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El río está hecho un desastre (Los viajes de Lotay)

Continuación de https://revistacometasdepapel.com/2022/04/29/quien-se-ha-comido-las-setas-los-viajes-de-lotay/

La tarde que el grupo de Lotay descubrió que habían desaparecido las setas, Santa y su hermana pequeña, Indra, volvieron de dar un paseo con otra terrible noticia: el río que nacía en la cumbre de la montaña de su país y que se dirigía al mar, donde estaba la ciudad de las carreteras y altos edificios, iba lleno de forraje, restos de hierbas y ramas secas.

—No me gusta beber agua del río —dijo Indra con cara de disgusto.

—Está lleno de basura —explicó Santa.

—¿Cómo es posible? —se preguntó muy sorprendido el maestro agricultor— Yo planto muchas cosas en los alrededores del río porque su agua es cristalina, mis hortalizas crecen sanas y riquísimas gracias a él.

Fueron a ver lo que decían las niñas y comprobaron que, por la corriente del agua, bajaban plantas secas, frutas y verduras que se habían echado a perder, ramas, hierbas muertas… Eso iba a ser un problema muy grave porque el río era la única fuente de agua para ellos y, si seguía ensuciándose, todos caerían enfermos.

—¡Como la morera del pueblo! Por eso están enfermando nuestras plantas, porque el agua está contaminada —exclamaba muy enfadado el maestro jardinero—. Esto es culpa de los habitantes de la ciudad de abajo. Nos han traído la contaminación del humo de sus coches.

—En realidad… —replicó la madre de Lotay en un tono muy bajo—, no quiero llevar la contraria, pero la corriente del agua baja, no sube. Eso significa que la suciedad la estamos enviando nosotros a la ciudad.

El maestro jardinero, que echaba la culpa de todo lo malo a los habitantes de abajo, no podía creer lo que estaba oyendo.

por la corriente del agua, bajaban plantas secas, frutas y verduras que se habían echado a perder, ramas, hierbas muertas…

—Nosotros llevamos una vida saludable y respetuosa con la naturaleza. No hemos hecho nada para dañarla. Seguro que los de la ciudad nos han traído algo.

—Vamos a ver de dónde viene toda esta suciedad —propuso el maestro explorador muy decidido.

Todos siguieron al explorador subiendo la montaña por la ribera del río observando los restos que llevaba la corriente.

—Gran parte de este forraje es tuya, ¿verdad? —preguntó el explorador al maestro agricultor.

—Hum… Sí…, pero no entiendo… —respondió el maestro un poco avergonzado—. Llevo muchos años cuidando de mis huertos y nunca ha pasado esto.

—Subamos un poco más —dispuso el explorador.

Todo el grupo de niños y padres iba detrás en silencio, como si un secreto muy importante estuviera a punto de desvelarse hasta que llegaron a un pequeño lago hecho en el cauce del río.

El lugar estaba cubierto de basura que flotaba girando en el agua esperando a que la corriente la arrastrara río abajo.

—De aquí sale todo —dijo el maestro jardinero satisfecho—. Son los restos que dejaron los castores que estaban aquí.

—Y ahora, ¿dónde están los castores? —preguntó el explorador.

—Me los llevé de aquí hace un par de meses —respondió el jardinero.

—¿Qué te los llevaste? ¿A dónde? —preguntó el agricultor indignado— Esa familia de castores llevaba años aquí. Este era su hogar.

—No les ha pasado nada —se defendió el jardinero—. Solo los he trasladado cerca de la desembocadura.

—¡Eso ya está en la ciudad! ¿Qué van a hacer allí? —exclamó el agricultor.

—Pues por lo pronto, no harán ningún daño —contestó el jardinero—. Mira cómo lo tenían todo. Destrozaron mi jardín de cerezos y almendros para hacer una presa con los troncos.

—Pues por lo pronto, no harán ningún daño —contestó el jardinero—. Mira cómo lo tenían todo. Destrozaron mi jardín de cerezos y almendros para hacer una presa con los troncos.

—¿Tu jardín de cerezos y almendros? —se extrañó uno de los padres.

—Sí —Se dirigió el maestro a todos—. Estaba construyendo un jardín precioso con árboles de todos los colores junto al río y estos bichos los talaron con sus dientes para construir una presa.

