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Publicado en Revista Cometas de papel

Número 2

“Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.”

― Jorge Luis Borges

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¡Vuela con nosotros en esta aventura literaria!

Encontrarás en ella: poesías, cuentos, libros recomendados, sagas literarias, manualidades, pasatiempos, experimento, receta de cocina..

Publicado en A partir de 10 años, Cuento

LA LADRONA DE CONTRASEÑAS. CAPÍTULO 5.

CAPÍTULO 5

La siguiente quedada por videoconferencia fue por la tarde.

Ana, Jaime y Andrés, habían contactado a los dueños de todas las cuentas y explicado lo ocurrido. Les habían dado las nuevas contraseñas y pedido que no denunciaran, pero sí que les ayudaran a dar una lección a la ladrona de cuentas. Ahora Ruth estaba en serios problemas.

Ese proceso fue muy complicado, no todos contestaban y les creían. Afortunadamente, la mayoría eran del barrio y pudieron hablar con ellos en persona, enseñándoles las fotos de la libreta, como prueba de que decían la verdad.

—Esto es un delito grave —dijo uno de los afectados—. Mi padre es policía y no os cuento lo que podría caerle.

Ana jugaba con los cordones de sus tenis. Estaban sentados en el césped del parque. Se los ató con lazo pensativa y preocupada por lo que acababa de oír.

—Pero la situación es complicada —explicó Ana— Su madre está embarazada y ya avanzada y es prima de una amiga… Solo queremos darle una lección.

—Entiendo, pero el delito sigue siendo el mismo.

Ana se quedó sin argumentos. Ahora jugaba con un trébol.

—Hagamos una cosa —intervino Andrés—. Si la prima de mi amiga no rectifica y pide perdón a todos, se lo diremos a sus padres y tú al tuyo. Vamos a darle una oportunidad.

—Ummm… está bien. Os doy una semana.

—¡¡Es muy poco tiempo!! —protestó Ana.

Aunque sintieron alivio porque habían conseguido tiempo, organizar todo en una semana, era demasiado ajustado.

—Una semana. Lo siento.

Andrés quedó muy pensativo antes de hablar:

—Hay una manera de hacerlo en ese tiempo, Ana. ¡Vamos!

Y corrieron a casa de Marta, despidiéndose del hijo del policía con la mano:

—¡En una semana te vemos! —gritaron Ana y Andrés mientras se alejaban.

Cuando bajó Marta, fueron a casa de Jaime y desde allí se conectaron a la reunión de la tarde, para planificar la “estrategia de ataque”, como lo definió Simón.

A girl communicate video conference with friends at home scene illustration

—Hola a todos, ya hemos terminado de reunirnos con todos los propietarios de las cuentas que ha robado Ruth. Pero estamos muy preocupados, Marta —dijo Ana—. Una de las víctimas es hijo de un policía y…

—¡Ohhh! Debe ser Ricardo, lo conozco —le interrumpió Marta— y es archienemigo de Ruth. Creo se odian mutuamente. ¿Va a denunciar? ¿Y cómo mi prima se ha metido con él precisamente? La creía más inteligente, la verdad.

—Eso quería explicarte. Nos ha dado una semana para conseguir que tu prima pida perdón a todos.

—Es raro que haya aceptado. Ricardo es muy cabezota.

—Yo hablaré con Ruth —dijo Andrés de pronto.

Todos sabían que a Ruth le gustaba Andrés. Era muy buena idea, si alguien podía asustarla y hacerle entrar en razón era él.

—No me entusiasma la idea, pero no quiero que sea denunciada.

Continuará…

Publicado en A partir de 8 años

El búho que descubrió la amistad

En el “Bosque de las Aves” vivía un búho que nunca dormía de noche. Siempre estaba tan cansado, que era muy lento en todo lo que hacía.

Al jugar al fútbol, demoraba una hora en darle una patada al balón. Si jugaban béisbol, dos horas le tomaba correr de base en base. En competencia de natación, duraba tres horas más que los demás en nadar de un lado al otro de la piscina.

