Publicado en A partir de 11 años, Cuento

El río está hecho un desastre (Los viajes de Lotay)

Continuación de https://revistacometasdepapel.com/2022/04/29/quien-se-ha-comido-las-setas-los-viajes-de-lotay/

La tarde que el grupo de Lotay descubrió que habían desaparecido las setas, Santa y su hermana pequeña, Indra, volvieron de dar un paseo con otra terrible noticia: el río que nacía en la cumbre de la montaña de su país y que se dirigía al mar, donde estaba la ciudad de las carreteras y altos edificios, iba lleno de forraje, restos de hierbas y ramas secas.

—No me gusta beber agua del río —dijo Indra con cara de disgusto.

—Está lleno de basura —explicó Santa.

—¿Cómo es posible? —se preguntó muy sorprendido el maestro agricultor— Yo planto muchas cosas en los alrededores del río porque su agua es cristalina, mis hortalizas crecen sanas y riquísimas gracias a él.

Fueron a ver lo que decían las niñas y comprobaron que, por la corriente del agua, bajaban plantas secas, frutas y verduras que se habían echado a perder, ramas, hierbas muertas… Eso iba a ser un problema muy grave porque el río era la única fuente de agua para ellos y, si seguía ensuciándose, todos caerían enfermos.

—¡Como la morera del pueblo! Por eso están enfermando nuestras plantas, porque el agua está contaminada —exclamaba muy enfadado el maestro jardinero—. Esto es culpa de los habitantes de la ciudad de abajo. Nos han traído la contaminación del humo de sus coches.

—En realidad… —replicó la madre de Lotay en un tono muy bajo—, no quiero llevar la contraria, pero la corriente del agua baja, no sube. Eso significa que la suciedad la estamos enviando nosotros a la ciudad.

El maestro jardinero, que echaba la culpa de todo lo malo a los habitantes de abajo, no podía creer lo que estaba oyendo.

por la corriente del agua, bajaban plantas secas, frutas y verduras que se habían echado a perder, ramas, hierbas muertas…

—Nosotros llevamos una vida saludable y respetuosa con la naturaleza. No hemos hecho nada para dañarla. Seguro que los de la ciudad nos han traído algo.

—Vamos a ver de dónde viene toda esta suciedad —propuso el maestro explorador muy decidido.

Todos siguieron al explorador subiendo la montaña por la ribera del río observando los restos que llevaba la corriente.

—Gran parte de este forraje es tuya, ¿verdad? —preguntó el explorador al maestro agricultor.

—Hum… Sí…, pero no entiendo… —respondió el maestro un poco avergonzado—. Llevo muchos años cuidando de mis huertos y nunca ha pasado esto.

—Subamos un poco más —dispuso el explorador.

Todo el grupo de niños y padres iba detrás en silencio, como si un secreto muy importante estuviera a punto de desvelarse hasta que llegaron a un pequeño lago hecho en el cauce del río.

El lugar estaba cubierto de basura que flotaba girando en el agua esperando a que la corriente la arrastrara río abajo.

—De aquí sale todo —dijo el maestro jardinero satisfecho—. Son los restos que dejaron los castores que estaban aquí.

—Y ahora, ¿dónde están los castores? —preguntó el explorador.

—Me los llevé de aquí hace un par de meses —respondió el jardinero.

—¿Qué te los llevaste? ¿A dónde? —preguntó el agricultor indignado— Esa familia de castores llevaba años aquí. Este era su hogar.

—No les ha pasado nada —se defendió el jardinero—. Solo los he trasladado cerca de la desembocadura.

—¡Eso ya está en la ciudad! ¿Qué van a hacer allí? —exclamó el agricultor.

—Pues por lo pronto, no harán ningún daño —contestó el jardinero—. Mira cómo lo tenían todo. Destrozaron mi jardín de cerezos y almendros para hacer una presa con los troncos.

—Pues por lo pronto, no harán ningún daño —contestó el jardinero—. Mira cómo lo tenían todo. Destrozaron mi jardín de cerezos y almendros para hacer una presa con los troncos.

—¿Tu jardín de cerezos y almendros? —se extrañó uno de los padres.

—Sí —Se dirigió el maestro a todos—. Estaba construyendo un jardín precioso con árboles de todos los colores junto al río y estos bichos los talaron con sus dientes para construir una presa.

—Pues claro que sí. Esa es su función —respondió el agricultor—. Gracias a las construcciones que hacen con los troncos, los desechos quedan retenidos, el río circula limpio y las tierras de alrededor son más fértiles. Ahora tendremos que ser nosotros los encargados de limpiar esto hasta que vuelvan los castores.

—¿Que vuelvan los castores…?

—Sí —atajó el explorador—. Te traerás de vuelta a la familia de castores, si es que no los han metido ya en un zoológico. ¡A ver si vamos poniendo un poco de orden en todo lo que tenemos aquí montado!

Ahora tendremos que ser nosotros los encargados de limpiar esto hasta que vuelvan los castores.

—Entonces… —se dispuso a preguntar Lotay levantando con timidez el brazo—, ¿Ya está resuelto todo? ¿Solo hay que traer a los castores para que se cure la morera?

—¡No! —respondió el maestro explorador mientras volvía enfadado al campamento—. Mañana bajaremos la montaña a ver qué otros destrozos hemos hecho.

