Publicado en A partir de 11 años, Cuento

El río está hecho un desastre (Los viajes de Lotay)

Continuación de https://revistacometasdepapel.com/2022/04/29/quien-se-ha-comido-las-setas-los-viajes-de-lotay/

La tarde que el grupo de Lotay descubrió que habían desaparecido las setas, Santa y su hermana pequeña, Indra, volvieron de dar un paseo con otra terrible noticia: el río que nacía en la cumbre de la montaña de su país y que se dirigía al mar, donde estaba la ciudad de las carreteras y altos edificios, iba lleno de forraje, restos de hierbas y ramas secas.

—No me gusta beber agua del río —dijo Indra con cara de disgusto.

—Está lleno de basura —explicó Santa.

—¿Cómo es posible? —se preguntó muy sorprendido el maestro agricultor— Yo planto muchas cosas en los alrededores del río porque su agua es cristalina, mis hortalizas crecen sanas y riquísimas gracias a él.

Fueron a ver lo que decían las niñas y comprobaron que, por la corriente del agua, bajaban plantas secas, frutas y verduras que se habían echado a perder, ramas, hierbas muertas… Eso iba a ser un problema muy grave porque el río era la única fuente de agua para ellos y, si seguía ensuciándose, todos caerían enfermos.

—¡Como la morera del pueblo! Por eso están enfermando nuestras plantas, porque el agua está contaminada —exclamaba muy enfadado el maestro jardinero—. Esto es culpa de los habitantes de la ciudad de abajo. Nos han traído la contaminación del humo de sus coches.

—En realidad… —replicó la madre de Lotay en un tono muy bajo—, no quiero llevar la contraria, pero la corriente del agua baja, no sube. Eso significa que la suciedad la estamos enviando nosotros a la ciudad.

El maestro jardinero, que echaba la culpa de todo lo malo a los habitantes de abajo, no podía creer lo que estaba oyendo.

por la corriente del agua, bajaban plantas secas, frutas y verduras que se habían echado a perder, ramas, hierbas muertas…

—Nosotros llevamos una vida saludable y respetuosa con la naturaleza. No hemos hecho nada para dañarla. Seguro que los de la ciudad nos han traído algo.

—Vamos a ver de dónde viene toda esta suciedad —propuso el maestro explorador muy decidido.

Todos siguieron al explorador subiendo la montaña por la ribera del río observando los restos que llevaba la corriente.

—Gran parte de este forraje es tuya, ¿verdad? —preguntó el explorador al maestro agricultor.

—Hum… Sí…, pero no entiendo… —respondió el maestro un poco avergonzado—. Llevo muchos años cuidando de mis huertos y nunca ha pasado esto.

—Subamos un poco más —dispuso el explorador.

Todo el grupo de niños y padres iba detrás en silencio, como si un secreto muy importante estuviera a punto de desvelarse hasta que llegaron a un pequeño lago hecho en el cauce del río.

El lugar estaba cubierto de basura que flotaba girando en el agua esperando a que la corriente la arrastrara río abajo.

—De aquí sale todo —dijo el maestro jardinero satisfecho—. Son los restos que dejaron los castores que estaban aquí.

—Y ahora, ¿dónde están los castores? —preguntó el explorador.

—Me los llevé de aquí hace un par de meses —respondió el jardinero.

—¿Qué te los llevaste? ¿A dónde? —preguntó el agricultor indignado— Esa familia de castores llevaba años aquí. Este era su hogar.

—No les ha pasado nada —se defendió el jardinero—. Solo los he trasladado cerca de la desembocadura.

—¡Eso ya está en la ciudad! ¿Qué van a hacer allí? —exclamó el agricultor.

—Pues por lo pronto, no harán ningún daño —contestó el jardinero—. Mira cómo lo tenían todo. Destrozaron mi jardín de cerezos y almendros para hacer una presa con los troncos.

—Pues por lo pronto, no harán ningún daño —contestó el jardinero—. Mira cómo lo tenían todo. Destrozaron mi jardín de cerezos y almendros para hacer una presa con los troncos.

—¿Tu jardín de cerezos y almendros? —se extrañó uno de los padres.

—Sí —Se dirigió el maestro a todos—. Estaba construyendo un jardín precioso con árboles de todos los colores junto al río y estos bichos los talaron con sus dientes para construir una presa.

—Pues claro que sí. Esa es su función —respondió el agricultor—. Gracias a las construcciones que hacen con los troncos, los desechos quedan retenidos, el río circula limpio y las tierras de alrededor son más fértiles. Ahora tendremos que ser nosotros los encargados de limpiar esto hasta que vuelvan los castores.

—¿Que vuelvan los castores…?

—Sí —atajó el explorador—. Te traerás de vuelta a la familia de castores, si es que no los han metido ya en un zoológico. ¡A ver si vamos poniendo un poco de orden en todo lo que tenemos aquí montado!

Ahora tendremos que ser nosotros los encargados de limpiar esto hasta que vuelvan los castores.

—Entonces… —se dispuso a preguntar Lotay levantando con timidez el brazo—, ¿Ya está resuelto todo? ¿Solo hay que traer a los castores para que se cure la morera?

—¡No! —respondió el maestro explorador mientras volvía enfadado al campamento—. Mañana bajaremos la montaña a ver qué otros destrozos hemos hecho.

Lotay miró a Santi con cara de preocupación y ambos cruzaron los dedos para que al día siguiente el maestro explorador no descubriera nada nuevo que lo pusiera de peor humor.

Continuará…

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 11 años, Cuento

¿Quién se ha comido las setas? (Los viajes de Lotay)

El segundo día de excursión, todos se levantaron tarde, así que decidieron ponerse en marcha después de comer al mediodía.

Los adultos se encargaron de preparar el almuerzo y mandaron a los niños ir a buscar setas para cocinar un estofado.

Estos fueron en parejas, con cestas que pensaban llenar hasta arriba, porque las setas eran un plato que les encantaba a todos. De manera que los cuatro grupos de chicos se repartieron la zona y quedaron en volver en un par de horas.

Pero cuando regresaron, todos se quedaron anonadados al ver que, entre los ocho niños, solo habían encontrado cuatro setas.

—¿Qué ha pasado? ¿Os cansasteis de buscar?—preguntó el maestro explorador.

—No —respondió Santa—. Es que no hay más.

—No me lo creo, Santa —habló el padre de la niña—. Tú eres muy buena buscadora de setas. Siempre traes tu capazo lleno.

—Te prometo que es verdad —replicó Santa—. No hay más setas, se han acabado. Dijo abriendo los brazos.

—Bueno, no pasa nada —la tranquilizó su padre—. Ya saldrán más.

—¡No! Estáis equivocados —interrumpió el maestro explorador— Sí que pasa, y lo que está pasando es muy grave.

—No te preocupes, maestro —dijo la madre de Lotay—. Buscaremos por otros sitios.

—¡¡No!! —El maestro explorador estaba fuera de sí—. No lo entendéis. ¿Coméis muchas setas?