Y todos los demás se veían tan cansados como él, porque lo ayudaban a terminar cada tarea. Incluso lo ayudaban a comer cuando las fuerzas no le alcanzaban para llevarse la cuchara a la boca. Tenía un cansancio tan fuerte, que caminaba tan lento como un caracol, y las ojeras le llegaban a la barbilla.Y así, el pobre búho, vivía muy triste, llorando por los rincones, porque no sabía cómo ayudar a sus amigos.

Hasta que un día camino a su casa se encontró con una mariposa verde que lo miraba desde lo alto de un árbol, y recordó que la había visto otras veces mirándolo de esa manera. Se acercó al árbol y le gritó:

-¿Por qué me miras desde lejos, y nunca me hablas?

La mariposa rió a carcajadas, bajó del árbol, y le dijo:

-Es que eres más tonto que un payaso loco.

El búho se quedó sorprendido y algo furioso. Le molestó mucho que aquella se burlara de él de esa manera, sin siquiera conocerlo.

La mariposa notó que se le estaba poniendo la cara roja de furia, y rápidamente le explicó:

-Es que estás triste sin motivo. No te has dado cuenta de que tu tristeza tiene una fácil solución.

El búho se quedó pensativo. No entendía nada de lo que la mariposa le decía.

-Tú sí que pareces ahora tonta- le dijo él a la mariposa- ¿No sabes que mi sueño no tiene remedio? Si así fuera, ya lo habría encontrado- continuó diciéndole, más que furioso.

La mariposa reía y reía si parar. El búho la miraba, ahora asombrado. No entendía porque ella seguía burlándose de ese problema tan grande que él tenía.La mariposa detuvo su risa y le dijo:

– Perdón por reírme, pero es que eres tan gracioso. Hay solución a tu sueño, solo tienes que esperar. Eres un búho muy pequeño y aún no entiendes que debes dormir de día, e ir a la escuela de noche, como los demás búhos.

-¿Entonces no podré ayudarlos nunca? ¿Y ellos seguirán cansados como yo? – le dijo el búho.-Ahora estoy más triste- seguía diciendo.

La mariposa se acercó, le acarició la frente con una de sus brillantes alas, y le dijo:

-De eso se trata la amistad. Ellos te ayudan ahora, y cuando crezcas, y puedas dormir de día, tú los ayudarás a ellos.

-¿Pero de qué manera podré ayudarlos, si no tendremos ni el mismo horario de la escuela?- dijo muy triste el búho.

-Es muy fácil, tontico- le dijo la mariposa, con una sonrisa muy amistosa.-Es que serás el vigilante del bosque. Te unirás a los demás búhos, y entre todos cuidarán los sueños de todas las demás aves, y de todos los animales que duermen de noche.

Entonces ellos tendrán que seguir cansados como yo, hasta que yo crezca; eso es mucho tiempo- le dijo el búho, que se veía más triste cada vez.

-Ya te lo dije que de eso se trata la amistad, de ayudarnos en los momentos difíciles.

En ese momento la mariposa se perdió volando entre los árboles, y el búho sonrió por primera vez luego de mucho tiempo. Ya no estaba triste.

Ese día llegó a su casa feliz, y aunque no pudo dormir, se acostó en su cama y soñó con los ojos abiertos, con ese día en que pudiera velar por los sueños de todos sus amigos.

Fotografía: Pinterest

Publicado en A partir de 8 años, Cuento

¿Qué le pasa a Dago el dragón?

La bruja Agatha y Peter, el pirata, apagaron la fogata y tomaron su equipaje, pues emprenderían un viaje. Iban al reino de las Frambuesas, para visitar a Berry la princesa.

Al encontrarse con su amiga se dieron un abrazo. Ella puso té y galletas de fresa en la mesa. Berry notó, en el rostro de sus amigos, algo que parecía tristeza.

