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El pintalabios de Pedro. Capítulo 3

EL SECRETO DE PEDRO

En el recreo, la pandilla se reunió en el banco de siempre, menos Pedro, que caminaba solo y pensativo al final del patio.

—Oye Andrés, ¿no ves a Pedro raro? Lleva todo el recreo dando patadas a ese bote.

Andrés miró hacia donde Bea señalaba, al fondo del patio, donde el suelo era tierra seca por la falta de lluvia, cerca del pinar vio a su amigo Pedro, cabizbajo y desanimado.

Andrés observó que su amigo Pedro estaba solo al final del patio, cabizbajo y triste.

—Ahora que lo dices, sí Bea. Se comporta raro. Voy a hablar con él —observó Andrés.

Mientras Andrés corría hacia Pedro, Bea fue en busca de Marta.

—¡Ey, Pedro! —la voz de Andrés lo sacó de sus pensamientos.

—¡Hola Andrés! —seguía dando patadas a un envase de zumo vacío y cada vez que lo hacía, se levantaba una pequeña columna de polvo.

—¿Va todo bien? —Andrés prefirió preguntarle directamente.

—¿Cómo va a ir todo bien en un colegio como este donde creen a la más mentirosa? —contestó Pedro apretando los puños.

—¿Qué ha pasado? —Andrés estaba muy intrigado.

Pedro tardó en contestar, se limitó a dar otra patada a un bote del suelo y después de una pausa, contestó:

—Nada, Andrés, no puedo contártelo. De todas formas pronto te enterarás, gracias a Ruth, debo ser la comidilla de mi clase. Si tienes curiosidad pásate por allí, yo ahora tengo algo que resolver y mucho que pensar. ¡Ah! ¡¡Y NO ES PARA MI NOVIA!!

Andrés no entendía nada y parecía que Pedro tenía pocas ganas de aclararle lo que ocurría.

—Pedro, eh, que somos un equipo, ¡podemos resolver lo que sea! ¿Quedamos esta tarde por Zoom y nos lo cuentas a todos? Venga, somos la pandilla de Los Saltamontes —dijo Andrés intentando calmarlo.

—A ver, Andrés, que no puedo contarlo, déjame solo —la voz de Pedro sonó triste.

Andrés nunca había visto a Pedro tan enfadado. Algo muy grave le había ocurrido.

Andrés nunca había visto a Pedro tan enfadado y abatido.

—Pero si ocurre algo… —Andrés no terminó la frase, Pedro dio una patada al poste de una papelera y se alejó enfadado mientras a lo lejos se escuchaba a la señorita Carmina:

—¡Oye, Pedro!, no vamos a permitir vandalismo en este colegio. Te acabo de ver dar esa patada a la papelera, ¿es que quieres volver al despacho del director?

Andrés ya había vuelto con el resto de los amigos y todos habían escuchado el grito de la señorita Carmina acusando a Pedro de vándalo. Estaban perplejos.

—¿Qué está pasando? —quiso saber Marta—, cómo es posible que a Pedro lo acusen de vandalismo? ¿¿Pedro en el despacho del director??

—Ummm, me parece que tu prima Ruth, está detrás de todo esto —dijo Andrés.

—¿Ya? ¿Tan pronto? ¡¡Pero si acabamos de comenzar el curso!! —Marta no se lo podía creer—, ¿y qué es lo que sabes tú, Andrés? —preguntó Marta.

—En realidad poca cosa. Nunca he visto a Pedro tan enfadado. Solo me ha dicho que no puede contármelo y que Ruth está detrás de todo y que si queremos enterarnos, que pasemos por su clase porque allí todos lo saben… y también me ha dicho algo muy raro… —dijo Andrés pensativo.

—¿El qué? —Marta miraba a Andrés con los ojos muy abiertos.

—Que no es para su novia… —contestó Andrés.

—Pues ahora sí que estoy intrigada—dijo Bea.

Todos se sentían igual.

Sea lo que sea —continuó hablando Bea—, Pedro es muy legal y buena persona, esa acusación de vandalismo es falsa. Alguien ha convencido a la señorita Carmina de lo que no es y nosotros sabemos quien es ese alguien.

