Publicado en A partir de 11 años, Cuento

El organillero

En una esquina de la tranquila calle Independencia, el hombre del organillo toca melodías alegres, para disfrute de los que por allí caminan.

Los mayores recuerdan que siempre estuvo allí, en el mismo lugar y les parece increíble que ese personaje se vea siempre igual y no envejezca. Muchos dicen que es el fantasma del organillero que a mediados del siglo pasado tocaba el instrumento y era el modo como se ganaba la vida.

Hubo un tiempo en el que ese hombre había dejado de verse por el lugar y se temía que algo le hubiera pasado, pero un tiempo después reapareció ocupando su puesto. De eso hacía mucho tiempo, cuando los  mayores de hoy eran en esa época los niños que se acercaban para ver al hombre con el curioso instrumento y se divertían bailando contentos con la alegre música.

Todos pasaban por el lugar y lo miraban con simpatía. Tenía un rostro amable y parecía muy complacido de distraer a la gente. Tocaba su música desde que llegaba temprano en la mañana, hasta mitad de la tarde cuando se marchaba.

Los chiquillos, curiosos ante tan raro aparato, se detenían a observarlo y hacían bromas sobre su aspecto, el cajón de madera sobre ruedas y la manilla con la que el hombre activaba el mecanismo, pero también disfrutaban de las melodías.

La tarde del domingo, cuando pocas personas transitaban por esa avenida, ya que por ser día no laborable no abrían los locales comerciales, se oyó la música sonar.

Los vecinos más cercanos escuchaban asombrados, extrañados de que el organillero estuviera allí ese día y a esa hora. Alguien bajó de uno de los pisos superiores del edificio de la farmacia, con la intención de tomar un video con su móvil. La sorpresa fue tal que esta persona casi se desmayó al ver que no estaba el hombre ejecutante. El instrumento estaba apoyado sobre unas cajas de desecho y tocaba por sí sólo una conocida pieza musical.

Así continuó, tocando y tocando, una canción detrás de otra, sin descanso. Cuando atardecía, la música cesó.

No se escuchaba nada en la calle que a esa hora seguía vacía, todos descansaban en sus casas.

Cuando parecía que todo estaba normal, comenzó a sonar el organillo de nuevo, esta vez con más fuerza y una música muy alegre y movida.

La gente se asomaba por los balcones y veían que la calle estaba llena de gente: hombres, mujeres y niños que parecían sacados de una película antigua, con ropas y sombreros extraños.

Todos bailaban alegres, hacían rondas y aplaudía acompañando las melodías. Eran los fantasmas del pasado, gente que había vivido hacía muchos años en las antiguas casas que ya no existían, las que estuvieron en donde hoy se levantan los grandes edificios. Habían vuelto esa noche para celebrar todos juntos, un reencuentro de quienes fueron vecinos y amigos.

Así estuvieron bailando y cantando hasta justo la media noche. Cuando el reloj de la catedral dio las doce campanadas, dejó de escucharse la música. Los fantasmas fueron desapareciendo hasta que la calle quedó de nuevo vacía y en silencio.

Desde ese día no se volvió a escuchar el organillo. Desapareció para siempre. Solo quedó el recuerdo entre los actuales habitantes del sector.

Entre todos, reunieron fondos para encargar a un artista una escultura, réplica del hombre tocando el organillo, la cual fue colocada en un alto pedestal en la esquina en la que solía aparecer para tocar su música. De esta forma se recordaría por siempre al simpático personaje y su maravilloso organillo.

Autor: Adalberto Nieves

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

Hay alguien en la habitación de arriba.

La Navidad pasada mi padre nos llevó a conocer a su tía abuela, o sea, mi tía bisabuela, una señora muy mayor a la que yo no conocía y quien, según nos dijo él, era una mujer extraordinaria que había dado la vuelta al mundo varias veces.

Ahora, ella vivía en una casa enorme, muy vieja, que daba pavor, en la que nos recibió una mujer que cuidaba de la casa y de mi tía bisabuela. Dijo que la dueña dormía la siesta en ese momento y aprovechó para enseñarnos nuestras habitaciones. La de mis padres estaba en una punta del pasillo y la nuestra, en la otra, una distancia que me pareció exagerada para un sitio en el que solo vivían dos señoras mayores.

Me dio la impresión de que mi hermano pequeño y yo no le gustábamos, la mujer pidió a mis padres que los niños no estuviéramos correteando para no molestar a la señora y que no trasteáramos por ninguna parte. De manera que mi padre nos mandó a jugar al jardín, pero como fuera hacía un frío que pelaba, le dije a mi hermano que fuésemos a cotillear por la casa para ver qué encontrábamos.

Él me respondió que no quería meterse en problemas, pero yo no quería perder la oportunidad de conocer una mansión y decidí recorrerla entera yo solo.

Pensé que sería mejor comenzar la «Misión revelación», como la llamé, cuando estuvieran todos durmiendo. Por supuesto, yo iría muerto de miedo, pero con la linterna de mi móvil, podía ver hasta el último rincón de la casa.

Así que esa noche me dispuse a investigar la planta donde estaban mi dormitorio y el de mis padres. Era muy tarde y no había mucho que ver aparte de las fotografías de las paredes. Pero, entonces, empezó la pesadilla.