—Amigos míos, pienso y pienso, y se me quiebra la cabeza. Quiero entender cual sentimiento es el que los apresa. —les dijo Berry

Y Peter le contestó:

—Perdónanos querida princesa. Eso que ves en nosotros, se llama preocupación. Y sentimos eso por nuestro amigo Dago, el dragón.

—Si, es verdad. Se está portando un tanto extraño. Y tenemos miedo de que se haya hecho daño. Tal vez se ha comido una planta con la que hago mis brebajes mágicos para la garganta; pues se pasa el día canta que canta —añadió la bruja Agatha.

—Yo lo he visto en solitario, recitar poemas que escribe en un diario. En las noches sonríe, y suspira tan fuerte, que en la aldea tiembla hasta el hombre más temerario. —dijo Peter.

La princesa Berry caminaba de un lado a otro escuchando a sus amigos y tratando de pensar en lo que podía pasarle al dragón Dago. ¡De pronto, una idea vino a su cabeza!

—Ahora que me lo dicen, ¡ya me ha quedado claro! Y creo saber lo que a Dago le ha pasado. Eso no es una intoxicación por haber tomado un brebaje. ¡Solo le ha picado el mosquito del amor! —Explicó Berry con sabiduría.

—Pues eso no lo habíamos pensado —dijo Peter muy sorprendido— . Ahora que lo mencionas, ni Agatha ni yo, hemos visto en el bosque, ni en los mares, ni en los cielos, o en algún otro lado, a una dragona de la que Dago pudiera estar ilusionado.

—Ya no estén preocupados. Voy a volar en mi Pegaso morado, para buscar a nuestro amigo enamorado. Ya verán que se encuentra bien. Esperen aquí, comiendo galletas y jalea. Los animalitos del reino de las frambuesas, los tendrán bien acompañados, solo cuídense del búho gris, que por las tardes es muy malhumorado.

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El corcel alado, con la brida y la silla plateada, elevó a la princesa por los cielos, la llevó hasta el otro lado, de la montaña olvidada.

Llegó la noche y tres lunas enormes brillaban. En la torre del Castillo de las Hadas, Dago las admiraba.

—Hola amigo dragón —anunció Berry cuando a su lado llegó —¿Cómo se encuentra tu alma y tu corazón?

—Hola hermosa princesa, has de saber que me encuentro de lo mejor. ¿Qué te trae por estos parajes? ¿Buscas magia de las hadas?; ¿o perfumes de las flores raras, que hay en este bosque de la Montaña Olvidada? —preguntaba, contento de tener una amiga a su lado.

—Ni los perfumes, ni la magia; eres tu quien me trae por acá. Pues Peter y Agatha, quieren saber que estas bien, y quieren también conocer, a la dragona que tiene tu pensamiento ocupado. ¿O me vas a decir, que acaso no estas enamorado?

Dago el dragón se echó a reír a carcajadas, pues se alegraba oír de sus amigos  sus ideas alocadas.

—Pues no te voy a mentir, sí, estoy enamorado. Ahora que estas a mi lado, te lo voy a decir. —Dago tomó a Berry del hombro y le señaló el cielo estrellado, a donde estaban las tres lunas para que las observara. —Son esos tres astros gigantes las que mantienen mi corazón palpitante. Y es ese bosque encantado, el que me tiene fascinado. Las voces de los gnomos se juntan en un canto, y los acompaña la flauta del fauno, y en conjunto alegran a los animales y las plantas. Una vez cada año, alumbran las tres lunas con esa luz blanca, y las luciérnagas bailan, en honor a las estrellas que faltan.   

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Vivo enamorado de esta noche, con el sonido del fuego de mi garganta, me uno a la canción que todo el bosque encantado canta. Cualquier hombre de la aldea se espanta, por eso me alegra un montón, que mi amiga Berry se una a esta celebración.

