Publicado en A partir de 8 años, Cuento

Milú (la perrita artista). Capítulo 2

Milú estaba tan contenta de ser la mascota del equipo. Su único trabajo era dar saltitos para animar a las niñas bailarinas en los ensayos, pero eso le causaba mucha emoción.

Elsa ya no le ponía ropas que le molestaran en el cuerpo, solo algunas cintas en la cabeza y gorritos graciosos. Milú siempre los escogía. Si daba un ladrido, quería decir que “sí le gustaba” y si daba dos, que “no le gustaba”. Esa era la señal para saber qué ponerle y qué no.

Ana se mantenía siempre callada, pero observante. En todo momento estaba pendiente de la perrita. Ella también sabía lo que era ponerse ropas que te causan molestias. Su mamá siempre le hacía ponerse medias que le daban calor, cintas apretadas en el pelo, lazos en la cintura y faldas que le daban picazón en las rodillas.

Pero ahora estaban ensayando para una gran presentación y la profesora ya había mostrado los disfraces que debían usar.

Esta vez, Milú no se salvaría. Tendría que usar un tutú. Elsa y Luisa estaban nerviosas. Desde que la profesora le dijo que debían ponerle un tutú a Milú, sabían que la perrita daría dos ladridos fuertes, respondiendo “no me gusta”.

Todas las niñas llevarían tutú y Milú también debía hacerlo.

El día de la presentación, Elsa y Luisa salieron a bailar en el primer grupo. Ana esperaba su turno para salir en el próximo baile, con el segundo grupo.

Casi a punto de salir a escena, Ana sintió un ruido detrás de una cortina y fue a ver de qué se trataba. Era Milu, que estaba escondida, tratando de quitarse el tutú rosado. Ya lo había roto casi por completo, pero se detuvo al ver que la habían sorprendido.

Ana la miró con cariño y una pequeña carcajada que no pudo evitar. Se rió y le dijo: guau guau.

Milú se puso contenta. Ana había dicho no, a su manera de niña, claro. Así que se puso lo que verdaderamente le gustaba y esperó al final del espectáculo para salir.

Cuando salió a escena, todos se quedaron sorprendidos y estallaron en risas. Jamás habían visto a una perra con una gorra de pelotero.

 

Gorra de pelotero: gorra, gorra de “beisbol”. La que lleva MIlú en la fotografía.

 

 

Publicado en A partir de 7 años, Cuento

Los exploradores del tiempo. Capítulo 4. Un señor muy inglés

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—¿Que hemos ido a otra dimensión? —siguió Pablo— Y ¿Ahora qué somos? ¿Muñecos?

—¡Fi…f…f…fid…fideos enredados! —tartamudeaba Rafa.

Todos sabían que Rafa, cuando sentía la necesidad de soltar un taco, decía algo relacionado con lo que estaba pasando, pero en este caso, no tenían ni idea de qué relación había ahí con los fideos.

—Fideos enredados… –repitió el hombre que estaba sentado.

El caballero los miraba sin inmutarse, como si la aparición de una tienda india con cinco niños dentro fuese algo normal allí.

—Curioso —continuó— ¿Se trata de algún reniego? o ¿de un cándido subterfugio para confundir al espectador?

Los chicos se quedaron pasmados por la forma de hablar de Phileas Fogg. No se estaban enterando de nada.

—¿Eh? —Fue lo único que acertó a decir Rafa.

—Me refiero a esa expresión sobre fideos acompañada de tan abundantes gestos faciales.

—No lo puedo evitar —contestó Rafa—. Cuando me pongo nervioso, digo palabras malsonantes y mi padre me dijo que las cambiara por lo primero que se me viniera a la cabeza.

—Muy astuta estrategia —dijo el caballero—. Tengo un colega al que le ocurre lo mismo. Se lo comentaré. Por favor —siguió el inglés dirigiéndose a Rafa—, dígale a su padre que venga al club un día de estos. Me encantaría conocerlo.

—“No creo que al padre de Rafa le encantara tanto. Ja, ja, ja” —dijo por lo bajo Carla.

—Y bien —continuó Phileas—, ¿me explicarán ustedes cómo han aparecido aquí, de repente?

