Publicado en A partir de 10 años, Cuento, Poesía

La pirata Triquiñuelas y su tesoro

La pirata Triquiñuelas
se ha vuelto a enfadar
va con los puños cerrados
de aquí para allá.

Alguien ha comprado
su isla del Paraná.
Un hotel le han colocado
y de quince plantas además.

La pirata Triquiñuelas ha ido a por su cofre del Tesoro, pero alguien ha comprado su isla y ha construido un hotel de quince plantas.

A su cueva del Tesoro
es imposible llegar,
hay turistas nadando
donde tiene que bucear.

Cuatro brazadas al norte
y al este otro par.
Después de los corales
su cofre está.

El tesoro de la pirata Triquiñuelas se encuentra justo donde nadan los turistas. Eso le está enfadando mucho y los quiere asustar con sus cañones y piratas.

A los turistas asustará
con sus cañones oxidados
y sus piratas de mar.

<<¡Es pan comido!>>, se dice,
y pone al barco a navegar.
pero han visto niños
nada más llegar.

A la pirata Triquiñuelas le dan miedo los niños, por eso esperará a que llegue el invierno para volver a por su tesoro.

La pirata Triquiñuelas
Con niños no se meterá.
Ellos le dan miedo
cuando comienzan a gritar.

—Los niños son valientes—
dice su loro al pasar
por los toboganes retorcidos
ha visto a los niños escalar.

Para el loro de la pirata Triquiñuelas, los niños son muy valientes porque escalan para subirse a los toboganes.

Cuando llegue enero
Triquiñuelas volverá.
Sin turistas ni niños,
su botín podrá rescatar.

Escrito por Clara Belén Gómez

Publicado en A partir de 4 años, Cuento

El abuelo Alberto por Santiago@SHojalata(autor invitado)

El Abuelo Alberto llevaba tiempo preparando una cometa: «Será la mejor cometa del mundo y se la regalaré a mi nieto— decía».

Era una cometa llena de color, con hilo suficientemente largo para volar, como la imaginación en los sueños de los niños. Y con jirones resistentes, para que no cualquier viento pudiese derribarla o romperla.

Era la mejor cometa, más bonita que las que se vendían en las tiendas. Sobre todo, porque estaba fabricada con las manos gastadas del buen Alberto.

Esa tarde, hubo mal tiempo… y la tarde siguiente también. Pero al fin llegó el día perfecto. El abuelo se fue a la plaza. Solo, como tantas veces.

Mientras caminaba, recordaba lo maravillosa que había sido su vida con su amada Isabel. Pero por cosas del destino, no pudieron tener hijos.

Los años pasaron, Alberto e Isabel se amaban y siempre estaban rodeados de amigos y los hijos de estos. Pero un día, Isabel partió al mundo de las estrellas. Y poco a poco, sus días se fueron llenando de soledad. Así, ideó un plan, para que a ningún niño del barrio le faltasen juguetes.

Al fin llegó a la Plaza, al poco tiempo vio a un niño que no tenía amigos ni hermanitos para jugar. Su mamá lo animaba a que se acercase a otros niños, pero el pequeño era tímido.

El abuelo, con su rostro bonachón, se acercó primero a la mamá, ofreciendo la cometa para su hijo pequeño. Lucía conocía de vista al abuelo, era alguien popular y querido en el lugar, por su noble y desinteresado corazón. Por supuesto, le dio una gran alegría que quisiera compartir su hermosa cometa con su pequeño.

Minutos después, presentación mediante, ahí estaba Alberto, con una sonrisa radiante y su nieto — por esta tarde — llamado Matías o Mati, como le decía su mamá.

No importaba que Mati no supiera remontar la cometa. No importaba que no fuese su nieto. Esa tarde, abuelo, nieto y madre; disfrutaron todos juntos jugando con la cometa. Y además, el pequeño, se animó a compartirla, con otros niños, que desde hoy serían sus amiguitos.

Un día más, Alberto, el abuelo del barrio, se fue a su hogar con una sonrisa en su rostro, feliz de tener otro nieto, con quien jugar y compartir sus juguetes fabricados a mano.