Berry y Dago, volaron rápido hasta el reino de las Frambuesas, donde a la mesa,  Peter y Agatha tomaban té y comían galletas. Los levantaron por sorpresa, y los llevaron de regreso, a donde estaba la enorme fiesta. Allá los cuatro amigos, encendieron una fogata al lado de los seres del bosque; disfrutaron de la música y la danza. Y lo mejor de todo, es que Peter y Agatha entendieron, que su amigo se podía enamorar, de las lunas y de una noche especial, que se celebraba en ese lugar.

Publicado en A partir de 6 años

Jugando con las nubes

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Jugando con las nubes

Los fantasmas ya no se dedicaban a asustar a los humanos, aunque aún quedaba algún que otro que lo hacía con esos sonidos —¡Uuuuh!—  y que tanta risa daba al resto de ellos. Arrastraban cadenas con bolas pesadas y ruidosas y modificaban los sustos, pero no servían de mucho.

Clara era una fantasma joven, cansada de dormir durante el día y hacer vida al anochecer. Quería ver la luz del sol ya que jamás la había visto.

Una noche, decidió que, al día siguiente, se despertaría unas horas antes. Todos dormían cuando salió de casa, estaba desierto, pero hermoso. Salió de la ciudad y llegó a un campo cercano.

A lo lejos, alguien se acercaba. En la escuela había visto imágenes de humanos y aquel se le parecía salvo que su color era verdi-morado y caminaba un poco patizambo.

—¡Hola, soy Clara! ¿Tú quién eres? —Preguntó la fantasma deseando hacer nuevos amigos.

—¡Hola, voz! Digo voz porque no te veo —le respondió el chico mirando para todos los lados.

—¡Ah! Espera, a ver si en un lugar más sombrío puedes verme, soy fantasma. Voy a hacerme más espesa y seguro que me verás. —Clara cogió aire, se tapó la nariz y para hacerse espesa apretó tanto, tanto, tanto que un pedete se escapó.

—¡Ja,ja,ja,ja, ahora te veo! Eres clara, como tu nombre. No te preocupes por el pedo, ha sido divertido. Yo soy Hugo, un zombi divertido, ya lo verás.

Hugo le explico que Zombiland era su ciudad y estaba muy cerca, al igual que la de los fantasmas. Los zombis también descansaban por la mañana y estaban despiertos por la noche. Él llevaba algún tiempo disfrutando del día, al menos parte de él pues también tenía que estar con su familia y dormir.

—Clara, ¿nunca has visto la naturaleza? —Le preguntó el joven zombi dirigiéndose hacia un montón de flores.

—Nunca de día. Todo lo que he visto es oscuro.

Era primavera así que pudo enseñarle las amapolas rojas que estaban por todas partes y se acercaron a las margaritas.

—¿Quieres que juguemos con las margaritas? Tienes que hacer una pregunta y la flor te contestará: si o no.—Hugo cortó por el tallo una de ellas.

 —¿Flor, voy a salir todos los días por la tarde a jugar? —Clara estaba emocionada preguntando a la margarita.

Hugo fue quitando pétalo por pétalo a la flor y cuando le quedaban tres:

—Si, no, ¡Siiiii!, entonces podremos estar juntos al atardecer. Yo te enseñare juegos y tú a mí.

Clara parecía que estaba en otro mundo.

—Hugo ¿esos pájaros que vuelan tan raro que hay allí, de qué clase son? —preguntó muy extrañada.

—¡Ja,ja,ja!¡No son pájaros, son mariposas! —se acercaron a ellas, y con la risa, Hugo tropezó con una piedra.

Clara fue muy rápido a ayudar a su amigo para cogerlo y …—¡Cataplum! —El pobre cayó de bruces al suelo; al ser una fantasma no podía coger nada.

—Tienes que mirar las formas de las nubes y decir qué dibujo puede ser, luego intentamos hacer una historia con lo que vemos —señaló Hugo hacia el cielo.

—Yo veo allí una oveja blanca, muy suave y mullidita.