Lotay miró a Santi con cara de preocupación y ambos cruzaron los dedos para que al día siguiente el maestro explorador no descubriera nada nuevo que lo pusiera de peor humor.

Continuará…

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 11 años, Cuento

¿Quién se ha comido las setas? (Los viajes de Lotay)

El segundo día de excursión, todos se levantaron tarde, así que decidieron ponerse en marcha después de comer al mediodía.

Los adultos se encargaron de preparar el almuerzo y mandaron a los niños ir a buscar setas para cocinar un estofado.

Estos fueron en parejas, con cestas que pensaban llenar hasta arriba, porque las setas eran un plato que les encantaba a todos. De manera que los cuatro grupos de chicos se repartieron la zona y quedaron en volver en un par de horas.

Pero cuando regresaron, todos se quedaron anonadados al ver que, entre los ocho niños, solo habían encontrado cuatro setas.

—¿Qué ha pasado? ¿Os cansasteis de buscar?—preguntó el maestro explorador.

—No —respondió Santa—. Es que no hay más.

—No me lo creo, Santa —habló el padre de la niña—. Tú eres muy buena buscadora de setas. Siempre traes tu capazo lleno.

—Te prometo que es verdad —replicó Santa—. No hay más setas, se han acabado. Dijo abriendo los brazos.

—Bueno, no pasa nada —la tranquilizó su padre—. Ya saldrán más.

—¡No! Estáis equivocados —interrumpió el maestro explorador— Sí que pasa, y lo que está pasando es muy grave.

—No te preocupes, maestro —dijo la madre de Lotay—. Buscaremos por otros sitios.

—¡¡No!! —El maestro explorador estaba fuera de sí—. No lo entendéis. ¿Coméis muchas setas?

Todos se miraron extrañados por la pregunta que les hacía el maestro.

—Eh… pues todos los días —contestó el padre de Santa— Es nuestra comida principal, el plato tradicional. A mí me gusta comer como se ha hecho siempre —dijo orgulloso.

—¡¡No quedan setas!! —repetía el explorador girando a su alrededor con las manos en la cabeza.

Nadie entendía nada. Las setas estaban muy buenas, pero tampoco era para ponerse así.

—Eso es señal de algo terrible —continuó—. Las setas nacen de los hongos; si no hay setas, significa que los hongos están desapareciendo.

—¿No son lo mismo? -preguntó sorprendido otro de los padres.

—No. Eh… sí… bueno sí, pero no…

—¡¡No quedan setas!! —repetía el explorador girando a su alrededor con las manos en la cabeza.

—A ver… —se dirigió la madre de Lotay del resto del grupo—. Tendríamos que haber traído con nosotros al maestro médico. ¿Alguno de nosotros podría volver al pueblo para buscarlo?

El explorador se dio cuenta de que los demás estaban pensando que se había vuelto loco y quiso explicarse.

—Perdonad. Me refiero a las raíces de estas setas, lo que va por debajo de la tierra. Esos pequeños hilillos son los que mantienen sano al bosque.

El maestro explorador vio que todos, padres, niños e incluso los otros maestros estaban atentos a sus palabras.

—Los hongos crean una maraña de minúsculas raíces que se extienden por todo el bosque, y es como si fuera un red telefónica o de fibra óptica con internet para comunicarse con todo lo que lo habita.

El padre de Lalo se había quedado paralizado ante la explicación del maestro, con la boca tan abierta que una pareja de gorriones podría haber construido ahí su nido. Pero la mayoría seguía pensando que había que ir a buscar a un médico con urgencia.

—¡¡Sí!! —Se animó a continuar el maestro explorador—. Bajo el suelo de todo el bosque hay un mundo mágico en el que todas las plantas, flores y árboles se comunican. Y todo, gracias a los hongos. Por eso no pueden desaparecer.

—Qué cosa más increíble —Esta vez habló el maestro agricultor—. ¿Quieres decir que las hortalizas y árboles que crío hablan entre ellos?

Bajo el suelo de todo el bosque hay un mundo mágico en el que todas las plantas, flores y árboles se comunican.

—Yo había oído algo —contestó el maestro jardinero—. Pero que gracias a los hongos, todo el terreno se regeneraba.

—Eso es —continuó el maestro explorador—. Los hongos eliminan lo que va muriendo, evitando que se acumule la basura y, por debajo de la tierra, hace que los árboles y plantas se comuniquen para avisar de cualquier cosa que les afecte, como las enfermedades.

—Entonces… —siguió el maestro agricultor pensativo— si al inicio del bosque empezó una enfermedad o una plaga, las plantas de allí no han podido avisar a las de aquí…

El padre de Santa estaba paralizado con las manos en la cabeza diciendo que todo era culpa suya por haber comido tantas setas durante toda su vida.

El resto del grupo también se sentía culpable porque no pasaba ni un solo día en que no comieran setas.

—No os preocupéis —tranquilizó el explorador—. Lo que hay que hacer es no abusar con un solo alimento y asegurarnos de que este no se vaya agotando. Si paramos un poco, las setas volverán a salir.

—Entonces —habló otra de las madres—, ¿ya hemos resuelto el misterio de la morera enferma?

—No —respondió el maestro explorador—. Sabemos por qué la enfermedad ha llegado hasta aquí, pero no su origen.