Todos se miraron extrañados por la pregunta que les hacía el maestro.

—Eh… pues todos los días —contestó el padre de Santa— Es nuestra comida principal, el plato tradicional. A mí me gusta comer como se ha hecho siempre —dijo orgulloso.

—¡¡No quedan setas!! —repetía el explorador girando a su alrededor con las manos en la cabeza.

Nadie entendía nada. Las setas estaban muy buenas, pero tampoco era para ponerse así.

—Eso es señal de algo terrible —continuó—. Las setas nacen de los hongos; si no hay setas, significa que los hongos están desapareciendo.

—¿No son lo mismo? -preguntó sorprendido otro de los padres.

—No. Eh… sí… bueno sí, pero no…

—¡¡No quedan setas!! —repetía el explorador girando a su alrededor con las manos en la cabeza.

—A ver… —se dirigió la madre de Lotay del resto del grupo—. Tendríamos que haber traído con nosotros al maestro médico. ¿Alguno de nosotros podría volver al pueblo para buscarlo?

El explorador se dio cuenta de que los demás estaban pensando que se había vuelto loco y quiso explicarse.

—Perdonad. Me refiero a las raíces de estas setas, lo que va por debajo de la tierra. Esos pequeños hilillos son los que mantienen sano al bosque.

El maestro explorador vio que todos, padres, niños e incluso los otros maestros estaban atentos a sus palabras.

—Los hongos crean una maraña de minúsculas raíces que se extienden por todo el bosque, y es como si fuera un red telefónica o de fibra óptica con internet para comunicarse con todo lo que lo habita.

El padre de Lalo se había quedado paralizado ante la explicación del maestro, con la boca tan abierta que una pareja de gorriones podría haber construido ahí su nido. Pero la mayoría seguía pensando que había que ir a buscar a un médico con urgencia.

—¡¡Sí!! —Se animó a continuar el maestro explorador—. Bajo el suelo de todo el bosque hay un mundo mágico en el que todas las plantas, flores y árboles se comunican. Y todo, gracias a los hongos. Por eso no pueden desaparecer.

—Qué cosa más increíble —Esta vez habló el maestro agricultor—. ¿Quieres decir que las hortalizas y árboles que crío hablan entre ellos?

Bajo el suelo de todo el bosque hay un mundo mágico en el que todas las plantas, flores y árboles se comunican.

—Yo había oído algo —contestó el maestro jardinero—. Pero que gracias a los hongos, todo el terreno se regeneraba.

—Eso es —continuó el maestro explorador—. Los hongos eliminan lo que va muriendo, evitando que se acumule la basura y, por debajo de la tierra, hace que los árboles y plantas se comuniquen para avisar de cualquier cosa que les afecte, como las enfermedades.

—Entonces… —siguió el maestro agricultor pensativo— si al inicio del bosque empezó una enfermedad o una plaga, las plantas de allí no han podido avisar a las de aquí…

El padre de Santa estaba paralizado con las manos en la cabeza diciendo que todo era culpa suya por haber comido tantas setas durante toda su vida.

El resto del grupo también se sentía culpable porque no pasaba ni un solo día en que no comieran setas.

—No os preocupéis —tranquilizó el explorador—. Lo que hay que hacer es no abusar con un solo alimento y asegurarnos de que este no se vaya agotando. Si paramos un poco, las setas volverán a salir.

—Entonces —habló otra de las madres—, ¿ya hemos resuelto el misterio de la morera enferma?

—No —respondió el maestro explorador—. Sabemos por qué la enfermedad ha llegado hasta aquí, pero no su origen.

—¡Pues tendremos que seguir con el viaje!, ¿no? —preguntó Lotay sin poder evitar una sonrisa.

—Sí, Lotay. Tenemos que continuar con nuestro viaje.

(continuará).

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años

A Lotay no le gusta leer (Los viajes de Lotay)

Cuando amaneció, Lotay ya llevaba tiempo despierto por los nervios que sentía con la excursión de ese día.

Su primer viaje a la ciudad lo hizo solo. Pero, ahora, iba con un grupo de chicos y chicas junto con los maestros y algunos padres y madres que colaborarían para descubrir el misterio de la extraña enfermedad que sufría la morera del pueblo.

—¿Cuánto tiempo vamos a estar de viaje? —Preguntó el chico a su madre.

—No lo sé, Lotay —dijo ella–, puede durar varios días o más de una semana.

—Pero cuando yo bajé a la ciudad, fui y volví en un solo día…

—Ya lo sé —cortó la madre—, pero esta vez vamos a averiguar qué está pasando con nuestras plantas, no a hacer una visita a nuestros vecinos.

A Lotay le entusiasmaba que, no solo iba de viaje con sus amigos, sino que también investigarían un misterioso suceso que jamás se había producido en su país: la desconocida enfermedad que estaba matando a sus plantas y que había empezado con la morera de la plaza.

El grupo inició el viaje por uno de los senderos más largos y difíciles que iban desde la cima de la montaña hasta la base. El Maestro explorador dirigía la excursión y avisó que esa misma tarde empezarían la investigación.

Al mediodía llegaron a un rellano rodeado de enormes abetos que daban una agradable sombra. Prepararon el almuerzo y, después de haber comido, los maestros dieron las instrucciones para investigar la causa de la enfermedad de sus plantas.

Los padres montarían las tiendas de campaña donde dormirían todos esa noche, y los niños serían los encargados de recorrer los alrededores en busca de pistas.

A los ocho niños que iban en la excursión, el Maestro explorador los dividió por parejas: un mayor iría con un niño pequeño, y formó cuatro grupos, de los que cada uno exploraría la senda de un punto cardinal.

A Lotay le tocó el camino del norte e iba con Lalo, el hermano pequeño de Karam. El Maestro explorador entregó a cada pareja un cuaderno para que tomaran notas de lo que encontraran e insistió que leyesen muy bien los consejos de la primera página para orientarse durante la exploración.

Lotay era el encargado de tomar notas y leer las instrucciones del maestro.

Como Lalo acababa de cumplir cuatro años, aún no había aprendido a leer y escribir, por lo que Lotay era el encargado de tomar notas y leer las instrucciones.

Al iniciar la senda, Lalo le  pidió a Lotay que leyera lo que había escrito el maestro. El mayor, con un gesto de aburrimiento, abrió la libreta.

En la primera página solo había cinco renglones numerados con las instrucciones que debían seguir:

«1. Vigilar siempre lo que se pisa para evitar accidentes».

Lotay sonrió y movió la cabeza por el consejo tan simple del maestro.

«2. No salirse nunca del camino para no perderse».

Lotay cerró de golpe la libreta.

—Venga, vámonos ya —ordenó.

—¿No vas a terminar de leer? —preguntó Lalo.

—No hace falta —contestó Lotay con superioridad—. Eso lo sabe cualquiera y yo ya he hecho este viaje antes.