Unos golpes como martillazos se sucedieron uno tras otro y recorrieron el techo del pasillo hasta el final.

Allí hubo un estruendo como si se hubiera derrumbado algo. Quedé paralizado en mitad del corredor con el móvil en la mano y mirando al techo. Era en la planta superior y el misterio estaba allí, pero no podía moverme.

Había alguien en una habitación de arriba. Después de un rato grande, recorrió, de nuevo, todo el pasillo con ese espantoso ruido: «toc-toc-toc» y, al final, el estruendo.

Decidí que había investigado demasiado por aquella noche y dejé la misión para la siguiente. Cuando me levanté, conocí a la “bisa”. No me gustó, vestía ropas antiguas y llevaba un sombrero como las mujeres de las pelis en blanco y negro. Además, me pareció muy estirada.

Mamá me dijo que no estaba acostumbrada a los niños, pero que era una mujer interesante y mi padre se pasaba todo el tiempo embobado con ella escuchando las historias que su tía abuela había ido acumulando durante sus viajes.

Quise contarle a mi madre que no me gustaba la «bisa» y que en esa casa pasaba algo raro, pero no pude; la señora no soltó a mis padres en todo el día y llegó la noche sin poder hablarles.

Tenía que descubrir el misterio y salí de mi habitación a la misma hora de la noche anterior, los golpes recorrieron otra vez el techo del pasillo y al terminar, de nuevo, el estruendo.

Subí despacio y vi que salía luz por la rendija de una puerta. Alguien hacía ruidos dentro y, tras una hora, arrastró una silla y volvieron los golpes sobre la madera del suelo. Allí no había sitio donde esconderse; bajé y esperé a que quien fuera volviese a su cuarto. Cuando llegó, subí y encontré la habitación abierta, así que entré sin pensarlo.

Encendí la linterna y grité de espanto. Había tres esqueletos y dos mesas viejas con aparatos de tortura: pinzas, cuchillos, alicates, sierras. En las vitrinas, tarros con dientes, ojos y hasta una mano. Era la habitación del horror.

Alguien, seguramente con una pata de palo, vivía allí y, lo peor, era un psicópata asesino.

Bajé gritando y mis padres salieron asustados de su habitación. Mi madre se acercó a calmarme, pero no dio tiempo. Otra vez, los golpes recorrían el techo y todos miramos arriba aterrados.

—¡Ah! Ja, ja. Esa es mi tía con su andador —rió mi padre. Subió y dijo—: Agárrate a mi brazo. Yo te ayudo —Se produjo el estruendo otra vez—. ¡Pero, tita! ¡No tires el andador así! Luego dices que no te sirve.

Asomaron por las escaleras. La «bisa» estaba disgustada.

—No quiere que la veamos con el andador. Es muy coqueta —Mi padre sonrió a su tía abuela.

—¡Papá, tiene una habitación con esqueletos! —me chivé— ¡Y manos, ojos, corazones…!

Mi madre miró espantada a mi padre.

—Pero ¿qué dices, criatura? —se enfadó la «bisa».

—Ese cuarto es su laboratorio —explicó mi padre—. Es antropóloga y muy buena. Famosa en todo el mundo.

La «bisa» me clavó su mirada y me puse colorado como un tomate.

—¿Era eso lo que me querías contar? —preguntó mi madre.

—Sí, lo siento —murmuré.

—No te disculpes —dijo la «bisa»—. Es culpa de todos por no habernos sentado a charlar. Bajemos —ordenó— y os contaré mis aventuras.

—¡Oh, Dios! —exclamó mi madre.

Mi padre la acompañaba escaleras abajo y nos miró desolado.

—¡Oh, Dios! —repitió mi madre—. Ahora se pasará días contándonos historias de terror.

—Vaya —dije—. Ahora no sé qué será peor.

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

La ladrona de contraseñas. Capítulo 9

CAPÍTULO 9

Pasaron unos días y Ruth recibió su castigo oficialmente por parte del colegio. En los recreos tenía que ayudar en las tareas de limpieza del patio. Debía poner las mesas de su curso en el comedor, y cuidar de los más pequeños. Además tenía que visitar a la psicóloga del centro cada jueves. Aún así, no se quejaba. Después de todo, era consciente de que había tenido suerte.

Cerca de las vacaciones de verano, Ruth pintaba el muro del colegio mientras veía a Andrés y Marta de la mano. Estaba furiosa, pero ahora eso le tenía que dar igual, recuperar a Cleopatra era más importante.

—¿Quieres un zumo? —el chico de la mesa de la primera fila, junto a la ventana, le tendía la mano con un zumo de piña—. Era el único del colegio que le había hablado en mucho tiempo. Odiaba la piña, tanto o más que a su prima Marta, pero agradecida y con una sonrisa se lo bebió.

Quién sabe, quizás aún había esperanza y Marta estaba cambiando.

FIN.