A pesar del golpe los dos se reían en el suelo. Allí tumbados, el zombi le explicó un nuevo juego: “El Juego de la Nubes”. El cielo estaba despejado pero habían unas pocas nubes, así que podían jugar súper bien.

—¡Es verdad! Y ves, una bufanda un poco más lejos, es muy larga y también muy blandita —dijo con esa voz profunda de los zombis.

—¡Mira, más allá hay un sombrero de copa!

—Pues ya tenemos el inicio de la historia: érase una vez una oveja con una bufanda en su cuello y un sombrero de copa de alpargata. —Hugo estaba muy orgulloso de su inicio.

 —Pero el sombrero de copa va en la cabeza, no en los pies. Podría ser: érase una vez un sombrero de copa pegado por una bufanda a una oveja blanca.

Los dos principios de la historia eran muy chulos, pero un sonido de campana los interrumpió.

—Bueno Clara, tengo que volver a Zombiland, esa campana nos da el primer aviso para levantarnos, si llego tarde me castigarán. ¿Qué te parece si nos vemos mañana a la misma hora y seguimos jugando?

—Me ha encantado conocerte Hugo, aquí te veré mañana —dijo Clara contenta.

Los dos marcharon a sus casas felices por haber encontrado cada uno a alguien diferente con quien compartir sus nuevas vidas.          

Autora: María José Vicente Rodríguez

Dibujos realizados por Sara Marín Pérez. (IES Turóbriga. Aroche. Huelva.)   

                           

Publicado en A partir de 8 años

Sombra de un recuerdo, Jorge Muñoz Bandera

En la sombra de tu recuerdo iluminado
te encuentro en las estrellas ya dormido
aquellas que guían los caminos, en los mares
aquellas que anuncian la llegada de un Niño.

Y miro las fotografías de retazos de una vida
y te encuentro, mi abuelillo, en estos días,
con tu gorra y tu bastón, vestido de aventurero,
vestido de Santa Claus, regalando tu corazón.

Los villancicos suenan y me recuerdan a ti
tú y yo cantando, mi abuelillo, en esta noche feliz.
Noche de Paz, Noche de Amor, y yo con mi corazón en tu interior.

Vuelvo a verte entrar a casa cargado de regalillos
tus caramelos, mi abuelo, llenos de tanta ilusión.
Tus cuentos mi gran amigo, con la música heredada
que tanto, tanto nos unió.

Jorge Muñoz Bandera

27 de Enero 2021

Publicado en A partir de 7 años

La mosca dulzona

¡Cómo me gusta el dulce! No lo puedo evitar

Otras preferirían la mierda, les atrae más su olor,

pero yo, si puedo las trato de esquivar.

Soy una mosca de costumbres,

y , como a mi familia,

el dulce nos hacer apasionar,

a las pastelerías, amar.

Porque en ella nacimos

y también crecimos.

¡Donde se ponga el aroma

de un buen bizcocho de naranjas!

que se dejen las mierdas aplastadas

por muy calentitas y aromatizadas.

Publicado en A partir de 10 años

La ladrona de contraseñas. Capítulo 4

CAPÍTULO 4

En Zoom estaban todos nerviosos, hasta que Andrés se hizo con el control de la situación.

—Bea, termina de fotografiar la libreta para ponerla de nuevo en el terrario, y tú Marta busca un tupper en la cocina de tu tía y atrapa a la tarántula antes de que se esconda.

Marta bajó corriendo a la cocina, su tía hablaba por teléfono y no se percató de lo que hacía. En un minuto estaba de nuevo en la habitación siguiendo las instrucciones de Simón, experto en cazar insectos sin dañarlos. Le gustaba estudiarlos y verlos de cerca en algún bote transparente y luego los dejaba en libertad.

—Marta, mándame una foto de la tarántula y la busco por Lens.

Cleopatra se encontraba ahora sobre la funda de la almohada, muy tranquila e inmóvil, y pudo fotografiarla con detalle, aunque muy alerta. Tenía la impresión de que en cualquier momento daría un salto hacia ella.

