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Publicado en Revista Cometas de papel

Número 3

La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo.

PLATÓN

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¡Vuela con nosotros en esta aventura literaria!

Encontrarás en ella: poesías, cuentos, libros recomendados, sagas literarias, manualidades, pasatiempos, experimento, marcapágina…

Publicado en A partir de 11 años, Cuento

Coraje, un Conejillo de Indias. Parte 3

¿Pero cómo era posible? Cada vez que comenzábamos a chillar se volvía a producir el mismo fenómeno, y nada podíamos hacer para controlarlo. Es que no podíamos controlar nuestras acciones. He olvidado decir que estos chillidos son solo una reacción al miedo; una respuesta de nuestro organismo ante un peligro inminente. Si no podíamos controlarlos en otras situaciones, esta (que sin dudas era la más estresante de todas las que habíamos vivido) no iba a ser la que sacara a relucir nuestro coraje.

Todos pusieron su cabeza entre las patas, tratando de acallar los incontrolables sonidos que salían de sus bocas. Los que tenían las patitas cortas hacían lo imposible para agarrarse los hocicos, usando hasta los últimos extremos de sus uñitas. Y los grandotes gritaban tan alto, que hacían estremecer el piso del globo.

Todos eran presas del pánico, menos yo. Increíblemente me percaté de que ya no sentía miedo. Mis latidos cardíacos se calmaron, fueron enlenteciéndose cada vez más hasta llegar al ritmo normal, y entonces sentí una maravillosa tranquilidad.

Ahí lo supe, supe que debía hacer, y lo hice. Tomé una gran manta que colgaba de uno de los extremos del globo y, con mucho trabajo la extendí por encima de todos mis compañeros, que estaban a punto del colapso nervioso. Me di cuenta de que era más que una manta de lana, era una capa anti ruido.

No entendía muy bien de donde había salido este impulso mío, este conocimiento; pero en mi interior había algo que me hacía obrar de esa manera, paso a paso, como una operación aprendida.

Me pareció extraño en cada momento, pero no podía perder tiempo. Sabía que yo era el único que podía enfrentarme a aquella monstruosidad.

Si existía el arcoiris, había agua; y teníamos que hallarla, tomarla, guardarla en el gran globo, y regresar con ella, al precio que fuese necesario. Era la única oportunidad para la tierra, nuestra hermosa tierra que estaba a punto de morir.

Dejé a mis compañeros bajo aquella protección acolchada y me dirigí hacia el gigante que nos atormentaba. Mientras caminaba hacia afuera comencé a recordar lo que dejé atrás antes de empezar el viaje. Me vinieron a la mente todas las imágenes de cosas, animales, figuras varias; y de entre todas las cosas, recordé a las personas, esas que solo me habían tomado de mascota, y aún poniéndonos como destino: la salvación de nuestro hogar, no tenían idea de cuánto podríamos hacer para cumplir esa meta.

A medida que recordaba aquello me henchía de gozo y orgullo. Yo, un simple conejillo de Indias, salvaría al mundo. ¿Quién lo hubiese pensado; que en unas pequeñas y peludas patas rojas, estaría el futuro del mundo?

Continuará…

Publicado en A partir de 7 años

La tortuguita Casiopea tiene hipo

La Tortuguita Casiopea ha madrugado mucho hoy para practicar varios instrumentos musicales y preparar su voz.

—¡Hola, Casiopea! —le saluda el mapache.

—¡Hola, amiga tortuga! —le saluda también el pato.

Y la tortuga Casiopea, muy contenta, va saludando sin descanso.

El escenario será en esta ocasión, una roca junto a la charca, porque van a nacer muchos renacuajos y las ranas están muy nerviosas por el acontecimiento.

Todos están felices y Casiopea empieza a cantar, pero ¡oh, vaya!, le ha entrado hipo a nuestra amiga tortuguita y es imposible empezar.

La rana de la charca dice:

—Casiopea, ¿y si aguantas la respiración hasta que contemos diez?

Y Casiopea toma aliento reteniendo el aire.

—¡¡Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno!! —gritan todos en el bosque.

—Hip, hip —Casiopea sigue con hipo, ¿qué pueden hacer?

—¿Y si te damos un susto? —propone la liebre.

Se reúnen todos los animalitos y las ranitas para ver cómo asustar a su amiga, y Casiopea ya tiene miedo solo de pensarlo.

De pronto, la mofeta grita:

—¡¡Taparos la nariz, que he estornudado y se me ha escapado sin querer un maloliente pedo!!

La mofeta avisa a sus amigos de que ha estornudado y se le ha escapado un pedo. Todos salen corriendo, menos Casiopea que se refugia dentro de su caparazón.