Publicado en A partir de 8 años, Cuento

TONY, DROGO Y TANGO, MARÍA JOSÉ VICENTE RODRÍGUEZ

TONY, DROGO Y TANGO

Soy Tony, un ratón de campo que vive en una ciudad y tengo dos mejores amigos: Drogo y Tango. Somos inseparables desde casi, ¡toda la vida! Drogo es un pastor alemán, un perro muy fuerte y siempre nos defiende. Tango es un gato bengalí muy listo, rápido y muy cariñoso conmigo, con Drogo no se lleva muy bien. Pero lo importante es que, procuramos estar todo el día juntos, al menos de eso se encarga Drogo, que, muchas veces, me sube a su lomo como si yo fuera Don Quijote y él mi caballo Rocinante.

Pasamos horas y horas jugando: las aventuras de persecuciones son las que más le gustan a Tango, le encanta que yo corra y él trata de cazarme. A veces es tan cariñoso y me estruja tanto que cualquiera diría que quiere comerme, pero es mi amigo. A Drago, le gusta correr grandes distancias y prefiere el escondite, donde trata de que el gato no nos encuentre. A veces, este juego dura varios días, pero Tango es tan listo que siempre nos encuentra.

Una noche, decidimos ir a cenar a un italiano, es la comida que más nos gusta, menos a Tango. Drogo estaba cansado de comer esa semana tanto pescado, así que propuso ir a comer a la Casa Toscana. Allí el chef nos trata como a señores y nos guarda los mejores restos de sus clientes. Cuando vamos puedo degustar diferentes quesos, el que más me gusta es el gorgonzola, pero el que más ponen en las pizzas es la mozzarella. A Drogo lo que más le agrada son los canelones o la lasaña. Tango, tenía las esperanzas puestas en unas buenas raspas, poco limpias, de besugo.

—Hacía algunas semanas que no veníamos aquí, ya echaba de menos un buen trozo de pollo a la milanesa —comentó Drogo relamiéndose el hocico y bajando la comida con un poco de agua.

—¿Por qué los niños dejarán un olor especial en la comida? Mirad —separé dos trozos de pizzas— este trozo, que no tiene el borde, tiene olor a fresa. ¿Por qué los niños comen el borde y los adultos no?

               Tango se acercó sin hacer ruido y olisqueó el trozo que le señalé.

—Tiene trozos de gelatina de fresa, atontao. Los mayores no se piden eso —Tango me puso una pata encima hundiendo mi cabeza en la comida, era muy bromista. Sin embargo, Drogo se puso en alerta y le gruñó. —¿A ti que te pasa, perro?

—¡Suéltalo! ¡Ya! —Drogo tensó su cuerpo preparado para abalanzarse sobre el gato.

—¡Estás celoso, Drogo! —me reía con mi risa chillona ratonil— Tony, dale mimitos también a Drogo, por favor. —Allí seguía yo, con la cabeza aplastada sobre la mozzarella mientras el gato me lamía y se relamía, sin darme cuenta.

—Parece que tienes ganas de jugar conmigo esta noche, Tango. No me provoques. —El perro empujó al gato. Este cayó sobre sus patas con suavidad y su cuerpo se erizó.

—¡Venga vamos a jugar! Hoy solo hemos dormido y hace mucho tiempo que no jugamos al pillar. Venga Tony, te doy ventaja, te cuento hasta cinco esta vez. —El gato me daba con la pata animándome a correr, su cara estaba muy extraña, me miraba con hambre, pero era mi amigo y solo quería jugar. Mientras se relamía, miraba de forma provocativa a Drogo.

—No le hagas caso y súbete a mi lomo Tony, ya hemos comido hoy bastante, mañana será otro día. —Drogo me extendió la pata para que me subiera.

—Pero quiero jugar al pilla- pilla con Tony —le dije.

—¡No! Vamos a jugar al escondite. Primero escóndete tú y yo me la quedo con el gato. —Drogo no quitaba ojo al felino.

Cuando corrí para esconderme, no pude ver todo lo que sucedió: el gato dio un brinco dispuesto a cazarme. Drogo lo alcanzó abalanzándose sobre él. Le dio tal golpe, que impactó sobre la pared. Yo, con mis patitas cortas de ratoncillo, corría y corría, buscando un lugar donde ocultarme, sin enterarme de la lucha entre mis amigos, y me agazapé en una alcantarilla a la espera.

La lucha entre Drogo y Tango se alargó más de la cuenta y me quedé dormido de tanto esperar.

Llegando el alba, Drogo me encontró dormido, me cogió entre sus patas con delicadeza y me situó en su lomo. El perro, cojeando y maltrecho y yo, fuimos en busca de otra biblioteca.

—Estás herido, Drogo, ¿qué ha pasado? ¿Y Tango?

—Unos vagabundos nos quisieron arrebatar nuestra comida, ya sabes que no me gusta que eso pase, me pongo hecho una furia, y nos pegaron a los dos. Cuando ya se fueron, Tango me dijo que te buscara y nos escondiéramos. Nos dará de ventaja hasta esta noche. Ya era necesario buscar además otra biblioteca. Quizás en un pueblo lejano.—No sabía que me estaba mintiendo.

—Pero entonces Tango no nos encontrará.

—Quizás no lo veamos más, quien sabe.

Autora: María José Vicente Rodríguez

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

El duende–puente.

Lorenzo no quería ir al colegio al día siguiente; su madre estaba enferma y tenían que llevarla al hospital, pero su padre había dicho que no podía faltar a clase.

Se acostó refunfuñando que si los libros no existieran, él no tendría que ir a la escuela, y se durmió deseando que desaparecieran todos los libros del mundo.

