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El pintalabios de Pedro. Capítulo 12

UNA MONA MUY BAJITA

Andrés fue a la entrada para recoger a Ana y se dirigieron a la parte trasera del escenario. Ruth estaba allí sentada con cara de pocos amigos y Pedro lanzaba caramelos para encestarlos, sin mucho éxito, en en un bol vacío.

—Vaya, ¡qué ambiente! —dijo Ana con un silbido, al ver las caras de desánimo en todos— ¿Qué hace Ruth aquí?

—Nos va a ayudar —le contestó Marta guiñándole un ojo.

Rápidamente entendió la complicidad del guiño de su amiga y le siguió la corriente.

—¡Qué bien Marta! ¡Menos mal que has conseguido ayuda! ¡Gracias Ruth, por echarnos una mano! —dijo Ana mirando a la malhumorada Ruth.

—Que sepáis que me importa muy poco lo que traméis y que en diez convincentes minutos me marcho de nuevo a la fiesta diciendo que ya os he ayudado —respondió Ruth, dejando a todos perplejos.

—Pues que sepas tú —dijo Bea—, que no vamos a permitir que sigas fastidiando y que le debes a Pedro una disculpa.

—Que ya me he disculpado por acusarlo en el colegio y todo ese asunto del pintalabios, ¿o es que estás sorda? —contestó Ruth haciendo muecas.

—Por la boca chica y falsamente —respondió Bea enfadada.

—¡Chicas! —intervino Marta— no os peleéis, mi prima Ruth ya se ha disculpado y estoy segura de que se quedará para ayudarnos, ¿no es así Ruth?

—¡No! Y además creo que me largo ya, vaya a acabar disfrazada de payasa —Ruth se levantó y se marchaba cuando añadió: —Por cierto, vosotros no necesitáis disfraz, ja, ja, ja —la risa de Ruth se perdió entre la música infantil y los gritos de los niños jugando.

—Perdóname Marta, pero tu prima es odiosa —dijo Bea.

—Vaya, pues se nos ha escapado, es muy lista y se ha dado cuenta de mi intención. Pensaba que era buena idea que subiera al escenario con Pedro —explicó Marta suspirando y dejando caer un disfraz de payaso en la mesa.

—¿En serio ese era tu plan? —Pedro estaba enfadado—, Marta, esta sorpresa para mi prima es muy importante y Ruth la podía haber fastidiado.

—Lo siento Pedro, pero es que me saca de mis casillas y quería darle una lección —se disculpó Marta casi a punto de llorar.

Pedro se dio cuenta y la calmó tocándole el hombro.

El disfraz de Pedro fue un éxito. Repartió pequeños muñecos de peluche a todos los niños, después salió al escenario haciendo que tropezaba con los enormes zapatos y caía al suelo, donde había una bolsa que sonaba con gran estruendo cada vez que la pisaba, entonces hacía que se asustaba y volvía a tirarse al suelo. Los niños reían y reían y la prima de Pedro era la que más gritaba:

“Pisa la bolsa de nuevooo”.

La fiesta estaba siendo un éxito y los niños más pequeños se lo pasaban genial. Los adultos desaparecieron y tampoco había rastro de Ruth por ninguna parte, así que pensaron que lo más probable era que ella y sus padres se hubieran marchado.

Pedro ya había bajado del escenario y tomaba un refresco con sus amigos. La Pandilla de los saltamontes había hecho un gran trabajo, todos los niños, sobre todo su primita pequeña, lo estaban pasando genial.

Pero entonces la música cambió con un redoble de tambores y las luces se apagaron, quedando iluminados solo el escenario y los farolillos del jardín. Justo después sonó una canción de cumpleaños, mientras al escenario subían muñecos gigantes: un oso panda, un pequeño mono, un tigre y hasta una enorme rana que traía una tarta con velas encendidas. La prima de Pedro subió al escenario, pidió un deseo y sopló las velas.

Subieron al escenario unos muñecos con forma de animales, Marta y sus amigos pensaron que podían ser sus padres y que esta era la gran sorpresa.
Todos los animales eran muy grandes, salvo un pequeño mono que parecía enfadado.

—¡Qué bonito! No me lo esperaba para nada —dijo Marta.

—¿Son nuestros padres? —preguntó Andrés.

—Seguro que esta era la sorpresa, pero ¿quién es el mono? Es demasiado bajito —observó Ana.

—Es verdad, bueno, sea quien sea, ha hecho un buen trabajo —dijo Bea.

La música cesó, se encendieron las luces nuevamente y los muñecos gigantes bajaron del escenario para jugar con los niños que los abrazaban.

Observando bien la escena, el pequeño mono intentaba huir, pero el tigre lo agarraba de la mano con firmeza y lo volvía a llevar hasta los niños.

Cuando la fiesta terminó, el mono se dirigió a un banco para descansar y se descubrió la cabeza para beber agua.

—¡Era Ruth! ¡¡¡Mirad!!! ¡El mono enano era ella! —gritó Jaime divertido.

El misterioso pequeño mono que estaba tan enfadado resultó ser Ruth.

Ruth estaba sudando y enfadada, se quitó el disfraz, lo dejó en el suelo y antes de marcharse le dio una patada a la cabeza de mono de peluche que le había hecho sudar tanto.

—Ja, ja, ja —rió Bea.