Recuerda: si te sientes solo no pierdas la esperanza, siempre habrá alguien dispuesto a jugar contigo.

Autor:

Santiago Pereira Yaquelo.

@SHojalata

Ilustraciones: Pixabay.

Publicado en A partir de 11 años, Cuento

Coraje, un Conejillo de Indias. Capítulo 4. Final

Ya afuera, me erguí (todo lo que se puede enguir una pequeña ratita como yo), moví mi hocico 360 grados miles de veces, y salté frenéticamente hacia la mole.

En ese momento la montaña volvió a temblar; el eco que semejaba una explosión de palabras se convirtió en un atormentante llanto. La estructura comenzó a partirse en dos (como lo había hecho antes el arcoiris), y se dejó ver, al final de un camino (un verdadero camino de tierra), a casi cincuenta metros de distancia, una enorme cascada.

No había más nada que hacer que lo que mis patas, roji-peludas y pequeñas, me pedían: correr hacia ella a toda velocidad. ¿Era esa el agua ansiada que tanto habíamos buscado? No lo podía creer. En medio de la euforia que me hacía correr a toda velocidad sentí que aquel medio kilómetro se me hizo tan corto como unos pocos pasos.

Y al llegar me lancé de un salto, como un dibujo animado, sin miedo a caer al vacío, hacia las alborotadas aguas que corrían debajo de la gran cascada. Hundido en el agua, con todos mis pelos empapados, vi mi color rojo perderse por completo y, como un perfecto ratón albino, seguí moviéndome con la corriente del inmenso lago que recogía esa perfecta, pura, y cristalina agua.

Hasta que logré subir a la superficie, y ahí, como una boya regordeta, sin el más mínimo rastro del color que toda la vida me había caracterizado, vi a todos mis hermanos saltando como locos, por encima de mí. Cada uno de ellos siguió mis pasos hacia el hermoso lago.

Mientras me rodeaban por todos lados, sintiendo sus chillidos descontrolados de alegría, entendí que nunca había sido mi color, ni el hecho de no tener cuerdas vocales, lo que me hizo llegar a la meta.

Yo era uno más, de entre tantos; y como tantos, no tenía nada diferente que me ayudara a liderar aquella valiente travesía. Era solo una ratita que creyó estar preparada para salvar al mundo, respaldada por el mejor equipo de amigos, y con una pequeña arma secreta: coraje. Pensé que quizá así debía llamarme a partir de ese momento.

Y así lo grité (o lo chillé): «me llamo Coraje». Mi nombre rebotó en todos mis alrededores desde mis perfectas cuerdas vocales (fuertes como la misma mole que casi nos había aplastado), que por primera vez me hacían hablar. La felicidad me llenaba el alma mientras veía mis pelos empaparse con aquella maravillosa agua.

Fin

Imágenes: Canva

Publicado en A partir de 7 años, Cuento

El sombrero de la tortuga Casiopea

Amaneció el día sin nubes, iba a ser caluroso, ideal para un baño fresquito en el lago del bosque.

Las ranitas gritaron:

—¡Venid todos al agua y nademos juntos!

Y todos los animales más jóvenes del bosque acudieron sin pensar.

Menos Casiopea, que prefirió quedarse en su caparazón porque estrenaba un sombrero nuevo, quería llevarlo puesto durante todo el día y no lo quería mojar. Además lo había hecho ella misma.

Sus amiguitos fueron a visitarla, y desde el jardín gritaban:

—¡Casiopea, corre, ven a jugar! ¡El agua está buenísima!

—¡Hoy no puedo, tengo un sombrero nuevo que he fabricado, y no me lo quiero quitar, pero tampoco estropear! —contestó desde dentro. Su voz parecía venir desde una cueva muy profunda.

Todos los animalitos se quedaron pensando.

La tortuga Casiopea quiere quedarse en su caparazón porque tiene un sombrero que se ha hecho ella misma y no lo quiere estropear.

—Pero Casiopea, ¿de qué te sirve llevar un sombrero nuevo tan bonito dentro de tu caparazón? Nadie podrá verlo —dijo una ranita.

