Publicado en A partir de 7 años, Cuento

La tortuguita Casiopea tiene hipo

La Tortuguita Casiopea ha madrugado mucho hoy para practicar varios instrumentos musicales y preparar su voz.

—¡Hola, Casiopea! —le saluda el mapache.

—¡Hola, amiga tortuga! —le saluda también el pato.

Y la tortuga Casiopea, muy contenta, va saludando sin descanso.

El escenario será en esta ocasión, una roca junto a la charca, porque van a nacer muchos renacuajos y las ranas están muy nerviosas por el acontecimiento.

Todos están felices y Casiopea empieza a cantar, pero ¡oh, vaya!, le ha entrado hipo a nuestra amiga tortuguita y es imposible empezar.

La rana de la charca dice:

—Casiopea, ¿y si aguantas la respiración hasta que contemos diez?

Y Casiopea toma aliento reteniendo el aire.

—¡¡Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno!! —gritan todos en el bosque.

—Hip, hip —Casiopea sigue con hipo, ¿qué pueden hacer?

—¿Y si te damos un susto? —propone la liebre.

Se reúnen todos los animalitos y las ranitas para ver cómo asustar a su amiga, y Casiopea ya tiene miedo solo de pensarlo.

De pronto, la mofeta grita:

—¡¡Taparos la nariz, que he estornudado y se me ha escapado sin querer un maloliente pedo!!

La mofeta avisa a sus amigos de que ha estornudado y se le ha escapado un pedo. Todos salen corriendo, menos Casiopea que se refugia dentro de su caparazón.

Todos asustados han huido tapándose la nariz, menos Casiopea, que se refugia rápidamente en su caparazón.

Después de varios minutos Casiopea saca la cabecita de su casita y comprueba que nada huele.

—¡Amigos, volved! ¡Ha sido una falsa alarma! ¡No huele a nada, de verdad! —gritó Casiopea muy muy fuerte.

Casiopea se da cuenta también de que no tiene hipo, y cuando sus amigos del bosque vuelven, comienza a cantar.

¡Qué susto más grande le dieron a la tortuguita, pero el hipo ya no volvió más a la fiesta!

Y por fin, la tortuguita Casiopea ya no tiene hipo y puede cantar.

Clara Belén Gómez

Publicado en A partir de 14 años, Cuento

Todos somos iguales (Ángela Losada Romero, escritora infantil invitada de la semana)