—¡RUTH! —respondieron todos.

Continuará…

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El pintalabios de Pedro. Capítulo 2

UN AUDIO MUY INOPORTUNO

El director del centro apagó la pantalla del ordenador, se quitó las gafas y miró perplejo el pintalabios que la profesora Carmina había colocado enfadada sobre su mesa.

—Parece ser, Oscar, que Pedro pensaba hacer vandalismo en las paredes del centro.

Ahora a Pedro sí que no le cabía duda, la malvada Ruth había jugado bien sus cartas, pero aún se preguntaba, ¿cómo es que sabía lo que guardaba en el bolsillo? ¿Lo habría espiado? De lo que estaba seguro es que esta era su venganza. Creía que había escarmentado desde que recibió aquel castigo por robar contraseñas… pero ahora comprendía que Ruth sencillamente disfrutaba fastidiando a los demás.

Oscar, el director, observó a Pedro, le tenía especial cariño y sabía que no era ese tipo de niño. Si guardaba un pintalabios en el bolsillo seguro que no era para hacer algo malo y <<además, ¡qué absurdo!, pensó.

—Bueno… Carmina… no tenemos pruebas… para… —no terminó la frase.

—Ruth puede afirmar lo que escuchó decir a Pedro por teléfono —el director guardó silencio y reparó por primera vez en Ruth, sin duda una niña conflictiva en la que no confiaba.

—Así es don Oscar —Ruth hablaba con seguridad—. Antes de clase, Pedro grabó un audio a alguien que decía “Ya tengo el pintalabios. Me ha regalado Marta uno de su madre que ya no utiliza y es justo el que buscamos. No me ha preguntado para qué lo quiero. Ya sabes como es Marta de discreta. No imagina nada”.

—¡Pero eso no demuestra nada! —la voz del director se estaba alterando y Ruth añadió rápidamente:

—y luego dijo: “quedamos en la pared cerca de la escalera. Lleva algo para limpiar, para cuando terminemos”.

Pedro estaba atónito, no podía decir para qué quería el pintalabios, lo había prometido, pero tenía que reconocer que así contado parecía que iban a hacer algo muy malo.

¿Cómo sabía Ruth todo lo que había enviado Pedro a su hermana por mensaje de voz? Había sido espiado, y eso no estaba bien.

Hasta el director cambió su expresión y esta se tornó más seria al dirigirse a Pedro:

—¿Lo que ha dicho Ruth es verdad?

—Sí, don Oscar, pero no íbamos a pintar paredes ni nada —Pedro respondió nervioso y atropelladamente.

—¿Y eso cómo lo sabemos Pedro? —la voz del director sonaba grave— Para algo querrás el pintalabios, ¿no? y si no nos das otro motivo, no tengo más remedio que sospechar. Tú mismo acabas de decir que Ruth ha dicho la verdad.

Pedro miró al suelo, se encontraba entre la espada y la pared, o faltaba a su promesa o era acusado injustamente.

El director volvió a fijar su mirada en Pedro:

—Bien, Pedro, ¿puedes decirnos para qué querías este pintalabios?

—No puedo, señor —dijo Pedro con rapidez.

—¿Era para pintar las paredes de la escalera? —insistió el director.

—Le aseguro que no, señor —contestó Pedro mirándolo a los ojos.

Don Oscar, con el pintalabios en la mano, guardó silencio unos segundos mientras Pedro miraba muy enfadado a Ruth.

Pedro necesita el pintalabios y por culpa de Ruth lo va a perder. Se siente muy enfadado.

—Carmina, no puedo acusar a Pedro de nada. Lo único que puedo hacer es pedirte, como su tutora que eres, que requises su pintalabios y olvidemos este asunto —dijo el director con la intención de cerrar ya el asunto.

—¡Pero señor! ¡Necesito ese pintalabios para el domingo! Hoy es viernes y no podré conseguir otro como este a tiempo, ¡¡mañana sábado tenemos comida familiar en el campo!! —Suplicó Pedro.

