Publicado en A partir de 10 años, A partir de 11 años, A partir de 12 años, A partir de 14 años, A partir de 15 años, A partir de 16 años, A partir de 7 años, A partir de 8 años, A partir de 9 años, Cuento

De pesca, con Peter el pirata.

El día estaba fresco y soleado. Peter el pirata, tenía parado a un lado a, su contramaestre Sebastián, y al otro, sobre su hombro posado, su perico verde y mal hablado, John.

Navegaban en el precioso mar azulado.

—Qué bonito día para pescar —Dijo el capitán pata de palo.

—Si el capitán lo desea, las redes y unos anzuelos preparo. ¿le ordeno a los marineros, que suelten el ancla?

—Eso es lo que deseo. ¡Tomemos un descanso, ahora que el océano está manso! Llama también, al marinero que le dicen “patas de ganso” —Concluyó Peter el pirata.

Luego se quitó la bota, para andar descalzo. Colocó la carnada en el anzuelo y, lanzó el cáñamo, hasta donde le alcanzó, la fuerza de su brazo.

—¿Me ha llamado, capitán? —Preguntó el marinero.

—Sí, “pies de ganso” Te llaman así, porque eres el mejor nadando. Eso lo sé. Y debajo de nuestro barco, hay moluscos deliciosos. Ve al fondo y trae las mas grandes almejas, pues haremos una sopa en las vasijas viejas.

Peter atrapó tres peces espada, en una batalla muy tardada. En la isla del pirata, hicieron una fiesta donde, le agradecieron al dios del mar que los alimenta.

En medio de los días nublados y las tormentas. Entre las jornadas largas en busca de tesoros en los mapas. Esta bien que los piratas, se tomen un día para descansar. Yendo por la mañana de pesca, para que en la tarde se merezcan una bonita fiesta.

Publicado en A partir de 8 años

Peter, Kro y Kritón

Aquí a mi alrededor, cerca de la playa, habitan miles de pequeños monstruos. Pero allá en altamar, un día me encontré frente a frente con un gigantesco calamar.

En cubierta, trastabillé hasta caer al agua y tuve que nadar para aferrarme a un bote de remos que el contramaestre Sebastián llevó hasta mí. Pudimos ver desde ahí, debajo de mi barco, una sombra que claramente eran tentáculos de un tamaño casi irreal.

Mi perico John gritó:

—¡Arrg hombre al agua, hombre al agua! —Y voló asustado a mi camarote.

Un titán en la profundidad. En el cielo una nube comenzó a cubrir la luz solar. Era inminente la tempestad.

Sin embargo, soy pirata de valor y de corazón aventurero. Recordé el coral silbador que Agatha una vez me dio. Era un instrumento musical, parecido a una flauta muy irregular. Lo tomé y lo resoplé.

Una dulce melodía hizo brillar algo en el horizonte. Era el resplandor de un ser majestuoso. Un caballo de mar con cuatro colas en su parte inferior, pero con torso, brazos y cabeza de un hombre hermoso, se presentó frente a mí.

—¿Quién es ese, que resopla el coral silbador en busca de mi protección? —dijo cuando detuvo su galope, por encima del mar.

—He sido yo. —Le dije sin miedo a su grandeza. —Mi nombre es Peter el pirata.

—Soy Kritón, aprendiz de Tritón y quien sea poseedor del coral silbador, se merece mi ayuda, mi amistad y mi atención. Sea cual sea la razón. —Me contestó cabalmente.

—Me serviría mucho que veas detrás de nosotros dos. Allá esta mi barco y el resto de mi tripulación. Debajo de ellos una enorme bestia los sacude con sus tentáculos y me temo que nuestras espadas son inservibles en contra del monstruo temible. Danos un consejo, Kritón. Para vencerlo o para apartarlo.

—Sube a bordo de nuevo y toma el timón de tu navío. Gira a estribor y apunta tu nave al este. Desde ahí, toca el coral silbador cuatro veces al sol que se esconde detrás de las nubes. —Me dijo.

Seguí al pie de la letra la instrucción. Al instante el coral silbador continuó por si solo una canción. La bestia se apaciguó y con suma obediencia, la criatura ante mí se alzó.

—Soy Kro el calamar, y tu estas tocando esa canción que tocaba mi diosa cuando creó a todas las criaturas del mar. —La enorme criatura comenzó a cantar despacito, acompañando la melodía del coral silbador, con una voz grave y profunda pero muy agradable al oído de Peter y del contramaestre Sebastián.