El pequeño no replicó y decidió seguir a Lotay que continuó la exploración buscando un camino que llevara a la ciudad. Pero no había forma de bajar la montaña por ahí. La senda por la que iban los niños se adentraba en el bosque, y cuando ya llevaban un par de horas andando, Lotay decidió volver al campamento.

—Pero no hemos tomado notas de las plantas y árboles como dijo el Maestro —protestó Lalo.

—No hay nada raro por aquí —contestó Lotay con prisas—. Vamos rápido que se está haciendo de noche.

No había terminado la frase cuando, a unos metros delante de ellos y escondido tras las ramas de dos árboles, descubrieron la sombra de un gigante que estaba de espaldas.

Los dos niños se escondieron detrás de un arbusto con el corazón a punto de explotar por el susto.

Los niños descubrieron la sombra de un gigante.

Lalo se agarraba a la camisa de Lotay para no separarse de él, pero cuando se dieron la vuelta, se encontraron con otro gigante que miraba hacia su derecha.

Los niños se quedaron paralizados mirando a uno y otro monstruo. Era como si los estuvieran buscando.

—¡Allí hay otro! —dijo Lalo en voz baja tirando de la camisa de Lotay con fuerza.

Era verdad. Al lado de un árbol enorme, otro monstruo estaba de frente a ellos, pero, al parecer, no los había visto porque no se movió.

—Estamos atrapados —dijo Lotay a punto de echarse a llorar.

—Tenías que haber leído lo que había escrito el Maestro —gimió el pequeño.

—Ahora ya no sirve de nada.

Los niños no podían hacer otra cosa más que esperar allí a que los rescataran.

Cuando ya era de noche, el grupo llegó a donde estaban ellos escondidos. Hubo un gran alboroto porque al fin, los habían encontrado, pero los monstruos seguían allí.

El grupo encontró a los niños cuando ya era de noche.

Lotay avisó de la presencia de los gigantes y todos miraron con curiosidad. Entonces, el Maestro explorador preguntó:

—¿Habéis leído mis instrucciones?

—Yo no sé leer aún —se apresuró a decir Lalo.

El Maestro miró al mayor.

—Bueno… —contestó Lotay un poco avergonzado—, no me hacía falta, ya sabía como ir a la ciudad.

El Maestro explorador le pidió que leyera en voz alta lo que había escrito en el cuaderno.

— Uno —empezó a leer el muchacho—. Vigilar siempre lo que se pisa para evitar accidentes.

Dos. No salirse nunca del camino para no perderse.

Tres. No separarse en ningún momento.

Cuatro. Tomar nota de todas las plantas desconocidas.

Cinco. Dirigirse a las figuras de gigantes construidas. Ellas indican los caminos para volver a los campamento.

—¿Y bien? —preguntó el Maestro fingiendo estar enfadado.

—Lo siento —contestó Lotay en tono muy bajo—. Ya sé que si hubiera leído todo, esto no habría pasado.

(Continuará)

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años

El misterio de la morera enferma (Los viajes de Lotay)

—Qué bonito es el amanecer.

Esto lo acababa de decir Karam, un niño de ocho años mientras miraba al horizonte desde la cima de la montaña donde vivía.

Sus amigos, que estaban sentados en la nieve se miraron extrañados porque, en realidad, ya hacía más de cuatro horas que se había hecho de día, pero no dijeron nada porque conocían a Karam y sabían que a este le gustaba levantarse muy tarde, cuando ellos ya casi estaban terminando de jugar a aprender.

En el país de Karam, el más alto del mundo, los niños no iban a clase ni estudiaban, ellos aprendían solos mientras jugaban a lo que más les gustaba. Si tenían alguna duda sobre un tema, hablaban con un adulto experto, pero como los niños estaban jugando todo el día, aprendían muchísimo y llegaban a ser muy buenos en el oficio que elegían.

Ese día estaban en el campo de las moreras, unos árboles que daban moras de todos los colores. Los niños recogían estos frutos y se encargaban de hacer mermeladas, pero los árboles también servían para criar gusanos de seda, que se alimentaban de sus hojas, y como eran grandes, los chicos y chicas se subían a ellos para jugar al escondite.

Se habían reunido en aquel lugar porque los gusanos ya habían formado sus capullos de seda y estaban a punto de salir transformados en mariposas. Karam había llegado cuando el sol ya estaba arriba porque le gustaba dormir, aunque para él acabase de amanecer, pero no quería perderse ver cómo salía la primera mariposa de seda.

Se subió a una de las moreras y se tumbó en la rama más grande abrazándose a ella para estar más cómodo mientras esperaba la eclosión del capullo de seda.

—Vamos, Karam. ¿ Vas a seguir durmiendo en el árbol? —dijo Lotay para meterse con él.

–Ten cuidado no te vayas a resbalar mientras haces la siesta —continuó Santa entre las risas de todos que sabían la afición de Karam a dormir.

—Si vamos a esperar a que salga la primera mariposa de seda, ¿qué más da si me pongo cómodo? Seguro que todavía nos quedan unas cuantas horas; os aconsejo que hagáis lo mismo que yo —contestó tranquilo mientras se movía buscando una postura que le gustara.

No le dio tiempo a mucho más, la rama crujió haciendo un horrible ruido y cayó de repente al suelo con Karam agarrado a ella.

Los chicos corrieron a ver cómo estaba su amigo. Reina, a la que le gustaba la medicina, era la que más sabía sobre heridas y huesos rotos, así que dejaron que fuera ella la que diera su diagnóstico.

—No parece que te hayas roto nada, pero te va a salir un buen chichón en la frente, Karam —rio aliviada—. Vamos a la casa del médico para que te vea.

—¿Y qué le digo que ha pasado? —preguntó Karam un poco asustado.

—¿Qué le vas a decir? —respondió Lotay—, que con tu peso has roto la rama más grande de la morera, ja,ja,ja,ja.

–No es verdad —protestó Karam—. Cuando me caí, noté como si la rama estuviera hueca.

—Eso no es posible —dijo Santi, que era quien más sabía de plantas—. Esa rama es muy gruesa para romperse tan fácilmente.

Santi se dirigió a donde estaba tirada la rama del árbol para demostrar que su corteza era dura y fuerte, pero al acercarse, hizo una exclamación y se puso en cuclillas junto al trozo de madera.

Sus amigos, extrañados por la reacción del chico, preguntaron que ocurría y este dijo que había que hablar con el agricultor que se encargaba de criar los árboles frutales. Al parecer, la morera estaba enferma.

No tardó en llegar el hombre encargado de aquella plantación a donde iban los niños de la localidad para aprender sobre plantas y árboles, y se mostró triste cuando vio lo que le había pasado a una de las moreras más grandes.

—Tienes razón en lo que me has dicho, Santi —dijo el adulto—. Este árbol está enfermo, pero es muy raro porque ni tiene muchos años ni tampoco veo ninguna plaga que le pueda hacer daño.

