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Publicado en Revista Cometas de papel

Número 3

La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo.

PLATÓN

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¡Vuela con nosotros en esta aventura literaria!

Encontrarás en ella: poesías, cuentos, libros recomendados, sagas literarias, manualidades, pasatiempos, experimento, marcapágina…

Publicado en A partir de 4 años

Sara va al cole: las abejas.

Sara tiene cuatro años y estudia Educación Infantil. Hoy ha visitado con su clase “La Granja de las Abejas”.

Está muy contenta y no para de hablar. Su mamá Elena la escucha encantada.

En realidad ella no quería ir porque le dan mucho miedo los insectos, pero su Seño Maruja le dijo que iban a verlas a través de un cristal

–¿Te han gustado? – le pregunta su madre.

–Sí, mucho. Sobre todo el apitultor.

–¿¡El apitultor!?

–Sí, el hombre que se viste de astronauta para coger las abejas.

–¡Ah, el apicultor!– rio su mamá.

–Sí, eso quería decir. Las abejas se pegaban a su traje sin hacerle nada. ¡Y sabes!, todas viven en unas casas que se llaman colmenas: la abeja reina que es la que manda, los abejos…

–¿¡Abejos!?

–¡Los hombre abejas, mami!

–¡Ah, vale los zánganos!

–Eso los zán-ga-nos. Y también viven las abejas obreras que son las únicas que trabajan. Ellas beben un zumo muy dulce que tiene la flor, que se llama néctar. Lo guardan en la barriguita para llevarlo a su colmena, y fabricar la miel. Pero lo más importante no es que hagan miel, sino que cuando cogen el néctar, sus patitas se llenan de polen, y lo van llevando de una flor a otra; eso se llama polinización.

–Muy bien Sarita– le felicitó su mamá por decir bien la palabra– ¿Y por qué es tan importante la polinización?

–Porque es como nacen las flores, sin abejas no habría flores, y sin flores no habría frutos ni semillas. Y lo peor es que el apicultor nos ha dicho que las abejas se ponen malitas y se mueren. Y que nunca debemos matarlas.

–Así es hija.

–Cuando sea grande voy a ser médica de abejas, y las curaré para que haya muchas otra vez. ¡Espera!– dijo de repente Sara.

Mientra corría hasta donde estaba su mochila, y sacaba un tarrito de miel que le habían regalado en la granja.

–Toma para ti, es la miel más rica del mundo.

Lo abrieron y efectivamente era la miel más rica que nunca habían probado.

FIN

APRENDE NUEVAS PALABRAS:

Apicultor: Persona que se encarga de criar y cuidar a las abejas.

Colmena: Casa donde viven las abejas puede ser natural (la hacen ellas) o artificial( la hacen los apicultores).

Zángano: Abejas macho.

Néctar: Líquido dulce que se encuentra dentro de algunas flores.

Polinización: Es el viaje que hace el polen de una flor a otra.

Imágenes: Pixabay.

Publicado en A partir de 11 años, Cuento

El organillero

En una esquina de la tranquila calle Independencia, el hombre del organillo toca melodías alegres, para disfrute de los que por allí caminan.

Los mayores recuerdan que siempre estuvo allí, en el mismo lugar y les parece increíble que ese personaje se vea siempre igual y no envejezca. Muchos dicen que es el fantasma del organillero que a mediados del siglo pasado tocaba el instrumento y era el modo como se ganaba la vida.

Hubo un tiempo en el que ese hombre había dejado de verse por el lugar y se temía que algo le hubiera pasado, pero un tiempo después reapareció ocupando su puesto. De eso hacía mucho tiempo, cuando los  mayores de hoy eran en esa época los niños que se acercaban para ver al hombre con el curioso instrumento y se divertían bailando contentos con la alegre música.

Todos pasaban por el lugar y lo miraban con simpatía. Tenía un rostro amable y parecía muy complacido de distraer a la gente. Tocaba su música desde que llegaba temprano en la mañana, hasta mitad de la tarde cuando se marchaba.

Los chiquillos, curiosos ante tan raro aparato, se detenían a observarlo y hacían bromas sobre su aspecto, el cajón de madera sobre ruedas y la manilla con la que el hombre activaba el mecanismo, pero también disfrutaban de las melodías.

La tarde del domingo, cuando pocas personas transitaban por esa avenida, ya que por ser día no laborable no abrían los locales comerciales, se oyó la música sonar.

Los vecinos más cercanos escuchaban asombrados, extrañados de que el organillero estuviera allí ese día y a esa hora. Alguien bajó de uno de los pisos superiores del edificio de la farmacia, con la intención de tomar un video con su móvil. La sorpresa fue tal que esta persona casi se desmayó al ver que no estaba el hombre ejecutante. El instrumento estaba apoyado sobre unas cajas de desecho y tocaba por sí sólo una conocida pieza musical.

Así continuó, tocando y tocando, una canción detrás de otra, sin descanso. Cuando atardecía, la música cesó.