—¡Pues tendremos que seguir con el viaje!, ¿no? —preguntó Lotay sin poder evitar una sonrisa.

—Sí, Lotay. Tenemos que continuar con nuestro viaje.

(continuará).

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 10 años

A Lotay no le gusta leer (Los viajes de Lotay)

Cuando amaneció, Lotay ya llevaba tiempo despierto por los nervios que sentía con la excursión de ese día.

Su primer viaje a la ciudad lo hizo solo. Pero, ahora, iba con un grupo de chicos y chicas junto con los maestros y algunos padres y madres que colaborarían para descubrir el misterio de la extraña enfermedad que sufría la morera del pueblo.

—¿Cuánto tiempo vamos a estar de viaje? —Preguntó el chico a su madre.

—No lo sé, Lotay —dijo ella–, puede durar varios días o más de una semana.

—Pero cuando yo bajé a la ciudad, fui y volví en un solo día…

—Ya lo sé —cortó la madre—, pero esta vez vamos a averiguar qué está pasando con nuestras plantas, no a hacer una visita a nuestros vecinos.

A Lotay le entusiasmaba que, no solo iba de viaje con sus amigos, sino que también investigarían un misterioso suceso que jamás se había producido en su país: la desconocida enfermedad que estaba matando a sus plantas y que había empezado con la morera de la plaza.

El grupo inició el viaje por uno de los senderos más largos y difíciles que iban desde la cima de la montaña hasta la base. El Maestro explorador dirigía la excursión y avisó que esa misma tarde empezarían la investigación.

Al mediodía llegaron a un rellano rodeado de enormes abetos que daban una agradable sombra. Prepararon el almuerzo y, después de haber comido, los maestros dieron las instrucciones para investigar la causa de la enfermedad de sus plantas.

Los padres montarían las tiendas de campaña donde dormirían todos esa noche, y los niños serían los encargados de recorrer los alrededores en busca de pistas.

A los ocho niños que iban en la excursión, el Maestro explorador los dividió por parejas: un mayor iría con un niño pequeño, y formó cuatro grupos, de los que cada uno exploraría la senda de un punto cardinal.

A Lotay le tocó el camino del norte e iba con Lalo, el hermano pequeño de Karam. El Maestro explorador entregó a cada pareja un cuaderno para que tomaran notas de lo que encontraran e insistió que leyesen muy bien los consejos de la primera página para orientarse durante la exploración.

Lotay era el encargado de tomar notas y leer las instrucciones del maestro.

Como Lalo acababa de cumplir cuatro años, aún no había aprendido a leer y escribir, por lo que Lotay era el encargado de tomar notas y leer las instrucciones.

Al iniciar la senda, Lalo le  pidió a Lotay que leyera lo que había escrito el maestro. El mayor, con un gesto de aburrimiento, abrió la libreta.

En la primera página solo había cinco renglones numerados con las instrucciones que debían seguir:

«1. Vigilar siempre lo que se pisa para evitar accidentes».

Lotay sonrió y movió la cabeza por el consejo tan simple del maestro.

«2. No salirse nunca del camino para no perderse».

Lotay cerró de golpe la libreta.

—Venga, vámonos ya —ordenó.

—¿No vas a terminar de leer? —preguntó Lalo.

—No hace falta —contestó Lotay con superioridad—. Eso lo sabe cualquiera y yo ya he hecho este viaje antes.

El pequeño no replicó y decidió seguir a Lotay que continuó la exploración buscando un camino que llevara a la ciudad. Pero no había forma de bajar la montaña por ahí. La senda por la que iban los niños se adentraba en el bosque, y cuando ya llevaban un par de horas andando, Lotay decidió volver al campamento.

—Pero no hemos tomado notas de las plantas y árboles como dijo el Maestro —protestó Lalo.

—No hay nada raro por aquí —contestó Lotay con prisas—. Vamos rápido que se está haciendo de noche.

No había terminado la frase cuando, a unos metros delante de ellos y escondido tras las ramas de dos árboles, descubrieron la sombra de un gigante que estaba de espaldas.

Los dos niños se escondieron detrás de un arbusto con el corazón a punto de explotar por el susto.

Los niños descubrieron la sombra de un gigante.

Lalo se agarraba a la camisa de Lotay para no separarse de él, pero cuando se dieron la vuelta, se encontraron con otro gigante que miraba hacia su derecha.

Los niños se quedaron paralizados mirando a uno y otro monstruo. Era como si los estuvieran buscando.

—¡Allí hay otro! —dijo Lalo en voz baja tirando de la camisa de Lotay con fuerza.

Era verdad. Al lado de un árbol enorme, otro monstruo estaba de frente a ellos, pero, al parecer, no los había visto porque no se movió.

—Estamos atrapados —dijo Lotay a punto de echarse a llorar.

—Tenías que haber leído lo que había escrito el Maestro —gimió el pequeño.

—Ahora ya no sirve de nada.

Los niños no podían hacer otra cosa más que esperar allí a que los rescataran.

Cuando ya era de noche, el grupo llegó a donde estaban ellos escondidos. Hubo un gran alboroto porque al fin, los habían encontrado, pero los monstruos seguían allí.

El grupo encontró a los niños cuando ya era de noche.