<<¡Oh, es verdad!>>, se dijo Casiopea, que no se había dado cuenta de ese detalle.

—Además, el sombrero te puede proteger del sol hasta el lago, para eso sirve también —dijo su amiga la mofeta.

—¡¡Ya, pero en el lago se me mojará!! —gritó la tortuga Casiopea desde dentro de su caparazón.

Todos los amigos, menos el castor, se rindieron y se fueron a jugar al lago para darse un baño muy refrescante.

—Casiopea, ¿y si vienes con el sombrero puesto y cuando llegues al lago lo guardas de nuevo? ¡Te espero allí! —dijo su amigo el castor.

—¡Eso es! —dijo Casiopea.

Y sacó su cabecita con un hermoso sombrero azul.

En el lago todos le dieron la bienvenida.

Todos los amiguitos saludaron a Casiopea cuando la vieron llegar al lago tan guapa con su sombrero nuevo.

—¡Es un sombrero precioso, Casiopea! Me encantaría aprender de ti y hacerme uno —le dijo la ardilla.

—¡Gracias! —respondió Casiopea muy contenta.

Y cada animal del bosque que pasaba cerca, alababa lo bonito que era su sombrero y lo bien que estaba hecho, y a todos Casiopea, muy educada, con un gracias respondía.

—¡Amigos! —dijo Casiopea cuando guardó el sombrero para nadar un rato—, hoy he comprendido, que cuando algo hermoso tenemos y sabemos hacer, no debemos guardarlo por miedo a estropearlo. Es mejor mostrarlo, inspirar y también cuidarlo.

Y todos disfrutaron del caluroso día de primavera con juegos, risas ¡y mucho baño!

Casiopea está feliz en el lago con su sombrero y lo cuidará mucho.

Fin.

Publicado en A partir de 10 años, A partir de 11 años, A partir de 12 años, A partir de 14 años, A partir de 15 años, A partir de 16 años, A partir de 7 años, A partir de 8 años, A partir de 9 años, Cuento

De pesca, con Peter el pirata.

El día estaba fresco y soleado. Peter el pirata, tenía parado a un lado a, su contramaestre Sebastián, y al otro, sobre su hombro posado, su perico verde y mal hablado, John.

Navegaban en el precioso mar azulado.

—Qué bonito día para pescar —Dijo el capitán pata de palo.

—Si el capitán lo desea, las redes y unos anzuelos preparo. ¿le ordeno a los marineros, que suelten el ancla?

—Eso es lo que deseo. ¡Tomemos un descanso, ahora que el océano está manso! Llama también, al marinero que le dicen “patas de ganso” —Concluyó Peter el pirata.

Luego se quitó la bota, para andar descalzo. Colocó la carnada en el anzuelo y, lanzó el cáñamo, hasta donde le alcanzó, la fuerza de su brazo.

—¿Me ha llamado, capitán? —Preguntó el marinero.

—Sí, “pies de ganso” Te llaman así, porque eres el mejor nadando. Eso lo sé. Y debajo de nuestro barco, hay moluscos deliciosos. Ve al fondo y trae las mas grandes almejas, pues haremos una sopa en las vasijas viejas.

Peter atrapó tres peces espada, en una batalla muy tardada. En la isla del pirata, hicieron una fiesta donde, le agradecieron al dios del mar que los alimenta.

En medio de los días nublados y las tormentas. Entre las jornadas largas en busca de tesoros en los mapas. Esta bien que los piratas, se tomen un día para descansar. Yendo por la mañana de pesca, para que en la tarde se merezcan una bonita fiesta.

Publicado en A partir de 6 años, Cuento

Un enorme regalo (Microcuento Jazzz)

Felipe es un niño

que además de ser hermoso,

es muy afortunado,

hasta su balcón ha llegado

un enorme regalo,

de elegantes alas azules

y su pecho de un bello anaranjado.

Es tanto su asombro

que un delicioso manjar

le ha preparado,

y en agradecimiento la bella ave

a su oído le ha susurrado…

“Niño de gran corazón,

tu gesto será recompensado,

en el jardín del Edén

ha florecido un jazmín blanco

que cuando percibas su aroma

te hará sentir el ser más amado,

tu alma tocará y por siempre

vivirás ilusionado”.