—Pues claro que sí. Esa es su función —respondió el agricultor—. Gracias a las construcciones que hacen con los troncos, los desechos quedan retenidos, el río circula limpio y las tierras de alrededor son más fértiles. Ahora tendremos que ser nosotros los encargados de limpiar esto hasta que vuelvan los castores.

—¿Que vuelvan los castores…?

—Sí —atajó el explorador—. Te traerás de vuelta a la familia de castores, si es que no los han metido ya en un zoológico. ¡A ver si vamos poniendo un poco de orden en todo lo que tenemos aquí montado!

Ahora tendremos que ser nosotros los encargados de limpiar esto hasta que vuelvan los castores.

—Entonces… —se dispuso a preguntar Lotay levantando con timidez el brazo—, ¿Ya está resuelto todo? ¿Solo hay que traer a los castores para que se cure la morera?

—¡No! —respondió el maestro explorador mientras volvía enfadado al campamento—. Mañana bajaremos la montaña a ver qué otros destrozos hemos hecho.

Lotay miró a Santi con cara de preocupación y ambos cruzaron los dedos para que al día siguiente el maestro explorador no descubriera nada nuevo que lo pusiera de peor humor.

Continuará…

Olga Lafuente.

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¿Quién se ha comido las setas? (Los viajes de Lotay)

El segundo día de excursión, todos se levantaron tarde, así que decidieron ponerse en marcha después de comer al mediodía.

Los adultos se encargaron de preparar el almuerzo y mandaron a los niños ir a buscar setas para cocinar un estofado.

Estos fueron en parejas, con cestas que pensaban llenar hasta arriba, porque las setas eran un plato que les encantaba a todos. De manera que los cuatro grupos de chicos se repartieron la zona y quedaron en volver en un par de horas.

Pero cuando regresaron, todos se quedaron anonadados al ver que, entre los ocho niños, solo habían encontrado cuatro setas.

—¿Qué ha pasado? ¿Os cansasteis de buscar?—preguntó el maestro explorador.

—No —respondió Santa—. Es que no hay más.

—No me lo creo, Santa —habló el padre de la niña—. Tú eres muy buena buscadora de setas. Siempre traes tu capazo lleno.

—Te prometo que es verdad —replicó Santa—. No hay más setas, se han acabado. Dijo abriendo los brazos.

—Bueno, no pasa nada —la tranquilizó su padre—. Ya saldrán más.

—¡No! Estáis equivocados —interrumpió el maestro explorador— Sí que pasa, y lo que está pasando es muy grave.

—No te preocupes, maestro —dijo la madre de Lotay—. Buscaremos por otros sitios.

—¡¡No!! —El maestro explorador estaba fuera de sí—. No lo entendéis. ¿Coméis muchas setas?

Todos se miraron extrañados por la pregunta que les hacía el maestro.

—Eh… pues todos los días —contestó el padre de Santa— Es nuestra comida principal, el plato tradicional. A mí me gusta comer como se ha hecho siempre —dijo orgulloso.

—¡¡No quedan setas!! —repetía el explorador girando a su alrededor con las manos en la cabeza.

Nadie entendía nada. Las setas estaban muy buenas, pero tampoco era para ponerse así.

—Eso es señal de algo terrible —continuó—. Las setas nacen de los hongos; si no hay setas, significa que los hongos están desapareciendo.

—¿No son lo mismo? -preguntó sorprendido otro de los padres.

—No. Eh… sí… bueno sí, pero no…

—¡¡No quedan setas!! —repetía el explorador girando a su alrededor con las manos en la cabeza.

—A ver… —se dirigió la madre de Lotay del resto del grupo—. Tendríamos que haber traído con nosotros al maestro médico. ¿Alguno de nosotros podría volver al pueblo para buscarlo?

El explorador se dio cuenta de que los demás estaban pensando que se había vuelto loco y quiso explicarse.

—Perdonad. Me refiero a las raíces de estas setas, lo que va por debajo de la tierra. Esos pequeños hilillos son los que mantienen sano al bosque.

El maestro explorador vio que todos, padres, niños e incluso los otros maestros estaban atentos a sus palabras.

—Los hongos crean una maraña de minúsculas raíces que se extienden por todo el bosque, y es como si fuera un red telefónica o de fibra óptica con internet para comunicarse con todo lo que lo habita.

El padre de Lalo se había quedado paralizado ante la explicación del maestro, con la boca tan abierta que una pareja de gorriones podría haber construido ahí su nido. Pero la mayoría seguía pensando que había que ir a buscar a un médico con urgencia.