Todos asustados han huido tapándose la nariz, menos Casiopea, que se refugia rápidamente en su caparazón.

Después de varios minutos Casiopea saca la cabecita de su casita y comprueba que nada huele.

—¡Amigos, volved! ¡Ha sido una falsa alarma! ¡No huele a nada, de verdad! —gritó Casiopea muy muy fuerte.

Casiopea se da cuenta también de que no tiene hipo, y cuando sus amigos del bosque vuelven, comienza a cantar.

¡Qué susto más grande le dieron a la tortuguita, pero el hipo ya no volvió más a la fiesta!

Y por fin, la tortuguita Casiopea ya no tiene hipo y puede cantar.

Clara Belén Gómez

Publicado en A partir de 9 años

¿Sakura será Ninja?

Sakura Saiko quería ser una niña ninja. Ya tenía 9 años y su formación en Ninjutsu estaba  viento en popa, lo tenía decidido, quería dar un paso en su formación y convertirse en lo más importante de una ninja: ser espía.

            Sabía que en Nagano, su ciudad, los ninja japoneses se preparaban en diferentes artes: la defensa personal, la escritura, el don de la palabra, la filosofía, la lógica,…

            Ya dominaba la defensa personal, era cinturón verde y tenía su primera estrella, estaba contentísima. Llevaba muchos años practicando y era un logro conseguir ese cinturón. La escritura estaba chupado para ella, y el don de la palabra lo tenía más que conseguido, hablaba por los codos. Ahora creía neceario dar un paso más y pensó trabajar el sigilo, ya que la filosofía, la lógica y cosas de esas le resultaban un poco aburridas. Así empezó su primera misión.

            El traje era fundamental para  una ninja, no tenía ropa negra, pero se encargó de coger a su madre una camiseta por aquí y unos leggins de su hermana mayor por allá. Se cubrió la cabeza con una bufanda negra de su padre y ya estaba preparada.

Salió de su casa sin ser vista, ni oída, fundamental para una ninja. Desde el portal, tras una ventana seleccionó su primera misión: le resultaba sospechoso el repartidor de la publicidad, así que lo seguiría sin ser vista.

             A los pocos minutos de estar en la calle, se pasmaba de frío, estaba todo nevado y comprendió que la ropa que llevaba no era la más adecuada. Hacía dos grados bajo cero y le tiritaba todo el cuerpo.

—Pues mira, estoy desarrollando la lógica, en otra ocasión debo elegir más ropa de abrigo.—Se dijo a sí misma, con escalofríos por todo el cuerpo y un temblique que parecía estar poseída.

            Pero siguió en su empeño y perseguía con disimulo al joven repartidor.

            La hermana, desde el otro lado de la calle se dio cuenta de lo que su hermana estaba haciendo, no solo por la negrura de su vestimenta,  que resaltaba sobre la nieve como un semáforo en rojo, sino también, por el bailoteo que llevaba ocasionado por el frío. Se acercó corriendo a ella y la agarró por la bufanda negra que le iba arrastrando por el suelo.

            —¡Ah!, ¿quien ha osado detener mis pasos en una misión tan importante? ¡Atchus!, ¡Atchus!— Sakura se puso en guardia dispuesta a enfrentarse a cualquier enemigo. Pero resbaló con la nieve helada del suelo.

            —Anda, vamos a ir a casa que vas a enfermarte, y no me cojas más la ropa. —La hermana la ayudó a levantarse, le pasó su abrigo por encima y se la llevó.

            Aquella misión le ocasionó un buen resfriado, pero le sirvió para aprender que una niña japonesa como ella, no podía salir de incognito vestida de negro cuando todo está nevado, y que cuando hace frío debe ir abrigada.

           «Pues estoy desarrollando aspectos filosóficos, el pensar se me da bien— se dijo a sí misma— ¡Atchús!,¡atchús!»

En cuanto llegó a casa se tuvo que acostar, su cuerpo helado no paraba de temblar y se dejó llevar por los cuidados de su mamá.

            —Sakura si te pones bien, podrás ir mañana de excursión al templo budista Zenko-ji.—Le dijo su madre trayéndole una infusión calentita.

—Claro que estaré preparada mamá. Estoy deseando ir.

Por la mañana salió disparada de la cama como un torbellino, dispuesta a ir de excursión, Zenko-ji era el centro budista más importatne del mundo mundial y no se lo podía perder.

Cuando llegó al templo se quedó flipada, no solo con la edificación que era preciosa, sino también con la forma de vida de los monjes.

Practicaban artes marciales, como ella,  y además de las artes que ella ya dominaba, estaban en contra de la violencia, como ella. También comprendió la importancia de la meditación, ellos se lo explicaron con todo lujo de detalles: con ello llegaría al nirvana, a su yo más oculto, a tener una vida más tranquila…

Ya está, lo tenía decidido.


