Publicado en A partir de 10 años, Cuento

EL HADA CLARA, MARÍA JOSÉ VICENTE RODRÍGUEZ

EL HADA CLARA

El hada Clara murió y debía comenzar el ritual de enterramiento. Su casa árbol tendría que ser cerrada y sus pertenencias repartidas. Sería enterrada junto a su casa para que su espíritu impregnara cada gota de savia del árbol. La magia fluiría por el tronco, por cada rama, por cada hoja y cada semilla. Resurgirían nuevos retoños que ayudarían a seguir creciendo al Bosque Mágico. Un aura mágica fluía por toda la arboleda ya que las sangres de las hadas centenarias corrían por sus entrañas. Cada vez que un hada moría, y la enterraban junto a su árbol, la magia del bosque se renovaba.

               Cada posesión que Clara tenía, debía ser repartida, salvo sus tesoros prodigiosos. Estos objetos serían los que elegirían a su siguiente portadora.

               A la tercera noche, después de ser enterrada Clara y para comenzar el ritual de desprendimiento se situaron alrededor de su árbol, sus cuatro objetos mágicos: una vasija transparente con la base de plata que, aun siendo traslúcida, reflejaban todos los colores del arcoíris; una tela de seda azul celeste, que brillaba entre un gran lazo rojo que lo sostenía; también había un espejo de mano, tallado con filigranas en una madera de roble.  Y aún quedaba el que era el más valioso de todos para Clara: una hermosa pluma de pavo real púrpura, que se balanceaba con la suave brisa sobre un jarrón, su gran ojo central violeta observaba desde todos los ángulos.

 Muchas luciérnagas ambientaban el lugar y danzaban sobre cada maravillosa pieza, con un baile como si de un cortejo se tratara. Mientras, las hadas revoloteaban en torno al árbol de la anciana, marcando con cánticos el ritual establecido, luego se posaban con delicadeza, tomando asiento, sobre mullidas hojas.

Cuando las últimas notas musicales dejaron de sonar, el espejo iluminó toda la arboleda deslumbrándolos a todos, luego, reflejó en su cristal el rostro del nuevo amigo elegido, Dimas. El carácter de este muchacho era muy parecido a la anciana Clara, muy sociable, alegre y entregado a su pasión por las plantas y a la curación, como la anciana.

El lazo rojo que envolvía la seda se abrió dejando en libertad la tela, su vaporosidad hizo que una corriente de aire la elevara haciendo divertidas cabriolas, fue pasando por cada miembro del lugar hasta que, con mucha sutileza formó un vestido para Alba, un hada anciana, encantadora y muy vivaracha, gran amiga de Clara.

Nadie se dio cuenta que cuando la seda bailaba para todos, para hacer su elección, el jarrón había perdido su pluma de pavo real púrpura. Ésta, observaba muy por encima de la casa árbol de Clara, ¿a quién elegiría? No estaba muy segura, pero mientras se decidía, la vasija comenzó a girar sobre sí misma, giraba y giraba. Ascendió y giraba y giraba. Paró y vertió sobre Coral, un chirimiri de purpurina. Ya había escogido a su nueva guardiana, un hada de edad mediana, tímida, sentimental y, sobre todo, como su anterior protectora, soñadora. En ese instante, la pluma se fijó en alguien que sobresalía de todos los demás, se posó en la cabeza del hada más pequeña del lugar, Ian, se situó luego frente a sus ojos penetrando en la mirada del niño y comprobó que en un futuro aquella persona tendría los rasgos que necesitaba para que la cuidara, pero no estaba segura del todo. Se posaba en diferentes partes del niño, se alejaba para ver desde la distancia….

Finalmente, se volvió a elevar y a observar por encima de la casa del árbol. Tomó su decisión, aún no había nadie que hubiera nacido para portarlo. Cayó en picado y se hundió en la tierra donde yacía Clara.

Autora: María José Vicente Rodríguez

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