—Si no nos dices para qué lo quieres, me temo que no puedo ayudarte, Pedro. Sé que eres un buen chico, pero no puedo hacer más. Lo siento —el director se levantó de su silla para invitarles a irse. Tenía una reunión en diez minutos y no podía entretenerse más.

Pedro estaba convencido de que el director era sincero y que si de él dependiera, le hubiese devuelto el pintalabios.

No hubo nada que hacer, la fastidiosa de Ruth había ganado.

Continuará…

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El pintalabios de Pedro. Capítulo 1

YO NO SOY UN VÁNDALO

—¡Pedro, ven aquí ahora mismo!

Pedro miró hacia la profesora y Ruth de forma interrogativa.

Toda la clase guardaba silencio intrigada y no era para menos. La profesora de matemáticas era la tutora del curso, y cuando su voz sonaba así de enfadada algo grave había ocurrido.

El cuchicheo aumentó.

—¡Silencio!

Pedro escondió algo en su bolsillo y se acercó despacio, bajo la atenta mirada de la clase y la sonrisa maliciosa de Ruth.

—Saca ahora mismo lo que has guardado en el bolsillo, Pedro.

No podía estar sucediendo, si mostraba a todos lo que guardaba y sin poder explicar porqué lo tenía, iba a ser muy embarazoso.

—No es nada señorita Carmina —contestó algo nervioso.

—Eso lo decidiré yo.

Despacio, Pedro puso encima de la mesa de la profesora un pequeño objeto. Algunos en la clase se levantaron para poder verlo mejor.

Como Pedro imaginaba, unos rieron y otros cuchichearon lanzando absurdas teorías:

_¿Véis cómo tiene novia? Os lo dije —Pedro reconoció la voz de aquel comentario, era Gustavo, un chismoso sin remedio.

—¡Todos a vuestras sillas! Esto no va con vosotros y el siguiente que se levante tiene un punto negativo o se queda sin recreo, ya lo veré.

Los alumnos volvieron a sus asientos en silencio. La señorita Carmina solía ser muy justa, pero también era implacable. Mejor no enfadarla.

Pedro miraba a Ruth intrigado, mientras ella disimulaba una mueca de desprecio. Ya había sido advertido por ella sobre su inminente venganza pero jamás imaginó que sería tan pronto. <<¡Acabamos de empezar el curso!>>, protestó mentalmente.

—¿Por qué tenías un pintalabios escondido en el bolsillo? —preguntó la profesora con seriedad.

En cuanto la señorita Carmina dijo “pintalabios” toda la clase murmuró y hasta algunos rieron.

La profesora Carmina desconfía de Pedro, es injusto porque Pedro no puede decir porqué guarda un pintalabios en el bolsillo.

—Por nada, señorita Carmina, solo lo guardaba —respondió Pedro.

—Quizás no he preguntado correctamente: ¿para qué guardabas ese pintalabios? ¿Ibas a pintar algo en las paredes del colegio? —la profesora miraba fijamente al acusado y no se percató de la cara de triunfo que le que dirigía Ruth a su compañero—. Explícamelo Pedro.

—Es algo personal y no quiero compartir el motivo con usted y toda la clase —contestó Pedro tajantemente.

—Entonces lo compartirás conmigo y con el director —amenazó la profesora Carmina.

A Pedro no le dio tiempo de reaccionar, en cuestión de segundos su profesora lo agarraba bien fuerte del brazo y lo arrastraba hacia el pasillo.

—¡Ruth, tú también vienes!

Esa frase intrigó más a Pedro, no se explicaba qué pintaba Ruth en todo aquello.

Continuará…

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La ladrona de contraseñas. Capítulo 9

CAPÍTULO 9

Pasaron unos días y Ruth recibió su castigo oficialmente por parte del colegio. En los recreos tenía que ayudar en las tareas de limpieza del patio. Debía poner las mesas de su curso en el comedor, y cuidar de los más pequeños. Además tenía que visitar a la psicóloga del centro cada jueves. Aún así, no se quejaba. Después de todo, era consciente de que había tenido suerte.