Existió una vez, un niño que se llamaba Santiago, tenía el cabello castaño y los
ojos lo más llamativo de su rostro, ya que eran increíblemente despiertos y de
un azul tan profundo que jamás encontraría en ninguna parte del mundo, por
muchos océanos y cielos que viese.
Un día, Santiago se encontró con que había llegado a su clase un nuevo
compañero, de color negro. Su nombre era Mamadou y era sudafricano.
Cuando jugaron a la pelota, vieron que Mamadou jugaba muy bien.
Santiago se sintió mal, porque él era el mejor del cole. Al terminar el juego,
Santiago reunió a sus amigos y les dijo que Mamadou no era igual que ellos
porque era negro; que había leído sobre un país que se llamaba Sudáfrica en
donde los negros estaban separados de los blancos; que era muy peligroso
juntarse con los negros porque cometían actos violentos. Así que nadie quiso
jugar con Mamadou desde entonces. Todos jugaban y gritaban muy contentos
menos Mamadou, que estaba triste. Se fue a una esquina y lloraba sin cesar,
hasta los árboles y los pájaros parecían melancólicos y afligidos al verlo.
Por la noche, Santiago les contó a sus padres que había llegado un niño
negro a la escuela. El padre le respondió que se alegraba que tuviera un nuevo
amigo, y no entendía por qué les decía que el niño era negro si todos éramos
iguales. Él se sintió mal. Cuando se fue a la cama, se seguía sintiendo afectado
por haber dicho que los niños negros no eran iguales, que era una raza diferente
de la que había que alejarse y no mantener ningún tipo de relación. Sin embargo,
se decía a sí mismo que no había mentido. Él, había leído sobre Sudáfrica, pero
no había profundizado en la cultura tan enriquecedora del mismo. Esto hizo que
cuestionara las palabras que había dicho ante sus compañeros.
Santiago se quedó dormido y soñó que vivía en otra ciudad, él se llamaba
Dakari. Cuando se miró en el espejo, vio que era negro. Se asustó y preguntó
dónde vivían, le dijeron que estaba en Sudáfrica. Su madre se le acercó. Se
quedó mirándola y se dio cuenta de que el rostro y la piel de su madre, era de
color negro. Estaba confuso, no podía creer lo que estaba sucediendo.
—Madre, ¿dónde está mi padre? —le preguntó con voz temblorosa.
—Hijo, tú sabes que está en la cárcel por luchar para que seamos todos
iguales, para que blancos y negros estemos unidos y tengamos los mismos
derechos y oportunidades —le respondió la madre con lágrimas en los ojos.
Estaba preocupada por él y se preguntaba si algún día, su hijo, se sentiría
orgulloso por la causa por la que luchaba su padre.
Dakari se fue a la escuela y vio que había escuelas para niños blancos y
escuelas para niños negros. Nada tenía sentido. Se acordó de como Mamadou
lloraba al verse excluido. Aquí era todo un pueblo el que lloraba. La situación y
las condiciones de vida en las que se veían inmersos, no parecía que cambiara.
Al salir de la escuela, Dakari pidió a su madre que lo llevara a la ciudad. La madre
lo miraba y lo acariciaba con todo el amor del mundo que una madre podía tener
hacia sus hijos. Le dijo de ir a visitar a su padre.
Era el único hombre negro que había tras las mugrientas rejas de una
cárcel, a las afueras de la ciudad. Se acordó que la noche anterior le había dicho
su padre que todos éramos iguales; en ese instante, como un soplo de aire
renovado, pudo comprobar lo que su padre afirmaba. Allí estaba su padre y su
madre, sólo que su piel era de otro color. También se dio cuenta que el color de
la lucha por la igualdad era el más bello de los colores.
Corrió y abrazó a su padre, lo besaba con toda la ternura de las estrellas:
—Padre, te amo con toda el alma, —le dijo Dakari mientras el padre lo
acariciaba y le empezaba a recitar unos poemas muy bellos. A su padre le
encantaba la poesía y se deleitaba con ella. Le decía: «La noche es muy bella,
tiene blancas y brillantes estrellas en la oscuridad, no podemos separar las
estrellas de la noche, por eso es muy bella, blanco y negro, viven en paz».
Cuando regresaban a casa por el camino de los negros, pensaba en la
injusticia que se cometía en ese país y en las inmerecidas palabras que él había
dicho sobre Mamadou. Al llegar, su madre lo besó en la frente y le imploró:
—Dakari, prométeme que nunca causarás sufrimiento a otra persona por
ser de otro color. Prométeme que lucharás para que todos seamos iguales.
—Te lo prometo —respondió mientras la madre lloraba sin consuelo.
—Hijo, tienes que ser muy fuerte, mañana tu padre morirá por luchar por
la igualdad de los seres humanos, el gobierno de Sudáfrica lo ha condenado a
morir —le dijo entre lágrimas.
Dakari se fue en silencio a su cama, las lágrimas caían de sus ojos como
cuando llueve. En medio del llanto se quedó dormido, su último pensamiento fue
para su padre. A la mañana siguiente, se despertó con mucha tristeza.
—¡Madre!, ¡madre!, —gritaba—. ¡Vamos a ver a mi padre, hoy es el último
día que lo puedo ver!
De pronto se encontró con su padre, el cual, extrañado, le dijo:
—Santiago, ¿qué es eso de que hoy es el último día que me puedes ver?
Entonces, se dio cuenta de que estaba frente a su padre, que todo había
sido un sueño y lo abrazó como nunca.
—Padre mío, somos todos iguales —le decía muy contento.
Luego, llegó su madre a la que también abrazó. No entendían qué pasaba,
pero Santiago les contó el sueño y también lo que había pasado con Mamadou.
—Bueno hijo, tú ya sabes qué debes de hacer con respecto a Mamadou
—le dijo el padre.
Cuando llegaron a la escuela, Mamadou estaba en una esquina con la
mirada cabizbaja, en eso llegaron todos los niños de la escuela. Santiago ya les
había contado la verdad y el sueño de la noche anterior. Entre todos le pidieron
perdón por su comportamiento y lo nombraron capitán del equipo de pelota.
Todos los niños y los profesores de la escuela, firmaron una carta en
donde le pedían al gobierno de Sudáfrica que terminara con la discriminación, y
que el gobierno debería ser de la gran mayoría de los habitantes, también
enviaron copia de la carta a la ONU.
A mitad de la mañana, entró la directora en clase y Santiago le propuso
organizar un festival en el patio del colegio con el fin de recaudar fondos para
enviarlo a los países más necesitados del planeta, promover y difundir los
Derechos Humanos, sobre todo, los Derechos de los Niños.
Reunió a sus amigos y junto a Mamadou pensaron qué hacer para el
festival. Repartieron una circular para que los alumnos participaran con frases
acerca de la vivencia de los niños. Estas se escribieron en carteles y folletos que
colocaron por el colegio. Algunas respuestas del alumnado fueron:
Si un niño vive en un ambiente de hostilidad… aprende a pelear/ Si un
niño vive con tolerancia… aprende a ser paciente.
Si un niño vive atemorizado y ridiculizado… aprende a ser tímido/ Si un
niño vive con aprobación… aprende a quererse y a estimarse.
Si un niño vive avergonzado… aprende a sentirse culpable/ Si un niño vive
estimulado… aprende a confiar en sí mismo.
Si un niño vive criticado… aprende a condenar/ Si un niño vive
apreciado… aprende a apreciar.
Santiago, junto con sus compañeros montaron también un video con
fragmentos de documentales que mostraban las distintas formas de violación de
los derechos de los niños y adolescentes. Utilizaron una pantalla del Salón de
Informática que la colocaron el día del Festival encima del escenario, y reunieron
un número importante de personas.
La respuesta fue muy buena, quedaron sorprendidos por el trabajo de los
chicos, esas cosas generalmente no se hacen.
Aquel día, de regreso a casa, Santiago recordaba con alegría la reacción
de la gente y pensaba en lo importante que era ver las cosas para entenderlas y
ponerse en el lugar del otro. Estaba satisfecho de dar un paso para concienciar
de los Derechos Humanos, y sentía que, cada ser humano, no solo debía
quedarse con aquellas imágenes sino cambiarlas por gestos de solidaridad,
demostrando que ésta es una cuestión sin fronteras y nos engloba a todos.