—¡Qué mona! —gritó Ana, para que Ruth la oyera.

«Me las pagarán », se dijo Ruth, mientras se alejaba hacia el coche de sus padres. Estaba furiosa. Había perdido esta batalla, pero no la guerra y esto no iba a quedar así.

FIN

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El pintalabios de Pedro. Capítulo 11

¿QUÉ HACE AQUÍ RUTH?

El domingo por la mañana, Marta miraba a su madre mientras desayunaba. Estaba muy contenta yendo y viniendo, mientras hablaba y escribía en el móvil.

Definitivamente algo tramaban los adultos. Tenía que ser más rápida que ellos porque temía acabar disfrazada en la fiesta de la prima de Pedro.

—Mamá hoy me duele mucho la barriga, pasaré el día en mi habitación a ver si se me pasa, no podré ir con vosotros a la fiesta —dijo Marta, dejando el bol de cereales a un lado dramáticamente.

—Qué casualidad, Marta, has tenido la misma idea que Jaime, Andrés, Bea… Ya me ha advertido la madre de Pedro que estáis intentando sabotear nuestra sorpresa. ¡Pues a vestirse! Porque te va a encantar. Confía en mí —dijo la madre de Marta.

—Pero de payaso no me disfrazo, ¡que lo sepas! —Marta dijo esa frase enfadada mientras se dirigía a su cuarto.

—¿Con que es eso lo que os preocupa? —dijo la madre entre risas.

La carcajada de su madre sonó con mucha fuerza. Definitivamente los mayores podían ser muy injustos hasta cuando decían querer ayudar.

Marta no quería disfrazarse en la fiesta, por eso fingió que le dolía la barriga y dijo a su madre que no podría ir a la fiesta del cumpleaños de la prima de Pedro, pero era tarde, porque todos sus amigos habían puesto la misma excusa y los padres se dieron cuenta.

En una hora Marta estaba abajo en el portal con Pedro y Lola.

—Lo siento mucho, todo esto ha sido culpa mía por habérselo contado a mi madre para comprar las pinturas del disfraz—se disculpó Marta.

—Qué va Marta —se apresuró a decir Lola—. Todo esto fue idea mía, fui yo la que convenció a Pedro para dar una sorpresa a mi prima y le hice prometer no contar nada… Necesitábamos un pintalabios rojo, o algo para poder pintarle la cara cuando se disfrazara… lo demás ya lo sabemos. No es culpa tuya, cómo ibas a saber que se liaría la que se ha liado.

Pedro le apretó un hombro para confirmar las palabras de su hermana y tranquilizarla. A Marta se le disparó el corazón y Lola sonrió como si se diera cuenta.

En una hora estaba toda la pandilla, menos Ana que la llevaría su tío, en la furgoneta conducida por el padre de Pedro y Lola como copiloto. En voz muy baja, Andrés les informaba de un plan para pasar desapercibidos en el cumpleaños en cuanto llegaran. Según él, el único que debía estar allí era Pedro y su hermana Lola.

Al fondo de un césped enorme, decorado con globos y banderines, se levantaba un pequeño escenario.

La pandilla buscaba en silencio donde escabullirse, tal y como había dicho Andrés, cuando Pedro asió del brazo a Marta y exclamó en voz alta:

—¡Esa es tu prima!

En un rincón del jardín se encontraba Ruth con sus padres y su semblante era serio. Hacia ellos se acercaba la madre de Marta con una bandeja de bocadillos

Ruth estaba sentada y escuchaba con atención lo que uno de los adultos le decía.

—Lo que nos faltaba —se lamentó Jaime—. Pero que alguien me explique qué hace tu madre llevándole bocadillos, con lo mal que se ha vuelto a portar.

Marta no contestó, estaba tan sorprendida como sus amigos.

—Creo que saldremos de dudas muy pronto —dijo Jaime en voz baja y todos observaron que Ruth, sus padres y la madre de Marta, se dirigían a donde se encontraban reunidos. Instintivamente cada uno miró hacia algún lado, como queriendo escapar, pero ya era tarde.

La fastidiosa de Ruth habló de manera amigable, como si no hubiera ocurrido nada:

—Hola chicos —dijo con una sonrisa torcida. Sus padres quedaban justo detrás de ella y no podían ver su expresión. Después se dirigió a Pedro con el mismo tono amigable, que para nada acompañaba a su ceño fruncido—. Me ha explicado la madre de Marta que la razón por la que querías el pintalabios era para dar una sorpresa a tu prima pequeña. Malinterpreté todo y quiero pedirte perdón. Por supuesto, le explicaré a doña Carmina mi error y que no eres un vándalo.

Las caras de satisfacción de los adultos enojó a Marta, para ellos, Ruth solo se había equivocado y estaba rectificando, pero ella y sus amigos sabían que no era así. Solo había sido descubierta y tenía que volver a esconder sus verdaderas intenciones.

Andrés, con sus puños apretados, fue el primero en responderle:

—Vaya Ruth, qué buena chica eres. Ojalá una disculpa fuera suficiente, creo más bien que deberías demostrar tus palabras.

Los adultos lo miraron algo sorprendidos.

—Andrés, mi hija ya se está disculpando —la voz del padre de Ruth sonó muy seria.