Cuando despertó, encontró a sus padres aún en casa y a un extraño hombre que murmuraba canciones junto a la madre enferma.

—Ha venido el curandero —dijo el padre.

Lorenzo se sorprendió:

—¿Por qué no está el médico?

—Él es el sanador, posee los conocimientos de los espíritus para curar.

Lorenzo vio que todo había cambiado; no había teléfono ni televisor ¡ni luz!, y en la puerta, un hombrecito hacía gestos para que se acercara.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Soy Luminare el duende-puente entre mundos. Ahora estás en el de la oscuridad y la ignorancia: no hay libros, aquí reinan la tradición y las supersticiones.

—¡Pero mi madre necesita un médico!

—Para eso, tendrían que existir los libros, pero tú deseaste que desaparecieran, aunque puedo ayudarte.

  Lorenzo salió con el hombrecito y se adentraron en el bosque que rodeaba la ciudad. El niño estaba aterrado; había sombras que sobrevolaban impidiéndole avanzar. El duende dijo que no les hiciera caso, aunque los fantasmas oscuros se le cruzaran para apartarlo del camino.

 Corría tras Luminare atravesando zarzas y matojos, tropezando con piedras, pisando charcos de barro mientras las sombras los perseguían de cerca. El duende lo animaba; era muy importante atravesar el muro de la sapiencia para encontrar la clave que salvaría a su madre.

No fue difícil; el duende avisó que solo tenía que desear aprender y el muro se encogería para saltarlo.

Detrás, había una ciudad con luz y color. Luminare indicó que buscase la casa más antigua y se quedó esperando en el bosque. Lorenzo encontró el edificio enseguida; en la puerta había un cartel donde se leía “IMPRENTA”. Dentro, un hombre con un delantal manchado de tinta y gafas sonrió.

—Alguien ha pedido que desaparecieran los libros y, ahora, tu ciudad está invadida por las sombras.

—¿Cómo lo sabe?

—Ya han venido más niños que desearon lo mismo para no tener que estudiar —dijo el hombre, e hizo un gesto para que entrase en la trastienda donde había un libro antiguo y pesado.

—Es el primer libro que imprimió Gutemberg, el inventor de la imprenta. Es un tesoro —dijo el hombre muy serio—, no lo pierdas: con él, vuestra ciudad recuperará los conocimientos; después, regresarás para devolvérmelo.

Lorenzo se lo prometió y retornó al muro, trepó y vio a Luminare que seguía detrás.

—Vamos. Se acaba el tiempo —dijo el duende.

El niño saltó con su tesoro y corrió a casa para salvar a su madre. Las sombras esperaban agazapadas para quitarle el libro, pero, mientras Lorenzo atravesaba el bosque, los espinos se fundían y los colores y la luz se extendían exterminando los fantasmas que se acercaban.

Los vecinos también lo perseguían para arrancarle el libro y Luminare abría paso para ayudarlo. Al fin, llegó a casa y cerró de un portazo.

Allí, el brujo retenía a su madre enferma y ordenó al padre que destruyera el libro. Este se abalanzó hacia él, pero Luminare se interpuso chocando con el hombre que cayó rodando. En la puerta de su habitación, Lorenzo gritó al duende.

—¡Entra! ¡Corre!

—Ya no puedo seguir —Luminare estaba desapareciendo.

  Lorenzo quiso llevarlo a su cuarto, pero cuanto más se acercaba con el libro, más se difuminaba el duende.

—No puedes irte —dijo Lorenzo—. Me has ayudado. Dime qué hago.

—Salva a tu madre y tu mundo. Yo pertenezco a la fantasía y no podemos estar juntos, pero cuando escribas sobre mí podré volver contigo.

Lorenzo abrió el libro y un haz de luz invadió la casa. Luminare desapareció y todo volvió a ser como antes. Sus padres despertaron del hechizo y las luces iluminaron las casas y la ciudad como el amanecer de la primavera.

Los padres fueron al hospital y Lorenzo al colegio. Cuando regresó,  su madre ya estaba muy recuperada. La besó y corrió a la habitación: quería escribir un cuento donde un duende, Luminare, salvaba a los humanos de la oscuridad y la ignorancia.

Olga Lafuente.

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Publicado en Cuento

Sonrisas pintadas

El inicio del curso siempre suponía un torbellino de emociones para los niños, la gran mayoría se alborotaban ilusionados; otros como los pequeños que empezaban Educación Infantil, con angustia. Violeta pertenecía a este último grupo, aunque ella entraba a Cuarto de Primaria. Su zozobra era tal, que justo un día antes de incorporarse a las clases se puso enferma con febrícula y vómitos. Sus padres no quisieron forzarla, la dejaron en casa intentando animarla pues sabían muy bien que la causa de su enfermedad era la ansiedad.