—¡¡Sí!! —Se animó a continuar el maestro explorador—. Bajo el suelo de todo el bosque hay un mundo mágico en el que todas las plantas, flores y árboles se comunican. Y todo, gracias a los hongos. Por eso no pueden desaparecer.

—Qué cosa más increíble —Esta vez habló el maestro agricultor—. ¿Quieres decir que las hortalizas y árboles que crío hablan entre ellos?

Bajo el suelo de todo el bosque hay un mundo mágico en el que todas las plantas, flores y árboles se comunican.

—Yo había oído algo —contestó el maestro jardinero—. Pero que gracias a los hongos, todo el terreno se regeneraba.

—Eso es —continuó el maestro explorador—. Los hongos eliminan lo que va muriendo, evitando que se acumule la basura y, por debajo de la tierra, hace que los árboles y plantas se comuniquen para avisar de cualquier cosa que les afecte, como las enfermedades.

—Entonces… —siguió el maestro agricultor pensativo— si al inicio del bosque empezó una enfermedad o una plaga, las plantas de allí no han podido avisar a las de aquí…

El padre de Santa estaba paralizado con las manos en la cabeza diciendo que todo era culpa suya por haber comido tantas setas durante toda su vida.

El resto del grupo también se sentía culpable porque no pasaba ni un solo día en que no comieran setas.

—No os preocupéis —tranquilizó el explorador—. Lo que hay que hacer es no abusar con un solo alimento y asegurarnos de que este no se vaya agotando. Si paramos un poco, las setas volverán a salir.

—Entonces —habló otra de las madres—, ¿ya hemos resuelto el misterio de la morera enferma?

—No —respondió el maestro explorador—. Sabemos por qué la enfermedad ha llegado hasta aquí, pero no su origen.

—¡Pues tendremos que seguir con el viaje!, ¿no? —preguntó Lotay sin poder evitar una sonrisa.

—Sí, Lotay. Tenemos que continuar con nuestro viaje.

(continuará).

Olga Lafuente.

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Coraje, un Conejillo de Indias. Capítulo 4. Final

Ya afuera, me erguí (todo lo que se puede enguir una pequeña ratita como yo), moví mi hocico 360 grados miles de veces, y salté frenéticamente hacia la mole.

En ese momento la montaña volvió a temblar; el eco que semejaba una explosión de palabras se convirtió en un atormentante llanto. La estructura comenzó a partirse en dos (como lo había hecho antes el arcoiris), y se dejó ver, al final de un camino (un verdadero camino de tierra), a casi cincuenta metros de distancia, una enorme cascada.

No había más nada que hacer que lo que mis patas, roji-peludas y pequeñas, me pedían: correr hacia ella a toda velocidad. ¿Era esa el agua ansiada que tanto habíamos buscado? No lo podía creer. En medio de la euforia que me hacía correr a toda velocidad sentí que aquel medio kilómetro se me hizo tan corto como unos pocos pasos.

Y al llegar me lancé de un salto, como un dibujo animado, sin miedo a caer al vacío, hacia las alborotadas aguas que corrían debajo de la gran cascada. Hundido en el agua, con todos mis pelos empapados, vi mi color rojo perderse por completo y, como un perfecto ratón albino, seguí moviéndome con la corriente del inmenso lago que recogía esa perfecta, pura, y cristalina agua.

Hasta que logré subir a la superficie, y ahí, como una boya regordeta, sin el más mínimo rastro del color que toda la vida me había caracterizado, vi a todos mis hermanos saltando como locos, por encima de mí. Cada uno de ellos siguió mis pasos hacia el hermoso lago.

Mientras me rodeaban por todos lados, sintiendo sus chillidos descontrolados de alegría, entendí que nunca había sido mi color, ni el hecho de no tener cuerdas vocales, lo que me hizo llegar a la meta.

Yo era uno más, de entre tantos; y como tantos, no tenía nada diferente que me ayudara a liderar aquella valiente travesía. Era solo una ratita que creyó estar preparada para salvar al mundo, respaldada por el mejor equipo de amigos, y con una pequeña arma secreta: coraje. Pensé que quizá así debía llamarme a partir de ese momento.

Y así lo grité (o lo chillé): «me llamo Coraje». Mi nombre rebotó en todos mis alrededores desde mis perfectas cuerdas vocales (fuertes como la misma mole que casi nos había aplastado), que por primera vez me hacían hablar. La felicidad me llenaba el alma mientras veía mis pelos empaparse con aquella maravillosa agua.

