Publicado en A partir de 7 años, Cuento

El sombrero de la tortuga Casiopea

Amaneció el día sin nubes, iba a ser caluroso, ideal para un baño fresquito en el lago del bosque.

Las ranitas gritaron:

—¡Venid todos al agua y nademos juntos!

Y todos los animales más jóvenes del bosque acudieron sin pensar.

Menos Casiopea, que prefirió quedarse en su caparazón porque estrenaba un sombrero nuevo, quería llevarlo puesto durante todo el día y no lo quería mojar. Además lo había hecho ella misma.

Sus amiguitos fueron a visitarla, y desde el jardín gritaban:

—¡Casiopea, corre, ven a jugar! ¡El agua está buenísima!

—¡Hoy no puedo, tengo un sombrero nuevo que he fabricado, y no me lo quiero quitar, pero tampoco estropear! —contestó desde dentro. Su voz parecía venir desde una cueva muy profunda.

Todos los animalitos se quedaron pensando.

La tortuga Casiopea quiere quedarse en su caparazón porque tiene un sombrero que se ha hecho ella misma y no lo quiere estropear.

—Pero Casiopea, ¿de qué te sirve llevar un sombrero nuevo tan bonito dentro de tu caparazón? Nadie podrá verlo —dijo una ranita.

<<¡Oh, es verdad!>>, se dijo Casiopea, que no se había dado cuenta de ese detalle.

—Además, el sombrero te puede proteger del sol hasta el lago, para eso sirve también —dijo su amiga la mofeta.

—¡¡Ya, pero en el lago se me mojará!! —gritó la tortuga Casiopea desde dentro de su caparazón.

Todos los amigos, menos el castor, se rindieron y se fueron a jugar al lago para darse un baño muy refrescante.

—Casiopea, ¿y si vienes con el sombrero puesto y cuando llegues al lago lo guardas de nuevo? ¡Te espero allí! —dijo su amigo el castor.

—¡Eso es! —dijo Casiopea.

Y sacó su cabecita con un hermoso sombrero azul.

En el lago todos le dieron la bienvenida.

Todos los amiguitos saludaron a Casiopea cuando la vieron llegar al lago tan guapa con su sombrero nuevo.

—¡Es un sombrero precioso, Casiopea! Me encantaría aprender de ti y hacerme uno —le dijo la ardilla.

—¡Gracias! —respondió Casiopea muy contenta.

Y cada animal del bosque que pasaba cerca, alababa lo bonito que era su sombrero y lo bien que estaba hecho, y a todos Casiopea, muy educada, con un gracias respondía.

—¡Amigos! —dijo Casiopea cuando guardó el sombrero para nadar un rato—, hoy he comprendido, que cuando algo hermoso tenemos y sabemos hacer, no debemos guardarlo por miedo a estropearlo. Es mejor mostrarlo, inspirar y también cuidarlo.

Y todos disfrutaron del caluroso día de primavera con juegos, risas ¡y mucho baño!

Casiopea está feliz en el lago con su sombrero y lo cuidará mucho.

Fin.

Publicado en A partir de 10 años, A partir de 11 años, A partir de 12 años, A partir de 14 años, A partir de 15 años, A partir de 16 años, A partir de 7 años, A partir de 8 años, A partir de 9 años, Cuento

De pesca, con Peter el pirata.

El día estaba fresco y soleado. Peter el pirata, tenía parado a un lado a, su contramaestre Sebastián, y al otro, sobre su hombro posado, su perico verde y mal hablado, John.

Navegaban en el precioso mar azulado.

—Qué bonito día para pescar —Dijo el capitán pata de palo.

—Si el capitán lo desea, las redes y unos anzuelos preparo. ¿le ordeno a los marineros, que suelten el ancla?

—Eso es lo que deseo. ¡Tomemos un descanso, ahora que el océano está manso! Llama también, al marinero que le dicen “patas de ganso” —Concluyó Peter el pirata.

Luego se quitó la bota, para andar descalzo. Colocó la carnada en el anzuelo y, lanzó el cáñamo, hasta donde le alcanzó, la fuerza de su brazo.

—¿Me ha llamado, capitán? —Preguntó el marinero.

—Sí, “pies de ganso” Te llaman así, porque eres el mejor nadando. Eso lo sé. Y debajo de nuestro barco, hay moluscos deliciosos. Ve al fondo y trae las mas grandes almejas, pues haremos una sopa en las vasijas viejas.