No se escuchaba nada en la calle que a esa hora seguía vacía, todos descansaban en sus casas.

Cuando parecía que todo estaba normal, comenzó a sonar el organillo de nuevo, esta vez con más fuerza y una música muy alegre y movida.

La gente se asomaba por los balcones y veían que la calle estaba llena de gente: hombres, mujeres y niños que parecían sacados de una película antigua, con ropas y sombreros extraños.

Todos bailaban alegres, hacían rondas y aplaudía acompañando las melodías. Eran los fantasmas del pasado, gente que había vivido hacía muchos años en las antiguas casas que ya no existían, las que estuvieron en donde hoy se levantan los grandes edificios. Habían vuelto esa noche para celebrar todos juntos, un reencuentro de quienes fueron vecinos y amigos.

Así estuvieron bailando y cantando hasta justo la media noche. Cuando el reloj de la catedral dio las doce campanadas, dejó de escucharse la música. Los fantasmas fueron desapareciendo hasta que la calle quedó de nuevo vacía y en silencio.

Desde ese día no se volvió a escuchar el organillo. Desapareció para siempre. Solo quedó el recuerdo entre los actuales habitantes del sector.

Entre todos, reunieron fondos para encargar a un artista una escultura, réplica del hombre tocando el organillo, la cual fue colocada en un alto pedestal en la esquina en la que solía aparecer para tocar su música. De esta forma se recordaría por siempre al simpático personaje y su maravilloso organillo.

Autor: Adalberto Nieves

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

Hay alguien en la habitación de arriba.

La Navidad pasada mi padre nos llevó a conocer a su tía abuela, o sea, mi tía bisabuela, una señora muy mayor a la que yo no conocía y quien, según nos dijo él, era una mujer extraordinaria que había dado la vuelta al mundo varias veces.

Ahora, ella vivía en una casa enorme, muy vieja, que daba pavor, en la que nos recibió una mujer que cuidaba de la casa y de mi tía bisabuela. Dijo que la dueña dormía la siesta en ese momento y aprovechó para enseñarnos nuestras habitaciones. La de mis padres estaba en una punta del pasillo y la nuestra, en la otra, una distancia que me pareció exagerada para un sitio en el que solo vivían dos señoras mayores.

Me dio la impresión de que mi hermano pequeño y yo no le gustábamos, la mujer pidió a mis padres que los niños no estuviéramos correteando para no molestar a la señora y que no trasteáramos por ninguna parte. De manera que mi padre nos mandó a jugar al jardín, pero como fuera hacía un frío que pelaba, le dije a mi hermano que fuésemos a cotillear por la casa para ver qué encontrábamos.

Él me respondió que no quería meterse en problemas, pero yo no quería perder la oportunidad de conocer una mansión y decidí recorrerla entera yo solo.

Pensé que sería mejor comenzar la «Misión revelación», como la llamé, cuando estuvieran todos durmiendo. Por supuesto, yo iría muerto de miedo, pero con la linterna de mi móvil, podía ver hasta el último rincón de la casa.

Así que esa noche me dispuse a investigar la planta donde estaban mi dormitorio y el de mis padres. Era muy tarde y no había mucho que ver aparte de las fotografías de las paredes. Pero, entonces, empezó la pesadilla.

Unos golpes como martillazos se sucedieron uno tras otro y recorrieron el techo del pasillo hasta el final.

Allí hubo un estruendo como si se hubiera derrumbado algo. Quedé paralizado en mitad del corredor con el móvil en la mano y mirando al techo. Era en la planta superior y el misterio estaba allí, pero no podía moverme.

Había alguien en una habitación de arriba. Después de un rato grande, recorrió, de nuevo, todo el pasillo con ese espantoso ruido: «toc-toc-toc» y, al final, el estruendo.

Decidí que había investigado demasiado por aquella noche y dejé la misión para la siguiente. Cuando me levanté, conocí a la “bisa”. No me gustó, vestía ropas antiguas y llevaba un sombrero como las mujeres de las pelis en blanco y negro. Además, me pareció muy estirada.

Mamá me dijo que no estaba acostumbrada a los niños, pero que era una mujer interesante y mi padre se pasaba todo el tiempo embobado con ella escuchando las historias que su tía abuela había ido acumulando durante sus viajes.

Quise contarle a mi madre que no me gustaba la «bisa» y que en esa casa pasaba algo raro, pero no pude; la señora no soltó a mis padres en todo el día y llegó la noche sin poder hablarles.

Tenía que descubrir el misterio y salí de mi habitación a la misma hora de la noche anterior, los golpes recorrieron otra vez el techo del pasillo y al terminar, de nuevo, el estruendo.

Subí despacio y vi que salía luz por la rendija de una puerta. Alguien hacía ruidos dentro y, tras una hora, arrastró una silla y volvieron los golpes sobre la madera del suelo. Allí no había sitio donde esconderse; bajé y esperé a que quien fuera volviese a su cuarto. Cuando llegó, subí y encontré la habitación abierta, así que entré sin pensarlo.