Publicado en A partir de 6 años, Cuento

CASCABEL SASTRE

El Señor Cascabel se escondió bajo una hoja porque Don Gato iba tras él. No podía escapar porque su tintineo constante le delataba y, el pobre, temía ser atrapado.

Don Gato, aburrido, volvió a su casa y allí se quedó el Señor Cascabel asustado, y luego, dormido.

Al día siguiente, alguien despistado de un puntapié disparó al Señor Cascabel hasta un árbol.

Tintineo por aquí, tintineo por allá y al ojo tuerto del sastre vino a parar.

—Señor, lamento mucho haberle hecho daño, yo también me he abollado.

—¿Tú eres el Señor Cascabel?

—A sus pies .—El Señor Cascabel hizo una reverencia sobre la mano del sastre, que la tenía muy pegadita al ojo que le quedaba sano.

—¿Puedo pedirte ayuda?—Le preguntó el sastre.

—¿De qué se trata?

—Como ves, perdí un ojo y el otro que me queda, con la edad, va perdiendo visión. Soy sastre y ya no veo bien por donde doy las puntadas. Con tu tintineo podrías ayudarme a hacer mi trabajo. Te pagaré bien.

—Estaría encantado si me quitas de encima a Don Gato, que siempre me tiene al acecho. Le gusta mucho mi sonido y vaya por donde vaya siempre me persigue.

—¡¡¡Eso está hecho!!! — El sastre se puso muy contento pues la ayuda del nuevo compañero le vendría de perlas.

El sastre se entrevistó con Don Gato para que dejara en paz a su amigo y a cambio le regalaría un ovillo rodeado de pelotitas sonoras y una capa realizada en el mejor paño. Don Gato aceptó encantado, pues mucho más le gustaban las nuevas pelotitas sonoras, que un cascabel viejo y deslucido.

El Señor Cascabel guiaba al sastre en su oficio: si debía seguir un pespunte se dejaba rodar por la tela con un tintineo constante; si se trataba de hilvanar, pequeños saltos daba donde la aguja debía subir y bajar. Además aprendió a zurcir y a hacer ojales.

A partir de ahora todos en el pueblo los conocían como Cascabel Sastre.

Autora: María José Vicente Rodríguez

Publicado en A partir de 15 años, Cuento

El espantapájaros.Capítulo 2. Final(Laskiaf D.R.A. Autora invitada)

Asomó la noche; la luna alumbraba toda mi habitación, y me entretuve dibujándola. Me encantaba pintar, y era algo que amaba hacer de pequeño. A través del vidrio de la ventana divisé una figura que se acercaba. Escuché unas suaves pisadas; de pronto una voz gruesa dijo:

— ¡Sí, fui yo!— ¡Dios!; reconozco que mi cuerpo se estremeció al verlo de cerca; aquellos ojos infernales y su risa maléfica, me hicieron dudar. Mi corazón infante por poco se paraliza; él, al analizar mi cara de pánico exclamó:

— ¡No te asustes! ¡Caramba, hasta los pájaros huyen de mí, y me temen, cuando los saludo! ¿Tú también? ¡Ay, no me decepciones!— sonrió (la verdad, yo también).

Amé aquella noche. Hubo un momento profundo de silencio entre los dos. Salté hacia afuera por la ventana, y me senté junto a él a mirar hacia la luna. Después de muchas lunas sentí que le importaba a alguien. Ahora entiendo que el rechazo de mi padre generó que me acercara al guardián. Por primera vez en mucho tiempo, no me sentí abandonado.

Después de un rato, palmoteo mi brazo y vociferó:

— ¿Sabes; a veces sí nos aman esos que pensamos que no, solo que en nuestra inocencia no entendemos a nuestros padres; ellos tienen sus cargas bien pesadas. Tú eres muy pequeño para que las lleves; tienes cinco añitos. Olvida; solo olvida y da amor. Al final descansará tu frágil corazón. No lleves más esa rabia que calcina tu amor; no lo quemes más; sálvalo; ¿entiendes?