—¡Sakuraaaa! ¿Qué has hecho ahora hija mía? ¿Y tu melena tan bonita? No sé que voy a hacer con esta niña. —La madre estaba muy preocupada, le acariciaba la cabeza buscando el pelo.

—Mamá he decidido ser una monje budista y por eso me he rapado.

Autora: María José Vicente.

Publicado en A partir de 12 años

Antonio el pastelero

Antonio se levantaba muy de madrugada cada día. Como panadero y pastelero, debía comenzar sus labores muy temprano, para que le rindiera el trabajo y poder tener sus productos listos en la mañana al abrir su pequeño local. Esa era una rutina que se repetía día a día, no importaba la fecha del año. Todos eran días de trabajo.

A pesar de lo fuerte que era su actividad, a él le gustaba mucho lo que hacía. Elaborar pan y pasteles le daba la satisfacción que no le brindaba ninguna otra cosa. Llevaba más de treinta años como artesano del pan, desde que era muy joven y ayudaba a su padre, quien fue el dueño original del negocio.

Antonio fue el único miembro de la familia que se dedicó a mantener en funcionamiento la panadería y lo hacía con mucho agrado. Agradecía todos los días el haber sido el aprendiz de su padre, de quien conoció todos los secretos de ese oficio y lo que requería para lograr los mejores resultados, así como las recetas tradicionales que le dieron el buen nombre al local.

El negocio marchaba bien. Todos conocían a Antonio, por supuesto, era el dueño de la única pastelería de la región. Todos alababan sus panes y la excelencia de sus pasteles. No había celebración en aquella comunidad en la que no se brindara lo que su establecimiento ofrecía.

Un día, a mediados de la primavera, se conoció la noticia de la boda de la hija del Duque. Sería un acontecimiento grandioso, una celebración como las de las casas reales en los casamientos de las princesas. Con la noticia de la boda llegó también a oídos de Antonio, que el Duque  haría el encargo del pastel a una pastelería importante de la capital, desconociendo lo que ofrecía el pastelero del pueblo. Quería el pastel más grande y precioso que nunca se hubiera visto.

En un comienzo, la noticia enfureció a Antonio, que creía tener suficientes méritos para encargarse de elaborar ese soñado pastel. Tendría que hacer algo para demostrar que él era el indicado para ocuparse de tan importante compromiso.

Se acercaba el día de la gran boda. Antonio tenía un plan. Convocó a su ayudante, a la señora de la limpieza y también a su mujer. Les explicó lo que quería hacer y le asignó una tarea a cada uno. El día y la noche antes del casamiento, trabajaron sin descanso. Fueron horas de intensa labor, todos estuvieron muy ocupados y comprometidos. Querían ayudar a Antonio a lograr lo que había ideado.

A la mañana siguiente, con la ayuda de unos vecinos, se dirigieron a la mansión del Duque  en donde sería la celebración. Al llegar indicaron que era una entrega especial. Les dejaron pasar y lo condujeron hasta un gran salón bellamente decorado. En la mesa central ya habían colocado el pastel que había llegado de la capital. Era hermoso, pero nada comparado con el que él llevaba.

Colocaron el pastel que habían elaborado, que duplicaba en tamaño al otro. Lucía espectacular, con sus adornos de flores y palomas blancas en los diez pisos que lo componían. Era el pastel más grande y precioso que se hubiera visto. Dejaron todo en el lugar y se marcharon sin que nadie los viera.

Días después de la celebración llegó un mensajero a la pastelería. Le convocaban a una reunión en casa del Duque. Antonio se imaginó que habían descubierto que era él quien había entregado la impresionante obra de pastelería y tendrían alguna queja por su osadía. Asistió a la cita y su tranquilidad llegó cuando le comenzaron a hablar, a contarle lo increíble que les había parecido el magnífico trabajo que había hecho. Lo felicitaron y agradecieron el haber presentado tan espectacular pastel, que sin duda había sido más hermoso y delicioso que el que  habían encargado en el otro lugar.

En compensación y a modo de disculpa por no haber confiado en su experiencia, le tenían un regalo. Dispondría desde ese día de un nuevo local, más amplio y dotado con los más modernos equipos para que pudiera trabajar más cómodo y lograr una mayor producción, lo que sería beneficioso para todos en la comarca.

Fue así como la pastelería de Antonio llegó a ser la más importante y prestigiosa del país. De su calidad se habló en todas partes y fue desde entonces el pastelero oficial para todas las grandes celebraciones del ducado.