Cerca de las vacaciones de verano, Ruth pintaba el muro del colegio mientras veía a Andrés y Marta de la mano. Estaba furiosa, pero ahora eso le tenía que dar igual, recuperar a Cleopatra era más importante.

—¿Quieres un zumo? —el chico de la mesa de la primera fila, junto a la ventana, le tendía la mano con un zumo de piña—. Era el único del colegio que le había hablado en mucho tiempo. Odiaba la piña, tanto o más que a su prima Marta, pero agradecida y con una sonrisa se lo bebió.

Quién sabe, quizás aún había esperanza y Marta estaba cambiando.

FIN.

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La ladrona de contraseñas. Capítulo 8

CAPÍTULO 8

A las seis de la tarde, Marta y Andrés se conectaron a la reunión con la tablet en la cafetería.

—¿Estamos todos?

Andrés contó con detalle sus conversaciones con Ruth y las amenazas.

—Opino que no le demos la oportunidad, no se arrepiente y no cambia —dijo Pedro muy indignado.

—Está bien, llamaremos a Ricardo —respondió Andrés.

—Chicos, ¿cómo se os da escribir cartas de amor? —Preguntó Bea.

—No es momento para chistes, Bea —regañó Pedro, aún enfadado por la acitud de Ruth.

—No es un chiste. Es que tengo un plan. Tendremos todos una carta de amor escrita hacia uno de nosotros y la dejaremos guardada y preparada. Si Ruth cumple su promesa, entonces todos publicaremos nuestra supuesta carta de amor en el chat.

—¡Eres increíble! ¡Qué buena idea! Así su carta será una más —dijo Simón entusiasmado.

—¡Quién sabe, igual lo ponemos de moda y todo! —dijo Ana

Todos rieron, menos Pedro que aún estaba enfadado. No soportaba a los abusones como Ruth.

—Propongo invitar a Ricardo a este chat y contarle todo —dijo Simón.

A todos les pareció bien la idea.

Ricardo llamó a su padre, quien escuchó atentamente la historia desde que le robaron la cuenta a Marta. Cuando terminaron de hablar, el policía dijo:

—Conozco a los padres de Ruth, hablaré con ellos. Esta parte dejádmela a mí.

—Chicos, ¿habéis visto el chat? —Ana hablaba atropelladamente.

—Marta, ¡¡TU CARTA!! —gritó Pedro.

Andrés intervino rápidamente:

—Todos a crear sus cartas y publicarlas en el chat. Se nos ha adelantado Ruth.

En cuestión de una hora, el chat del colegio estaba invadido de cartas de amor, cada cuál más original y graciosa. Tanto que los demás compañeros empezaron a declararse también.

Ruth no se lo podía creer. ¿Qué estaba pasando? El chat no hacía más que sonar y publicar notificaciones. ¿Se habían vuelto todos locos o había una epidemia primaveral de declaraciones de amor?

Una de las cartas era para ella:

“Ruth, me gustas. Soy de tu clase y me siento en la primera mesa, al lado de la ventana”.

Sabía quien era y se quedó perpleja.

—Ruth, ven inmediatamente al salón —La voz de su madre era muy seria.

Cuando llegó, vio con angustia al padre de Ricardo. Tenía las manos en la espalda y miraba un punto en el techo.

—¿Qué nos está contando el padre de Ricardo? ¿Sabes cuál es el castigo por esas acciones? ¿Sabes que es un delito muy grave lo que has hecho?

Ruth ahora sí que estaba asustada. Pudo ver otro mensaje en el chat, antes de mirar a los ojos a sus padres:

“Marta, soy Andrés. Me ha costado decidirme, pero ahora que este chat se ha vuelto loco, quiero aprovechar para decirte que me gustas, que eres genial y que te quiero.”

<<¿Te quiero? ¿En serio? ¿A la odiosa de mi prima?>>

Sus padres estaban decepcionados y el padre de Ricardo habló:

—Pondremos todo esto en manos de la justicia, tus padres están de acuerdo, porque no has mostrado ni pizca de empatía hacia tu prima y los demás. Como es la primera vez, seguramente consigamos que realices servicios sociales después de la escuela.