“…hermosas aletas de colores,

agítense de allá para acá,

fuertes como las olas,

surquen la profundidad del mar.

Hermosas aletas grises,

tentáculos y colmillos,

protejan lo que esté en el agua,

y mi amor eterno,

su recompensa será…”

Kro guardó silencio, me volteó al verme la flauta en las manos.

—Solo existen muy pocos corales silbadores. ¿Quién eres tú? ¿Y por qué tienes uno? —Me preguntó.

—Soy Peter el pirata y este instrumento fue un regalo de mi amiga Agatha.

El calamar gigante comprendió al instante.

—¡Ah! ¡Vaya, vaya! Tienes de amiga, a la mejor bruja de todos los océanos, ¡que digo de los océanos, de todo el mundo!

—En eso estamos de acuerdo, Kro. —Le grité.

—Sin duda eres valiente, y más que eso, eres inteligente, Peter. Pero sobre todo, sé que tienes buen corazón. Dime pirata ¿A que te dedicas en tus expediciones?

—Como muchos piratas, buscamos tesoros en el fondo del mar y en islas escondidas. Pero además de eso, limpiamos la basura y rescatamos animales marinos, como ballenas y tortugas que se pierden o que se encuentran en peligro.

—Eso es lo que te ha salvado a ti y a tu tripulación. —Dijo sonriendo.

—Pensé que había sido la canción. —Le dije.

—Agatha solo le daría el coral silbador a una persona noble y de buen corazón. Confío en ella. Y ahora, confío en ti. Cada vez que necesites de mi ayuda, toca la canción de mi diosa, toca mi viejo coral silbador, toca cuatro veces al este desde estribor, y acudiré a ti.

Kro se hundió en las profundidades del mar, se vio así como se ve la luna roja y gigante, escondiéndose detrás de unas nubes negras que anuncian una gran lluvia fresca de otoño.

—¡Arrg!, ¿a dónde vas calamar, a dónde vas? —gritó mi perico, John. Que salía volando de mi camarote y se paraba en mi hombro.

Publicado en A partir de 8 años

La tienda de juguetes

En la avenida más grande de la ciudad, las tiendas competían por tener las vitrinas mejor decoradas y vistosas para atraer a los compradores. En una sola cuadra se podía encontrar zapaterías, tienda de ropa para damas, camisas, librerías y otras especialidades. La gente desfilaba por las aceras mirando y tratando de contener la tentación de entrar en alguna y comprar algo que no necesitaban, tan solo por ese atractivo que ofrecían los negocios. De cualquier modo, todas estaban siempre llenas de compradores que entraban solo por curiosear y salían cargados de bolsas con los artículos que no se pudieron resistir de comprar.

Un sábado por la tarde, Teresa, una joven madre de buena posición, salió con sus pequeños hijos Elizabeth y Julián, mellizos de siete años. Le gustaba llevarlos a caminar por esa zona que le era muy atractiva por la diversidad de tiendas que encontraban. Los niños estaban entusiasmados, pues sería buena oportunidad para pedir a su madre que les comprara algún regalo

Primero fueron a la heladería, lugar favorito de Julián quien adoraba los helados, no así Elizabeth, que prefería los dulces de la pastelería contigua a la heladería. Ambos fueron complacidos y cada uno disfrutó la merienda que quería. Pero faltaba lo mejor, lo que deseaban más que nada: entrar a la nueva tienda de juguetes, recién inaugurada. La juguetería destacaba sobre todos los demás locales por la atractiva decoración, no solo en las grandes vitrinas, sino también por los enormes muñecos y otros juguetes de grandes dimensiones colocados sobre las cornisas de la fachada. Era un espectáculo de color y luces.

Llegaron cerca de las cuatro de la tarde y la tienda estaba llena de visitantes. Una alegre música de carrusel complementaba el ambiente festivo del lugar. Al entrar, Teresa ya sabía que sería difícil mantener a los niños junto a ella atraídos por los juguetes que más les impresionaban. Les dio instrucciones de mantenerse juntos, no tocar lo que indicaran que no se podía tocar y en caso de perderse entre la gente, se reencontrarían  en media hora junto a las cajas para pagar. No había terminado de dar las indicaciones cuando ya los niños estaban en camino de los rincones repletos de atractivos juguetes del almacén.

