Publicado en A partir de 9 años

Estrellas en el cielo

Todos me dicen que soy demasiado pequeño para hacer determinadas cosas, pero yo creo que cuanto más pequeño eres tus sueños son más fuertes. Es así, aunque algunos adultos no lo crean. Los pequeños somos quienes llenamos el firmamento de estrellas. Cada una de esas estrellas que se ilumina en el cielo, es un nuevo sueño que nace y cuando se cumple se apaga para dejar espacio para que nazcan otros nuevos.

            ¿Qué pasa? ¿No me crees? Pues te daré pruebas. Por la noche fíjate en la estrella que más brille, esa es la tuya, la de tu sueño. Puede ser cualquier cosa. Ir de excursión con tu clase, un nuevo videojuego o que te compren una mascota.

            Cada noche busca tu estrella hasta que se cumpla tu sueño. Verás que cuando se haya cumplido ya no la verás.

            Por supuesto, esto de los sueños y las estrellas está sujeto a unas normas estrictas:

  1. No se puede desear cosas que nunca se van a cumplir, del tipo volar como Superman.
  2. Es mejor crear sueños en los que tú seas parte de ellos. Por ejemplo, si quiero ganar un concurso de dibujo, tengo que esforzarme mucho.

Ayer mismo, pensé mi último sueño. Miré al cielo y busqué mi estrella. ¡Ni te imaginas cuánto brillaba! Quería inventarme una historia asombrosa que llevara a las personas a pensar y a creer que ojalá fuera cierta. Que les hiciera sonreír. Y claro, por eso escribí lo de las estrellas y los sueños. Pero es solo una historia más; ¿verdad?

Sea o no cierta, ¿cuál es tu sueño? Me gustaría saberlo, ¿sabes? Así podría ponerle nombre a cada estrella. En plan, esta es la de Sara, que quiere ser astronauta.

Publicado en A partir de 16 años

Río. Capítulo 5 . La profecía

―Una profecía ―repitió Río con desdén―.  No soy tan importante para que las brujas me incluyan entre sus profecías. ―Dio por concluida la conversación y se dispuso a retomar su carrera. No tenía tiempo que perder, escuchaba los latidos del reloj como tronaban en su cerebro.

            La mujer de cabellos azules y ojos de la misma tonalidad le franqueó el paso para que no siguiera adelante.

            ―No puedes ir. La profe…

            ―La profecía ―le cortó Río con aspereza. Buscó un hueco para pasar entre ambas, pero sus movimientos eran ágiles y rápidos y se anteponían a sus intenciones. Recordó que podían leer el pensamiento e intentó dejar la mente en blanco y que su cuerpo guiara sus acciones, pero tampoco funcionó. ―¡Dejadme pasar! ¡No tengo tiempo para juegos!

            ―No. ―Aquella negativa sonó desde dentro de la mujer de los cabellos azules con tal fuerza que simuló a un trueno. Varias bandadas de pájaros levantaron el vuelo desde distintas zonas del bosque y empezaron a danzar sobre sus cabezas de forma circular en un ritmo de velocidad ascendente.

            ―¿De qué vas? No puede impedirme ir, no eres mi madr…

            ―Sí, lo soy, sabes que lo soy.

            ―Los lazos de sal y sangre no significan nada para mí. Mi madre es Erin Mayer, la señora que ha velado por mí desde que nací. Me abandonaste, me dejaste a manos de un ser espeluznante para que me dejara en la puerta de un orfanato. Ni tan siquiera te molestaste en llevarme tú. No vengas, a estas alturas a hacer de madre. ¡Madre de quien! ¡Márchate, lárgate de aquí, esta es mi casa y voy a cuidar de ella!

            La mujer de los cabellos azules escuchó a Río midiendo su expresión corporal, sus gestos. Estaba convencida que aquella explosión de emociones era una mera estratagema para pillarla desprevenida. Así fue. No tardó en llegar el tercer intento de cruzar. Esta vez no se anduvo por las ramas y le lanzó una cuerda de agua alrededor del cuello que se solidificó en contacto con la piel de Río. La muchacha zarandeó para liberarse de las ataduras hasta que acabó sentada en el suelo.