Autor: Adalberto Nieves (@Yocuento2)

Publicado en A partir de 10 años

El pintalabios de Pedro. Capítulo 4

UNA REUNIÓN URGENTE

El mismo viernes después de la merienda, estaban todos conectados menos Pedro, que decidió no unirse a la reunión. Debía estar muy enfadado y nadie le insistió.

—¡Chicos! —dijo Bea—, estuve en la clase de Pedro tal y como quedamos, y no saben muy bien qué ocurre, pero me han contado que Pedro guardaba un pintalabios en el bolsillo y que la profesora Carmina se lo quitó.

—Espera, espera, espera —interrumpió Marta—, ¿dices un pintalabios? ¿Era rojo?

—Pues no lo sé con seguridad, ¿por qué? ¿sabes algo sobre eso? —respondió Bea.

—Bueno, no estoy segura, pero Pedro me preguntó dónde podía comprar un pintalabios rojo muy llamativo y aunque me extrañó no le di importancia. Luego recordé que mi madre tenía uno y que lo iba a tirar a la basura porque no lo utilizaba. Así que se lo pedí y en cuanto lo tuve se lo di a Andrés en su clase, hoy mismo, por la mañana.

Todos estaban muy intrigados.

Marta explicó a todos que el pintalabios se lo había regalado ella a Pedro, pero seguían sin entender qué tenía que ver Ruth en todo aquel lío.

—Debe ser ese pintalabios entonces —afirmó Jaime.

—¿Pero para qué quiere Pedro un pintalabios? —preguntó Ana en voz alta.

—Pues no lo sé porque no me dijo para qué lo quería y como es normal en mí, no le pregunté—respondió Marta encogiéndose de hombros.

—Según Pili, la compañera de Pedro que me contó lo que ocurrió, escuchó claramente cómo él decía que no podía contar para qué lo necesitaba y me dijo también que por ese motivo lo llevaron al despacho del director y que lo más raro fue que la profesora dijo que Ruth también tenía que acompañarlos —explicó Bea.

—Cuánto misterio alrededor de un pintalabios y qué extraño todo —para Andrés, todo aquello no tenía sentido y era un auténtico rompecabezas.

—Vaya, esto pinta muy regular —pensó en voz alta Jaime y todos asintieron.

Ana, que era la que siempre tenía buenas ideas, de pronto habló:

—Marta, tú eres vecina de Pedro, ¿puedes intentar hablar con su hermana mayor, Lola?

—¡Es verdad! —Exclamó Marte entusiasmada— Suelo verla en la urbanización leyendo y además normalmente baja sola. Ya os contaré, porque no quiero tampoco decirle que lo han llevado al despacho del director y que encima Pedro me llame bocazas.

—Tienes razón, Marta, es delicado, pero seguro que algo se te ocurre —le animó Ana.

—Perfecto —dijo Jaime —, si os parece bien quedamos mañana por la mañana en el parque. Tengo que pasear al perro, lo estamos educando para que haga sus cosas fuera y no podré estar en Zoom.

Continuará…

Publicado en A partir de 14 años, Cuento

Todos somos iguales (Ángela Losada Romero, escritora infantil invitada de la semana)