Allí comenzó la discusión entre los hermanos: mientras Elizabeth quería ver las muñecas, Julián era atraído por los juegos que tuvieran como tema el espacio, las naves espaciales y los astronautas. Decidieron entre ellos separarse para que cada uno pudiera ver lo que quisiera. Así lo hicieron. La niña fue feliz hasta los escaparates en donde se exhibían las preciosas muñecas en cajas, con sus trajes intercambiables y accesorios para peinarlas y adornarlas. Ella tenía una colección de esa pequeña figura de plástico en todas las ediciones que habían salido al mercado, pero seguro encontraría nuevos trajes y adornos para ellas.

Por su parte, Julián se dirigió a la sección de juguetes electrónicos, en donde se encontraban los juegos del espacio que él quería. Debía hacer una fila en la que los niños se formaban para pasar por un túnel que daba acceso al salón de exhibición. Era un túnel con barras de luces de neón que cambiaban de colores, mientras se escuchaba música de la guerra de las galaxias. El niño estaba muy emocionado, había esperado este momento con ansiedad.

Le tocaba su turno de pasar por el túnel. Delante de él iba un niño poco mayor y ya no había ninguno detrás por ser el último de la fila. Cuando el otro niño terminó su transito por el conducto, Julián se quedó unos instantes parado observando como cambia de color la iluminación al ritmo de la música. Avanzó otro trecho hasta que llegó al final del pasadizo. Dio un paso afuera y no entendía lo que pasaba. Por alguna razón que no se explicaba, no había nadie más allí. La música no se escuchaba y solo había oscuridad y frío. A pesar de eso, siguió y dio un paso adelante y su sorpresa fue aun mayor al darse cuenta que no pisaba firme. Se sentía flotar como si no hubiera gravedad. Se encendieron pequeñas luces que parecían titilar como las estrellas del cielo.

Estaba admirado de lo real de aquella escena y se sentía emocionado y feliz de haber venido a la tienda.  Pero pasaban los minutos y seguía sin ver otra cosa. Comenzaba a preocuparle que estaba solo y no veía los juguetes ni a otras personas. Seguía flotando recordando las escenas de los astronautas en espacio, desplazándose lentamente sin poder controlar la dirección y lo mismo estaba un rato en posición horizontal o cabeza abajo. Aunque disfrutaba la sensación de no pesar nada y andar en ese espacio artificial sin usar sus pies, le causaba cierto temor por no saber cuanto duraría aquello.

Llegó un momento en que se sentía mareado y quería que terminara ese juego. Fue cuando vio, como una proyección tridimensional, una esfera luminosa que representaba a la tierra, pero parecía estar muy lejos de donde él se encontraba. De repente algo le hizo estremecer, escucho como una explosión y un destello a su alrededor y empezó a moverse muy violentamente, como si algo lo impulsara y lo dirigiera hacia el globo terráqueo. Tomaba aceleración y se desplazaba a gran velocidad. A su paso, se cruzaban pequeñas rocas como meteoritos, objetos metálicos como desechos espaciales y hasta un cometa que veía desde muy lejos amenazaba con estrellarse contra él.

Julián sentía una mezcla de miedo y emoción, como las que tiene cuando se monta en la montañas rusas, pero en mayor magnitud. Todas esas maniobras esquivando a los objetos y meteoritos le causaron malestar estomacal y mareos. En cierto momento perdió el sentido y cayó en un estado de sueño profundo, como la vez que lo anestesiaron en el quirófano del cirujano para extirparle las amígdalas.  No tenía control sobre sí mismo y perdió todo contacto con la realidad.

Un golpe fuerte en su trasero lo despertó. Había caído sobre una especie de tobogán y se deslizaba por una pronunciada pendiente. No lograba ver nada, había una oscuridad absoluta. De repente comenzó a escuchar la música de carrusel que se oía cuando llegó a la tienda. Comenzaron a verse luces, la música se hacía más fuerte y en unos segundos salió de esa escena extraña y terminó el deslizamiento por el tobogán, cayendo estrepitosamente en medio de docenas de niños y personas mayores que al verlo caer, aplaudían y reían.

Julián se levantó algo avergonzado, recorrió el lugar con la mirada y divisó a su madre que estaba junto a su hermana al lado de la hilera de cajas de pago. Fue hasta ellas y no dijo nada. Teresa le recriminó que se había desaparecido y dejado sola a Elizabeth para ir solo a jugar en aquel salón. Julián no podía explicar lo que le había sucedido, ni tenía idea de como había ocurrido. Se limitó a disculparse y luego que su madre pagó la factura de la muñeca que compró Teresa, salieron de la tienda temiendo que se hiciera muy tarde. Julián no llevaba ningún juego nuevo pero si traía consigo la más espectacular aventura que podía haber disfrutado y que nunca olvidaría.