Encendí la linterna y grité de espanto. Había tres esqueletos y dos mesas viejas con aparatos de tortura: pinzas, cuchillos, alicates, sierras. En las vitrinas, tarros con dientes, ojos y hasta una mano. Era la habitación del horror.

Alguien, seguramente con una pata de palo, vivía allí y, lo peor, era un psicópata asesino.

Bajé gritando y mis padres salieron asustados de su habitación. Mi madre se acercó a calmarme, pero no dio tiempo. Otra vez, los golpes recorrían el techo y todos miramos arriba aterrados.

—¡Ah! Ja, ja. Esa es mi tía con su andador —rió mi padre. Subió y dijo—: Agárrate a mi brazo. Yo te ayudo —Se produjo el estruendo otra vez—. ¡Pero, tita! ¡No tires el andador así! Luego dices que no te sirve.

Asomaron por las escaleras. La «bisa» estaba disgustada.

—No quiere que la veamos con el andador. Es muy coqueta —Mi padre sonrió a su tía abuela.

—¡Papá, tiene una habitación con esqueletos! —me chivé— ¡Y manos, ojos, corazones…!

Mi madre miró espantada a mi padre.

—Pero ¿qué dices, criatura? —se enfadó la «bisa».

—Ese cuarto es su laboratorio —explicó mi padre—. Es antropóloga y muy buena. Famosa en todo el mundo.

La «bisa» me clavó su mirada y me puse colorado como un tomate.

—¿Era eso lo que me querías contar? —preguntó mi madre.

—Sí, lo siento —murmuré.

—No te disculpes —dijo la «bisa»—. Es culpa de todos por no habernos sentado a charlar. Bajemos —ordenó— y os contaré mis aventuras.

—¡Oh, Dios! —exclamó mi madre.

Mi padre la acompañaba escaleras abajo y nos miró desolado.

—¡Oh, Dios! —repitió mi madre—. Ahora se pasará días contándonos historias de terror.

—Vaya —dije—. Ahora no sé qué será peor.

Olga Lafuente.

Publicado en A partir de 7 años

Las alas del príncipe Addlery.

Berry disfrutaba de un paseo por el cielo. Era la princesa del reino de las frambuesas, pero de vez en cuando montaba su Pegaso y volaban por los otros reinos, dejando detrás de ellos, una estela con los colores del arcoíris.

Llegaban a saludar a Dago, el dragón en el castillo de las hadas; después iban a las faldas del monte Dormilón, donde visitaban a Agatha la bruja, y comían galletas de chocolate, acompañadas con un té hecho con flores silvestres, patitas de araña y ojos de rana. De ahí, viajaban a la orilla de la isla, al barco de Peter el pirata, donde escuchaban alguna de sus aventuras de altamar.

Ese día, ya iban volando de regreso al reino de las frambuesas, y en medio del bosque, al lado de la meseta, escucharon un grito lejano que, cada vez, se acercaba más y más. La princesa volteó su mirada hacia arriba y vio que venía cayendo un joven grifo.

La criatura mitad águila y mitad león, pasó al lado de Berry.  La princesa no se lo pensó dos veces, rápido se hechó en picada tras él para rescatarlo. Tomó unas cuerdas mágicas y las lanzó a las garras del grifo. Él se sujetó muy fuerte. Poco a poco descendieron al pie de la meseta, hasta que tocaron el suelo.

—Gracias por ayudarme —dijo el grifo cuando recuperó el aliento.

—No es nada. Para eso estoy, para ayudar a todos cuando pueda —le contestó. — Tú, me pareces conocido. ¿Quién eres, joven grifo?

—Soy Addlery, el príncipe de los grifos.

—¡Ah! Pues claro, eres idéntico al rey Lowaddler, él es mi amigo. Yo soy Berry, la princesa del reino de las frambuesas.

—Mucho gusto Berry. Me encanta conocer gente nueva —dijo mientras se arreglaba el plumaje del pecho.

—El gusto es mío. Ahora tengo otra duda…

—Y ya se cual es: te preguntas cómo es posible que el hijo de Lowaddler no pueda volar. Pues te muestro… —Levantó sus alas para enseñárselas a la princesa. Ella vio que estaban muy pequeñas, con muy poco plumaje e incluso un tanto retorcidas. —Nací así, mis alas no son normales, no se desarrollaron bien. Mi padre pensó que con el tiempo tal vez se iban a enderezar, pero cada vez crecen más retorcidas y carecen de plumaje. Los demás grifos de mi edad, en lo alto de la meseta, se burlan de mi cuando mi padre no está.

—No te debiste lanzar desde esa altura hasta que no estuvieras seguro de poder volar.

—No salté. La verdad es que vi a los principiantes salir volando y los perseguí corriendo y dando brincos. Mi intención era llegar hasta la orilla de la meseta de los grifos, pero resbalé y nadie me vio caer… bueno, aparte de ti.