— ¿Así como tú salvaste a los caballos evitando que murieran en la pesebrera?

— ¡Sí, así; ¡que inteligente eres; choca esa mano!— Sonreí y suspiré.

No hablamos nada más. No fue necesario; él llevaba su pena, y yo la mía. Me recosté sobre su tibia paja y dormí. Al día siguiente amanecí en mi cama. Estaba tan feliz que bajé las escaleras presuroso, abracé a mamá y le chanté un fuerte beso (durante mucho tiempo no lo había hecho; incluso la culpé por el abandono de mi padre).

Mis siguientes noches fueron mágicas; en ocasiones él era un espantapájaros grande como mi abuelo, otras veces, niño como yo. Recorrí toda la hacienda en compañía de mi amigo. A veces dibujábamos (y tengo que admitirlo; mi cuidador era pésimo con el lápiz). Además, nos encantaba escuchar el concierto de ranas, sapos, grillos, y demás animalejos que nos acompañaban en nuestras correrías nocturnas. De una manera extraña aquel ser sanó mi corazón.

Cuando cumplí once años, al llegar una tarde de la clausura del colegio, mamá les comunicó a mis abuelos que viajaríamos a la capital para continuar con mis estudios. En una mezcla de felicidad y tristeza me retiré a mi cuarto; mi cara se inundó, y no fue de rocío. Algo dentro de mí me avisaba que muy pronto no volvería a ver a mi amigo. Esa noche él apareció, como siempre; casi no me dejó hablar, y exclamó:

— Voy a estar bien; lo más importante es que me llevarás en tu corazón; al menos estaré seguro ahí, eso lo sé.

Bajé mi mirada y le regalé un dibujo de la luna que decía <<gracias>>; él subió sus cejas y me invito a jugar. La noche antes de partir, por última vez recorrimos el maizal, y hubo fiesta de despedida. Al final me abrazó fuerte. Al amanecer viajé con mi madre.

Siempre lo recuerdo con una grata devoción infantil. Hoy duele no verlo al recorrer estos prados donde fui tan feliz.

Fin

Publicado en Cuento

El regalo de Carolina

El Rey Melchor llegó corriendo hasta Baltasar para decirle que el juguete de Carolina, la de la calle 48, parecía haberse extraviado.

—¡Qué extraño! —dijo Gaspar mirando su pergamino— El camello mil cuarenta y cinco, lleva el regalo de esa niña y los pajes Miguel y Carmen lo han cuidado en el camino.

Melchor lo comprobó y el regalo no estaba.

—Que un paje traiga la carta —ordenó Baltasar—. Leamos lo que pide Carolina, a ver si podemos resolver este misterio.

Y el camello mil cuarenta y cinco salió de la fila, con mucha prisa, porque el tiempo que tenían era muy justo y aún les quedaba cruzar Oriente y llegar hasta las tierras de la Torre de Pizza.


—Esta es la carta —dijo el paje Gustavo.

—Veamos —Melchor abrió el sobre y comenzó a leer:

<<Queridos Reyes Magos, muchas gracias por existir. Me encanta esperaros cada Navidad y me hace mucha ilusión. Este año sin embargo os pido que me traigáis un coche rojo teledirigido, pero prestad atención:
No lo traigáis a mi casa, sino a la de Juan Hernández que vive dos calles detrás de la mía.

Es mi compañero del cole, pero por alguna razón no os escribe bien las cartas y le traéis lo que no pide.

El año pasado pidió este coche y unos zapatos usados, fue lo que recibió. Como yo si sé enviaros las cartas correctamente, me he atrevido a escribiros en su nombre.

Muchas gracias.

P.D. Dejaré la leche y las galletas donde siempre.
Muchos besos de Carolina, la de la calle 48>>.

Reanudaron la marcha pensativos, Melchor, Gaspar y Baltasar, porque Carolina preocupada por su amigo Juan, olvidó pedir algo para ella.

Los Reyes Magos reanudaron su camino, pero no dejaban de pensar en Carolina, porque había olvidado pedir su regalo.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó Melchor.

—Umm… es una buena niña —respondió Baltasar.