Autora: Ángela Losada Romero. (2º de la ESO)

IES Sierra Bermeja. Málaga

Publicado en A partir de 4 años, Cuento

Manuela y el unicornio de trapo.

Manuela galopa fantasías de niña a lomos de un unicornio de felpa. ¡Cómo corren entre las nubes y vuelan en las estrellas! Su unicornio es amigo de todos los planetas.

—¡Hola , señor Marte! ¿Cómo va con sus guerras?

—Ganando, siempre ganando.

— Señorita Venus, ¿cómo puede ser tan bella?

—¡Ah¡… Es el amor el que me embellece. 

—Señor Saturno, ¿cómo puede tener tantos anillos? 

—Es que me encanta jugar al hula hoop.

Y sobre todo es amigo de Manuela. Entre correrías y vuelos se ha ensuciado de arena. La niña lo baña, y con un peine de caracolas, peina sus crines de colores. Luego lo seca y abrillanta su cuerno dorado. 

Es la hora de dormir. Los dos duermen abrazados. Manuela le da un beso de buenas noches y él le lame los mofletes. Sueñan que cabalgan por el país de los sueños. El unicornio tiene alas de Pegaso, y ella es una valiente guerrera que lucha contra las pesadillas.

De repente, el monstruo que duerme debajo de la cama, aparece delante de ellos. Es un enorme dragón que echa fuego por su boca. Manuela lejos de asustarse, le regaña:

—¡Señor Dragón, no le da vergüenza! Tiene usted que ser bueno. Su fuego puede quemar a mi unicornio de trapo. 

El señor Dragón le pide disculpas, y le dice que las llamas son para poder ver por la noche, porque tiene mucho miedo de la oscuridad. La niña Manuela le hace un sitio en la cama. Y ahora duermen los tres abrazados. 

¡Shhhhh! No hagas ruido al cerrar el cuento para no despertarlos. 

(Dedicado a Manuela, nieta de Rocío)

Ilustraciones: Pixabay

Publicado en A partir de 11 años, Cuento

«Coraje»; un Conejillo de Indias. Capítulo 2

No estaba muy seguro de que la anciana estuviese en sus cabales cuando dijo aquella frase. Y aún luego de ver lo sucedido, y estar en ese globo, flotando sobre el mundo desolado, viajando hacia lo desconocido, no podía pensar que existiera algo como lo que ella mencionó.

Hasta que lo vi. Ahí estaba el arcoiris, al final del camino. Después de tantos días entre las nubes que cubrían la tierra seca bajo nuestros pies, vimos la amalgama de colores de luz, inigualable y maravillosa. Pero no había nada más; después del arcoiris, de ese mágico arcoiris, solo un negro vacío daba término al camino.

Así que llegamos a la meta, y en la meta no había nada, ninguna respuesta, ninguna salvación. No sabíamos bien qué hacer. Entre toda esa desorientación solo nos dio por empezar a brincar y hacer ruidos chillones (algunos gritaban más que otros).

Yo no podía gritar. Nadie lo había descubierto hasta entonces (ni yo mismo me había percatado de eso), pero además del extraño color rojo, tenía algo que me diferenciaba mucho de mi especie: había nacido sin cuerdas vocales.