—Por supuesto nada de móvil, ni redes sociales y Cleopatra será cuidada en el terrario de Ricardo —dijo el padre.

—No por favor, Cleopatra no. Haré lo que digáis, pero dejadme a Cleopatra —suplicó Ruth.

—Eso dependerá de tu comportamiento.

Continuará…

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La ladrona de contraseñas. Capítulo 7

CAPÍTULO 7

—Dime —respondió Andrés con sequedad.

—Está bien. Haré lo que me pidáis.

Andrés suspiró aliviado.

—Tu prima está preocupada.

—¿Esa odiosa? No lo creo —dijo burlonamente.

—Ruth, tu prima es mi amiga. Delante mía no la nombres así. Adiós.

Cuando se cortó la comunicación, Ruth tiró el teléfono en la cama y se tumbó boca arriba pensativa. Parecía que Andrés estaba muy interesado en la tonta de su prima. Quizás le gustaría saber algunas cosas sobre ella.

El móvil sonó de nuevo, era un mensaje de Andrés:

DECÍDETE, QUEDA POCO TIEMPO. RICARDO SOLO DIO UNA SEMANA.

Volvió a llamarle:

—Oye, qué pasa, ¿que no sabes escribir en minúsculas?

—Así escribo a quien no escucha —A Andrés se le había agotado la paciencia.

Ruth hizo una pausa.

—Está bien, ¿qué tengo que hacer? Ya te dije que haría lo que me pidiérais.

—Es muy fácil, pedir perdón a todos cara a cara. Da gracias que tienes que llevar mascarilla.

Ruth no había pensado en eso.

—No me van a perdonar.

—Y hay otra cosa.

—¿Qué?

—Deberás prometer que no lo volverás a hacer. Lo tenemos todo guardado y si no cumples tu palabra se lo enviaremos a Ricardo, que estará encantado de proceder a denunciarte.

—Ummm… si eso ocurre, dile a Marta que yo contaré su historia secreta.

—¿De qué hablas? —preguntó Andrés muy enfadado.

—Si es necesario, ya te enterarás en el chat del cole.

—¿Sabes qué, Ruth? Creo que no merece la pena ayudarte. Para pedir perdón tienes que estar arrepentida y veo que no lo estás. Si te metes con Marta todos la apoyaremos. Somos sus amigos.

De nuevo se cortó la comunicación. Esta vez Ruth tiró el teléfono con todas su fuerzas al suelo y el cristal de la pantalla se resquebrajó ligeramente.

Llevaría su plan a cabo y se vengaría de Marta, esa odiosa, siempre querida por los demás. Se iba a enterar. Sabía todo sobre ella.

Mientras tanto, Andrés quedó con Marta para tomar un refresco:

—Marta, tengo algunas noticias de tu prima que no te van a gustar.

—Creo que no hay nada ya que me sorprenda de ella. No cambia.

—Amenaza con sacar tu “secreto” a relucir en el chat… Parece que estuvo muy entretenida leyendo tu correo.

Marta, se sentía triste. No esperaba aquel revés.

—Nos tienes a nosotros, no debes preocuparte.

—En realidad sí. Escribí a Rafa diciéndole que me gustaba y la carta es muy cursi.

Estaba colorada.

Andrés rió.

—Algo se nos ocurrirá, no es para tanto.

Ahora que su amiga estaba más tranquila, se le ocurrió una idea y convocó reunión:

“REUNIÓN HOY A LAS 18:00. RUTH AMENAZA A MARTA CON CONTAR SUS SECRETOS”.

Continuará…

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La ladrona de contraseñas. Capítulo 6

CAPÍTULO 6

—¿Puedes bajar?

—¿Andrés? —el portero automático se oía regular.

—El mismo Ruth. Necesito hablar contigo.

Tal y como esperaba tardó casi veinte minutos en bajar.

En realidad Ruth no sabía que ponerse: vaqueros, falda, vestido, mono… <<maldito entretiempo>> protestaba, <<No sé qué ponerme>>.

—¿Qué hacías? ¡Ya me iba!

Andrés estaba molesto, y para más irritación Ruth ni se disculpó.