Fin

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De pesca, con Peter el pirata.

El día estaba fresco y soleado. Peter el pirata, tenía parado a un lado a, su contramaestre Sebastián, y al otro, sobre su hombro posado, su perico verde y mal hablado, John.

Navegaban en el precioso mar azulado.

—Qué bonito día para pescar —Dijo el capitán pata de palo.

—Si el capitán lo desea, las redes y unos anzuelos preparo. ¿le ordeno a los marineros, que suelten el ancla?

—Eso es lo que deseo. ¡Tomemos un descanso, ahora que el océano está manso! Llama también, al marinero que le dicen “patas de ganso” —Concluyó Peter el pirata.

Luego se quitó la bota, para andar descalzo. Colocó la carnada en el anzuelo y, lanzó el cáñamo, hasta donde le alcanzó, la fuerza de su brazo.

—¿Me ha llamado, capitán? —Preguntó el marinero.

—Sí, “pies de ganso” Te llaman así, porque eres el mejor nadando. Eso lo sé. Y debajo de nuestro barco, hay moluscos deliciosos. Ve al fondo y trae las mas grandes almejas, pues haremos una sopa en las vasijas viejas.

Peter atrapó tres peces espada, en una batalla muy tardada. En la isla del pirata, hicieron una fiesta donde, le agradecieron al dios del mar que los alimenta.

En medio de los días nublados y las tormentas. Entre las jornadas largas en busca de tesoros en los mapas. Esta bien que los piratas, se tomen un día para descansar. Yendo por la mañana de pesca, para que en la tarde se merezcan una bonita fiesta.

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Coraje, un Conejillo de Indias. Capítulo 3

¿Pero cómo era posible? Cada vez que comenzábamos a chillar se volvía a producir el mismo fenómeno, y nada podíamos hacer para controlarlo. Es que no podíamos controlar nuestras acciones. He olvidado decir que estos chillidos son solo una reacción al miedo; una respuesta de nuestro organismo ante un peligro inminente. Si no podíamos controlarlos en otras situaciones, esta (que sin dudas era la más estresante de todas las que habíamos vivido) no iba a ser la que sacara a relucir nuestro coraje.

Todos pusieron su cabeza entre las patas, tratando de acallar los incontrolables sonidos que salían de sus bocas. Los que tenían las patitas cortas hacían lo imposible para agarrarse los hocicos, usando hasta los últimos extremos de sus uñitas. Y los grandotes gritaban tan alto, que hacían estremecer el piso del globo.

Todos eran presas del pánico, menos yo. Increíblemente me percaté de que ya no sentía miedo. Mis latidos cardíacos se calmaron, fueron enlenteciéndose cada vez más hasta llegar al ritmo normal, y entonces sentí una maravillosa tranquilidad.

Ahí lo supe, supe que debía hacer, y lo hice. Tomé una gran manta que colgaba de uno de los extremos del globo y, con mucho trabajo la extendí por encima de todos mis compañeros, que estaban a punto del colapso nervioso. Me di cuenta de que era más que una manta de lana, era una capa anti ruido.

No entendía muy bien de donde había salido este impulso mío, este conocimiento; pero en mi interior había algo que me hacía obrar de esa manera, paso a paso, como una operación aprendida.

Me pareció extraño en cada momento, pero no podía perder tiempo. Sabía que yo era el único que podía enfrentarme a aquella monstruosidad.

Si existía el arcoiris, había agua; y teníamos que hallarla, tomarla, guardarla en el gran globo, y regresar con ella, al precio que fuese necesario. Era la única oportunidad para la tierra, nuestra hermosa tierra que estaba a punto de morir.

Dejé a mis compañeros bajo aquella protección acolchada y me dirigí hacia el gigante que nos atormentaba. Mientras caminaba hacia afuera comencé a recordar lo que dejé atrás antes de empezar el viaje. Me vinieron a la mente todas las imágenes de cosas, animales, figuras varias; y de entre todas las cosas, recordé a las personas, esas que solo me habían tomado de mascota, y aún poniéndonos como destino: la salvación de nuestro hogar, no tenían idea de cuánto podríamos hacer para cumplir esa meta.

