Publicado en A partir de 10 años, Cuento

EL DUENDE–PUENTE DE OLGA LAFUENTE

Lorenzo no quería ir al colegio al día siguiente; su madre estaba enferma y tenían que llevarla al hospital, pero su padre había dicho que no podía faltar a clase.

Se acostó refunfuñando que si los libros no existieran, él no tendría que ir a la escuela, y se durmió deseando que desaparecieran todos los libros del mundo.

Cuando despertó, encontró a sus padres aún en casa y a un extraño hombre que murmuraba canciones junto a la madre enferma.

—Ha venido el curandero —dijo el padre.

Lorenzo se sorprendió:

—¿Por qué no está el médico?

—Él es el sanador, posee los conocimientos de los espíritus para curar.

Lorenzo vio que todo había cambiado; no había teléfono ni televisor ¡ni luz!, y en la puerta, un hombrecito hacía gestos para que se acercara.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Soy Luminare el duende-puente entre mundos. Ahora estás en el de la oscuridad y la ignorancia: no hay libros, aquí reinan la tradición y las supersticiones.

—¡Pero mi madre necesita un médico!

—Para eso, tendrían que existir los libros, pero tú deseaste que desaparecieran, aunque puedo ayudarte.

  Lorenzo salió con el hombrecito y se adentraron en el bosque que rodeaba la ciudad. El niño estaba aterrado; había sombras que sobrevolaban impidiéndole avanzar. El duende dijo que no les hiciera caso, aunque los fantasmas oscuros se le cruzaran para apartarlo del camino.

 Corría tras Luminare atravesando zarzas y matojos, tropezando con piedras, pisando charcos de barro mientras las sombras los perseguían de cerca. El duende lo animaba; era muy importante atravesar el muro de la sapiencia para encontrar la clave que salvaría a su madre.

No fue difícil; el duende avisó que solo tenía que desear aprender y el muro se encogería para saltarlo.

Detrás, había una ciudad con luz y color. Luminare indicó que buscase la casa más antigua y se quedó esperando en el bosque. Lorenzo encontró el edificio enseguida; en la puerta había un cartel donde se leía “IMPRENTA”. Dentro, un hombre con un delantal manchado de tinta y gafas sonrió.

—Alguien ha pedido que desaparecieran los libros y, ahora, tu ciudad está invadida por las sombras.

—¿Cómo lo sabe?

—Ya han venido más niños que desearon lo mismo para no tener que estudiar —dijo el hombre, e hizo un gesto para que entrase en la trastienda donde había un libro antiguo y pesado.

—Es el primer libro que imprimió Gutemberg, el inventor de la imprenta. Es un tesoro —dijo el hombre muy serio—, no lo pierdas: con él, vuestra ciudad recuperará los conocimientos; después, regresarás para devolvérmelo.

Lorenzo se lo prometió y retornó al muro, trepó y vio a Luminare que seguía detrás.

—Vamos. Se acaba el tiempo —dijo el duende.

El niño saltó con su tesoro y corrió a casa para salvar a su madre. Las sombras esperaban agazapadas para quitarle el libro, pero, mientras Lorenzo atravesaba el bosque, los espinos se fundían y los colores y la luz se extendían exterminando los fantasmas que se acercaban.

Los vecinos también lo perseguían para arrancarle el libro y Luminare abría paso para ayudarlo. Al fin, llegó a casa y cerró de un portazo.

Allí, el brujo retenía a su madre enferma y ordenó al padre que destruyera el libro. Este se abalanzó hacia él, pero Luminare se interpuso chocando con el hombre que cayó rodando. En la puerta de su habitación, Lorenzo gritó al duende.

—¡Entra! ¡Corre!

—Ya no puedo seguir —Luminare estaba desapareciendo.

  Lorenzo quiso llevarlo a su cuarto, pero cuanto más se acercaba con el libro, más se difuminaba el duende.

—No puedes irte —dijo Lorenzo—. Me has ayudado. Dime qué hago.

—Salva a tu madre y tu mundo. Yo pertenezco a la fantasía y no podemos estar juntos, pero cuando escribas sobre mí podré volver contigo.

Lorenzo abrió el libro y un haz de luz invadió la casa. Luminare desapareció y todo volvió a ser como antes. Sus padres despertaron del hechizo y las luces iluminaron las casas y la ciudad como el amanecer de la primavera.

Los padres fueron al hospital y Lorenzo al colegio. Cuando regresó,  su madre ya estaba muy recuperada. La besó y corrió a la habitación: quería escribir un cuento donde un duende, Luminare, salvaba a los humanos de la oscuridad y la ignorancia.