Autor: Adalberto Nieves

@YoCuento2 (Twiteer)

Publicado en A partir de 8 años

Tony, Drogo y Tango

TONY, DROGO Y TANGO

Soy Tony, un ratón de campo que vive en una ciudad y tengo dos mejores amigos: Drogo y Tango. Somos inseparables desde casi, ¡toda la vida! Drogo es un pastor alemán, un perro muy fuerte y siempre nos defiende. Tango es un gato bengalí muy listo, rápido y muy cariñoso conmigo, con Drogo no se lleva muy bien. Pero lo importante es que, procuramos estar todo el día juntos, al menos de eso se encarga Drogo, que, muchas veces, me sube a su lomo como si yo fuera Don Quijote y él mi caballo Rocinante.

Pasamos horas y horas jugando: las aventuras de persecuciones son las que más le gustan a Tango, le encanta que yo corra y él trata de cazarme. A veces es tan cariñoso y me estruja tanto que cualquiera diría que quiere comerme, pero es mi amigo. A Drago, le gusta correr grandes distancias y prefiere el escondite, donde trata de que el gato no nos encuentre. A veces, este juego dura varios días, pero Tango es tan listo que siempre nos encuentra.

Una noche, decidimos ir a cenar a un italiano, es la comida que más nos gusta, menos a Tango. Drogo estaba cansado de comer esa semana tanto pescado, así que propuso ir a comer a la Casa Toscana. Allí el chef nos trata como a señores y nos guarda los mejores restos de sus clientes. Cuando vamos puedo degustar diferentes quesos, el que más me gusta es el gorgonzola, pero el que más ponen en las pizzas es la mozzarella. A Drogo lo que más le agrada son los canelones o la lasaña. Tango, tenía las esperanzas puestas en unas buenas raspas, poco limpias, de besugo.

—Hacía algunas semanas que no veníamos aquí, ya echaba de menos un buen trozo de pollo a la milanesa —comentó Drogo relamiéndose el hocico y bajando la comida con un poco de agua.

—¿Por qué los niños dejarán un olor especial en la comida? Mirad —separé dos trozos de pizzas— este trozo, que no tiene el borde, tiene olor a fresa. ¿Por qué los niños comen el borde y los adultos no?

               Tango se acercó sin hacer ruido y olisqueó el trozo que le señalé.

—Tiene trozos de gelatina de fresa, atontao. Los mayores no se piden eso —Tango me puso una pata encima hundiendo mi cabeza en la comida, era muy bromista. Sin embargo, Drogo se puso en alerta y le gruñó. —¿A ti que te pasa, perro?

—¡Suéltalo! ¡Ya! —Drogo tensó su cuerpo preparado para abalanzarse sobre el gato.

—¡Estás celoso, Drogo! —me reía con mi risa chillona ratonil— Tony, dale mimitos también a Drogo, por favor. —Allí seguía yo, con la cabeza aplastada sobre la mozzarella mientras el gato me lamía y se relamía, sin darme cuenta.

—Parece que tienes ganas de jugar conmigo esta noche, Tango. No me provoques. —El perro empujó al gato. Este cayó sobre sus patas con suavidad y su cuerpo se erizó.

—¡Venga vamos a jugar! Hoy solo hemos dormido y hace mucho tiempo que no jugamos al pillar. Venga Tony, te doy ventaja, te cuento hasta cinco esta vez. —El gato me daba con la pata animándome a correr, su cara estaba muy extraña, me miraba con hambre, pero era mi amigo y solo quería jugar. Mientras se relamía, miraba de forma provocativa a Drogo.

—No le hagas caso y súbete a mi lomo Tony, ya hemos comido hoy bastante, mañana será otro día. —Drogo me extendió la pata para que me subiera.

—Pero quiero jugar al pilla- pilla con Tony —le dije.

—¡No! Vamos a jugar al escondite. Primero escóndete tú y yo me la quedo con el gato. —Drogo no quitaba ojo al felino.

Cuando corrí para esconderme, no pude ver todo lo que sucedió: el gato dio un brinco dispuesto a cazarme. Drogo lo alcanzó abalanzándose sobre él. Le dio tal golpe, que impactó sobre la pared. Yo, con mis patitas cortas de ratoncillo, corría y corría, buscando un lugar donde ocultarme, sin enterarme de la lucha entre mis amigos, y me agazapé en una alcantarilla a la espera.