—Tienes muy buena suerte hoy.

—¿Con estas alas inútiles? ¿Crees que tengo suerte? —Agachó el pico, triste. Casi a punto de llorar.

—Pues sí. Por suerte pasaste a mi lado y te evité una caída mortal. Además, yo tengo la solución para eso que te molesta. Como ves, mi pony puede correr y volar, así como lo hacen los grifos. —Le dijo ella sonriendo.

—Todos menos yo —dijo, aun triste, pero esperanzado con lo que había dicho Berry.

—Por ahora. Vamos, trotemos hasta la casa de Agatha, mi amiga bruja. Ella tiene una escoba que vuela, y de seguro tiene un remedio para tus alas. Vamos Addlery, no es el fin del mundo.

Los dos emprendieron una carrera hasta que llegaron al monte Dormilón, a la casita de Agatha. Donde le explicaron la condición del príncipe.

—Claro, eso es fácil de hacer —dijo la bruja en cuanto les echó un vistazo a las alas del grifo. —Mi búho Xavi, nació con esa condición. Lo que hice, fue ir con los enanos de la montaña. Ellos son expertos en construir cosas de metal. Vayan con ellos, y pídanles unas alas de oro mágico. Van a querer un pago a cambio. Denles esta canasta con bizcochos de frutos rojos con pelos de gato blanco. Les van a encantar, los hice yo misma.

—Muchas gracias, Agatha. Eres la bruja mas buena que conozco.

—No es nada, tú has sido siempre tan amable, princesa Berry. —Le contestó sonriendo, y después mordió una manzana roja y jugosa de la que salió un gusanito. Después tomó el bicho y lo puso encima de una flor que estaba en el suelo.

Berry y Addlery se despidieron de la bruja, luego se pusieron en marcha hacia la montaña.

Los enanos siempre listos para trabajar, a cambio de bizcochos de Agatha, se pusieron manos a la obra muy rápido. Eran expertos en metales y piedras mágicas. Le entregaron de inmediato al joven grifo, unas alas doradas muy grandes, se ataban a su pecho con unos cinchos de vaquetas, muy resistentes. Las pequeñas plumas de metal eran tan livianas como las plumas reales, y en conjunto, el artilugio se veía espectacular, y sobre todo funcionaba increíble.

—Las alas irán creciendo, conforme el joven grifo las fuera necesitando.  Le incrustamos cinco piedras preciosas en línea, en la parte del centro. Una roja, una azul, una verde, una amarilla y un diamante. Son las que les dan el poder y la magia a las alas  —dijo Herman, el jefe de los enanos.

La princesa y el grifo le agradecieron. Luego empezaron a aletear con entusiasmo. Levantaron la polvareda y se elevaron en el cielo. El sol del atardecer hacía que las alas doradas brillaran esplendidas.

La meseta de los grifos era tan alta que, sobrepasaba las nubes. Hasta allá subieron los dos. Lowaddler, el rey de los grifos no podía creer lo majestuoso que se veía el príncipe Addlery, dando piruetas por los cielos. Contento aleteaba, haciendo un sonido metálico tan sutil, que lo hacía único y especial.

Los demás grifos jóvenes, invitaron a Addlery a pasear y a jugar carreras de velocidad. Admiraban las nuevas y hermosas alas de oro.

—Gracias Berry. Hiciste sonreír a mi hijo de nuevo. No hay manera de que te pueda recompensar lo que has hecho por él. —Le dijo el rey a su amiga de la infancia.

—Lowaddler, no tienes nada que agradecer. Lo importante es que el príncipe se sienta feliz, a pesar de que sus alas no sean de esas maravillosas plumas de grifo, como las tuyas —dijo Berry.

—Son mejores que las mías. Y por supuesto. Ahora Addlery es muy feliz —. Los dos amigos sonrieron.

Publicado en A partir de 12 años

“Coraje”; un Conejillo de Indias (Parte I)

Todos decían que se acercaba el fin del mundo, pero para mí el mundo estaba demasiado lleno de gente y cosas; era imposible que tuviese un final. Además, no podía ser tan malo. Claro que significaba el fin de la vida, del planeta, del universo, del cosmos, de la existencia de todo lo que conocían hasta el momento (o al menos lo que creían conocer), pero yo simplemente no podía creer que tal cosa tuviera tanta repercusión, porque sentía que había algo después de ese fin.

Una vez oí a la señora del pelo blanco que vivía en mi casa (la que me tenía un poco de miedo al principio; la abuela de mi cuidadora), decir algo que se me quedó grabado en mi peluda cabeza, para siempre. Cuando lo dijo sonó tan alocado que todos tomaron la actitud característica: oídos sordos a sus palabras. Evidentemente era otra de las crisis seniles que tenía con frecuencia. Todos decidieron obviar su comentario, como hacían habitualmente en esos casos, y centrarse en encontrar una salida al “fin” que tanto los agobiaba. Todos le restaron importancia a aquella frase, menos yo, la única mascota de la casa, y por tanto, no humana, pero al parecer, más perspicaz que todos ellos. Y no obstante no lo era tanto como aquella anciana arrugada cuando dijo: la salvación está al final del arcoiris.