Lotay avisó de la presencia de los gigantes y todos miraron con curiosidad. Entonces, el Maestro explorador preguntó:

—¿Habéis leído mis instrucciones?

—Yo no sé leer aún —se apresuró a decir Lalo.

El Maestro miró al mayor.

—Bueno… —contestó Lotay un poco avergonzado—, no me hacía falta, ya sabía como ir a la ciudad.

El Maestro explorador le pidió que leyera en voz alta lo que había escrito en el cuaderno.

— Uno —empezó a leer el muchacho—. Vigilar siempre lo que se pisa para evitar accidentes.

Dos. No salirse nunca del camino para no perderse.

Tres. No separarse en ningún momento.

Cuatro. Tomar nota de todas las plantas desconocidas.

Cinco. Dirigirse a las figuras de gigantes construidas. Ellas indican los caminos para volver a los campamento.

—¿Y bien? —preguntó el Maestro fingiendo estar enfadado.

—Lo siento —contestó Lotay en tono muy bajo—. Ya sé que si hubiera leído todo, esto no habría pasado.

(Continuará)

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 16 años

Río. Capítulo 5 . La profecía

―Una profecía ―repitió Río con desdén―.  No soy tan importante para que las brujas me incluyan entre sus profecías. ―Dio por concluida la conversación y se dispuso a retomar su carrera. No tenía tiempo que perder, escuchaba los latidos del reloj como tronaban en su cerebro.

            La mujer de cabellos azules y ojos de la misma tonalidad le franqueó el paso para que no siguiera adelante.

            ―No puedes ir. La profe…

            ―La profecía ―le cortó Río con aspereza. Buscó un hueco para pasar entre ambas, pero sus movimientos eran ágiles y rápidos y se anteponían a sus intenciones. Recordó que podían leer el pensamiento e intentó dejar la mente en blanco y que su cuerpo guiara sus acciones, pero tampoco funcionó. ―¡Dejadme pasar! ¡No tengo tiempo para juegos!

            ―No. ―Aquella negativa sonó desde dentro de la mujer de los cabellos azules con tal fuerza que simuló a un trueno. Varias bandadas de pájaros levantaron el vuelo desde distintas zonas del bosque y empezaron a danzar sobre sus cabezas de forma circular en un ritmo de velocidad ascendente.

            ―¿De qué vas? No puede impedirme ir, no eres mi madr…

            ―Sí, lo soy, sabes que lo soy.

            ―Los lazos de sal y sangre no significan nada para mí. Mi madre es Erin Mayer, la señora que ha velado por mí desde que nací. Me abandonaste, me dejaste a manos de un ser espeluznante para que me dejara en la puerta de un orfanato. Ni tan siquiera te molestaste en llevarme tú. No vengas, a estas alturas a hacer de madre. ¡Madre de quien! ¡Márchate, lárgate de aquí, esta es mi casa y voy a cuidar de ella!

            La mujer de los cabellos azules escuchó a Río midiendo su expresión corporal, sus gestos. Estaba convencida que aquella explosión de emociones era una mera estratagema para pillarla desprevenida. Así fue. No tardó en llegar el tercer intento de cruzar. Esta vez no se anduvo por las ramas y le lanzó una cuerda de agua alrededor del cuello que se solidificó en contacto con la piel de Río. La muchacha zarandeó para liberarse de las ataduras hasta que acabó sentada en el suelo.

Río aprovechó unos minutos para estudiar a sus contrincantes. Físicamente, se apreciaba que la mujer de cabellos azules y Río eran dos gotas de agua del mismo caudal con distinto años de origen. Río no tuvo ninguna duda. Aquella mujer o ser femenino era de su misma especie y era su madre.  A pesar de que nunca antes la había visto y ni siquiera sabía de qué especie eran. El otro ser parecía de la misma edad que Río, pero tuvo ciertas dudas de que así fuera. Había estudiado con Nini algunos seres no humanos que poseían una gran longevidad y podía tratarse de alguno de ellos. Ambas podían contar con más años de sal y agua de los que aparentaban. La segunda mujer era rubia, con cabellos color del oro, ojos verdes y parecía recién salida de un libro de cuentos de hadas. Imaginó que pasaba horas peinándose el cabello en la orilla del río, canturreando y con pajaritos revoloteando a su alrededor. Sonrío por la ocurrencia y se lo reprochó así misma. No había tiempo. Las otras dos mujeres también sonrieron. Habían escuchado con total nitidez sus pensamientos.

―No soy un hada, aunque sí que me encanta peinarme en la orilla del río, me relaja después de un día largo. ―La mujer de cabellos azules le dirigió una mirada severa―. No te enfades conmigo. Ha salido a ti. O le das la información que necesita o será difícil que le impidas que acuda a la tragedia que se está fraguando. Somos Náyades, somos ninfas de agua dulce, ligadas al río Naydés. Tú también lo eres. Ese ser espeluznante que te entregó era Espectral. Lo hizo siguiendo las indicaciones de la profecía. Lo que está escrito, se cumplirá, lo quieras o no. No puede cambiarse, no debe cambiarse. Son puntos fijos en el tiempo. Intentar modificarlos puede ocasionar graves repercusiones tanto para ti como para el resto de seres que están llamados a cumplir su cometido. Si vas, cruzarás la línea de la muerte y puede que no regreses entre los vivos. Está escrito en la profecía. Cada acción, sus variantes y las consecuencias de cada una de las decisiones posibles. La naturaleza está muriendo, lo sabemos, debe hacerlo. O…

―¡Estáis locas! Está sucediendo ahora, se puede parar. Sois capaces de hacerlo y estáis aquí sin hacer nada, enfrascadas en una charla que no tiene sentido para darme largas. No os importan lo más mínimo los seres vivos del bosque.