—¡Oh Ruth! Rectificar es de sabios, no seas tan duro con ella Andrés, todos nos equivocamos… —dijo rápidamente Marta para salvar el pellejo a Andrés y calmar a Pedro, se le notaba por la expresión que iba a explotar de un momento a otro—. Ana se está retrasando y necesito a una chica para que nos ayude con la sorpresa, ¡qué alegría que hayas venido y te hayas disculpado con Pedro! ¡Esa es mi prima Ruth!

Los amigos de Marta no entendían nada, pero le siguieron el juego. Por experiencia sabían que Marta nunca hacía algo sin un motivo de peso.

Los padres de Ruth se tranquilizaron, no veían la cara de su hija, ahora perpleja y sin saber qué decir. Marta la agarraba fuerte del hombro y se la llevaba, seguida del grupo.

—Bueno chicos, ¡divertiros! No sabéis cómo nos alegra que seáis buenos amigos y os llevéis bien —dijo la madre de Marta muy orgullosa por el comportamiento de su hija Marta.

Continuará…

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El pintalabios de Pedro. Capítulo 10

Pedro cenó rápidamente y corrió a su habitación para conectarse y comprobó cómo todos se sorprendieron al verlo en aquella reunión urgente.

—Chicos, muchas gracias. ¡Sois los mejores! No esperaba unas barras de pintura para disfraces tan buenas. —Pedro no disimulaba su alegría, estaba feliz.

—Ha sido idea de Marta —dijo Andrés, poniendo ojitos cariñosos al decir el nombre de su amiga.

Las risas sonaron muy fuertes y Marta se volvió a poner colorada como un tomate.

—Bueno, centrémonos. Hay algo que me preocupa —dijo Marta para cambiar pronto de tema, y contó al grupo todos los detalles de la furgoneta aparcada. Hizo hincapié en la frase del padre de Pedro: «es una sorpresa».

—Uff, no sé vosotros, pero yo odio esa frase dicha por un adulto —se lamentó Andrés.

—Lo sé, lo mismo pensé yo —respondió Marta.

—Pero Pedro, tú habrás oído algo, ¿no? —intervino Andrés con tono de sospecha.

Pedro, tardaba en contestar, como pensando una excusa. Definitivamente sabía algo, pensaron todos.

El comportamiento de Pedro era sospechoso. Todos pensaban que seguramente sabía algo.

—¿Qué dices mamá? ¡Voy! —Pedro contestó a una supuesta, oportuna y sospechosa llamada de su madre—. Ups, tengo que irme…

—¿¡Eh!? ¿Dónde crees que vas? —gritó Andrés, pero ya era tarde. Pedro se había desconectado.

—Este sabe algo —afirmó Ana—. Pero os digo que yo también, porque ayer, mi madre hablaba por teléfono con tu madre, Marta.

—Oh, noooo. Me lo temía. Es que no os he contado que mi madre ayer me dijo que habló con la madre de Pedro. Se están confirmando mis sospechas —lamentó Marta.

—¿Qué sospechas? —quiso saber Simón.

—Que mi madre, junto con los demás padres, nos ha preparado UNA SORPRESA. Creo que esto da miedito.

Cuando terminaron de hablar, el grupo permaneció callado un momento.

—Ahora que lo dices, mi madre ha estado todo el día fuera y ha llegado cargada de bolsas —dijo Simón.

—Y mi padre ha metido en la despensa yo que sé cuantas bolsas de chuches, patatas fritas, gusanitos… —recordó de pronto Andrés.

—Chicos y chicas, esto apesta a fiesta sorpresa. ¡Es increíble la que se ha liado por un pintalabios! —dijo Ana.

—Pues conmigo que no cuenten, la última vez nos hicieron bailar y odio bailar —protestó de nuevo Andrés. Fue fácil imaginarlo de nuevo con los puños cerrados.

—Lo peor es que suena a encerrona y encima Pedro parece estar al tanto de que algo se cuece —dijo Marta.

—Ya, pero seguro que a él tampoco le han dicho todo. Intenta invitarlo de nuevo a la conversación. Tiene que saber lo que acabamos de descubrir y decidir si nos cuenta lo que sabe o no —propuso Jaime.

Pedro apareció de nuevo en pantalla y escuchó perplejo cada detalle.

—Me temo entonces que mañana efectivamente tenemos fiesta. Veréis lo que yo sé es que la madre de Marta habló con la mía y que mañana iréis todos al cumpleaños de mi prima, como agradecimiento por ayudarme por el malentendido del pintalabios —explicó Pedro.

—Entonces misterio resuelto —dijo Ana

—No tanto —aclaró Pedro— porque lo que yo sé es que veníais al cumpleaños, pero es que mi disfraz ha desaparecido y sospecho que lo tiene mi madre. Le he preguntado por él y me ha respondido «estará en tu armario ». No tiene sentido esa respuesta y que ni se preocupe, cuando lo que le acabo de decir es que MAMÁ, MI DISFRAZ NO ESTÁ EN MI ARMARIO.

—UMMM —Simón entrecerró los ojos— Por favor, que no esté tu disfraz en mi casa.

—¿Por qué iba a estar mi disfraz en tu casa? —quiso saber Pedro intrigado.

—Porque ahora que lo pienso, era una bolsa muy grande y sobresalía algo azul, que juraría que era una peluca —le aclaró Simón.

—¿NOS VAN A DISFRAZAR A TODOS DE PAYASOS Y PAYASAS? —gritó Andrés— ¡JA! ¡QUE NI LO SUEÑEN!