—¿Qué quieres? —dijo Ruth aparentando indiferencia.

—Tenemos que hablar de las cuentas que has robado.

—¿Me estás acusando? Yo no he robado nada —Aunque aparentaba seguridad, la voz de Ruth temblabala un poco.

—¿No? Pues díselo a Ricardo que te quiere denunciar y lo hemos evitado por los pelos.

Ruth se había quedado blanca y ya no disimulaba.

—¿Y cómo se ha enterado ese?

—Porque se lo he dicho yo.

Ruth agachó la cabeza, iba a llorar de rabia. Era lamentable, justo el chico que le gustaba la delataba con el chico que odiaba.

Andrés se dio cuenta.

De pronto Ruth levantó la cabeza echando chispas:

—¿Y cómo te has enterado tú?

cute kid boy and girl fight and argue

—¿Eso importa? ¡Tú has robado cuentas! —la paciencia de Andrés se estaba agotando.

—¡Ah! Ya entiendo, ha sido la odiosa de mi prima. Pues dile que se olvide de su zoom, también se lo he robado.

—Eres tan… tan… —Andrés no encontraba la palabra. Se estaba poniendo rojo por el enfado que sentía —Da igual, Marta ya ha recuperado su cuenta y su correo.

—¡Eso es imposible!

—Compruébalo tú y cuando lo hagas, me llamas. Tienes una semana para pedir perdón a todos y prometer no hacerlo nunca más, o Ricardo irá a la policía.

—¡Cuéntame otra, anda!

Andrés apretó los puños y decidió irse dejándola con la palabra en la boca.

—¡Oye tú! ¡Que no he terminado! ¡OYEEEE!

Pero Andrés continuó dándole la espalda y se alejó.

Entonces Ruth tragó saliva y subió a su casa a toda velocidad sin esperar el ascensor.

En cuanto llegó, se dio cuenta de que Marta ya había cambiado sus contraseñas. No podía ser, comprobó las demás cuentas y también habían sido recuperadas por sus dueños.

—¡ES IMPOSIBLEEE! Mi prima no sabe donde escondo mi libreta y jamás metería su mano en el territorio de Cleopatra.

Pero sí debía haberlo hecho, pensó después. Porque todas las cuentas habían sido devueltas a sus dueños. Estaba en un serio problema.

Esa noche y la siguiente no pudo dormir.

Era menor de edad, pero el peso de la Ley caería sobre ella y su madre embarazada… Tenía que haberlo pensado mejor antes de robar aquellas cuentas.

—Cleopatra, ¿qué hago ahora? —la tarántula caminaba lentamente por su mano hacia el antebrazo.

Dejó a su mascota en el terrario con mucho cuidado, respiró profundamente y llamó a Andrés.

Continuará…

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La ladrona de contraseñas. Capítulo 5

CAPÍTULO 5

La siguiente quedada por videoconferencia fue por la tarde.

Ana, Jaime y Andrés, habían contactado a los dueños de todas las cuentas y explicado lo ocurrido. Les habían dado las nuevas contraseñas y pedido que no denunciaran, pero sí que les ayudaran a dar una lección a la ladrona de cuentas. Ahora Ruth estaba en serios problemas.

Ese proceso fue muy complicado, no todos contestaban y les creían. Afortunadamente, la mayoría eran del barrio y pudieron hablar con ellos en persona, enseñándoles las fotos de la libreta, como prueba de que decían la verdad.

—Esto es un delito grave —dijo uno de los afectados—. Mi padre es policía y no os cuento lo que podría caerle.

Ana jugaba con los cordones de sus tenis. Estaban sentados en el césped del parque. Se los ató con lazo pensativa y preocupada por lo que acababa de oír.

—Pero la situación es complicada —explicó Ana— Su madre está embarazada y ya avanzada y es prima de una amiga… Solo queremos darle una lección.

—Entiendo, pero el delito sigue siendo el mismo.

Ana se quedó sin argumentos. Ahora jugaba con un trébol.