―Lloramos su pena ―intervino la mujer de los cabellos azules.

―¿De qué les sirve vuestro llanto? ¡Soltadme!

Río se levantó del suelo y con un movimiento brusco rompió las ligaduras de hielo que la retenían. Cambió de estrategia, retrocedió varios metros y se impulsó por encima de sus cabezas e inició la carrera hacia su destino.

Si tenía que morir para salvar ese tramo del bosque que así fuera.

Imagen de portada: Andrea Obregón Mantecón

Imagen de texto: canva

Publicado en A partir de 10 años

El pintalabios de Pedro. Capítulo 12

UNA MONA MUY BAJITA

Andrés fue a la entrada para recoger a Ana y se dirigieron a la parte trasera del escenario. Ruth estaba allí sentada con cara de pocos amigos y Pedro lanzaba caramelos para encestarlos, sin mucho éxito, en en un bol vacío.

—Vaya, ¡qué ambiente! —dijo Ana con un silbido, al ver las caras de desánimo en todos— ¿Qué hace Ruth aquí?

—Nos va a ayudar —le contestó Marta guiñándole un ojo.

Rápidamente entendió la complicidad del guiño de su amiga y le siguió la corriente.

—¡Qué bien Marta! ¡Menos mal que has conseguido ayuda! ¡Gracias Ruth, por echarnos una mano! —dijo Ana mirando a la malhumorada Ruth.

—Que sepáis que me importa muy poco lo que traméis y que en diez convincentes minutos me marcho de nuevo a la fiesta diciendo que ya os he ayudado —respondió Ruth, dejando a todos perplejos.

—Pues que sepas tú —dijo Bea—, que no vamos a permitir que sigas fastidiando y que le debes a Pedro una disculpa.

—Que ya me he disculpado por acusarlo en el colegio y todo ese asunto del pintalabios, ¿o es que estás sorda? —contestó Ruth haciendo muecas.

—Por la boca chica y falsamente —respondió Bea enfadada.

—¡Chicas! —intervino Marta— no os peleéis, mi prima Ruth ya se ha disculpado y estoy segura de que se quedará para ayudarnos, ¿no es así Ruth?

—¡No! Y además creo que me largo ya, vaya a acabar disfrazada de payasa —Ruth se levantó y se marchaba cuando añadió: —Por cierto, vosotros no necesitáis disfraz, ja, ja, ja —la risa de Ruth se perdió entre la música infantil y los gritos de los niños jugando.

—Perdóname Marta, pero tu prima es odiosa —dijo Bea.

—Vaya, pues se nos ha escapado, es muy lista y se ha dado cuenta de mi intención. Pensaba que era buena idea que subiera al escenario con Pedro —explicó Marta suspirando y dejando caer un disfraz de payaso en la mesa.

—¿En serio ese era tu plan? —Pedro estaba enfadado—, Marta, esta sorpresa para mi prima es muy importante y Ruth la podía haber fastidiado.

—Lo siento Pedro, pero es que me saca de mis casillas y quería darle una lección —se disculpó Marta casi a punto de llorar.

Pedro se dio cuenta y la calmó tocándole el hombro.

El disfraz de Pedro fue un éxito. Repartió pequeños muñecos de peluche a todos los niños, después salió al escenario haciendo que tropezaba con los enormes zapatos y caía al suelo, donde había una bolsa que sonaba con gran estruendo cada vez que la pisaba, entonces hacía que se asustaba y volvía a tirarse al suelo. Los niños reían y reían y la prima de Pedro era la que más gritaba:

“Pisa la bolsa de nuevooo”.

La fiesta estaba siendo un éxito y los niños más pequeños se lo pasaban genial. Los adultos desaparecieron y tampoco había rastro de Ruth por ninguna parte, así que pensaron que lo más probable era que ella y sus padres se hubieran marchado.

Pedro ya había bajado del escenario y tomaba un refresco con sus amigos. La Pandilla de los saltamontes había hecho un gran trabajo, todos los niños, sobre todo su primita pequeña, lo estaban pasando genial.

Pero entonces la música cambió con un redoble de tambores y las luces se apagaron, quedando iluminados solo el escenario y los farolillos del jardín. Justo después sonó una canción de cumpleaños, mientras al escenario subían muñecos gigantes: un oso panda, un pequeño mono, un tigre y hasta una enorme rana que traía una tarta con velas encendidas. La prima de Pedro subió al escenario, pidió un deseo y sopló las velas.

Subieron al escenario unos muñecos con forma de animales, Marta y sus amigos pensaron que podían ser sus padres y que esta era la gran sorpresa.
Todos los animales eran muy grandes, salvo un pequeño mono que parecía enfadado.

—¡Qué bonito! No me lo esperaba para nada —dijo Marta.

—¿Son nuestros padres? —preguntó Andrés.