La lucha entre Drogo y Tango se alargó más de la cuenta y me quedé dormido de tanto esperar.

Llegando el alba, Drogo me encontró dormido, me cogió entre sus patas con delicadeza y me situó en su lomo. El perro, cojeando y maltrecho y yo, fuimos en busca de otra biblioteca.

—Estás herido, Drogo, ¿qué ha pasado? ¿Y Tango?

—Unos vagabundos nos quisieron arrebatar nuestra comida, ya sabes que no me gusta que eso pase, me pongo hecho una furia, y nos pegaron a los dos. Cuando ya se fueron, Tango me dijo que te buscara y nos escondiéramos. Nos dará de ventaja hasta esta noche. Ya era necesario buscar además otra biblioteca. Quizás en un pueblo lejano.—No sabía que me estaba mintiendo.

—Pero entonces Tango no nos encontrará.

—Quizás no lo veamos más, quien sabe.

Autora: María José Vicente Rodríguez

Publicado en A partir de 8 años

El búho que descubrió la amistad

En el «Bosque de las Aves» vivía un búho que nunca dormía de noche. Siempre estaba tan cansado, que era muy lento en todo lo que hacía.

Al jugar al fútbol, demoraba una hora en darle una patada al balón. Si jugaban béisbol, dos horas le tomaba correr de base en base. En competencia de natación, duraba tres horas más que los demás en nadar de un lado al otro de la piscina.

Y todos los demás se veían tan cansados como él, porque lo ayudaban a terminar cada tarea. Incluso lo ayudaban a comer cuando las fuerzas no le alcanzaban para llevarse la cuchara a la boca. Tenía un cansancio tan fuerte, que caminaba tan lento como un caracol, y las ojeras le llegaban a la barbilla.Y así, el pobre búho, vivía muy triste, llorando por los rincones, porque no sabía cómo ayudar a sus amigos.

Hasta que un día camino a su casa se encontró con una mariposa verde que lo miraba desde lo alto de un árbol, y recordó que la había visto otras veces mirándolo de esa manera. Se acercó al árbol y le gritó:

-¿Por qué me miras desde lejos, y nunca me hablas?

La mariposa rió a carcajadas, bajó del árbol, y le dijo:

-Es que eres más tonto que un payaso loco.

El búho se quedó sorprendido y algo furioso. Le molestó mucho que aquella se burlara de él de esa manera, sin siquiera conocerlo.

La mariposa notó que se le estaba poniendo la cara roja de furia, y rápidamente le explicó:

-Es que estás triste sin motivo. No te has dado cuenta de que tu tristeza tiene una fácil solución.

El búho se quedó pensativo. No entendía nada de lo que la mariposa le decía.

-Tú sí que pareces ahora tonta- le dijo él a la mariposa- ¿No sabes que mi sueño no tiene remedio? Si así fuera, ya lo habría encontrado- continuó diciéndole, más que furioso.

La mariposa reía y reía si parar. El búho la miraba, ahora asombrado. No entendía porque ella seguía burlándose de ese problema tan grande que él tenía.La mariposa detuvo su risa y le dijo:

– Perdón por reírme, pero es que eres tan gracioso. Hay solución a tu sueño, solo tienes que esperar. Eres un búho muy pequeño y aún no entiendes que debes dormir de día, e ir a la escuela de noche, como los demás búhos.

-¿Entonces no podré ayudarlos nunca? ¿Y ellos seguirán cansados como yo? – le dijo el búho.-Ahora estoy más triste- seguía diciendo.

La mariposa se acercó, le acarició la frente con una de sus brillantes alas, y le dijo:

-De eso se trata la amistad. Ellos te ayudan ahora, y cuando crezcas, y puedas dormir de día, tú los ayudarás a ellos.

-¿Pero de qué manera podré ayudarlos, si no tendremos ni el mismo horario de la escuela?- dijo muy triste el búho.

-Es muy fácil, tontico- le dijo la mariposa, con una sonrisa muy amistosa.-Es que serás el vigilante del bosque. Te unirás a los demás búhos, y entre todos cuidarán los sueños de todas las demás aves, y de todos los animales que duermen de noche.

Entonces ellos tendrán que seguir cansados como yo, hasta que yo crezca; eso es mucho tiempo- le dijo el búho, que se veía más triste cada vez.

-Ya te lo dije que de eso se trata la amistad, de ayudarnos en los momentos difíciles.