Peter atrapó tres peces espada, en una batalla muy tardada. En la isla del pirata, hicieron una fiesta donde, le agradecieron al dios del mar que los alimenta.

En medio de los días nublados y las tormentas. Entre las jornadas largas en busca de tesoros en los mapas. Esta bien que los piratas, se tomen un día para descansar. Yendo por la mañana de pesca, para que en la tarde se merezcan una bonita fiesta.

Publicado en A partir de 6 años, Cuento

Un enorme regalo (Microcuento Jazzz)

Felipe es un niño

que además de ser hermoso,

es muy afortunado,

hasta su balcón ha llegado

un enorme regalo,

de elegantes alas azules

y su pecho de un bello anaranjado.

Es tanto su asombro

que un delicioso manjar

le ha preparado,

y en agradecimiento la bella ave

a su oído le ha susurrado…

“Niño de gran corazón,

tu gesto será recompensado,

en el jardín del Edén

ha florecido un jazmín blanco

que cuando percibas su aroma

te hará sentir el ser más amado,

tu alma tocará y por siempre

vivirás ilusionado”.

Publicado en A partir de 6 años, Cuento

CASCABEL SASTRE

El Señor Cascabel se escondió bajo una hoja porque Don Gato iba tras él. No podía escapar porque su tintineo constante le delataba y, el pobre, temía ser atrapado.

Don Gato, aburrido, volvió a su casa y allí se quedó el Señor Cascabel asustado, y luego, dormido.

Al día siguiente, alguien despistado de un puntapié disparó al Señor Cascabel hasta un árbol.

Tintineo por aquí, tintineo por allá y al ojo tuerto del sastre vino a parar.

—Señor, lamento mucho haberle hecho daño, yo también me he abollado.

—¿Tú eres el Señor Cascabel?

—A sus pies .—El Señor Cascabel hizo una reverencia sobre la mano del sastre, que la tenía muy pegadita al ojo que le quedaba sano.

—¿Puedo pedirte ayuda?—Le preguntó el sastre.

—¿De qué se trata?

—Como ves, perdí un ojo y el otro que me queda, con la edad, va perdiendo visión. Soy sastre y ya no veo bien por donde doy las puntadas. Con tu tintineo podrías ayudarme a hacer mi trabajo. Te pagaré bien.

—Estaría encantado si me quitas de encima a Don Gato, que siempre me tiene al acecho. Le gusta mucho mi sonido y vaya por donde vaya siempre me persigue.

—¡¡¡Eso está hecho!!! — El sastre se puso muy contento pues la ayuda del nuevo compañero le vendría de perlas.

El sastre se entrevistó con Don Gato para que dejara en paz a su amigo y a cambio le regalaría un ovillo rodeado de pelotitas sonoras y una capa realizada en el mejor paño. Don Gato aceptó encantado, pues mucho más le gustaban las nuevas pelotitas sonoras, que un cascabel viejo y deslucido.

El Señor Cascabel guiaba al sastre en su oficio: si debía seguir un pespunte se dejaba rodar por la tela con un tintineo constante; si se trataba de hilvanar, pequeños saltos daba donde la aguja debía subir y bajar. Además aprendió a zurcir y a hacer ojales.

A partir de ahora todos en el pueblo los conocían como Cascabel Sastre.

Autora: María José Vicente Rodríguez

Publicado en A partir de 15 años, Cuento

El espantapájaros.Capítulo 2. Final(Laskiaf D.R.A. Autora invitada)

Asomó la noche; la luna alumbraba toda mi habitación, y me entretuve dibujándola. Me encantaba pintar, y era algo que amaba hacer de pequeño. A través del vidrio de la ventana divisé una figura que se acercaba. Escuché unas suaves pisadas; de pronto una voz gruesa dijo:

— ¡Sí, fui yo!— ¡Dios!; reconozco que mi cuerpo se estremeció al verlo de cerca; aquellos ojos infernales y su risa maléfica, me hicieron dudar. Mi corazón infante por poco se paraliza; él, al analizar mi cara de pánico exclamó:

— ¡No te asustes! ¡Caramba, hasta los pájaros huyen de mí, y me temen, cuando los saludo! ¿Tú también? ¡Ay, no me decepciones!— sonrió (la verdad, yo también).