Existió una vez, un niño que se llamaba Santiago, tenía el cabello castaño y los
ojos lo más llamativo de su rostro, ya que eran increíblemente despiertos y de
un azul tan profundo que jamás encontraría en ninguna parte del mundo, por
muchos océanos y cielos que viese.
Un día, Santiago se encontró con que había llegado a su clase un nuevo
compañero, de color negro. Su nombre era Mamadou y era sudafricano.
Cuando jugaron a la pelota, vieron que Mamadou jugaba muy bien.
Santiago se sintió mal, porque él era el mejor del cole. Al terminar el juego,
Santiago reunió a sus amigos y les dijo que Mamadou no era igual que ellos
porque era negro; que había leído sobre un país que se llamaba Sudáfrica en
donde los negros estaban separados de los blancos; que era muy peligroso
juntarse con los negros porque cometían actos violentos. Así que nadie quiso
jugar con Mamadou desde entonces. Todos jugaban y gritaban muy contentos
menos Mamadou, que estaba triste. Se fue a una esquina y lloraba sin cesar,
hasta los árboles y los pájaros parecían melancólicos y afligidos al verlo.
Por la noche, Santiago les contó a sus padres que había llegado un niño
negro a la escuela. El padre le respondió que se alegraba que tuviera un nuevo
amigo, y no entendía por qué les decía que el niño era negro si todos éramos
iguales. Él se sintió mal. Cuando se fue a la cama, se seguía sintiendo afectado
por haber dicho que los niños negros no eran iguales, que era una raza diferente
de la que había que alejarse y no mantener ningún tipo de relación. Sin embargo,
se decía a sí mismo que no había mentido. Él, había leído sobre Sudáfrica, pero
no había profundizado en la cultura tan enriquecedora del mismo. Esto hizo que
cuestionara las palabras que había dicho ante sus compañeros.
Santiago se quedó dormido y soñó que vivía en otra ciudad, él se llamaba
Dakari. Cuando se miró en el espejo, vio que era negro. Se asustó y preguntó
dónde vivían, le dijeron que estaba en Sudáfrica. Su madre se le acercó. Se
quedó mirándola y se dio cuenta de que el rostro y la piel de su madre, era de
color negro. Estaba confuso, no podía creer lo que estaba sucediendo.
—Madre, ¿dónde está mi padre? —le preguntó con voz temblorosa.
—Hijo, tú sabes que está en la cárcel por luchar para que seamos todos
iguales, para que blancos y negros estemos unidos y tengamos los mismos
derechos y oportunidades —le respondió la madre con lágrimas en los ojos.
Estaba preocupada por él y se preguntaba si algún día, su hijo, se sentiría
orgulloso por la causa por la que luchaba su padre.
Dakari se fue a la escuela y vio que había escuelas para niños blancos y
escuelas para niños negros. Nada tenía sentido. Se acordó de como Mamadou
lloraba al verse excluido. Aquí era todo un pueblo el que lloraba. La situación y
las condiciones de vida en las que se veían inmersos, no parecía que cambiara.
Al salir de la escuela, Dakari pidió a su madre que lo llevara a la ciudad. La madre
lo miraba y lo acariciaba con todo el amor del mundo que una madre podía tener
hacia sus hijos. Le dijo de ir a visitar a su padre.
Era el único hombre negro que había tras las mugrientas rejas de una
cárcel, a las afueras de la ciudad. Se acordó que la noche anterior le había dicho
su padre que todos éramos iguales; en ese instante, como un soplo de aire
renovado, pudo comprobar lo que su padre afirmaba. Allí estaba su padre y su
madre, sólo que su piel era de otro color. También se dio cuenta que el color de
la lucha por la igualdad era el más bello de los colores.
Corrió y abrazó a su padre, lo besaba con toda la ternura de las estrellas:
—Padre, te amo con toda el alma, —le dijo Dakari mientras el padre lo
acariciaba y le empezaba a recitar unos poemas muy bellos. A su padre le
encantaba la poesía y se deleitaba con ella. Le decía: «La noche es muy bella,
tiene blancas y brillantes estrellas en la oscuridad, no podemos separar las
estrellas de la noche, por eso es muy bella, blanco y negro, viven en paz».
Cuando regresaban a casa por el camino de los negros, pensaba en la
injusticia que se cometía en ese país y en las inmerecidas palabras que él había
dicho sobre Mamadou. Al llegar, su madre lo besó en la frente y le imploró:
—Dakari, prométeme que nunca causarás sufrimiento a otra persona por
ser de otro color. Prométeme que lucharás para que todos seamos iguales.
—Te lo prometo —respondió mientras la madre lloraba sin consuelo.
—Hijo, tienes que ser muy fuerte, mañana tu padre morirá por luchar por
la igualdad de los seres humanos, el gobierno de Sudáfrica lo ha condenado a
morir —le dijo entre lágrimas.
Dakari se fue en silencio a su cama, las lágrimas caían de sus ojos como
cuando llueve. En medio del llanto se quedó dormido, su último pensamiento fue
para su padre. A la mañana siguiente, se despertó con mucha tristeza.
—¡Madre!, ¡madre!, —gritaba—. ¡Vamos a ver a mi padre, hoy es el último
día que lo puedo ver!
De pronto se encontró con su padre, el cual, extrañado, le dijo:
—Santiago, ¿qué es eso de que hoy es el último día que me puedes ver?
Entonces, se dio cuenta de que estaba frente a su padre, que todo había
sido un sueño y lo abrazó como nunca.
—Padre mío, somos todos iguales —le decía muy contento.
Luego, llegó su madre a la que también abrazó. No entendían qué pasaba,
pero Santiago les contó el sueño y también lo que había pasado con Mamadou.
—Bueno hijo, tú ya sabes qué debes de hacer con respecto a Mamadou
—le dijo el padre.
Cuando llegaron a la escuela, Mamadou estaba en una esquina con la
mirada cabizbaja, en eso llegaron todos los niños de la escuela. Santiago ya les
había contado la verdad y el sueño de la noche anterior. Entre todos le pidieron
perdón por su comportamiento y lo nombraron capitán del equipo de pelota.
Todos los niños y los profesores de la escuela, firmaron una carta en
donde le pedían al gobierno de Sudáfrica que terminara con la discriminación, y
que el gobierno debería ser de la gran mayoría de los habitantes, también
enviaron copia de la carta a la ONU.
A mitad de la mañana, entró la directora en clase y Santiago le propuso
organizar un festival en el patio del colegio con el fin de recaudar fondos para
enviarlo a los países más necesitados del planeta, promover y difundir los
Derechos Humanos, sobre todo, los Derechos de los Niños.
Reunió a sus amigos y junto a Mamadou pensaron qué hacer para el
festival. Repartieron una circular para que los alumnos participaran con frases
acerca de la vivencia de los niños. Estas se escribieron en carteles y folletos que
colocaron por el colegio. Algunas respuestas del alumnado fueron:
Si un niño vive en un ambiente de hostilidad… aprende a pelear/ Si un
niño vive con tolerancia… aprende a ser paciente.
Si un niño vive atemorizado y ridiculizado… aprende a ser tímido/ Si un
niño vive con aprobación… aprende a quererse y a estimarse.
Si un niño vive avergonzado… aprende a sentirse culpable/ Si un niño vive
estimulado… aprende a confiar en sí mismo.
Si un niño vive criticado… aprende a condenar/ Si un niño vive
apreciado… aprende a apreciar.
Santiago, junto con sus compañeros montaron también un video con
fragmentos de documentales que mostraban las distintas formas de violación de
los derechos de los niños y adolescentes. Utilizaron una pantalla del Salón de
Informática que la colocaron el día del Festival encima del escenario, y reunieron
un número importante de personas.
La respuesta fue muy buena, quedaron sorprendidos por el trabajo de los
chicos, esas cosas generalmente no se hacen.
Aquel día, de regreso a casa, Santiago recordaba con alegría la reacción
de la gente y pensaba en lo importante que era ver las cosas para entenderlas y
ponerse en el lugar del otro. Estaba satisfecho de dar un paso para concienciar
de los Derechos Humanos, y sentía que, cada ser humano, no solo debía
quedarse con aquellas imágenes sino cambiarlas por gestos de solidaridad,
demostrando que ésta es una cuestión sin fronteras y nos engloba a todos.