El agricultor miró alrededor del árbol y se fijó en el suelo.

—¡La hierba también está enferma! —exclamó el hombre—, ¿cómo no me he dado cuenta?

Los niños lo seguían y observaban también todo lo que estaba a sus pies. La hierba estaba seca, formando un camino amarillento que venía de las afueras del pueblo. Además, otros árboles estaban empezando a enfermar y algunas flores y arbustos también se estaban secando.

—Parece algo que viene de fuera —pensó en voz alta el agricultor—. De las ciudades que hay a los pies de nuestra montaña.

Lotay recordó que hacía unos días había tenido un sueño muy extraño en el que visitó el mundo que existía abajo de donde vivían. También pensó que el sueño era muy real y que era posible de que algo de lo que soñó fuese posible.

—Hace poco soñé que el mundo que hay ahí abajo es muy extraño, casi no había plantas, la gente iba en trastos que echaban humos y las casas eran muy altas.

—No es un sueño —respondió el hombre—, todos los adultos hemos ido a los pueblos que hay a los pies de la montaña. Los conocemos y eso que cuentas es verdad.

Lotay se quedó impresionado por lo que estaba oyendo y empezó a creer que tal vez su viaje había sido real y no un extraño sueño.

—Es posible que este misterio que está acabando con nuestros árboles provenga de allí, Lotay —siguió diciendo el agricultor.

—Entonces, habrá que bajar la montaña para descubrir qué pasa —contestó rápido el niño con ganas de hacer una excursión.

—Sí —dijo el agricultor—, pero tendremos que ir varios. Así que habrá que preparar el viaje.

—¡Y nosotros también! —exclamó Karam.

—Bueno… —dudó el hombre—, os vendría bien como aprendizaje. Habladlo con vuestros padres. En un par de días, salimos de excursión.

—¡¡Bien!! —festejaron los niños. Y corrieron a sus casas para contárselo a sus familias.

(Continuará)

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años

Lotay descubre el mundo

En la parte más alta de la Tierra hay un lugar hermoso donde casi se toca el cielo. El sol ilumina los campos nevados y calienta a sus habitantes, por eso, allí, aunque esté cubierto de nieve, nunca hace frío.

Los niños no van a la escuela porque aprenden jugando entre ellos, y los mayores trabajan en lo que les gusta y el tiempo que ellos quieran; así todos están felices.

Pero hubo un niño, llamado Lotay, que tenía una curiosidad que superaba a la de los demás. Aprendía mucho y con facilidad: le gustaba cuidar a los animales, le apasionaban las flores y las montañas, y preguntaba a los médicos y científicos sobre las hierbas y productos que podían curar a los enfermos.

Sin embargo, eso no era suficiente para Lotay, sabía que si bajaba de la montaña en la que vivía, encontraría un lugar desconocido y diferente, con edificios, animales y gentes que no había visto jamás, y deseó con todas sus ganas descubrir esos mundos lejanos y extraños.

Habló con sus padres y se pusieron algo tristes, pero como en el país en el que vivían, no existían las prohibiciones, apoyaron a Lotay para que este cumpliera su sueño.

Su hijo, les prometió que regresaría tan pronto como conociera todo ese mundo que se encontraba a los pies de su montaña y, como él sospechaba que sería muy pequeño, seguramente estaría de vuelta al día siguiente.

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Se levantó muy temprano cuando aún era de noche, se puso su mochila con la comida que había preparado el día anterior y se puso en marcha. El sol aún no había salido, pero la luna llena iluminaba el camino y, en menos de una hora, llegó a la base de la montaña donde vivía.

Una vez abajo, notó un escalofrío. Estaba amaneciendo y todo estaba igual de nevado que en su pueblo, pero una sensación desagradable atravesaba su piel y pensó que debía de ser lo que llamaban frío. Se extrañó porque en su montaña nunca había sentido algo así ni tampoco el calor, pero había sido salir del lugar donde nació y descubrir lo que eran aquellas sensaciones.

Buscó matojos por el camino y se los fue colocando por debajo de la camisa para entrar en calor, pero eso fue todavía peor porque la hierba estaba húmeda y eso hizo que le entrase aún más frío. Siguió caminando hasta llegar a una población con edificios altos, carreteras y vio a mucha gente que salía de coches que estaban apretujados unos junto a otros, parados a los dos lados de la calle, otros enmedio y, algunos, incluso encima de las aceras. De esos vehículos, salían niños con sus padres, y llevaban unas mochilas que pesaban tanto, que llevaban ruedas y los chicos que las llevaban a su espalda daban la impresión de que casi no podían con ellas.

Entraban en un edificio que ponía en sus puertas la palabra colegio, y llevaban cara de tener sueño; a algunos se les notaba que no les gustaba ese sitio, también había niños que entraban contentos y bromeando con amigos que encontraban en la entrada, pero otros, los más pequeños, iban llorando y gritando mientras sus padres o madres intentaban, con cara de disgusto, hacerlos entrar.

Después, los padres se montaban en sus coches y se iban a toda velocidad a sus trabajos, dando frenazos, arrancones, bocinazos, mucho más enfadados que antes.

Cuando pasó todo y el lugar se quedó vacío, Lotay siguió la calle cuesta abajo hasta encontrarse con lo que él pensó que era un lago gigante, inmenso; era bellísimo, los rayos de sol se reflejaban en las ondulaciones del agua dando la impresión de que había miles de estrellitas flotando en aquella inmensidad.

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Lotay estaba entusiasmado por lo que veía y rápidamente se quitó la ropa y se metió en el agua. Al entrar casi se le para la respiración porque porque volvió a sentir esa sensación de frío intenso que parecía que le cortaba la piel. Se extrañó mucho porque en los lagos de su montaña, la temperatura siempre era agradable y podían nadar en cualquier época del año, además, este agua estaba salada y no podía beber de ella. Lotay se preguntó si el agua de aquel mundo era salada, ¿qué beberían los que vivían allí?

Pero, de pronto, oyó que alguien estaba llamándolo desde la orilla; en realidad, le estaban gritando y de muy malos modos. Miró para ver quién era y se trataba de dos hombres vestidos igual, con un traje azul y una chapa que ponía policía. Lotay salió a la orilla y uno de los hombres lo tapó corriendo con una chaqueta recriminándole que estuviera desnudo. El no entendía nada porque en la montaña se bañaban sin ropa, si no, ¿de qué otra forma lo iban a hacer?

Los hombres de azul le preguntaron quiénes eran sus padres y por qué no estaba en el colegio. Él les contó la verdad, pero no le creyeron y dijeron que lo iban a llevar a un lugar llamado comisaría y que, desde allí, buscarían a sus padres. Cuando Lotay vio que lo llevaban a un coche, él salió huyendo de aquellos hombres y no paró hasta que se aseguró de que lo habían perdido.

Aquello lo asustó mucho y pensó que sería mejor volver a su casa. Ya había visto bastante y, tal vez, volvería cuando fuese un poco mayor, así que retomó el camino por el que llegó a la ciudad.