Violeta era una niña encantadora, allí donde miraba encontraba la alegría. En su ya hermoso rostro, siempre lucía una sonrisa; y eso que la vida no se lo había puesto fácil, con solo dos años le detectaron pérdida auditiva. Empezó poquito a poco como un ladrón sigiloso de sonidos que le iba robando las voces de su seres queridos; los ladridos de Tobi, su cachorrito; el rugir del viento…

Desde ese día las audiometrías, las pruebas y tratamientos fueron algo habitual. Por más que buscaron no encontraron ninguna anomalía, ninguna causa contra la que luchar. Su familia no dedicó ningún segundo en lamentaciones. Pronto todos se dedicaron a aprender el lenguaje de signos. Unas veces los gestos no eran lo que tenían que ser; pero siempre, bien o mal, intentaban que fuera una tarea divertida.

Con el tiempo Violeta presumía de ser bilingüe: por un lado sabía hablar con las manos y por el otro con la boca. Eran idiomas diferentes pero ambos ricos en el milagro de la comunicación. Y cuando todo se hacía muy cuesta arriba contaba con el lenguaje universal del amor: las sonrisas, los abrazos, las miradas que derriten el corazón, el sentirse querida y capaz de todo.

Los ojos de Violeta eran negros y brillantes, su madre decía que tenían estrellas y que por eso brillaban tanto. Así debía de ser porque eran realmente mágicos. Con ellos escuchaba todo lo que pasaba alrededor, ayudando a desentrañar lo que muchas veces los sonidos le velaban. Si se fijaba bien, Violeta leía el alma de los que la rodeaban: sus mentiras, sus sueños, sus penas, sus intentos de aparentar lo que no eran. ¿Por qué los humanos solían decir una cosa y sentir otra distinta? Eso era un misterio que no conseguía resolver.

Con sus primeros audífonos el mundo sonoro fue un regalo que no se cansaba de explorar. Aunque les costaba entender el lenguaje oral, sus ojos mágicos le ayudaban en esta tarea. Era una niña feliz, agradecida a pesar de que el mundo estaba hecho para los oyentes, y de que en cada momento encontraba barreras que le dificultaban su aprendizaje y su vida diaria.

La pandemia hizo que este mundo construido con tanto esfuerzo se derrumbara como un castillo de naipes. De nada servían los ojos para ver el alma, de nada los gestos, ni las palabras que dibujaban los labios y que Violeta era tan capaz de entender. Las mascarillas lo tapaban todo y además las voces que tanto le costaba escuchar, le llegaban muy distorsionadas. Tampoco podía acercarse para oír mejor. Violeta se sentía aislada, iba a clase y no se enteraba de nada, no entendía ni a los profesores, ni a sus amigos. Comenzó a sentir una tristeza tremenda, tan grande y honda, que sus hermosos ojos de color negro dejaron de brillar.

Desde el colegio hicieron todo lo posible para que le asignaran un intérprete de signos, pero fue un intento vano. Los profesores se afanaban para ayudarla, pero ellos mismos se encontraban desbordados intentando que nadie tocara, abrazara o se acercara a otro… Con niños más distraídos que de costumbre, asustados, estresados…

Así el comienzo de un nuevo curso, no venía cargado de ilusiones para Violeta. Nadie sabe la impotencia que se siente cuando estando con tanta gente alrededor, las barreras te aíslan de todos, como si estuvieras solo en el mundo. Pasadas esas dos semanas iniciales en las que enfermó, llegó la hora para ella de incorporarse a las clases. Sus padres habían intentado animarla diciéndole que todo iba a estar mejor, pero ella había perdido toda esperanza.

Al llegar al colegio, le esperaba una gran sorpresa: todos, niños y profesores habían pintado en sus mascarillas una sonrisa; unas mejores que otras, pero todas dibujadas con la intención de que Violeta pudiera leer de nuevo el alma de la gente. Y conforme iba pasando entre ellos, sus manos la saludaban con el lenguaje de los signos, unas decían «¡hola!», otras «¡bienvenida». Además en su clase sus compañeros se habían esforzado mucho en mantenerse en silencio para que sus voces no silenciaran la de los maestros; y cuando alguien quería hablar levantaba la mano y se colocaba delante de Violeta para que ella pudiera escucharlo. La «Seño» escribía lo más importante en la pizarra…

Fueron muchas las pequeñas atenciones a lo largo de la jornada lectiva. Al volver a casa su desazón había desaparecido. El curso no sería sencillo pero con la ayuda de los demás sería mucho más fácil superarlo. Esa noche, como de costumbre, las estrellas volvieron a brillar en sus ojos.

Si estás leyendo esta historia, piensa que tú puedes ser la sonrisa pintada en la vida de quien pueda necesitarla.

(Fotografía de portada: Pixabay).

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

La ladrona de contraseñas. Capítulo 8

CAPÍTULO 8

A las seis de la tarde, Marta y Andrés se conectaron a la reunión con la tablet en la cafetería.

—¿Estamos todos?

Andrés contó con detalle sus conversaciones con Ruth y las amenazas.

—Opino que no le demos la oportunidad, no se arrepiente y no cambia —dijo Pedro muy indignado.

—Está bien, llamaremos a Ricardo —respondió Andrés.

—Chicos, ¿cómo se os da escribir cartas de amor? —Preguntó Bea.

—No es momento para chistes, Bea —regañó Pedro, aún enfadado por la acitud de Ruth.

—No es un chiste. Es que tengo un plan. Tendremos todos una carta de amor escrita hacia uno de nosotros y la dejaremos guardada y preparada. Si Ruth cumple su promesa, entonces todos publicaremos nuestra supuesta carta de amor en el chat.