Amé aquella noche. Hubo un momento profundo de silencio entre los dos. Salté hacia afuera por la ventana, y me senté junto a él a mirar hacia la luna. Después de muchas lunas sentí que le importaba a alguien. Ahora entiendo que el rechazo de mi padre generó que me acercara al guardián. Por primera vez en mucho tiempo, no me sentí abandonado.

Después de un rato, palmoteo mi brazo y vociferó:

— ¿Sabes; a veces sí nos aman esos que pensamos que no, solo que en nuestra inocencia no entendemos a nuestros padres; ellos tienen sus cargas bien pesadas. Tú eres muy pequeño para que las lleves; tienes cinco añitos. Olvida; solo olvida y da amor. Al final descansará tu frágil corazón. No lleves más esa rabia que calcina tu amor; no lo quemes más; sálvalo; ¿entiendes?

— ¿Así como tú salvaste a los caballos evitando que murieran en la pesebrera?

— ¡Sí, así; ¡que inteligente eres; choca esa mano!— Sonreí y suspiré.

No hablamos nada más. No fue necesario; él llevaba su pena, y yo la mía. Me recosté sobre su tibia paja y dormí. Al día siguiente amanecí en mi cama. Estaba tan feliz que bajé las escaleras presuroso, abracé a mamá y le chanté un fuerte beso (durante mucho tiempo no lo había hecho; incluso la culpé por el abandono de mi padre).

Mis siguientes noches fueron mágicas; en ocasiones él era un espantapájaros grande como mi abuelo, otras veces, niño como yo. Recorrí toda la hacienda en compañía de mi amigo. A veces dibujábamos (y tengo que admitirlo; mi cuidador era pésimo con el lápiz). Además, nos encantaba escuchar el concierto de ranas, sapos, grillos, y demás animalejos que nos acompañaban en nuestras correrías nocturnas. De una manera extraña aquel ser sanó mi corazón.

Cuando cumplí once años, al llegar una tarde de la clausura del colegio, mamá les comunicó a mis abuelos que viajaríamos a la capital para continuar con mis estudios. En una mezcla de felicidad y tristeza me retiré a mi cuarto; mi cara se inundó, y no fue de rocío. Algo dentro de mí me avisaba que muy pronto no volvería a ver a mi amigo. Esa noche él apareció, como siempre; casi no me dejó hablar, y exclamó:

— Voy a estar bien; lo más importante es que me llevarás en tu corazón; al menos estaré seguro ahí, eso lo sé.

Bajé mi mirada y le regalé un dibujo de la luna que decía <<gracias>>; él subió sus cejas y me invito a jugar. La noche antes de partir, por última vez recorrimos el maizal, y hubo fiesta de despedida. Al final me abrazó fuerte. Al amanecer viajé con mi madre.

Siempre lo recuerdo con una grata devoción infantil. Hoy duele no verlo al recorrer estos prados donde fui tan feliz.

Fin

Publicado en Cuento

El regalo de Carolina

El Rey Melchor llegó corriendo hasta Baltasar para decirle que el juguete de Carolina, la de la calle 48, parecía haberse extraviado.

—¡Qué extraño! —dijo Gaspar mirando su pergamino— El camello mil cuarenta y cinco, lleva el regalo de esa niña y los pajes Miguel y Carmen lo han cuidado en el camino.

Melchor lo comprobó y el regalo no estaba.

—Que un paje traiga la carta —ordenó Baltasar—. Leamos lo que pide Carolina, a ver si podemos resolver este misterio.

Y el camello mil cuarenta y cinco salió de la fila, con mucha prisa, porque el tiempo que tenían era muy justo y aún les quedaba cruzar Oriente y llegar hasta las tierras de la Torre de Pizza.


—Esta es la carta —dijo el paje Gustavo.

—Veamos —Melchor abrió el sobre y comenzó a leer:

<<Queridos Reyes Magos, muchas gracias por existir. Me encanta esperaros cada Navidad y me hace mucha ilusión. Este año sin embargo os pido que me traigáis un coche rojo teledirigido, pero prestad atención:
No lo traigáis a mi casa, sino a la de Juan Hernández que vive dos calles detrás de la mía.

Es mi compañero del cole, pero por alguna razón no os escribe bien las cartas y le traéis lo que no pide.

El año pasado pidió este coche y unos zapatos usados, fue lo que recibió. Como yo si sé enviaros las cartas correctamente, me he atrevido a escribiros en su nombre.