De nuevo se hizo silencio y a todos les recorrió un escalofrío por la espalda.

Continuará…

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El pintalabios de Pedro. Capítulo 9

¿¡UNA FURGONETA!?

El sábado por la tarde, Pedro recibió un mensaje de Marta: «Hola Pedro, ¿puedes salir un rato a la zona de los columpios?»

Tenía ganas de verla, así que con un “Ahora vuelvo”, salió corriendo dejando que la puerta se cerrase detrás de él, mientras su padre decía algo que no llegó a entender.

—¡Hombreeee el chico malhumorado del patioooo! —dijo Marta en cuanto lo vio.

Aquel grito chistoso, hizo que Pedro sonriera.

—Es que no te imaginas en el lío que me he metido por hacer una promesa a mi hermana —explicó Pedro. No quería que Marta pensara mal de él.

—Aunque te sorprenda, la pandilla ya lo sabemos todo. Tengo que reconocer que tu hermana Lola nos ha ayudado un poco… —A Marta le divertía la cara de sorpresa de Pedro.

—¿Mi hermana? —preguntó perplejo.

Marta estaba muy satisfecha porque su frase lo había dejado totalmente a cuadros, como solía decir Bea. Era el momento perfecto para sacar el regalo.

—Ejem, entre todos, incluído Andrés que es reticente para los disfraces, hemos comprado esto. —Se sentía algo nerviosa, y sacó el regalo de su mochila, porque aunque era sábado, no se le ocurrió otra forma de guardar aquel paquete envuelto para que Pedro no sospechara.

—¿Disfraces? ¿Regalo? ¿Andrés? —sin duda estaba alucinado.

Lo abrió en dos segundos.

—Pero… ¿Cómo porras lo habéis adivinado?

Marta solo sonreía triunfante.

—Definitivamente sois los mejores —dijo Pedro muy contento tras comprobar que las barras de pintura eran perfectas para su disfraz de payaso y mucho mejores que el pintalabios requisado por su tutora. Al final tenía que estar agradecido con Ruth.

Pedro sonreía mirando las barras de pintura, pero al mirar a Marta se dio cuenta de que estaba preocupada.

—¿Qué ocurre? —Quiso saber Pedro.

—Verás… para poder ir a comprar estas pinturas… se lo conté todo a mi madre… y… bueno… ella… pues…

—Ha hablado con la mía —terminó la frase Pedro.

Marta levantó la vista y afirmó con la cabeza.

—Lo hecho, hecho está —dijo Pedro sacudiendo los hombros y en un impulso le dio un beso en la mejilla. —Vamos, que ya mismo es la hora de la cena.

Iban hacia el portal, cuando vieron al padre de Pedro aparcando una furgoneta. Marta se extrañó mucho y corrió hacia él.

—¿Y esta furgoneta tan grande, Carlos? —dijo, mientras se ponía de puntillas para ver bien el interior.

—Ah… es una sorpresa, no puedo decir nada. Mañana lo sabrás —respondió el padre de Pedro.

Los dos amigos se miraron y subieron en silencio a sus casas. Marta estaba muy intrigada y pensativa. Cuando los mayores daban sorpresas, no sabía si alegrarse…

Mensaje por Whatssapp enviado por Marta a todos los miembros de la pandilla:

«¡¡¡REUNIÓN URGENTE!!!»

Continuará…

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El pintalabios de Pedro. Capítulo 8

UNA INVITACIÓN MUY ESPECIAL

Salir de compras con su madre, no era el mejor plan para Marta, porque ya aprovechaba para que se probara zapatos para el nuevo curso y luego, como siempre, llegaban los comentarios de rigor que Marta se sabía de memoria:

—¡Qué barbaridad Marta, cómo estás creciendo! No gano para comprarte pantalones. ¡Mira, aquí venden unos pijamas monísimos!

Y Marta iba y venía y entraba y salía de un probador a otro.

«Me debes una, Pedro,» pensó Marta, mientras se probaba una falda que por supuesto no se iba a comprar se pusiera como se pusiera su madre. Ya había acumulado dos pantalones vaqueros, una sudadera con capucha y cremallera y dos camisetas de manga larga.

Marta ha ido de compras con su madre para ayudar a Pedro y no pensaba que tendría que probarse tanta ropa. Su madre quiere que se compre otra falda, pero a Marta no le gusta.

Después buscaron unos zapatos de deporte, hasta que por fin, su madre dio por finalizada la compra y propuso merendar en una pastelería.

—¿Tú crees que esa barra es la que necesita Pedro? —preguntó la madre de Marta—, como os ha sobrado dinero puedes comprar alguna más, en esa tienda los venden muy baratos.

—Creo que este es perfecto pero que igual una barra de pintura blanca y un lápiz de ojos de color negro no le vendría mal —dijo Marta entusiasmada.

—Sabes hija, me gustan mucho tus amigos, y cómo os cuidáis unos a otros.

—Es que nos conocemos desde la guardería —contestó Marta, mientras la camarera le dejaba su vaso de leche con en la mesa, «y me gusta Pedro», pensó casi ruborizándose.

—Es cierto y como ha volado el tiempo, hace nada erais así —dijo señalando unos palmos de altura con la palma de la mano—. No te lo he dicho, pero he hablado con la madre de Pedro y se lo he contado todo.