—Hagamos una cosa —intervino Andrés—. Si la prima de mi amiga no rectifica y pide perdón a todos, se lo diremos a sus padres y tú al tuyo. Vamos a darle una oportunidad.

—Ummm… está bien. Os doy una semana.

—¡¡Es muy poco tiempo!! —protestó Ana.

Aunque sintieron alivio porque habían conseguido tiempo, organizar todo en una semana, era demasiado ajustado.

—Una semana. Lo siento.

Andrés quedó muy pensativo antes de hablar:

—Hay una manera de hacerlo en ese tiempo, Ana. ¡Vamos!

Y corrieron a casa de Marta, despidiéndose del hijo del policía con la mano:

—¡En una semana te vemos! —gritaron Ana y Andrés mientras se alejaban.

Cuando bajó Marta, fueron a casa de Jaime y desde allí se conectaron a la reunión de la tarde, para planificar la “estrategia de ataque”, como lo definió Simón.

A girl communicate video conference with friends at home scene illustration

—Hola a todos, ya hemos terminado de reunirnos con todos los propietarios de las cuentas que ha robado Ruth. Pero estamos muy preocupados, Marta —dijo Ana—. Una de las víctimas es hijo de un policía y…

—¡Ohhh! Debe ser Ricardo, lo conozco —le interrumpió Marta— y es archienemigo de Ruth. Creo se odian mutuamente. ¿Va a denunciar? ¿Y cómo mi prima se ha metido con él precisamente? La creía más inteligente, la verdad.

—Eso quería explicarte. Nos ha dado una semana para conseguir que tu prima pida perdón a todos.

—Es raro que haya aceptado. Ricardo es muy cabezota.

—Yo hablaré con Ruth —dijo Andrés de pronto.

Todos sabían que a Ruth le gustaba Andrés. Era muy buena idea, si alguien podía asustarla y hacerle entrar en razón era él.

—No me entusiasma la idea, pero no quiero que sea denunciada.

Continuará…

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La ladrona de contraseñas. Capítulo 4

CAPÍTULO 4

En Zoom estaban todos nerviosos, hasta que Andrés se hizo con el control de la situación.

—Bea, termina de fotografiar la libreta para ponerla de nuevo en el terrario, y tú Marta busca un tupper en la cocina de tu tía y atrapa a la tarántula antes de que se esconda.

Marta bajó corriendo a la cocina, su tía hablaba por teléfono y no se percató de lo que hacía. En un minuto estaba de nuevo en la habitación siguiendo las instrucciones de Simón, experto en cazar insectos sin dañarlos. Le gustaba estudiarlos y verlos de cerca en algún bote transparente y luego los dejaba en libertad.

—Marta, mándame una foto de la tarántula y la busco por Lens.

Cleopatra se encontraba ahora sobre la funda de la almohada, muy tranquila e inmóvil, y pudo fotografiarla con detalle, aunque muy alerta. Tenía la impresión de que en cualquier momento daría un salto hacia ella.

Mientras, Bea ya había devuelto la libreta a su sitio. Hizo un gran esfuerzo por disimular el asco que sentía. No le hacía ninguna gracia meter la mano en el terrario, y se preguntaba si habría alguna sorpresa mas allí dentro.

Illustration of the two girls watching the spider

El grupo reía de la situación y hacía chistes. De vez en cuando alguna voz se oía más que las demás:

—Ánimo Bea, seguro que puso huevos y salen arañitas.

—Venga Bea, que tú puedes…

Y las risas no cesaban. Bea, ante cualquier comentario retrocedía haciendo muecas y exagerando la cara de asco.

Las risas de todos aumentaban.

Ana intervino:

—Chicos, esto es divertidísimo, pero no podemos olvidarnos de nuestra misión. Venga Marta, ¡ánimo!

—Marta, buenas noticias —interrumpió Simón—. Esta tarántula es muy tranquila, podrías incluso acercar tu mano para que se suba en ella y devolverla al terrario sin estresarla.

—Ni pensarlo —respondió Marta—. ¡No veas si impone de cerca! ¡Es enormeeee! Además, ¡¡¡la que está estresada soy YOOOO!!!