—¡Eres increíble! ¡Qué buena idea! Así su carta será una más —dijo Simón entusiasmado.

—¡Quién sabe, igual lo ponemos de moda y todo! —dijo Ana

Todos rieron, menos Pedro que aún estaba enfadado. No soportaba a los abusones como Ruth.

—Propongo invitar a Ricardo a este chat y contarle todo —dijo Simón.

A todos les pareció bien la idea.

Ricardo llamó a su padre, quien escuchó atentamente la historia desde que le robaron la cuenta a Marta. Cuando terminaron de hablar, el policía dijo:

—Conozco a los padres de Ruth, hablaré con ellos. Esta parte dejádmela a mí.

—Chicos, ¿habéis visto el chat? —Ana hablaba atropelladamente.

—Marta, ¡¡TU CARTA!! —gritó Pedro.

Andrés intervino rápidamente:

—Todos a crear sus cartas y publicarlas en el chat. Se nos ha adelantado Ruth.

En cuestión de una hora, el chat del colegio estaba invadido de cartas de amor, cada cuál más original y graciosa. Tanto que los demás compañeros empezaron a declararse también.

Ruth no se lo podía creer. ¿Qué estaba pasando? El chat no hacía más que sonar y publicar notificaciones. ¿Se habían vuelto todos locos o había una epidemia primaveral de declaraciones de amor?

Una de las cartas era para ella:

“Ruth, me gustas. Soy de tu clase y me siento en la primera mesa, al lado de la ventana”.

Sabía quien era y se quedó perpleja.

—Ruth, ven inmediatamente al salón —La voz de su madre era muy seria.

Cuando llegó, vio con angustia al padre de Ricardo. Tenía las manos en la espalda y miraba un punto en el techo.

—¿Qué nos está contando el padre de Ricardo? ¿Sabes cuál es el castigo por esas acciones? ¿Sabes que es un delito muy grave lo que has hecho?

Ruth ahora sí que estaba asustada. Pudo ver otro mensaje en el chat, antes de mirar a los ojos a sus padres:

“Marta, soy Andrés. Me ha costado decidirme, pero ahora que este chat se ha vuelto loco, quiero aprovechar para decirte que me gustas, que eres genial y que te quiero.”

<<¿Te quiero? ¿En serio? ¿A la odiosa de mi prima?>>

Sus padres estaban decepcionados y el padre de Ricardo habló:

—Pondremos todo esto en manos de la justicia, tus padres están de acuerdo, porque no has mostrado ni pizca de empatía hacia tu prima y los demás. Como es la primera vez, seguramente consigamos que realices servicios sociales después de la escuela.

—Por supuesto nada de móvil, ni redes sociales y Cleopatra será cuidada en el terrario de Ricardo —dijo el padre.

—No por favor, Cleopatra no. Haré lo que digáis, pero dejadme a Cleopatra —suplicó Ruth.

—Eso dependerá de tu comportamiento.

Continuará…

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

La ladrona de contraseñas. Capítulo 7

CAPÍTULO 7

—Dime —respondió Andrés con sequedad.

—Está bien. Haré lo que me pidáis.

Andrés suspiró aliviado.

—Tu prima está preocupada.

—¿Esa odiosa? No lo creo —dijo burlonamente.

—Ruth, tu prima es mi amiga. Delante mía no la nombres así. Adiós.

Cuando se cortó la comunicación, Ruth tiró el teléfono en la cama y se tumbó boca arriba pensativa. Parecía que Andrés estaba muy interesado en la tonta de su prima. Quizás le gustaría saber algunas cosas sobre ella.

El móvil sonó de nuevo, era un mensaje de Andrés:

DECÍDETE, QUEDA POCO TIEMPO. RICARDO SOLO DIO UNA SEMANA.

Volvió a llamarle:

—Oye, qué pasa, ¿que no sabes escribir en minúsculas?

—Así escribo a quien no escucha —A Andrés se le había agotado la paciencia.

Ruth hizo una pausa.

—Está bien, ¿qué tengo que hacer? Ya te dije que haría lo que me pidiérais.

—Es muy fácil, pedir perdón a todos cara a cara. Da gracias que tienes que llevar mascarilla.

Ruth no había pensado en eso.

—No me van a perdonar.

—Y hay otra cosa.

—¿Qué?

—Deberás prometer que no lo volverás a hacer. Lo tenemos todo guardado y si no cumples tu palabra se lo enviaremos a Ricardo, que estará encantado de proceder a denunciarte.

—Ummm… si eso ocurre, dile a Marta que yo contaré su historia secreta.

—¿De qué hablas? —preguntó Andrés muy enfadado.

—Si es necesario, ya te enterarás en el chat del cole.

—¿Sabes qué, Ruth? Creo que no merece la pena ayudarte. Para pedir perdón tienes que estar arrepentida y veo que no lo estás. Si te metes con Marta todos la apoyaremos. Somos sus amigos.

De nuevo se cortó la comunicación. Esta vez Ruth tiró el teléfono con todas su fuerzas al suelo y el cristal de la pantalla se resquebrajó ligeramente.

Llevaría su plan a cabo y se vengaría de Marta, esa odiosa, siempre querida por los demás. Se iba a enterar. Sabía todo sobre ella.