Autora: Ángela Losada Romero. (2º de la ESO)

IES Sierra Bermeja. Málaga

Publicado en A partir de 9 años

¿Cómo hacer una reseña positiva en una página web?

En el libro ¡Padre no puede enterarse! de la autora Mamen Ruiz, la Asociación PacoPacá es una asociación ficticia sin ánimo de lucro que se encarga del cuidado de la naturaleza y de los animales.

¿Por qué se llama así esta asociación?

Se llama así porque sus fundadores se llaman Paco y Paca. Estoy segura de que lo adivinaste. Además, porque acuden a ayudar a todas partes, ya sabes, van «pacá-pallá».

Elabora una reseña positiva (ficticia), que incluirías en su página web para recomendar los servicios.

Ayudas para escribir tu historión:

  • Los animales pueden ser fantásticos, no tienen por qué ser reales. La entrada ¡Qué historión puede ayudarte a darle nombre a tu mascota
  • Ellos han salvado a tu mascota de un peligro inimaginable, no lo típico del gatito subido en el árbol. Así que estás muy agradecida o agradecido. Y quieres que el mundo mundial lo sepa y acuda a ellos para pedir ayuda.
  • Puedes usar distintas fórmulas en tu texto:
    • Son los mejores
    • Creí que jamás volvería a abrazar a mi mascota, pero ellos…
    • Los recomiendo porque me ayudaron cuando…
    • Son increíbles, nunca pensé que serían capaces de.
  • ¡Deja volar tu imaginación! Afila bien el lápiz y escribe.
¡Padre no puede enterarse!, Mamen Ruiz

Publicado en A partir de 10 años

El pintalabios de Pedro. Capítulo 3

EL SECRETO DE PEDRO

En el recreo, la pandilla se reunió en el banco de siempre, menos Pedro, que caminaba solo y pensativo al final del patio.

—Oye Andrés, ¿no ves a Pedro raro? Lleva todo el recreo dando patadas a ese bote.

Andrés miró hacia donde Bea señalaba, al fondo del patio, donde el suelo era tierra seca por la falta de lluvia, cerca del pinar vio a su amigo Pedro, cabizbajo y desanimado.

Andrés observó que su amigo Pedro estaba solo al final del patio, cabizbajo y triste.

—Ahora que lo dices, sí Bea. Se comporta raro. Voy a hablar con él —observó Andrés.

Mientras Andrés corría hacia Pedro, Bea fue en busca de Marta.

—¡Ey, Pedro! —la voz de Andrés lo sacó de sus pensamientos.

—¡Hola Andrés! —seguía dando patadas a un envase de zumo vacío y cada vez que lo hacía, se levantaba una pequeña columna de polvo.