A medida que recordaba aquello me henchía de gozo y orgullo. Yo, un simple conejillo de Indias, salvaría al mundo. ¿Quién lo hubiese pensado; que en unas pequeñas y peludas patas rojas, estaría el futuro del mundo?

Continuará…

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«Coraje»; un Conejillo de Indias. Capítulo 2

No estaba muy seguro de que la anciana estuviese en sus cabales cuando dijo aquella frase. Y aún luego de ver lo sucedido, y estar en ese globo, flotando sobre el mundo desolado, viajando hacia lo desconocido, no podía pensar que existiera algo como lo que ella mencionó.

Hasta que lo vi. Ahí estaba el arcoiris, al final del camino. Después de tantos días entre las nubes que cubrían la tierra seca bajo nuestros pies, vimos la amalgama de colores de luz, inigualable y maravillosa. Pero no había nada más; después del arcoiris, de ese mágico arcoiris, solo un negro vacío daba término al camino.

Así que llegamos a la meta, y en la meta no había nada, ninguna respuesta, ninguna salvación. No sabíamos bien qué hacer. Entre toda esa desorientación solo nos dio por empezar a brincar y hacer ruidos chillones (algunos gritaban más que otros).

Yo no podía gritar. Nadie lo había descubierto hasta entonces (ni yo mismo me había percatado de eso), pero además del extraño color rojo, tenía algo que me diferenciaba mucho de mi especie: había nacido sin cuerdas vocales.

Todos me miraron sorprendidos. Es bien sabido que los roedores se caracterizan por ese chillido agudo que nos delata siempre ante los humanos, así que no entendían cómo se me había privado de algo que, supuestamente, es destacable dentro de nuestras características genéticas. Pero el asombro de sus miradas no evitaba la algarabía. Seguían gritando como locos, como si no pudiesen hacer nada para evitarlo. Y ciertamente no podían parar de chillar. Ahí supe que era cierto lo que todos decían sobre nuestro sonido: nace de nosotros, de manera automática, y no hay forma de controlarlo (quizás por eso somos tan irritantes para las personas).

Entonces sentimos un ruido estrepitoso, explosivo, que hizo a todos enmudecer. El arcoiris comenzó a partirse en dos. Algo que surgía de lo profundo de su interior, lo dividía; algo inmenso y oscuro, como una mole. Poco a poco la oscuridad fue transformándose en otra mezcla de colores opacos, y al fin logró verse la imagen; la mole era una gran montaña, color gris claro, como el cielo gris de las tormentas, que dividió finalmente al arcoiris en dos mitades perfectas.

Se expandió a los lados y hacia delante, hacia nosotros; estábamos seguros de que destrozaría la pared del globo. Si eso sucedía caeríamos hacia abajo precipitadamente. Nos quedamos mudos de pavor ante lo que parecía ser nuestro final.

Justo a tres metros de nuestras narices, se detuvo. Vimos desaparecer por completo el arcoiris y comenzamos a chillar nuevamente. Yo no, ya lo he dicho, no puedo emitir sonido alguno. Tampoco hacía falta, mi corazón gritaba más que cualquier garganta; latía tan fuerte y rápido, que estoy seguro de que se oía más alto que el galope de un caballo a todo trote.

La gigante roca volvió a moverse, retomando su dirección, directo hacia nosotros. Ese sí era el fin, la distancia que quedaba entre ella y nosotros era demasiado corta. Volvimos a quedarnos mudos; se detuvo nuevamente, comenzamos a chillar de nuevo, y volvió a acelerarse en nuestra dirección. Ahí entendimos que eran nuestros chillidos los que la hacían moverse. Aquel gran pedrusco era más que una montaña; parecía tener vida.

Continuará…

Todas las imágenes son tomadas de Canva.

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El organillero

En una esquina de la tranquila calle Independencia, el hombre del organillo toca melodías alegres, para disfrute de los que por allí caminan.

Los mayores recuerdan que siempre estuvo allí, en el mismo lugar y les parece increíble que ese personaje se vea siempre igual y no envejezca. Muchos dicen que es el fantasma del organillero que a mediados del siglo pasado tocaba el instrumento y era el modo como se ganaba la vida.

Hubo un tiempo en el que ese hombre había dejado de verse por el lugar y se temía que algo le hubiera pasado, pero un tiempo después reapareció ocupando su puesto. De eso hacía mucho tiempo, cuando los  mayores de hoy eran en esa época los niños que se acercaban para ver al hombre con el curioso instrumento y se divertían bailando contentos con la alegre música.