Claro, que nunca creí que el arcoiris estuviera al final de aquel desierto, y que fuéramos nosotros los 126 elegidos para encontrar la única (última) fuente de agua en el planeta.

Así que, luego de la cantidad de gente y cosas acumuladas en aquel pedazo de tierra, todo se desmoronó y quedamos nosotros, unos indefensos e inútiles (o al menos eso creíamos ser; eso nos hicieron pensar las personas, que saben más que cualquier animal) curieles gordos y peludos en lo que sin dudas sí fue el fin del mundo.

¿Cómo desapareció todo, y todos? Quizá nunca lo sabremos. Pero tan repentino como la noticia de que sí había llegado “el fin del mundo”, fue el hecho de vernos lejos de aquella tierra, lejos de todo, flotando en un globo aerostático, sobre una colosal destrucción.

Casi no recuerdo los detalles, pero sí la oscuridad y la devastación de todo lo que solía llamar “hogar”. Yo era el único curiel rojo; siempre supe que era diferente, extraño (quizás por eso la anciana me tenía tanto miedo).

No sé si el color fue decisivo a la hora de escogerme, pero todos los que estábamos ahí teníamos algo diferente; grotesco, irrisorio, simplemente distinto al resto de nuestra especie. Algunos eran muy pequeños, casi del tamaño de una uña humana; otros, extremadamente grandes (a esos sí que la anciana les hubiese tenido puro pavor), del tamaño de perros o gatos jíbaros (yo trataba de no acercarme mucho a estos; me daba miedo que con su pata, de solo caminar, pudieran aplastarme).

Había unos con orejas muy grandes que apenas dejaban ver sus diminutas cabezas, y cada vez que había un sonido esos órganos se movían de tal manera que podías ver perfectamente sus tímpanos.

También estaban aquellos que tenían muchos bigotes que casi no dejaban divisar sus ojos ni su boca; con los pelos tan largos que llegaban hasta el suelo y se convertían en dos esteras que se tendían a ambos lados de sus cuerpos, como si fuesen velos de novia, de esos de cola larga que van siguiendo el recorrido hasta el altar. Y esos de patitas tan pequeñitas que prácticamente tenían que arrastrarse para caminar.

¡Tanta variedad! Realmente me asombró ver tantas particularidades en seres de mi mismo linaje. Yo solo era rojo; eso debía tener alguna relevancia o importancia especial, pero yo no veía más distinción que el color de mis pelos.

Continuará…

Todas las imágenes son tomadas de Pinterest

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

La ladrona de contraseñas. Capítulo 9

CAPÍTULO 9

Pasaron unos días y Ruth recibió su castigo oficialmente por parte del colegio. En los recreos tenía que ayudar en las tareas de limpieza del patio. Debía poner las mesas de su curso en el comedor, y cuidar de los más pequeños. Además tenía que visitar a la psicóloga del centro cada jueves. Aún así, no se quejaba. Después de todo, era consciente de que había tenido suerte.

Cerca de las vacaciones de verano, Ruth pintaba el muro del colegio mientras veía a Andrés y Marta de la mano. Estaba furiosa, pero ahora eso le tenía que dar igual, recuperar a Cleopatra era más importante.

—¿Quieres un zumo? —el chico de la mesa de la primera fila, junto a la ventana, le tendía la mano con un zumo de piña—. Era el único del colegio que le había hablado en mucho tiempo. Odiaba la piña, tanto o más que a su prima Marta, pero agradecida y con una sonrisa se lo bebió.

Quién sabe, quizás aún había esperanza y Marta estaba cambiando.

FIN.

Publicado en A partir de 8 años, Cuento

TONY, DROGO Y TANGO, MARÍA JOSÉ VICENTE RODRÍGUEZ

TONY, DROGO Y TANGO

Soy Tony, un ratón de campo que vive en una ciudad y tengo dos mejores amigos: Drogo y Tango. Somos inseparables desde casi, ¡toda la vida! Drogo es un pastor alemán, un perro muy fuerte y siempre nos defiende. Tango es un gato bengalí muy listo, rápido y muy cariñoso conmigo, con Drogo no se lleva muy bien. Pero lo importante es que, procuramos estar todo el día juntos, al menos de eso se encarga Drogo, que, muchas veces, me sube a su lomo como si yo fuera Don Quijote y él mi caballo Rocinante.

Pasamos horas y horas jugando: las aventuras de persecuciones son las que más le gustan a Tango, le encanta que yo corra y él trata de cazarme. A veces es tan cariñoso y me estruja tanto que cualquiera diría que quiere comerme, pero es mi amigo. A Drago, le gusta correr grandes distancias y prefiere el escondite, donde trata de que el gato no nos encuentre. A veces, este juego dura varios días, pero Tango es tan listo que siempre nos encuentra.