Río aprovechó unos minutos para estudiar a sus contrincantes. Físicamente, se apreciaba que la mujer de cabellos azules y Río eran dos gotas de agua del mismo caudal con distinto años de origen. Río no tuvo ninguna duda. Aquella mujer o ser femenino era de su misma especie y era su madre.  A pesar de que nunca antes la había visto y ni siquiera sabía de qué especie eran. El otro ser parecía de la misma edad que Río, pero tuvo ciertas dudas de que así fuera. Había estudiado con Nini algunos seres no humanos que poseían una gran longevidad y podía tratarse de alguno de ellos. Ambas podían contar con más años de sal y agua de los que aparentaban. La segunda mujer era rubia, con cabellos color del oro, ojos verdes y parecía recién salida de un libro de cuentos de hadas. Imaginó que pasaba horas peinándose el cabello en la orilla del río, canturreando y con pajaritos revoloteando a su alrededor. Sonrío por la ocurrencia y se lo reprochó así misma. No había tiempo. Las otras dos mujeres también sonrieron. Habían escuchado con total nitidez sus pensamientos.

―No soy un hada, aunque sí que me encanta peinarme en la orilla del río, me relaja después de un día largo. ―La mujer de cabellos azules le dirigió una mirada severa―. No te enfades conmigo. Ha salido a ti. O le das la información que necesita o será difícil que le impidas que acuda a la tragedia que se está fraguando. Somos Náyades, somos ninfas de agua dulce, ligadas al río Naydés. Tú también lo eres. Ese ser espeluznante que te entregó era Espectral. Lo hizo siguiendo las indicaciones de la profecía. Lo que está escrito, se cumplirá, lo quieras o no. No puede cambiarse, no debe cambiarse. Son puntos fijos en el tiempo. Intentar modificarlos puede ocasionar graves repercusiones tanto para ti como para el resto de seres que están llamados a cumplir su cometido. Si vas, cruzarás la línea de la muerte y puede que no regreses entre los vivos. Está escrito en la profecía. Cada acción, sus variantes y las consecuencias de cada una de las decisiones posibles. La naturaleza está muriendo, lo sabemos, debe hacerlo. O…

―¡Estáis locas! Está sucediendo ahora, se puede parar. Sois capaces de hacerlo y estáis aquí sin hacer nada, enfrascadas en una charla que no tiene sentido para darme largas. No os importan lo más mínimo los seres vivos del bosque.

―Lloramos su pena ―intervino la mujer de los cabellos azules.

―¿De qué les sirve vuestro llanto? ¡Soltadme!

Río se levantó del suelo y con un movimiento brusco rompió las ligaduras de hielo que la retenían. Cambió de estrategia, retrocedió varios metros y se impulsó por encima de sus cabezas e inició la carrera hacia su destino.

Si tenía que morir para salvar ese tramo del bosque que así fuera.

Imagen de portada: Andrea Obregón Mantecón

Imagen de texto: canva

Publicado en A partir de 16 años

Río. Capítulo 4. Lago Alto

Año XXX del reinado de Ismael II, El impasible

Río corría a medio latido por encima de sus posibilidades. No tenía tiempo que perder. Faltaban a penas tres horas para que la vida humana se reiniciara en el orfanato y notaran que no había dormido en su cama.

            Corría y corría adentrándose cada vez más en la profundidad del bosque. Toda la montaña guardaba memoria y le mostraba el camino más rápido y seguro hasta llegar a la última gota del río Naydés. A ambos lados de ella, en un movimiento envolvente, las hojas de los árboles se movían para indicarle por dónde era más seguro continuar. Cruzó el camino de tierra roja. Con forme realizaba el avance, el camino se volvía más estrecho y empinado. Pronto inició el ascenso por el Corazón de la montaña. En aquella zona los troncos de los árboles estaban muy juntos y las ramas se abrían en abanico juntando sus copas. Desde un plano más elevado de la montaña daba la sensación de que todo aquel sector estaba formado por un único árbol. Aquel manto de hojas que tenía sobre su cabeza proporcionaba la sensación de una noche cerrada y perpetua, perfecta para aquellas criaturas del bosque que deseaban mantenerse en la clandestinidad. Los ojos de Río se acomodaron a la carencia de luz y sorteaba los obstáculos con agilidad. Apretó su carrera para impulsarse en un terraplén y agarrarse con ambas manos a una cuerda que pendía del último árbol de la zona. Se balanceó en la cuerda hasta que consiguió altura suficiente para saltar al inicio de la siguiente zona del bosque.

            Allí, siempre se detenía unos segundos para inspeccionar la zona. Algo o alguien la observaba, aunque no pudiera verlo. Estaba segura. Desde la primera vez que puso el primer pie en aquel sector había mantenido esa certeza. Esa noche no era una excepción. Prestó atención y escuchó:

            ―¿Es ella?