Mientras, Bea ya había devuelto la libreta a su sitio. Hizo un gran esfuerzo por disimular el asco que sentía. No le hacía ninguna gracia meter la mano en el terrario, y se preguntaba si habría alguna sorpresa mas allí dentro.

Illustration of the two girls watching the spider

El grupo reía de la situación y hacía chistes. De vez en cuando alguna voz se oía más que las demás:

—Ánimo Bea, seguro que puso huevos y salen arañitas.

—Venga Bea, que tú puedes…

Y las risas no cesaban. Bea, ante cualquier comentario retrocedía haciendo muecas y exagerando la cara de asco.

Las risas todos risas aumentaban.

Ana intervino:

—Chicos, esto es divertidísimo, pero no podemos olvidarnos de nuestra misión. Venga Marta, ¡ánimo!

—Marta, buenas noticias —interrumpió Simón—. Esta tarántula es muy tranquila, podrías incluso acercar tu mano para que se suba en ella y devolverla al terrario sin estresarla.

—Ni pensarlo —respondió Marta—. ¡No veas si impone de cerca! ¡Es enormeeee! Además, ¡¡¡la que está estresada soy YOOOO!!!

Todos rieron. Su voz aguda y su expresión era aún más exagerada que la de Bea.

Con paciencia acercó el tupperware a Cleopatra hasta que la tarántula caminó lentamente hacia él. Después, bajo la atenta mirada de todos, volcó bruscamente el recipiente y dejó caer a la tarántula en el terrario, que cerró inmediatamente, dejando escapar un suspiro de alivio.

Quedaba ya poco tiempo, así que se despidieron del grupo, desconectaron ordenador y cámara. Justo a tiempo, porque en ese momento la tía de Marta entraba en la habitación.

—¿Todo bien? Estaba hablando por teléfono, pero oí gritos.

—¡Ah! —Marta pensaba rápido, no sabía qué decir.

—La culpa ha sido mía —dijo rápidamente Bea—. Tengo fobia a las arañas, hasta la más pequeña y al conocer a Cleopatra… Bueno… creo que tendré pesadillas hoy… —Bea movía las manos al hablar con mucha teatralidad y la madre de Ruth no pudo evitar reírse.

—Si te digo la verdad, te comprendo. No sé cómo mi hija puede tener una mascota así. Yo ya se lo he dicho a ella y a su padre, otro fan de Cleopatra, que como se les escape nos vamos de casa todos.

Rieron las tres.

<<Si mi tía supiera>>, se dijo Marta divertida, mientras colocaba su mochila en el hombro y se preparaba para despedirse.

Continuará…

Publicado en A partir de 10 años

La ladrona de contraseñas. Capítulo 3

CAPÍTULO 3

El viernes siguiente Bea llegó puntual a casa de Marta para hacer un trabajo de ciencias y llevar a cabo el plan que habían trazado entre todos y cuyo cerebro principal había sido Ana, con las puntualizaciones de Jaime, siempre pendiente de los detalles.

—Voy a hablar ahora con mi madre, antes de que se vaya a caminar, ve preparando las cosas para salir en cuanto me de permiso.

Bea asintió y comenzó a meter en la mochila la cámara, los ordenadores y los cargadores.

—Mamá voy a casa de la tía, mi ordenador está dando problemas y Bea no se ha traído el suyo. Le voy a pedir a Ruth que me deje un rato el suyo para enviar las tarea —la voz de Marta sonaba preocupada y su madre asintió comprensiva.

—Pero veniros para las dos, que la comida estará lista.

La casa de la tía de Marta se encontraba a solo dos manzanas y en pocos minutos estaban en la habitación de Ruth, que había ido a clases de tenis, tenían dos horas y media. Más que suficiente.

Conectaron el ordenador de Bea con la webcam y comenzaron sesión de video conferencia con el grupo para que vieran en directo la recuperación de la contraseña de Marta.