Todos me miraron sorprendidos. Es bien sabido que los roedores se caracterizan por ese chillido agudo que nos delata siempre ante los humanos, así que no entendían cómo se me había privado de algo que, supuestamente, es destacable dentro de nuestras características genéticas. Pero el asombro de sus miradas no evitaba la algarabía. Seguían gritando como locos, como si no pudiesen hacer nada para evitarlo. Y ciertamente no podían parar de chillar. Ahí supe que era cierto lo que todos decían sobre nuestro sonido: nace de nosotros, de manera automática, y no hay forma de controlarlo (quizás por eso somos tan irritantes para las personas).

Entonces sentimos un ruido estrepitoso, explosivo, que hizo a todos enmudecer. El arcoiris comenzó a partirse en dos. Algo que surgía de lo profundo de su interior, lo dividía; algo inmenso y oscuro, como una mole. Poco a poco la oscuridad fue transformándose en otra mezcla de colores opacos, y al fin logró verse la imagen; la mole era una gran montaña, color gris claro, como el cielo gris de las tormentas, que dividió finalmente al arcoiris en dos mitades perfectas.

Se expandió a los lados y hacia delante, hacia nosotros; estábamos seguros de que destrozaría la pared del globo. Si eso sucedía caeríamos hacia abajo precipitadamente. Nos quedamos mudos de pavor ante lo que parecía ser nuestro final.

Justo a tres metros de nuestras narices, se detuvo. Vimos desaparecer por completo el arcoiris y comenzamos a chillar nuevamente. Yo no, ya lo he dicho, no puedo emitir sonido alguno. Tampoco hacía falta, mi corazón gritaba más que cualquier garganta; latía tan fuerte y rápido, que estoy seguro de que se oía más alto que el galope de un caballo a todo trote.

La gigante roca volvió a moverse, retomando su dirección, directo hacia nosotros. Ese sí era el fin, la distancia que quedaba entre ella y nosotros era demasiado corta. Volvimos a quedarnos mudos; se detuvo nuevamente, comenzamos a chillar de nuevo, y volvió a acelerarse en nuestra dirección. Ahí entendimos que eran nuestros chillidos los que la hacían moverse. Aquel gran pedrusco era más que una montaña; parecía tener vida.

Continuará…

Todas las imágenes son tomadas de Canva.

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

La ladrona de contraseñas. Capítulo 9

CAPÍTULO 9

Pasaron unos días y Ruth recibió su castigo oficialmente por parte del colegio. En los recreos tenía que ayudar en las tareas de limpieza del patio. Debía poner las mesas de su curso en el comedor, y cuidar de los más pequeños. Además tenía que visitar a la psicóloga del centro cada jueves. Aún así, no se quejaba. Después de todo, era consciente de que había tenido suerte.

Cerca de las vacaciones de verano, Ruth pintaba el muro del colegio mientras veía a Andrés y Marta de la mano. Estaba furiosa, pero ahora eso le tenía que dar igual, recuperar a Cleopatra era más importante.

—¿Quieres un zumo? —el chico de la mesa de la primera fila, junto a la ventana, le tendía la mano con un zumo de piña—. Era el único del colegio que le había hablado en mucho tiempo. Odiaba la piña, tanto o más que a su prima Marta, pero agradecida y con una sonrisa se lo bebió.

Quién sabe, quizás aún había esperanza y Marta estaba cambiando.

FIN.

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

La ladrona de contraseñas. Capítulo 8

CAPÍTULO 8

A las seis de la tarde, Marta y Andrés se conectaron a la reunión con la tablet en la cafetería.

—¿Estamos todos?

Andrés contó con detalle sus conversaciones con Ruth y las amenazas.

—Opino que no le demos la oportunidad, no se arrepiente y no cambia —dijo Pedro muy indignado.

—Está bien, llamaremos a Ricardo —respondió Andrés.

—Chicos, ¿cómo se os da escribir cartas de amor? —Preguntó Bea.

—No es momento para chistes, Bea —regañó Pedro, aún enfadado por la acitud de Ruth.

—No es un chiste. Es que tengo un plan. Tendremos todos una carta de amor escrita hacia uno de nosotros y la dejaremos guardada y preparada. Si Ruth cumple su promesa, entonces todos publicaremos nuestra supuesta carta de amor en el chat.

—¡Eres increíble! ¡Qué buena idea! Así su carta será una más —dijo Simón entusiasmado.

—¡Quién sabe, igual lo ponemos de moda y todo! —dijo Ana

Todos rieron, menos Pedro que aún estaba enfadado. No soportaba a los abusones como Ruth.

—Propongo invitar a Ricardo a este chat y contarle todo —dijo Simón.

A todos les pareció bien la idea.

Ricardo llamó a su padre, quien escuchó atentamente la historia desde que le robaron la cuenta a Marta. Cuando terminaron de hablar, el policía dijo:

—Conozco a los padres de Ruth, hablaré con ellos. Esta parte dejádmela a mí.