—¡¡PERO MAMÁÁÁÁ!! ¡Confié en ti! ¡Pedro se va a poner furioso! —Marta dejó su vaso de cacao y suspiró indignada.

—Pues va a ser que Pedro no está enfadado —dijo la madre de Marta con tono misterioso.

—¿Y eso cómo lo sabes? —preguntó Marta.

Marta se temía que su madre ya había hecho de las suyas por su cuenta y sin preguntarle, esperaba no tener que arrepentirse por haber confiado en ella. Conocía muy bien a Pedro y siempre era reservado, salvo con su hermana Lola.

—Es una sorpresa, no puedo decirte más. —Marta miraba a su madre como mordía un trozo de pastel sin poder disimular una sonrisa.

Por supuesto su madre algo tramaba, la conocía muy bien, pero eso le preocupaba más, ¿qué explicación iba a dar a la pandilla? No estaba segura de que comprendieran la decisión de su madre, pero tendría que explicarles que ella no tenía nada que ver. Esto se les había escapado de las manos. Con lo fácil que era comprar un pintalabios y dárselo a Pedro de parte de todos, aquella misma tarde. Ahora con los adultos por medio y tomando sus propias decisiones, a ver qué sorpresa les iban a dar. Tenía los vellos de punta solo de pensarlo.

«Menuda faena y menudo giro ha dado todo», se dijo Marta con fastidio.

—No te preocupes y merienda bien, confía en mí. Es una sorpresa que te va a gustar.

Aunque su madre había adivinado sus pensamientos, le costó tranquilizarse.

Continuará…

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El pintalabios de Pedro. Capítulo 7

PINCHO, EL NUEVO COMPONENTE DE LA PANDILLA

El sábado por la mañana iban todos al parque, menos Ana, que recientemente se había mudado a la ciudad por motivos de trabajo de su padre. Después le contarían todo por teléfono o mensaje.

—¿No podíamos quedar en el parque de abajo? ¡Subir la cuesta en bici desde mi casa y con este calor, ha sido toda una proeza! —protestó Bea.

—¡Venga Bea, que no es para tanto! —le provocó Simón.

Bea respondió solo con un suspiro teatral, mientras dejaba caer la bicicleta en el césped y Simón soltó una carcajada.

El perro de Jaime saltó sobre Bea en cuanto se sentó en el suelo.

—Parece que le gustas, Bea —dijo Jaime divertido.

El cachorro, saltaba sobre ella dándole lametones.

Pincho se hizo amigo de Bea nada más verla y saltaba sobre ella muy contento para jugar.

—Es el único que ha reconocido mi esfuerzo y me felicita —dijo en tono melodramático.

Todos rieron —¿Cómo se llama? —quiso saber Bea.

—Pincho —contestó Jaime

La pandilla coincidió que era el nombre ideal y volvieron a reír entre chistes, porque Pincho tenía unas orejas enormes.

El cachorro era un cruce, quizás entre bodeguero andaluz y pincher, pero Jaime no estaba seguro. Lo adoptaron en la protectora y tenía poca información.

—Es precioso Jaime —dijo con mimo Bea, mientras lo acariciaba, y luego cuchicheó al cachorro—. No te preocupes pequeño, siempre se ríen de todo, tienes las orejitas grandes como tu dueño.

Todos se rieron de nuevo, hasta Jaime.

—Qué suerte tienes, ojalá mi madre nos dejara tener un perro, pero dice que es mucha responsabilidad y que estamos todo el día fuera —lamentó Marta.

—Y tiene razón, Marta. No veas qué trabajo da —se quejó Jaime—. Todavía lo estamos educando y lo muerde todo. Menos mal que siempre hay alguien en casa y lo sacamos mucho. Cuando aprenda, espero que nos deje descansar un poco. Esto es peor que tu odisea con la bici, Bea. ¡Y si hace caca tengo que recogerla con una bolsa!

A Pincho lo están educando, por eso tienen que pasearlo mucho para que aprenda a hacer pipí y caca en la calle.

—No digas eso Jaime, si es un angelito —contestó Bea.

—Pues el angelito se está comiendo la correa de tu mochila —señaló Simón divertido.

Bea le quitó la correa con cuidado y le acercó uno de sus juguetes para luego lanzarlo.

—Bueno, vamos a centrarnos —dijo Marta—, he pensado que podemos recaudar algo de dinero y comprarle un pintalabios nuevo a Pedro, o bien una barra de pintura facial roja, ya sabéis de esas para disfraces.

—¿Pero cómo lo compramos?, aquí no venden ni pintalabios, ni cosas para disfraces —observó Bea.

—Si os parece bien, puedo pedirle a mi madre que me lleve a comprar uno esta tarde. Le daremos una sorpresa a Pedro cuando llegue del campo —propuso Marta.

—Me parece bien, pero tu madre te preguntará para qué lo quieres —apuntó Andrés.

—Bueno… ahora que ya sabemos que es para una noble causa… yo creo que puedo contárselo a mi madre sin problemas. Ella lo comprenderá y seguro que nos animará, ya la conocéis —explicó Marta—. Propongo que lo votemos.

Estuvieron todos de acuerdo en la votación, mientras el cachorro seguía entusiasmado jugando con Bea.

—Bea, ¿quieres ser la niñera de Pincho? Se te da genial —dijo entre risas Jaime.

