Publicado en A partir de 8 años

La tienda de juguetes

En la avenida más grande de la ciudad, las tiendas competían por tener las vitrinas mejor decoradas y vistosas para atraer a los compradores. En una sola cuadra se podía encontrar zapaterías, tienda de ropa para damas, camisas, librerías y otras especialidades. La gente desfilaba por las aceras mirando y tratando de contener la tentación de entrar en alguna y comprar algo que no necesitaban, tan solo por ese atractivo que ofrecían los negocios. De cualquier modo, todas estaban siempre llenas de compradores que entraban solo por curiosear y salían cargados de bolsas con los artículos que no se pudieron resistir de comprar.

Un sábado por la tarde, Teresa, una joven madre de buena posición, salió con sus pequeños hijos Elizabeth y Julián, mellizos de siete años. Le gustaba llevarlos a caminar por esa zona que le era muy atractiva por la diversidad de tiendas que encontraban. Los niños estaban entusiasmados, pues sería buena oportunidad para pedir a su madre que les comprara algún regalo

Primero fueron a la heladería, lugar favorito de Julián quien adoraba los helados, no así Elizabeth, que prefería los dulces de la pastelería contigua a la heladería. Ambos fueron complacidos y cada uno disfrutó la merienda que quería. Pero faltaba lo mejor, lo que deseaban más que nada: entrar a la nueva tienda de juguetes, recién inaugurada. La juguetería destacaba sobre todos los demás locales por la atractiva decoración, no solo en las grandes vitrinas, sino también por los enormes muñecos y otros juguetes de grandes dimensiones colocados sobre las cornisas de la fachada. Era un espectáculo de color y luces.

Llegaron cerca de las cuatro de la tarde y la tienda estaba llena de visitantes. Una alegre música de carrusel complementaba el ambiente festivo del lugar. Al entrar, Teresa ya sabía que sería difícil mantener a los niños junto a ella atraídos por los juguetes que más les impresionaban. Les dio instrucciones de mantenerse juntos, no tocar lo que indicaran que no se podía tocar y en caso de perderse entre la gente, se reencontrarían  en media hora junto a las cajas para pagar. No había terminado de dar las indicaciones cuando ya los niños estaban en camino de los rincones repletos de atractivos juguetes del almacén.

Allí comenzó la discusión entre los hermanos: mientras Elizabeth quería ver las muñecas, Julián era atraído por los juegos que tuvieran como tema el espacio, las naves espaciales y los astronautas. Decidieron entre ellos separarse para que cada uno pudiera ver lo que quisiera. Así lo hicieron. La niña fue feliz hasta los escaparates en donde se exhibían las preciosas muñecas en cajas, con sus trajes intercambiables y accesorios para peinarlas y adornarlas. Ella tenía una colección de esa pequeña figura de plástico en todas las ediciones que habían salido al mercado, pero seguro encontraría nuevos trajes y adornos para ellas.

Por su parte, Julián se dirigió a la sección de juguetes electrónicos, en donde se encontraban los juegos del espacio que él quería. Debía hacer una fila en la que los niños se formaban para pasar por un túnel que daba acceso al salón de exhibición. Era un túnel con barras de luces de neón que cambiaban de colores, mientras se escuchaba música de la guerra de las galaxias. El niño estaba muy emocionado, había esperado este momento con ansiedad.

Le tocaba su turno de pasar por el túnel. Delante de él iba un niño poco mayor y ya no había ninguno detrás por ser el último de la fila. Cuando el otro niño terminó su transito por el conducto, Julián se quedó unos instantes parado observando como cambia de color la iluminación al ritmo de la música. Avanzó otro trecho hasta que llegó al final del pasadizo. Dio un paso afuera y no entendía lo que pasaba. Por alguna razón que no se explicaba, no había nadie más allí. La música no se escuchaba y solo había oscuridad y frío. A pesar de eso, siguió y dio un paso adelante y su sorpresa fue aun mayor al darse cuenta que no pisaba firme. Se sentía flotar como si no hubiera gravedad. Se encendieron pequeñas luces que parecían titilar como las estrellas del cielo.

Estaba admirado de lo real de aquella escena y se sentía emocionado y feliz de haber venido a la tienda.  Pero pasaban los minutos y seguía sin ver otra cosa. Comenzaba a preocuparle que estaba solo y no veía los juguetes ni a otras personas. Seguía flotando recordando las escenas de los astronautas en espacio, desplazándose lentamente sin poder controlar la dirección y lo mismo estaba un rato en posición horizontal o cabeza abajo. Aunque disfrutaba la sensación de no pesar nada y andar en ese espacio artificial sin usar sus pies, le causaba cierto temor por no saber cuanto duraría aquello.

Llegó un momento en que se sentía mareado y quería que terminara ese juego. Fue cuando vio, como una proyección tridimensional, una esfera luminosa que representaba a la tierra, pero parecía estar muy lejos de donde él se encontraba. De repente algo le hizo estremecer, escucho como una explosión y un destello a su alrededor y empezó a moverse muy violentamente, como si algo lo impulsara y lo dirigiera hacia el globo terráqueo. Tomaba aceleración y se desplazaba a gran velocidad. A su paso, se cruzaban pequeñas rocas como meteoritos, objetos metálicos como desechos espaciales y hasta un cometa que veía desde muy lejos amenazaba con estrellarse contra él.

Julián sentía una mezcla de miedo y emoción, como las que tiene cuando se monta en la montañas rusas, pero en mayor magnitud. Todas esas maniobras esquivando a los objetos y meteoritos le causaron malestar estomacal y mareos. En cierto momento perdió el sentido y cayó en un estado de sueño profundo, como la vez que lo anestesiaron en el quirófano del cirujano para extirparle las amígdalas.  No tenía control sobre sí mismo y perdió todo contacto con la realidad.

Un golpe fuerte en su trasero lo despertó. Había caído sobre una especie de tobogán y se deslizaba por una pronunciada pendiente. No lograba ver nada, había una oscuridad absoluta. De repente comenzó a escuchar la música de carrusel que se oía cuando llegó a la tienda. Comenzaron a verse luces, la música se hacía más fuerte y en unos segundos salió de esa escena extraña y terminó el deslizamiento por el tobogán, cayendo estrepitosamente en medio de docenas de niños y personas mayores que al verlo caer, aplaudían y reían.

Julián se levantó algo avergonzado, recorrió el lugar con la mirada y divisó a su madre que estaba junto a su hermana al lado de la hilera de cajas de pago. Fue hasta ellas y no dijo nada. Teresa le recriminó que se había desaparecido y dejado sola a Elizabeth para ir solo a jugar en aquel salón. Julián no podía explicar lo que le había sucedido, ni tenía idea de como había ocurrido. Se limitó a disculparse y luego que su madre pagó la factura de la muñeca que compró Teresa, salieron de la tienda temiendo que se hiciera muy tarde. Julián no llevaba ningún juego nuevo pero si traía consigo la más espectacular aventura que podía haber disfrutado y que nunca olvidaría.

Autor: Adalberto Nieves

@YoCuento2 (Twiteer)

Autor:

Escritor en progreso, aprendiendo cada día. Escribir es un placer que trato de disfrutar siempre.

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