—Chicos, ¿habéis visto el chat? —Ana hablaba atropelladamente.

—Marta, ¡¡TU CARTA!! —gritó Pedro.

Andrés intervino rápidamente:

—Todos a crear sus cartas y publicarlas en el chat. Se nos ha adelantado Ruth.

En cuestión de una hora, el chat del colegio estaba invadido de cartas de amor, cada cuál más original y graciosa. Tanto que los demás compañeros empezaron a declararse también.

Ruth no se lo podía creer. ¿Qué estaba pasando? El chat no hacía más que sonar y publicar notificaciones. ¿Se habían vuelto todos locos o había una epidemia primaveral de declaraciones de amor?

Una de las cartas era para ella:

“Ruth, me gustas. Soy de tu clase y me siento en la primera mesa, al lado de la ventana”.

Sabía quien era y se quedó perpleja.

—Ruth, ven inmediatamente al salón —La voz de su madre era muy seria.

Cuando llegó, vio con angustia al padre de Ricardo. Tenía las manos en la espalda y miraba un punto en el techo.

—¿Qué nos está contando el padre de Ricardo? ¿Sabes cuál es el castigo por esas acciones? ¿Sabes que es un delito muy grave lo que has hecho?

Ruth ahora sí que estaba asustada. Pudo ver otro mensaje en el chat, antes de mirar a los ojos a sus padres:

“Marta, soy Andrés. Me ha costado decidirme, pero ahora que este chat se ha vuelto loco, quiero aprovechar para decirte que me gustas, que eres genial y que te quiero.”

<<¿Te quiero? ¿En serio? ¿A la odiosa de mi prima?>>

Sus padres estaban decepcionados y el padre de Ricardo habló:

—Pondremos todo esto en manos de la justicia, tus padres están de acuerdo, porque no has mostrado ni pizca de empatía hacia tu prima y los demás. Como es la primera vez, seguramente consigamos que realices servicios sociales después de la escuela.

—Por supuesto nada de móvil, ni redes sociales y Cleopatra será cuidada en el terrario de Ricardo —dijo el padre.

—No por favor, Cleopatra no. Haré lo que digáis, pero dejadme a Cleopatra —suplicó Ruth.

—Eso dependerá de tu comportamiento.

Continuará…

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

La ladrona de contraseñas. Capítulo 7

CAPÍTULO 7

—Dime —respondió Andrés con sequedad.

—Está bien. Haré lo que me pidáis.

Andrés suspiró aliviado.

—Tu prima está preocupada.

—¿Esa odiosa? No lo creo —dijo burlonamente.

—Ruth, tu prima es mi amiga. Delante mía no la nombres así. Adiós.

Cuando se cortó la comunicación, Ruth tiró el teléfono en la cama y se tumbó boca arriba pensativa. Parecía que Andrés estaba muy interesado en la tonta de su prima. Quizás le gustaría saber algunas cosas sobre ella.

El móvil sonó de nuevo, era un mensaje de Andrés:

DECÍDETE, QUEDA POCO TIEMPO. RICARDO SOLO DIO UNA SEMANA.

Volvió a llamarle:

—Oye, qué pasa, ¿que no sabes escribir en minúsculas?

—Así escribo a quien no escucha —A Andrés se le había agotado la paciencia.

Ruth hizo una pausa.

—Está bien, ¿qué tengo que hacer? Ya te dije que haría lo que me pidiérais.

—Es muy fácil, pedir perdón a todos cara a cara. Da gracias que tienes que llevar mascarilla.

Ruth no había pensado en eso.

—No me van a perdonar.

—Y hay otra cosa.

—¿Qué?

—Deberás prometer que no lo volverás a hacer. Lo tenemos todo guardado y si no cumples tu palabra se lo enviaremos a Ricardo, que estará encantado de proceder a denunciarte.

—Ummm… si eso ocurre, dile a Marta que yo contaré su historia secreta.

—¿De qué hablas? —preguntó Andrés muy enfadado.

—Si es necesario, ya te enterarás en el chat del cole.

—¿Sabes qué, Ruth? Creo que no merece la pena ayudarte. Para pedir perdón tienes que estar arrepentida y veo que no lo estás. Si te metes con Marta todos la apoyaremos. Somos sus amigos.

De nuevo se cortó la comunicación. Esta vez Ruth tiró el teléfono con todas su fuerzas al suelo y el cristal de la pantalla se resquebrajó ligeramente.

Llevaría su plan a cabo y se vengaría de Marta, esa odiosa, siempre querida por los demás. Se iba a enterar. Sabía todo sobre ella.