Olga Lafuente.

Sigue leyendo “EL DUENDE–PUENTE DE OLGA LAFUENTE”
Publicado en A partir de 8 años

Una vida fascinante

Pitiusa era una joven excepcional; parecía haber nacido para ser diferente. Su vida no era normal y siempre destacó sobre los demás, pero tenía un terrible inconveniente: era una gran mentirosa.

Para empezar, su nombre no era habitual. En los documentos y en el colegio, se llamaba Aurora, nombre que eligió el abuelo para tal fin porque, cuando nació, Pitiusa era un bebé sonrosado y luminoso como la luz que acompaña a la salida del sol, pero, según contaba ella, para su familia, siempre fue Pitiusa como las islas del Mediterráneo.

Y es que, decía ella, su abuelo era un hombre extraordinario y el más raro de todos los miembros de la familia. Él falleció cuando Pitiusa solo tenía siete años y, según contaba, fue un explorador que ya había recorrido el mundo antes de cumplir veinte años.

Cuando Pitiusa empezó el colegio y hablaba sus primeras frases, ya se pasaba el día fantaseando sobre las aventuras de sus abuelos. Contaba que cuando ellos se casaron se fueron de viaje por todo el mundo porque tenían una misión especial que cumplir: sus abuelos custodiaban a un dragón bebé y tenían que encontrar a los otros de su misma especie que estaban repartidos en todos los continentes.

Los demás niños y niñas escuchaban extasiados las aventuras de los abuelos de Pitiusa y la profesora decía a los padres que la niña tenía una creatividad enorme y que estaría bien fomentar su pasión por la escritura para que plasmase todas las fantasías que se le ocurrían.

A los siete años narraba la misma historia a todo el que quisiera escucharla. Ahora, sus padres y ella eran los encargados de cuidar del dragón esmeralda para que cuando este cumpliera los cincuenta años se reuniera con su «novia», con la que tendría una familia. Los demás niños de su clase le preguntaban por qué tenía que ser tan mayor y Pitiusa les explicaba que los dragones vivían, por lo menos, quinientos años y que, con cincuenta, eran aún muy jovencitos. Los compañeros de clase pedían permiso a sus padres para ir a casa de Pitiusa a conocer el dragón de esmeralda, pero aquellos, conscientes de que no existía ningún animal fantástico, ponían a sus hijos excusas de todas clases para evitar que se llevaran una decepción.

Así que, con el paso del tiempo, Pitiusa se fue quedando cada vez más sola. Nadie iba a su casa ni tampoco la invitaban a las de sus compañeros, y los profesores se quejaban a los padres de la joven ante la propensión que esta sufría a mentir tanto. Sin embargo, poco podían hacer estos ante la fascinante vida que Pitiusa se había ido creando, y no hacían otra cosa más que resignarse.

En el último año de primaria, antes de las vacaciones, la clase dedicó un día a contar sus planes para el verano y, entre los viajes de unos, las escapadas al pueblo de los abuelos de otros o los campamentos deportivos a los que iban a asistir unos pocos, Pitiusa contó que, en unos días, sus padres y ella viajarían a lo más profundo de África, donde su dragón esmeralda se uniría a la dragona rubí. Eso fue la gota que colmó el vaso. Todos los alumnos se rieron de la ocurrencia de aquella joven fantasiosa y el profesor, harto de tantas historias estrambóticas, le ordenó que dejase de una vez a ese dragón imaginario; ya tenía doce años, el curso siguiente, empezaría secundaria y nadie se creía ya esas fantasías. Pitiusa, con los ojos vidriosos por las burlas de sus compañeros, se reafirmó en su historia y prosiguió contando que en el planeta había seis dragones repartidos, cada uno de una piedra preciosa; el suyo era europeo y la de rubí, la novia, era asiática. Ambos se reunirían en África cerca del Kilimanjaro para formar una pequeña familia con dos dragoncitos de piedras preciosas como había pasado durante miles de años.

El fin del curso fue un desastre para Pitiusa, el profesor estaba enfadado con ella y sus compañeros no se despidieron como hicieron con los demás. Llegó a su casa. Era muy grande, de techos altos y había objetos y adornos de todo el mundo. Atravesó la parte principal y se dirigió al jardín trasero, una inmensa explanada junto a un riachuelo y muchos árboles. Entre ellos, vio a su padre, que estaba limpiando, una a una, las piedras preciosas de color verde que formaban la coraza de su querido dragón. Este se mostraba nervioso por el viaje que iban a hacer en unos días y Pitiusa se volvió hacia su madre que llegaba por detrás.

