Publicado en A partir de 8 años, Cuento

TONY, DROGO Y TANGO, MARÍA JOSÉ VICENTE RODRÍGUEZ

TONY, DROGO Y TANGO

Soy Tony, un ratón de campo que vive en una ciudad y tengo dos mejores amigos: Drogo y Tango. Somos inseparables desde casi, ¡toda la vida! Drogo es un pastor alemán, un perro muy fuerte y siempre nos defiende. Tango es un gato bengalí muy listo, rápido y muy cariñoso conmigo, con Drogo no se lleva muy bien. Pero lo importante es que, procuramos estar todo el día juntos, al menos de eso se encarga Drogo, que, muchas veces, me sube a su lomo como si yo fuera Don Quijote y él mi caballo Rocinante.

Pasamos horas y horas jugando: las aventuras de persecuciones son las que más le gustan a Tango, le encanta que yo corra y él trata de cazarme. A veces es tan cariñoso y me estruja tanto que cualquiera diría que quiere comerme, pero es mi amigo. A Drago, le gusta correr grandes distancias y prefiere el escondite, donde trata de que el gato no nos encuentre. A veces, este juego dura varios días, pero Tango es tan listo que siempre nos encuentra.

Una noche, decidimos ir a cenar a un italiano, es la comida que más nos gusta, menos a Tango. Drogo estaba cansado de comer esa semana tanto pescado, así que propuso ir a comer a la Casa Toscana. Allí el chef nos trata como a señores y nos guarda los mejores restos de sus clientes. Cuando vamos puedo degustar diferentes quesos, el que más me gusta es el gorgonzola, pero el que más ponen en las pizzas es la mozzarella. A Drogo lo que más le agrada son los canelones o la lasaña. Tango, tenía las esperanzas puestas en unas buenas raspas, poco limpias, de besugo.

—Hacía algunas semanas que no veníamos aquí, ya echaba de menos un buen trozo de pollo a la milanesa —comentó Drogo relamiéndose el hocico y bajando la comida con un poco de agua.

—¿Por qué los niños dejarán un olor especial en la comida? Mirad —separé dos trozos de pizzas— este trozo, que no tiene el borde, tiene olor a fresa. ¿Por qué los niños comen el borde y los adultos no?

               Tango se acercó sin hacer ruido y olisqueó el trozo que le señalé.

—Tiene trozos de gelatina de fresa, atontao. Los mayores no se piden eso —Tango me puso una pata encima hundiendo mi cabeza en la comida, era muy bromista. Sin embargo, Drogo se puso en alerta y le gruñó. —¿A ti que te pasa, perro?

—¡Suéltalo! ¡Ya! —Drogo tensó su cuerpo preparado para abalanzarse sobre el gato.

—¡Estás celoso, Drogo! —me reía con mi risa chillona ratonil— Tony, dale mimitos también a Drogo, por favor. —Allí seguía yo, con la cabeza aplastada sobre la mozzarella mientras el gato me lamía y se relamía, sin darme cuenta.

—Parece que tienes ganas de jugar conmigo esta noche, Tango. No me provoques. —El perro empujó al gato. Este cayó sobre sus patas con suavidad y su cuerpo se erizó.

—¡Venga vamos a jugar! Hoy solo hemos dormido y hace mucho tiempo que no jugamos al pillar. Venga Tony, te doy ventaja, te cuento hasta cinco esta vez. —El gato me daba con la pata animándome a correr, su cara estaba muy extraña, me miraba con hambre, pero era mi amigo y solo quería jugar. Mientras se relamía, miraba de forma provocativa a Drogo.

—No le hagas caso y súbete a mi lomo Tony, ya hemos comido hoy bastante, mañana será otro día. —Drogo me extendió la pata para que me subiera.

—Pero quiero jugar al pilla- pilla con Tony —le dije.

—¡No! Vamos a jugar al escondite. Primero escóndete tú y yo me la quedo con el gato. —Drogo no quitaba ojo al felino.

Cuando corrí para esconderme, no pude ver todo lo que sucedió: el gato dio un brinco dispuesto a cazarme. Drogo lo alcanzó abalanzándose sobre él. Le dio tal golpe, que impactó sobre la pared. Yo, con mis patitas cortas de ratoncillo, corría y corría, buscando un lugar donde ocultarme, sin enterarme de la lucha entre mis amigos, y me agazapé en una alcantarilla a la espera.

La lucha entre Drogo y Tango se alargó más de la cuenta y me quedé dormido de tanto esperar.

Llegando el alba, Drogo me encontró dormido, me cogió entre sus patas con delicadeza y me situó en su lomo. El perro, cojeando y maltrecho y yo, fuimos en busca de otra biblioteca.

—Estás herido, Drogo, ¿qué ha pasado? ¿Y Tango?

—Unos vagabundos nos quisieron arrebatar nuestra comida, ya sabes que no me gusta que eso pase, me pongo hecho una furia, y nos pegaron a los dos. Cuando ya se fueron, Tango me dijo que te buscara y nos escondiéramos. Nos dará de ventaja hasta esta noche. Ya era necesario buscar además otra biblioteca. Quizás en un pueblo lejano.—No sabía que me estaba mintiendo.

—Pero entonces Tango no nos encontrará.

—Quizás no lo veamos más, quien sabe.

Autora: María José Vicente Rodríguez

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