Muchas gracias.

P.D. Dejaré la leche y las galletas donde siempre.
Muchos besos de Carolina, la de la calle 48>>.

Reanudaron la marcha pensativos, Melchor, Gaspar y Baltasar, porque Carolina preocupada por su amigo Juan, olvidó pedir algo para ella.

Los Reyes Magos reanudaron su camino, pero no dejaban de pensar en Carolina, porque había olvidado pedir su regalo.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó Melchor.

—Umm… es una buena niña —respondió Baltasar.

—¿Y si le regalamos un don? —dijo Gaspar saltando de su camello.

—¡Qué buena idea! ¿Pero cuál? Hay infinitos dones que le podemos dar —dijo Baltasar.

—¡Ya lo tengo! —Melchor se tocaba la barba sonriente—, le daremos el don de escribir cuentos que lleguen al corazón.

Y los tres Reyes Magos crearon el don, lo metieron en un pequeño cofre mágico, y a casa de Carolina, la de la calle 48, lo llevaron con ilusión.

Cuando Carolina despertó, vio que junto a su Belén un diminuto cofre brillaba y al mirarlo, descubrió también una tarjeta con dibujos mágicos. Cuando la tuvo en sus manos, una voz habló:

—Querida Carolina dijo la voz—, soy el Rey Melchor, estoy aquí con Baltasar y Gaspar —los otros Reyes Magos dijeron «hola» también—. En este cofre te hemos guardado un don: el de escribir cuentos que lleguen al corazón. Es un don muy especial, cuídalo mucho y lee y escribe cada día para perfeccionarlo. Un abrazo muy grande de parte de tus amigos, los tres Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltasar.

Y desde entonces Carolina leyó mucho y escribió más y más, convirtiéndose en la escritora más querida por niños y adultos.

Publicado en A partir de 11 años, Cuento

Coraje, un Conejillo de Indias. Capítulo 3

¿Pero cómo era posible? Cada vez que comenzábamos a chillar se volvía a producir el mismo fenómeno, y nada podíamos hacer para controlarlo. Es que no podíamos controlar nuestras acciones. He olvidado decir que estos chillidos son solo una reacción al miedo; una respuesta de nuestro organismo ante un peligro inminente. Si no podíamos controlarlos en otras situaciones, esta (que sin dudas era la más estresante de todas las que habíamos vivido) no iba a ser la que sacara a relucir nuestro coraje.

Todos pusieron su cabeza entre las patas, tratando de acallar los incontrolables sonidos que salían de sus bocas. Los que tenían las patitas cortas hacían lo imposible para agarrarse los hocicos, usando hasta los últimos extremos de sus uñitas. Y los grandotes gritaban tan alto, que hacían estremecer el piso del globo.

Todos eran presas del pánico, menos yo. Increíblemente me percaté de que ya no sentía miedo. Mis latidos cardíacos se calmaron, fueron enlenteciéndose cada vez más hasta llegar al ritmo normal, y entonces sentí una maravillosa tranquilidad.

Ahí lo supe, supe que debía hacer, y lo hice. Tomé una gran manta que colgaba de uno de los extremos del globo y, con mucho trabajo la extendí por encima de todos mis compañeros, que estaban a punto del colapso nervioso. Me di cuenta de que era más que una manta de lana, era una capa anti ruido.

No entendía muy bien de donde había salido este impulso mío, este conocimiento; pero en mi interior había algo que me hacía obrar de esa manera, paso a paso, como una operación aprendida.

Me pareció extraño en cada momento, pero no podía perder tiempo. Sabía que yo era el único que podía enfrentarme a aquella monstruosidad.

Si existía el arcoiris, había agua; y teníamos que hallarla, tomarla, guardarla en el gran globo, y regresar con ella, al precio que fuese necesario. Era la única oportunidad para la tierra, nuestra hermosa tierra que estaba a punto de morir.

Dejé a mis compañeros bajo aquella protección acolchada y me dirigí hacia el gigante que nos atormentaba. Mientras caminaba hacia afuera comencé a recordar lo que dejé atrás antes de empezar el viaje. Me vinieron a la mente todas las imágenes de cosas, animales, figuras varias; y de entre todas las cosas, recordé a las personas, esas que solo me habían tomado de mascota, y aún poniéndonos como destino: la salvación de nuestro hogar, no tenían idea de cuánto podríamos hacer para cumplir esa meta.