Como a Pablo no le hacía ninguna gracia estar en un lugar que no era real, hablando con un caballero que no existía, decidió contestar rápido para volver a su casa lo antes posible.

—Pues verá usted, señor Fogg. Esta tienda india es una máquina del tiempo y hemos viajado desde el futuro por equivocación. No tendríamos que estar aquí, sino en un sitio…más…ehm… No se moleste usted, pero tendríamos que estar en un sitio más real.

A Phileas Fogg se le abrieron los ojos como a una rana de ojos celestes y se puso pálido. Julián se llevó la mano a la frente como si así consiguiera hacerse invisible.

—¡JA, JA, JA! Pero, qué ocurrentes son estos muchachos.

El estruendo de la risa de Phileas hizo que acudiera su criado Passepartout. Los chicos, asustados, corrieron a la tienda para regresar, pero Paula siguió la conversación:

—Señor Phileas, no es nada extraño. Si usted pudo dar la vuelta al mundo en ochenta días, en el futuro se podrán hacer viajes más extraños.

—¿La vuelta al mundo en solo ochentas días? —dijo sorprendido el inglés—. Yo, apenas, he salido de Londres, señorita.

—Genial —refunfuñó Pablo—. Encima nos hemos equivocado de momento.

Carla metió a Paula en la tienda de un empujón, y para despedirse dijo:

—Bueno, pues ya volveremos cuando haya hecho usted el viaje ¿eh? —Y desaparecieron.

—¿Qué ha pasado? —preguntó el criado

—Vaya. Se han ido sin explicarme el truco. Passepartout —Phileas se volvió hacia su criado—, estos jovencitos me han dado una idea. ¿Cree usted que podríamos dar la vuelta al mundo en ochenta días?

Olga Lafuente.

Tienda de campaña india bajo cielo estrellado.
Foto de Chait Goli en Pexels
Publicado en A partir de 8 años, Cuento

Milú (la perrita artista)

–¿Una perra puede llevar tutú?–preguntó Luisa.

–No lo sé, pero igual se lo pondré –dijo Elsa, decidida.

La perrita debía ganar el Concurso de Belleza Animal, así podría ser la mascota del equipo de Ballet del colegio.

Pero a la pequeña Milú no le hacía gracia llevar aquellas ropas apretadas, que le causaban picor en el cuerpo. Además, sentía como la tela se le enredaba entre los pelos y le dolía. Quería librarse de aquel disfraz. Se arañaba con las patas, tratando de zafarse todo eso del cuerpo. Pero nada funcionaba, la ropa seguía en el mismo lugar.

Pero Milú no sabía que alguien la observaba, escondida entre una cortina rosada. Era Ana, la niña más callada del colegio, que siempre estaba pendiente de todo, mirando lo que los demás no veían, o quizá sí veían, pero no le prestaban atención.

Cuando empezaron a llamar a los concursantes, Elsa se giró para cargar a su perrita. Entonces pegó un grito muy alto; Milú se había ido.

Corrió de un lado a otro, llamándola. Buscó debajo de las sillas, detrás de las cortinas, dentro de los armarios y hasta en las gavetas. Sabía que una perra no cabía en una gaveta, pero estaba desesperada. Luisa la ayudaba gritando el nombre de la mascota. Pero todos los intentos fueron en vano; Milú no apareció.

Elsa comenzó a llorar con lágrimas gruesas que mojaron sus zapatos y Luisa la abrazó y se unió a su llanto.

Entonces oyeron el nombre de Milú. La estaban llamando por los altavoces. Ya le tocaba el turno de salir y no había rastros de ella por ningún sitio.

Elsa y Luisa seguían llorando sin parar.

En ese momento llegó Ana y las tocó a las dos. Las tres oyeron aplausos y miraron hacia el escenario. Allí estaba Milú, hermosa y contenta, desfilando, como toda una artista.

–Las ropas le molestaban, se las he quitado–dijo Ana.

Pero no se las había quitado en verdad, sino que las había sustituido por una bella corona de cintas que Milú lucía con gracia y alegría.

Era la mejor perrita artista que habían visto y sería la mejor mascota que cualquier equipo pudiera tener.