En ese momento la mariposa se perdió volando entre los árboles, y el búho sonrió por primera vez luego de mucho tiempo. Ya no estaba triste.

Ese día llegó a su casa feliz, y aunque no pudo dormir, se acostó en su cama y soñó con los ojos abiertos, con ese día en que pudiera velar por los sueños de todos sus amigos.

Fotografía: Pinterest

Publicado en A partir de 8 años, Cuento

¿Qué le pasa a Dago el dragón?

La bruja Agatha y Peter, el pirata, apagaron la fogata y tomaron su equipaje, pues emprenderían un viaje. Iban al reino de las Frambuesas, para visitar a Berry la princesa.

Al encontrarse con su amiga se dieron un abrazo. Ella puso té y galletas de fresa en la mesa. Berry notó, en el rostro de sus amigos, algo que parecía tristeza.

—Amigos míos, pienso y pienso, y se me quiebra la cabeza. Quiero entender cual sentimiento es el que los apresa. —les dijo Berry

Y Peter le contestó:

—Perdónanos querida princesa. Eso que ves en nosotros, se llama preocupación. Y sentimos eso por nuestro amigo Dago, el dragón.

—Si, es verdad. Se está portando un tanto extraño. Y tenemos miedo de que se haya hecho daño. Tal vez se ha comido una planta con la que hago mis brebajes mágicos para la garganta; pues se pasa el día canta que canta —añadió la bruja Agatha.

—Yo lo he visto en solitario, recitar poemas que escribe en un diario. En las noches sonríe, y suspira tan fuerte, que en la aldea tiembla hasta el hombre más temerario. —dijo Peter.

La princesa Berry caminaba de un lado a otro escuchando a sus amigos y tratando de pensar en lo que podía pasarle al dragón Dago. ¡De pronto, una idea vino a su cabeza!

—Ahora que me lo dicen, ¡ya me ha quedado claro! Y creo saber lo que a Dago le ha pasado. Eso no es una intoxicación por haber tomado un brebaje. ¡Solo le ha picado el mosquito del amor! —Explicó Berry con sabiduría.

—Pues eso no lo habíamos pensado —dijo Peter muy sorprendido— . Ahora que lo mencionas, ni Agatha ni yo, hemos visto en el bosque, ni en los mares, ni en los cielos, o en algún otro lado, a una dragona de la que Dago pudiera estar ilusionado.

—Ya no estén preocupados. Voy a volar en mi Pegaso morado, para buscar a nuestro amigo enamorado. Ya verán que se encuentra bien. Esperen aquí, comiendo galletas y jalea. Los animalitos del reino de las frambuesas, los tendrán bien acompañados, solo cuídense del búho gris, que por las tardes es muy malhumorado.

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El corcel alado, con la brida y la silla plateada, elevó a la princesa por los cielos, la llevó hasta el otro lado, de la montaña olvidada.

Llegó la noche y tres lunas enormes brillaban. En la torre del Castillo de las Hadas, Dago las admiraba.

—Hola amigo dragón —anunció Berry cuando a su lado llegó —¿Cómo se encuentra tu alma y tu corazón?

—Hola hermosa princesa, has de saber que me encuentro de lo mejor. ¿Qué te trae por estos parajes? ¿Buscas magia de las hadas?; ¿o perfumes de las flores raras, que hay en este bosque de la Montaña Olvidada? —preguntaba, contento de tener una amiga a su lado.

—Ni los perfumes, ni la magia; eres tu quien me trae por acá. Pues Peter y Agatha, quieren saber que estas bien, y quieren también conocer, a la dragona que tiene tu pensamiento ocupado. ¿O me vas a decir, que acaso no estas enamorado?

Dago el dragón se echó a reír a carcajadas, pues se alegraba oír de sus amigos  sus ideas alocadas.

—Pues no te voy a mentir, sí, estoy enamorado. Ahora que estas a mi lado, te lo voy a decir. —Dago tomó a Berry del hombro y le señaló el cielo estrellado, a donde estaban las tres lunas para que las observara. —Son esos tres astros gigantes las que mantienen mi corazón palpitante. Y es ese bosque encantado, el que me tiene fascinado. Las voces de los gnomos se juntan en un canto, y los acompaña la flauta del fauno, y en conjunto alegran a los animales y las plantas. Una vez cada año, alumbran las tres lunas con esa luz blanca, y las luciérnagas bailan, en honor a las estrellas que faltan.   