—¿Va todo bien? —Andrés prefirió preguntarle directamente.

—¿Cómo va a ir todo bien en un colegio como este donde creen a la más mentirosa? —contestó Pedro apretando los puños.

—¿Qué ha pasado? —Andrés estaba muy intrigado.

Pedro tardó en contestar, se limitó a dar otra patada a un bote del suelo y después de una pausa, contestó:

—Nada, Andrés, no puedo contártelo. De todas formas pronto te enterarás, gracias a Ruth, debo ser la comidilla de mi clase. Si tienes curiosidad pásate por allí, yo ahora tengo algo que resolver y mucho que pensar. ¡Ah! ¡¡Y NO ES PARA MI NOVIA!!

Andrés no entendía nada y parecía que Pedro tenía pocas ganas de aclararle lo que ocurría.

—Pedro, eh, que somos un equipo, ¡podemos resolver lo que sea! ¿Quedamos esta tarde por Zoom y nos lo cuentas a todos? Venga, somos la pandilla de Los Saltamontes —dijo Andrés intentando calmarlo.

—A ver, Andrés, que no puedo contarlo, déjame solo —la voz de Pedro sonó triste.

Andrés nunca había visto a Pedro tan enfadado. Algo muy grave le había ocurrido.

Andrés nunca había visto a Pedro tan enfadado y abatido.

—Pero si ocurre algo… —Andrés no terminó la frase, Pedro dio una patada al poste de una papelera y se alejó enfadado mientras a lo lejos se escuchaba a la señorita Carmina:

—¡Oye, Pedro!, no vamos a permitir vandalismo en este colegio. Te acabo de ver dar esa patada a la papelera, ¿es que quieres volver al despacho del director?

Andrés ya había vuelto con el resto de los amigos y todos habían escuchado el grito de la señorita Carmina acusando a Pedro de vándalo. Estaban perplejos.

—¿Qué está pasando? —quiso saber Marta—, cómo es posible que a Pedro lo acusen de vandalismo? ¿¿Pedro en el despacho del director??

—Ummm, me parece que tu prima Ruth, está detrás de todo esto —dijo Andrés.

—¿Ya? ¿Tan pronto? ¡¡Pero si acabamos de comenzar el curso!! —Marta no se lo podía creer—, ¿y qué es lo que sabes tú, Andrés? —preguntó Marta.

—En realidad poca cosa. Nunca he visto a Pedro tan enfadado. Solo me ha dicho que no puede contármelo y que Ruth está detrás de todo y que si queremos enterarnos, que pasemos por su clase porque allí todos lo saben… y también me ha dicho algo muy raro… —dijo Andrés pensativo.

—¿El qué? —Marta miraba a Andrés con los ojos muy abiertos.

—Que no es para su novia… —contestó Andrés.

—Pues ahora sí que estoy intrigada—dijo Bea.

Todos se sentían igual.

Sea lo que sea —continuó hablando Bea—, Pedro es muy legal y buena persona, esa acusación de vandalismo es falsa. Alguien ha convencido a la señorita Carmina de lo que no es y nosotros sabemos quien es ese alguien.

—¡RUTH! —respondieron todos.

Continuará…

Publicado en A partir de 10 años

El pintalabios de Pedro. Capítulo 2

UN AUDIO MUY INOPORTUNO

El director del centro apagó la pantalla del ordenador, se quitó las gafas y miró perplejo el pintalabios que la profesora Carmina había colocado enfadada sobre su mesa.

—Parece ser, Oscar, que Pedro pensaba hacer vandalismo en las paredes del centro.

Ahora a Pedro sí que no le cabía duda, la malvada Ruth había jugado bien sus cartas, pero aún se preguntaba, ¿cómo es que sabía lo que guardaba en el bolsillo? ¿Lo habría espiado? De lo que estaba seguro es que esta era su venganza. Creía que había escarmentado desde que recibió aquel castigo por robar contraseñas… pero ahora comprendía que Ruth sencillamente disfrutaba fastidiando a los demás.

Oscar, el director, observó a Pedro, le tenía especial cariño y sabía que no era ese tipo de niño. Si guardaba un pintalabios en el bolsillo seguro que no era para hacer algo malo y <<además, ¡qué absurdo!, pensó.

—Bueno… Carmina… no tenemos pruebas… para… —no terminó la frase.

—Ruth puede afirmar lo que escuchó decir a Pedro por teléfono —el director guardó silencio y reparó por primera vez en Ruth, sin duda una niña conflictiva en la que no confiaba.

—Así es don Oscar —Ruth hablaba con seguridad—. Antes de clase, Pedro grabó un audio a alguien que decía “Ya tengo el pintalabios. Me ha regalado Marta uno de su madre que ya no utiliza y es justo el que buscamos. No me ha preguntado para qué lo quiero. Ya sabes como es Marta de discreta. No imagina nada”.