Mientras tanto, Andrés quedó con Marta para tomar un refresco:

—Marta, tengo algunas noticias de tu prima que no te van a gustar.

—Creo que no hay nada ya que me sorprenda de ella. No cambia.

—Amenaza con sacar tu “secreto” a relucir en el chat… Parece que estuvo muy entretenida leyendo tu correo.

Marta, se sentía triste. No esperaba aquel revés.

—Nos tienes a nosotros, no debes preocuparte.

—En realidad sí. Escribí a Rafa diciéndole que me gustaba y la carta es muy cursi.

Estaba colorada.

Andrés rió.

—Algo se nos ocurrirá, no es para tanto.

Ahora que su amiga estaba más tranquila, se le ocurrió una idea y convocó reunión:

“REUNIÓN HOY A LAS 18:00. RUTH AMENAZA A MARTA CON CONTAR SUS SECRETOS”.

Continuará…

Publicado en A partir de 7 años, Cuento

Un hechizo para Fausto el fauno.

Agatha era una bruja que siempre traía sus ropas desgarradas, porque se la pasaba escalando montañas, volando en su escoba a través del bosque, o explorando en las cuevas, aprendiendo cosas nuevas.

Conocía muchos hechizos, pócimas y recetas para casi cualquier cosa. Todo lo apuntaba en diferentes libros. Tenia muchos. Ella misma los había escrito con sus descubrimientos.

Un día Fausto el Fauno fue a visitarla, pues necesitaba un remedio para espantar a un feroz grupo de eleonques que comenzaban a llegar al noreste del bosque. Los eleonques eran unas sombras gigantescas de humo con forma de leones con alas de murciélago. Y se aparecían para hacerle daño a los animales, plantas y seres que viven felices en la naturaleza.

La bruja sabía exactamente el hechizo que necesitaba Fausto el Fauno. Buscó y rebuscó entre los libros, pero tenia un desorden por toda la casa y no encontraba por ningún lado, la receta exacta. Y es conocido, que la magia funciona solo si se sigue al pie de la letra el hechizo.

Fausto empezaba a perder la paciencia, pues era de extrema urgencia ir a defender el bosque de los eleonques.

—¡Lo tengo! —Gritó la joven bruja, desde atrás de una pila de libros. —Necesitamos algunas plantas secas, unos minerales, sal de mar, pelos de un gato blanco, espinas verdes de un rosazul, un pétalo de girasol y una esmeralda marítima. Tengo todo, menos la esmeralda.

El fauno se preocupó:

—¿Es muy difícil de conseguir, Agatha? —preguntó con su voz que siempre sonaba apaciguante.  A pesar de estar intranquilo.

—No mucho. Solo hay que tomar una de las esmeraldas que están en el túnel que va desde la selva hasta el mar. Puedes pedirle de favor a las tortugas que vayan al fondo y te den una.

—No me tardo —dijo Fausto el fauno, cerró los ojos, caminó y luego se desapareció, atravesando los maderos de la puerta.

Agatha, se quedó a releer el hechizo y a hacer un polvo mágico con todos los ingredientes que, vació en una pequeña caldera, en medio de un desastre de casa con libros regados por todos lados.

A los diez minutos, regresó Fausto el fauno, traía con él, en su peluda mano, una esmeralda marítima que aun estaba mojada.

—Aquí tienes Agatha.

—Gracias. —Le contestó la bruja. Tomó la piedra y la coloco en un pequeño costalito, donde tenía el resto de los ingredientes.

—Disculpa Fausto, ¿Qué luna habrá esta noche? ¿Es gibosa menguante, cierto?

—Así es.

—Bien, bien, quería estar segura. —Contestó sonriente, como siempre, y continuó trabajando en el costalito mágico. —Estas son las instrucciones: Cuando la luna este en cuarto menguante, entierra la esmeralda debajo del árbol mas grande que veas en el bosque y recita el hechizo.

.

Una esmeralda desde el mar,

Para combatir el mal,

Los eleonques se tienen que marchar.

.

La luna está a la mitad,

Pero tienes la fuerza del sol,

para contraatacar.

.

Árbol gigante,

Que solo conoces bondad,

Elimina la amenaza de todo este lugar.

.

—¿Es todo? —Preguntó Fausto el fauno

—Sí, ya sabes cómo funciona la magia. —Le contestó y le guiñó un ojo.

El fauno hizo una reverencia, se giró y desapareció de nuevo. Se fue al bosque a esperar que la luna menguara un poquito más. En las alturas del cielo se escuchaban unos aullidos espantosos. Eran los eleonques volando por las copas de los árboles, intentando comerse a los búhos, las ardillas y los venados que andaban cerca. Los animalitos corrían en todas direcciones y se escondían.

Al fin se llegó el momento, el fauno enterró la esmeralda marítima y recitó el hechizo. Los eleonques dieron un chillido que provocaba miedo.

Luego, se escucharon truenos de relámpagos en el cielo. Era como si cayera una tormenta, pero sin una gota de agua. Después, el sonido se fue yendo de a poco hasta desaparecer en las lejanías del bosque.

Cinco días después de que el Fauno espantara a los eleonques, se apareció en la puerta de Agatha.