Una noche, decidimos ir a cenar a un italiano, es la comida que más nos gusta, menos a Tango. Drogo estaba cansado de comer esa semana tanto pescado, así que propuso ir a comer a la Casa Toscana. Allí el chef nos trata como a señores y nos guarda los mejores restos de sus clientes. Cuando vamos puedo degustar diferentes quesos, el que más me gusta es el gorgonzola, pero el que más ponen en las pizzas es la mozzarella. A Drogo lo que más le agrada son los canelones o la lasaña. Tango, tenía las esperanzas puestas en unas buenas raspas, poco limpias, de besugo.

—Hacía algunas semanas que no veníamos aquí, ya echaba de menos un buen trozo de pollo a la milanesa —comentó Drogo relamiéndose el hocico y bajando la comida con un poco de agua.

—¿Por qué los niños dejarán un olor especial en la comida? Mirad —separé dos trozos de pizzas— este trozo, que no tiene el borde, tiene olor a fresa. ¿Por qué los niños comen el borde y los adultos no?

               Tango se acercó sin hacer ruido y olisqueó el trozo que le señalé.

—Tiene trozos de gelatina de fresa, atontao. Los mayores no se piden eso —Tango me puso una pata encima hundiendo mi cabeza en la comida, era muy bromista. Sin embargo, Drogo se puso en alerta y le gruñó. —¿A ti que te pasa, perro?

—¡Suéltalo! ¡Ya! —Drogo tensó su cuerpo preparado para abalanzarse sobre el gato.

—¡Estás celoso, Drogo! —me reía con mi risa chillona ratonil— Tony, dale mimitos también a Drogo, por favor. —Allí seguía yo, con la cabeza aplastada sobre la mozzarella mientras el gato me lamía y se relamía, sin darme cuenta.

—Parece que tienes ganas de jugar conmigo esta noche, Tango. No me provoques. —El perro empujó al gato. Este cayó sobre sus patas con suavidad y su cuerpo se erizó.

—¡Venga vamos a jugar! Hoy solo hemos dormido y hace mucho tiempo que no jugamos al pillar. Venga Tony, te doy ventaja, te cuento hasta cinco esta vez. —El gato me daba con la pata animándome a correr, su cara estaba muy extraña, me miraba con hambre, pero era mi amigo y solo quería jugar. Mientras se relamía, miraba de forma provocativa a Drogo.

—No le hagas caso y súbete a mi lomo Tony, ya hemos comido hoy bastante, mañana será otro día. —Drogo me extendió la pata para que me subiera.

—Pero quiero jugar al pilla- pilla con Tony —le dije.

—¡No! Vamos a jugar al escondite. Primero escóndete tú y yo me la quedo con el gato. —Drogo no quitaba ojo al felino.

Cuando corrí para esconderme, no pude ver todo lo que sucedió: el gato dio un brinco dispuesto a cazarme. Drogo lo alcanzó abalanzándose sobre él. Le dio tal golpe, que impactó sobre la pared. Yo, con mis patitas cortas de ratoncillo, corría y corría, buscando un lugar donde ocultarme, sin enterarme de la lucha entre mis amigos, y me agazapé en una alcantarilla a la espera.

La lucha entre Drogo y Tango se alargó más de la cuenta y me quedé dormido de tanto esperar.

Llegando el alba, Drogo me encontró dormido, me cogió entre sus patas con delicadeza y me situó en su lomo. El perro, cojeando y maltrecho y yo, fuimos en busca de otra biblioteca.

—Estás herido, Drogo, ¿qué ha pasado? ¿Y Tango?

—Unos vagabundos nos quisieron arrebatar nuestra comida, ya sabes que no me gusta que eso pase, me pongo hecho una furia, y nos pegaron a los dos. Cuando ya se fueron, Tango me dijo que te buscara y nos escondiéramos. Nos dará de ventaja hasta esta noche. Ya era necesario buscar además otra biblioteca. Quizás en un pueblo lejano.—No sabía que me estaba mintiendo.

—Pero entonces Tango no nos encontrará.

—Quizás no lo veamos más, quien sabe.

Autora: María José Vicente Rodríguez

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

El duende–puente.

Lorenzo no quería ir al colegio al día siguiente; su madre estaba enferma y tenían que llevarla al hospital, pero su padre había dicho que no podía faltar a clase.

Se acostó refunfuñando que si los libros no existieran, él no tendría que ir a la escuela, y se durmió deseando que desaparecieran todos los libros del mundo.

Cuando despertó, encontró a sus padres aún en casa y a un extraño hombre que murmuraba canciones junto a la madre enferma.

—Ha venido el curandero —dijo el padre.

Lorenzo se sorprendió:

—¿Por qué no está el médico?

—Él es el sanador, posee los conocimientos de los espíritus para curar.