Todos pasaban por el lugar y lo miraban con simpatía. Tenía un rostro amable y parecía muy complacido de distraer a la gente. Tocaba su música desde que llegaba temprano en la mañana, hasta mitad de la tarde cuando se marchaba.

Los chiquillos, curiosos ante tan raro aparato, se detenían a observarlo y hacían bromas sobre su aspecto, el cajón de madera sobre ruedas y la manilla con la que el hombre activaba el mecanismo, pero también disfrutaban de las melodías.

La tarde del domingo, cuando pocas personas transitaban por esa avenida, ya que por ser día no laborable no abrían los locales comerciales, se oyó la música sonar.

Los vecinos más cercanos escuchaban asombrados, extrañados de que el organillero estuviera allí ese día y a esa hora. Alguien bajó de uno de los pisos superiores del edificio de la farmacia, con la intención de tomar un video con su móvil. La sorpresa fue tal que esta persona casi se desmayó al ver que no estaba el hombre ejecutante. El instrumento estaba apoyado sobre unas cajas de desecho y tocaba por sí sólo una conocida pieza musical.

Así continuó, tocando y tocando, una canción detrás de otra, sin descanso. Cuando atardecía, la música cesó.

No se escuchaba nada en la calle que a esa hora seguía vacía, todos descansaban en sus casas.

Cuando parecía que todo estaba normal, comenzó a sonar el organillo de nuevo, esta vez con más fuerza y una música muy alegre y movida.

La gente se asomaba por los balcones y veían que la calle estaba llena de gente: hombres, mujeres y niños que parecían sacados de una película antigua, con ropas y sombreros extraños.

Todos bailaban alegres, hacían rondas y aplaudía acompañando las melodías. Eran los fantasmas del pasado, gente que había vivido hacía muchos años en las antiguas casas que ya no existían, las que estuvieron en donde hoy se levantan los grandes edificios. Habían vuelto esa noche para celebrar todos juntos, un reencuentro de quienes fueron vecinos y amigos.

Así estuvieron bailando y cantando hasta justo la media noche. Cuando el reloj de la catedral dio las doce campanadas, dejó de escucharse la música. Los fantasmas fueron desapareciendo hasta que la calle quedó de nuevo vacía y en silencio.

Desde ese día no se volvió a escuchar el organillo. Desapareció para siempre. Solo quedó el recuerdo entre los actuales habitantes del sector.

Entre todos, reunieron fondos para encargar a un artista una escultura, réplica del hombre tocando el organillo, la cual fue colocada en un alto pedestal en la esquina en la que solía aparecer para tocar su música. De esta forma se recordaría por siempre al simpático personaje y su maravilloso organillo.

Autor: Adalberto Nieves

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«Coraje»; un Conejillo de Indias. Capítulo 1

Todos decían que se acercaba el fin del mundo, pero para mí el mundo estaba demasiado lleno de gente y cosas; era imposible que tuviese un final. Además, no podía ser tan malo. Claro que significaba el fin de la vida, del planeta, del universo, del cosmos, de la existencia de todo lo que conocían hasta el momento (o al menos lo que creían conocer), pero yo simplemente no podía creer que tal cosa tuviera tanta repercusión, porque sentía que había algo después de ese fin.

Una vez oí a la señora del pelo blanco que vivía en mi casa (la que me tenía un poco de miedo al principio; la abuela de mi cuidadora), decir algo que se me quedó grabado en mi peluda cabeza, para siempre. Cuando lo dijo sonó tan alocado que todos tomaron la actitud característica: oídos sordos a sus palabras. Evidentemente era otra de las crisis seniles que tenía con frecuencia. Todos decidieron obviar su comentario, como hacían habitualmente en esos casos, y centrarse en encontrar una salida al «fin» que tanto los agobiaba. Todos le restaron importancia a aquella frase, menos yo, la única mascota de la casa, y por tanto, no humana, pero al parecer, más perspicaz que todos ellos. Y no obstante no lo era tanto como aquella anciana arrugada cuando dijo: la salvación está al final del arcoiris.

Claro, que nunca creí que el arcoiris estuviera al final de aquel desierto, y que fuéramos nosotros los 126 elegidos para encontrar la única (última) fuente de agua en el planeta.