—Hola Fausto. ¿Cómo te fue en la batalla?

—Fue sencillo, esas sombras de terror no se volverán a acercar pronto. Y, por cierto, vengo a agradecerte. —El ser del bosque, abrió espacio sobre la mesa y dejó caer sobre ella, un libro pequeño y una vara de madera adornada con piedras preciosas.

—¿Qué es eso? —Preguntó Agatha, sospechándose la respuesta.

—Es un regalo que te hice con ayuda de las hadas

—¡No lo puedo creer! ¡Es un libro hecho por hadas! —Gritó emocionada, tomando el libro en las manos.

—Sí. Y la varita la hice yo, con ayuda de algunos animales que me trajeron piedras, tiene una esmeralda marítima también. —La bruja tomó la varita y comenzó a hacer magia con ella. —¿Entonces ya sabes para que es el libro y la varita?

—Claro, siempre desee tener un libro mágico hecho por las hadas. Ahora puedo, con la varita de piedras, organizar todas mis recetas, todos los hechizos, las pócimas, los cuentos y todo, dentro de un solo libro infinito, que jamás se va a llenar.

—Así es. En sus páginas aparecerán solo las recetas que necesites.

—Pues lo que necesitamos por ahora, es beber un té de pétalos de solilaris y galletas de nuez, para celebrar —dijo Agatha, y por fin, le sacó una sonrisa, después de mucho tiempo, a Fausto el fauno.

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

EL HADA CLARA, MARÍA JOSÉ VICENTE RODRÍGUEZ

EL HADA CLARA

El hada Clara murió y debía comenzar el ritual de enterramiento. Su casa árbol tendría que ser cerrada y sus pertenencias repartidas. Sería enterrada junto a su casa para que su espíritu impregnara cada gota de savia del árbol. La magia fluiría por el tronco, por cada rama, por cada hoja y cada semilla. Resurgirían nuevos retoños que ayudarían a seguir creciendo al Bosque Mágico. Un aura mágica fluía por toda la arboleda ya que las sangres de las hadas centenarias corrían por sus entrañas. Cada vez que un hada moría, y la enterraban junto a su árbol, la magia del bosque se renovaba.

               Cada posesión que Clara tenía, debía ser repartida, salvo sus tesoros prodigiosos. Estos objetos serían los que elegirían a su siguiente portadora.

               A la tercera noche, después de ser enterrada Clara y para comenzar el ritual de desprendimiento se situaron alrededor de su árbol, sus cuatro objetos mágicos: una vasija transparente con la base de plata que, aun siendo traslúcida, reflejaban todos los colores del arcoíris; una tela de seda azul celeste, que brillaba entre un gran lazo rojo que lo sostenía; también había un espejo de mano, tallado con filigranas en una madera de roble.  Y aún quedaba el que era el más valioso de todos para Clara: una hermosa pluma de pavo real púrpura, que se balanceaba con la suave brisa sobre un jarrón, su gran ojo central violeta observaba desde todos los ángulos.

 Muchas luciérnagas ambientaban el lugar y danzaban sobre cada maravillosa pieza, con un baile como si de un cortejo se tratara. Mientras, las hadas revoloteaban en torno al árbol de la anciana, marcando con cánticos el ritual establecido, luego se posaban con delicadeza, tomando asiento, sobre mullidas hojas.

Cuando las últimas notas musicales dejaron de sonar, el espejo iluminó toda la arboleda deslumbrándolos a todos, luego, reflejó en su cristal el rostro del nuevo amigo elegido, Dimas. El carácter de este muchacho era muy parecido a la anciana Clara, muy sociable, alegre y entregado a su pasión por las plantas y a la curación, como la anciana.

El lazo rojo que envolvía la seda se abrió dejando en libertad la tela, su vaporosidad hizo que una corriente de aire la elevara haciendo divertidas cabriolas, fue pasando por cada miembro del lugar hasta que, con mucha sutileza formó un vestido para Alba, un hada anciana, encantadora y muy vivaracha, gran amiga de Clara.

Nadie se dio cuenta que cuando la seda bailaba para todos, para hacer su elección, el jarrón había perdido su pluma de pavo real púrpura. Ésta, observaba muy por encima de la casa árbol de Clara, ¿a quién elegiría? No estaba muy segura, pero mientras se decidía, la vasija comenzó a girar sobre sí misma, giraba y giraba. Ascendió y giraba y giraba. Paró y vertió sobre Coral, un chirimiri de purpurina. Ya había escogido a su nueva guardiana, un hada de edad mediana, tímida, sentimental y, sobre todo, como su anterior protectora, soñadora. En ese instante, la pluma se fijó en alguien que sobresalía de todos los demás, se posó en la cabeza del hada más pequeña del lugar, Ian, se situó luego frente a sus ojos penetrando en la mirada del niño y comprobó que en un futuro aquella persona tendría los rasgos que necesitaba para que la cuidara, pero no estaba segura del todo. Se posaba en diferentes partes del niño, se alejaba para ver desde la distancia….

Finalmente, se volvió a elevar y a observar por encima de la casa del árbol. Tomó su decisión, aún no había nadie que hubiera nacido para portarlo. Cayó en picado y se hundió en la tierra donde yacía Clara.

Autora: María José Vicente Rodríguez