Buscaron por todas partes pero ni rastro de la libreta.

—Seguramente la lleve consigo —dijo Bea pensativa.

—Umm, o no… —Marta miraba al terrario de su prima—. Justo en un lateral había un bulto sospechoso, color ocre.

—Eso, eso, eso es… es… una… taránt… —Bea estaba entre horrorizada y alucinada.

—Sí, es Cleopatra, la tarántula de Ruth. No es venenosa, pero impone… ¿verdad? —explicó Marta—. El lugar perfecto para esconder…

Nature scene with tarantula spider on rock illustration

—No puede ser verdad —suspiró Bea resignada ante la evidencia.

Desde el grupo de amigos se escuchaba también la voz de Simón diciendo que ojalá estuviera él allí.

—Me encantan los terrarios —dijo.

Marta metió la mano sin pensarlo en terrario bajo la atenta mirada de todos.

—¡Puaj! ¡Qué asco, Marta! —exclamó Bea.

Pero Marta ya tenía la pequeña libreta en sus manos.

—¡Rápido, fotografía cada página y lo devolvemos a su sitio antes de que Cleopatra salga de su escondite!

—Ma… Ma… Marta —A Bea no le salía la voz—. Dime que esa que camina por tu hombro no es Cleoatra.

Un grito salió de lo más profundo de Marta.

—¡Quítamela! —y en una de las sacudidas, la tarántula saltó a la cama de Ruth.

Continuará…

Publicado en A partir de 8 años

Locotrón (el conejo despistado)

¿Quieres que te cuente la historia

del conejo que se cayó en un agujero?

Te la contaré despacio,

para que no te dé miedo.

Porque ese conejo sí que estaba temeroso.

¿Puedes creer que pensó

que ese agujero en el campo

era la cueva de un oso?

Iba saltando y saltando,

sin prestar mucha atención.

Y sin apenas notarlo

dio un tropezón, y ahí cayó.

Y entonces sintió el miedo que te cuento,

así, de sopetón.

Ni siquiera se dio cuenta

de que ese agujero que halló,

era la casa de su abuela,

pintada de otro color.

¡Qué conejo despistado,

miedoso, y desorientado!

Anda siempre sin cuidado,

corriendo como un tornado,

y creyendo en disparates.

Por eso después de ese día,

nadie le dice su nombre;

aunque se ponga furioso,

y rojo como un tomate,

“Locotrón” es el nombre que se ha ganado.

Fotografía: Pinterest

Publicado en A partir de 8 años

Una vida fascinante

Pitiusa era una joven excepcional; parecía haber nacido para ser diferente. Su vida no era normal y siempre destacó sobre los demás, pero tenía un terrible inconveniente: era una gran mentirosa.

Para empezar, su nombre no era habitual. En los documentos y en el colegio, se llamaba Aurora, nombre que eligió el abuelo para tal fin porque, cuando nació, Pitiusa era un bebé sonrosado y luminoso como la luz que acompaña a la salida del sol, pero, según contaba ella, para su familia, siempre fue Pitiusa como las islas del Mediterráneo.

Y es que, decía ella, su abuelo era un hombre extraordinario y el más raro de todos los miembros de la familia. Él falleció cuando Pitiusa solo tenía siete años y, según contaba, fue un explorador que ya había recorrido el mundo antes de cumplir veinte años.

Cuando Pitiusa empezó el colegio y hablaba sus primeras frases, ya se pasaba el día fantaseando sobre las aventuras de sus abuelos. Contaba que cuando ellos se casaron se fueron de viaje por todo el mundo porque tenían una misión especial que cumplir: sus abuelos custodiaban a un dragón bebé y tenían que encontrar a los otros de su misma especie que estaban repartidos en todos los continentes.

Los demás niños y niñas escuchaban extasiados las aventuras de los abuelos de Pitiusa y la profesora decía a los padres que la niña tenía una creatividad enorme y que estaría bien fomentar su pasión por la escritura para que plasmase todas las fantasías que se le ocurrían.