—Cuando quieras te lo paseo, me encanta Pincho —se ofreció Bea, le encantaba Pincho.

Continuará…

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El pintalabios de Pedro. Capítulo 6

EL MISTERIO SE VA RESOLVIENDO

Marta esperaba impaciente en el portal, ya había tirado la basura y aguardaba junto al ascensor.

Lola apareció con una gran bolsa que colocó a los pies de Marta.

—Esta es la clave —y agachándose sacó una peluca de pelo rizado y de color azul, junto con unos pantalones enormes, tirantes… Iba sacando los objetos de la bolsa y dándoselas a Marta que sin comprender nada, las sujetaba perpleja y en silencio—. ¿Bueno Marta, no te da esto ninguna pista? —preguntó Lola.

—Pues la verdad es que no… ¿Me dejas que haga una foto con el móvil? —pidió Marta mientras sacaba el móvil del bolsillo.

Marta no se esperaba que Lola volviera con una bolsa repleta de cosas. Ahora sí que estaba confusa.

—Vale, pero que no se entere mi hermano, ¡¡o podemos prepararnos, Marta!! —dijo entre risas Lola.

Ambas rieron imaginando a Pedro aún más enfadado.

En cuanto Marta subió a casa envió a todos, menos a Pedro, un mensaje:

“REUNIÓN URGENTE. HE HABLADO CON LOLA Y AHORA SÍ QUE NO ENTIENDO NADA”

En cuestión de minutos estaban casi todos conectados a Zoom, Marta les explicó la extraña conversación Lola y todos quedaron pensativos.

—¿Querían el pintalabios para un disfraz? —preguntó Bea pensativa.

—Eso pienso yo también —Contestó Simón.

—Pero ese disfraz, parece de payaso, ¿no? —observó Jaime.

—Sí, eso parece y seguramente sea para pintar el rostro —intervino Ana.

—¿Y por qué no pueden contar que se van a disfrazar? No entiendo nada. —A Jaime le molestaba tanto misterio, lo veía innecesario.

—Está claro Jaime que han hecho una promesa y no pueden romperla. Yo los comprendo —contestó Marta defendiendo la decisión de Pedro y Lola.

—¡Jo! ¡Pues tenemos más información pero en realidad estamos como al principio! —se quejó Ana.

Todos coincidieron.

—Quizás debamos preguntarnos qué nos llevaría a cada uno de nosotros a disfrazarnos en secreto —dijo Bea, de nuevo pensativa.

—Ummm… yo odio disfrazarme —confesó Andrés.

—Tampoco creo que a Pedro le guste mucho disfrazarse. ¿Os acordáis de aquella fiesta que hicimos en el colegio y que él y tú os disfrazásteis con una pequeña cartulina sujeta en la camisa con un imperdible que ponía “Nosotros mismos”?

—Ja, ja, ja —todos rieron.

—¡Es verdad! —Exclamó Marta— Y cómo se enfadó la maestra Carmina.

—Por eso lo entiendo menos —dijo Andrés encogiéndose de hombros.

—Piensa, Andrés. ¿Qué te llevaría a disfrazarte en secreto? —Quiso saber Marta.

—Pues no sé… quizás… déjame pensar…

Todos guardaron silencio mientras Andrés pensaba.

—¿Para dar una sorpresa a alguien muy especial? —dijo Andrés de pronto.

—¡¡Eso es!! —Simón casi saltó de su silla emocionado —. Creo que tengo la respuesta: ¡Su prima pequeña, ¿no os acordáis?

—Simón, háblanos claro, estoy ahora más liada que antes —dijo Bea agobiada.

—Veréis, Pedro tiene una prima pequeña que está enferma en un hospital. ¿No os acordáis que no pudo venir a la fiesta de fin de curso porque iban a pasar el día con su prima que por fin volvía a casa? —dijo Simón con emoción.

—Es verdad, Simón —dijo Marta—, y además hace un mes me dijo que se acercaba el cumpleaños de su prima pequeña y que querían hacerle un regalo especial.

—¡Ya lo tenemos! —La voz de Simón sonó triunfante.

—Qué mejor regalo que hacer reír —dijo Marta suspirando algo emocionada, no podía disimular que para ella Pedro era muy especial. Todos se dieron cuenta y Jaime puso música de boda.

Todos, menos Andrés que estaba pensativo, rieron con ganas.

Marta se había puesto como un tomate.

—¡Ja! Qué gracioso, ¿no? —la cara de Marta era de pocos amigos.

Pero Andrés habló de pronto, sin percatarse de la tensión por la broma de Jaime hizo a Marta.

—Así es. ¡Y qué injusto que le hayan acusado de vándalo! Ruth ha sido muy cruel esta vez —Andrés apretaba los puños mientras hablaba, y aunque ninguno veía sus puños por la pantalla, todos se lo imaginaron, porque cuando se enfadaba, solía apretarlos con fuerza, al igual que solía hacer Pedro. Quizás por eso eran tan buenos amigos, tenían muchas cosas en común.

Continuará…

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El pintalabios de Pedro. Capítulo 5

HAY ALGO MÁS

Cuando Marta bajó para tirar la basura, se encontró con Lola, la hermana mayor de Pedro, justo al salir del ascensor, en el portal. Esta era su oportunidad. No sabía por donde empezar y se limitó a carraspear un poco.