Publicado en A partir de 7 años, Cuento

Los exploradores del tiempo. Capítulo 3. Un señor muy inglés (Primera parte)

Tras el regreso del viaje a la habitación de Van Gogh, a los cinco exploradores se les pasó pronto el susto, sobre todo, a Carla que le había parecido corto y pidió hacer otro.

Pablo dijo que había que dejar de hacer esos viajes porque podrían quedarse perdidos por ahí en el pasado, pero Carla insistió tanto que los chicos decidieron hacerle caso con tal de no seguir oyéndola.

Estaban sentados dentro de la tienda de campaña delante del ordenador que mostraba todos los mini agujeros negros que había en la habitación de Julián. Carla vio dos mini agujeros negros girando muy cerca el uno del otro.

—¡Oh, eso mola! —exclamó Carla señalándolos en la pantalla.

—¿Eso qué es? —preguntó Pablo mostrando disgusto.

—Es un agujero negro doble —contestó Julián.

—¿Y qué diferencia hay con los otros? —siguió preguntando Pablo.

—No sé —Julián se encogió de hombros—. Es la primera vez que hago esto.

—¡Pues no se hable más! —dijo Carla y le dio al botón de la máquina del tiempo.

—¡Noooooo! —gritó Pablo.

Y como pasó la otra vez, los cinco exploradores se deslizaron a gran velocidad por un túnel negro lleno de curvas y giros pero, ahora, era diferente porque, a veces, se veían reflejados delante de sí mismos como si tuvieran un doble que aparecía y desaparecía. Nadie lo quiso decir pero estaban muertos de miedo.

La máquina frenó de golpe y todo parecía normal; las dos chicas quisieron salir a la vez y los chicos las siguieron.

—¡Vaya! Parece un palacio —dijo Paula.

Estaban en el centro de un gran salón con enormes lámparas doradas, muebles antiguos, alfombras rojas y las paredes llenas de libros. Había mesas pequeñas con butacas, y un hombre que estaba sentado con un periódico los miraba sonriendo.

—Buenos días, jóvenes —saludó el caballero—. Admito que han realizado ustedes una aparición espectacular. ¿Sería mucha insolencia preguntarles el truco?

El hombre iba vestido elegante pero como en las películas antiguas, y los exploradores lo miraban embobados con la boca abierta.

—¡Oh! Disculpen —continuó el hombre—. Me llamo Phileas Fogg.

—Ese nombre me suena —susurró Pablo a sus compañeros.

—Sí, y a mí —dijo Paula mientras se daba golpecitos en la barbilla con el dedo índice—. ¡Aaah! ¡Ya sé! ¡Es el de la vuelta al mundo en ochenta días!

—¡¿Qué?! —gritó Pablo— ¡Eso no puede ser, es un personaje de ficción!

Todos miraron a Julián.

—Bueno… —titubeó Julián— hemos entrado en un agujero negro doble. A lo mejor, hemos ido a otra dimensión.

(Continuará…)

Imagen de DarkWorkX en Pixabay
Publicado en A partir de 7 años, Cuento

Los exploradores del tiempo. Capítulo 2. La habitación lila

    La pandilla de los cinco exploradores habían comenzado su misión: Viajar en el tiempo.

     La tienda de campaña de Julián convertida en máquina del tiempo se iluminó como una estrella fugaz y fueron lanzados a una velocidad de miedo por un túnel oscuro y lleno de curvas hasta que frenó de repente. Los exploradores de la Historia no se atrevían a salir de la tienda para ver si, de verdad, había funcionado el invento de Julián, pero Carla, que era la más valiente, decidió asomarse por la abertura.

     — ¡Ooooh! Esto es una habitación —exclamó Carla.

     — ¡Lo sabía! Es imposible construir una máquina del tiempo —refunfuñó Pablo.

     — No, no. Es otra habitación —decía Carla con la cabeza fuera de la tienda

     — A ver… ¡Quiero verla! —dijo Paloma, a la que le encantaba el misterio.

     Los exploradores salieron y se encontraron en un cuarto pequeño con dos puertas y los muebles de color amarillo y antiguos.

     Rafa hacía gestos extraños con la cara, como le pasaba siempre que se ponía nervioso.

     —  ¡Orejas desconchadas! —dijo Rafa para no soltar un taco— Es Vicent Van Gogh.