            ―Sí.

            Era la primera vez que Río escuchaba un fragmento de conversación. La segunda voz le resultó familiar. En su mente se proyectó una imagen que no le pertenecía de un recuerdo que no era suyo: una mujer de cabellos azules acariciándose el vientre abultado. Estaba embarazada. Debía ser su madre o algún miembro de su familia. Que así fuera no significaba gran cosa para ella. Los lazos de sangre y el amor no siempre iban unidos de la mano. Su familia la abandonó en un orfanato. Se deshicieron de ella como si fuera el envoltorio de un caramelo.

            Giró sobre sí misma en busca de aquellas voces.

            ―Sé quién eres ―Río alzó la voz. ―Sal.

            ―¿Cómo puede saber tu nombre? ―preguntó la primera voz.

            ―¡Cállate! No lo sabe. Para ella solo es un imperativo de un verbo ―reprendió la segunda voz con aspereza.

            ―Pero… ¿Cómo puede escucharnos? Es imposible…

            ―¡Cállate!

            ―No estoy hablando…

            ―Deja tu mente en blanco, puede leernos.

            ―¿En serio?

Fue lo último que escuchó Río, pero presentía que aquellos seres, no humanos, seguían presentes.

―No tengo tiempo para juegos ―alzó la voz. Sabía que aquella conversación entre ellas la había leído de sus mentes, pero quería asegurarse de que la escuchaban. ―Si deseáis seguir en las sombras del bosque que así sea. Lago Alto está en peligro. Es más importante que andar persiguiendo voces cobardes que no dan la cara. Espero que no estéis detrás de este mal que acecha en el bosque. ―Habló el lenguaje desconocido:

Porque los lazos de sangre

que nunca fueron alimentados,

nunca fueron anudados

con la raíz de la misma cuerda.

Lo que debió ser

pasó de largo,

y en este ahora

no hay sangre,

solo lazos anudados y que están por anudar.

Vete lejos, madre de sal y sangre.

Vete lejos, porque la Madre tierra

me llama y no puedo negarme

a escuchar su llamada.

            ―¿Quién le ha enseñado nuestro idioma? ―Pensó una voz. ―¡Au! ―gritó. Río imaginó que había recibido un codazo para que dejara la mente en blanco.

            Cuando Río se disponía a reanudar el trayecto la mujer de los cabellos azules salió y le cortó el paso.

            ―¡No estás preparada para limpiar el mal que acecha a la montaña! ¡Vete a casa o acabarás mal! ―Su voz sonaba áspera.

            ―¿Es una amenaza? ―Río clavó sus ojos en aquella mujer. La voz dubitativa permanecía en un segundo plano.

            ―No, es una profecía.

Imagen destacada de portada: Andrea Obregón Mantecón.

Bosque y mujer de cabellos azules: canva.

Publicado en A partir de 9 años

¿Cómo hacer una reseña positiva en una página web?

En el libro ¡Padre no puede enterarse! de la autora Mamen Ruiz, la Asociación PacoPacá es una asociación ficticia sin ánimo de lucro que se encarga del cuidado de la naturaleza y de los animales.

¿Por qué se llama así esta asociación?

Se llama así porque sus fundadores se llaman Paco y Paca. Estoy segura de que lo adivinaste. Además, porque acuden a ayudar a todas partes, ya sabes, van «pacá-pallá».

Elabora una reseña positiva (ficticia), que incluirías en su página web para recomendar los servicios.

Ayudas para escribir tu historión:

  • Los animales pueden ser fantásticos, no tienen por qué ser reales. La entrada ¡Qué historión puede ayudarte a darle nombre a tu mascota
  • Ellos han salvado a tu mascota de un peligro inimaginable, no lo típico del gatito subido en el árbol. Así que estás muy agradecida o agradecido. Y quieres que el mundo mundial lo sepa y acuda a ellos para pedir ayuda.
  • Puedes usar distintas fórmulas en tu texto:
    • Son los mejores
    • Creí que jamás volvería a abrazar a mi mascota, pero ellos…
    • Los recomiendo porque me ayudaron cuando…
    • Son increíbles, nunca pensé que serían capaces de.
  • ¡Deja volar tu imaginación! Afila bien el lápiz y escribe.
¡Padre no puede enterarse!, Mamen Ruiz

Publicado en A partir de 16 años

Río. Capítulo 3. La diversión de unos es el tormento de otros

3. LA DIVERSIÓN DE UNOS ES EL TORMENTO DE OTROS

Año XXX del reinado de Ismael II, El impasible

Un par de horas antes del alba, Río tenía por costumbre adentrarse en el bosque. Conocía cada recoveco como la palma de su mano. Cada zona y sus nombres en función de los atributos de la misma, del tipo de vida que crecía dentro o había dejado de crecer.