A medida que recordaba aquello me henchía de gozo y orgullo. Yo, un simple conejillo de Indias, salvaría al mundo. ¿Quién lo hubiese pensado; que en unas pequeñas y peludas patas rojas, estaría el futuro del mundo?

Continuará…

Publicado en A partir de 7 años, Cuento

La tortuguita Casiopea tiene hipo

La Tortuguita Casiopea ha madrugado mucho hoy para practicar varios instrumentos musicales y preparar su voz.

—¡Hola, Casiopea! —le saluda el mapache.

—¡Hola, amiga tortuga! —le saluda también el pato.

Y la tortuga Casiopea, muy contenta, va saludando sin descanso.

El escenario será en esta ocasión, una roca junto a la charca, porque van a nacer muchos renacuajos y las ranas están muy nerviosas por el acontecimiento.

Todos están felices y Casiopea empieza a cantar, pero ¡oh, vaya!, le ha entrado hipo a nuestra amiga tortuguita y es imposible empezar.

La rana de la charca dice:

—Casiopea, ¿y si aguantas la respiración hasta que contemos diez?

Y Casiopea toma aliento reteniendo el aire.

—¡¡Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno!! —gritan todos en el bosque.

—Hip, hip —Casiopea sigue con hipo, ¿qué pueden hacer?

—¿Y si te damos un susto? —propone la liebre.

Se reúnen todos los animalitos y las ranitas para ver cómo asustar a su amiga, y Casiopea ya tiene miedo solo de pensarlo.

De pronto, la mofeta grita:

—¡¡Taparos la nariz, que he estornudado y se me ha escapado sin querer un maloliente pedo!!

La mofeta avisa a sus amigos de que ha estornudado y se le ha escapado un pedo. Todos salen corriendo, menos Casiopea que se refugia dentro de su caparazón.

Todos asustados han huido tapándose la nariz, menos Casiopea, que se refugia rápidamente en su caparazón.

Después de varios minutos Casiopea saca la cabecita de su casita y comprueba que nada huele.

—¡Amigos, volved! ¡Ha sido una falsa alarma! ¡No huele a nada, de verdad! —gritó Casiopea muy muy fuerte.

Casiopea se da cuenta también de que no tiene hipo, y cuando sus amigos del bosque vuelven, comienza a cantar.

¡Qué susto más grande le dieron a la tortuguita, pero el hipo ya no volvió más a la fiesta!

Y por fin, la tortuguita Casiopea ya no tiene hipo y puede cantar.

Clara Belén Gómez

Publicado en A partir de 14 años, Cuento

Todos somos iguales (Ángela Losada Romero, escritora infantil invitada de la semana)