Así que, luego de la cantidad de gente y cosas acumuladas en aquel pedazo de tierra, todo se desmoronó y quedamos nosotros, unos indefensos e inútiles (o al menos eso creíamos ser; eso nos hicieron pensar las personas, que saben más que cualquier animal) curieles gordos y peludos en lo que sin dudas sí fue el fin del mundo.

¿Cómo desapareció todo, y todos? Quizá nunca lo sabremos. Pero tan repentino como la noticia de que sí había llegado «el fin del mundo», fue el hecho de vernos lejos de aquella tierra, lejos de todo, flotando en un globo aerostático, sobre una colosal destrucción.

Casi no recuerdo los detalles, pero sí la oscuridad y la devastación de todo lo que solía llamar «hogar». Yo era el único curiel rojo; siempre supe que era diferente, extraño (quizás por eso la anciana me tenía tanto miedo).

No sé si el color fue decisivo a la hora de escogerme, pero todos los que estábamos ahí teníamos algo diferente; grotesco, irrisorio, simplemente distinto al resto de nuestra especie. Algunos eran muy pequeños, casi del tamaño de una uña humana; otros, extremadamente grandes (a esos sí que la anciana les hubiese tenido puro pavor), del tamaño de perros o gatos jíbaros (yo trataba de no acercarme mucho a estos; me daba miedo que con su pata, de solo caminar, pudieran aplastarme).

Había unos con orejas muy grandes que apenas dejaban ver sus diminutas cabezas, y cada vez que había un sonido esos órganos se movían de tal manera que podías ver perfectamente sus tímpanos.

También estaban aquellos que tenían muchos bigotes que casi no dejaban divisar sus ojos ni su boca; con los pelos tan largos que llegaban hasta el suelo y se convertían en dos esteras que se tendían a ambos lados de sus cuerpos, como si fuesen velos de novia, de esos de cola larga que van siguiendo el recorrido hasta el altar. Y esos de patitas tan pequeñitas que prácticamente tenían que arrastrarse para caminar.

¡Tanta variedad! Realmente me asombró ver tantas particularidades en seres de mi mismo linaje. Yo solo era rojo; eso debía tener alguna relevancia o importancia especial, pero yo no veía más distinción que el color de mis pelos.

Continuará…

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Comparto mi tiempo

—Abuelo, ¿cómo celebrabais la Navidad cuando eras pequeño? —preguntó Sergio.

—Era diferente. No había tantos platos en la mesa ni tantos regalos. Mi madre decía que los verdaderos regalos, los hacíamos nosotros con nuestras manos. Y nos enseñó un juego.

—¿Qué clase de juego?

—Hacíamos unas tarjetas de Navidad donde escribíamos agradecimientos, disculpas y deseos personalizados para el siguiente año, para cada uno de los miembros de la familia. —El abuelo, Enrique, pensó que sería buena idea hacerlo con su nieto, pero que seguramente lo vería como una tontería y avergonzado cambió de conversación.

El día de entrega de los regalos, Sergio se levantó de un salto. Había estado trabajando mucho en la idea que su abuelo le había dado y quería ver la cara de su familia. Era la primera vez, que se emocionaba más con dar que con recibir un regalo. Uno a uno abrieron el sobre y tras su lectura esbozaban una sonrisa o lloraban emocionados.

A su madre le agradeció las horas que había invertido en ayudarle con los deberes. Le pidió disculpas por no tener siempre su cuarto ordenado y prometió que cuidaría más de sus cosas y no las dejaría por medio. Como sabía que detestaba bajar la basura, una tarea que le correspondía a ella, le ofreció un bono de: «15 veces tiraré la basura por ti».

A su padre, le agradeció el tiempo que había invertido en llevarlo y recogerlo del colegio y de los entrenamientos; y que le dejara escoger siempre la música, aunque sabía de sobra que no le gustaba nada. Le pidió disculpas por imponer siempre la suya y acordó que, en compensación, él la elegiría durante tres meses. Y pasado ese plazo, un día cada uno. Le hizo una pegatina para el coche para que quedara constancia del acuerdo.

A su abuelo, le dio las gracias por contarle historias que siempre le hacían reír o soñar. Le pidió perdón por protestar cada vez que le preguntaba por cuestiones relacionadas con el ordenador y el móvil. Le hizo un vale de 30 horas de clases y este cuento que se lo dedicó con mucho cariño.

Alicia Adam

A petición de María José Vicente (para el alumnado del colegio al que acude su hija).