            Iniciaba un paseo a ritmo pausado desde el orfanato a Árbol Rojo. Cada vez le costaba más dominar el impulso de salir corriendo en cuanto veía el primer árbol dibujando el horizonte o percibía el inconfundible olor del río Naydés a más de diez kilómetros de distancia en el corazón del bosque y oculto a los ojos humanos tras una de las siete caídas de las Cataratas de la Muerte. Nadie en su sano juicio se adentraría en aquellas aguas frías, profundas y con corrientes que te arrastraban hasta la profundidad. Quien osaba atreverse a nadar en sus aguas no vivía para contarlo. Quizás porque amparada en la clandestinidad podía ser quién realmente era, porque jugaba convertida en corriente de agua deslizándose por cada una de las cataratas o porque hizo de aquella cueva su segunda casa, o porque el oxígeno que extraía del agua del río Naydés le parecía el alimento más puro que había probado jamás, aquel era su lugar preferido.

            Pero debía controlarse, había normas humanas y de la naturaleza que debía respetar. Nini y ella acordaron una serie de pautas de conducta con objeto de que pasara lo más inadvertida posible para no acabar siendo la atracción estrella de una feria ambulante junto al Comefuegos o la Mujer giganta o una rata de laboratorio, diseccionada en mil partes para investigar, en pro de la ciencia, el origen de sus poderes.

            Sin más el resumen de todas las reglas acordadas con Nini se basaba en una premisa que a Nini le costaba tan poco pronunciar como a ella difícil de cumplir: «las apariencias lo son todo. Si quieres mantenerte a salvo debes parecer una muchacha normal».

            Siguió su paseo hasta el umbral del bosque y a unos pocos centímetros de la falda de Árbol Rojo, el guardián del bosque, se paró y cumplió con el cortejo que le correspondía a la naturaleza. La vida que cohabita entre los hombres detestaba el término normas y prefería el uso del término cortejo. Dos caras de una misma moneda que permanecían juntas, pero que nunca se veían, tan solo intuían su presencia. Solo a algunos seres, como a Río, se le permitía contemplar las dos al mismo tiempo. Le entristecía pensar por qué. La respuesta no le gustaba. Nunca pertenecería por completo a ninguno de aquellos mundos y nunca podría dejar a uno de ellos fuera de su vida.

            Observó a Árbol Rojo con respeto y cariño. Tenía el tronco robusto veteado con distintas tonalidades rojizas, sus siete ramas como siete brazos competían en altura y frondosidad de forma constante, hasta que sucedía lo inevitable y se completaba el círculo. De la rama más alta y frondosa se desprendían las hojas y caían en forma de lluvia sobre Río; acto seguido escuchó el crujido de esa rama y el grito de dolor interior del árbol cuando el ciclo llegaba a su fin y el brazo caía al suelo amputado. El sonido de la rama al chocar con el suelo quedaba amortiguado con el llanto que al unísono emitía el Bosque. Un llanto mudo y seco que solo ella escuchaba. Del tronco del árbol emanaron gotas rojizas y transparentes: sangre y lágrimas. El bosque al completo, todo ser con vida, guardó un minuto de pausa en sus quehaceres y de silencio en memoria de la tala de los Árboles de leña. En la naturaleza a cada ser o familia se le daban dos nombres, el de nacimiento y el de su muerte. De ese modo, los Árboles de fuego pasaron a denominarse Árboles de leña, como recordatorio de cuál fue el motivo de su extinción: ofrecer calor a los fogones y chimeneas del palacio del rey Ismael II.

            Tras unos minutos, Árbol Rojo sonrió, sentía las cosquillas que le producía el nacimiento de una nueva rama y liberó todo su peso para que el viento completara una caricia de bienvenida entre sus hojas.

            Río conocía a la perfección el ciclo, Árbol Rojo entraba en la fase de crecimiento y buen humor, por tanto, era el mejor momento para iniciar una charla con El guardián del bosque.

            —¿Puedo pasar?

            —Puedes.