Existió una vez, un niño que se llamaba Santiago, tenía el cabello castaño y los
ojos lo más llamativo de su rostro, ya que eran increíblemente despiertos y de
un azul tan profundo que jamás encontraría en ninguna parte del mundo, por
muchos océanos y cielos que viese.
Un día, Santiago se encontró con que había llegado a su clase un nuevo
compañero, de color negro. Su nombre era Mamadou y era sudafricano.
Cuando jugaron a la pelota, vieron que Mamadou jugaba muy bien.
Santiago se sintió mal, porque él era el mejor del cole. Al terminar el juego,
Santiago reunió a sus amigos y les dijo que Mamadou no era igual que ellos
porque era negro; que había leído sobre un país que se llamaba Sudáfrica en
donde los negros estaban separados de los blancos; que era muy peligroso
juntarse con los negros porque cometían actos violentos. Así que nadie quiso
jugar con Mamadou desde entonces. Todos jugaban y gritaban muy contentos
menos Mamadou, que estaba triste. Se fue a una esquina y lloraba sin cesar,
hasta los árboles y los pájaros parecían melancólicos y afligidos al verlo.
Por la noche, Santiago les contó a sus padres que había llegado un niño
negro a la escuela. El padre le respondió que se alegraba que tuviera un nuevo
amigo, y no entendía por qué les decía que el niño era negro si todos éramos
iguales. Él se sintió mal. Cuando se fue a la cama, se seguía sintiendo afectado
por haber dicho que los niños negros no eran iguales, que era una raza diferente
de la que había que alejarse y no mantener ningún tipo de relación. Sin embargo,
se decía a sí mismo que no había mentido. Él, había leído sobre Sudáfrica, pero
no había profundizado en la cultura tan enriquecedora del mismo. Esto hizo que
cuestionara las palabras que había dicho ante sus compañeros.
Santiago se quedó dormido y soñó que vivía en otra ciudad, él se llamaba
Dakari. Cuando se miró en el espejo, vio que era negro. Se asustó y preguntó
dónde vivían, le dijeron que estaba en Sudáfrica. Su madre se le acercó. Se
quedó mirándola y se dio cuenta de que el rostro y la piel de su madre, era de
color negro. Estaba confuso, no podía creer lo que estaba sucediendo.
—Madre, ¿dónde está mi padre? —le preguntó con voz temblorosa.
—Hijo, tú sabes que está en la cárcel por luchar para que seamos todos
iguales, para que blancos y negros estemos unidos y tengamos los mismos
derechos y oportunidades —le respondió la madre con lágrimas en los ojos.
Estaba preocupada por él y se preguntaba si algún día, su hijo, se sentiría
orgulloso por la causa por la que luchaba su padre.
Dakari se fue a la escuela y vio que había escuelas para niños blancos y
escuelas para niños negros. Nada tenía sentido. Se acordó de como Mamadou
lloraba al verse excluido. Aquí era todo un pueblo el que lloraba. La situación y
las condiciones de vida en las que se veían inmersos, no parecía que cambiara.
Al salir de la escuela, Dakari pidió a su madre que lo llevara a la ciudad. La madre
lo miraba y lo acariciaba con todo el amor del mundo que una madre podía tener
hacia sus hijos. Le dijo de ir a visitar a su padre.
Era el único hombre negro que había tras las mugrientas rejas de una
cárcel, a las afueras de la ciudad. Se acordó que la noche anterior le había dicho
su padre que todos éramos iguales; en ese instante, como un soplo de aire
renovado, pudo comprobar lo que su padre afirmaba. Allí estaba su padre y su
madre, sólo que su piel era de otro color. También se dio cuenta que el color de
la lucha por la igualdad era el más bello de los colores.
Corrió y abrazó a su padre, lo besaba con toda la ternura de las estrellas:
—Padre, te amo con toda el alma, —le dijo Dakari mientras el padre lo
acariciaba y le empezaba a recitar unos poemas muy bellos. A su padre le
encantaba la poesía y se deleitaba con ella. Le decía: «La noche es muy bella,
tiene blancas y brillantes estrellas en la oscuridad, no podemos separar las
estrellas de la noche, por eso es muy bella, blanco y negro, viven en paz».
Cuando regresaban a casa por el camino de los negros, pensaba en la
injusticia que se cometía en ese país y en las inmerecidas palabras que él había
dicho sobre Mamadou. Al llegar, su madre lo besó en la frente y le imploró:
—Dakari, prométeme que nunca causarás sufrimiento a otra persona por
ser de otro color. Prométeme que lucharás para que todos seamos iguales.
—Te lo prometo —respondió mientras la madre lloraba sin consuelo.
—Hijo, tienes que ser muy fuerte, mañana tu padre morirá por luchar por
la igualdad de los seres humanos, el gobierno de Sudáfrica lo ha condenado a
morir —le dijo entre lágrimas.
Dakari se fue en silencio a su cama, las lágrimas caían de sus ojos como
cuando llueve. En medio del llanto se quedó dormido, su último pensamiento fue
para su padre. A la mañana siguiente, se despertó con mucha tristeza.
—¡Madre!, ¡madre!, —gritaba—. ¡Vamos a ver a mi padre, hoy es el último
día que lo puedo ver!
De pronto se encontró con su padre, el cual, extrañado, le dijo:
—Santiago, ¿qué es eso de que hoy es el último día que me puedes ver?
Entonces, se dio cuenta de que estaba frente a su padre, que todo había
sido un sueño y lo abrazó como nunca.
—Padre mío, somos todos iguales —le decía muy contento.
Luego, llegó su madre a la que también abrazó. No entendían qué pasaba,
pero Santiago les contó el sueño y también lo que había pasado con Mamadou.
—Bueno hijo, tú ya sabes qué debes de hacer con respecto a Mamadou
—le dijo el padre.
Cuando llegaron a la escuela, Mamadou estaba en una esquina con la
mirada cabizbaja, en eso llegaron todos los niños de la escuela. Santiago ya les
había contado la verdad y el sueño de la noche anterior. Entre todos le pidieron
perdón por su comportamiento y lo nombraron capitán del equipo de pelota.
Todos los niños y los profesores de la escuela, firmaron una carta en
donde le pedían al gobierno de Sudáfrica que terminara con la discriminación, y
que el gobierno debería ser de la gran mayoría de los habitantes, también
enviaron copia de la carta a la ONU.
A mitad de la mañana, entró la directora en clase y Santiago le propuso
organizar un festival en el patio del colegio con el fin de recaudar fondos para
enviarlo a los países más necesitados del planeta, promover y difundir los
Derechos Humanos, sobre todo, los Derechos de los Niños.
Reunió a sus amigos y junto a Mamadou pensaron qué hacer para el
festival. Repartieron una circular para que los alumnos participaran con frases
acerca de la vivencia de los niños. Estas se escribieron en carteles y folletos que
colocaron por el colegio. Algunas respuestas del alumnado fueron:
Si un niño vive en un ambiente de hostilidad… aprende a pelear/ Si un
niño vive con tolerancia… aprende a ser paciente.
Si un niño vive atemorizado y ridiculizado… aprende a ser tímido/ Si un
niño vive con aprobación… aprende a quererse y a estimarse.
Si un niño vive avergonzado… aprende a sentirse culpable/ Si un niño vive
estimulado… aprende a confiar en sí mismo.
Si un niño vive criticado… aprende a condenar/ Si un niño vive
apreciado… aprende a apreciar.
Santiago, junto con sus compañeros montaron también un video con
fragmentos de documentales que mostraban las distintas formas de violación de
los derechos de los niños y adolescentes. Utilizaron una pantalla del Salón de
Informática que la colocaron el día del Festival encima del escenario, y reunieron
un número importante de personas.
La respuesta fue muy buena, quedaron sorprendidos por el trabajo de los
chicos, esas cosas generalmente no se hacen.
Aquel día, de regreso a casa, Santiago recordaba con alegría la reacción
de la gente y pensaba en lo importante que era ver las cosas para entenderlas y
ponerse en el lugar del otro. Estaba satisfecho de dar un paso para concienciar
de los Derechos Humanos, y sentía que, cada ser humano, no solo debía
quedarse con aquellas imágenes sino cambiarlas por gestos de solidaridad,
demostrando que ésta es una cuestión sin fronteras y nos engloba a todos.