Cuando pasó por el colegio, se encontró otra vez con el montón de coches desordenados, pitando y con los ocupantes llamando a los niños para que se dieran prisa en subirse porque era hora de comer.

Lotay subió la montaña, pero estaba tan empinada que cada vez iba más lento y lo sorprendió la noche. Estaba muy cansado y, sin darse cuenta, se durmió hecho un ovillo a los pies de un enorme árbol.

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Se despertó cuando un rayo de sol le acarició la cara, y se encontró que estaba en su habitación, en su cama, como todos los días y se dio cuenta de que todo aquello había sido un sueño, muy real, pero solo un sueño.

Fue a desayunar y su madre le preguntó si había dormido bien.

—He tenido un sueño muy extraño, mamá.

—¿Y eso por qué? —preguntó sonriendo, pero sin levantar la vista del desayuno que estaba preparando.

—Soñé que visitaba un lugar fuera de esta montaña —contestó Lotay.

—¿Y te gustó? —indagó la madre.

—Pues no sé —dijo Lotay dudando—. Era un lugar donde hacía mucho frío, mi ropa no era suficiente para calentarme, y había un edificio a donde iban los niños a aprender, pero algunos estaban disgustados y los padres, muy nerviosos. Después —continuó—, había un lago inmenso y precioso, pero el agua estaba helada y no sabía para qué lo querían; allí no te podías bañar sin ropa porque, si no, unos hombres vestidos de azul y muy enfadados te llevaban al colegio por obligación.

—Ja, ja, ja —rio la madre—. Qué ocurrencias. ¿Entonces, ya no quieres bajar la montaña?

—Hum, no, mamá —contestó Lotay sonriendo—, mejor voy a esperar a ser un poco más mayor.

—Como tú quieras, Lotay —dijo su madre satisfecha—. Pues ¡anda!, sal a jugar y disfruta del día tan bueno que está haciendo hoy.

—¡Sí, mamá! —Lotay salió corriendo de la casa a buscar a sus amigos.

En cuanto Lotay había salido, su padre entró en el salón donde la madre y el niño habían estado desayunando.

—¿Qué tal está Lotay? —preguntó el padre.

—Perfectamente —contestó la madre—. Piensa que todo fue un sueño, no notó nada cuando te lo llevaste en brazos desde el árbol donde se durmió, y ni siquiera, se dio cuenta de que nosotros estuvimos detrás todo el tiempo mientras vivía su gran aventura.

—Mucho mejor —dijo el padre mientras se sentaba a la mesa—. Volverá más veces a medida que se haga mayor e irá aprendiendo muchas más cosas, pero ya estará preparado para ir solo.

—Sí —dijo la madre melancólica—, ya le llegará el momento de conocer el mundo.

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años

Una chica guay como la que más

Faltaba una semana para la fiesta de fin de curso en el cole de Lupe y los compañeros de clase estaban de los nervios; como era el último año antes de pasar al instituto, dos de ellos serían los elegidos para rey y reina de la noche.

Pero a Lupe le sentaba fatal este tipo de cosas; siempre pensó que la reina de la fiesta era la chica más simpática y guapa, y el rey, el típico guapetón que gustaba a todas.

Por eso no le gustaban las fiestas. Desde pequeña decía que ella no era ni guapa ni popular, y tampoco le quedaban bien los vestidos de princesa.

Sin embargo, Lana era la más guapa de la clase; la conocía desde los tres años y siempre destacó por todo: su cara risueña, su simpatía, su ropa, su pelo liso y brillante… Era perfecta menos en los estudios, pero eso no le importaba a nadie porque todos querían ser como ella y, hasta los profes estaban encantados con Lana.

Lupe, en cambio, pasaba desapercibida. Ella siempre había sido estudiosa y era la que mejores notas sacaba, pero no conseguía tener amigos. Parecía invisible y Lana ni le hablaba ni le dirigía la mirada, a pesar de que se conocían desde pequeñas.

Estaba segura de que Lana sería la reina de la fiesta.

Mientras las otras chicas de la clase hablaban de vestidos y peinados, a Lupe le preocupaban otras cosas: su pelo era áspero, al igual que su piel y estaba a disgusto con su cuerpo. Este había empezado a mostrar signos de una transformación terrible: los pelillos que tenía en las piernas se habían multiplicado y se estaban poniendo duros y su cara se iba llenando de granitos.

Unos días antes de la fiesta, cogió a escondidas la máquina de afeitar de su padre y se la pasó por las piernas, pero al día siguiente, los pelos volvieron a despuntar y por la tarde tuvo que afeitarlos otra vez. Sin embargo, el día señalado tuvo que repetir la operación y, además, la fiesta fue un desastre. Nadie se dirigió a ella, no bailó ni disfrutó de los juegos y concursos, y, por supuesto, Lana salió elegida reina de la fiesta.

Lupe volvió a su casa antes que los demás y nadie se despidió de ella.

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Al día siguiente, no había cole y Lupe descubrió con estupor que esos odiosos pelos habían salido de nuevo y aún más duros. Además, su cabello estaba áspero y tieso, y en la cara tenía unos granos que parecían a punto de explotar.

Lupe no aguantó más y se puso a llorar sin consuelo.

Su madre, preocupada, creyó que su hija se alegraría si supiera lo que tenían preparado para ella y le contó que su padre y ella llevaban meses organizando una fiesta. Habría un montón de invitados e iba a conocer a mucha gente interesante; además, le esperaba una gran sorpresa.

Lupe se enfadó aún más porque no soportaba las fiestas; no quería salir de casa, menos esos días en los que se sentía tan fea, y le contó a su madre lo de los pelos en las piernas que no paraban de crecer, los granos de la cara y lo rara que se sentía esos días.

La madre suspiró y mostró una gran sonrisa que tanto gustaba a Lupe en los momentos en que ella estaba triste.

—Cariño, eres mucho más que una niña —comenzó su madre—, desciendes de una gran estirpe, de una raza ancestral, muy superior a la de una persona normal…

—Pero, ¡¿qué me estás contando, mamá?!

—Ay, hija, perdona, me he venido arriba.

La madre de Lupe pensó un momento lo que iba a contar.

—Quiero decir que tú no eres como las demás niñas.

—Sí, ya me di cuenta —interrumpió Lupe, sarcástica.

—Lupe, tu padre y yo, y tus abuelos, y tus bisabuelos, guardamos un secreto extraordinario: somos licántropos.

—¿Y eso qué es, mamá?

—Somos hombres y mujeres–lobo.

Esta vez, Lupe se quedó con la boca abierta, estupefacta.

—Por eso, lo de los vellos en las piernas, tu piel áspera y esa sensación de no poder dominar tu cuerpo; estás creciendo y es luna llena, ya estás experimentando las primeras señales, y por eso, te hemos preparado una fiesta de iniciación.

—Lo dices como si fuera muy bonito, pero no lo es. Ahora, soy más rara aún.

