola, voz! Digo voz porque no te veo —le respondió el chico mirando para todos los lados.

—¡Ah! Espera, a ver si en un lugar más sombrío puedes verme, soy fantasma. Voy a hacerme más espesa y seguro que me verás. —Clara cogió aire, se tapó la nariz y para hacerse espesa apretó tanto, tanto, tanto que un pedete se escapó.

—¡Ja,ja,ja,ja, ahora te veo! Eres clara, como tu nombre. No te preocupes por el pedo, ha sido divertido. Yo soy Hugo, un zombi divertido, ya lo verás.

Hugo le explico que Zombiland era su ciudad y estaba muy cerca, al igual que la de los fantasmas. Los zombis también descansaban por la mañana y estaban despiertos por la noche. Él llevaba algún tiempo disfrutando del día, al menos parte de él pues también tenía que estar con su familia y dormir.

—Clara, ¿nunca has visto la naturaleza? —Le preguntó el joven zombi dirigiéndose hacia un montón de flores.

—Nunca de día. Todo lo que he visto es oscuro.

Era primavera así que pudo enseñarle las amapolas rojas que estaban por todas partes y se acercaron a las margaritas.

—¿Quieres que juguemos con las margaritas? Tienes que hacer una pregunta y la flor te contestará: si o no.—Hugo cortó por el tallo una de ellas.

 —¿Flor, voy a salir todos los días por la tarde a jugar? —Clara estaba emocionada preguntando a la margarita.

Hugo fue quitando pétalo por pétalo a la flor y cuando le quedaban tres:

—Si, no, ¡Siiiii!, entonces podremos estar juntos al atardecer. Yo te enseñare juegos y tú a mí.

Clara parecía que estaba en otro mundo.

—Hugo ¿esos pájaros que vuelan tan raro que hay allí, de qué clase son? —preguntó muy extrañada.

—¡Ja,ja,ja!¡No son pájaros, son mariposas! —se acercaron a ellas, y con la risa, Hugo tropezó con una piedra.

Clara fue muy rápido a ayudar a su amigo para cogerlo y …—¡Cataplum! —El pobre cayó de bruces al suelo; al ser una fantasma no podía coger nada.

—Tienes que mirar las formas de las nubes y decir qué dibujo puede ser, luego intentamos hacer una historia con lo que vemos —señaló Hugo hacia el cielo.

—Yo veo allí una oveja blanca, muy suave y mullidita.

A pesar del golpe los dos se reían en el suelo. Allí tumbados, el zombi le explicó un nuevo juego: “El Juego de la Nubes”. El cielo estaba despejado pero habían unas pocas nubes, así que podían jugar súper bien.

—¡Es verdad! Y ves, una bufanda un poco más lejos, es muy larga y también muy blandita —dijo con esa voz profunda de los zombis.

—¡Mira, más allá hay un sombrero de copa!

—Pues ya tenemos el inicio de la historia: érase una vez una oveja con una bufanda en su cuello y un sombrero de copa de alpargata. —Hugo estaba muy orgulloso de su inicio.

 —Pero el sombrero de copa va en la cabeza, no en los pies. Podría ser: érase una vez un sombrero de copa pegado por una bufanda a una oveja blanca.

Los dos principios de la historia eran muy chulos, pero un sonido de campana los interrumpió.

—Bueno Clara, tengo que volver a Zombiland, esa campana nos da el primer aviso para levantarnos, si llego tarde me castigarán. ¿Qué te parece si nos vemos mañana a la misma hora y seguimos jugando?

—Me ha encantado conocerte Hugo, aquí te veré mañana —dijo Clara contenta.

Los dos marcharon a sus casas felices por haber encontrado cada uno a alguien diferente con quien compartir sus nuevas vidas.          

Autora: María José Vicente Rodríguez

Dibujos realizados por Sara Marín Pérez. (IES Turóbriga. Aroche. Huelva.)   

                           

Publicado en A partir de 6 años, Poesía

Las musarañas

«¡Vives pensando en las musarañas!»
Le dijo la abuela a Sandra
y ella se quedó pensando
en esos animalitos,
que seguro andaban
todo el día como ella
volando por mundos mágicos.
Pero no sabía cómo eran,
nunca los había visto.
¿Y tú, sabes lo que son?
Tal vez sí o tal vez no.
Pero igual te lo diré.
Son pequeños peluditos
que parecen ratoncitos;
y aunque realmente no vuelen
ni vivan en mundos mágicos,
en secreto sí lo hacen,
como Sandra y como tú,
porque pasan todo el día viajando
de hoja en hoja
de los libros que nos hablan
de los cuentos más bonitos.

Fotografía: Pinterest (editado con PhotoDirector)

Publicado en A partir de 6 años, Poesía

Nubes tristes

Las nubes tristes
se han ido.
Del cielo han desaparecido.
Se han marchado pues
los árboles ya no han
cantado su canción
que a las nubes habían
enamorado.
Busquemos las nubes,
esas que se han marchado.
Los árboles lloran.
Se están marchitando.
El sol sufre,
su calor todo lo
está abrasando.
La lluvia desespera,
las nubes con ellas
se las han llevado.
Que vuelvan las nubes
dicen los animales
mirando al cielo,
esperando su regreso.
Los árboles cantan
esperando que las
nubes escuchen su
llamada.
¡Por ahí!
Gritan las aves.
La tormenta se acerca.
Las nubes llorando de
alegría regresan.
Todos están felices.
Las nubes regresan.
La lluvia riega.
El sol desaparece.
Los árboles vuelven
a estar verdes.

Publicado en A partir de 6 años, Sonia Martínez

Abracadabra

Abracadabra.

Traigamos la magia,

borremos con sonrisas

todas las lágrimas.

Abracadabra.

Abracémonos fuerte,

mirando a los ojos

a quien tenemos en frente.

Abracadabra.

Pintemos el futuro,

llenemos de esperanza

las sombras de este mundo.

Abracadabra.

Tendamos nuestas manos,

en ellas está la paz,

porque todos somos hermanos.