—¡Pero eso no demuestra nada! —la voz del director se estaba alterando y Ruth añadió rápidamente:

—y luego dijo: “quedamos en la pared cerca de la escalera. Lleva algo para limpiar, para cuando terminemos”.

Pedro estaba atónito, no podía decir para qué quería el pintalabios, lo había prometido, pero tenía que reconocer que así contado parecía que iban a hacer algo muy malo.

¿Cómo sabía Ruth todo lo que había enviado Pedro a su hermana por mensaje de voz? Había sido espiado, y eso no estaba bien.

Hasta el director cambió su expresión y esta se tornó más seria al dirigirse a Pedro:

—¿Lo que ha dicho Ruth es verdad?

—Sí, don Oscar, pero no íbamos a pintar paredes ni nada —Pedro respondió nervioso y atropelladamente.

—¿Y eso cómo lo sabemos Pedro? —la voz del director sonaba grave— Para algo querrás el pintalabios, ¿no? y si no nos das otro motivo, no tengo más remedio que sospechar. Tú mismo acabas de decir que Ruth ha dicho la verdad.

Pedro miró al suelo, se encontraba entre la espada y la pared, o faltaba a su promesa o era acusado injustamente.

El director volvió a fijar su mirada en Pedro:

—Bien, Pedro, ¿puedes decirnos para qué querías este pintalabios?

—No puedo, señor —dijo Pedro con rapidez.

—¿Era para pintar las paredes de la escalera? —insistió el director.

—Le aseguro que no, señor —contestó Pedro mirándolo a los ojos.

Don Oscar, con el pintalabios en la mano, guardó silencio unos segundos mientras Pedro miraba muy enfadado a Ruth.

Pedro necesita el pintalabios y por culpa de Ruth lo va a perder. Se siente muy enfadado.

—Carmina, no puedo acusar a Pedro de nada. Lo único que puedo hacer es pedirte, como su tutora que eres, que requises su pintalabios y olvidemos este asunto —dijo el director con la intención de cerrar ya el asunto.

—¡Pero señor! ¡Necesito ese pintalabios para el domingo! Hoy es viernes y no podré conseguir otro como este a tiempo, ¡¡mañana sábado tenemos comida familiar en el campo!! —Suplicó Pedro.

—Si no nos dices para qué lo quieres, me temo que no puedo ayudarte, Pedro. Sé que eres un buen chico, pero no puedo hacer más. Lo siento —el director se levantó de su silla para invitarles a irse. Tenía una reunión en diez minutos y no podía entretenerse más.

Pedro estaba convencido de que el director era sincero y que si de él dependiera, le hubiese devuelto el pintalabios.

No hubo nada que hacer, la fastidiosa de Ruth había ganado.

Continuará…

Publicado en A partir de 4 años, Cuento

Manuela y el unicornio de trapo.

Manuela galopa fantasías de niña a lomos de un unicornio de felpa. ¡Cómo corren entre las nubes y vuelan en las estrellas! Su unicornio es amigo de todos los planetas.

—¡Hola , señor Marte! ¿Cómo va con sus guerras?

—Ganando, siempre ganando.

— Señorita Venus, ¿cómo puede ser tan bella?

—¡Ah¡… Es el amor el que me embellece. 

—Señor Saturno, ¿cómo puede tener tantos anillos? 

—Es que me encanta jugar al hula hoop.

Y sobre todo es amigo de Manuela. Entre correrías y vuelos se ha ensuciado de arena. La niña lo baña, y con un peine de caracolas, peina sus crines de colores. Luego lo seca y abrillanta su cuerno dorado. 

Es la hora de dormir. Los dos duermen abrazados. Manuela le da un beso de buenas noches y él le lame los mofletes. Sueñan que cabalgan por el país de los sueños. El unicornio tiene alas de Pegaso, y ella es una valiente guerrera que lucha contra las pesadillas.

De repente, el monstruo que duerme debajo de la cama, aparece delante de ellos. Es un enorme dragón que echa fuego por su boca. Manuela lejos de asustarse, le regaña:

—¡Señor Dragón, no le da vergüenza! Tiene usted que ser bueno. Su fuego puede quemar a mi unicornio de trapo. 

El señor Dragón le pide disculpas, y le dice que las llamas son para poder ver por la noche, porque tiene mucho miedo de la oscuridad. La niña Manuela le hace un sitio en la cama. Y ahora duermen los tres abrazados. 

¡Shhhhh! No hagas ruido al cerrar el cuento para no despertarlos. 

(Dedicado a Manuela, nieta de Rocío)

Ilustraciones: Pixabay