—Eres distinta como todos lo son a su manera y, cuando lo aceptes, podrás sacar lo mejor de ti. Vamos esta noche a la fiesta, te sorprenderás de lo que encontrarás allí.

Lupe fue de mala gana a la fiesta que sus padres le habían organizado y allí se encontró con una gran reunión de hombres y mujeres–lobo que la esperaban para celebrar su ingreso en tan selecta comunidad. Pero lo que Lupe jamás imaginó es que se iba a encontrar con Lana, la reina de todas las fiestas, y… ¡qué pelos llevaba! No tenía nada que ver con la chica delicada y elegante del día anterior, pero mantenía intacta su sonrisa. Su hermano, que tanto le gustaba a Lupe, también estaba con unas patillas que le llegaban al mentón y ambos fueron a saludarla.

—¿Puedo darte un abrazo? —preguntó Lana.

—Cla…claro —acertó a contestar Lupe extrañada.

—¡Qué bien que también seas licántropa! Ya no me sentiré rara nunca más —dijo Lana.

—¿Es que te alegras? —preguntó Lupe— Creía que no querías saber nada de mí.

—¡Qué va! —contestó Lana— Es que no sabía si tú querías ser mi amiga; te veía tan seria y tan segura de ti misma que yo pensaba que, a lo mejor, me rechazabas. En cambio, yo solo buscaba ser como los demás querían para que me aceptasen.

—No tenía ni idea…

—¡Atención, todos! —interrumpió el padre de Lupe, que estaba en el escenario con un micrófono—. Quiero presentaros a un nuevo miembro del grupo: mi maravillosa hija Lupe. ¡Un aullido de bienvenida para ella!

Todos los licántropos reunidos se volvieron hacia Lupe y alzaron sus copas.

—¡Viva la reina de la manada de esta noche! ¡Auuuuuhhhh!

Imagen de kennethburridge en Pixabay.

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años

Hay alguien en la habitación de arriba.

La Navidad pasada mi padre nos llevó a conocer a su tía abuela, o sea, mi tía bisabuela, una señora muy mayor a la que yo no conocía y quien, según nos dijo él, era una mujer extraordinaria que había dado la vuelta al mundo varias veces.

Ahora, ella vivía en una casa enorme, muy vieja, que daba pavor, en la que nos recibió una mujer que cuidaba de la casa y de mi tía bisabuela. Dijo que la dueña dormía la siesta en ese momento y aprovechó para enseñarnos nuestras habitaciones. La de mis padres estaba en una punta del pasillo y la nuestra, en la otra, una distancia que me pareció exagerada para un sitio en el que solo vivían dos señoras mayores.

Me dio la impresión de que mi hermano pequeño y yo no le gustábamos, la mujer pidió a mis padres que los niños no estuviéramos correteando para no molestar a la señora y que no trasteáramos por ninguna parte. De manera que mi padre nos mandó a jugar al jardín, pero como fuera hacía un frío que pelaba, le dije a mi hermano que fuésemos a cotillear por la casa para ver qué encontrábamos.

Él me respondió que no quería meterse en problemas, pero yo no quería perder la oportunidad de conocer una mansión y decidí recorrerla entera yo solo.

Pensé que sería mejor comenzar la «Misión revelación», como la llamé, cuando estuvieran todos durmiendo. Por supuesto, yo iría muerto de miedo, pero con la linterna de mi móvil, podía ver hasta el último rincón de la casa.

Así que esa noche me dispuse a investigar la planta donde estaban mi dormitorio y el de mis padres. Era muy tarde y no había mucho que ver aparte de las fotografías de las paredes. Pero, entonces, empezó la pesadilla.

Unos golpes como martillazos se sucedieron uno tras otro y recorrieron el techo del pasillo hasta el final.

Allí hubo un estruendo como si se hubiera derrumbado algo. Quedé paralizado en mitad del corredor con el móvil en la mano y mirando al techo. Era en la planta superior y el misterio estaba allí, pero no podía moverme.

Había alguien en una habitación de arriba. Después de un rato grande, recorrió, de nuevo, todo el pasillo con ese espantoso ruido: «toc-toc-toc» y, al final, el estruendo.

Decidí que había investigado demasiado por aquella noche y dejé la misión para la siguiente. Cuando me levanté, conocí a la “bisa”. No me gustó, vestía ropas antiguas y llevaba un sombrero como las mujeres de las pelis en blanco y negro. Además, me pareció muy estirada.

Mamá me dijo que no estaba acostumbrada a los niños, pero que era una mujer interesante y mi padre se pasaba todo el tiempo embobado con ella escuchando las historias que su tía abuela había ido acumulando durante sus viajes.

Quise contarle a mi madre que no me gustaba la «bisa» y que en esa casa pasaba algo raro, pero no pude; la señora no soltó a mis padres en todo el día y llegó la noche sin poder hablarles.

Tenía que descubrir el misterio y salí de mi habitación a la misma hora de la noche anterior, los golpes recorrieron otra vez el techo del pasillo y al terminar, de nuevo, el estruendo.

Subí despacio y vi que salía luz por la rendija de una puerta. Alguien hacía ruidos dentro y, tras una hora, arrastró una silla y volvieron los golpes sobre la madera del suelo. Allí no había sitio donde esconderse; bajé y esperé a que quien fuera volviese a su cuarto. Cuando llegó, subí y encontré la habitación abierta, así que entré sin pensarlo.

Encendí la linterna y grité de espanto. Había tres esqueletos y dos mesas viejas con aparatos de tortura: pinzas, cuchillos, alicates, sierras. En las vitrinas, tarros con dientes, ojos y hasta una mano. Era la habitación del horror.

Alguien, seguramente con una pata de palo, vivía allí y, lo peor, era un psicópata asesino.

Bajé gritando y mis padres salieron asustados de su habitación. Mi madre se acercó a calmarme, pero no dio tiempo. Otra vez, los golpes recorrían el techo y todos miramos arriba aterrados.

—¡Ah! Ja, ja. Esa es mi tía con su andador —rió mi padre. Subió y dijo—: Agárrate a mi brazo. Yo te ayudo —Se produjo el estruendo otra vez—. ¡Pero, tita! ¡No tires el andador así! Luego dices que no te sirve.

Asomaron por las escaleras. La «bisa» estaba disgustada.

—No quiere que la veamos con el andador. Es muy coqueta —Mi padre sonrió a su tía abuela.

—¡Papá, tiene una habitación con esqueletos! —me chivé— ¡Y manos, ojos, corazones…!

Mi madre miró espantada a mi padre.

—Pero ¿qué dices, criatura? —se enfadó la «bisa».

—Ese cuarto es su laboratorio —explicó mi padre—. Es antropóloga y muy buena. Famosa en todo el mundo.

La «bisa» me clavó su mirada y me puse colorado como un tomate.

—¿Era eso lo que me querías contar? —preguntó mi madre.

—Sí, lo siento —murmuré.