—Seguro que esta era la sorpresa, pero ¿quién es el mono? Es demasiado bajito —observó Ana.

—Es verdad, bueno, sea quien sea, ha hecho un buen trabajo —dijo Bea.

La música cesó, se encendieron las luces nuevamente y los muñecos gigantes bajaron del escenario para jugar con los niños que los abrazaban.

Observando bien la escena, el pequeño mono intentaba huir, pero el tigre lo agarraba de la mano con firmeza y lo volvía a llevar hasta los niños.

Cuando la fiesta terminó, el mono se dirigió a un banco para descansar y se descubrió la cabeza para beber agua.

—¡Era Ruth! ¡¡¡Mirad!!! ¡El mono enano era ella! —gritó Jaime divertido.

El misterioso pequeño mono que estaba tan enfadado resultó ser Ruth.

Ruth estaba sudando y enfadada, se quitó el disfraz, lo dejó en el suelo y antes de marcharse le dio una patada a la cabeza de mono de peluche que le había hecho sudar tanto.

—Ja, ja, ja —rió Bea.

—¡Qué mona! —gritó Ana, para que Ruth la oyera.

«Me las pagarán », se dijo Ruth, mientras se alejaba hacia el coche de sus padres. Estaba furiosa. Había perdido esta batalla, pero no la guerra y esto no iba a quedar así.

FIN

Publicado en A partir de 10 años, Cuento, Poesía

La pirata Triquiñuelas y su tesoro

La pirata Triquiñuelas
se ha vuelto a enfadar
va con los puños cerrados
de aquí para allá.

Alguien ha comprado
su isla del Paraná.
Un hotel le han colocado
y de quince plantas además.

La pirata Triquiñuelas ha ido a por su cofre del Tesoro, pero alguien ha comprado su isla y ha construido un hotel de quince plantas.

A su cueva del Tesoro
es imposible llegar,
hay turistas nadando
donde tiene que bucear.

Cuatro brazadas al norte
y al este otro par.
Después de los corales
su cofre está.

El tesoro de la pirata Triquiñuelas se encuentra justo donde nadan los turistas. Eso le está enfadando mucho y los quiere asustar con sus cañones y piratas.

A los turistas asustará
con sus cañones oxidados
y sus piratas de mar.

<<¡Es pan comido!>>, se dice,
y pone al barco a navegar.
pero han visto niños
nada más llegar.

A la pirata Triquiñuelas le dan miedo los niños, por eso esperará a que llegue el invierno para volver a por su tesoro.

La pirata Triquiñuelas
Con niños no se meterá.
Ellos le dan miedo
cuando comienzan a gritar.

—Los niños son valientes—
dice su loro al pasar
por los toboganes retorcidos
ha visto a los niños escalar.

Para el loro de la pirata Triquiñuelas, los niños son muy valientes porque escalan para subirse a los toboganes.

Cuando llegue enero
Triquiñuelas volverá.
Sin turistas ni niños,
su botín podrá rescatar.

Escrito por Clara Belén Gómez

Publicado en A partir de 16 años

Río. Capítulo 4. Lago Alto

Año XXX del reinado de Ismael II, El impasible

Río corría a medio latido por encima de sus posibilidades. No tenía tiempo que perder. Faltaban a penas tres horas para que la vida humana se reiniciara en el orfanato y notaran que no había dormido en su cama.

            Corría y corría adentrándose cada vez más en la profundidad del bosque. Toda la montaña guardaba memoria y le mostraba el camino más rápido y seguro hasta llegar a la última gota del río Naydés. A ambos lados de ella, en un movimiento envolvente, las hojas de los árboles se movían para indicarle por dónde era más seguro continuar. Cruzó el camino de tierra roja. Con forme realizaba el avance, el camino se volvía más estrecho y empinado. Pronto inició el ascenso por el Corazón de la montaña. En aquella zona los troncos de los árboles estaban muy juntos y las ramas se abrían en abanico juntando sus copas. Desde un plano más elevado de la montaña daba la sensación de que todo aquel sector estaba formado por un único árbol. Aquel manto de hojas que tenía sobre su cabeza proporcionaba la sensación de una noche cerrada y perpetua, perfecta para aquellas criaturas del bosque que deseaban mantenerse en la clandestinidad. Los ojos de Río se acomodaron a la carencia de luz y sorteaba los obstáculos con agilidad. Apretó su carrera para impulsarse en un terraplén y agarrarse con ambas manos a una cuerda que pendía del último árbol de la zona. Se balanceó en la cuerda hasta que consiguió altura suficiente para saltar al inicio de la siguiente zona del bosque.

            Allí, siempre se detenía unos segundos para inspeccionar la zona. Algo o alguien la observaba, aunque no pudiera verlo. Estaba segura. Desde la primera vez que puso el primer pie en aquel sector había mantenido esa certeza. Esa noche no era una excepción. Prestó atención y escuchó:

            ―¿Es ella?

            ―Sí.

            Era la primera vez que Río escuchaba un fragmento de conversación. La segunda voz le resultó familiar. En su mente se proyectó una imagen que no le pertenecía de un recuerdo que no era suyo: una mujer de cabellos azules acariciándose el vientre abultado. Estaba embarazada. Debía ser su madre o algún miembro de su familia. Que así fuera no significaba gran cosa para ella. Los lazos de sangre y el amor no siempre iban unidos de la mano. Su familia la abandonó en un orfanato. Se deshicieron de ella como si fuera el envoltorio de un caramelo.