—Me da pena que nadie haya querido venir a conocer a nuestro dragón.

—Lo sé, preciosa —se compadeció la madre—, pero tú has hecho lo que has podido todos estos años.

—Nunca sabrán que existen de verdad —siguió lamentándose Pitiusa.

—No puedes obligarles a creer en algo para lo que ellos no están preparados —le explicó la madre—. Todos nacemos con la curiosidad intacta, pero en la mayoría, desaparece muy pronto. Gracias a ese afán por descubrir cosas, tu abuelo se fue muy joven a las montañas de los Pirineos para ver qué había de cierto en lo que contaba aquel vagabundo que pasó por su pueblo, y gracias a él, hoy somos los custodios de un dragón. Pero tenemos que pagar el precio de sufrir la incomprensión de los demás.

—Pues ¿sabes lo que te digo, mamá?

—¿Qué, preciosa?

—¡Que les den!

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 7 años, Cuento

Los exploradores del tiempo. Capítulo 4. Un señor muy inglés

……………………………………………………………………………………………………………………………….

—¿Que hemos ido a otra dimensión? —siguió Pablo— Y ¿Ahora qué somos? ¿Muñecos?

—¡Fi…f…f…fid…fideos enredados! —tartamudeaba Rafa.

Todos sabían que Rafa, cuando sentía la necesidad de soltar un taco, decía algo relacionado con lo que estaba pasando, pero en este caso, no tenían ni idea de qué relación había ahí con los fideos.

—Fideos enredados… –repitió el hombre que estaba sentado.

El caballero los miraba sin inmutarse, como si la aparición de una tienda india con cinco niños dentro fuese algo normal allí.

—Curioso —continuó— ¿Se trata de algún reniego? o ¿de un cándido subterfugio para confundir al espectador?

Los chicos se quedaron pasmados por la forma de hablar de Phileas Fogg. No se estaban enterando de nada.

—¿Eh? —Fue lo único que acertó a decir Rafa.

—Me refiero a esa expresión sobre fideos acompañada de tan abundantes gestos faciales.

—No lo puedo evitar —contestó Rafa—. Cuando me pongo nervioso, digo palabras malsonantes y mi padre me dijo que las cambiara por lo primero que se me viniera a la cabeza.

—Muy astuta estrategia —dijo el caballero—. Tengo un colega al que le ocurre lo mismo. Se lo comentaré. Por favor —siguió el inglés dirigiéndose a Rafa—, dígale a su padre que venga al club un día de estos. Me encantaría conocerlo.

—“No creo que al padre de Rafa le encantara tanto. Ja, ja, ja” —dijo por lo bajo Carla.

—Y bien —continuó Phileas—, ¿me explicarán ustedes cómo han aparecido aquí, de repente?

Como a Pablo no le hacía ninguna gracia estar en un lugar que no era real, hablando con un caballero que no existía, decidió contestar rápido para volver a su casa lo antes posible.

—Pues verá usted, señor Fogg. Esta tienda india es una máquina del tiempo y hemos viajado desde el futuro por equivocación. No tendríamos que estar aquí, sino en un sitio…más…ehm… No se moleste usted, pero tendríamos que estar en un sitio más real.

A Phileas Fogg se le abrieron los ojos como a una rana de ojos celestes y se puso pálido. Julián se llevó la mano a la frente como si así consiguiera hacerse invisible.

—¡JA, JA, JA! Pero, qué ocurrentes son estos muchachos.

El estruendo de la risa de Phileas hizo que acudiera su criado Passepartout. Los chicos, asustados, corrieron a la tienda para regresar, pero Paula siguió la conversación:

—Señor Phileas, no es nada extraño. Si usted pudo dar la vuelta al mundo en ochenta días, en el futuro se podrán hacer viajes más extraños.

—¿La vuelta al mundo en solo ochentas días? —dijo sorprendido el inglés—. Yo, apenas, he salido de Londres, señorita.

—Genial —refunfuñó Pablo—. Encima nos hemos equivocado de momento.

Carla metió a Paula en la tienda de un empujón, y para despedirse dijo:

—Bueno, pues ya volveremos cuando haya hecho usted el viaje ¿eh? —Y desaparecieron.

—¿Qué ha pasado? —preguntó el criado

—Vaya. Se han ido sin explicarme el truco. Passepartout —Phileas se volvió hacia su criado—, estos jovencitos me han dado una idea. ¿Cree usted que podríamos dar la vuelta al mundo en ochenta días?