—No te disculpes —dijo la «bisa»—. Es culpa de todos por no habernos sentado a charlar. Bajemos —ordenó— y os contaré mis aventuras.

—¡Oh, Dios! —exclamó mi madre.

Mi padre la acompañaba escaleras abajo y nos miró desolado.

—¡Oh, Dios! —repitió mi madre—. Ahora se pasará días contándonos historias de terror.

—Vaya —dije—. Ahora no sé qué será peor.

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años

El duende–puente.

Lorenzo no quería ir al colegio al día siguiente; su madre estaba enferma y tenían que llevarla al hospital, pero su padre había dicho que no podía faltar a clase.

Se acostó refunfuñando que si los libros no existieran, él no tendría que ir a la escuela, y se durmió deseando que desaparecieran todos los libros del mundo.

Cuando despertó, encontró a sus padres aún en casa y a un extraño hombre que murmuraba canciones junto a la madre enferma.

—Ha venido el curandero —dijo el padre.

Lorenzo se sorprendió:

—¿Por qué no está el médico?

—Él es el sanador, posee los conocimientos de los espíritus para curar.

Lorenzo vio que todo había cambiado; no había teléfono ni televisor ¡ni luz!, y en la puerta, un hombrecito hacía gestos para que se acercara.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Soy Luminare el duende-puente entre mundos. Ahora estás en el de la oscuridad y la ignorancia: no hay libros, aquí reinan la tradición y las supersticiones.

—¡Pero mi madre necesita un médico!

—Para eso, tendrían que existir los libros, pero tú deseaste que desaparecieran, aunque puedo ayudarte.

  Lorenzo salió con el hombrecito y se adentraron en el bosque que rodeaba la ciudad. El niño estaba aterrado; había sombras que sobrevolaban impidiéndole avanzar. El duende dijo que no les hiciera caso, aunque los fantasmas oscuros se le cruzaran para apartarlo del camino.

 Corría tras Luminare atravesando zarzas y matojos, tropezando con piedras, pisando charcos de barro mientras las sombras los perseguían de cerca. El duende lo animaba; era muy importante atravesar el muro de la sapiencia para encontrar la clave que salvaría a su madre.

No fue difícil; el duende avisó que solo tenía que desear aprender y el muro se encogería para saltarlo.

Detrás, había una ciudad con luz y color. Luminare indicó que buscase la casa más antigua y se quedó esperando en el bosque. Lorenzo encontró el edificio enseguida; en la puerta había un cartel donde se leía “IMPRENTA”. Dentro, un hombre con un delantal manchado de tinta y gafas sonrió.

—Alguien ha pedido que desaparecieran los libros y, ahora, tu ciudad está invadida por las sombras.

—¿Cómo lo sabe?

—Ya han venido más niños que desearon lo mismo para no tener que estudiar —dijo el hombre, e hizo un gesto para que entrase en la trastienda donde había un libro antiguo y pesado.

—Es el primer libro que imprimió Gutemberg, el inventor de la imprenta. Es un tesoro —dijo el hombre muy serio—, no lo pierdas: con él, vuestra ciudad recuperará los conocimientos; después, regresarás para devolvérmelo.

Lorenzo se lo prometió y retornó al muro, trepó y vio a Luminare que seguía detrás.

—Vamos. Se acaba el tiempo —dijo el duende.

El niño saltó con su tesoro y corrió a casa para salvar a su madre. Las sombras esperaban agazapadas para quitarle el libro, pero, mientras Lorenzo atravesaba el bosque, los espinos se fundían y los colores y la luz se extendían exterminando los fantasmas que se acercaban.

Los vecinos también lo perseguían para arrancarle el libro y Luminare abría paso para ayudarlo. Al fin, llegó a casa y cerró de un portazo.

Allí, el brujo retenía a su madre enferma y ordenó al padre que destruyera el libro. Este se abalanzó hacia él, pero Luminare se interpuso chocando con el hombre que cayó rodando. En la puerta de su habitación, Lorenzo gritó al duende.

—¡Entra! ¡Corre!

—Ya no puedo seguir —Luminare estaba desapareciendo.

  Lorenzo quiso llevarlo a su cuarto, pero cuanto más se acercaba con el libro, más se difuminaba el duende.

—No puedes irte —dijo Lorenzo—. Me has ayudado. Dime qué hago.

—Salva a tu madre y tu mundo. Yo pertenezco a la fantasía y no podemos estar juntos, pero cuando escribas sobre mí podré volver contigo.

Lorenzo abrió el libro y un haz de luz invadió la casa. Luminare desapareció y todo volvió a ser como antes. Sus padres despertaron del hechizo y las luces iluminaron las casas y la ciudad como el amanecer de la primavera.

Los padres fueron al hospital y Lorenzo al colegio. Cuando regresó,  su madre ya estaba muy recuperada. La besó y corrió a la habitación: quería escribir un cuento donde un duende, Luminare, salvaba a los humanos de la oscuridad y la ignorancia.

Olga Lafuente.

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Publicado en A partir de 8 años

Una vida fascinante

Pitiusa era una joven excepcional; parecía haber nacido para ser diferente. Su vida no era normal y siempre destacó sobre los demás, pero tenía un terrible inconveniente: era una gran mentirosa.

Para empezar, su nombre no era habitual. En los documentos y en el colegio, se llamaba Aurora, nombre que eligió el abuelo para tal fin porque, cuando nació, Pitiusa era un bebé sonrosado y luminoso como la luz que acompaña a la salida del sol, pero, según contaba ella, para su familia, siempre fue Pitiusa como las islas del Mediterráneo.

Y es que, decía ella, su abuelo era un hombre extraordinario y el más raro de todos los miembros de la familia. Él falleció cuando Pitiusa solo tenía siete años y, según contaba, fue un explorador que ya había recorrido el mundo antes de cumplir veinte años.

Cuando Pitiusa empezó el colegio y hablaba sus primeras frases, ya se pasaba el día fantaseando sobre las aventuras de sus abuelos. Contaba que cuando ellos se casaron se fueron de viaje por todo el mundo porque tenían una misión especial que cumplir: sus abuelos custodiaban a un dragón bebé y tenían que encontrar a los otros de su misma especie que estaban repartidos en todos los continentes.

Los demás niños y niñas escuchaban extasiados las aventuras de los abuelos de Pitiusa y la profesora decía a los padres que la niña tenía una creatividad enorme y que estaría bien fomentar su pasión por la escritura para que plasmase todas las fantasías que se le ocurrían.

A los siete años narraba la misma historia a todo el que quisiera escucharla. Ahora, sus padres y ella eran los encargados de cuidar del dragón esmeralda para que cuando este cumpliera los cincuenta años se reuniera con su «novia», con la que tendría una familia. Los demás niños de su clase le preguntaban por qué tenía que ser tan mayor y Pitiusa les explicaba que los dragones vivían, por lo menos, quinientos años y que, con cincuenta, eran aún muy jovencitos. Los compañeros de clase pedían permiso a sus padres para ir a casa de Pitiusa a conocer el dragón de esmeralda, pero aquellos, conscientes de que no existía ningún animal fantástico, ponían a sus hijos excusas de todas clases para evitar que se llevaran una decepción.