Autora: Ángela Losada Romero. (2º de la ESO)

IES Sierra Bermeja. Málaga

Publicado en A partir de 4 años, Cuento

Manuela y el unicornio de trapo.

Manuela galopa fantasías de niña a lomos de un unicornio de felpa. ¡Cómo corren entre las nubes y vuelan en las estrellas! Su unicornio es amigo de todos los planetas.

—¡Hola , señor Marte! ¿Cómo va con sus guerras?

—Ganando, siempre ganando.

— Señorita Venus, ¿cómo puede ser tan bella?

—¡Ah¡… Es el amor el que me embellece. 

—Señor Saturno, ¿cómo puede tener tantos anillos? 

—Es que me encanta jugar al hula hoop.

Y sobre todo es amigo de Manuela. Entre correrías y vuelos se ha ensuciado de arena. La niña lo baña, y con un peine de caracolas, peina sus crines de colores. Luego lo seca y abrillanta su cuerno dorado. 

Es la hora de dormir. Los dos duermen abrazados. Manuela le da un beso de buenas noches y él le lame los mofletes. Sueñan que cabalgan por el país de los sueños. El unicornio tiene alas de Pegaso, y ella es una valiente guerrera que lucha contra las pesadillas.

De repente, el monstruo que duerme debajo de la cama, aparece delante de ellos. Es un enorme dragón que echa fuego por su boca. Manuela lejos de asustarse, le regaña:

—¡Señor Dragón, no le da vergüenza! Tiene usted que ser bueno. Su fuego puede quemar a mi unicornio de trapo. 

El señor Dragón le pide disculpas, y le dice que las llamas son para poder ver por la noche, porque tiene mucho miedo de la oscuridad. La niña Manuela le hace un sitio en la cama. Y ahora duermen los tres abrazados. 

¡Shhhhh! No hagas ruido al cerrar el cuento para no despertarlos. 

(Dedicado a Manuela, nieta de Rocío)

Ilustraciones: Pixabay