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Vivo enamorado de esta noche, con el sonido del fuego de mi garganta, me uno a la canción que todo el bosque encantado canta. Cualquier hombre de la aldea se espanta, por eso me alegra un montón, que mi amiga Berry se una a esta celebración.

Berry y Dago, volaron rápido hasta el reino de las Frambuesas, donde a la mesa,  Peter y Agatha tomaban té y comían galletas. Los levantaron por sorpresa, y los llevaron de regreso, a donde estaba la enorme fiesta. Allá los cuatro amigos, encendieron una fogata al lado de los seres del bosque; disfrutaron de la música y la danza. Y lo mejor de todo, es que Peter y Agatha entendieron, que su amigo se podía enamorar, de las lunas y de una noche especial, que se celebraba en ese lugar.

Publicado en A partir de 8 años

Sombra de un recuerdo, Jorge Muñoz Bandera

En la sombra de tu recuerdo iluminado
te encuentro en las estrellas ya dormido
aquellas que guían los caminos, en los mares
aquellas que anuncian la llegada de un Niño.

Y miro las fotografías de retazos de una vida
y te encuentro, mi abuelillo, en estos días,
con tu gorra y tu bastón, vestido de aventurero,
vestido de Santa Claus, regalando tu corazón.

Los villancicos suenan y me recuerdan a ti
tú y yo cantando, mi abuelillo, en esta noche feliz.
Noche de Paz, Noche de Amor, y yo con mi corazón en tu interior.

Vuelvo a verte entrar a casa cargado de regalillos
tus caramelos, mi abuelo, llenos de tanta ilusión.
Tus cuentos mi gran amigo, con la música heredada
que tanto, tanto nos unió.

Jorge Muñoz Bandera

27 de Enero 2021

Publicado en A partir de 8 años

Locotrón (el conejo despistado)

¿Quieres que te cuente la historia

del conejo que se cayó en un agujero?

Te la contaré despacio,

para que no te dé miedo.

Porque ese conejo sí que estaba temeroso.

¿Puedes creer que pensó

que ese agujero en el campo

era la cueva de un oso?

Iba saltando y saltando,

sin prestar mucha atención.

Y sin apenas notarlo

dio un tropezón, y ahí cayó.

Y entonces sintió el miedo que te cuento,

así, de sopetón.

Ni siquiera se dio cuenta

de que ese agujero que halló,

era la casa de su abuela,

pintada de otro color.

¡Qué conejo despistado,

miedoso, y desorientado!

Anda siempre sin cuidado,

corriendo como un tornado,

y creyendo en disparates.

Por eso después de ese día,

nadie le dice su nombre;

aunque se ponga furioso,

y rojo como un tomate,

«Locotrón» es el nombre que se ha ganado.

Fotografía: Pinterest

Publicado en A partir de 8 años

Una vida fascinante

Pitiusa era una joven excepcional; parecía haber nacido para ser diferente. Su vida no era normal y siempre destacó sobre los demás, pero tenía un terrible inconveniente: era una gran mentirosa.

Para empezar, su nombre no era habitual. En los documentos y en el colegio, se llamaba Aurora, nombre que eligió el abuelo para tal fin porque, cuando nació, Pitiusa era un bebé sonrosado y luminoso como la luz que acompaña a la salida del sol, pero, según contaba ella, para su familia, siempre fue Pitiusa como las islas del Mediterráneo.

Y es que, decía ella, su abuelo era un hombre extraordinario y el más raro de todos los miembros de la familia. Él falleció cuando Pitiusa solo tenía siete años y, según contaba, fue un explorador que ya había recorrido el mundo antes de cumplir veinte años.

Cuando Pitiusa empezó el colegio y hablaba sus primeras frases, ya se pasaba el día fantaseando sobre las aventuras de sus abuelos. Contaba que cuando ellos se casaron se fueron de viaje por todo el mundo porque tenían una misión especial que cumplir: sus abuelos custodiaban a un dragón bebé y tenían que encontrar a los otros de su misma especie que estaban repartidos en todos los continentes.

Los demás niños y niñas escuchaban extasiados las aventuras de los abuelos de Pitiusa y la profesora decía a los padres que la niña tenía una creatividad enorme y que estaría bien fomentar su pasión por la escritura para que plasmase todas las fantasías que se le ocurrían.