Mientras tanto, Andrés quedó con Marta para tomar un refresco:

—Marta, tengo algunas noticias de tu prima que no te van a gustar.

—Creo que no hay nada ya que me sorprenda de ella. No cambia.

—Amenaza con sacar tu “secreto” a relucir en el chat… Parece que estuvo muy entretenida leyendo tu correo.

Marta, se sentía triste. No esperaba aquel revés.

—Nos tienes a nosotros, no debes preocuparte.

—En realidad sí. Escribí a Rafa diciéndole que me gustaba y la carta es muy cursi.

Estaba colorada.

Andrés rió.

—Algo se nos ocurrirá, no es para tanto.

Ahora que su amiga estaba más tranquila, se le ocurrió una idea y convocó reunión:

“REUNIÓN HOY A LAS 18:00. RUTH AMENAZA A MARTA CON CONTAR SUS SECRETOS”.

Continuará…

Publicado en A partir de 8 años, Cuento

¿Qué le pasa a Dago el dragón?

La bruja Agatha y Peter, el pirata, apagaron la fogata y tomaron su equipaje, pues emprenderían un viaje. Iban al reino de las Frambuesas, para visitar a Berry la princesa.

Al encontrarse con su amiga se dieron un abrazo. Ella puso té y galletas de fresa en la mesa. Berry notó, en el rostro de sus amigos, algo que parecía tristeza.

—Amigos míos, pienso y pienso, y se me quiebra la cabeza. Quiero entender cual sentimiento es el que los apresa. —les dijo Berry

Y Peter le contestó:

—Perdónanos querida princesa. Eso que ves en nosotros, se llama preocupación. Y sentimos eso por nuestro amigo Dago, el dragón.

—Si, es verdad. Se está portando un tanto extraño. Y tenemos miedo de que se haya hecho daño. Tal vez se ha comido una planta con la que hago mis brebajes mágicos para la garganta; pues se pasa el día canta que canta —añadió la bruja Agatha.

—Yo lo he visto en solitario, recitar poemas que escribe en un diario. En las noches sonríe, y suspira tan fuerte, que en la aldea tiembla hasta el hombre más temerario. —dijo Peter.

La princesa Berry caminaba de un lado a otro escuchando a sus amigos y tratando de pensar en lo que podía pasarle al dragón Dago. ¡De pronto, una idea vino a su cabeza!

—Ahora que me lo dicen, ¡ya me ha quedado claro! Y creo saber lo que a Dago le ha pasado. Eso no es una intoxicación por haber tomado un brebaje. ¡Solo le ha picado el mosquito del amor! —Explicó Berry con sabiduría.

—Pues eso no lo habíamos pensado —dijo Peter muy sorprendido— . Ahora que lo mencionas, ni Agatha ni yo, hemos visto en el bosque, ni en los mares, ni en los cielos, o en algún otro lado, a una dragona de la que Dago pudiera estar ilusionado.

—Ya no estén preocupados. Voy a volar en mi Pegaso morado, para buscar a nuestro amigo enamorado. Ya verán que se encuentra bien. Esperen aquí, comiendo galletas y jalea. Los animalitos del reino de las frambuesas, los tendrán bien acompañados, solo cuídense del búho gris, que por las tardes es muy malhumorado.

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El corcel alado, con la brida y la silla plateada, elevó a la princesa por los cielos, la llevó hasta el otro lado, de la montaña olvidada.

Llegó la noche y tres lunas enormes brillaban. En la torre del Castillo de las Hadas, Dago las admiraba.

—Hola amigo dragón —anunció Berry cuando a su lado llegó —¿Cómo se encuentra tu alma y tu corazón?

—Hola hermosa princesa, has de saber que me encuentro de lo mejor. ¿Qué te trae por estos parajes? ¿Buscas magia de las hadas?; ¿o perfumes de las flores raras, que hay en este bosque de la Montaña Olvidada? —preguntaba, contento de tener una amiga a su lado.

—Ni los perfumes, ni la magia; eres tu quien me trae por acá. Pues Peter y Agatha, quieren saber que estas bien, y quieren también conocer, a la dragona que tiene tu pensamiento ocupado. ¿O me vas a decir, que acaso no estas enamorado?

Dago el dragón se echó a reír a carcajadas, pues se alegraba oír de sus amigos  sus ideas alocadas.

—Pues no te voy a mentir, sí, estoy enamorado. Ahora que estas a mi lado, te lo voy a decir. —Dago tomó a Berry del hombro y le señaló el cielo estrellado, a donde estaban las tres lunas para que las observara. —Son esos tres astros gigantes las que mantienen mi corazón palpitante. Y es ese bosque encantado, el que me tiene fascinado. Las voces de los gnomos se juntan en un canto, y los acompaña la flauta del fauno, y en conjunto alegran a los animales y las plantas. Una vez cada año, alumbran las tres lunas con esa luz blanca, y las luciérnagas bailan, en honor a las estrellas que faltan.   