Así que, con el paso del tiempo, Pitiusa se fue quedando cada vez más sola. Nadie iba a su casa ni tampoco la invitaban a las de sus compañeros, y los profesores se quejaban a los padres de la joven ante la propensión que esta sufría a mentir tanto. Sin embargo, poco podían hacer estos ante la fascinante vida que Pitiusa se había ido creando, y no hacían otra cosa más que resignarse.

En el último año de primaria, antes de las vacaciones, la clase dedicó un día a contar sus planes para el verano y, entre los viajes de unos, las escapadas al pueblo de los abuelos de otros o los campamentos deportivos a los que iban a asistir unos pocos, Pitiusa contó que, en unos días, sus padres y ella viajarían a lo más profundo de África, donde su dragón esmeralda se uniría a la dragona rubí. Eso fue la gota que colmó el vaso. Todos los alumnos se rieron de la ocurrencia de aquella joven fantasiosa y el profesor, harto de tantas historias estrambóticas, le ordenó que dejase de una vez a ese dragón imaginario; ya tenía doce años, el curso siguiente, empezaría secundaria y nadie se creía ya esas fantasías. Pitiusa, con los ojos vidriosos por las burlas de sus compañeros, se reafirmó en su historia y prosiguió contando que en el planeta había seis dragones repartidos, cada uno de una piedra preciosa; el suyo era europeo y la de rubí, la novia, era asiática. Ambos se reunirían en África cerca del Kilimanjaro para formar una pequeña familia con dos dragoncitos de piedras preciosas como había pasado durante miles de años.

El fin del curso fue un desastre para Pitiusa, el profesor estaba enfadado con ella y sus compañeros no se despidieron como hicieron con los demás. Llegó a su casa. Era muy grande, de techos altos y había objetos y adornos de todo el mundo. Atravesó la parte principal y se dirigió al jardín trasero, una inmensa explanada junto a un riachuelo y muchos árboles. Entre ellos, vio a su padre, que estaba limpiando, una a una, las piedras preciosas de color verde que formaban la coraza de su querido dragón. Este se mostraba nervioso por el viaje que iban a hacer en unos días y Pitiusa se volvió hacia su madre que llegaba por detrás.

—Me da pena que nadie haya querido venir a conocer a nuestro dragón.

—Lo sé, preciosa —se compadeció la madre—, pero tú has hecho lo que has podido todos estos años.

—Nunca sabrán que existen de verdad —siguió lamentándose Pitiusa.

—No puedes obligarles a creer en algo para lo que ellos no están preparados —le explicó la madre—. Todos nacemos con la curiosidad intacta, pero en la mayoría, desaparece muy pronto. Gracias a ese afán por descubrir cosas, tu abuelo se fue muy joven a las montañas de los Pirineos para ver qué había de cierto en lo que contaba aquel vagabundo que pasó por su pueblo, y gracias a él, hoy somos los custodios de un dragón. Pero tenemos que pagar el precio de sufrir la incomprensión de los demás.

—Pues ¿sabes lo que te digo, mamá?

—¿Qué, preciosa?

—¡Que les den!

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 7 años, Cuento

Los exploradores del tiempo. Capítulo 4. Un señor muy inglés

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—¿Que hemos ido a otra dimensión? —siguió Pablo— Y ¿Ahora qué somos? ¿Muñecos?

—¡Fi…f…f…fid…fideos enredados! —tartamudeaba Rafa.

Todos sabían que Rafa, cuando sentía la necesidad de soltar un taco, decía algo relacionado con lo que estaba pasando, pero en este caso, no tenían ni idea de qué relación había ahí con los fideos.

—Fideos enredados… –repitió el hombre que estaba sentado.

El caballero los miraba sin inmutarse, como si la aparición de una tienda india con cinco niños dentro fuese algo normal allí.

—Curioso —continuó— ¿Se trata de algún reniego? o ¿de un cándido subterfugio para confundir al espectador?

Los chicos se quedaron pasmados por la forma de hablar de Phileas Fogg. No se estaban enterando de nada.

—¿Eh? —Fue lo único que acertó a decir Rafa.

—Me refiero a esa expresión sobre fideos acompañada de tan abundantes gestos faciales.

—No lo puedo evitar —contestó Rafa—. Cuando me pongo nervioso, digo palabras malsonantes y mi padre me dijo que las cambiara por lo primero que se me viniera a la cabeza.

—Muy astuta estrategia —dijo el caballero—. Tengo un colega al que le ocurre lo mismo. Se lo comentaré. Por favor —siguió el inglés dirigiéndose a Rafa—, dígale a su padre que venga al club un día de estos. Me encantaría conocerlo.

—“No creo que al padre de Rafa le encantara tanto. Ja, ja, ja” —dijo por lo bajo Carla.

—Y bien —continuó Phileas—, ¿me explicarán ustedes cómo han aparecido aquí, de repente?

Como a Pablo no le hacía ninguna gracia estar en un lugar que no era real, hablando con un caballero que no existía, decidió contestar rápido para volver a su casa lo antes posible.

—Pues verá usted, señor Fogg. Esta tienda india es una máquina del tiempo y hemos viajado desde el futuro por equivocación. No tendríamos que estar aquí, sino en un sitio…más…ehm… No se moleste usted, pero tendríamos que estar en un sitio más real.

A Phileas Fogg se le abrieron los ojos como a una rana de ojos celestes y se puso pálido. Julián se llevó la mano a la frente como si así consiguiera hacerse invisible.

—¡JA, JA, JA! Pero, qué ocurrentes son estos muchachos.

El estruendo de la risa de Phileas hizo que acudiera su criado Passepartout. Los chicos, asustados, corrieron a la tienda para regresar, pero Paula siguió la conversación:

—Señor Phileas, no es nada extraño. Si usted pudo dar la vuelta al mundo en ochenta días, en el futuro se podrán hacer viajes más extraños.

—¿La vuelta al mundo en solo ochentas días? —dijo sorprendido el inglés—. Yo, apenas, he salido de Londres, señorita.

—Genial —refunfuñó Pablo—. Encima nos hemos equivocado de momento.

Carla metió a Paula en la tienda de un empujón, y para despedirse dijo:

—Bueno, pues ya volveremos cuando haya hecho usted el viaje ¿eh? —Y desaparecieron.

—¿Qué ha pasado? —preguntó el criado

—Vaya. Se han ido sin explicarme el truco. Passepartout —Phileas se volvió hacia su criado—, estos jovencitos me han dado una idea. ¿Cree usted que podríamos dar la vuelta al mundo en ochenta días?

Olga Lafuente.

Tienda de campaña india bajo cielo estrellado.
Foto de Chait Goli en Pexels