Todos rieron. Su voz aguda y su expresión era aún más exagerada que la de Bea.

Con paciencia acercó el tupperware a Cleopatra hasta que la tarántula caminó lentamente hacia él. Después, bajo la atenta mirada de todos, volcó bruscamente el recipiente y dejó caer a la tarántula en el terrario, que cerró inmediatamente, dejando escapar un suspiro de alivio.

Quedaba ya poco tiempo, así que se despidieron del grupo y desconectaron el ordenador y la cámara. Justo a tiempo, porque en ese momento la tía de Marta entraba en la habitación.

—¿Todo bien? Estaba hablando por teléfono, pero oí gritos.

—¡Ah! —Marta pensaba rápido, no sabía qué decir.

—La culpa ha sido mía —dijo rápidamente Bea—. Tengo fobia a las arañas, hasta la más pequeña y al conocer a Cleopatra… Bueno… creo que tendré pesadillas hoy… —Bea movía las manos al hablar con mucha teatralidad y la madre de Ruth no pudo evitar reírse.

—Si te digo la verdad, te comprendo. No sé cómo mi hija puede tener una mascota así. Yo ya se lo he dicho a ella y a su padre, otro fan de Cleopatra, que como se les escape nos vamos de casa todos.

Rieron las tres.

<<Si mi tía supiera>>, se dijo Marta divertida, mientras colocaba su mochila en el hombro y se preparaba para despedirse.

Continuará…

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La ladrona de contraseñas. Capítulo 3

CAPÍTULO 3

El viernes siguiente Bea llegó puntual a casa de Marta para hacer un trabajo de ciencias y llevar a cabo el plan que habían trazado entre todos y cuyo cerebro principal había sido Ana, con las puntualizaciones de Jaime, siempre pendiente de los detalles.

—Voy a hablar ahora con mi madre, antes de que se vaya a caminar, ve preparando las cosas para salir en cuanto me de permiso.

Bea asintió y comenzó a meter en la mochila la cámara, los ordenadores y los cargadores.

—Mamá voy a casa de la tía, mi ordenador está dando problemas y Bea no se ha traído el suyo. Le voy a pedir a Ruth que me deje un rato el suyo para enviar las tarea —la voz de Marta sonaba preocupada y su madre asintió comprensiva.

—Pero veniros para las dos, que la comida estará lista.

La casa de la tía de Marta se encontraba a solo dos manzanas y en pocos minutos estaban en la habitación de Ruth, que había ido a clases de tenis, tenían dos horas y media. Más que suficiente.

Conectaron el ordenador de Bea con la webcam y comenzaron sesión de video conferencia con el grupo para que vieran en directo la recuperación de la contraseña de Marta.

Buscaron por todas partes pero ni rastro de la libreta.

—Seguramente la lleve consigo —dijo Bea pensativa.

—Umm, o no… —Marta miraba al terrario de su prima—. Justo en un lateral había un bulto sospechoso, color ocre.

—Eso, eso, eso es… es… una… taránt… —Bea estaba entre horrorizada y alucinada.

—Sí, es Cleopatra, la tarántula de Ruth. No es venenosa, pero impone… ¿verdad? —explicó Marta—. El lugar perfecto para esconder…

Nature scene with tarantula spider on rock illustration

—No puede ser verdad —suspiró Bea resignada ante la evidencia.

Desde el grupo de amigos se escuchaba también la voz de Simón diciendo que ojalá estuviera él allí.

—Me encantan los terrarios —dijo.

Marta metió la mano sin pensarlo en terrario bajo la atenta mirada de todos.

—¡Puaj! ¡Qué asco, Marta! —exclamó Bea.

Pero Marta ya tenía la pequeña libreta en sus manos.

—¡Rápido, fotografía cada página y lo devolvemos a su sitio antes de que Cleopatra salga de su escondite!

—Ma… Ma… Marta —A Bea no le salía la voz—. Dime que esa que camina por tu hombro no es Cleoatra.

Un grito salió de lo más profundo de Marta.

—¡Quítamela! —y en una de las sacudidas, la tarántula saltó a la cama de Ruth.

Continuará…