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Vivo enamorado de esta noche, con el sonido del fuego de mi garganta, me uno a la canción que todo el bosque encantado canta. Cualquier hombre de la aldea se espanta, por eso me alegra un montón, que mi amiga Berry se una a esta celebración.

Berry y Dago, volaron rápido hasta el reino de las Frambuesas, donde a la mesa,  Peter y Agatha tomaban té y comían galletas. Los levantaron por sorpresa, y los llevaron de regreso, a donde estaba la enorme fiesta. Allá los cuatro amigos, encendieron una fogata al lado de los seres del bosque; disfrutaron de la música y la danza. Y lo mejor de todo, es que Peter y Agatha entendieron, que su amigo se podía enamorar, de las lunas y de una noche especial, que se celebraba en ese lugar.

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

La ladrona de contraseñas. Capítulo 2

CAPÍTULO 2

Pedro estaba con sus padres en la playa, estaba siendo una primavera calurosa y estaba deseando meterse en el mar para poder quitarse la mascarilla y respitar aire puro.

—¡Pedro espera!, ¿Te has puesto crema protectora? Mira que luego te achicharras.

Odiaba ponerse ese potingue hasta en la cara porque luego le escocían los ojos.

—Después del baño mamá.

—De eso ni hablar, te la pones ahora y esperas un rato antes de bañarte. Mira tu móvil ha sonado —y le acercó el móvil.

Pedro vio rápidamente que era un mensaje de Andrés. Algo debía ocurrir porque era extraño que le contactara por mensaje cuando en la tarde habían quedado por Zoom.

Cuando leyó el mensaje, miró la hora. Tendría que salir ya si quería llegar a timpo a la reunión.

—Mamá, tengo que ir a casa, por lo visto hay cambios en un trabajo del cole y los compañeros se van a reunir en Minecraft.

—Vaya modas. No sé cómo os reunís y os entendéis por ahí.

—Me voy que no llego.

—Pues llévate tu mochila con la toalla y tus gafas de buceo que yo no puedo con todo.

Algo fastidiado, porque no se había dado el ansiado baño, pero aliviado de no embadurnarse de crema protectora que lo dejaba más blanco que la pared y pringoso, salió corriendo mientras su madre le gritaba:

—¡Y come fruta cuando llegues, que son vitaminas y estás creciendo! ¡Y dile a tu padre que comemos a las tres!

—¡Sí mamá!

El ordenador tardó algo en arrancar, tenía que actualizarlo con su tío, ampliarle la memoria y cambiarle el disco duro por uno más rápido.

—Hola, soy Pedro. Mi código es P13.

Varias voces devolvieron el saludo a la vez.

Student video chat online screen on laptop on white background illustration

—De verdad que tenías que haberte puesto el código de P2 —bromeó Andrés como siempre, en esta ocasión compartía pantalla con Marta.

Todos rieron.

—¡Ja! Estás gracioso esta mañana.

Se escucharon más risas.

—Bien, ¿estamos todos? —era la voz de Ana

—Parece que sí —respondió otra voz de chico. Era Jaime, el cerebrito del grupo.

—A ver, paso lista: Andrés, Ana, Pedro, Jaime, Bea, Marta, Tina, Katy, Juanjo, Simón… —Ana siguió diciendo nombres hasta que terminó el listado.

—Es una suerte que hayáis podido estar todos en casa hoy sábado —Comenzó diciendo Andrés.

—A mí me ha venido genial, hoy íbamos a casa de mi tía y soy el único joven —dijo Juanjo, convencido de que todos se compadecieron aunque fuera un poco.

—Bien, como os pusimos en el mensaje, la clave de uno de nosotros ha sido descubierta. Os lo explica todo Marta —dijo Andrés.

—¡Uf qué mal rato me llevé! —la aguda y chillona voz de Marta hizo que más de uno bajara el volumen de sus cascos—. Me quedé a dormir en casa de mis tíos maternos porque mis padres iban a una boda a no sé donde y no me querían dejar sola en casa un fin de semana entero. Algunos conocéis a mi prima Ruth y lo cotilla que es.

—Sí —dijo Bea—, yo la he conocido y os aseguro que es así. Me dejé el móvil en la mesa para ir al baño y cuando volví la pillé intentando descifrar el patrón de desbloqueo de mi móvil.

—Exactamente, así es mi prima. Bueno pues resulta que en la penúltima reunión de zoom que tuvimos, la tuve que hacer en la habitación de mi prima y como comprenderéis estoy casi segura de que me vio meter la clave, porque no se despegaba de la mesa.