—Hola, Marta, quería hablar contigo un momento. —las palabras de Lola pillaron a Marta desprevenida.

Marta dejó caer la bolsa de basura al suelo. No se esperaba que la hermana de Pedro fuera la que quisiera hablar con ella.

—Hola, Lola, yo también quería… —Marta se agachó a recoger la bolsa sin terminar la frase.

Pero Lola comenzó a hablar sin escucharla:

—Verás, estoy preocupada por mi hermano, lleva hoy toda la tarde enfadado y no es normal en él. ¿Sabes si ha pasado algo en la escuela?

Marta no quería precipitarse y meter la pata.

—Ummm… por lo visto… ha ocurrido algo… pero no tengo mucha información y tu hermano ahora no quiere hablar con nadie.

—Entiendo, ante todo eres su amiga —dijo Lola mientras sonreía con cariño.

Marta miró sus zapatos.

—¿Y qué puedes contarme sin traicionar vuestra amistad? —preguntó la hermana de Pedro con delicadeza.

Marta alzó la vista y vio que Lola la miraba fijamente.

—Pues que… ocurre algo con un pintalabios, pero él no quiere contar nada.

—¿Un pintalabios? —Lola parecía estar muy interesada en ese detalle.

—Sí, un pintalabios que yo misma le di, porque era muy parecido al que él estaba buscando, pero no tengo ni idea de para qué lo quiere —explicó Marta.

—Lo sé, él me contó que ese pintalabios se lo habías dado tú —afirmó Lola.

—¿Tú lo sabías entonces? —preguntó Marta con una expresión de incredulidad.

—¡Claro!, ese pintalabios lo buscábamos los dos y yo iba a comprarlo, pero él me dijo que el tuyo era del color que buscábamos. El problema es que hoy no me habla y me preocupa que algo le ocurra —aclaró Lola.

—¿Y puedo preguntarte para qué queréis el pintalabios? —Marta había preguntado casi de forma automática.

—¿Y yo puedo preguntarte qué le ha ocurrido a mi hermano en el colegio?

Marta guardó silencio unos segundos.

Marta se encontró con Lola cuando iba a tirar la basura. Pensaba en su amigo
Pedro que estaba triste y quería ayudarlo.

—Verás, Lola, si tu hermano no te lo ha contado, debe ser porque quiere resolverlo solo y quiere evitar que vayáis a hablar con la profesora y yo lo comprendo. Solo puedo decirte que se ha malinterpretado que llevara un pintalabios en el bolsillo. —Marta cuidó cada palabra para que no se le escapara nada sobre Ruth o el director del colegio.

—Lo sospechaba desde que me nombraste el pintalabios —aseguró Lola—, además, he quedado hoy con él en las escaleras del colegio porque queríamos hacer unas pruebas con el pintalabios para una cosa que no puedo contarte, y Pedro no ha aparecido. No es normal que me deje plantada.

—Siento no poder contarte más yo tampoco—se disculpó Marta.

—No te preocupes, sé que mi hermano tiene buenos amigos y que lo estáis ayudando de alguna manera.—Lola le guiñó un ojo.

Marta no dijo nada, solo sonrió.

—Si esperas un momento, te traigo algo que te ayudará a averiguar el motivo por el que necesitamos el pintalabios, así te ayudaré a descifrar este enigma sin faltar a nuestra promesa de no contárselo a nadie —dijo Lola, mientras se alejaba y dejaba a Marta intrigada en el portal.

Continuará…

Publicado en A partir de 10 años

El pintalabios de Pedro. Capítulo 4

UNA REUNIÓN URGENTE

El mismo viernes después de la merienda, estaban todos conectados menos Pedro, que decidió no unirse a la reunión. Debía estar muy enfadado y nadie le insistió.

—¡Chicos! —dijo Bea—, estuve en la clase de Pedro tal y como quedamos, y no saben muy bien qué ocurre, pero me han contado que Pedro guardaba un pintalabios en el bolsillo y que la profesora Carmina se lo quitó.

—Espera, espera, espera —interrumpió Marta—, ¿dices un pintalabios? ¿Era rojo?

—Pues no lo sé con seguridad, ¿por qué? ¿sabes algo sobre eso? —respondió Bea.

—Bueno, no estoy segura, pero Pedro me preguntó dónde podía comprar un pintalabios rojo muy llamativo y aunque me extrañó no le di importancia. Luego recordé que mi madre tenía uno y que lo iba a tirar a la basura porque no lo utilizaba. Así que se lo pedí y en cuanto lo tuve se lo di a Andrés en su clase, hoy mismo, por la mañana.

Todos estaban muy intrigados.

Marta explicó a todos que el pintalabios se lo había regalado ella a Pedro, pero seguían sin entender qué tenía que ver Ruth en todo aquel lío.

—Debe ser ese pintalabios entonces —afirmó Jaime.

—¿Pero para qué quiere Pedro un pintalabios? —preguntó Ana en voz alta.

—Pues no lo sé porque no me dijo para qué lo quería y como es normal en mí, no le pregunté—respondió Marta encogiéndose de hombros.

—Según Pili, la compañera de Pedro que me contó lo que ocurrió, escuchó claramente cómo él decía que no podía contar para qué lo necesitaba y me dijo también que por ese motivo lo llevaron al despacho del director y que lo más raro fue que la profesora dijo que Ruth también tenía que acompañarlos —explicó Bea.