—¿Y si le regalamos un don? —dijo Gaspar saltando de su camello.

—¡Qué buena idea! ¿Pero cuál? Hay infinitos dones que le podemos dar —dijo Baltasar.

—¡Ya lo tengo! —Melchor se tocaba la barba sonriente—, le daremos el don de escribir cuentos que lleguen al corazón.

Y los tres Reyes Magos crearon el don, lo metieron en un pequeño cofre mágico, y a casa de Carolina, la de la calle 48, lo llevaron con ilusión.

Cuando Carolina despertó, vio que junto a su Belén un diminuto cofre brillaba y al mirarlo, descubrió también una tarjeta con dibujos mágicos. Cuando la tuvo en sus manos, una voz habló:

—Querida Carolina dijo la voz—, soy el Rey Melchor, estoy aquí con Baltasar y Gaspar —los otros Reyes Magos dijeron «hola» también—. En este cofre te hemos guardado un don: el de escribir cuentos que lleguen al corazón. Es un don muy especial, cuídalo mucho y lee y escribe cada día para perfeccionarlo. Un abrazo muy grande de parte de tus amigos, los tres Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltasar.

Y desde entonces Carolina leyó mucho y escribió más y más, convirtiéndose en la escritora más querida por niños y adultos.

Publicado en A partir de 11 años, Cuento

Coraje, un Conejillo de Indias. Capítulo 3

¿Pero cómo era posible? Cada vez que comenzábamos a chillar se volvía a producir el mismo fenómeno, y nada podíamos hacer para controlarlo. Es que no podíamos controlar nuestras acciones. He olvidado decir que estos chillidos son solo una reacción al miedo; una respuesta de nuestro organismo ante un peligro inminente. Si no podíamos controlarlos en otras situaciones, esta (que sin dudas era la más estresante de todas las que habíamos vivido) no iba a ser la que sacara a relucir nuestro coraje.

Todos pusieron su cabeza entre las patas, tratando de acallar los incontrolables sonidos que salían de sus bocas. Los que tenían las patitas cortas hacían lo imposible para agarrarse los hocicos, usando hasta los últimos extremos de sus uñitas. Y los grandotes gritaban tan alto, que hacían estremecer el piso del globo.

Todos eran presas del pánico, menos yo. Increíblemente me percaté de que ya no sentía miedo. Mis latidos cardíacos se calmaron, fueron enlenteciéndose cada vez más hasta llegar al ritmo normal, y entonces sentí una maravillosa tranquilidad.

Ahí lo supe, supe que debía hacer, y lo hice. Tomé una gran manta que colgaba de uno de los extremos del globo y, con mucho trabajo la extendí por encima de todos mis compañeros, que estaban a punto del colapso nervioso. Me di cuenta de que era más que una manta de lana, era una capa anti ruido.

No entendía muy bien de donde había salido este impulso mío, este conocimiento; pero en mi interior había algo que me hacía obrar de esa manera, paso a paso, como una operación aprendida.

Me pareció extraño en cada momento, pero no podía perder tiempo. Sabía que yo era el único que podía enfrentarme a aquella monstruosidad.

Si existía el arcoiris, había agua; y teníamos que hallarla, tomarla, guardarla en el gran globo, y regresar con ella, al precio que fuese necesario. Era la única oportunidad para la tierra, nuestra hermosa tierra que estaba a punto de morir.

Dejé a mis compañeros bajo aquella protección acolchada y me dirigí hacia el gigante que nos atormentaba. Mientras caminaba hacia afuera comencé a recordar lo que dejé atrás antes de empezar el viaje. Me vinieron a la mente todas las imágenes de cosas, animales, figuras varias; y de entre todas las cosas, recordé a las personas, esas que solo me habían tomado de mascota, y aún poniéndonos como destino: la salvación de nuestro hogar, no tenían idea de cuánto podríamos hacer para cumplir esa meta.

A medida que recordaba aquello me henchía de gozo y orgullo. Yo, un simple conejillo de Indias, salvaría al mundo. ¿Quién lo hubiese pensado; que en unas pequeñas y peludas patas rojas, estaría el futuro del mundo?

Continuará…