A los siete años narraba la misma historia a todo el que quisiera escucharla. Ahora, sus padres y ella eran los encargados de cuidar del dragón esmeralda para que cuando este cumpliera los cincuenta años se reuniera con su «novia», con la que tendría una familia. Los demás niños de su clase le preguntaban por qué tenía que ser tan mayor y Pitiusa les explicaba que los dragones vivían, por lo menos, quinientos años y que, con cincuenta, eran aún muy jovencitos. Los compañeros de clase pedían permiso a sus padres para ir a casa de Pitiusa a conocer el dragón de esmeralda, pero aquellos, conscientes de que no existía ningún animal fantástico, ponían a sus hijos excusas de todas clases para evitar que se llevaran una decepción.

Así que, con el paso del tiempo, Pitiusa se fue quedando cada vez más sola. Nadie iba a su casa ni tampoco la invitaban a las de sus compañeros, y los profesores se quejaban a los padres de la joven ante la propensión que esta sufría a mentir tanto. Sin embargo, poco podían hacer estos ante la fascinante vida que Pitiusa se había ido creando, y no hacían otra cosa más que resignarse.

En el último año de primaria, antes de las vacaciones, la clase dedicó un día a contar sus planes para el verano y, entre los viajes de unos, las escapadas al pueblo de los abuelos de otros o los campamentos deportivos a los que iban a asistir unos pocos, Pitiusa contó que, en unos días, sus padres y ella viajarían a lo más profundo de África, donde su dragón esmeralda se uniría a la dragona rubí. Eso fue la gota que colmó el vaso. Todos los alumnos se rieron de la ocurrencia de aquella joven fantasiosa y el profesor, harto de tantas historias estrambóticas, le ordenó que dejase de una vez a ese dragón imaginario; ya tenía doce años, el curso siguiente, empezaría secundaria y nadie se creía ya esas fantasías. Pitiusa, con los ojos vidriosos por las burlas de sus compañeros, se reafirmó en su historia y prosiguió contando que en el planeta había seis dragones repartidos, cada uno de una piedra preciosa; el suyo era europeo y la de rubí, la novia, era asiática. Ambos se reunirían en África cerca del Kilimanjaro para formar una pequeña familia con dos dragoncitos de piedras preciosas como había pasado durante miles de años.

El fin del curso fue un desastre para Pitiusa, el profesor estaba enfadado con ella y sus compañeros no se despidieron como hicieron con los demás. Llegó a su casa. Era muy grande, de techos altos y había objetos y adornos de todo el mundo. Atravesó la parte principal y se dirigió al jardín trasero, una inmensa explanada junto a un riachuelo y muchos árboles. Entre ellos, vio a su padre, que estaba limpiando, una a una, las piedras preciosas de color verde que formaban la coraza de su querido dragón. Este se mostraba nervioso por el viaje que iban a hacer en unos días y Pitiusa se volvió hacia su madre que llegaba por detrás.

—Me da pena que nadie haya querido venir a conocer a nuestro dragón.

—Lo sé, preciosa —se compadeció la madre—, pero tú has hecho lo que has podido todos estos años.

—Nunca sabrán que existen de verdad —siguió lamentándose Pitiusa.

—No puedes obligarles a creer en algo para lo que ellos no están preparados —le explicó la madre—. Todos nacemos con la curiosidad intacta, pero en la mayoría, desaparece muy pronto. Gracias a ese afán por descubrir cosas, tu abuelo se fue muy joven a las montañas de los Pirineos para ver qué había de cierto en lo que contaba aquel vagabundo que pasó por su pueblo, y gracias a él, hoy somos los custodios de un dragón. Pero tenemos que pagar el precio de sufrir la incomprensión de los demás.

—Pues ¿sabes lo que te digo, mamá?

—¿Qué, preciosa?

—¡Que les den!

Olga Lafuente.