Publicado en A partir de 16 años

Río. Capítulo 3. La diversión de unos es el tormento de otros

3. LA DIVERSIÓN DE UNOS ES EL TORMENTO DE OTROS

Año XXX del reinado de Ismael II, El impasible

Un par de horas antes del alba, Río tenía por costumbre adentrarse en el bosque. Conocía cada recoveco como la palma de su mano. Cada zona y sus nombres en función de los atributos de la misma, del tipo de vida que crecía dentro o había dejado de crecer.

            Iniciaba un paseo a ritmo pausado desde el orfanato a Árbol Rojo. Cada vez le costaba más dominar el impulso de salir corriendo en cuanto veía el primer árbol dibujando el horizonte o percibía el inconfundible olor del río Naydés a más de diez kilómetros de distancia en el corazón del bosque y oculto a los ojos humanos tras una de las siete caídas de las Cataratas de la Muerte. Nadie en su sano juicio se adentraría en aquellas aguas frías, profundas y con corrientes que te arrastraban hasta la profundidad. Quien osaba atreverse a nadar en sus aguas no vivía para contarlo. Quizás porque amparada en la clandestinidad podía ser quién realmente era, porque jugaba convertida en corriente de agua deslizándose por cada una de las cataratas o porque hizo de aquella cueva su segunda casa, o porque el oxígeno que extraía del agua del río Naydés le parecía el alimento más puro que había probado jamás, aquel era su lugar preferido.

            Pero debía controlarse, había normas humanas y de la naturaleza que debía respetar. Nini y ella acordaron una serie de pautas de conducta con objeto de que pasara lo más inadvertida posible para no acabar siendo la atracción estrella de una feria ambulante junto al Comefuegos o la Mujer giganta o una rata de laboratorio, diseccionada en mil partes para investigar, en pro de la ciencia, el origen de sus poderes.

            Sin más el resumen de todas las reglas acordadas con Nini se basaba en una premisa que a Nini le costaba tan poco pronunciar como a ella difícil de cumplir: «las apariencias lo son todo. Si quieres mantenerte a salvo debes parecer una muchacha normal».

            Siguió su paseo hasta el umbral del bosque y a unos pocos centímetros de la falda de Árbol Rojo, el guardián del bosque, se paró y cumplió con el cortejo que le correspondía a la naturaleza. La vida que cohabita entre los hombres detestaba el término normas y prefería el uso del término cortejo. Dos caras de una misma moneda que permanecían juntas, pero que nunca se veían, tan solo intuían su presencia. Solo a algunos seres, como a Río, se le permitía contemplar las dos al mismo tiempo. Le entristecía pensar por qué. La respuesta no le gustaba. Nunca pertenecería por completo a ninguno de aquellos mundos y nunca podría dejar a uno de ellos fuera de su vida.

            Observó a Árbol Rojo con respeto y cariño. Tenía el tronco robusto veteado con distintas tonalidades rojizas, sus siete ramas como siete brazos competían en altura y frondosidad de forma constante, hasta que sucedía lo inevitable y se completaba el círculo. De la rama más alta y frondosa se desprendían las hojas y caían en forma de lluvia sobre Río; acto seguido escuchó el crujido de esa rama y el grito de dolor interior del árbol cuando el ciclo llegaba a su fin y el brazo caía al suelo amputado. El sonido de la rama al chocar con el suelo quedaba amortiguado con el llanto que al unísono emitía el Bosque. Un llanto mudo y seco que solo ella escuchaba. Del tronco del árbol emanaron gotas rojizas y transparentes: sangre y lágrimas. El bosque al completo, todo ser con vida, guardó un minuto de pausa en sus quehaceres y de silencio en memoria de la tala de los Árboles de leña. En la naturaleza a cada ser o familia se le daban dos nombres, el de nacimiento y el de su muerte. De ese modo, los Árboles de fuego pasaron a denominarse Árboles de leña, como recordatorio de cuál fue el motivo de su extinción: ofrecer calor a los fogones y chimeneas del palacio del rey Ismael II.

            Tras unos minutos, Árbol Rojo sonrió, sentía las cosquillas que le producía el nacimiento de una nueva rama y liberó todo su peso para que el viento completara una caricia de bienvenida entre sus hojas.

            Río conocía a la perfección el ciclo, Árbol Rojo entraba en la fase de crecimiento y buen humor, por tanto, era el mejor momento para iniciar una charla con El guardián del bosque.

            —¿Puedo pasar?

            —Puedes.

            Río sacó un pañuelo del bolsillo y limpió las gotas de sangre y lágrimas que se abrían paso por e tronco. Árbol Rojo era fuerte como un roble, pero todo ser, camine o no, cuenta con una pesadilla que le atormenta por las noches. En el caso du su amigo eran las moscas y las arañas. Las primeras acudían a la sangre fresca y las segundas formaban intrincadas telarañas entre las ramas para atrapar a las moscas. El guardián del bosque era tan presumido como árbol y detestaba las telarañas porque aparentaban dejadez y falta de cuidados.

            «Las apariencias lo son todo», recordó Río.

            —¿Tienes sed?

            —Tengo.

            Río se aseguró que nadie merodeaba alrededor antes de vaporizar con sus manos agua que esparció por toda la silueta del árbol, desde la hoja más cercana al cielo hasta las raíces. De nuevo escuchó con nitidez la sonrisa del árbol junto con otros sonidos de bienestar.

            —¿Han traído noticias los pájaros?

            —Traen.

            —¿Saben cuándo será la caída de tu siguiente rama según la profecía de las brujas?

            —Saben.

            Río sintió escalofríos. Llevaba muchas lunas haciendo la misma pregunta y era la primera vez que obtenía un sí como respuesta. Debía elegir bien la pregunta que hacer a continuación porque a los árboles solo les gustaba responder con verbos.

            —¿Será pronto?

            —Será.

            Las hojas de la rama más alta empezaron a desprenderse a razón de una por minuto. Del tronco aún no emanaba sangre ni lágrimas, pero sabía qué significaba aquello: el inicio de una cuenta atrás. No contaba con demasiado margen de tiempo para frenar aquello, fuera lo que fuese.

            —Está ocurriendo ahora, ¿verdad?

            —Está.

            Río agudizó sus sentidos y olió y escuchó a la perfección las repercusiones en la naturaleza del inicio del siguiente mal que las brujas habían vaticinado, aún así, siguiendo el cortejo de la naturaleza preguntó al guardián.

            —¿Es en Lago Alto?

            —Es.

            —¿Puedo ayudar?

            —Puedes.

Imagen de portada: Andrea Obregón Mantecón en Twitter: @AndreaObre_Art

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