Olga Lafuente.

Tienda de campaña india bajo cielo estrellado.
Foto de Chait Goli en Pexels
Publicado en A partir de 7 años, Cuento

Los exploradores del tiempo. Capítulo 3. Un señor muy inglés (Primera parte)

Tras el regreso del viaje a la habitación de Van Gogh, a los cinco exploradores se les pasó pronto el susto, sobre todo, a Carla que le había parecido corto y pidió hacer otro.

Pablo dijo que había que dejar de hacer esos viajes porque podrían quedarse perdidos por ahí en el pasado, pero Carla insistió tanto que los chicos decidieron hacerle caso con tal de no seguir oyéndola.

Estaban sentados dentro de la tienda de campaña delante del ordenador que mostraba todos los mini agujeros negros que había en la habitación de Julián. Carla vio dos mini agujeros negros girando muy cerca el uno del otro.

—¡Oh, eso mola! —exclamó Carla señalándolos en la pantalla.

—¿Eso qué es? —preguntó Pablo mostrando disgusto.

—Es un agujero negro doble —contestó Julián.

—¿Y qué diferencia hay con los otros? —siguió preguntando Pablo.

—No sé —Julián se encogió de hombros—. Es la primera vez que hago esto.

—¡Pues no se hable más! —dijo Carla y le dio al botón de la máquina del tiempo.

—¡Noooooo! —gritó Pablo.

Y como pasó la otra vez, los cinco exploradores se deslizaron a gran velocidad por un túnel negro lleno de curvas y giros pero, ahora, era diferente porque, a veces, se veían reflejados delante de sí mismos como si tuvieran un doble que aparecía y desaparecía. Nadie lo quiso decir pero estaban muertos de miedo.

La máquina frenó de golpe y todo parecía normal; las dos chicas quisieron salir a la vez y los chicos las siguieron.

—¡Vaya! Parece un palacio —dijo Paula.

Estaban en el centro de un gran salón con enormes lámparas doradas, muebles antiguos, alfombras rojas y las paredes llenas de libros. Había mesas pequeñas con butacas, y un hombre que estaba sentado con un periódico los miraba sonriendo.

—Buenos días, jóvenes —saludó el caballero—. Admito que han realizado ustedes una aparición espectacular. ¿Sería mucha insolencia preguntarles el truco?

El hombre iba vestido elegante pero como en las películas antiguas, y los exploradores lo miraban embobados con la boca abierta.

—¡Oh! Disculpen —continuó el hombre—. Me llamo Phileas Fogg.

—Ese nombre me suena —susurró Pablo a sus compañeros.

—Sí, y a mí —dijo Paula mientras se daba golpecitos en la barbilla con el dedo índice—. ¡Aaah! ¡Ya sé! ¡Es el de la vuelta al mundo en ochenta días!

—¡¿Qué?! —gritó Pablo— ¡Eso no puede ser, es un personaje de ficción!

Todos miraron a Julián.

—Bueno… —titubeó Julián— hemos entrado en un agujero negro doble. A lo mejor, hemos ido a otra dimensión.

(Continuará…)

Imagen de DarkWorkX en Pixabay
Publicado en A partir de 7 años, Cuento

Los exploradores del tiempo. Capítulo 2. La habitación lila

    La pandilla de los cinco exploradores habían comenzado su misión: Viajar en el tiempo.

     La tienda de campaña de Julián convertida en máquina del tiempo se iluminó como una estrella fugaz y fueron lanzados a una velocidad de miedo por un túnel oscuro y lleno de curvas hasta que frenó de repente. Los exploradores de la Historia no se atrevían a salir de la tienda para ver si, de verdad, había funcionado el invento de Julián, pero Carla, que era la más valiente, decidió asomarse por la abertura.

     — ¡Ooooh! Esto es una habitación —exclamó Carla.

     — ¡Lo sabía! Es imposible construir una máquina del tiempo —refunfuñó Pablo.

     — No, no. Es otra habitación —decía Carla con la cabeza fuera de la tienda

     — A ver… ¡Quiero verla! —dijo Paloma, a la que le encantaba el misterio.

     Los exploradores salieron y se encontraron en un cuarto pequeño con dos puertas y los muebles de color amarillo y antiguos.

     Rafa hacía gestos extraños con la cara, como le pasaba siempre que se ponía nervioso.

     —  ¡Orejas desconchadas! —dijo Rafa para no soltar un taco— Es Vicent Van Gogh.