Se escucharon algunos murmullos de indignación.

—No me preocupé porque me dije, que total, es muy difícil cotillear en Zoom porque todos sabríais que no era yo si la véis a ella por la videocámara. Pero resulta que en la última vídeoconferencia no pude entrar y salía <<CONTRASEÑA ERRÓNEA>>, pero es que a mi correo tampoco puedo entrar.

—Es verdad, nos extrañó a todos no verte —dijo Leo, con un acento argentino. Era el más nuevo del grupo y tenía predilección por Marta,

—No puedo creerme que haya alguien tan ruin —saltó Simón—. Algo debemos hacer para recuperar tu cuenta.

—Sé que tiene una libreta donde apunta todas las direcciones, contraseñas y claves que va robando. No sé porqué lo hace, además que es delito y si alguno llamara a la policía le caería una buena. Pero mi tía está embarazada de siete meses y no quiero darle un disgusto. Sería mejor darle una lección a mi prima Ruth y que no vuelva a robar ninguna cuenta más, porque además lo hace por fastidiar y diversión. Por eso hoy estoy con Andrés en su ordenador.

—¡Sí! Merece un escarmiento —aplaudió Ana—. Y yo tengo un plan.

Todos callaron esperando las indicaciones de Ana.

—Marta y Bea, necesitáis una excusa para volver a casa de tu prima y os explico qué haremos, escuchad con atención.

Continuará…

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

La ladrona de contraseñas. Capítulo 1

CAPÍTULO 1

—Tenemos poco tiempo —dijo Andrés.

—¿Por qué? ¿Qué ocurre? —preguntó Ana, y se puso bien las gafas, empujándolas con el dedo índice.

—Ahora no te lo puedo explicar bien, viene la profe. Espérame en el recreo en nuestro punto de encuentro.

—De acuerdo —dijo Ana, mientras sacaba el cuaderno con los deberes hechos y el libro de lengua.

En cuanto terminaron las clases Ana corrió hacia el recreo y Andrés fue a comprar algunas chuches y gusanitos para los dos.

Student at school playground illustration

El punto de encuentro era el banco cerca de la valla, casi nadie jugaba por allí debido a que los pinares estaban infectados de procesionarias, unas orugas muy fastidiosas y peligrosas, sobre todo para los alérgicos, bueno y para los no alérgicos, y además para los animales que se las comían podía ser mortal. Ellos lo sabían, pero en las reuniones de alto secreto no tenían más remedio que quedar allí, lejos de los oídos indiscretos. De todas formas, el banco estaba justo debajo del voladizo de un tejado, y el pino más cercano quedaba a varios metros y en realidad no era para tanto.

Ana esperaba intrigada e impaciente.

—¡Hombre, por fin llegas!

—Toma, tus gusanitos. ¡Qué de cola había hoy y eso que he salido de clase de los primeros!

Ana ya había abierto la bolsa de gusanitos y al contrario que Andrés que se los comía de uno en uno, ella prefería hacerlo a pequeños puñados.

—Bueno, ¿y por qué tenemos poco tiempo? —preguntó sin dejar de comer y con la boca llena.

—Mi padre ha conseguido trabajo en la ciudad y habla de mudarnos para no tener que estar una hora de coche todos los días. Mi hermano y yo nos quedaremos en casa de mi abuela hasta que termine el curso, pero ya no podremos reunir a la pandilla en mi casa como antes y mucho menos en casa de mi abuela.

—Entonces tenemos que reunir a la pandilla con urgencia por Zoom.

—Hay otra cosa.

—Dime —dijo Ana intrigada.

—Ha habido una fuga de información y la prima de Marta se ha enterado de su contraseña de Zoom. Tendremos que reunirnos en persona para que nos explique como ha ocurrido y ayudarla a recuperarla.

—Umm, eso de reunirnos puede ser complicado ahora con las restricciones del Covid 19 y puede ser peligroso —. Ambos quedaron en silencio y muy pensativos.

—¡¡Ya lo tengo!! —gritó Ana, y a Andrés casi se le cae la bolsa de gusanitos del susto. Aún la tenía casi llena, mientras que su amiga hacía tiempo que se los había comido.

—Mañana es sábado, podemos dejar mensajes a todos con el móvil:

“EMERGENCIA. UNA CLAVE DESCUBIERTA. REUNIÓN URGENTE EN MINECRAFT A LAS 11,30 h. DEL SÁBADO. ALTO SECRETO.

Andrés dejó la bolsa de gusanitos en el banco, aplaudió, se levantó de un salto e hizo una reverencia.

—¡Eres una genia!

—¡Pues claro!

Sonó el timbre y corrieron juntos hacia la clase.

Continuará…