A los siete años narraba la misma historia a todo el que quisiera escucharla. Ahora, sus padres y ella eran los encargados de cuidar del dragón esmeralda para que cuando este cumpliera los cincuenta años se reuniera con su «novia», con la que tendría una familia. Los demás niños de su clase le preguntaban por qué tenía que ser tan mayor y Pitiusa les explicaba que los dragones vivían, por lo menos, quinientos años y que, con cincuenta, eran aún muy jovencitos. Los compañeros de clase pedían permiso a sus padres para ir a casa de Pitiusa a conocer el dragón de esmeralda, pero aquellos, conscientes de que no existía ningún animal fantástico, ponían a sus hijos excusas de todas clases para evitar que se llevaran una decepción.

Así que, con el paso del tiempo, Pitiusa se fue quedando cada vez más sola. Nadie iba a su casa ni tampoco la invitaban a las de sus compañeros, y los profesores se quejaban a los padres de la joven ante la propensión que esta sufría a mentir tanto. Sin embargo, poco podían hacer estos ante la fascinante vida que Pitiusa se había ido creando, y no hacían otra cosa más que resignarse.

En el último año de primaria, antes de las vacaciones, la clase dedicó un día a contar sus planes para el verano y, entre los viajes de unos, las escapadas al pueblo de los abuelos de otros o los campamentos deportivos a los que iban a asistir unos pocos, Pitiusa contó que, en unos días, sus padres y ella viajarían a lo más profundo de África, donde su dragón esmeralda se uniría a la dragona rubí. Eso fue la gota que colmó el vaso. Todos los alumnos se rieron de la ocurrencia de aquella joven fantasiosa y el profesor, harto de tantas historias estrambóticas, le ordenó que dejase de una vez a ese dragón imaginario; ya tenía doce años, el curso siguiente, empezaría secundaria y nadie se creía ya esas fantasías. Pitiusa, con los ojos vidriosos por las burlas de sus compañeros, se reafirmó en su historia y prosiguió contando que en el planeta había seis dragones repartidos, cada uno de una piedra preciosa; el suyo era europeo y la de rubí, la novia, era asiática. Ambos se reunirían en África cerca del Kilimanjaro para formar una pequeña familia con dos dragoncitos de piedras preciosas como había pasado durante miles de años.

El fin del curso fue un desastre para Pitiusa, el profesor estaba enfadado con ella y sus compañeros no se despidieron como hicieron con los demás. Llegó a su casa. Era muy grande, de techos altos y había objetos y adornos de todo el mundo. Atravesó la parte principal y se dirigió al jardín trasero, una inmensa explanada junto a un riachuelo y muchos árboles. Entre ellos, vio a su padre, que estaba limpiando, una a una, las piedras preciosas de color verde que formaban la coraza de su querido dragón. Este se mostraba nervioso por el viaje que iban a hacer en unos días y Pitiusa se volvió hacia su madre que llegaba por detrás.

—Me da pena que nadie haya querido venir a conocer a nuestro dragón.

—Lo sé, preciosa —se compadeció la madre—, pero tú has hecho lo que has podido todos estos años.

—Nunca sabrán que existen de verdad —siguió lamentándose Pitiusa.

—No puedes obligarles a creer en algo para lo que ellos no están preparados —le explicó la madre—. Todos nacemos con la curiosidad intacta, pero en la mayoría, desaparece muy pronto. Gracias a ese afán por descubrir cosas, tu abuelo se fue muy joven a las montañas de los Pirineos para ver qué había de cierto en lo que contaba aquel vagabundo que pasó por su pueblo, y gracias a él, hoy somos los custodios de un dragón. Pero tenemos que pagar el precio de sufrir la incomprensión de los demás.

—Pues ¿sabes lo que te digo, mamá?

—¿Qué, preciosa?

—¡Que les den!

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 8 años

La nube Chaparrón

La nube Chaparrón
salió un día al balcón
y estaba tan lindo todo
que decidió dar un paseo,
con su sombrilla de sueños
y su vestido de algodón.
Mientras volaba por el cielo
vio a un niño triste y pequeño
que no podía salir
y gritaba a toda voz:
«Quiero que llueva, mamá.
Quiero mojarme un poquito
y jugar con los barquitos
de papel multicolor
que me regaló papá».
Así que a la nubecita
se le prendió el bombillito
de la imaginación
y entonó la cancioncita
de la lluvia y la alegría.
Y llovió.
Pero el niño no salió.
Es que no tuvo que hacerlo,
porque desde su balcón
se mojó en un chorro grande
que caía desde el techo,
mientras miles de barquitos,
bailaban con la canción
y las gotitas de agua
de la nube Chaparrón.

Imagen: Pixabay