Lorenzo vio que todo había cambiado; no había teléfono ni televisor ¡ni luz!, y en la puerta, un hombrecito hacía gestos para que se acercara.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Soy Luminare el duende-puente entre mundos. Ahora estás en el de la oscuridad y la ignorancia: no hay libros, aquí reinan la tradición y las supersticiones.

—¡Pero mi madre necesita un médico!

—Para eso, tendrían que existir los libros, pero tú deseaste que desaparecieran, aunque puedo ayudarte.

  Lorenzo salió con el hombrecito y se adentraron en el bosque que rodeaba la ciudad. El niño estaba aterrado; había sombras que sobrevolaban impidiéndole avanzar. El duende dijo que no les hiciera caso, aunque los fantasmas oscuros se le cruzaran para apartarlo del camino.

 Corría tras Luminare atravesando zarzas y matojos, tropezando con piedras, pisando charcos de barro mientras las sombras los perseguían de cerca. El duende lo animaba; era muy importante atravesar el muro de la sapiencia para encontrar la clave que salvaría a su madre.

No fue difícil; el duende avisó que solo tenía que desear aprender y el muro se encogería para saltarlo.

Detrás, había una ciudad con luz y color. Luminare indicó que buscase la casa más antigua y se quedó esperando en el bosque. Lorenzo encontró el edificio enseguida; en la puerta había un cartel donde se leía “IMPRENTA”. Dentro, un hombre con un delantal manchado de tinta y gafas sonrió.

—Alguien ha pedido que desaparecieran los libros y, ahora, tu ciudad está invadida por las sombras.

—¿Cómo lo sabe?

—Ya han venido más niños que desearon lo mismo para no tener que estudiar —dijo el hombre, e hizo un gesto para que entrase en la trastienda donde había un libro antiguo y pesado.

—Es el primer libro que imprimió Gutemberg, el inventor de la imprenta. Es un tesoro —dijo el hombre muy serio—, no lo pierdas: con él, vuestra ciudad recuperará los conocimientos; después, regresarás para devolvérmelo.

Lorenzo se lo prometió y retornó al muro, trepó y vio a Luminare que seguía detrás.

—Vamos. Se acaba el tiempo —dijo el duende.

El niño saltó con su tesoro y corrió a casa para salvar a su madre. Las sombras esperaban agazapadas para quitarle el libro, pero, mientras Lorenzo atravesaba el bosque, los espinos se fundían y los colores y la luz se extendían exterminando los fantasmas que se acercaban.

Los vecinos también lo perseguían para arrancarle el libro y Luminare abría paso para ayudarlo. Al fin, llegó a casa y cerró de un portazo.

Allí, el brujo retenía a su madre enferma y ordenó al padre que destruyera el libro. Este se abalanzó hacia él, pero Luminare se interpuso chocando con el hombre que cayó rodando. En la puerta de su habitación, Lorenzo gritó al duende.

—¡Entra! ¡Corre!

—Ya no puedo seguir —Luminare estaba desapareciendo.

  Lorenzo quiso llevarlo a su cuarto, pero cuanto más se acercaba con el libro, más se difuminaba el duende.

—No puedes irte —dijo Lorenzo—. Me has ayudado. Dime qué hago.

—Salva a tu madre y tu mundo. Yo pertenezco a la fantasía y no podemos estar juntos, pero cuando escribas sobre mí podré volver contigo.

Lorenzo abrió el libro y un haz de luz invadió la casa. Luminare desapareció y todo volvió a ser como antes. Sus padres despertaron del hechizo y las luces iluminaron las casas y la ciudad como el amanecer de la primavera.

Los padres fueron al hospital y Lorenzo al colegio. Cuando regresó,  su madre ya estaba muy recuperada. La besó y corrió a la habitación: quería escribir un cuento donde un duende, Luminare, salvaba a los humanos de la oscuridad y la ignorancia.

Olga Lafuente.

Sigue leyendo “El duende–puente.”
Publicado en Cuento

Sonrisas pintadas

El inicio del curso siempre suponía un torbellino de emociones para los niños, la gran mayoría se alborotaban ilusionados; otros como los pequeños que empezaban Educación Infantil, con angustia. Violeta pertenecía a este último grupo, aunque ella entraba a Cuarto de Primaria. Su zozobra era tal, que justo un día antes de incorporarse a las clases se puso enferma con febrícula y vómitos. Sus padres no quisieron forzarla, la dejaron en casa intentando animarla pues sabían muy bien que la causa de su enfermedad era la ansiedad.