—Cuánto misterio alrededor de un pintalabios y qué extraño todo —para Andrés, todo aquello no tenía sentido y era un auténtico rompecabezas.

—Vaya, esto pinta muy regular —pensó en voz alta Jaime y todos asintieron.

Ana, que era la que siempre tenía buenas ideas, de pronto habló:

—Marta, tú eres vecina de Pedro, ¿puedes intentar hablar con su hermana mayor, Lola?

—¡Es verdad! —exclamó Marte entusiasmada— Suelo verla en la urbanización leyendo y además normalmente baja sola. Ya os contaré, porque no quiero tampoco decirle que lo han llevado al despacho del director y que encima Pedro me llame bocazas.

—Tienes razón, Marta, es delicado, pero seguro que algo se te ocurre —le animó Ana.

—Perfecto —dijo Jaime —, si os parece bien quedamos mañana por la mañana en el parque. Tengo que pasear al perro, lo estamos educando para que haga sus cosas fuera y no podré estar en Zoom.

Continuará…

Publicado en A partir de 10 años

El pintalabios de Pedro. Capítulo 3

EL SECRETO DE PEDRO

En el recreo, la pandilla se reunió en el banco de siempre, menos Pedro, que caminaba solo y pensativo al final del patio.

—Oye Andrés, ¿no ves a Pedro raro? Lleva todo el recreo dando patadas a ese bote.

Andrés miró hacia donde Bea señalaba, al fondo del patio, donde el suelo era tierra seca por la falta de lluvia, cerca del pinar vio a su amigo Pedro, cabizbajo y desanimado.

Andrés observó que su amigo Pedro estaba solo al final del patio, cabizbajo y triste.

—Ahora que lo dices, sí Bea. Se comporta raro. Voy a hablar con él —observó Andrés.

Mientras Andrés corría hacia Pedro, Bea fue en busca de Marta.

—¡Ey, Pedro! —la voz de Andrés lo sacó de sus pensamientos.

—¡Hola Andrés! —seguía dando patadas a un envase de zumo vacío y cada vez que lo hacía, se levantaba una pequeña columna de polvo.

—¿Va todo bien? —Andrés prefirió preguntarle directamente.

—¿Cómo va a ir todo bien en un colegio como este donde creen a la más mentirosa? —contestó Pedro apretando los puños.

—¿Qué ha pasado? —Andrés estaba muy intrigado.

Pedro tardó en contestar, se limitó a dar otra patada a un bote del suelo y después de una pausa, contestó:

—Nada, Andrés, no puedo contártelo. De todas formas pronto te enterarás, gracias a Ruth, debo ser la comidilla de mi clase. Si tienes curiosidad pásate por allí, yo ahora tengo algo que resolver y mucho que pensar. ¡Ah! ¡¡Y NO ES PARA MI NOVIA!!

Andrés no entendía nada y parecía que Pedro tenía pocas ganas de aclararle lo que ocurría.

—Pedro, eh, que somos un equipo, ¡podemos resolver lo que sea! ¿Quedamos esta tarde por Zoom y nos lo cuentas a todos? Venga, somos la pandilla de Los Saltamontes —dijo Andrés intentando calmarlo.

—A ver, Andrés, que no puedo contarlo, déjame solo —la voz de Pedro sonó triste.

Andrés nunca había visto a Pedro tan enfadado. Algo muy grave le había ocurrido.

Andrés nunca había visto a Pedro tan enfadado y abatido.

—Pero si ocurre algo… —Andrés no terminó la frase, Pedro dio una patada a una lata del suelo que rebotó por casualidad en una papelera cercana. Luego se alejó enfadado mientras a lo lejos se escuchaba a la señorita Carmina:

—¡Oye, Pedro!, no vamos a permitir vandalismo en este colegio. Te acabo de ver dar esa patada a la papelera, ¿es que quieres volver al despacho del director?

Andrés ya había vuelto con el resto de los amigos y todos habían escuchado el grito de la señorita Carmina acusando a Pedro de vándalo. Estaban perplejos.

—¿Qué está pasando? —quiso saber Marta—, cómo es posible que a Pedro lo acusen de vandalismo? ¿¿Pedro en el despacho del director??

—Ummm, me parece que tu prima Ruth, está detrás de todo esto —dijo Andrés.

—¿Ya? ¿Tan pronto? ¡¡Pero si acabamos de comenzar el curso!! —Marta no se lo podía creer—, ¿y qué es lo que sabes tú, Andrés? —preguntó Marta.

—En realidad poca cosa. Nunca he visto a Pedro tan enfadado. Solo me ha dicho que no puede contármelo y que Ruth está detrás de todo y que si queremos enterarnos, que pasemos por su clase porque allí todos lo saben… y también me ha dicho algo muy raro… —dijo Andrés pensativo.

—¿El qué? —Marta miraba a Andrés con los ojos muy abiertos.

—Que no es para su novia… —contestó Andrés.

—Pues ahora sí que estoy intrigada—dijo Bea.

Todos se sentían igual.

Sea lo que sea —continuó hablando Bea—, Pedro es muy legal y buena persona, esa acusación de vandalismo es falsa. Alguien ha convencido a la señorita Carmina de lo que no es y nosotros sabemos quien es ese alguien.

—¡RUTH! —respondieron todos.

Continuará…