     Y es que, en la habitación, había un hombre pintando, y tenía una venda que le tapaba una oreja.

     — ¡Ay, mi madre! —se quejó Pablo mientras se tapaba la cara con una mano. —A ver quién es el guapo que explica esto.

     Julián se vio en la obligación de pedir perdón al pintor por ser él quien había inventado la máquina del tiempo.

     — Perdone, señor. Estamos viajando en el tiempo y hemos aterrizado en su dormitorio sin querer.

     — Ja, ja, ja —se rió Carla. Le había hecho mucha gracia la explicación de Julián.

El hombre tenía la boca abierta del susto.

  —  Pero ¿Quiénes sois? —Preguntó el pintor.

— Venimos del siglo XXI —siguió Julián—. Estamos probando mi máquina del tiempo.

      — ¡Dichosos mocosos! ¡Fuera de mi habitación! —gritó Van Gogh y les lanzó un pincel que cayó dentro de la tienda.

  Todos corrieron a la máquina del tiempo y Julián apuntó al agujero negro que los devolvería a su casa. Ninguno de los chicos se dio cuenta del regalo que Vicent Van Gogh les había hecho con su pincel.

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LOS EXPLORADORES DE LA HISTORIA

Imagen de Cabecera: La habitación de Arlés de Van Gogh. Dominio Público. Wikimedia.org

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 7 años, Cuento

Los exploradores del tiempo. Capítulo 1. Todo dispuesto para la misión

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     El cuarto de Julián era como un laboratorio del futuro: tenía tubos que llegaban al techo con grandes gotas de agua luminosas que subían y bajaban, se oían sonidos de la naturaleza como el mar o el viento, también había una moqueta que parecía césped y muchos, pero muchos, aparatos raros que él encontraba.

     Julián tenía muy pocos amigos: él casi no hablaba y no le gustaba mirar a los ojos, además, no entendía los chistes, pero construía inventos geniales que a nadie más se le podrían ocurrir, y a los amigos que tenía les encantaba ir a su casa para utilizar sus invenciones.

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     Estaba Paloma, a quien le gustaban los libros de misterio y de policías, y era extraordinaria en descubrir quién era el malo antes que los demás.

  Carla era muy valiente, siempre estaba corriendo, saltando y trepando, pero, a veces, se metía en líos por no pensar las cosas antes de hacerlas y sus amigos tenían que ir en su ayuda.

     Pablo era el serio del grupo: muy obediente, hacía sus tareas y estudiaba siempre, aunque al resto del grupo le encantaba chincharle un poco porque Pablo era muy gruñón, y sus amigos se lo pasaban en grande cuando lo sacaban de quicio.

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     Y Rafa era el más extraordinario: la gente lo miraba extrañada porque él hacía muchos gestos raros con la cara y, cuando se ponía nervioso, soltaba tacos sin querer, así que aprendió un truco: en vez de decir palabras malsonantes, trataba de decir otras más normales como “¡pepinillos!” o “¡tornillos desgastados!”, lo que provocaba, aún, más confusión entre la gente que estaba cerca, pero sus amigos se divertían de lo lindo cuando eso pasaba.

     El viernes por la tarde, estaban todos en el cuarto de Julián para conocer su nuevo invento: “la máquina del tiempo”. Este había descubierto que existían millones de agujeros negros microscópicos en la Tierra, que se podían utilizar para ir a un lugar del pasado. Un poco peligroso sí que era porque no sabrían a dónde irían pero, con tal de no perder el agujerillo negro que los había transportado, no pasaría nada; al menos, eso decía Julián.

     La máquina del tiempo era la tienda de campaña; allí habían colocado el ordenador de la mamá de Julián conectado a los mandos de la Wii. Cuando dispararan al agujerito negro elegido, todos se transportarían a un lugar en el tiempo; ninguno quería perderse esa oportunidad.

     Fue Carla la que eligió el agujero negro microscópico de todos los que se veían en el cuarto y, cuando Julián accionó el mando, el interior de la tienda se iluminó de color blanco intenso y, en un instante, desaparecieron de la habitación.

     Los exploradores del tiempo habían empezado su primera gran aventura.

Olga Lafuente.