Violeta era una niña encantadora, allí donde miraba encontraba la alegría. En su ya hermoso rostro, siempre lucía una sonrisa; y eso que la vida no se lo había puesto fácil, con solo dos años le detectaron pérdida auditiva. Empezó poquito a poco como un ladrón sigiloso de sonidos que le iba robando las voces de su seres queridos; los ladridos de Tobi, su cachorrito; el rugir del viento…

Desde ese día las audiometrías, las pruebas y tratamientos fueron algo habitual. Por más que buscaron no encontraron ninguna anomalía, ninguna causa contra la que luchar. Su familia no dedicó ningún segundo en lamentaciones. Pronto todos se dedicaron a aprender el lenguaje de signos. Unas veces los gestos no eran lo que tenían que ser; pero siempre, bien o mal, intentaban que fuera una tarea divertida.

Con el tiempo Violeta presumía de ser bilingüe: por un lado sabía hablar con las manos y por el otro con la boca. Eran idiomas diferentes pero ambos ricos en el milagro de la comunicación. Y cuando todo se hacía muy cuesta arriba contaba con el lenguaje universal del amor: las sonrisas, los abrazos, las miradas que derriten el corazón, el sentirse querida y capaz de todo.

Los ojos de Violeta eran negros y brillantes, su madre decía que tenían estrellas y que por eso brillaban tanto. Así debía de ser porque eran realmente mágicos. Con ellos escuchaba todo lo que pasaba alrededor, ayudando a desentrañar lo que muchas veces los sonidos le velaban. Si se fijaba bien, Violeta leía el alma de los que la rodeaban: sus mentiras, sus sueños, sus penas, sus intentos de aparentar lo que no eran. ¿Por qué los humanos solían decir una cosa y sentir otra distinta? Eso era un misterio que no conseguía resolver.

Con sus primeros audífonos el mundo sonoro fue un regalo que no se cansaba de explorar. Aunque les costaba entender el lenguaje oral, sus ojos mágicos le ayudaban en esta tarea. Era una niña feliz, agradecida a pesar de que el mundo estaba hecho para los oyentes, y de que en cada momento encontraba barreras que le dificultaban su aprendizaje y su vida diaria.

La pandemia hizo que este mundo construido con tanto esfuerzo se derrumbara como un castillo de naipes. De nada servían los ojos para ver el alma, de nada los gestos, ni las palabras que dibujaban los labios y que Violeta era tan capaz de entender. Las mascarillas lo tapaban todo y además las voces que tanto le costaba escuchar, le llegaban muy distorsionadas. Tampoco podía acercarse para oír mejor. Violeta se sentía aislada, iba a clase y no se enteraba de nada, no entendía ni a los profesores, ni a sus amigos. Comenzó a sentir una tristeza tremenda, tan grande y honda, que sus hermosos ojos de color negro dejaron de brillar.

Desde el colegio hicieron todo lo posible para que le asignaran un intérprete de signos, pero fue un intento vano. Los profesores se afanaban para ayudarla, pero ellos mismos se encontraban desbordados intentando que nadie tocara, abrazara o se acercara a otro… Con niños más distraídos que de costumbre, asustados, estresados…

Así el comienzo de un nuevo curso, no venía cargado de ilusiones para Violeta. Nadie sabe la impotencia que se siente cuando estando con tanta gente alrededor, las barreras te aíslan de todos, como si estuvieras solo en el mundo. Pasadas esas dos semanas iniciales en las que enfermó, llegó la hora para ella de incorporarse a las clases. Sus padres habían intentado animarla diciéndole que todo iba a estar mejor, pero ella había perdido toda esperanza.

Al llegar al colegio, le esperaba una gran sorpresa: todos, niños y profesores habían pintado en sus mascarillas una sonrisa; unas mejores que otras, pero todas dibujadas con la intención de que Violeta pudiera leer de nuevo el alma de la gente. Y conforme iba pasando entre ellos, sus manos la saludaban con el lenguaje de los signos, unas decían «¡hola!», otras «¡bienvenida». Además en su clase sus compañeros se habían esforzado mucho en mantenerse en silencio para que sus voces no silenciaran la de los maestros; y cuando alguien quería hablar levantaba la mano y se colocaba delante de Violeta para que ella pudiera escucharlo. La «Seño» escribía lo más importante en la pizarra…

Fueron muchas las pequeñas atenciones a lo largo de la jornada lectiva. Al volver a casa su desazón había desaparecido. El curso no sería sencillo pero con la ayuda de los demás sería mucho más fácil superarlo. Esa noche, como de costumbre, las estrellas volvieron a brillar en sus ojos.

Si estás leyendo esta historia, piensa que tú puedes ser la sonrisa pintada en la vida de quien pueda necesitarla.

(Fotografía de portada: Pixabay).

Publicado en A partir de 12 años, Poesía

ETERNO AZUL, JORGE MUÑOZ BANDERA

A la orilla de los recuerdos luminosos

se buscan los peces escondidos de la tarde,

vuelven los castillos ardientes de la arena

y bailan las ondas marinas como antes.

Navegan pensamientos errantes

entre las olas de mi corazón

y se vuelven gaviotas que

atraviesan el horizonte.

Han vuelto las huellas en la arena

a traer las rocas de la brisa

y ruedan entre la espuma

los sueños que un día lancé al eterno azul.