     Y es que, en la habitación, había un hombre pintando, y tenía una venda que le tapaba una oreja.

     — ¡Ay, mi madre! —se quejó Pablo mientras se tapaba la cara con una mano. —A ver quién es el guapo que explica esto.

     Julián se vio en la obligación de pedir perdón al pintor por ser él quien había inventado la máquina del tiempo.

     — Perdone, señor. Estamos viajando en el tiempo y hemos aterrizado en su dormitorio sin querer.

     — Ja, ja, ja —se rió Carla. Le había hecho mucha gracia la explicación de Julián.

El hombre tenía la boca abierta del susto.

  —  Pero ¿Quiénes sois? —Preguntó el pintor.

— Venimos del siglo XXI —siguió Julián—. Estamos probando mi máquina del tiempo.

      — ¡Dichosos mocosos! ¡Fuera de mi habitación! —gritó Van Gogh y les lanzó un pincel que cayó dentro de la tienda.

  Todos corrieron a la máquina del tiempo y Julián apuntó al agujero negro que los devolvería a su casa. Ninguno de los chicos se dio cuenta del regalo que Vicent Van Gogh les había hecho con su pincel.

Foto de Steve Johnson en Pexels

LOS EXPLORADORES DE LA HISTORIA

Imagen de Cabecera: La habitación de Arlés de Van Gogh. Dominio Público. Wikimedia.org

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 7 años, Cuento

Los exploradores del tiempo. Capítulo 1. Todo dispuesto para la misión

adorable blur bookcase books
Photo by Pixabay on Pexels.com

     El cuarto de Julián era como un laboratorio del futuro: tenía tubos que llegaban al techo con grandes gotas de agua luminosas que subían y bajaban, se oían sonidos de la naturaleza como el mar o el viento, también había una moqueta que parecía césped y muchos, pero muchos, aparatos raros que él encontraba.

     Julián tenía muy pocos amigos: él casi no hablaba y no le gustaba mirar a los ojos, además, no entendía los chistes, pero construía inventos geniales que a nadie más se le podrían ocurrir, y a los amigos que tenía les encantaba ir a su casa para utilizar sus invenciones.

selective focus photography of girl wearing cap standing beside flowers
Photo by Tuu1ea5n Kiu1ec7t Jr. on Pexels.com

     Estaba Paloma, a quien le gustaban los libros de misterio y de policías, y era extraordinaria en descubrir quién era el malo antes que los demás.

  Carla era muy valiente, siempre estaba corriendo, saltando y trepando, pero, a veces, se metía en líos por no pensar las cosas antes de hacerlas y sus amigos tenían que ir en su ayuda.

     Pablo era el serio del grupo: muy obediente, hacía sus tareas y estudiaba siempre, aunque al resto del grupo le encantaba chincharle un poco porque Pablo era muy gruñón, y sus amigos se lo pasaban en grande cuando lo sacaban de quicio.

boy wearing checked button up long sleeved shirt
Photo by Victoria Borodinova on Pexels.com

     Y Rafa era el más extraordinario: la gente lo miraba extrañada porque él hacía muchos gestos raros con la cara y, cuando se ponía nervioso, soltaba tacos sin querer, así que aprendió un truco: en vez de decir palabras malsonantes, trataba de decir otras más normales como “¡pepinillos!” o “¡tornillos desgastados!”, lo que provocaba, aún, más confusión entre la gente que estaba cerca, pero sus amigos se divertían de lo lindo cuando eso pasaba.

     El viernes por la tarde, estaban todos en el cuarto de Julián para conocer su nuevo invento: “la máquina del tiempo”. Este había descubierto que existían millones de agujeros negros microscópicos en la Tierra, que se podían utilizar para ir a un lugar del pasado. Un poco peligroso sí que era porque no sabrían a dónde irían pero, con tal de no perder el agujerillo negro que los había transportado, no pasaría nada; al menos, eso decía Julián.

     La máquina del tiempo era la tienda de campaña; allí habían colocado el ordenador de la mamá de Julián conectado a los mandos de la Wii. Cuando dispararan al agujerito negro elegido, todos se transportarían a un lugar en el tiempo; ninguno quería perderse esa oportunidad.

     Fue Carla la que eligió el agujero negro microscópico de todos los que se veían en el cuarto y, cuando Julián accionó el mando, el interior de la tienda se iluminó de color blanco intenso y, en un instante, desaparecieron de la habitación.

     Los exploradores del tiempo habían empezado su primera gran aventura.

Olga Lafuente.