            Giró sobre sí misma en busca de aquellas voces.

            ―Sé quién eres ―Río alzó la voz. ―Sal.

            ―¿Cómo puede saber tu nombre? ―preguntó la primera voz.

            ―¡Cállate! No lo sabe. Para ella solo es un imperativo de un verbo ―reprendió la segunda voz con aspereza.

            ―Pero… ¿Cómo puede escucharnos? Es imposible…

            ―¡Cállate!

            ―No estoy hablando…

            ―Deja tu mente en blanco, puede leernos.

            ―¿En serio?

Fue lo último que escuchó Río, pero presentía que aquellos seres, no humanos, seguían presentes.

―No tengo tiempo para juegos ―alzó la voz. Sabía que aquella conversación entre ellas la había leído de sus mentes, pero quería asegurarse de que la escuchaban. ―Si deseáis seguir en las sombras del bosque que así sea. Lago Alto está en peligro. Es más importante que andar persiguiendo voces cobardes que no dan la cara. Espero que no estéis detrás de este mal que acecha en el bosque. ―Habló el lenguaje desconocido:

Porque los lazos de sangre

que nunca fueron alimentados,

nunca fueron anudados

con la raíz de la misma cuerda.

Lo que debió ser

pasó de largo,

y en este ahora

no hay sangre,

solo lazos anudados y que están por anudar.

Vete lejos, madre de sal y sangre.

Vete lejos, porque la Madre tierra

me llama y no puedo negarme

a escuchar su llamada.

            ―¿Quién le ha enseñado nuestro idioma? ―Pensó una voz. ―¡Au! ―gritó. Río imaginó que había recibido un codazo para que dejara la mente en blanco.

            Cuando Río se disponía a reanudar el trayecto la mujer de los cabellos azules salió y le cortó el paso.

            ―¡No estás preparada para limpiar el mal que acecha a la montaña! ¡Vete a casa o acabarás mal! ―Su voz sonaba áspera.

            ―¿Es una amenaza? ―Río clavó sus ojos en aquella mujer. La voz dubitativa permanecía en un segundo plano.

            ―No, es una profecía.

Imagen destacada de portada: Andrea Obregón Mantecón.

Bosque y mujer de cabellos azules: canva.

Publicado en A partir de 15 años

El espantapájaros. Capítulo 1 (Laskiaf D.R.A. Autora invitada)

Que sentimientos tan indescriptibles siento al caminar por este campo verde, que hizo parte de mi pasado. En mi memoria de niño aún prevalecen ciertos recuerdos del ayer. Aunque hace varios años que ya no están los maizales, ni su antiguo guardián. Un viejo muñeco de paja, que tenía cara de anciano con sonrisa pícara, curiosamente vestía las ropas viejas del abuelo. Suena algo inocente, pero aún me intriga saber: ¿para dónde se fue con su encanto y aquella magia que todavía me hace suspirar?

De chiquillo me crié junto a mis abuelos, en esta hacienda, después del divorcio de mis padres. Cuando llegué lo primero que hice fue observar con asombro lo feo que era aquel espantapájaros que cuidaba los cultivos de maíz. Me genera risa recordar a ciertos pájaros que llegaban a comerse las mazorcas, entonces algo sobrenatural sucedía y los pobres pajarracos salían despavoridos volando. Ahora intuyo porqué salían aterrados. Aquel espantajo siempre había estado en el plantío desde que mi abuelo tenía uso de razón. Dicen que aquellos muñecos de paja son terroríficos, sobre todo cuando cae la noche; yo pienso que sí, y no.

A mi desgastada memoria llega la noche del incendio en el establo. Por un descuido involuntario un obrero dejó una lámpara dentro de las pesebreras. Los gatos saltando sobre el heno, tratando de cazar a un asustado ratón, la tumbaron, originando la conflagración. El olor a humo se esparció con rapidez. Todos en la hacienda afanados con mangueras y baldes en mano, echábamos agua. Esa noche después de mucho tiempo observé por fin reaccionar a mi madre, al ver las caras de los abuelos a punto de llorar, cuando escuchaban el relinchar de los pobres caballos sin poder salir. Las llamas obstaculizaban la única entrada y salida. El viento zumbaba más de lo normal. Si no salían los corceles de las pesebreras, corrían peligro de morir calcinados. Los vecinos vinieron con rapidez a socorrernos. De un momento a otro se escuchó el tropel de las bestias. Sin darnos cuenta atravesaron la puerta y salieron a todo galope hacia los cultivos.

Recuerdo que me quede ahí paralizado, y de manera extraña observaba las flamas que parecían tener vida. Quedé frío al ver aparecer al espantapájaros; se le iluminaron más los ojos y sonrió; yo quedé atónito. Luego, con una mueca picarona me guiñó un ojote, abriendo su bocota inmensa de paja. Con su mano algo quemada hizo el gesto de que todo estaba bien. No salía de mi asombro, cuando de un momento a otro el fuego lo devoró y se apagó. Sin poder cerrar mi pequeña boca empecé a sentir las gotas de lluvia sobre mi rostro. Llevaban meses sin caer sobre mí; desde que papá se marchó. Reaccioné al inhalar el olor a tierra mojada que se mezcló con el humo. Una mano palmoteó sobre mi hombro, y con voz fuerte reafirmó:

—Créeme, ya todo está bien; descansa—Quise girarme, pero no pude; perdí el sentido.