            Río sacó un pañuelo del bolsillo y limpió las gotas de sangre y lágrimas que se abrían paso por e tronco. Árbol Rojo era fuerte como un roble, pero todo ser, camine o no, cuenta con una pesadilla que le atormenta por las noches. En el caso de su amigo eran las moscas y las arañas. Las primeras acudían a la sangre fresca y las segundas formaban intrincadas telarañas entre las ramas para atrapar a las moscas. El guardián del bosque era tan presumido como árbol y detestaba las telarañas porque aparentaban dejadez y falta de cuidados.

            «Las apariencias lo son todo», recordó Río.

            —¿Tienes sed?

            —Tengo.

            Río se aseguró que nadie merodeaba alrededor antes de vaporizar con sus manos agua que esparció por toda la silueta del árbol, desde la hoja más cercana al cielo hasta las raíces. De nuevo escuchó con nitidez la sonrisa del árbol junto con otros sonidos de bienestar.

            —¿Han traído noticias los pájaros?

            —Traen.

            —¿Saben cuándo será la caída de tu siguiente rama según la profecía de las brujas?

            —Saben.

            Río sintió escalofríos. Llevaba muchas lunas haciendo la misma pregunta y era la primera vez que obtenía un sí como respuesta. Debía elegir bien la pregunta que hacer a continuación porque a los árboles solo les gustaba responder con verbos.

            —¿Será pronto?

            —Será.

            Las hojas de la rama más alta empezaron a desprenderse a razón de una por minuto. Del tronco aún no emanaba sangre ni lágrimas, pero sabía qué significaba aquello: el inicio de una cuenta atrás. No contaba con demasiado margen de tiempo para frenar aquello, fuera lo que fuese.

            —Está ocurriendo ahora, ¿verdad?

            —Está.

            Río agudizó sus sentidos y olió y escuchó a la perfección las repercusiones en la naturaleza del inicio del siguiente mal que las brujas habían vaticinado, aún así, siguiendo el cortejo de la naturaleza preguntó al guardián.

            —¿Es en Lago Alto?

            —Es.

            —¿Puedo ayudar?

            —Puedes.

Imagen de portada: Andrea Obregón Mantecón en Twitter: @AndreaObre_Art

Publicado en A partir de 11 años

Comparto mi tiempo

—Abuelo, ¿cómo celebrabais la Navidad cuando eras pequeño? —preguntó Sergio.

—Era diferente. No había tantos platos en la mesa ni tantos regalos. Mi madre decía que los verdaderos regalos, los hacíamos nosotros con nuestras manos. Y nos enseñó un juego.

—¿Qué clase de juego?

—Hacíamos unas tarjetas de Navidad donde escribíamos agradecimientos, disculpas y deseos personalizados para el siguiente año, para cada uno de los miembros de la familia. —El abuelo, Enrique, pensó que sería buena idea hacerlo con su nieto, pero que seguramente lo vería como una tontería y avergonzado cambió de conversación.

El día de entrega de los regalos, Sergio se levantó de un salto. Había estado trabajando mucho en la idea que su abuelo le había dado y quería ver la cara de su familia. Era la primera vez, que se emocionaba más con dar que con recibir un regalo. Uno a uno abrieron el sobre y tras su lectura esbozaban una sonrisa o lloraban emocionados.

A su madre le agradeció las horas que había invertido en ayudarle con los deberes. Le pidió disculpas por no tener siempre su cuarto ordenado y prometió que cuidaría más de sus cosas y no las dejaría por medio. Como sabía que detestaba bajar la basura, una tarea que le correspondía a ella, le ofreció un bono de: «15 veces tiraré la basura por ti».

A su padre, le agradeció el tiempo que había invertido en llevarlo y recogerlo del colegio y de los entrenamientos; y que le dejara escoger siempre la música, aunque sabía de sobra que no le gustaba nada. Le pidió disculpas por imponer siempre la suya y acordó que, en compensación, él la elegiría durante tres meses. Y pasado ese plazo, un día cada uno. Le hizo una pegatina para el coche para que quedara constancia del acuerdo.

A su abuelo, le dio las gracias por contarle historias que siempre le hacían reír o soñar. Le pidió perdón por protestar cada vez que le preguntaba por cuestiones relacionadas con el ordenador y el móvil. Le hizo un vale de 30 horas de clases y este cuento que se lo dedicó con mucho cariño.

Alicia Adam

A petición de María José Vicente (para el alumnado del colegio al que acude su hija).