Al día siguiente desperté con mi pijama puesto, azaroso me asomé por la ventana; el establo tenía uno cuantos quemones en la entrada, pero no se notaban daños graves. Escuché a mi abuelo hablar con los caballos:

—¡Se salvaron de milagro, amigos!; ¡cuenten qué pasó!—. Los equinos escasamente relincharon después de aquel susto.

Yo bañé mi cuerpo, medio cepillé mis dientes, di gracias, y salí de mi habitación. No deseaba desayunar pero mi madre y abuela me obligaron; me quemé la lengua por el afán de terminar. Ansioso salí directo al establo, entré buscando algo que no sabía. Curiosamente observé que no había nada calcinado adentro, solo un heno levemente chamuscado. Eso fue raro, me causó sospecha, ya que la candela se había originado ahí.

Pensando en los hechos ocurridos, me dirigí rumbo al maizal. Allí estaba él, con su mirada perdida, con las vestiduras desgastadas de mi abuelito, y ese gesto en su cara que emulaba una sonrisa; no puedo decir que me causó terror o miedo, porque ya no fue así. Me senté bajo su leve sombra y le pregunté:

— ¿Tú salvaste a los caballos anoche?— esperé escuchar una respuesta, pero nada; simplemente nada.

Salí decepcionado, como otras veces. Primero mis padres, ahora él, suspiré refugiándome en mi soledad contando mariposas de colores.

Laskiaf D.R.A

Continuará…

Publicado en A partir de 11 años

«Coraje»; un Conejillo de Indias. Capítulo 2

No estaba muy seguro de que la anciana estuviese en sus cabales cuando dijo aquella frase. Y aún luego de ver lo sucedido, y estar en ese globo, flotando sobre el mundo desolado, viajando hacia lo desconocido, no podía pensar que existiera algo como lo que ella mencionó.

Hasta que lo vi. Ahí estaba el arcoiris, al final del camino. Después de tantos días entre las nubes que cubrían la tierra seca bajo nuestros pies, vimos la amalgama de colores de luz, inigualable y maravillosa. Pero no había nada más; después del arcoiris, de ese mágico arcoiris, solo un negro vacío daba término al camino.

Así que llegamos a la meta, y en la meta no había nada, ninguna respuesta, ninguna salvación. No sabíamos bien qué hacer. Entre toda esa desorientación solo nos dio por empezar a brincar y hacer ruidos chillones (algunos gritaban más que otros).

Yo no podía gritar. Nadie lo había descubierto hasta entonces (ni yo mismo me había percatado de eso), pero además del extraño color rojo, tenía algo que me diferenciaba mucho de mi especie: había nacido sin cuerdas vocales.

Todos me miraron sorprendidos. Es bien sabido que los roedores se caracterizan por ese chillido agudo que nos delata siempre ante los humanos, así que no entendían cómo se me había privado de algo que, supuestamente, es destacable dentro de nuestras características genéticas. Pero el asombro de sus miradas no evitaba la algarabía. Seguían gritando como locos, como si no pudiesen hacer nada para evitarlo. Y ciertamente no podían parar de chillar. Ahí supe que era cierto lo que todos decían sobre nuestro sonido: nace de nosotros, de manera automática, y no hay forma de controlarlo (quizás por eso somos tan irritantes para las personas).

Entonces sentimos un ruido estrepitoso, explosivo, que hizo a todos enmudecer. El arcoiris comenzó a partirse en dos. Algo que surgía de lo profundo de su interior, lo dividía; algo inmenso y oscuro, como una mole. Poco a poco la oscuridad fue transformándose en otra mezcla de colores opacos, y al fin logró verse la imagen; la mole era una gran montaña, color gris claro, como el cielo gris de las tormentas, que dividió finalmente al arcoiris en dos mitades perfectas.

Se expandió a los lados y hacia delante, hacia nosotros; estábamos seguros de que destrozaría la pared del globo. Si eso sucedía caeríamos hacia abajo precipitadamente. Nos quedamos mudos de pavor ante lo que parecía ser nuestro final.

Justo a tres metros de nuestras narices, se detuvo. Vimos desaparecer por completo el arcoiris y comenzamos a chillar nuevamente. Yo no, ya lo he dicho, no puedo emitir sonido alguno. Tampoco hacía falta, mi corazón gritaba más que cualquier garganta; latía tan fuerte y rápido, que estoy seguro de que se oía más alto que el galope de un caballo a todo trote.

La gigante roca volvió a moverse, retomando su dirección, directo hacia nosotros. Ese sí era el fin, la distancia que quedaba entre ella y nosotros era demasiado corta. Volvimos a quedarnos mudos; se detuvo nuevamente, comenzamos a chillar de nuevo, y volvió a acelerarse en nuestra dirección. Ahí entendimos que eran nuestros chillidos los que la hacían moverse. Aquel gran pedrusco era más que una montaña; parecía tener vida.

Continuará…

Todas las imágenes son tomadas de Canva.